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Martí Otra Visión

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Archivo de Septiembre, 2009

Sueño latinoamericano de José Martí

 En el centenario de Simón Bolívar José Martí expresó que El Libertador tenía mucho que hacer en América y que la obra que él había dejado inconclusa, sin terminar estaba, valoró  la ecuménica hazaña del venezolano, que emprendió la guerra de liberación de Suramérica, no para hacer una monarquía o para feudo de una oligarquía criolla sino para hacer una familia de pueblos unida donde el bienestar fuera la condición mínima del hombre para su desarrollo.

 

 Cien años después otro latinoamericano, esta vez nacido en Las Antillas, en nuestra Cuba, colonia española y con las mayores inversiones de los Estados Unidos fuera de su territorio ya en esta época; defiende el derecho de su isla a la libertad absoluta, ya fuere de España o de cualquier otra potencia y vislumbra los males que traerá a Nuestra América el fortalecimiento del capitalismo ya en su fase embrionaria de imperialismo.

 

 Su obra no fue adivinación de iluminado, sino conclusiones de un reformador social, objetivo para los asuntos de política, soñador para los cambios que quería para nuestras tierras.

 

 Quiero traer a estas páginas un deseo de José Martí que mantiene plena vigencia porque aún no se ha cumplido, aunque nunca como ahora para hacerlo realidad. Constituye una hermosa profecía latinoamericana, que a todos los hombres de buena voluntad de estas tierras corresponde  contribuir a cumplir:

 

“No nos dio la Naturaleza en vano las palmas para nuestros bosques, y Amazonas y Orinocos para regar nuestra comarcas; de estos ríos la abundancia, y de aquellos palmares la eminencia, tiene la mente hispanoamericana, por lo que conserva de indio, cuerda: por lo que le viene de la tierra, fastuosa y volcánica; por lo que de árabe le trajo el español, perezosa y artística. ¡Oh! El día en que  empiece a brillar, brillará cerca del Sol; el día en que demos por finada nuestra actual existencia de aldea. Academias de indios; expediciones de cultivadores a los países agrícolas; viajes periódicos y constantes con propósitos serios a las tierras más adelantadas; ímpetu y ciencia en las siembras; oportuna presentación de nuestros frutos a los pueblos extranjeros; copiosa red de vías de conducción dentro de cada país, y de cada país a otro; absoluta e indispensable consagración de respeto al pensamiento ajeno; he ahí lo que ya viene, aunque en algunas tierras solo se ve de lejos; he ahí puesto ya en forma el espíritu nuevo.

“Se abren campañas por la libertad política; debiera abrirse con mayor vigor por la libertad espiritual; por la acomodación del hombre a la tierra en que ha de vivir.”[1]

 


[1] La América, Nueva York, noviembre de 1884.

  O.C. t.6, pp. 24-26

Latinoamericanismo

El Che habla de José Martí

 El 28 de enero de 1961, aniversario del natalicio de José Martí y en un año en el que Cuba se había comprometido ante el mundo a librarse del flagelo del analfabetismo, se produjo este hermoso encuentro del Comandante Ernesto Guevara con un grupo de entusiastas jóvenes que lo aclamaban; con su peculiar manera de dirigirse al pueblo el Che dijo:

 “Hoy se cumple un nuevo aniversario del natalicio de José Martí, y antes de entrar en el tema quiero prevenirles una cosa: he escuchado hace unos momentos: ¡Viva el Che Guevara!, pero a ninguno de ustedes se les ocurrió hoy gritar: ¡Viva Martí!… y esto no esta bien…”

 Más adelante explica a los jóvenes allí reunidos lo que significa Martí para los revolucionarios, “…Martí fue el mentor de nuestra Revolución a cuya palabra había que recurrir siempre para dar la interpretación justa de los fenómenos históricos que estábamos viviendo, y el hombre cuya palabra y cuyo ejemplo había que recordar cada vez que se quisiera decir o hacer trascendente en esta patria… porque José Martí es mucho más que cubano; es americano, …su voz se escucha y respeta no solo aquí en Cuba sino en toda América”

 El guerrillero argentino-cubano que conocía del arraigo del Apóstol en el pueblo de esta isla, profundiza en el modo mejor de rendirle homenaje al inspirador ideológico de la Revolución Cubana:

