Martí Otra Visión

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Día de la Cultura Cubana

Desde hace unos treinta años los cubanos celebramos el Día de la Cultura Cubana el 20 de octubre, es hoy una de las celebraciones que tiene mayor connotación en el país por el hecho de reunir en sí misma todos los valores que la sociedad necesita para reafirmarse.

 

 Ese día se une la cultura con la historia para rememorar las raíces que sostienen a la nación cubana y que la hacen firme ante los embate de las corrientes globalizadoras capitalistas, que queriéndolo o no, tiende a disolverlo todo en una banalidad sin frontera en el que no importa el ser humano, sino el consumidor, como ente  necesario para  un mundo diseñado por los vendedores. ¿No consumes? ¿Consumes poco?, vales menos, vales poco, por eso el mundo se les reduce a las áreas del primer mundo, lo demás es anécdota, exotismo, aspirantes eternos a ser como ellos, aunque la tierra y sus recursos no  alcancen para todos.

 

 El 20 de octubre de 1868, Pedro Figueredo Cisnero(1819-1870),  escribe la letra de nuestro Himno Nacional, a petición de cientos de bayameses que lo vitoreaban a él y a las fuerzas insurrectas que acompañaban a Carlos Manuel de Céspedes en su entrada triunfal a la ciudad de Bayamo. Eran por entonces seis cuartetas vibrantes y combativas, cantadas con la música escrita meses antes por el propio Perucho y estrenada en la iglesia de Bayamo como una “melodía religiosa” que no dejó de sorprender al gobernador de la villa.

 

 El fragor de la guerra y el ardor de los cubanos redujeron por costumbre el himno a dos estrofas, que resumen el sentir de todos los cubanos y enaltece el sentido patrio que permanece incólume en nuestro pueblo.

 

 Perucho Figueredo fue un prestigioso abogado de Bayamo, conspirador contra el régimen colonial y ocupó el cargo de subsecretario de la guerra en el primer gobierno de la República en Armas, llegando a ostentar los grados de General del Ejército Libertador Cubano.

 

Murió fusilado en plena guerra por la independencia, estaba enfermo y fue capturado por una columna española, encerrado en el castillo del Morro de Santiago de Cuba y pasado por las armas el 17 de agosto de 1870 por amar a Cuba y querer su independencia.

 

 Sus inspiradas estrofas guiaron al pueblo que se levantó para luchar por la libertad y desde entonces es el himno de los cubanos, la marcha combativa y bella que enaltece los corazones de los nacidos en esta tierra.

 

 Por eso celebramos el DIA DE LA CULTURA CUBANA, porque ese día cultura e historia se fundieron para entregarnos un símbolo de lo que somos y lo que defendemos, esta es la letra actual de nuestro  himno:

Al combate corred, bayameses
que la Patria os contempla orgullosa
no temáis una muerte gloriosa
que morir por la Patria, es vivir.

En cadena vivir es vivir
en afrenta y oprobio sumidos,
del clarín escuchad el sonido
a las armas, valientes, corred.

 

 

Personalidades

Un paseo solidario por la tierra de los vietnamitas

Por estos días de octubre el pueblo vietnamita celebra el milenio de su capital Hanoi, martirizada con los crueles bombardeo a que la sometió la mayor potencia del mundo en el afán de derrotar la resistencia de un pueblo  que es muy caro para nosotros los cubanos, por su valor a toda prueba y su capacidad para renacer de las cenizas. Para estos hermanos vaya este trabajo escrito hace unos dos años y en el que resalto las valoraciones de José Martí sobre un pueblo que resistía al colonialismo francés a fines del siglo XIX, pero que tuvo que enfrentar a lo largo de su historia a japoneses, chinos y norteamericanos.

 

 El silencio laborioso de un país que reconstruye su territorio es la admirable respuesta de un pueblo que se ganó ese derecho expulsando de su tierra a la potencia más poderosa de la historia. Hace menos de medio siglo Viet-Nam ganó el protagonismo mundial por su resistencia persistente, valor e inteligencia en una guerra que involucró a los Estados Unidos de América y sus aliados empeñados en someter a un pueblo a su designio neocolonialista. La hazaña del pueblo vietnamita por  expulsar a las fuerzas yanquis de su territorio, y conseguir que se respetara su derecho a la reunificación y a la construcción de una sociedad más justa.

 

 Esa es Viet-Nam, la nación que en las décadas de los sesenta y setenta ocupó los primeros planos noticiosos por su heroico enfrentamiento al imperialismo norteamericano; la patria del admirado Tío Ho y la depositaria de la solidaridad de todos los pueblos del planeta, incluyendo el nuestro que hizo de la causa vietnamita la suya.

 

 “Por Viet-Nam estamos dispuestos a dar nuestra propia sangre”, dijo Fidel, y ese mismo sentimiento estaba y está en cada cubano que hace suya esa convicción de vencer, esa resistencia sin cansancio y la sabiduría de ese pueblo hermano que puso sus tradiciones y cultura en función de su voluntad de vencer; que hizo exclamar al líder del pueblo de Viet-Nam, Ho Chi- Minh que tras la victoria construirían un país mil veces más hermoso.

 

 Este es el mismo pueblo anamita del que escribiera para los niños de América Latina nuestro José Martí, quien a través de sus lecturas supo de aquellos seres humanos que en Asia y por debajo de China tenían la tradición de pelear, no porque fuera un pueblo guerrero, sino porque “(…)A los pueblos pequeños les cuesta mucho trabajo vivir. El pueblo anamita se ha estado siempre defendiendo (…)”, y por esa constante defensa de su libertad enfrentó a los emperadores chinos, los belicosos siameses (Tailandeses), los colonialistas franceses, los militaristas japoneses y los imperialistas norteamericanos, con esa convicción de que nada es más preciado que la libertad.

 

¿Qué pudo haber llevado al Héroe Nacional de Cuba a escribir sobre un pueblo pequeño y lejano, en ese siglo decimonónico en el que persistían muchos pueblos desconocidos para la “civilización occidental”?

