Martí Otra Visión

Blog en Monografias.com

 

Archivo de Mayo, 2010

José Martí y la generación cubana de 1923

 La generación cubana de 1923 es una generación puente entre los que  lucharon por la independencia de Cuba y habían visto frustrados sus sueños de independencia y soberanía, por la intervención de los Estado Unidos (1898-1902) y los jóvenes que en la década del veinte del siglo XX exigían un cambio para mejorar los males de la sociedad cubana, empantanada en un limbo de “independencia regida” por intereses yanquis.

 

 Eran jóvenes  que se avergonzaban de la “politiquería” nacida en la República mediatizada por la Enmienda Platt[1], que denuncian los robos y fraudes muy frecuentes en los gobiernos de Cuba de esas primeras décadas y que nacen a la luz pública justamente con una protesta colectiva de jóvenes intelectuales[2] en contra de un sonado fraude del gobierno de Alfredo Zayas.

 

 Esta generación de cubanos estaba dispuesta a cambiar la situación de Cuba y para ello se organizaron  y encabezan un movimiento cultural y político renovador que pone a  la isla al tanto de las corrientes más de vanguardias desarrolladas en el mundo.

 

 Es en medio de estas circunstancias en que la obra de José Martí, poco conocida y estudiada, fue ocupando un espacio mucho más amplio e influyendo mucho más en la formación ideológica de aquella combativa “generación del 20”. Gonzalo de Quesada, Fermín Valdés Domínguez y la generosa emigración revolucionaria que en su mayoría regreso a Cuba a principios del siglo XX, dan a conocer al Martí de claro pensamiento latinoamericanista, antimperialista, que basó el desarrollo del Partido Revolucionario Cubano  sobre la confianza de los más humildes, que hizo de su divisa, “Con todos y para el bien de todos” la base de su proyecto de República y que advertidor y consecuente había regresado a Cuba a luchar por esas ideas o morir en el empeño.

 

 Fue un joven de esta generación quien al acercarse a los textos martianos, escribió en 1926 un artículo que tituló, “Glosas al pensamiento de José Martí”, en el que no nos habla del poeta, del escritor, sino del Martí que la burguesía cubana quiso esconder, el antimperialista, amigo de los humildes y luchador por el mejoramiento humano.

 

 Ese joven  era Julio Antonio Mella, líder estudiantil, fundador del primer partido comunista en Cuba y una de las figuras más radicales del movimiento revolucionario cubano.

 

 Mella demuestra que José Martí estaba vigente, que sus palabras no eran viejas y que podían servir para seguir luchando por alcanzar una vida mejor para su pueblo.

Es por eso que dice en su artículo: “Es imprescindible,  que una voz de la nueva generación, libre de prejuicios y compenetrada con la clase revolucionaria de hoy, escriba ese libro. Es necesario dar un alto y, si no quieren obedecer, un bofetón a tanto canalla, tanto mercachifle, tanto patriota, tanto adulón, tanto hipócrita… que escribe o habla de José Martí”[3]

 

 Más adelante en su escrito, Mella hace un breve análisis de la obra del Apóstol, como antimperialista, internacionalista y su vinculación con la clase trabajadora, concluyendo que sus ideas no entran en contradicción con el socialismo, que se puede ser martiano y socialista, porque lo objetivos son similares.

 

Pero no fue solo Mella, muchos jóvenes de esa generación continuaron las enseñanzas de Martí a partir del conocimiento de sus escritos y la continuidad de su obra social. En esos tiempos de “hacer” cuando el sueño de cambios parecía cercano, Martí se convirtió en paradigma y continuidad.

 Raúl Roa, otro de los miembros de aquella generación, resume este período intenso de la historia nacional y la presencia martiana en ella con estas palabras de extraordinaria vigencia:

 

“Escribir o hablar de Martí puede cualquiera. Lo que ya no puede cualquiera es vivir, como propia, la vida de sacrificio, de abnegación y de coraje que vivió Martí, en tensión heroica contra lo que es y está superado, es patrimonio exclusivo de los que viven para Martí y no de Martí.”[4]

 

 


[1] La Enmienda Platt fue un tratado impuesto a Cuba por el Gobierno de Estados Unidos en el que se constitucionalizaba el derecho de ese país de intervenir en Cuba cuando sus intereses estuvieran en peligro, aprobado en 1902 se mantuvo en pie hasta 1934 en que “ellos decidieron derogarlo” por obsoleto.