 “Se puede honrar a Martí citando sus  frases bonitas, frases perfectas, y además, y sobretodo, frases justas. Pero se puede y se debe honrar a Martí en la forma en que él quería que se le hiciera, cuando decía a pleno pulmón: “La mejor manera de decir es hacer”

 La ejemplar vida del Guerrillero Heroico fue su mejor modo de rendirle homenaje al Cubano Mayor. El pudo conocerlo poco, como bien dice en otros momentos, había leído algo de su poesía y aprendió de su obra y ejemplo con los cubanos en la preparación de la insurrección, en la guerra, y ya triunfante la Revolución pudo aquilatar el valor de la vida y la obra de José Martí, no solo para los cubanos, sino para los latinoamericanos y los desposeídos de la tierra, con los que quiso su suerte echar.

 Sus palabras de ese día se centraron en explicar a los jóvenes cubanos el modo de honrar a Martí enfatizando su identificación con aquella máxima martiana que expresa: “Todo hombre verdadero debe sentir en la mejilla el golpe dado a cualquier mejilla de hombre” porque para él ese aforismo definía a un revolucionario en la lucha por lograr la plena emancipación humana, por eso murió Martí, por eso también murió el Che.

 Al terminar su alocución, después de recordarles el amor de José Martí por la niñez y la juventud, el Che les pidió a los allí reunido que lo despidieran como lo habían recibido,”…pero al revés: con ¡Viva Martí que está vivo!”

 

 

Personalidades

Yugo y Estrella / José Martí

Hace unas horas un hombre digno acaba de dar un paso valiente para  mostrar cuan consecuente se puede ser con las ideas que se defienden, ese hombre es Manuel Zelaya, presidente de Honduras víctima de un golpe de estado apoyado por la oligarquía hondureña y las fuerzas más retrógrada de los Estados Unidos, a él como homenaje y en solidaridad con su pueblo este poema de José Martí

 

Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:

“Flor de mi seno, Homagno generoso,

De mí y de la Creación suma y reflejo,

Pez que en ave y corcel y hombre se torna,

Mira estas dos, que con dolor te brindo,

Insignias de la vida: ve y escoge.

Este, es un yugo: quien lo acepta, goza.

Hace de manso buey, y como presta

Servicio a los señores, duerme en paja

Caliente, y tiene rica y ancha avena.

Esta, oh misterio que de mí naciste

Cual la cumbre nació de la montaña,

Esta, que alumbra y mata, es una estrella.

Como que riega luz, los pecadores

Huyen de quien la lleva, y en la vida,

Cual un monstruo de crímenes cargado,

Todo el que lleva luz se queda solo.

Pero el hombre que al buey sin pena imita,

Buey torna a ser, y en apagado bruto

La escala universal de nuevo empieza.

El que la estrella sin temor se ciñe,

Como que crea, ¡crece!

¡Cuando al mundo

De su copa el licor vació ya el vivo;

Cuando, para manjar de la sangrienta

Fiesta humana, sacó contento y grave

Su propio corazón; cuando a los vientos

De Norte y Sur vertió su voz sagrada,

La estrella como un manto, en luz lo envuelve,

Se enciende, como a fiesta, el aire claro,

Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,

Se oye que un paso mas sube en la sombra.”

- Dame el yugo, oh mi madre, de manera

Que puesto en él de pie, luzca en mi frente

Mejor la estrella que ilumina y mata.

Habla José Martí, Sin categoría

Temas Educativos de José Martí en la revista La América. 1883

 En marzo de 1883 José Martí comienza a colaborar con la revista La América, publicación que se edita en Nueva York y tiene como contenidos fundamentales la divulgación en español de los avances que se producen en el mundo y fundamentalmente en los Estados Unidos en temas como la agricultura, industria y comercio; para el agudo sentido crítico de José Martí estas colaboraciones se convierten en  el análisis de lo que está pasando en ese país en materia de transformaciones económicas y sociales y principalmente en educación donde estos cambios tecnológicos determinan un replanteo de la enseñanza en sentido general. Es importante el sentido que él da a sus artículos,  dirigido a un público  hispanoamericano que siguen con curiosidad y deslumbramiento estos cambios de la sociedad capitalista desarrollada.