 

 Ante todo su admiración y respeto por su valentía y su resistencia al vasallaje, su orgullosa manera de llevar la ocupación temporal de su país y el convencimiento de que, “(…) tanto como los más bravos. Pelearon y volverán a pelear, los pobres anamitas (…)”, en los que valoró su arraigado sentido de pertenencia y el amor a la libertad.

 

 “Un paseo por la tierra de los anamitas”, es el título que elige para su crónica en el último número de la revista “La Edad de Oro”(Octubre, 1889). La información debió llegarle por la prensa francesa que circulaba en Nueva York, pero él fiel a su costumbre y principios éticos, convierte la lectura en ameno relato y no en paseo exótico por tierras desconocidas, aprovechando  el mismo para dejar en claro sus ideas sobre la igualdad de los hombres y pueblos y el valor que tiene ser libre, tanto en lo individual como en lo colectivo:

 

“El mundo es un templo hermoso, donde caben en paz todos los hombres de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y peleado por ser libres en su tierra, libres en el pensamiento”.

 

 Eso reconoce el Apóstol en los vietnamitas, en quien no ve estirpe de pueblo guerrero, sino de gente laboriosa que ha hecho una admirable obra cultural, ejemplificada por él por las huellas materiales en sus pagodas, palacios y en sus sencillas casas de madera, decoradas y sobrias; de ellos habla como los hábiles artesanos que trabajan la arcilla, la madera y los metales, mientras defienden y conservan sus ancestrales tradiciones.

 

 A ese pueblo hermano dedica Martí el tributo respetuoso de su solidaridad al narrar la resistencia de los anamitas frente a la poderosa maquinaria de guerra francesa:

“(…) Pueblo a pueblo se ha estado defendiendo un siglo entero del francés, huyéndole unas veces, otras cayéndole encima, con todo el empuje de los caballos, y despedazándole el ejército (…)”

 

 Cuantos recuerdos traen estas palabras para mi generación, que desde Cuba fuimos siguiendo la hombrada de ese pueblo, que no dejaba dormir al invasor, esos “súper-héroes” yanquis y sus colaboradores, que armados con los más modernos y sofisticado medios de guerra, sometían al país de Anam a una lluvia de fuego y sustancias químicas, tratando de derrotar a los persistentes y audaces  combatientes herederos de los heroicos anamitas que tuvieron en Martí un cronista comprometido con su causa.

 

¿Y que modo más hermoso y cómplice de cerrar su crónica sobre los anamitas amigos que aquella de ofrecernos la paciencia acuñada de estos pueblos del Lejano Oriente en un “¡Quién sabe!”?, puesto en boca de un hombre de pueblo, ante la pregunta susurrada de un compatriota. Ese “quién sabe” es el dubitativo futuro del que conoce a su pueblo y sabe que no será sometido por mucho tiempo; del que espera seguro la continuidad de una lucha que no podrá tener otro final que el de la independencia.

 

 Esos son los valores de los pueblos sintetizados y demostrados por los vietnamitas a lo largo de su historia en la que han tenido que pagar muy alto el precio de su emancipación y elogiados por el Cubano Mayor, el guía de nuestro pueblo en la búsqueda de su independencia e inspiración de los continuadores de sus ideas, que no solo siguieron su ejemplo, sino que hacen realidad su legado con la Revolución Cubana triunfante en 1959, que hizo de la solidaridad con Viet-Nam un compromiso real y militante.

 

 La semilla de esa amistad está en José Martí

 

Recepción martiana

10 de octubre de 1868

Es octubre y para los cubanos la primera evocación es para la hombrada de un grupo de orientales que en la mañana del 10 de octubre de 1868 iniciaron, ¡por fin! Las luchas para alcanzar la independencia del dominio español.

 

 América hispana ya hacia un siglo y medio que disfrutaba de la libertad arrancada al dominio español y se consolidaban en los territorios de nuestra América, Repúblicas inquietas e incompletas, pero celosas de su libertad conquistada a costa de muchos sacrificios.

 

 Cuba, “la siempre fiel”, como la denominaba la monarquía hispana, se debatía en el dilema de seguir bajo el duro régimen colonial, esquilmador de sus riquezas y negado a conceder libertades políticas mínimas a una clase burguesa poderosa, culta y de amplios recursos económicos, sostenidos por una masa de más de doscientos mil esclavos de origen africanos, tratados como “piezas de ébano”, pero que no contaban como seres humanos para aquellos civilizados caballeros del azúcar.

 

 Ese era el dilema para la nación, ya forjada y orgullosa de sí misma, pero sometida a una torpe política colonial que hizo todo lo posible, sin querer, pero por codicia, para perder lo poco que restaba de su imperio colonial.

 

 Carlos Manuel de Céspedes, un acomodado abogado y hacendado de la zona de Bayamo y Manzanillo, fue el catalizador de las aspiraciones de los más radicales de entre sus iguales y ante el fracaso de las negociaciones con las autoridades coloniales, no buscó el lamento conservador y cobarde, sino que se unió a otros patricios de sus zona para planear la única alternativa posible ante tanta soberbia e intransigencia colonial, la lucha armada para alcanzar la anhelada independencia.

 

 No pesó esta vez el temor a una sublevación de los esclavos aprovechando la coyuntura de la guerra, no temió perder sus comodidades y su hacienda en este viril gesto de rebeldía, solo pesó la necesidad de la patria irredenta y la determinación de ser libres o morir en el empeño.

 

 Esa mañana del 10 de octubre de 1868, reunió en su ingenio azucarero de “Demajagua” a sus familiares y a un grupo de conspiradores de su zona y con valiente gesto de hidalguía, liberó a sus esclavos, a quienes invitó a luchar  hombro con hombro por la patria común junto a sus antiguos dueños.