[2] Esta  se produjo el 18 de marzo de 1923 y se conoce en la historia de Cuba como “La Protesta de los trece”, por el número de los firmantes, y estaba encabezada por el joven abogado Rubén Martínez Villena, quien devino líder comunista hasta su muerte en 1935.

[3] Valoración Múltiple José Martí, tomo I, pág. 51

[4] Valoración Múltiple José Martí, tomo I, pág. 79

 

Recepción martiana

José Martí, de Cabo Haitiano a Dos Ríos

 Tras el fracaso del Plan de la Fernandina[1], José Martí y sus colaboradores renuevan sus esfuerzos para sacar adelante los planes revolucionarios y de independencia de la isla de Cuba.

  El 29 de enero de 1895 Martí, José María Rodríguez, en representación de Máximo Gómez, y Enrique Collazo, por los luchadores independentistas en la isla, firman la ORDEN DE ALZAMIENTO, enviada de forma secreta a Cuba, para su ejecución en la segunda quincena de febrero.

  El 30 de enero Martí sale de Nueva York acompañado del general Rodríguez, el coronel Collazo y Manuel Mantilla, rumbo a Cabo Haitiano, a donde arriban el 6 de febrero de 1895, al siguiente día parten rumbo a Montecristi, República Dominicana, donde los esperaba el General Máximo Gómez.

 Desde su llegada a Dominicana, Martí y sus acompañantes recorrieron varias zonas de la geografía quisqueyana para reunirse con los muchos emigrados cubanos que vivían en la isla, además de encontrar el apoyo tácito y discreto del gobierno del país, en la persona del presidente Ulises Heaureaux.

 Después de una breve estancia en Haití, Martí regresa a Montecristi, donde permanece hasta principios de abril. Tras sus huellas el gobierno colonial español ha puesto una red de espionaje que intenta impedir su arribo a Cuba.

  El 25 de marzo de 1895 parece ser un día decisivo  en la vida de José Martí, en esa fecha están fechados numerosas cartas personales dirigidos a su madre, su hijo, a Gonzalo de Quesada, Benjamín Guerra y Federico Henríquez y Carvajal y sobre todo termina de redactar el «Manifiesto de Montecristi», cuyo nombre oficial es «El Partido Revolucionario Cubano a Cuba», documento que define el programa revolucionario y anticolonialista del movimiento que se iniciaba.

  Los manuscritos de este documento muestran numerosos apuntes, dos borradores y minuciosas correcciones a estos últimos, lo que demuestra que “fue obra de sumo cuidado en medio de la prisa: se trataba del primer documento público de la guerra y ratifica las ideas de unidad de todos aquellos que quisieron la independencia sin importar su origen, ni condición social”

 El 1º de abril salieron de Montecristi, José Martí, Máximo Gómez, Francisco Borrero, Ángel Guerra, César Salas y Marcos del Rosario en la goleta “Brother”, que tenía el compromiso de llevarlos hasta las costas de Cuba.

 Horas después, la pequeña goleta arriba a la isla de Gran Inagua, posesión británica de Las Bahamas, en lo que se suponía fuera una escala de rutina. Pero las circunstancias de guerra en la que ya estaba envuelta la isla de Cuba, junto con el férreo cerco del espionaje español en torno a la figura del Apóstol, determinaron que las autoridades inglesas se esmeraran en el registro de la embarcación, hasta el punto de querer incautarle las armas personales que llevaban los expedicionarios, pese a que no conocían la identidad de los viajeros.

  Estas presiones de las autoridades aduanales de Gran Inagua acobardaron al patrón de la goleta, John Bastian, quien poco después comunica a Gómez y Martí que dos de los tres marineros había desertado y que sin ellos no podías zarpar, intenta eludir su compromiso y Martí lo enfrenta con firmeza hasta que logra que le devuelva el dinero íntegro que le había entregado por la encomienda no cumplida.