 

 En junio de 1883 escribe sobre los avances educacionales que se producen en Argentina, la apertura de nuevas escuelas enfatizando en la necesidad de formar gente con calificación técnica:

 

 “…Acólitos no dan ya las escuelas, sino agrónomos; no enfrenadores de almas, sino acariciadores de la tierra.”[1]

 

 Ese mismo mes escribe para el periódico La Nación de Buenos Aires párrafos que completan su idea sobre la educación popular:

 

“El hombre ignorante no ha empezado a ser hombre. El hombre lleva todas sus espadas y todas sus lanzas en la frente.

“…Puesto que a vivir viene el hombre, la educación ha de prepararlo para la vida. En la escuela se ha de aprender el manejo de las fuerzas con que en la vida se ha de luchar. Escuelas no debería decirse, sino talleres. Y la pluma debe manejarse por la tarde en las escuelas; pero en la mañana, la azada” [2]

 

 En muchos de sus trabajos para la revista La América, Martí hace agudas críticas a la enseñanza retórica y de un humanismo hueco y desfasado que se enseña en los países de América Latina de su tiempo y aunque no niega la necesidad de este humanismo bien encaminado para la formación de la espiritualidad del hombre hace constante reiteraciones sobre la necesidad de darle bases científicas y práctica a esta enseñanza:

 

“El mundo nuevo requiere la escuela nueva

“Es necesario sustituir al espíritu literario de la educación, (por) el espíritu científico

“Debe ajustarse un programa nuevo de educación, que empiece en la escuela de primeras letras y acabe en la Universidad, brillante, útil, de acuerdo con los tiempos, estado y aspiraciones de los países en que se enseña…”[3]  

 

En el mes de septiembre aparece su artículo Educación Científica en el que están más concretadas sus ideas sobre la necesidad de darle a la educación una bases científica, este análisis van dirigidos a las naciones de nuestra América constreñidas en su pedagogía a la tradición de la enseñanza memorística y letrista,  en el que la tradición religiosa marca la pauta ideológica y anticientífica:

 

“… Que se trueque de escolástico en científico el espíritu de la educación; que los cursos de enseñanza pública sean preparados y graduados de manera que desde la enseñanza primaria hasta la final y titular, la educación pública vaya desenvolviendo, sin merma de los elementos espirituales, todos aquellos que se requieren para la aplicación inmediata de las fuerzas del hombre a las de la naturaleza.-Divorciar el hombre de la tierra, es un atentado monstruoso. Y eso es meramente escolástico: ese divorcio,-A las aves, alas; a los peces, aletas; a los hombres que viven en la Naturaleza, el conocimiento de la Naturaleza: ésas son sus alas.

“Y el medio único de ponérselas es hacer de modo que el elemento científico sea como el hueso del sistema de educación pública.

“Que la enseñanza científica vaya, como la savia en los árboles, de la raíz al tope de la educación pública.-Que la enseñanza elemental sea ya elementalmente científica…

“Esto piden los hombres a voces:-¡armas para la batalla![4] 

 

A lo largo de todo el año 1883 las colaboraciones de José Martí para la revista La América llevan esta impronta de informar y opinar sobre los progresos que en materia de educación, y en otras esferas aparecen e los Estados Unidos siempre teniendo el cuidado de  advertir sobre el peligro de copiar e imitar, sin tener en cuenta nuestras característica como pueblos, ni las condiciones sociales que heredamos, pero sí con una convencida idea que mantiene su vigencia:

 

“En nuestro países ha de hacerse una revolución radical en la educación, sino no se les quiere ver siempre, como aún se ve ahora a algunos, irregulares, atrofiados y deformes…” [5]

 

 Esa carga de inequidad que aún tara los esfuerzos de las vanguardias progresistas de América Latina tienen en la educación una batalla dura pero necesaria. Con sectores marginados de la educación, de la cultura, apartados por la ignorancia de la posibilidades  de la decisión sobre su destino social e individual, es imposible aspirar a ese mundo mejor y posible al que aspiramos.