 

 Ese fue su gesto supremo, porque en la Cuba de su época, la esclavitud era el gran problema social de la isla y entre amos y esclavos había una profunda brecha de prejuicios, que no dejaba fuera a los cientos de miles de negros y mulatos que ya vivían libres en la isla colonial, haciendo oficios menores, obligados a vivir como parias en su propia tierra.

 

 La gesta libertadora cubana comenzó también un amplio proceso de integración racial y social que fundió a los estamentos diferenciados y rivales en  la nueva concepción de “luchadores por la independencia” que sirvió de base para fundar una República en Armas, alcanzar muchas victorias militares y radicalizar el protagonismos de los más humildes en este quehacer por la libertad.

 

 Diez años de guerra sirvieron de fragua para fundar un pueblo nuevo al que las indecisiones de las clases dirigentes cubanas y su miedo a la popularización de la guerra, lo llevaron a un pacto con España, que los patriotas más radicales, encabezados por el general negro Antonio Maceo, entendieron como una tregua para emprender nuevamente la guerra cuando estuvieran creadas nuevamente las condiciones para volver a luchar, por lo que aún no se había alcanzado, la independencia y la abolición de la esclavitud.

 

 Eso celebramos los cubanos el 10 de octubre, el inicio de nuestras luchas por la independencia de España.

Personalidades

Las formas lúdicas en los escritos de José Martí (II)

 En otras crónicas vuelve Martí sobre el ir y venir de la población de Nueva York durante los meses del verano y destaca ya no solo la presencia de las personas en actividades al aire libre, como un modo de mejorar la salud con el sol y el aire de los campos y los bosques, sino  la práctica de juegos espontáneos entre los niños y los jóvenes, así como las competencias organizadas por colegios y universidades.

 

“Glorioso llaman en inglés a este tiempo lucido, acaso porque con su aire fresco y cielo limpio invita a gloria. Las gentes se dan prisa, antes de que vengan las nieves, a nutrirse el pensamiento de las ideas vivas que inspira el verano, a gozar de estas horas de boda a que han de seguir luego tantas horas de féretro”.[1]

 

Su tristeza inveterada se abre paso en estos veranos multitudinarios en los que muy solo vaga entre  la gente escudriñando sus motivos, tratando de encontrar sentido a tanto movimiento y ajetreo (“El arroyo de la sierra me complace más que el mar”[2]), pero su mente trabaja y en la tranquilidad de la noche escribe para su gente en Hispanoamérica:

 

 Se tira a la pelota, como todos los junios: se calman los negocios: se llenan de amores nuevos, de maridos benignos y casadas solas los hoteles de las playas y de las montañas: salen embanderados, con su carga de bailadoras, los vapores que llevan, por las costas vecinas, pobladas de árboles, a los novios juguetones, los comerciantes, fatigados, las madres deseosas de un poco de aire puro para sus hijos recién nacidos, que se les van con los calores del verano, como el aroma de las rosas:”[3]

 

 Su mirada va al mundo que se abre ante sus ojos, la expansión de la vida lúdica, los placeres convertidos en grandes espectáculos que pretenden dar una síntesis de lo conocido por el hombre y lo que su imaginación desbordada puede ofrecer, su pluma de poeta encuentra vuelo ante la representación de la quema de Roma por Nerón,  “(…) a la entrada de la bahía, donde con lujo imperial, y no menos de mil comparsas, entre bailarinas, coristas y portaluces, representan los Kíralfy, so pretexto de fuegos artificiales, las grandezas de la Roma de Nerón, sus danzas orgiásticas, sus combates marinos, sus procesiones de triunfo, su incendio final, precedido de un baile de antorchas, que caracolean, luchan, se besan, se apartan, se agrupan, se separan de súbito, en mil caprichos y sorpresas de la danza, hasta que cada una de ellas incendia un bastión, una columna, un toldo, un estandarte, y los diez mil espectadores ven ante sí consumirse en un fuego sonrosado a Roma, mientras huyen las bailarinas, apagando las antorchas en el suelo, asiéndose de las colas de los caballos espantados, lanzando alaridos.”[4]

 

  Con tristeza describe su visita al espectáculo sobre el “salvaje oeste”, encabezado por ese hombre sin escrúpulo que responde al nombre de Búfalo Bill, el clásico vaquero  del oeste, emprendedor y despiadado, que muestra como animales de feria al hombre autóctono de las tierras de Norteamérica:

 

“Búfalo Bill, el jefe, es el célebre escucha de las campañas contra las tribus, el que habla a los indios en sus lenguas propias, el que ha arrancado su penacho de pluma a los guerreros muertos con el mismo cuchillo y el ademán mismo con que ahora repite cada tarde el simulacro de su hazaña.

 

 “Unos tiran la barra; otros persiguen, en el juego de la crosse, las pelotas que quieren echar con sus palos encaperuzados en el campo hostil. Otros vencen en la carrera a los niños blancos. Una hija mayor se acurruca a la puerta de una tienda con su hermanín a la espalda, un bravo de un año que ya trae en los ojos la inquietud de la tribu y la astucia de la raza.”[5]  

 Tras la describir el pasatiempo de  los niños indios, Martí dice con melancólicas palabras, que llevan una clara condena a la conquista y destrucción de estos pueblos autóctonos de América:

 

“Las ternezas están vedadas a un observador de oficio, pero de aquellas apuestas criaturas de cuerpos cimbreantes y ojos vívidos surgen con tal fuerza la dignidad y la gracia, que se condena vehementemente a los que interrumpieron en flor el natural desenvolvimiento de esa raza fina, fuerte, imperial y alada, como las águilas que la vieron nacer desde sus cumbres, y a quienes vence el cóndor de los Andes.”[6]

 

Como para caracterizar una época, vemos su asombro ante el enorme edificio del Madison Square Garden de Nueva York, palacio de los placeres, en los que el público viene por miles a expandir sus sentidos, gastar su dinero y evadirse de aquella cruel ciudad de hierro y ladrillo, cosmopolita y necesitada de darle una válvula de escape a los millares de seres humanos que llegan en busca de la fortuna al país de la oportunidades. Allí verá las célebres carreras de premio y otros muchos espectáculos que provocan su crítica,  verá a un público heterogéneo acostumbrado al placer y las emociones fuertes y al que consideró la verdadera víctima de estas distracciones:

