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Martí Otra Visión

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Archivo de Abril, 2010

El Mayor General José Martí

El diario de campaña que escribió José Martí desde su llegada a Cuba el 11 de abril de 1895, es una de las joyas de la literatura cubana, tanto por su acabada forma de redacción sintáctica, con una prosa, además de poética, cinematográfica; en la que no hay tiempo para el regodeo y la frase se hace precisa y los verbos y adjetivos los que deben ser, además de eso, de una madurez infinita para expresar su identificación con aquellas ideas que define la patria, el pueblo en el que se ha nacido y la  decisión por alcanzar aquellas cosas por las que se ha luchado toda la vida.

 

 La manera de transcribir el modo de vida de la gente del campo cubano que se va encontrando pro su camino, las historias que estos le hacen, tanto de la guerra grande, como de su vida en medio del agreste monte montañés, del que bajan poco, porque esas tierras le ofrecen lo necesario para vivir con austeridad, esa es la Cuba profunda que el citadino conoce poco y que solo con el alma poética se puede comprender, por sus niveles de símiles y metáforas.

 

Uno de esos días trascendentales fue el 15 de abril, un día antes había hecho contacto con la guerrilla comandada por el bravo coronel de Baracoa, Félix Ruenes y la presencia de sus compatriotas le llena de alegría:

 

“Día mambí(…) A la cintura cruzamos  el río, y recruzamos por él(…)Gómez con el machete corta y trae hojas, para él y para mí(…)Guerra hace su rancho(…)De pronto: “¡Ah hombres!”(…) La guerrilla de Ruenes(…)”(14 de abril)

 

  Un día después escribirá la cotidianidad de un día de campamento, su alegría es evidente, en la tarde recibe la emocionante  y sencilla noticia de que ha sido ascendido al rango más alto del Ejército Libertador Cubano y sus palabras denotan la emoción:

 

15.-Amanecemos entre órdenes. Una comisión se mandará a las Veguitas, a comprar en la tienda española. Otra al parque dejado en el camino. Otra a buscar práctico. Vuelve la comisión con sal, alpargatas, un cucurucho de dulce, tres botellas de licor, chocolate, ron y… José viene con puercos. La comida -puerco guisado con plátanos y malanga.- De mañana… frangollo, el dulce de plátano y queso, y agua de canela y anís, caliente. Viene a… Colombié, montero, ojos malos: va… de -su perro amarillo. Al caer la tarde, en fila la gente, sale a la cañada el Genera!, con Paquito, Guerra y Ruenes. ¿Nos permite a los 3 solos? Me resigno mohíno. ¿Será algún peligro? Sube Ángel Guerra llamándome, y al capitán Cardoso. Gómez, al pie del monte, en la vereda sombreada de plátanos, con la cascada abajo, me dice, bello y enternecido, que aparte de reconocer en mí al Delegado, el Ejército Libertador, por él su Jefe, electo en consejo de jefes, me nombra Mayor General. Lo abrazo. Me abrazan todos.-A la noche, carne de puerco con aceite de coco, y es buena.

 

 Los días de campaña son su comunión con  el pueblo al que ha consagrado su vida y su diario, es  el testimonio de cuanto le emociona andar entre su gente,  con sus sueños y alegrías, su modo de expresarse y la vida que ha llevado en su agreste pero acogedor entorno, que definen una identidad madura y en pleno crecimiento.

 

Biografía, Habla José Martí

CARLOS MARX, por José Martí

Las valoraciones que sobre Carlos Marx emite Martí en ocasión de su muerte,  se convierten en análisis sobre el movimiento obrero que está en pleno apogeo en los Estados Unidos y en  Europa.

 

 En este comentario, escrito para el periódico La Nación en  1883 resaltan las simpatías y comprensión de Martí de las razones de los trabajadores para alzarse y exigir el cambio, pero junto a esto deja bien clara su desacuerdo con la violencia generada por el odio y el triste resultado que puede conseguirse.

