Colectividades Argentinas

historia y actualidad

 

La sangre que corre

Editorial Galerna

Novela de reciente publicación de la autora de “La Polaca”, a reeditarse este año.

Contratapa: Desde la colonia judía de Moisesville llegan Samuel y Berta, matarife y actriz vocacional, para afincarse en Mataderos, Buenos Aires. Es 1926 y conviven con inmigrantes y criollos. En el barrio de la carne, cruzan sus existencias con Justo Suárez, apodado «el Torito», un mito del boxeo.
Pasan los años y Samuel cumple todos los días el ritual kasher de la matanza en un matadero que se va modernizando. Berta, por su lado, se debate entre la pasión y la fidelidad, entre la ortodoxia judía y el deseo de romper ciertas ataduras; escribe en un diario íntimo sus secretos, su incertidumbre y el desvelo por una amiga de la infancia que cae en manos de la famosa red de proxenetas Zwi Migdal.
La violencia sobre la carne, que rodea a Berta desde el inicio de la novela, irá ciñéndose sobre la protagonista hasta azotarla en 1975, con las torturas de la Triple A.
La sangre que corre puede entenderse de muchas maneras –por ejemplo, como una relectura de «El matadero», de Esteban Echeverría–, pero, antes que nada, expone la visión de una mujer sobre la violencia del siglo XX y la voluntad de ir más allá de los mandatos patriarcales.

AGRADEZCO A INMIGRACIÓN Y LITERATURA en la persona de su creadora María González Rouco la posibilidad de conocer y aprender y emocionarnos con las historias de quienes llegaron de remotas y cercanas tierras y conformaron esta pluralidad de voces y orígenes que nos enriquecen y tambien la de compartir nuestros logros. Deseo un 2013 con proyectos y realizaciones. Myrtha Schalom

Inmigración y Literatura

Antony Skowron

polaco, llegado alla por 1928 a la argentina, primeramente se radico en la Boca y Dock Sud, luego se traslado a Campo Viera- misiones con una chatita hecha colectivo creando asi la primer linea de colectivos que unio campo viera, campo grande con San pedro y Bernardo de Yrigoyen (distan 300 km entre esos pueblos) en la epoca en que los caminos eran apenas picadas en el interior de misiones. Llego a tener 2 colectivos alla por los 30, para luego venderle dicha linea con las ideas de transportes a los singer recien llegados a Misiones, que luego fuera el emporio de expreso singer, para dedicarse a la produccion agropecuaria, creando la primer cooperativa de tabacaleros de Misiones esctibiendo todas sus actas en idioma polaco (actuamente en nuestro poder).
Daniel M. Skowron

Inmigrantes y Exiliados Destacados

Un cuento de Rosh Hashaná

Por Leo Vigoda

http://www.delacole.com/cgi-perl/notas/vernota.cgi?nota=cuento_rosh_hashana&utm_source=newsletter_delacole&utm_medium=email&utm_content=notas

Inmigración y Literatura

UNA BODA EN POLONIA

UN CUENTO DE HECTOR ZABALA

leer más: http://hector-zabala.blogspot.com/search/label/UNA%20BODA%20EN%20POLONIA

Inmigración y Literatura

Tadeo Bortnowski

El jueves 13 de mayo a las 19 hs., en el Museo Roca - Instituto de Investigaciones Históricas (Vicente López 2220 esq. Azcuénaga, Recoleta - Buenos Aires), la lic. Claudia Stefanetti presenta el proyecto del archivo de historia oral “Voces de posguerra” que recoge la historia de los inmigrantes polacos de la segunda posguerra.

“Voces de posguerra” es un espacio abierto en el Museo Roca para todos los que quieran compartir sus experiencias de vida y así preservar la historia de los polacos en la Argentina, teniendo como guías la búsqueda de los datos precisos, las biografías perdidas y el profundo respeto por las voces que habitualmente no se escuchan. El Museo Roca da todo su apoyo para llevar adelante este emprendimiento en el marco de su programa “Las huellas polacas en la República Argentina - El Águila Blanca.”