 


[1] OC de José Martí, t. 13 p. 321

[2] Ídem t. 13. pp. 52-53

[3] Ídem t. 8. p. 299

[4] Ídem t.8. p. 277

[5] Ídem t. 8. p.279

Educación

Martí, formación de un pensamiento pedagógico

Desde su llegada a América y su establecimiento en México y posteriormente en Guatemala, José Martí demuestra una preocupación constante por los pasos que dan los gobiernos de esos países para mejorar la educación de las clases populares y en particular los grupos de población autóctona abandonados a su suerte como parias en su propia tierra.

 

 Martí no pierde oportunidad en sus publicaciones y cartas para resaltar la necesidad de impulsar la educación popular resaltado su convicción de que sin cultura no habría libertad humana, a pesar de las muchas leyes y esfuerzos de los intelectuales y los grupos dominantes de “civilizar” a estas masas de cholos, ladinos, mestizos, pobres en general, gente de campo, de trabajo duro en las ciudades y a los que se le considera lastre social que impide el avance de sus sociedades.

 

“Un pueblo no es una masa de criaturas miserables y regidas: no tiene el derecho de ser respetado hasta que no tenga la conciencia de ser regente: edúquese en los hombres los conceptos de independencia  y propia dignidad… ser hombre es en la tierra dificilísima y pocas veces lograda carrera”[1]

 

 Este decidido joven revolucionario le toma el pulso a su América y recomienda: La educación tiene en estas tierras un trabajo mayor: es la educación el estudio que el hombre pone en guiar sus fuerzas; tanto más trabajosa será su obra, cuanto sean potentes y rebeldes las fuerzas que quiere conducir y encaminar”[2]

 

 Al hombre originario de América lo conoce en México y Guatemala y le llama “perpetua e impotente crisálida de hombre” que duerme y frena el desarrollo del país donde vive, pero no es  su culpa, son siglos de explotación y abandono los que lastran su vida.

 

 “¿Qué ha de redimir a esos hombres? La enseñanza obligatoria ¿Solamente la enseñanza obligatoria, cuyos beneficios no entiende y cuya obra es lenta? No la enseñanza solamente: la misión, el cuidado, el trabajo bien retribuido…”[3]

 

 Será en la educación popular en la que deposite sus esperanzas de adelanto de las naciones latinoamericanas, el conoce el resultado halagüeño que la aplicación de la misma ha tenido en Europa y apoya su difusión en las tierras americanas. Tiene 22 años (1875) al llegar a México y se enfrenta a una realidad nueva, un año después irá a Guatemala, participa abiertamente en los esfuerzos reformistas de Justo Rufino Barrios y resume sus ideas en el preclaro ensayo “Guatemala”:

 

“Saber leer es saber andar. Saber escribir es saber ascender. Pies, brazos, alas todo eso ponen al hombre esos primeros humildísimos libros de la escuela. Luego va al espacio. Ve el mejor modo de sembrar, la reforma útil que hacer, el descubrimiento aplicable, la receta innovadora, la manera de hacer buena la tierra mala; la historia de los héroes, los futiles motivos de las guerras, los grandes resultados de la paz. Siembra química y agricultura, y se cosecharán grandes riquezas. Una escuela es una fragua de espíritu; ¡ay de los pueblos sin escuelas! ¡ay de los espíritus sin temple!

 

“La educación es como un árbol: se siembra una semilla y se abre en muchas ramas. Sea la gratitud del pueblo que se educa árbol protector, en las tempestades y las lluvias, de los hombres que hoy le hacen tanto bien. Hombre recogerá quien siembre escuelas”[4]

 

 La presencia de José Martí en países hispanoamericanos le acerca a la realidad de atraso que presentaban las naciones de esta parte del Nuevo Mundo con respecto a lo que el ha visto o leído de las naciones europeas y se da cuenta de que la colonia sobrevive en la República, con gobiernos que pueden hacer muy poco por la herencia conservadora de sus clases dominantes y el fatalismo mental de sus intelectuales y clase política soñando con los cambios, pero atados a la tradición.

 

 Para él la educación es factor fundamental de cambios, la educación popular, para todos, no elitista, para encaminar a los sectores humildes de las sociedades de nuestros países de América. Por eso saluda desde las columnas de la Revista Universal de México, la apertura de escuelas públicas, las iniciativas legislativas o cualquier atisbo de cambio. Es apenas un preclaro veinteañero que piensa en América.


