Inmigración y Literatura

de la Argentina y el mundo

 

ANTOLOGÍA INMIGRANTE en la Feria del Libro

Stand de la SADE
8 de mayo de 14 a 20 hs
coordina Nilda Pigazzini

Dibujo.JPGMónica Acosta, Consuelo Bermúdez, Ana Bisignani, Cristina Borruto, Norma Mabel Buffa, Pedro Alberto Colombo, Elisa Dejistani, Ida De Vincenzo, Ana María Fernández, María Angélica Fidalgo, Ignacio Giancaspro, M. Inés González Rouco, María Rosa Iglesias, Adriana Lisnovsky, Silvia Maimó, Enrique Milei, Laura Nicastro, Nilda Pigazzini, Juan Carlos Rizzo, Carlos Santibañez, Horacio Semeraro, Ester Spiner, Betina Villaverde

coordinada por María González Rouco

Ediciones El Escriba, 2010

Antología Inmigrante, Inmigración y Literatura, Inmigrantes y Exiliados Destacados, acerca de MGR

ANTOLOGÍA INMIGRANTE

Presentan GABRIELA RODRIGUEZ y CRISTINA BORRUTO

Con la participación musical de:
SILVIA JOTEFF

Muestra COMPARTIR SENTIMIENTOS
participan con sus obras los siguientes artistas plasticos
ELISA AMENDUNI
GRACIELA BLANCO
NORMA BUFFA
NOE BONO
DOMINGO DE VINCENZO

MARTIN DOMINGUEZ
MONICA GARCIA
MIRTA NOGUERA
NATALIA MASSERANO
MARTA RODRIGUEZ
RICARDO SMAL
CECILIA VACCAREZZA
MARTHA YANTORNO
curada por Ida De Vincenzo

ASOCIACION ITALIANA DE LOS SANTONOFRESES EN LA ARGENTINA
Juan B. Alberdi 5192, CABA
Jueves 5 de mayo, 19 hs

Dibujo.JPGMónica Acosta, Consuelo Bermúdez, Ana Bisignani, Cristina Borruto, Norma Mabel Buffa, Pedro Alberto Colombo, Elisa Dejistani, Ida De Vincenzo, Ana María Fernández, María Angélica Fidalgo, Ignacio Giancaspro, M. Inés González Rouco, María Rosa Iglesias, Adriana Lisnovsky, Silvia Maimó, Enrique Milei, Laura Nicastro, Nilda Pigazzini, Juan Carlos Rizzo, Carlos Santibañez, Horacio Semeraro, Ester Spiner, Betina Villaverde

coordinada por María González Rouco

Ediciones El Escriba, 2010

Antología Inmigrante, Inmigración y Literatura, Inmigrantes y Exiliados Destacados, acerca de MGR

UN CUENTO DE FERNANDO SORRENTINO

Tres idiomas distintos…

…y una sola lección verdadera:

Español:
http://www.badosa.com/bin/obra.pl?id=n310

English:
http://www.badosa.com/bin/obra.pl?id=n310-en

Français:
http://www.badosa.com/bin/obra.pl?id=n310-fr

http://www.fernandosorrentino.com.ar

Inmigración y Literatura

Un cuento de Rosh Hashaná

Por Leo Vigoda

http://www.delacole.com/cgi-perl/notas/vernota.cgi?nota=cuento_rosh_hashana&utm_source=newsletter_delacole&utm_medium=email&utm_content=notas