 

 La claridad misma de lo que expone el Maestro en esta crónica explica sus razones para ir contra la violencia, pero  deja bien clara su posición junto a los humildes. La maduración de sus ideas, la experiencia de lucha que va adquiriendo y la necesidad práctica de cambiar la situación social y política en Cuba y en América Latina, lo llevarán a  la radical posición de apoyar la vía revolucionaria, cuando la defensa reaccionaria de los intereses creados la hagan necesaria:

 

 

“Por tabernas sombrías, salas de pelear y calles obscuras se mueve ese mocerío de espaldas anchas y manos de maza, que vacía de un hombre la vida como de un vaso la cerveza. Mas las ciudades son como los cuerpos, que tienen vísceras nobles, e inmundas vísceras. De otros soldados está lleno el ejército colérico de los trabajadores. Los hay de frente ancha, melena larga y descuidada, color pajizo, y mirada que brilla, a los aires del alma en rebeldía, como hoja de Toledo, y son los que dirigen, pululan, anatematizan, publican periódicos, mueven juntas, y hablan. Los hay de frente estrecha, cabello hirsuto, pómulos salientes, encendido color, y mirada que ora reposa, como quien duda, oye distintos vientos, y examina, y ora se inyecta, crece e hincha, como de quien embiste y arremete: son los pacientes y afligidos, que oyen y esperan. Hay entre ellos fanáticos por amor, y fanáticos por odio. De unos no se ve más que el diente. Otros, de voz ungida y apariencia hermosa, son bellos, como los caballeros de la Justicia. En sus campos, el francés no odia al alemán, ni éste al ruso, ni el italiano abomina del austriaco; puesto que a todos los reúne un odio común. De aquí la flaqueza de sus instituciones, y el miedo que inspiran; de aquí que se mantengan lejos de los campos en que se combate por ira, aquellos que saben que la Justicia misma no da hijos, ¡sino es el amor quien los engendra! La conquista del porvenir ha de hacerse con las manos blancas. Más cauto fuera el trabajador de los Estados Unidos, si no le vertieran en el oído sus heces de odio los más apenados y coléricos de Europa. Alemanes, franceses y rusos guían estas jornadas. El americano tiende a resolver en sus reuniones el caso concreto: y los de allende, a subirlo al abstracto. En los de acá, el buen sentido, y el haber nacido en cuna libre, dificulta el paso a la cólera. En los de allá, la excita y mueve anarquía, que pudran y roan como veneno, el seno de la Libertad!

 

Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante. Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas.

 

 New York va siendo a modo de vorágine: cuanto en el mundo hierve, en ella cae. Acá sonríen al que huye; allá, le hacen huir. De esta bondad le ha venido a este pueblo esta fuerza. Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa. Aquí están buenos amigos de Karl Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.

 

Aquí está un Lecovitch, hombre de diarios: vedlo cómo habla: llegan a él reflejos de aquel tierno y radioso Bakunin: comienza a hablar en inglés; se vuelve a otros en alemán: “¡da! ¡da!” responden entusiasmados desde sus asientos sus compatriotas cuando les habla en ruso. Son los rusos el látigo de la reforma: mas no, ¡no son aún estos hombrea impacientes y generosos, manchados de ira, los que han de poner cimiento al mundo nuevo: ellos son la espuela, y vienen a punto, como la voz de la conciencia, que pudiera dormirse: pero el acero del acicate no sirve bien para martillo fundador!

 

Aquí está Swinton, anciano a quien las injusticias enardecen, y vio en Karl Marx tamaños de monte y luz de Sócrates. Aquí está el alemán John Most, voceador insistente y poco amable, y encendedor de hogueras, que no lleva en la mano diestra el bálsamo con que ha de curar las heridas que abra su mano siniestra. Tanta gente ha ido a oírles hablar que rebosa en el salón, y da en la calle. Sociedades corales, cantan. Entre tanto hombre, hay muchas mujeres. Repiten en coro con aplauso frases de Karl Marx, que cuelgan en cartelones por los muros. Millot, un francés, dice una cosa bella: “La libertad ha caído en Francia muchas veces: pero se ha levantado más hermosa de cada caída”. John Most habla palabras fanáticas: “Desde que leí en una prisión sajona los libros de Marx, he tomado la espada contra los vampiros humanos”. Dice un Magure: “Regocija ver juntos, ya sin odios, a tantos hombres de todos los pueblos. Todos los trabajadores de la tierra pertenecen ya a una sola nación, y no se querellan entre sí, sino todos juntos contra los que los oprimen. Regocija haber visto, cerca de lo que fue en París Bastilla ominosa, seis mil trabajadores reunidos de Francia y de Inglaterra.” Habla un bohemio. Leen carta de Henry George, famoso economista nuevo, amigo de los que padecen, amado por el pueblo, y aquí y en Inglaterra famoso. Y entre salvas de aplausos tonantes, y frenéticos hurras, pónese en pie, en unánime movimiento, la ardiente asamblea: en tanto que leen desde la plataforma en alemán y en inglés dos hombres de frente ancha y mirada de hoja de Toledo, las resoluciones con que la junta magna acaba, en que Karl Marx es llamado el héroe más noble y el pensador más poderoso del mundo del trabajo. Suenan músicas; resuenan coros, pero se nota que no son los de la paz.