 Máximo Gómez se refiere a este episodio en estos términos: “Yo vi a Martí resuelto, cuando no contento el destino con la desgracia con la cual acababa de fustigarnos, dispuso fuésemos traicionado y abandonados en el mar, por los mismos que se habían comprometido mediante una retribución adelantada, a conducirnos a la tierra amada(…)”[2]

  Varados en Inagua José Martí hace ingentes esfuerzos por encontrar una solución, su principal contacto en la isla es el cónsul de Haití, persona noble y arriesgada que se identifica con la causa de los cubanos. A las dos de la tarde del día cinco de abril arribó al muelle de Inagua  el vapor carguero “Nordstrand”,  de bandera alemana conducido por el capitán Heinrich Julius Theodor Lowe.[3]

  Presentado por el cónsul haitiano José Martí conoce al capitán Lowe y sostiene con él una larga conversación en su camarote, tras la cual logra convencerlo para que los admita como pasajeros semi-clandestino en su buque ofreciéndoles 500 pesos como garantía contra riegos.

  El día 5 de abril abordan el barco con pasaportes falsos expedidos por el cónsul M. B. Barbes, en la madrugada del 6  atracan en Cabo Haitiano para tomar mercancía, en tanto los expedicionarios se ocultan en casas de amigos hasta la medianoche del 9 de abril en que abordan nuevamente el vapor.

 El 10 de abril escribe a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, su voluntad de llegar a Cuba es manifiesta:

 (…) Volvemos a salir-si no llegáramos ahora, volveríamos a salir. Eso es lo que han de desear saber. Corrimos riesgo de encallar, de ser asediados en un islote sin salida, de ser clavados en él: nos salvamos del riesgo. (…) El cable, no he debido usarlo, porque  por él, que está vigilado o vendido, se sabría nuestro camino,(…)[4] 

  Salen nuevamente rumbo a Gran Inagua a donde arriban en la madrugada del 11, allí les informan que se conoce de su presencia en el Nordstrand y de la búsqueda que han emprendido cañoneras españolas e inglesas para detenerlos. A las diez de la mañana zarpan nuevamente, en medio de un mal tiempo que dificulta la navegación por el Paso de los Vientos. La capacidad marinera de la nave, su velocidad, el hecho de ser un buque prácticamente nuevo[5] y la pericia de su capitán, le permiten burlar la vigilancia y acercarse a las costa del sur de Guantánamo aproximadamente hasta una milla, momento que aprovechan los valientes expedicionarios para tirar el bote al agua y en medio de un torrencial aguacero llegar a las costas cerca de las diez de la noche por la Playita de Cajobabo.

  Lo ocurrido esa noche tiene mucho de legendario y místico, seis hombres y una sola voluntad, esperan el momento justo para llegar a tierra cubana, la marejada bate los farallones imponentes y ellos deciden abordar el bote. “Yo no sabía lo peligroso que es la arrancada de un vapor para una embarcación menor que este arrimada a su costado”[6] escribirá Máximo Gómez.

  realidad ninguno de ellos es marinero y solo con voluntad enfrentaron a golpe de remos las tres millas que los separaba de la tierra cubana, el temporal arrecia y en la oscuridad la posibilidad de hallar el rumbo desaparece, Martí lo resume así: “Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubasco. El timón se pierde (…) la luna asoma, roja bajo una nube”[7] es la esperanza de llegar sanos a la costa y el bote enrumba en medio de la noche hasta tocar tierra en aquella pequeña playita pedregosa.

  Los pormenores de estos meses por las repúblicas hermanas de Haití y Dominicana los recoge José Martí en su “Diario de Montecristi a Cabo Haitiano”

 


[1] En la Historia de Cuba ese es el nombre del proyecto insurreccional organizado por José Martí y el Partido Revolucionario Cuba, fue descubierto por una delación en enero de 1895, el gobierno de EE.UU

confiscó a los patriotas armas, pertrechos y tres barcos en el puerto de Fernandina, estado de La Florida.

[2]  Ámbito Martino, Guillermo De Zendegui: 1954: 207

[3] El capitán Lowe nació en Arnis, Silecia, Alemania el 6 de febrero de 1859, casado con Acnes Marteus, con la que tuvo cinco hijos, se radica en Hamburgo. Fue capitán de la marina del puerto de Amsterdan durante la Segunda Guerra Mundial y murió a los 76 años el 1º de febrero de 1935.

[4]  José Martí, Obras Completas T. 4: 121

[5] El Nordtrand, era un carguero de flete, construido en los astilleros de Neptum de Rostock, con el Nº de Construcción 139 para los armadores Langel-Kiel y botado al agua en 1893. Casco de acero, eslora 64,30 mts. Y 9,80 de manga. Desplaza un tonelaje de 886 toneladas. Propulsión mixta de velas y máquina de 400 caballos de fuerzas. Velocidad de 9,5 nudos.