Inmigración y Literatura

UN CUENTO DE SUSANA AGUAD

GIOVANNI

Cientos de ciudadanos corrieron al Parque de Artillería a pedir armas. Muchos de los nuevos soldados –los que pelearían contra el General Levalle- aprenderían allí mismo el manejo de sus carabinas. Como no tenían uniformes, para reconocerlos les dieron boinas blancas. (*) No habían llegado a un puerto de mar sino de río, a la ensenada de un río que era como el mar, solo que más oscuro, de color terroso pero infinitamente ancho y con pequeñas olas que el sol empenachaba de rojo.
En el frío glacial de ese julio del sur, estaban a la intemperie, amontonados sobre la cubierta, dándose calor con sus cuerpos pero sin poder conciliar el sueño ya que si todo terminaba y finalmente les permitían desembarcar, los que no se hubieran mantenido atentos vigilando sus bultos los perderían.
Desde el primer puente sobre el que se alineaban los camarotes de la tripulación, se veían los silos y galpones de la dársena contra una aterciopelada luz amarilla. Pero la ciudad y los soldados que recorrían el puerto tratando de contener a sus caballos excitados por el fogueo de la pólvora y las voces de mando, permanecían invisibles como hundidos en un pozo que debía parecerse al infierno.
A Bruno lo amedrentan los hombres armados. Teme que en cualquier momento suban a bordo y se ensañen con esa manada de extranjeros malolientes entre los cuales él es un miserable más que ni siquiera puede ser identificado por un número.
Al mirar el cielo brillante, de un azul móvil y transparente, recuerda su pueblo de Oleggio que festeja ese mismo día la fiesta del verano. Su hermana tenía razón. Nada podía salirle bien. Nunca nada le saldría bien. Y esa llegada a Buenos Aires en medio de una guerra que se decidía a pocos metros, en plena ciudad, era un mal augurio. Los usarían de carne de cañón. O continuarían viaje al sur, todavía más al sur. Todo es posible, piensa, hasta podía ocurrir que los fletaran de vuelta a Italia y que se murieran de hambre en el trayecto.
Ahora, después de dos días de espera, Bruno solo quiere sobrevivir para desafiar cualquier imposición de su terco destino. Se mantiene alejado de los enfermos para preservarse del contagio de la disentería y de la gripe. No prueba bocado, sólo las sobras del pan que lleva en su bolso. Y piensa con preocupación que cuando los médicos lo revisen le abrirán la boca y descubrirán sus encías desdentadas. Todo esto lo preocupa. Y algo más fuerte, además, algo tan fuerte que le oprime el pecho hasta impedirle respirar. ¿Qué sería de Giovanni? ¿Lo encontraría en el Hotel de los Inmigrantes como había prometido?
Los soldados de la guardia nacional han subido a bordo. Recios, severos, mirando hacia ninguna parte, cierran filas a proa, junto al mástil. Ni siquiera el viento huracanado logra hacerlos pestañear. Un viento que puede arriar con todo, con el mástil y las banderas, y hasta con ellos mismos si llega a moverse el barco y toda la escoria almacenada en las bodegas se desparrama por la cubierta. Son tan irreales como ese escenario de tormenta, como la guerra que está en alguna parte pero no en ese lugar de bandera extranjera donde han llegado en misión de paz para darles la bienvenida a los blancos pobres, a la masa indeseada pero blanca y no negra ni amarilla, e infundirles la sensación de un país poderoso, que puede imponer orden y brindarles protección. El rugido del viento se impone a la voz de los parlantes. Se escuchan sólo palabras sueltas obviamente incomprensibles para los recién llegados que permanecen sin ser vistos, arracimados, formando montones oscuros como ropa sucia. La ceremonia ha terminado sin que pudieran escucharse los himnos y la tropa, arengada por jefes invisibles, comienza a despejar la cubierta en filas apretadas pero prolijas. Ahora los superhombres bajan a la ciénaga. Desaparecen en el agua marrón.
En el rincón donde Bruno ha juntado sus bultos que recuenta cada tanto, algunos han comenzado a desentumecerse y juegan a los naipes en silencio. Un grupo de calabreses lo mira hostilmente. No había querido repartir comida. Tampoco lo hicieron ellos cuando esa mañana el cocinero siciliano les dio todas las sobras, verduras crudas que devoraron como verdaderos cerdos. Y como no tiene más que costra de pan, Bruno se sienta a comerlo a la vista de todos sin despertar envidia.