[1] José Martí. Obras Completas. Tomo 6. Pág. 254

[2] Ídem

[3] Ídem. Pág. 327

[4] Ídem. 134.154

 

 

Educación

Simón Rodríguez y José Martí

No es casual la convergencia entre las ideas educativas del maestro y filósofo venezolano Simón Rodríguez y  el intelectual y líder político cubano, José Martí, aunque entre ambos medie medio siglo.

 

 Ambos estaban convencidos  de que en Hispanoamérica había que reformar la educación  de raíz a fin de ponerla a tono con las necesidades de las nuevas sociedades que nacían con la emancipación del dominio colonial español, no solo en lo metodológico, sino también en la adecuación para solucionar los problemas del Nuevo Mundo anquilosados por la enseñanza escolástica y religiosa que se mantuvo como cáncer cultural durante muchas décadas.

 

 No tenemos constancia de que José Martí  leyera a  Simón Rodríguez, a fines del siglo XIX este era casi un desconocido cuyas obras estaban poco difundidas y de él apenas quedaba el recuerdo de ser el maestro del Libertador, Simón Bolívar, en tanto que los resquemores y la desconfianza de las clases dominantes y de la Iglesia en los países sudamericanos, habían satanizado su quehacer intelectual y principalmente sus aportes a la educación latinoamericana.

 

 En el legado ideo-pedagógico de ambos pensadores sobresale una constante, la preocupación por la educación en América Latina. Producto de la  conquista y colonización se desarrollan en estas tierras sociedades de cultura mestiza de fuerte influencia europea, pero en la que era posible reconocer los rasgos autóctonos de los pobladores originales y de otros grupos étnicos traídos por la fuerza, la necesidad o el engaño. El convencimiento de que era necesario aceptar esta realidad trascultural para poder crecer como pueblos, es el hito común entre Simón Rodríguez y José Martí.

 

 Simón Rodríguez desarrolla su ideario y práctica docente a principio del siglo XIX, influido por las ideas del iluminismo liberal europeo y el socialismo utópico, frente a la resistencia conservadora del clero y la educación escolástica. En el plano educativo es partidario de combinar la enseñanza con el trabajo, promoviendo escuelas técnicas y agrícolas, que facilitasen el desarrollo de nuestros países.

 

 Rodríguez desarrolla el proyecto de Educación Popular en Bogotá y Chuquisaca, Bolivia, proyecto que fracasa por la desconfianza de las familias pudientes, que no concebían que sus hijos concurrieran al mismo colegio a donde iban los indios y pardos y en el que adquiría conocimientos de carácter práctico y manual.

 

 Cuestionó la educación especulativa, por no afianzarse en lo concreto y porque no permite lograr los objetivos que necesitaba la educación. Denunció a los mercaderes de la educación, que hacían negocio con la actividad educativa y abogó por una enseñanza pública, mixta y laica.

 

 A fines del siglo XIX persisten en América Latina, mucho más acentuados, los problemas que el maestro caraqueño denunció y trató de subsanar con sus ideas y propuestas: unidad de los pueblos de latinoamericanos como base para el desarrollo socio cultural de nuestros países, la necesidad de elevar el nivel educación del indio, dignificarlo, aprender de él y ponerlo en condición de participar activamente en la sociedad; la enseñanza y desarrollo de las ciencias y los avances técnicos como necesidades para crear sociedades prósperas; cuidado de lo autóctono en lo cultural y educativo, como base de la independencia; denuncia de la asimilación acrítica de las culturas ajenas y otros aspectos puntuales de la cultura, la educación y la política, en los que coincidió con José Martí.

 

 Si bien Simón Rodríguez abre el siglo XIX intentando poner a las sociedades latinoamericanas sobre bases nuevas y experimenta con audacia reformas educacionales, rechazadas por el clero y las clases dominantes: a Martí le corresponde abogar, a fines del mismo siglo, por la necesidad de una segunda independencia en la que los pueblos se hicieran dueños de sus destinos.

 

 José Martí es testigo de la gran revolución educacional que provoca el desarrollo industrial del impetuoso capitalismo del siglo XIX. Se impulsa el aprendizaje rápido de las nuevas tecnologías y las ciencias, y el Apóstol cubano observa y divulga todo aquello que pueda servir en el avance de los pueblos de América Latina. Aplaude la introducción de los nuevos conocimientos y métodos, pero advierte en la necesidad de no dejar vacío de espiritualidad ese conocimiento y aboga por el humanismo como antídoto al maquinismo y al pragmatismo burgués.