A continuación tendrá lugar la proyección de la película documental “Crónicas de un siglo de vida” (2009), dirigida por Lucas Trajtengartz y Fernando Martín. El filme presenta la fascinante vida de Tadeo Bortnowski, director de Sucesos Argentinos y creador del Noticiario Bonaerense. Bortnowski nació en Polonia, sobrevivió la persecución rusa en Siberia, fue camarógrafo de primera línea en la segunda división de Ejército Polaco y emigrante por obligación a la Argentina.

más: http://www.elaguilablanca.com.ar/

Contaremos con la presencia de Tadeo Bortnowski

Inmigrantes y Exiliados Destacados

De armenios y gitanos, de griegos y judíos

(Y de españoles, italianos, turcos, sirio libaneses, árabes…)

Afinado concierto y armonía entre inmigrantes

Armenios, gitanos, griegos, judíos. Más que diferencias, tenían muchas cosas en común. Al llegar a la Argentina sólo hablaban su idioma natal. Muy pocos tenían algún oficio o profesión. Venían huyendo de la miseria, en busca de la prosperidad. El camino más directo, casi el único entonces, era dedicarse al comercio.
Para todos ellos era una asignatura transitoriamente perdida escuchar las melodías de su lejano terruño. No habían traído registros sonoros, pero igual estaban demasiado ocupados procurando el diario sustento. Tener en cuenta algo ‘trivial’ como la música -en esa durísima época- les resultaba superfluo.
Poco a poco, cada colectividad se fue agrupando en sus propias asociaciones. Tras el mucho esfuerzo fue llegando gradualmente el merecido bienestar. Ahora sí tenían tiempo para festejos.
En los años ’30 del siglo pasado, las canciones ancestrales comenzaron a ser fuertemente añoradas. No tenían discos de su patria, y tampoco partituras. Ni, cada etnia, músicos que las interpretaran.
En los conventillos, los barrios, y especialmente en el Once, se mezclaban los “…sky”, los “…ián” y los “…akis”. Las colectividades convivían en armonía, cada una con comercios de su especialidad: telas, alfombras, ropa.
Las fiestas judías ya entonces eran animadas por klezmorim casi aficionados. Uno de ellos, Leiser Wygoda, sabía –cosa excepcional- leer y escribir partituras musicales. Eso no era habitual y, por ende, Leiser era frecuentemente requerido para transcribir las canciones que aún estaban frescas en el recuerdo de los gringos ashkenazis.
Comenzó a divulgarse su habilidad. Tardó poco en llegar al conocimiento de armenios y griegos. Leiser iba pacientemente al encuentro de los ancianos, para escucharlos tararear sus canciones y pasarlas al pentagrama. Era un puro deleite para los que habían venido de Europa con su propio folclore sólo en su memoria y en su corazón.
Los inmigrantes gitanos, que se dedicaban a comerciar chatarra y vehículos usados en el barrio de La Paternal , vivían -aunque ya hubieran hecho fortuna- aferrados a sus enormes carpas tradicionales. Por boca a boca se enteraron de la existencia de Leiser. Y allí iba él con su orquesta a los surrealistas, pantagruélicos casamientos tziganos –que se prolongaban dos o tres días con sus noches- y les llevaba alegría.
Sobre grandes almohadones y magníficas alfombras diseminadas sobre el piso de tierra, en medio de la humareda de los asadores donde se cocían insensatas cantidades de lechones, los jefes de las ‘tribus’ -de grandes bigotazos y aludos sombreros negros- brindaban reiteradamente por la buenaventura de los novios. Sus mujeres, de largas y coloridas faldas, cabezas empañoladas sobre generosas trenzas en las que se entrelazaban monedas de oro, y con múltiples collares y anillos, -también de oro- a pesar de la barahúnda dedicaban calmosamente su tiempo a tirarse mutuamente las cartas o a practicar la quiromancia. Infinidad de chicos jugaban correteando por toda la carpa y sus alrededores, enredándose entre las piernas de los bailarines y el cotorreo de sus madres.
Los hombres alternaban los vasos de vodka ruso, ouzo griego, pastís de Marsella y cerveza de cualquier origen. Achispados, el cansancio los empujaba a dormitar brevemente en algún rincón antes de volver a la jarana. La combinación de ajetreo, humo y polvareda, gritos, música estridente, algarabía y alcohol conformaba un alucinante aquelarre urbano. Los músicos no podíamos soltar los instrumentos ni por un momento: parar la música festiva era impensable. Sólo había cortísimos descansos alternados.
Al ir elevándose el nivel cultural y económico, para las Iglesias Ortodoxas Armenia y Griega llegó el momento de programar conciertos sinfónicos. En ambos casos fue, paradójicamente, el klezmer judeo/ucraniano Wygoda quien dirigió, con arreglos propios, orquestas de más de cincuenta integrantes, interpretando fielmente el rico patrimonio musical de cada colectividad.
Además, animaba habitualmente esas fiestas donde la danza colectiva era acompañada por el eufórico lanzamiento incansable de platos al piso.
Es curioso y alentador. Las primeras generaciones nacidas aquí, para sentir que se integraban definitivamente, dejaron un poco de lado las tradiciones de sus padres inmigrantes. Pero luego se produjo lo que podríamos llamar un “puenteo generacional”. Los nietos recurrieron a sus abuelos para conocer sus orígenes. Es así como muchos han vuelto a sus comunidades, integrando coros, conjuntos de bailes folclóricos, cursos de idioma e historia de sus ancestros.
La música tuvo mucho que ver con estos gratos retornos. Demostró que se puede ser muy argentino sin abandonar las tradiciones de sus pueblos originarios. Y convivir sin odiosas discriminaciones.