 

“Pero ninguno de ellos marcará de un modo más patente el cambio del gusto que ese palacio de diversiones, coronado de torrecillas, que ya por el mundo entero es conocido con su nombre viejo de “Madison Square Garden.“-Ni el lugar ha cambiado, ni sus empleos: allí, hoy como antes, sin más que mudar el escenario de la arena, exhíbense hoy caballos, o mañana se levanta el estrado de boxear; o hay certamen de perros; o toca la orquesta de Seidl la música de Wagner; o guía Strauss, valsando él mismo, sus valses famosos; o se juntan alrededor de la champaña la crudeza y el señorío, a ver bailar en el tablado vestido de banderones, a la sinuosa Carmencita, (…)”[7]

 

 No todo fue elogio y admiración para el gran fenómeno de los espectáculos lúdicos que llenaban al gran país del norte, fue muy crítico con aquellos encuentros competitivos cruentos y deformadores del ser humano que tenían como único sentido atraer al público a los escenarios en los que se desarrollaban, primero para que pagaran por “disfrutar” de  ellos y además para estimular las apuestas, fenómeno que encontró en Martí duras críticas, por lo enajenador para el ser humano, estimulado a buscar dinero fácil, que luego era gastado en ostentaciones, disfrute hedonistas, consumos de alcohol y estímulo a la holgazanería.

 

 Por estas mismas razones repudió las apuestas y el deporte rentado, enajenador del hombre que se destruye y destruye como los gladiadores del circo romano, esclavos del dinero que recibe por lides realmente condenables como fueron las peleas de boxeo su tiempo y las “carreras de premio” en la que los corredores como caballos andan día y noche en pos, no de gloria sino de dinero.

 

 Hablar de un pensamiento lúdico en Martí no es nada descabellado a la luz de la enseñanza contemporánea, ni de las concepciones sobre esta forma de comportamiento humano que es la lúdica, tan necesaria e importante en el desarrollo del hombre.

 

 Pensamiento lúdico que está en función del mejoramiento humano, al advertir de la necesidad de alcanzar un equilibrio entre los placeres y la ejercitación física con el desarrollo de la espiritualidad, que para nada está reñida con la lúdica.

 

 Estas crónicas son una mirada objetiva en la que está presente la reflexión madura, inquisidora, la valiente presentación de sus dudas y en algunos casos condenas, sobre algunos fenómenos que ya muestran su capacidad de embrutecer al ser humano: deporte-espectáculo, por dinero, a costa de la salud y la integridad moral y física del atleta, el juego y las apuestas como forma de vida de muchos; la fiera obsesión por el lujo y  los placeres; la desmedida  rivalidad deportiva en los colegios americanos, en detrimento de la enseñanza y la educación y finalmente lo nocivo que estas prácticas podían ser en países de idiosincrasias diferentes como los de América Latina.

 

Notas:



[1] La Nación, Buenos Aires, 22/10/1885. Obras Completas de José Martí T. X: 297

[2] Versos Sencillos. José Martí

[3] La Nación, Buenos Aires, 15/8/1886  Obras Completas de José Martí  T. XI:15

[4] La Nación. Buenos Aires, 28/6/1888. Obras Completas de José Martí  T. XIII:337

[5] La Nación, Buenos Aires, 25/9/1886. Obras Completas de José Martí  T. X:34

[6] Ídem

[7] Ídem: 35

Lúdica y deporte

Las formas lúdicas en los escritos de José Martí (I)

La observación del mundo lúdico norteamericano de su tiempo, no es casual, ni contemplativo en José Martí, sino por el contrario, sistemático, prudente y advertidor.

 

 En sus crónicas para la prensa latinoamericana, principalmente para el periódico argentino La Nación de Buenos Aires uno de los temas más recurrentes son los grandes espectáculos que se desarrollan en la ciudad de Nueva York, todos llenos de una grandiosidad espectacular que el va juzgando, unas veces admirado, otras muchas de forma irónica. Constituyen todas manifestaciones lúdicas.

 

La lúdica no debe confundirse con el juego, aunque muchos crean que ambos términos son sinónimos.  Ella está indisolublemente unida al desarrollo humano.   Lo lúdico puede estar en toda actividad humana, como el paseo, la recreación, el disfrute de espectáculos culturales o deportivos, la práctica de juegos y  deportes, los hobby,  la audición y/o ejecución de música, la observación y/o ejecución de una obra de artes plásticas, etc.

 

 Dentro de sus crónicas periodísticas abundan las referencias a las costumbres recreativas, deportivas y los juegos de los Estados Unidos, deteniéndose en reflexiones que conservan  su vigencia. Hoy nos detendremos en el entretenimiento, devenido ya a fines del siglo XIX en una industria muy bien montada en ese país.

 

 Uno de los principales ejemplos de esto se encuentra en la  crónica  que describe  una visita a la famosa isla de Coney Island en la ciudad de Nueva York, en ella hace un derroche de descripciones sobre este enorme parque de diversiones y esparcimientos. El Apóstol en breves pinceladas describe las reacciones humanas ante las “maravillas” de aquel precursor de los actuales “parques temáticos” y de diversiones, con una mezcla de asombro y reproche por la compartimentación que hace el dinero en zonas de diferentes categorías de precio y lujo:

 

“Cada vapor lleva un ejército a las playas serenas de Coney Island, que atrae a la gente con el fragor de sus hoteles, la algazara y chirridos de los columpios y las ventas, sus cantos de tiroleses y de minstrels, sus orquestas de mujeres descoloridas y huesudas, sus hediondos museos de elefantiacos y de enanos, su elefante de madera, que tiene en el vientre un teatro, y es como símbolo y altar monstruoso de aquella parte glotona y fea de la isla, a cuyo alrededor, como columnas de incienso, se eleva de los ventorrillos que le hormiguean a los pies el humo de las freideras de salchichas(…)”[1]

 

 Martí se detiene en particular en la mayor y más populosa de las áreas, el parque “Gables”, allí se siente sobrecogido por la gran cantidad y variedad de curiosidades, entretenimientos, comercios, kioscos y playas, a los que se accede a precio módico y donde se mueven principalmente las clases populares, los humildes, que el describe como gente que viene a buscar los aires saludables del mar, trayendo su propia comida y tratando de pasar con dignidad en medio de las grandes ostentaciones de los ricos.