 

(…)

La Nación. Buenos Aires, 13 y 16 de mayo de 1883

Obras Completas de José Martí. T. IX: 388-389

 

Habla José Martí

11 de abril de 1895: llegada de José Martí a Cuba

En el artículo anterior, “Dicha Grande”, narro las peripecias de José Martí, Máximo Gómez y otros cuatros patriotas llegados a Cuba una noche de tormenta para cumplir su sagrado deber con Cuba e incorporarse a la guerra por la independencia que había comenzado desde febrero de ese año 95.

 Para los cubanos se ha hecho una costumbre patriótica releer el diario de campaña que desde ese mismo día once comenzó a escribir nuestro Apóstol, era su testimonio de amor por Cuba y por nosostros, su forma de rendir homenaje a la voluntad de un pueblo para alcanzar su libertad, ese pueblo que le salía al paso por esos montes de la zona oriental de Cuba, muchos de ellos alzados todavía contra España, esperando el reinicio de la guerra que completaría la obra que comenzó Carlos Manuel de Céspedes en 1868, la guerra que duró diez años y costó miles de muertos y que solo se detuvo por la división de los que estaban en la obligación de mantener la lucha hasta que Cuba fuera una más entre las naciones libres.

 Ese legado fue seguido por José Martí quien organizó un pueblo para lograr  no solo la libertad de España, sino para impedir la  llegada de un nuevo  amo, mucho más peligroso, en tanto que ajeno y calculador, pragmático y manipulador: los Estados Unidos de América.

 Para los amigos que el día 11 de abril rememorarán el desembarco de Martí por Playitas de Cajobabo, allá en mi querida Guantánamo, el saludo desde esta Casa Natal donde comenzó la historia del héroe, recordemos junto el primer párrafo escrito por él al pisar tierra cubana:

 

11.- bote. Salimos a las 11. Pasamos (4) rozando a Maisí, y vemos la farola. Yo en el puente. A las 7 1/2, oscuridad. Movimiento abordo. Capitán conmovido. Bajan el bote. Llueve grueso al arrancar. Rumbarnos mal. Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubasco. El timón se pierde. Fijamos rumbo. Llevo el remo de proa. Salas rema seguido. Paquito Borrero y el General ayudan de popa. Nos ceñimos los revólveres. Rumbo al abra. La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras, La Playita (al pie de Cajobabo). Me quedo en el bote el último vaciándolo. Salto. Dicha grande. Viramos el bote, y el garrafón de agua. Bebemos málaga. Arriba por piedras, espinas y cenegal. Oímos ruido, y preparamos, cerca de una talanquera. Ladeando un sitio, llegamos a una casa. Dormimos cerca, por el suelo.

 

Recepción martiana

DICHA GRANDE

  La llegada de José Martí a Cuba en abril de 1895 está antecedida por una serie de dificultades y obstáculo que se empeñaban en impedir su necesaria presencia en los campos insurrectos donde esperaban cientos de combatientes mambises enfrentados a las fuerzas colonialista desde el memorable 24 de febrero de 1895 en que se levantaron para conquistar la independencia de la isla.