¿Sei? Non ti pentirei mai de venire in Argentina, c’è lavoro, si mangia bene, c’è pace… Aquella carta de Giovanni lo había terminado de convencer. Pero ahora todo pinta distinto, basta escuchar los cañones de los barcos vecinos y el fuego cruzado que enciende a esa ciudad a la que ya no quiere, de la que nada quiere saber. Y si alguna vez se imaginó las pampas, la paz de la abundancia, de los estómagos llenos, ya no cree, no puede creer, duda de aquel sueño y hasta duda de Giovanni que tal vez quería traerlo junto a sí sólo para mitigar su soledad. ¿Lo esperaría? ¿Cómo haría para llegar al puerto? Bruno quiere imaginar un encuentro feliz. Los abrazos, los brindis, la primera noche en vela recordando los amigos. Hablarían de la gente y de la tierra, la pequeña tierra de Oleggio que habían trabajado juntos y que no daba para nada. Eran tiempos duros, diría Giovanni como si hubieran pasado siglos, y le preguntaría insistentemente por su hermana de la que siempre estuvo enamorado.
Cuando subieron los agentes del Commisariato dell’ Emigrazione, Bruno estaba en su rincón junto a tres de sus amigos piamonteses. Sujetaban sus bultos y se arrebujaban con una manta que no alcanzaba a cubrirles las piernas. En un extraño italiano monosilábico les dijeron que había estallado una “rivoluzione” contra el gobierno, pero que pronto acabaría y que entonces podrían desembarcar sin peligro alguno. Presentarían sus papeles y se someterían a un examen médico. En el Hotel de los Inmigrantes se encontrarían con sus parientes y amigos y se ofrendaría una misa en la iglesia Mater Misericordiae para rogar por su suerte ya que lo primero era encomendarse a Dios, Dios proveería de todo a este generoso país que se había prestado a recibirlos con los brazos abiertos.
Pero cuando al fin desembarcaron y los condujeron a los empujones hacia las oficinas, Bruno ardía de fiebre y se sentía muy enfermo. Ni siquiera se alegró por pisar tierra firme después de tres meses de penurias insoportables. Sus paesános besaban la tierra a riesgo de ser golpeados por los agentes del puerto, besaban el suelo sucio que todos pisaban. La besaban como si fuera la imagen de Dios o como si vieran en ella la fuente de prodigios futuros. Pero Bruno estaba enfermo y le parecía odioso humillarse, contaminarse con ese lodo. Caminó como un sonámbulo hasta llegar a una casilla donde funcionaba un retrete nauseabundo del que salió haciendo arcadas. Sólo a él se le había ocurrido entrar, los otros ya sabían o presumían que era un pozo en el barro. Se tapó la boca con un pañuelo y trato de respirar profundamente el aire frío de un galpón a la entrada del hotel donde se amontonaron rápidamente como hormiguitas desconcertadas que no encuentran su camino.
Transcurrió el día sin que hiciera otra cosa más que sufrir los dolores del cuerpo y del alma. Se había sentado sobre las baldosas del piso entre sus compatriotas, y nuevamente formaban el montón de carne indiferente y triste perdida en las distancias interiores de recuerdos todavía nítidos.
Ráfagas aisladas de ametralladoras indicaban que se seguía peleando en el centro de la ciudad pero a ellos ya no les importaba en la medida en que los soldados, que inspeccionaban permanentemente el puerto, no los molestaran. Habían abandonado el barco definitivamente y pisado tierra y nadie los movería de allí. Finalmente Bruno logró dormirse tranquilizado por ese pensamiento, y la cabeza se le cayó sobre el pecho como un fruto que se descuelga del árbol. Soñó con su hermana que lo golpeaba con los puños cerrados.”¡Vai, vai e non torni più!” le gritaba, y de pronto se abrían sus cabellos formando una cortina negra, espesa, en la que se enredaba y que le impedía liberarse.
¿Dónde estaba? El médico lo observaba con una sonrisa irónica. ¿Era tan joven? ¿Tenía sólo veinte años? ¡Ah….la boca! No podía entender que fuera un hueco su boca. La enfermera le dio unas pastillas y lo hizo salir por una puerta lateral que conducía a un comedor. Hizo cola con un tarro de hojalata para recibir un cucharón de sopa, pero más allá había una mesa de pan blanco, de buen pan blanco que alcanzaba para todos.
Ahora puede pensar. Ahora sabe que pasó lo peor y que al fin se reunirá con Giovanni. La gente, ¿por qué no la sentirá como suya? se arremolina mirando en todas direcciones. Todos buscan reconocer en algún momento, cuando se permita la entrada de los que esperan del otro lado, el rostro de quien les prometió ayuda, aquel de la foto o de la carta milagrosa que cambió sus vidas. Y aunque nadie sabe si será escuchado, si gritará lo suficiente para ser escuchado, lo cierto es que todos hablan y gritan al mismo tiempo, se suben a los bancos, a las mesas, los pequeños sobre los hombros de sus padres, y nadie puede imponer orden, ni osaría intentarlo. En el oscuro galpón de cemento los gritos se desparraman como lava. Nombres, multitudes de nombres, los parlantes no se callan para dejar escuchar esos nombres, nadie de los de afuera ha entrado aún, permanecen en el frío, estarán allí toda la noche, como ellos que dormirán de pie, uno contra el otro y tal vez para nada, para que no resulte nada y tengan que resignarse a que nadie los busque, o a que quien tuvo que aguantarse la espera, deba volver con las manos vacías, el nombre en la boca, pero las manos vacías. Había muerto gente en el viaje, y algunos, sencillamente, se habían quedado en su tierra.