 

“(…)Allá lejos, se tiende la playa, matizada de grupos de familias, reclinadas o sentadas en la arena junto a los restos del festín casero: se salen los trajes de los cuerpos canijos de los judíos; se salen de sus morados y pomposos las irlandesas ubérrimas; la vida se sale de algunos ojos apenados, que van allí a hablar con el mar de honestidad y la grandeza que no se hallan en los hombres; y se observa tristemente el contraste que hacen las caras varoniles de las niñas con sus vestidos de encaje y con sus cintas de colores(…)”[2]

 

 

  Para los niños y su reacción ante el inmenso mar son estas reflexiones amables que nos recuerdan los episodios de  Pilar  en  “Los zapaticos de rosa”:[3]

 

 “(…) los niños, en tanto con los pies descalzos, esperan en la margen a que la ola mugiente se los moje, y escapan cuando llega, disimulando con carcajadas su terror, y vuelven en bandadas, como para desafiar mejor al enemigo, a un juego de que los inocentes, postrados una hora antes por el recio calor, no se fatigan jamás; o salen y entran, como mariposas marinas, en la fresca rompiente, y como cada uno va provisto de un cubito y una pala, se entretienen en llenarse mutuamente sus cubitos con la arena quemante de la playa(…)[4]

 

 Pero  en medio de este goce de palabras nace la preocupación del cubano por “(…) el tamaño, la cantidad, el resultado súbito de la actividad humana, esa inmensa válvula de placer abierta a un pueblo inmenso (…)”[5], asombrado describe la enorme infraestructura creada para el esparcimiento de esa multitud y su preocupación se centra en la  espiritualidad de aquella gente embriagada de hedonismo.

 

 Se está ante un fenómeno lúdico incipiente pero en crecimiento, la “industria del ocio”, que hace vivir al hombre de los “sentidos” y que tiene en los ricos sus principales consumidores, con la complacencia de sus extravagancias y lucimientos. Ante este fenómeno Martí reacciona, “(…) es fama que una melancólica tristeza se apodera de los hombres de nuestros pueblos hispanoamericanos que allá viven, que se buscan en vano y no se hallan; que por mucho que las primeras impresiones hayan halagado sus sentidos, enamorado sus ojos, deslumbrado y ofuscado su razón, la angustia de la soledad les posee al fin, la nostalgia de un mundo espiritual superior los invade y aflige; se sienten como corderos sin madre y sin pastor, extraviados de su manada; y, salgan o no a los ojos, rompe el espíritu espantado en raudal amarguísimo de lágrimas, porque aquella gran tierra está vacía de espíritu”[6]

 

 

 


[1] El Partido Liberal, México, 25/7/1886. Otras Crónicas de Nueva York, compilador Ernesto Mejías Sánchez, Pág. 49)

[2] Ídem

[3] Cuento en verso publica por José Martí en el Nº 1 de la revista La Edad de Oro

[4] La Pluma, Bogotá, Colombia, 8/12/1881. O.C.J.M. T. IX: 125

[5] Ídem

[6] Ídem: 126

Lúdica y deporte

José de la Luz y Caballero. Apreciaciones martianas

Una de las figuras más relevantes de la cultura cubana del siglo XIX, fue este hombre de pensamiento claro y cultura enciclopédica, quien emprende una de las más difíciles obras de cualquier tiempo histórico: educar a un pueblo, hacer conciencia en su juventud acerca de que honrarse a sí mismo es la manera mayor de honrar a la patria; y que no había honra mayor que servirla con la plenitud de nuestro intelecto y la honestidad de nuestras acciones.

 

José de la Luz y Caballero, el maestro de los habaneros, el hombre que renunció a escribir libros, porque hacía falta el tiempo para hacer hombres. Cubano íntegro, nació y murió en La Habana, educándose con maestros cubanos como su tío José Agustín Caballero  y el presbítero Félix Varela, a quien admiró y valoró como el iniciador del pensamiento cubano. El Seminario San Carlos fue su centro forjador y de su claustro formó parte a partir de 1824 hasta 1828.

 

 A partir de esta fecha emprende un largo viaje por los Estados Unidos y Europa, conociendo a numerosos intelectuales de renombre, como los ingleses Longfellow y Walter Scott; los franceses Cuvier y Michelet; el alemán Alejandro de Humboldt, y muchos otros. Publicó en París, bajo el seudónimo de El Habanero y a su regreso a Cuba colaboró intensamente con las publicaciones de su ciudad, hasta que llevado por sus principios reformadores se dedica a la enseñanza.

 

 Hizo del hombre objetivo central de su obra filosófica, al entenderlo como un todo integral y armónico, formado por su cuerpo, el alma y las sensaciones desarrollados en la naturaleza.

 

 En la enseñanza José de la Luz revoluciona en la isla las ideas cognoscitivas al llevar a la práctica en su escuela el postulado de la experimentación como principio del conocimiento partiendo de que el hombre conoce a través de las sensaciones.

 

 Con su método explicativo, consolida la razón frente al escolastismo y el mecanicismo, dando a sus alumnos los conocimientos, no en forma de conceptos preconcebidos, sino interpretativos, para estimular el pensamiento.

 

 Como educador previó la creación de escuelas técnicas y de maestros, a fin de preparar al pueblo para la abolición de la esclavitud. También era partidario del estudio de las ciencias naturales, para garantizar una sociedad rica y culta.