leovigoda@gmail.com

www.leovigodaklezmer.blogspot.com

Inmigración y Literatura

Lázaro Vigoda

 

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Mi padre, Lázaro Vigoda, con su corneta, en los pic nics del ‘20

Músico inmigrante judío mi padre, y músico yo, desde muy pequeño (nací en 1933), lo acompañaba cuando iba a tocar a casamientos y toda clase de eventos.
Leo Vigoda

Inmigrantes y Exiliados Destacados

Todos venimos “de allá”

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Este maise sobre la aparentemente insólita convivencia y fluida comunicación entre un klezmer judío y una abuela italiana, no es un cuento. Es, simplemente, el relato de una anécdota de la vida, de la vida real.
Contar aquí esta aleccionadora pequeña historia reafirmará, posiblemente, un poco más en sus convicciones a quienes creen que sí es posible el cordial entendimiento entre las distintas razas y credos. Y no perdamos la esperanza de que, tarde o temprano, eso ocurrirá, y plenamente.
Esta historia nos la relató, a mí y a Saccomanno –para los amigos judíos, “Sackmann, el Rabí Calabrés”- entre tiernas sonrisas nostálgicas, el querido Hugo Dante, en el medio de una de nuestras largas jornadas de brain storming de creatividad publicitaria, festejando estruendosamente los disparatados requechos que surgían a borbotones de nuestras memorias.
Después de escucharlo a Hugo, le dije: -Escribilo, tanito.-
Y me contestó: -Te lo dejo a vos, rusito.-
El Hugo tuvo una formación que podríamos llamar “ecuménica”. Nació, se crió e hizo muchos y variados amigos en Avellaneda. Más precisamente en Avenida Galicia, afectuosa y jocosamente rebautizada avenida “Galitzia” o avenida “Moscú”, por la cantidad de “rusos” que allí habitaban. El barrio era llamado “Piñeyro-La Mosca”. Vaya uno a saber por qué. Hugo no lo sabía con certeza. Si él no lo sabía, seguramente nadie lo sabe…
Los abuelos de Hugo Dante (Sus padres le habían puesto esos nombres como un sabio y obvio homenaje a Víctor Hugo -el original, el francés, no el uruguayo Morales- y al magno poeta italiano Dante Alighieri, apelativos con los cuales lo predestinaron al duro ejercicio de la literatura.) arribaron a la Argentina desde Calabria. Llegaron con la ola inmigratoria de principios del siglo XX que, procurando ganar esforzadamente el pan diario, fueron a vivir en el crisol de razas laburantes que eran, en aquellos años, los extramuros de la Capital.
Jacobo Isaac Milsztejn era klezmer, violinista infaltable en toda fiesta o pic-nic judío de la zona sur.
Siempre llevaba consigo -por si acaso, decía él- su baqueteado violín, protegido en el ajado estuche. Lo hacía para practicar y disfrutar, claro, durante sus cortos descansos, bajo un árbol en el sofocante verano, o bajo algún toldo, en el gélido invierno suburbano.