Al fondo se apilan las literas donde ya duermen los que no esperan a nadie. Duermen en medio del tumulto, confiadamente, sabiendo que no les faltará techo ni comida. Para ellos no existe el pasado, nada los une a su vida anterior. Han nacido huérfanos, son apenas niños, criaturas desvalidas, y no tienen conciencia del mundo al que han llegado.
Recién al amanecer abrieron las puertas y los que aguardaban bajo improvisados toldos de arpillera comenzaron a entrar precipitadamente hasta que nuevamente intervino la policía del puerto. Formaron una larga fila de caras mustias, céreas, ocultas por pañuelos y bufandas. Los empleados, junto a una mesa, registraban las identidades. Pero al cabo de pocos minutos todo devino confusión y la mesa fue desbordada. Los que tenían carteles encontraron enseguida al que buscaban. Fue más lento el encuentro de los que sólo dependían de su voz, de las preguntas. Muchos se abrazaban en medio de risas que terminaban en explosiones de llanto.
Bruno se abre paso entre los grupos. Nadie lo busca, nadie grita su nombre. No ve a Giovanni por ninguna parte. No ha venido, tal vez no esté en la ciudad, y él no sabe cómo llegar hasta su casa, no tiene siquiera su dirección ya que se ha mudado hace varios meses. Su soledad, en la multitud, es una marca en la frente, lo avergüenza, lo humilla. Y de nuevo escucha el discurso de un jefe por los parlantes. Una voz metálica, enfervorizada. Un saludo para todos los genoveses, le traduce el calabrés con el que tanto había reñido en el barco y que ahora, junto a sus primos, lo mira con aire de ganador y lo palmea alegremente.
Los piamonteses forman un círculo cerrado. Hablan en dialecto y ríen y lloran abrazándose. Bruno se aproxima tratando de integrarse, de pedirles ayuda, pero no le sale una palabra. Tartamudea el nombre de Giovanni, Giovanni Guidi. No lo conocen, ¿cómo podrían conocerlo? pero seguro que vendrá, le dicen. Y mientras sigue buscando a su paesáno un llanto convulsivo, infantil, le sacude el cuerpo. Ya no quiere ver, no puede hacerlo. Sus ojos se han empequeñecido y arden como heridas. Busca un rincón para apartarse de esos seres fugaces que pronto lo abandonarán. Y piensa, piensa en Oleggio y en su hermana, pero no en sus padres ya que sería demasiado doloroso. No se perdonaba haber dejado a sus padres.
Anochece y las voces se ausentan, dejan un espacio vacío, un enorme espacio mudo. Bruno dormita sobre una litera pegada a la pared, cerca de la puerta de acceso al comedor. Quiere estar atento a la llegada de Giovanni. Esperará, puede esperar eternamente. Vendrá el verano y lo encontrarán sentado allí, sin hablar ni moverse.
Alguien lo llama o supone que es su nombre el que ha escuchado sonando nítido en el silencio. No puede haber otro que se llame así, con su nombre y apellido. Pero debe contenerse y no ceder a la tentación de creer en lo imposible. Ya sabe que no tendrá suerte, que no le pasará nada bueno. Se levanta pesadamente. Ha soñado que venía su hermana con un enorme cartel. Ha soñado que gritaba su nombre. Le pica el cuerpo y se rasca con furia. Su vecino de cama le pide que se aleje para no contagiarle los piojos. ¿Bruno Moroni? Vuelve a escuchar la voz, una fuerte voz femenina. ¡Qui, qui, sono io…! su ronca respuesta llena todo el recinto como aumentada por un amplificador y cuando corre al encuentro de la mujer, ha dejado todo atrás menos su cuerpo casi desnudo.
La esposa de Giovanni es una muchacha de Luca y cuando le habla entre las sombras de enormes nichos inertes caminando a largos pasos para alejarse del puerto, él no se esfuerza por comprender. Se limita a seguirla arrastrando sus bultos sin preguntarle nada, tranquilo ahora, casi feliz.
Descansan lejos de los galpones, apoyados contra un paredón y viendo la calle adoquinada que sube y desaparece en la distancia. Seguirán por esa calle hasta el final. No deben pasar por el centro, allí los soldados barren con sus balas a cualquiera que se cruce. Todavía se pelea, hay muchos muertos y heridos y no dejan que nadie se acerque ni siquiera las mujeres, que solo quieren identificarlos y llevárselos.
El la escucha sin preocuparse, como si no la entendiera. Tampoco se preocupa cuando le dice que de Giovanni no sabe nada, que salió a pelear con los del Parque y no volvió a casa. Por eso ella vino a buscarlo, lo tenía pensado y lo hizo para no dejarlo solo.
- Avevo tánta paura – se atreve a decir Bruno caminando sin esfuerzo y con la turbadora sensación de su cuerpo joven y fuerte- e invece oggi sono felice.