 

 En 1848 funda en La Habana el Colegio El Salvador, el más moderno de su época en Cuba y en el que se aplicaron los mejores métodos de enseñanzas y se desarrollaron las “pláticas de los sábados”, con temas polémicos y debates que enriquecían la cultura del alumnado, desarrollando su talento.

 

 El Colegio El Salvador fue la culminación de su ideario pedagógico, la maduración de su pensamiento y el proyecto más progresista y liberal de la burguesía criolla en materia de educación. A sus aulas acudieron alumnos de toda la isla, que en régimen interno recibían la educación de Don Pepe, hasta que el gobierno español, temeroso de su influencia lo cierra en 1860.

 

 Dos años después muere José de la Luz. Recordando este hecho José Martí escribe años después:

 

“Él había dado a su patria toda la paciencia de su mansedumbre, todo el vigor de su raciocinio, toda la resignación de su esperanza.

 

“Los niños, se agruparon a la puerta de aquel colegio inolvidable; los hombres lloraron sobre el cadáver del maestro: la generación que ha nacido siente en su frente el beso paternal del sabio José de la Luz y Caballero”.

 

 Este recuerdo valorativo escrito en los tempranos días de 1875, nos da  la medida del aprecio que tenía José Martí por el maestro de El Salvador y que no dejará de expresar y acrecentar en trabajos posteriores para diversos medios.

 

 Una de estas valoraciones aparece en el periódico El Economista de Nueva York (1888), como preámbulo a la publicación en ese diario de las cartas de José de la Luz a José Podbielski:

 

“Los cubanos veneran y los americanos todos conocen de fama al hombre santo que, domando dolores profundos del alma y el cuerpo, domando la palabra, que pedía por su excelsitud aplausos y auditorio, domando con la fruición del sacrificio todo amor a sí y a las pompas vanas de la vida, nada quiso ser para serlo todo, pues fue maestro y convirtió en una sola generación un pueblo educado para la esclavitud en un pueblo de héroes, trabajadores y hombres libres. Pudo ser abogado, con respetuosa y rica clientela, y su patria fue su única cliente. Pudo lucir en las academias sin esfuerzo su ciencia copiosa, y solo mostró lo que sabía de la verdad, cuando era indispensable defenderla…Supo cuanto se sabía en su época; pero no para enseñar que lo sabía, sino para trasmitirlo. Sembró hombres.”

 

 En el periódico Patria (1893)  afianza su juicio sobre Luz y Caballero, recordándonos el valor de su obra precursora:

 

“Él, el padre; él, el silenciosos fundador; él, que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo  a que se le criase de él la juventud con quien se habría de ganar la libertad que solo brillaría sobre sus huesos; él, que antepuso la obra real a la ostentosa,…prefirió ponerse calladamente, sin que le sospechasen el mérito ojos nimios, de cimiento de la gloria patria;…es desconocido sin razón por los que no tienen ojos con que verlo, y negado a veces por sus propios hijos.”

 

 Estas y otras muchas citas al maestro de una generación heroica que brillaría en defensa de la independencia patria, tanto en lo intelectual,  como en el campo de batalla, da fe de la alta estima del Apóstol por el hombre que él consideró estaba en las raíces de la cubanía naciente, por expandir la inteligencia, enseñar la honestidad y el patriotismo y defender su nacionalidad, aún cuando no creyese que la independencia era camino prudente, sus discípulo se encargarían en demostrar lo contrario en su nombre.

 

Educación

CRITERIOS MARTIANOS SOBRE EL ADULTO MAYOR

El primero de octubre está señalado por las Naciones Unidas y la Comunidad Internacional como el DIA DEL ADULTO MAYOR, fecha marcada para que todos los ojos humanos se dirijan hacia ese sector de nosotros mismo que son los ancianos, esos que muchas veces se invisibilizan dada la vorágine de la sociedad moderna y esa fiebre de consumismo que marca el constante cambio de las cosas por otras más sofisticada. Desgraciadamente muchas veces al adulto mayor lo olvidamos y hasta sentimos que estorba para este ritmo de vida que lleva a envejecer las cosas, cuando aún no nos hemos acostumbrados a ellas. Por eso vale la pena  escuchar la voz del Apóstol cubano, que tuvo en una altísima estima a los que llegaron a la cima cronológica y pueden ver la vida como desde la cumbre de una montaña.

 

 Ilustramos estas palabras con la fotografía de su anciano padre a quien dedicó el poema que cierra esta entrada y que nos habla de la devoción por ese humilde valenciano que le sirvió de ejemplo y acicate:

 

La ancianidad es sublimemente sintética. Habla como los pueblos antiguos, en frases cortas, con grandes palabras. Todo se agranda al ascender: así es tan grande la cumbre del camino.

“Revista Universal”. México, Mayo 1875

 

No hay cosa más bella que amar a los ancianos; el respeto es un dulcísimo placer… Los ancianos son los patriarcas.

“Revista Universal”. México, Mayo 1875

 

¡OH, cana cabellera, vida tan cierta por ser el punto y cabo de esta vida, imagen de lo perpetuo y de lo eterno que vas hacia lo que es llamado muerte vertiendo dones que fortalezcan al que aún tiene este pesado regocijo del espíritu, gusto de los ojos, orgullo para los que nacemos, y gala y lustre rica de las copiosas remembranzas de la patria!

 

 Así se piensa y se ama, cuando de un cuerpo viejo, se ve brotar ciencia gustosa por los labios trémulos, confianza en las miradas vivas, entusiasmo consolador en los ojos perpetuamente juveniles. Rejuvenece esa vejez; nace algo en esos cuerpos que van ya camino del yacer aparente del sepulcro.

“Revista Universal”. México, Mayo 1875

 

Cuando habla un joven, el alma recuerda dónde se enciende el vigor. Cuando habla un anciano, el alma descansa, confía, espera, sonreiría si tuviera labios, y parece que se dilata en paz.