Pero para dar de comer a su familia, –Freide, su mujer, y sus hijos- necesitaba una ocupación menos lírica que la música klezmer, y más práctica para la subsistencia. Isaac, entonces, era cuentenik vendedor ambulante que llevaba, de cada cliente, una cuenta. Montado infatigablemente en su bicicleta, con broches en las botamangas del pantalón para no enredarse con la cadena, y pesados paquetes de mercaderías sobre el caño, recorría cotidianamente Piñeyro-La Mosca vendiendo al fiado y puerta a puerta las colchas, las sábanas, las ollas, los pantalones y camisas que le habían confiado, en flexible cuenta corriente, en la Cooperativa de la calle Cangallo. Ahí era conocido por su cumplimiento de los compromisos contraídos, sin siquiera haber firmado nada. Así era la confianza en aquellos tiempos…
Sin embargo, Jacob Itzik tenía su Talón de Aquiles. Cuando escuchaba las lamentaciones de sus humildes clientes registrados en las ajetreadas tarjetas de pagos mensuales, se condolía. ¿Qué le iba a hacer? Era más fuerte que sus urgencias monetarias familiares. Se condolía. Ante esas cuitas postergaba la cobranza, y encima metía la mano en el bolsillo y consolaba con unos pesos. Eso sí: estaba seguro de que, a la larga, no le fallarían. Casi siempre, dignidad es lo único de que no carecen los pobres.
Un día, al volver de la escuela vestido con el guardapolvo blanco -obviamente comprado al cuentenik-, Huguito se paró frente a la puerta de su casa para levantarse las medias caídas durante el consabido partido de fútbol con pelota de trapo. Ahí estaban la Nonna Catarina, escoba en ristre, y el cuentenik/klezmer con el sombrero en la mano, enzarzados en un largo, sonoro y embrollado pseudo “diálogo”.
Oírlos era alucinante y surrealista para cualquiera. Ella hablaba en su cerrado dialecto calabrés. Él, en su verborrágico idish.
Dios sabe cómo, se entendían, muertos de risa. Créanme, se entendían.
Isaac tenía una franja blanca en su frente, con el resto de la cara curtido por mil soles de laburo. En la cucuzza, la kipá ritual. Se despidió, se superpuso el sombrero, acomodó los paquetes, y encima ató el violín con hilo sisal. Mientras se alejaba, contento y libre como Nino Bravo, chiflaba bajito un lídale. Haciéndose el canchero, pedaleando de dorapa, dobló en la esquina del potrero y se perdió de vista, en busca de sombra fresca para tocar su música. La abuela, sin dejar de sonreír, retomó el meticuloso barrido de la vereda, canturreando sotto voce una canzonetta peninsular.
-“Nonna, quiero hacerte una pregunta. ¿Cómo hacían para entenderse, ustedes dos?”-, inquirió intrigado el Huguito.
Apoyándose en la escoba, Catarina suspiró y le dio la conmovedora, memorable respuesta:
-“Má’caro mío, ¿cume no non íbamo a entendere, si le due venimo de lá?”-dijo ensoñadoramente, agitando una mano en alto que señalaba “allá”, en lontananza.
Era verdad. Ambos –como casi todos en ese barrio humilde- venían de “lá”, de “allá”, de allende los mares, de la lejana Europa que los había expulsado, con la ilusión de “hacer la América”. Esa América que en ese tiempo era, todavía, un idealizado futuro crisol de razas.
Cada uno canturreaba su canción, pero la canción era la misma.