(*) Alem, una vida atormentada. Bernardo González Arrili

publicado en Extraña Europa

Inmigración y Literatura

UNA BODA EN POLONIA

UN CUENTO DE HECTOR ZABALA

leer más: http://hector-zabala.blogspot.com/search/label/UNA%20BODA%20EN%20POLONIA

Inmigración y Literatura

LOS QUE VIENEN Y LOS QUE SE VAN

NOVEDAD EDITORIAL

Los que vienen y los que se van
Historias de inmigrantes y emigrantes en la Argentina

Una conmovedora evocación de la infancia en el seno de una familia japonesa exiliada; un repaso por la historia de la humanidad como especie migrante; un apasionado homenaje al terruño gallego y a su gran poeta Rosalía de Castro; un relato sobre solidaridad en los conventillos porteños de principios de siglo…… Éstas son sólo algunas de las maravillosas y evocadoras tramas que el lector encontrará en estas paginas.

Una antología de cuentos de escritores premiados seleccionados por Ana María Shúa para la Fundación El Libro.

Adquiéralo en librerías:

http://www.lsf.com.ar/libros/57/VARIOS-AUTORES/default.html

Inmigración y Literatura

TABUNA WONGO LIBBO

   -¿Qué me estarán diciendo todos estos doctores que me miran tanto? ¿Por qué tengo esta aguja en mi muñeca derecha? ¿Dónde están mis padres? Tengo miedo. Estoy cansado.¡Vaya, una hermana, qué alegría! Por fin alguien de mi color.

    - Hola, ¿cómo te llamas?

    - Tabuna, Tabuna Wongo Libbo. ¿Dónde están mis padres?

    -¿Y cuántos años tienes?- inquirió la doctora.

    -Doce. ¡Ah!

    -¿Que te duele?

    -Aquí, el pecho, al respirar.

    -Rosa, trae una petición para Rayos. Tabuna, vamos a hacerte una radiografía.

    -¿Qué es eso?

    -Es una foto por dentro.

    -¿Para verme por dentro? ¿Cómo están mis padres?

    -Luego los veré y te diré cómo están.

    -Espero que estén bien. Aquí vamos a vivir mejor. Podré comer todos los días cosas muy buenas y tendremos una casa como mi tío Pierre que vive en Huelva y coge fresas. Dile a mi mamá que estoy bien.

    -Ahora vendrá un celador para llevarte al servicio de Radiodiagnóstico. Todo irá bien. No te preocupes. Rosa, pide a cocina un caldo, pescado, yogurt y fruta para la mil ciento diez.

    La doctora Samb, inmigrante senegalesa ejercía la medicina en el Hospital de la Luz desde hacía diez años, cuando una Organización No Gubernamental la trajo a España  con un contrato de trabajo en la mano. Daba gracias a la vida por la buena fortuna que su destino le había otorgado.

    Con paso cansino, pues estaba de guardia desde el día anterior, se dirigió a la Unidad de Cuidados Intensivos, donde permanecía ingresado el padre de Tabuna. Preguntó al intensivista de guardia:

   -¿Cómo está el paciente de la mil doscientos tres?

   - Está muy grave. Tiene un traumatismo craneal con una lesión fibrilar irreversible causada por algún golpe que debió darse con los movimientos de la patera. No creo que lo cuente.

  -¿Sabemos algo de su mujer?

  -Antes de entrar en coma, Toba nos dijo que murió en la patera y la tiraron por la borda.

  -¿Ha muerto durante la travesía? ¿Estamos seguros de que el hombre de la mil doscientos tres es el padre de Tabuna  Wongo?