 

 José Martí, intelectual cubano de plena raíces latinoamericanas, reivindica su pertenencia a estas tierras de “Nuestra América”, exalta las potencialidades socio-culturales de sus pueblos mestizos y basa su proyecto emancipador en la autoctonía, el conocimiento de las virtudes propias de los pueblos  del sur y la imbricación de los avances científico-técnicos de su época. Ideas semejantes  a las de Simón Rodríguez, pero en un momento de mayor desarrollo del capitalismo y de mayor amenaza de penetración imperialista, pero ambos confiados en que el triunfo de los pueblos estaba dado por el desarrollo de la educación y cultura, su unidad y solidaridad para impedir el  paso del “gigante de las de siete legua”.

Educación, Personalidades

José Martí y Máximo Gómez, la amistad militante

 Desde su incorporación activa al movimiento separatista para alcanzar la independencia de Cuba, José Martí comprende el papel sobresaliente de la unidad para lograr los objetivos que los revolucionarios cubanos se habían propuesto y no deja de entender el importante rol que juegan en los procesos revolucionarios los líderes conductores de pueblo.

 

 Por ello su primer contacto con Máximo Gómez, (Mayor General del Ejército Libertador, dominicano-cubano, respetado y admirado por los insurrectos mambises por su capacidad militar, su entrega y patriotismos) se produce en  1878 al escribirle una carta desde Guatemala, con el pretexto de indagar algunos datos sobre Carlos Manuel de Céspedes y la guerra que acababa de terminar en Cuba.

 

 La introducción de la carta deja bien en claro la admiración del joven hacia el caudillo de la Guerra Grande, de cuyas hazañas ha oído hablar:

 

“He conmovido muchas veces refiriendo la manera con que Vd. pelea:–la he escrito, la he hablado:-en lo moderno no le encuentro semejante: en lo antiguo tampoco.-Sea ésta una razón para que Vd. disculpe esta carta.”

 

 “No extrañe este lenguaje. Cuando se sirve bien a la patria, se tienen en todas partes muchos amigos viejos. De los más ignorados, no de los menos ardientes, es para el General animoso, poco el mutilado silente.”

 

 Es el preludio de una amistad que nacerá más allá de la diferencia generacional y que resistirá los encontronazos de las diferencias tácticas y los temores del joven demócrata y liberal, frente al caudillo de mérito, acostumbrado a ser obedecido en medio de los campos de batalla, prejuiciado por los “leguleyos” y “chupatintas”, que han sido lastre en el arduo batallar por la libertad.

 

 En 1880 José Martí era un joven con una modesta hoja de servicio a la causa revolucionaria, que se impuso como deber la organización de la emigración separatista y a los que en Cuba seguían creyendo en la libertad completa de la patria.

 

  Conoce del papel decisivo que en la Guerra Grande han tenido figuras como Antonio Maceo, Máximo Gómez y Calixto García, entre otros, por lo que procura el acercamiento a ellos para  comunicarles sus puntos de vista sobre el importantísimo tema de la independencia y el modo de conseguirla.

 

 En medio de estas gestiones contacta  con el Mayor General Máximo Gómez (julio, 1882), en una carta esclarecedora y franca en la que expone sus criterios sobre la forma de alcanzar los propósitos separatistas:

 

“(…) usted sabe, General, que mover un país, por pequeño que sea, es obra de gigante. Y quien no se sienta gigante de amor, o de valor, o de pensamiento, o de paciencia, no debe emprenderla”

 

 Más adelante, tras hablarle de sus contactos para organizar la lucha, le pide consejos y apoyo para llevar adelante sus ideas, porque “(…) importa mucho que el país vea juntos, sensatos ahorradores de sangre inútil y preveedores de los problemas venideros, a los que intentan sacarlo de su quicio, y ponerlo sobre quicio nuevo”

 

 Llama la atención el párrafo en el que advierte que existe un peligro mayor debido a las intenciones de aquellos que no querían perder sus privilegios, aunque ambicionaban librarse de España: la anexión a los Estados Unidos.