Leo Vigoda, 2009
leovigoda@gmail.com

Inmigración y Literatura

Mi traje de Bar Mitzvá

Corrían los ’40. Yo estaba por cumplir 13.
Mi mamá me llevó a “Becrom”, la sastrería -en esa época- de onda. Estaba en Corrientes y Larrea. Allí ella eligió el primer traje de pantalón largo para su barmitzve bujer, para que lo luciera en la trascendental ceremonia del paso a la mayoría de edad.
Azul eléctrico, cruzado, seis botones, rutilante y enceguecedor. Camisa celeste, rígida de tan almidonada, con ballenitas de celuloide. Corbata finita azul, con rayas amarillas. Parecía de Boca. Medias blancas, zapatos nuevos Guante, acordonados, a dos colores combinados, marron y blanco, bien de milonguero. Tales, tviln y iarmulke de Sigal, con funda de raso (azul 220 V, haciendo juego con el traje). ¿Qué menos para su groiser butz pero tan sheiner íngale?
Me tomaron la foto sepia con todos los adminículos puestos, con las orejas totalmente coloradas, apantalladas por el corte media americana, peinado con Glostora, apoyado en una columna de madera del afamado estudio de Schein & Bianchi. Se hicieron copias encarpetadas para envío a (y envidia de) los parientes de Eretz Israel, Brooklin y Tartagal. Todo lo mejor de lo mejor.
Continué mi ardua preparación con el lerer Mordejai Veisijvus. El lerer venía a casa sudoroso, con aroma a “Fun Di Zeklej”, y portando cansinamente su baqueteada valija de cartón marrón, donde guardaba los libros, medio pan Goldstein, un bursht con ajo acompañado de dos o tres tzíbelej, y un paquete de pastillas de menta D.R.F. (que nunca abrió).
Mi hermanita y yo nos disputábamos el privilegio de ir al encuentro de su sapiencia en segundo término, cuando sólo restaba esperar su greps final.
Únicamente faltaba redondear mi discurso de circunstancias: “Joshuve fraint un umzistzike fresers, etc. etc.”, que iba a recitar luego de la ceremonia en el Shnaidersher Shil de la calle Lavalle, al lado del Colegio Quintana, mientras los gerontes integrantes del minien de las 7 a.m. engullían los knishes de papa y el leikaj –caseros, obvio- y agotaban el shnaps de la tradicional botella de ginebra Bols.
Concluido el tocante ritual, ya era yo un judío hecho y derecho.
Orondo, exultante, al día siguiente inicié mi travesía por la adultez.
En Plaza Once, cercana a mi casa, fui a comer mis amadas empanadas fritas en la Recova del Hotel Marconi.
Una, dos, acompañadas de moscato, y en la tercera, la fatalidad.
Había olvidado que ésas eran las que se llamaban “empanadas de pata abierta”, porque chorreaban la grasa veterana en que habían sido fritas. En la tercera de carne picante, obnubilado por los efectos del segundo moscato, bajé la guardia, mordí la empanada y saltó esa grasa hacia la solapa izquierda del flamante e inmarcesible traje azul tsunami, casi al lado del bolsillo de donde asomaban las rígidas cuatro puntas almidonadas del pañuelo blanco.
¿Cómo podía volver a casa y enfrentar así a mi mámeniu, que con tantas privaciones y sacrificios (como ella decía) me había comprado ese portento de elegancia?
Regresé subrepticiamente, como un ratero. Por suerte, no había nadie.
Recordaba que mi hermana decía que las manchas aceitosas se quitaban absorbiéndolas con calor. Y mi hermana sabía. Vaya si sabía…
Armé la tabla y enchufé la plancha. Coloqué prolijamente la solapa del trágico saco azul eléctrico sobre la tabla y busqué, desesperado, papel secante (en esa época, la de la pluma cucharita y tinta azul, aún se usaba). Ante la ausencia de papel secante, reflexioné: buen sustituto será papel higiénico doblado tres o cuatro veces. Fui al baño: sólo restaba un trocito. Ni pude doblarlo. Lo puse prolijamente sobre la ominosa mancha, y encima la plancha caliente.
Estaba inquieto. No podía esperar un tiempo prudencial. Por eso, entretanto, aproveché para hacer alguna de mis otras tareas, todas ellas, a mi criterio, importantísimas…
El humo que invadía toda la casa me advirtió que algo andaba mal. Oy vey. La plancha ardiente había atravesado el papel higiénico, la solapa, el acolchado, la tabla, y cayó de punta al piso, dejando el fatídico testimonio de la incineración hasta en los listones de pino spruce.
Mi mame, en medio de imprecaciones en idish y lágrimas también idishes, amputó sin compasión las dos solapas y convirtió el saco en una especie de cárdigan (que nunca llegué a usar, aunque ella insistía).
Quedé traumado. Desde entonces las empanadas ya no son de mi predilección. Aunque sean caseras y cocinadas al horno.