  -Nubah, en estos casos ya sabes que no podemos asegurar nada…

  - La doctora Samb salió apesadumbrada de la planta de cuidados intensivos. Bajó al túmulo y pidió al auxiliar que le mostrara los cadáveres de los inmigrantes que habían ingresado la noche anterior y que habían fallecido irremediablemente. Sabía que buscaba una aguja en un pajar, pero siempre se había dejado guiar por su instinto y en esta ocasión sentía un impulso muy fuerte. El dolor se apoderó de su corazón cuando fue observando a sus hermanos senegaleses muertos. De  repente, le llamó la atención una mujer que tenía algo escrito en su brazo derecho. Las letras se mostraban muy borrosas y parecía que habían sido trazadas con el pulso muy flojo. Sin embargo, al acercarse más pudo leer con asombro y tristeza: Tabuna Wongo. Un fuerte pálpito la llevó a destapar los brazos de  los otros cuerpos , hasta descubrir que uno de los hombres que yacían inertes también llevaba escrito en su piel el nombre de Tabuna. Sin duda, antes de partir  la pareja se  anotó recíprocamente el nombre de su hijo sobre su epidermis, en previsión de lo que pudiera sucederles. Tabuna entró en el hospital abrazado al paciente de la mil doscientos tres y entre el  desconcierto y la falta de un traductor, todos pensaron que eran padre e hijo.

   Nubah Samb  no se lo pensó dos veces y acudió al box de Tabuna.

   El niño la miró con ojos húmedos e inquisidores, como temiendo lo peor.

   -Tabuna, tus padres han muerto. Tendrías que volver a Senegal cuando te pusieras bueno, pero no será así. Te voy a adoptar y te quedarás conmigo.

   El niño lloró en silencio durante largo tiempo. Nubah lo abrazaba con mucha ternura. La camisola del pijama se levantó en un movimiento involuntario y ella leyó en el vientre del muchacho:

                                            Donelo Wongo

                                            Tana Libbo

  

   Hace mucho tiempo existían en la vida historias de pateras como ésta y no todas terminaban así.

 

                        Alicante, 28 enero de dos mil cincuenta y ocho.

  

                                                               María José Arques Cano

 

Publicado en revista Auca  nº15.

Inmigración y Literatura

Escribe Anxeles Ferrer

Contratapa de mi libro

 VOLVER A GALICIA

 Dejaban atrás el país natal, mientras el barco se alejaba, dibujando en la ría gallega una estela de tristeza. Después aquel barco surcó  las olas del océano. Una nueva tierra lo aguardaba. Aquellos pasajeros -con sus maletas casi vacías- amarían, lucharían, llorarían, reirían, en la nueva patria que los acogía, llevando siempre en el corazón de la memoria su país natal. Y nacerían sus hijos, como Maria, que traían la sangre de aquella tierra antigua.
Cuando leí los relatos y poemas de Maria Rouco, me emocioné. Porque sabe evocar, con una prosa sencilla y sin artificios, lo que los suyos/nuestros sintieron. Al partir, al llegar, al luchar, al vivir tan lejos de Galicia.  Con este libro, Maria, haces que los lazos  que nos unen, y el orgullo de venir de aquellas familias, permanezcan en el tiempo.

ANXELES FERRER

(Pontevedra, Galicia)

Inmigrantes y Exiliados Destacados, acerca de MGR

Escribe Lionel Rexes Martínez

Contratapa de mi libro

 

VOLVER A GALICIA

 

Prosa acougada e poesía limpa de artificios coma o verbo resignado daqueles galegos dende o día no que asumen que endexamais retornarán. A mágoa retida e a dor soterrada –non só metaforicamente- vannos debullando un álbume de emocións herdadas que estouran literariamente, explosión controlada pola man sabia de María González Rouco, quen, asemade vai introducindo retallos da historia e a cultura da Galiza, que veñen sendo a crónica dun pobo en tránsito.

Lionel Rexes Martínez (Alfoz, GALIZA)

  

Prosa calmada y poesía limpia de artificios como el verbo resignado de aquellos gallegos desde el día en el que asumen que jamás retornarán. La pena retenida y el dolor enterrado –no solo metafóricamente- nos van desgranando un álbum de emociones heredadas que estallan literariamente, explosión controlada por la mano sabia de María González Rouco, quien, al mismo tiempo va introduciendo recortes de la historia y la cultura de Galicia, que son la crónica de un pueblo en tránsito.

Lionel Rexes Martínez (Alfoz, GALICIA)

acerca de MGR

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