“Revista Universal. México, Mayo 1875

 

La voz de los ancianos tiene algo de los otros mundos: tiene algo de religioso, de paz no humana, algo de revelación. Se tiene como una garantía de consuelo en las palabras de un hombre anciano.

“Revista Universal”. México, Agosto 1875

 

¡Hablan tan bien las cabelleras blancas! ¡Miran con tanto cariño los ojos de los ancianos! Dilátase el espíritu en contento: intégrase el ser con esta vida ajena; como que se vierte uno de sí mismo en una atmósfera de extraña alegría: -al fin en irse de sí mismo consistirá en su día todo el vivir.

“Revista Universal”.México, Mayo 1875

 

Los años santifican: los años embellecen; los años como aliento poderoso, soplan sobre el espíritu, y le dejan limpio, y libre de esas pasioncillas gusanosas que nos los envenenan, y nos lo roen en lo mejor de nuestra vida. ¡Y es hermoso ver rodar, al soplo recio del tiempo, cuerpo abajo esos gusanos! Ama más el hombre viejo. Y se le ama más. Si erró se le perdona. El hombre tiene necesidad de venerar. Goza en olvidar lo impuro

“La Opinión Nacional”. Caracas.17/2/1882. Tomo 14, p. 396

 

“¡Se van, se van los viejos! Ellos son como ornamento, y la mejor fuente de fuerzas de la vida. ¡Qué ejemplo un anciano sereno! ¡Qué domador de foeras, todo anciano! ¿Cuán bueno ha de haber sido el que llega a esos años altos sonriendo?

Periódico La Nación, Buenos Aires.25/2/1883 Tomo 9 p. 368

 

“Por eso parecen siempre jóvenes estos ancianos, que comenzaron asó la vida: en el campo rompiendo la tierra: en la ciudad, rompiendo los obstáculos”

Periódico La Nación, Buenos Aires.25/2/1883 Tomo 9 p. 367

 

¡Qué encanto tienen los cabellos blancos! Parece que viene de lo alto lo que viene de ellos. Las puerilidades mismas están llenas de gracia en los ancianos. Se les ve como a veteranos gloriosísimo que vuelven heridos de una gran campaña. Los defectos, los delitos mismos, parecen como que se funden y desaparecen en la majestad de la vejez. ¡Qué hombres esos que han vivido ochenta años! Aun cuando hablen con voz trémula y anden tardo, se les ve como a titanes.¡La vida llevaron a cuestas, y la sacaron a la orilla! A fuego lento se les ha ido blanqueando como la corteza al hierro en la fragua, los cabellos.

“La América. Nueva York, Febrero 1884

 

 “Una cabeza blanca había, que se llevó sin embargo todas las miradas. El hombre se siente consagrado en los ancianos”

Periódico La Nación, Buenos Aires.3/1/1887. Tomo 11, p. 136

 

“En la calle nos debíamos quitar el sombrero cuando pasan los ancianos”

Periódico La Nación, Buenos Aires.30/8/1888 Tomo 12 p. 45

 

“Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste”

Revista La Edad de Oro Nº 2, agosto 1889. O.C. Tomo 18, p. 390

 

“…La juventud y la ancianidad aclamaban juntas…”

Periódico El Partido Liberal, México 27/9/1889. O.C., Tomo 7. p.353

 

“Solo los que se saben llegan a la vejez con salud y hermosura”

Obras Completas. Tomo 2, p. 116

 

“Ha que culpa tan grande es la de no amar, y mimar, a nuestros ancianos”

Periódico Patria, 28/12 1893. Obras Completas. Tomo 5, p. 270

 

“¡Un viejo, con la barba blanca, que entra en mi oficina, en la oficina de un hombre que ha tenido padre, pidiendo limosna! –Eso sí que le hace dar un vuelco al corazón!

Cuaderno de Apuntes Nº 18. Tomo 21, 395

 

“…Sufrir bien, por algo que lo merezca, da juventud y hermosura. Mira a una mujer generosa: hasta vieja es bonita, niña siempre, -que es lo que dicen los chinos, que solo es grande el hombre que nunca pierde su corazón de niño: y mira a una mujer egoísta, que, aun es joven, es vieja y seca. Ni a las arrugas de la vejez ha de tenerse miedo”

Carta a María Mantilla. O.C. Tomo 20, p. 212

 

VIEJO DE LA BARBA BLANCA

 

Viejo de la barba blanca

Que contemplándome estás

Desde tu marco de bronce

En mi mesa de pensar:

Ya te escucho, ya te escucho:

Hijo, más, un poco más:

Piensa en mi barba de plata,

 

Fue del mucho trabajar:

Piensa en mis ojos serenos,

Fue de no ver nunca atrás:

Piensa en el bien de mi muerte

Que lo gané con luchar.

Piensa en el bien

Que lo gané con penar.

Yo no fui de esos ruines

Cual el monte aquel he sido

Que ya no veré jamás

De  azul en lo junto a tierra,

No: yo pasé por la vida

Mansamente

Como los montes he sido

 

Vamos, pues, yo voy contigo-

Ya sé que muriendo vas:

¡Pero el pensar en la muerte

Ya es ser cobarde! ¡A pensar,

Hijo, en el bien de los hombres,

Que así no te cansarás!

El llanto a la espalda: el llanto

Donde no te vean llorar:

¿Hay tanta lágrima afuera,

Y vienes a darnos más?

Marino que ha de quedar al timón

Cuando lo ve zozobrar.

Quejarse es un crimen, hijo:

Calla: date: ¡un poco más!-

La barba muerta me tiembla,

Hijo, de verte temblar.

Recojo el cuerpo deshecho,

Cierro los labios amargos.

                            José Martí, 1887

 

 

Habla José Martí

El Martí de Pueblo de Roberto Fabelo

 

Nuestro Roberto Fabelo, pintor contemporáneo cubano, que se graduó y ha desarrollado toda su obra dentro del período revolucionario cubano, tiene entre sus temas la figura de José Martí, interpretada en varios trabajos que nos devuelven una imagen no convencional en la que el “padrazo” que es Martí para todas las generaciones de cubanos, queda fundido a los temas que este valioso artista ha trabajado durante estos años.