Leo Vigoda, 2009
leovigoda@gmail.com

http://www.delacole.com/cgi-perl/notas/vernota.cgi?nota=traje_bar_mitzva&utm_source=newsletter_delacole&utm_medium=email&utm_content=notas

Inmigración y Literatura

GEOGRAFIA Y FAMILIA

En estas semanas se distribuye en librerías el último título de la Editorial Acervo Cultural: “Desde adentro y desde afuera: dos excursiones por la cultura judeoargentina”, del norteamericano Stephen Sadow (“Memoria de la cultura judía latinoamericana”) y Ricardo Feierstein (“Memoria personal de Buenos Aires”). La cuidada edición incluye dos suplementos de ilustraciones en color: uno despliega obras de artistas judíos latinoamericanos y el otro una serie de “Imágenes para porteños nostálgicos”.
Reproducimos a continuación uno de los textos de Feierstein, de carácter narrativo-antropológico, sobre la identidad barrial y judía de una familia. Forma parte de una veintena de textos que, divididos por décadas, trazan un retrato abarcativo de los últimos sesenta años de una experiencia judeoargentina que puede resultar arquetípica para muchos lectores.

rfeiers.jpgEl grueso de mi familia de sangre estaba concentrada en treinta cuadras de Villa Pueyrredón y sus alrededores. Ahora, se desparraman- como “judíos errantes” o, más precisamente, personas posmodernas y globalizadas- por alrededor de veinte mil kilómetros. Lo que va de ayer a hoy.
Con los tíos y paisanos, entonces, las reuniones eran de otro tipo. Melancólicas, diría. Comenzaban a hablar varios a la vez, generalmente en idish. De a poco, luego de bromas y novedades, la botella de guindado o licor fuerte pasaba de mano en mano, así como galletitas que acercaban las solícitas mujeres. Un cierto silencio invadía el lugar. Alguien mencionaba el nuevo dato, terrible, sobre una persona que yo desconocía. Otro agregaba un comentario. De pronto, en cierto momento, uno de los presentes se quebraba y comenzaba a gemir. El que estaba hablando en ese momento, impresionado, tenía también un ataque de llanto.
Sentado en un rincón, ajeno a la evocación y a una parte del idioma, yo miraba sin entender ese dolor ajeno, intransferible, machacado una y otra vez sobre el pueblito desaparecido bajo los nazis, la sinagoga incendiada, los cuerpos de tías y primos y amigos, niños y mujeres y ancianos, transformados en cenizas. Un mundo desaparecido entre la bruma y el horror de la distancia. “Mendl pasó por allí el año pasado- dijo una vez el tío Abrumche- y contó que nuestro shtetl ha desaparecido. No quedó nada ni nadie. Ruinas, polacos y barro. Nada más.” Y era otra vez el silencio, sólo interrumpido por un sollozo ahogado, como si alguien se estuviera asfixiando en esa triste habitación de mi casa.
Las treinta cuadras se desarrollaban sobre el eje de la Avenida Mosconi (y pasan los años y pasan los libros y no puedo desprenderme de ese territorio de mi infancia, la patria del corazón). Nosotros vivíamos casi en la esquina del cruce con la calle Cuenca, en uno de tres terrenos iguales que una familia entonces aristocrática- Dubarry, o algo así- construyó, junto a decenas de inmuebles similares en los barrios humildes de Buenos Aires, para alquilarlas a miles de nuevos inmigrantes que llegaban a la Argentina. Por la misma dirección y cruzando la Avenida San Martín se llegaba rápidamente a la maravillosa Plaza Devoto, en uno de cuyos costados un venerable edificio albergaba la gran biblioteca donde pasé muchas de mis tardes, enfrascado en el placer de la lectura que sólo atraviesan quienes vislumbran la esencia de ese goce: encontrar, en las páginas de un texto, lo que no sabíamos que estábamos buscando.