 

 Desde ese momento para Martí era una angustia estar fuera de Cuba, sabía que su lugar estaba allí, junto a los que arriesgaban la vida y vivían las penurias de la guerra, por eso emprende el viaje a República Dominicana, en busca del Generalísimo Máximo Gómez sorteando el peligro del espionaje español que lo persigue  e  intenta impedir lo que saben es un hecho, su incorporación a la lucha emancipadora en Cuba.

 

 En medio de la tranquilidad de saberse cumplidor de sus deberes para con su pueblo, José Martí escribe a Tomás Estrada Palma, poco antes de emprender el deseado viaje que lo conduzca a Cuba:

 

“Acaso faltan pocas horas para emprender el camino, impedido y demorado hasta hoy; y las palabras son naturalmente escasas, e inútiles. (…) No habrá dolor, humillación, mortificación, contrariedad, crueldad, que yo no acepte en servicio de mi patria. Tal vez fuera nulo mi empeño de hacer entender plenamente a los hombres la absoluta consagración de un ser humano al bien ajeno, con desistimiento voluntario de todas las tentaciones o ambiciones que afean o desvían usualmente la mayor virtud: pero esa es mi consagración.” [1]

 

 El 1º de abril de 1895, la pequeña expedición, conformada por José Martí y Máximo Gómez, acompañados además por los cubanos Francisco Borrero, César Salas, Ángel Guerra y el dominicano Marcos del Rosario sale de Montecristi en la goleta “Brother”, cuyo patrón John Bastian se había comprometido con Martí a llevarlo hasta las costas de Cuba, mediante el pago de una suma de dinero que el Delegado le adelantó.

 

 Horas después, la pequeña goleta arriba a la isla de Gran Inagua, posesión británica de Las Bahamas, en lo que se suponía fuera una escala de rutina. Pero las circunstancias de guerra en la que ya estaba envuelta la isla de Cuba, junto con el férreo cerco del espionaje español en torno a la figura del Apóstol, determinaron que las autoridades inglesas se esmeraran en el registro de la embarcación, hasta el punto de querer incautarle las armas personales que llevaban los expedicionarios, pese a que no conocían la identidad de los viajeros.

 

 Estas presiones de las autoridades aduanales de Gran Inagua acobardaron al patrón de la goleta quien poco después comunica a Gómez y Martí que dos de los tres marineros había desertado y que sin ellos no podías zarpar, intenta eludir su compromiso y Martí lo enfrenta con firmeza hasta que logra que le devuelva el dinero íntegro que le había entregado por la encomienda no cumplida.

 

 Máximo Gómez se refiere a este episodio en estos términos: “Yo vi a Martí resuelto, cuando no contento el destino con la desgracia con la cual acababa de fustigarnos, dispuso fuésemos traicionado y abandonados en el mar, por los mismos que se habían comprometido mediante una retribución adelantada, a conducirnos a la tierra amada(…)[2]

 

 Varados en Inagua José Martí hace ingentes esfuerzos por encontrar una solución, su principal contacto en la isla es el cónsul de Haití, persona noble y arriesgada que se identifica con la causa de los cubanos. A las dos de la tarde del día cinco de abril arribó al muelle de Inagua  el vapor carguero “Nordstrand”,  de bandera alemana conducido por el capitán Heinrich Julius Theodor Lowe.[3]

 

 Presentado por el cónsul haitiano José Martí conoce al capitán Lowe y sostiene con él una larga conversación en su camarote, tras la cual logra convencerlo para que los admita como pasajeros semi-clandestino en su buque ofreciéndoles 500 pesos como garantía contra riegos.

 

 El día 5 de abril abordan el barco con pasaportes falsos expedidos por el cónsul M. B. Barbes, en la madrugada del 6  atracan en Cabo Haitiano para tomar mercancía, en tanto los expedicionarios se ocultan en casas de amigos hasta la medianoche del 9 de abril en que abordan nuevamente el vapor.