[6] De Zendegui: Obra citada, 1954:210)

[7] José Martí: Obras Completas T. 19: 215

Biografía

Los sietemesinos

A los sietemesinos sólo les faltará el valor

José Martí

 

 Hace unos pocos días (22 /5/2010), el periódico cubano Juventud Rebelde publicó en su página dos, un artículo titulado, “Hay que darles mandinga” del periodista Julio Tamayo Martínez en el que se llama la atención acerca de los “modos camaleónicos” de un grupo de personas, no tan pocas como quisiéramos, que encuentran en “la falsía, la replica de actitudes extrañas, costumbres foráneas, modulaciones vocales ajenas a nuestra idiosincrasia u otras conductas “singulares” apreciable en la calle”[1] su manera de evadirse y de reflejarse “distintos”, cuando en realidad caen en el molde neoliberal de la “aldea global” que la industria del consumismo quiere para sus “chicos y chicas plásticos”, play boy tercermundistas que José Martí caracterizara con “sietemesinos”[2].

 

 Son la gente que encuentra bueno lo extranjero solo por serlo y que llevan su “etiquetada vida” a una especie de status social que lo eleva por encima de los mortales comunes, los que José Martí ridiculiza en su artículo “Nuestra América: “No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan. ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades!

 

 A este Martí recordé cuando leía el artículo de Tamayo Martínez, porque  vemos a diario y como algo esnobista y ridículo, extemporáneo a esos que reniegan de lo suyo, como el que no tiene que ver con los que a diario hacemos la miel y el panal.

 

 Pero recordé más, y fui a las Obras Completas del Apóstol en busca de las reflexiones de un hombre aún joven que en 1885 describe deslumbrado y sabio las regatas tradicionales entre un yate inglés y uno norteamericano, matizada por el patriotismo que una victoria patria enciende en los hombres y mujeres de cualquier latitud, es por ello que sus atinadas palabras mantienen actualidad para caracterizar a quienes el consumismo convierte en personas, “tan desechables” como los productos que los esclavizan:

 

…ya porque un vapor lleno de bostonianos ha venido río arriba, con ocasión de las regatas, a mofarse de los petimetres neoyorquinos que no hallan cosa de su tierra que sea buena: y compran en Inglaterra yates que Nueva York vence, y andan por las calles a paso elástico y rítmico, como si anduviesen sobre pastillas, y hablan comiéndose las erres y la virilidad con ellas, acariciando con el mostachillo rubio el cuerno de plata del bastón que no se sacan de los labios: son unos señorines inútiles y enjutos, a quienes no se ve por las calles desde que venció el Puritan.

 

“Las regatas, como tantas otras cosas, no son de valer por lo que son en sí, sino por lo que simbolizan. De los Estados Unidos se van las herederas a Inglaterra, a casarse con los lores; ningún galán neoyorquino se cree bautizado en elegancia si no bebe agua de Londres; a la Londres se pinta y escribe, se viste y pasea, se come y se bebe, mientras Emerson, piensa, Lincoln muere, y los capitanes de azul de guerra y ojos claros miran al mar y triunfan. La grandeza tienen en casa, y como buenos imbéciles, porque es de casa la desdeñan. Hasta la hormiga, la mísera hormiga, es más noble que la cotorra y el mono.

 

 Pues si hay miserias y pequeñeces en la tierra propia, desertarlas es simplemente una infamia, y la verdadera superioridad no consiste en huir de ellas, ¡sino en ponerse a vencerlas! La regata ha dado esto bueno de sí, como da siempre algo bueno, aunque parezca puerilidad al que ahonda poco, todo acto o suceso que concentra la idea de la patria; ¡hay un vino en los aires de la patria, que embriaga y enloquece! Se le bebe, se le bebe a sorbos en estas grandes ocasiones y ¡parece que se deslíen por la sangre, con prisa de batalla, los colores de una gran bandera![3]

 Al que le sirva el sayo, que se lo ponga


[1]“Hay que darles mandinga”. Julio Martínez Tamayo. Juventud Rebelde. 22/5(2010

[2] “Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás”.Nuestra América, José Martí. Enero 1889

[3] La Nación. Buenos Aires, 22/10/ 1885. Tomo 10. Obras Completas de José Martí. 1975

 

 

Habla José Martí, Recepción martiana

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda

film izle Home Design Spielaffe sesso video giochi