A unos sesenta metros de mi casa, cruzando la esquina y sobre la misma avenida, se levantaba la Galería Aconcagua, un proyecto faraónico para este barrio y cuyos locales nunca pudieron progresar pero que, en lo que hace al sector de viviendas, logró vender los cincuenta departamentos del edificio que construyeron encima. En el segundo piso habitaba uno de mis tíos paternos, con esposa e hijos. Dos pisos más arriba una tía materna, también con su familia. Ambos, llegados a esa geografía urbana por recomendación de mis padres, los más antiguos en aquella zona tranquila y de casas bajas, con algunas calles todavía sin asfaltar.
También vivió allí, en un departamento del sexto piso y durante algunos años, otra tía materna pero, por razones dolorosas que no viene al caso mencionar, decidió mudarse a otro inmueble sobre la misma avenida, pero veinte cuadras más allá, cuando ya la avenida se llama Olazábal y estaba casi, casi llegando a Triunvirato. Antes aún, en la época de niñez compartida con primos y domingos con partidos de fútbol en la única casa que poseía televisión (en blanco y negro, por cierto), ellos vivieron un tiempo en la calle Burela- a mitad de camino-, es decir, más cerca aún. Una casa de bajos, en los fondos de un largo terreno, que cerraba la medianera con un galpón donde mi tío fabricaba grampas para amurar cables telefónicos.
Otro tío materno, con mujer e hijos, volvió en esa época de una experiencia de vida en San Pablo, Brasil, y se instaló en un departamento al frente, planta baja, en el pasaje Juan Pablo Duarte. Estaba a una cuadra de la Avenida Mosconi y a dos de mi casa.
Mi hermana Susy, en cambio, fue algo más audaz: al casarse, fijó nuevo domicilio en Helguera y Francisco Beiró, algo así como quince cuadras del domicilio paterno, invadiendo los límites de Villa del Parque. También en Villa del Parque vivía mi tío paterno menor y su familia- en Nazca y César Díaz- y allí se realizaban las reuniones tribales, cada sábado, sin falta. Otro tío mayor se había instalado- audazmente- en Condarco y César Díaz, a dos cuadras de distancia.
La distancia geográfica- o la falta de ella- modificó también la relación familiar. O quizá fue su consecuencia. Ya no sólo fuimos dueños de las calles del barrio, sino de todo el radio comprendido por nuestras viviendas, sumando el eje de influencia de cada primo, en nuestro caso, y de sus correspondientes amigos. Como efímeros terratenientes, nos sentimos patrones de toda una zona de Buenos Aires bajo nuestras correrías. Así como dicen del bebé bien amamantado durante mucho tiempo por su madre, si había algo que nos sobraba a nosotros, en esos tiempos, era seguridad.
Mi pasado no tiene futuro, es sólo eso: pasado. Extraño a mi avenida Mosconi de infancia y juventud, pero ya soy otro. No puedo realmente volver a esos vecinos, casas y veredas que cobijaron mi etapa formativa porteña y a los que no quiero olvidar.
¿Cómo conciliar esa certeza infantil que proporcionaban geografía y familia en mi Villa Pueyrredón natal y sus alrededores, hasta la Plaza de Villa Devoto por un lado y la fraterna Villa del Parque por el otro, con la seguridad buscada de adulto, en un lugar del instante actual, sin que una anule a la otra? Quizás se trate sólo una regresión a la infancia, para refugiarme del pavor de haber madurado.

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