 

El 10 de abril escribe a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, su voluntad de llegar a Cuba es manifiesta:

 

(…) Volvemos a salir-si no llegáramos ahora, volveríamos a salir. Eso es lo que han de desear saber. Corrimos riesgo de encallar, de ser asediados en un islote sin salida, de ser clavados en él: nos salvamos del riesgo. (…) El cable, no he debido usarlo, porque por que por él, que está vigilado o vendido, se sabría nuestro camino,(…) [4]

 

 Salen nuevamente rumbo a Gran Inagua a donde arriban en la madrugada del 11, allí les informan que se conoce de su presencia en el Nordstrand y de la búsqueda que han emprendido cañoneras españolas e inglesas para detenerlos. A las diez de la mañana zarpan nuevamente, en medio de un mal tiempo que dificulta la navegación por el Paso de los Vientos. La capacidad marinera de la nave, su velocidad, el hecho de ser un buque prácticamente nuevo[5] y la pericia de su capitán, le permiten burlar la vigilancia y acercarse a las costa del sur de Guantánamo aproximadamente hasta una milla, momento que aprovechan los valientes expedicionarios para tirar el bote al agua y en medio de un torrencial aguacero llegar a las costas cerca de las diez de la noche por la Playita de Cajobabo.

 

 Lo ocurrido esa noche tiene mucho de legendario y místico, seis hombre y una sola voluntad, esperan el momento justo para llegar a tierra cubana, la marejada bate los farallones imponentes y ellos deciden abordar el bote. “Yo no sabía lo peligroso que es la arrancada de un vapor para una embarcación menor que este arrimada a su costado”[6] escribirá Máximo Gómez.

 

 En realidad ninguno de ellos es marinero y solo con voluntad enfrentaron a golpe de remos las tres millas que los separaba de la tierra cubana, el temporal arrecia y en la oscuridad la posibilidad de hallar el rumbo desaparece, Martí lo resume así: “Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubasco. El timón se pierde (…)la luna asoma, roja bajo una nube”[7], es la esperanza de llegar sanos a la costa y el bote enrumba en medio de la noche hasta tocar tierra en aquella pequeña playita pedregosa.

 

 Aquí encontró Martí la mano amiga del campesino cubano, y sesenta años después Guillermo De Zendegui recorrió estos lares, buscando las huellas del Apóstol, su testimonio lo dejó en un libro desconocido por muchos pero imprescindible para  conocer las huellas de nuestro Martí en su paso por estas tierras, con sus palabras quiero terminar este recuento:

 

“ Playitas tiene una extensión aproximada de doscientos metros y apenas cincuenta pasos de profundidad. A su respaldo, el farallón se eleva como una muralla de impresionante verticalidad; solo una difícil ruta natural la hace accesible por tierra; la que inevitablemente debió seguir Martí. A golpe de machete va discurriendo la trocha por el abra de dos montes, a la derecha de la playa. Del otro lado es ya visible el caserío de Cajobabo.

 

“Grande debió ser la sorpresa del campesino Leyva, que fungía de alcalde de barrio, cuando a su casa llegó a pedir abrigo aquel puñado de patriotas.

 

 “No hace mucho vivían aún los vecinos que aseguraban haber quemado el bote de los expedicionarios; y sobrevive un miembro de aquella familia (1953) cuya franca y oportuna ayuda hizo exclamar a Martí:

 

“- Yo no olvidaré nunca todo lo que ha ocurrido esta noche; pero mucho menos el encuentro con esta gente, a este fogón y a este café”[8]

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

-          De Zendegui, Guillermo: Ámbito Martiano: La Habana, 1954

-          Gómez Toro, Bernaldo: La famosa expedición Gómez-Marti(1895): 1953

-          Guerra Díaz, Ramón: Lowe y el Nordstrand(Conferencia): 2004

-          Martí, José: Obras Completas. La Habana, 1991

 

 


[1] José Martí, Obras  Completas T. 4: 117

 

[2] De Zendegui, Ámbito Martiano: 207)

[3] El capitán Lowe nació en Arnis, Silecia, Alemania el 6 de febrero de 1859, casado con Agnes Marteus, con la que tuvo cinco hijo, se radica en Hamburgo. Fue capitán de la marina, inspector del puerto de Amsterdan durante la  Primera Guerra Mundial y murió a los 76 años el 1º de febrero de 1935.

[4]José Martí, Obras  Completas T. 4: 121)

[5] El Nordstrand, era un carguero de flete, construido en los astilleros de Neptum de Rostock, con el Nº de construcción 139 para los armadores Langel-Kiel y botado al agua en 1893. Casco de acero, eslora 64,30 mts. y 9,80 de manga. Desplaza un tonelaje de 886 ton. Propulsión mixta de velas y máquina de 400 C.V. Velocidad de 9,5 nudos.