 

 Uno de los trabajo más interesantes es este que  reproducimos porque funde al Apóstol con figuras de la mitología martiana, no explicita pero sí con un guiño de complicidad con todos los que hemos crecido admirando la obra del cubano universal.

 

Junto con las figuras muy fabelianas, están los íconos que los cubano recordamos  al evocar a Martí, fíjense en esa bella muchacha que se une a él delicadamente, puede ser su María, la niña de los Mantillas que fue su ahijada y que tantas polémicas y suspicacias despiertas sobre la posible paternidad de Martí; recuerda igualmente a su “Pilar”, la protagonista de  “Los zapaticos de rosa”, ese cuento en versos que es casi un himno para los niños cubanos y junto a él, ese  niño rubio que puede ser el “Ismaelillo” personaje en  que convierte a su hijo y que todos recordamos como el símbolo de la pureza creada por un padre en honor a su fraterno.

 

 En un primer plano un niño ataviado con traje de “Mambí”, apelativo con el que conocemos los cubanos a los combatientes por la independencia  de Cuba en nuestras guerras contra el colonialismo español, lleva en su mano “La rosa blanca” símbolo  de la amistad como la virtud mayor del ser humano, dentro de la simbología martiana.

 

 Entremezclados están las figuras de la gente humilde con las que quiso echar su suerte nuestro Héroe Nacional  junto a frutas de la isla, caracolas marinas y la vegetación de ese monte noble y benigno de los campos cubanos, todos asentados sobre el contorno de la isla de Cuba, nuestra querida patria.

Recepción martiana

Martí en el ojo de Fernando

Fernando Pérez[1], esa sensibilidad humana que le ha dado por hacer películas, acaba de estrenar en Cuba un filme imprescindible para conocer a nuestro José Martí, él lo ha llamado, “José Martí en el ojo del canario” y no ha dejado de conmover a todo el que se enfrenta e este drama de vida, que  cuenta sobre un niño inteligente de mediados del siglo XIX en medio de circunstancias muy dura para el desarrollo de su personalidad.

 

 Es justamente aquí donde está el mérito de este filme, darnos pautas a los espectadores para entender al hombre que fue –es- Martí, moviéndose en un mar de situaciones cotidianas que lo  tendrán siempre frente a una alternativa de vida: justicia-injusticia, virtud-deshonor, opresión-libertad, deber-comprensión y muchas otras que pudieron ser  razones para crearse a sí mismo como fue.

 

 Nada de compasión, ni guiños al esteriotipo de héroe que la tradición, la política y los intereses pudieron haber creado y  sí mucho de sinceridad para darnos un  Joven Martí, distinto, humano y palpable para todo el que quiera llegar hasta sus problemáticas.

 

 Habrá otras formas de abordar al hombre y sus circunstancias pero esta de Fernando Pérez, marca pauta a pesar del silencio mediático y del comentario escéptico de los “gurues” de siempre.

 

Ficha técnica

 

Guión y dirección: Fernando Pérez

 

Fotografía: Raúl Pérez Ureta

 

Música original: Edesio Alejandro

 

Actuaciones: Rolando Brito (Don Mariano Martí), Broselianda Hernández (Leonor Pérez), Damián Rodríguez (Martí niño), Daniel Romero (Martí adolescente), Manuel Porto, Aramis Delgado, Luis Rielo y Julio Cesar Rodríguez

 

 


[1] En la filmografía de Fernando Pérez, considerado uno de los más importantes directores de Cuba, sobresalen Clandestinos (1987), Madagascar (1994), La vida es silbar (1998), Suite Habana (2003), Madrigal (2006) y ahora se incorpora José Martí el ojo del canario (2010), una producción  del Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos de Cuba en coproducción con la española Wanda Producciones y Televisión Española.

 

Recepción martiana

La Tarja en la Casa Natal de José Martí

Uno de los orgullos que tengo en la vida es justamente estar en este lugar pequeño y sencillo, emparentado con esa Habana Colonial que hoy es tan admirada y respetada por cubanos y extranjeros, que de paso la ven conservada y hermosa como libro de hojas abiertas para contar la historia de casi cinco siglos de existencia.

 

Esta es la ciudad de Martí en la que vivió menos de la mitad de su vida, pero que no dejó de influir en la forma de ser de este hombre tan universal como particular. Junto a la muralla al sur de este espacio primigenio, al final de una callecita de artesanos y  gente de pueblo, nació este hombre.

 

 La gente de su tierra, sus coterráneos, apenas sabían algo de su gran obra cuando cientos de tabaqueros y obreros  cubanos, que lo habían conocidos en Tampa y Cayo Hueso, trajeron su admiración a esta ciudad y buscaron en 1898 el lugar donde había nacido El Maestro o El Apóstol, como solían llamar a este paisano suyo que les hablaba de la patria, de la necesidad de que fuera libre, pero también del sueño creador de darse en país más justo en el que cupieran todos, de cualquier raza o de cualquier condición social.

 

 La casita existía, vivida por gente humilde que desconocía lo que había ocurrido allí hacía menos de cincuenta años para entonces y fue la idea de marcar aquel lugar y surgió de nuevo la “colecta” para comprar la tarja que perpetuaría para siempre el lugar donde había venido al mundo José Julián Martí Pérez, o simplemente José Martí.

 

 La foto que traemos es del 28 de enero de 1899, esos son hombres humildes que lo conocieron en los días gloriosos de hacer la patria. En las ventanas, su anciana madre (ventana a la izquierda del lector) y su esposa e hijo adorado(ventana a la derecha), que para alegría suya, fue un luchador por la independencia de Cuba. Entre ambas ventana la tarja que perpetua el hecho sobre el nacimiento de Martí

Biografía
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