 

 Por eso le expresa a Máximo Gómez la necesidad de crear un Partido que aúne a los que quieren la libertad, como modo de atajar a los anexionistas que desean: “una libertad cómoda” para salvar “(…) a la par su fortuna y su conciencia”

 

 Este fue el primer contacto con el General Gómez. Quien le respondió de forma amable pero evasiva, en carta donde le dice que no existían las condiciones en Cuba para una guerra por el momento, pero dejando en claro su posición ante este asunto.

 

 Después de esta serán muchas las cartas cruzadas entre ambos, pero no será hasta 1884 en que se conocerán personalmente Martí, Gómez y Maceo en la ciudad de Nueva York a donde habían llegado los dos últimos recavando el apoyo de la comunidad cubana para el Plan que ambos líderes tenía para reiniciar la guerra de independencia en Cuba.

 

 El conocimiento de estos dos reconocidos generales de la guerra independentista hizo a Martí concebir esperanzas sobre la posibilidad de reanudar la lucha, pero  los recelos que aún albergaban estos generales hacia el liderazgo civil, así como un exagerado centralismo en los preparativos de la insurrección hizo reaccionar al joven Martí quien en carta valiente y sincera le dice a Máximo Gómez:

 

“Salí en la mañana del sábado de la casa de Vd. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas,-sino obra de meditación madura.- ¡qué pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande!-Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.

 

“Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento (…)”

 

 No eran temores infundados los que guiaban la pluma de Martí, la historia americana estaba llena de ejemplos tristes en los que valientes jefes de la independencia terminaron siendo en las repúblicas dictadores de entorchados y capataces de pueblos a quienes negaron sus derechos por capricho, con el único pretexto de haberlos servidos en el pasado:

 

“¿Cómo, General, emprender misiones, atraerme afectos, aprovechar los que ya tengo, convencer  a hombres eminentes, deshelar voluntades, con estos miedos y dudas en el alma? -Desisto, pues, de todos los trabajos activos que había comenzado a echar sobre mis hombros.

 

“Y no me tenga a mal, General, que le haya escrito estas razones. Lo tengo por hombre noble, y merece Vd. que se le haga pensar. Muy grande puede llegar a ser Vd.-y puede no llegar a serlo. Respetar a un pueblo que nos ama y espera de nosotros, es la mayor grandeza (…)

 

“Pues después de todo lo que he escrito, y releo cuidadosamente, y confirmo,-a Vd., lleno de méritos, creo que lo quiero:-a la guerra que en estos instantes me parece que, por error de forma acaso, esta Vd. representando,-no:”

 

 Este temporal alejamiento de las conspiraciones separatistas fue muy duro para el Apóstol, muchos cubanos no entendieron sus razones, otros vieron en ellas demasiado suspicacia civilista y no pocos lo llamaron cobarde, solo el tiempo y el desarrollo de los acontecimientos le fueron dando la razón en cuanto a su actitud y la mejor manera de organizar aquella lucha de todos los cubanos, llamados al máximo sacrificio, con la limpieza de saber que era por la libertad de Cuba por la que se pedía este sacrificio y no por intereses espurios o personales.

 

 El Partido Revolucionario Cubano fue la obra grande de este fundador de pueblos, que llamó a la unidad a todos los cubanos para conseguir una República en la que fuera realidad esos sueños de igualdad de alcanzar una patria “con todos y para el bien de todos”

 

 Creado el Partido y limadas las diferencias y recelos que habían alejado a Máximo Gómez y José Martí, este se dirige al Generalísimo en carta fechada el 13 de septiembre de 1892:

 

“Sr. Mayor General:

                               El Partido Revolucionario Cubano, que continua, con su mismo espíritu de creación y equidad la República donde acreditó Vd. su pericia y su valor, y es la opinión unánime de cuanto hay de visible del pueblo libre cubano, viene hoy a rogar a Vd., previa meditación y consejo suficientes, que repitiendo su sacrificio ayude a la revolución como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar dentro y fuera de la Isla el ejército libertador que ha de poner a Cuba y a Puerto Rico con ella, en condición de realizar con métodos ejecutivos y espíritu republicano, el deseo manifiesto y legítimo de su independencia.

 

“Yo ofrezco a Vd., sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres (…)”

 

 

 

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