 

[6] De Zendegui, Ámbito Martiano:210)

[7] José Martí: Obras Completas  T. 19: 215

[8] De Zendeguí: Ámbito Martiano: 211)

 

 

Biografía

Félix Varela en el pensamiento de José Martí

Para Martí, estar lejos de la patria fue un modo de acercarse a ella, de buscarla en el alma de los cubanos  que como él habían dejado la isla querida por estar en desacuerdo con el modo tiránico que se le gobernaba. Su estancia en el destierro le sirvió para escuchar con orgullo los relatos de los hombres y mujeres que vivieron los momentos gloriosos del 10 de octubre, de la Asamblea de Guaimaro o de las cargas al machete del Camaguey, con Agramonte a la vanguardia de la caballería legendaria. Eran cosas que le llenaban el corazón y la mente de orgullo, por el pueblo cubano y que sirvieron para reafirmar sus convicciones sobre la necesidad de la independencia de Cuba.

 

 En su exilio forzoso pudo conocer con más detenimiento la cultura forjada en el siglo XIX por esa vanguardia intelectual de la isla, leer sobre el pensamiento del Padre Félix Varela ese adelantado, “(…)que cuando vio incompatible el gobierno de España con el carácter y las necesidades criollas, dijo sin miedo lo que vio, y vino a morir cerca de Cuba, tan cerca de Cuba como pudo, sin alocarse ni apresurarse,  ni confundir el justo respeto a un pueblo de instituciones libres con la necesidad injustificable de agregarse al pueblo extraño y distinto que no posee lo mismo que (con) nuestro esfuerzo y nuestra calidad probada podemos llegar a poseer”[1]

 

 Era su preocupación mayor aquella admiración ciega de las clases pudientes criolla por ese vecino poderoso y advertía de forma clara y directa sobre el peligro de convertir aquella admiración en anexión.  Habla Martí de las simpatías anexionistas de algunos y les recuerdas que Félix Varela  no quiso la anexión, pese a la admiración que sentía por lo que habían logrado los estadounidenses.

 

 Respeto es lo que siente Martí por el hombre de letras y el pensador adelantado, que por su visión anticipadora y la manera ágil y directa que tiene de enfrentar los grandes problemas de Cuba, con energía y firmeza, llega a la conclusión de que la solución estaba en la independencia; idea temida por los mismos burgueses criollos que alabaron al presbítero en su cátedra del Seminario San Carlos y lo eligieron posteriormente a las Cortes en 1821, y que en ese instante toman distancia del patriota sincero que al igual que Cristo previó esa deserción al expresar:

 

“(…) El deseo de conseguir el aura popular es el móvil de muchos que se tienen por patriotas, (…) no hay placer mayor para un verdadero hijo de la patria como el de hacerse acreedor a las consideraciones de sus conciudadanos por sus servicios a la sociedad; más cuado el bien de esta exige la pérdida del aura popular, he aquí el sacrificio más noble y más digno de un hombre de bien, y de aquí el que desgraciadamente es muy raro”

 

 En consecuencia con esa virtud y vocación de sacrificio de Félix Varela, José Martí escribió en uno de sus cuadernos de apuntes, una frase que bien puede calificar al cura precursor y a él mismo: “El primero será siempre el que más desdeñe serlo”

 

 Hombre de letras y rezos, de cultura enciclopédica, rompedor de cánones y prejuicios, Varela fue el hombre que abrió caminos en la mente de los criollos, cuando desde la cátedra de filosofía del Seminario San Carlos, abogó por la experimentación científica, la especulación investigativa, la enseñanza en español y la dignidad del hombre como patrón de conducta, sus ideas espantaron al liderato criollo, temeroso  de perder sus privilegios  en una lucha por la independencia.

 

 José Martí conoce las ideas de Varela, las tiene presente en los momentos que organiza un pueblo para conquistar la independencia y reconoce  el sacrificio del que vio primero y más lejos al querer la emancipación de Cuba.

 


[1] Obras Completas Tomo 2: 96

 

 

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