inmigración a Puerto Rico
UN HOMBRE DETERMINADO
Desde Puerto Rico, por sugerencia del periodista Sebastián Jorgi, a quien considera “entrañable amigo y hermano”, Rodolfo Alvarez Russó envía este texto en el que tiene relevancia la inmigración española.
MIS RECUERDOS DE LA CIUDAD DE AZUL
Fue allá por los años 1935-36 cuando mis padres decidieron trasladarse a la ciudad de Azul siguiendo las indicaciones de don Manuel Lemos, un español, dueño de una bodega de vinos y que utilizaba a mi padre como punta de lanza para abrír sucursales en distintos pueblos de la Provincia de Buenos Aires.
Ya anteriormente mi padre había estado al frente de otros negocios del señor Lemos y en virtud del éxito que había tenido en desarrollar los mismos, Don Manuel optó por iniciar actividades en la mencionada ciudad de Azul.
Aunque en cierta medida tanto mis padres como mis hermanos y yo estábamos acostumbrados a ese peregrinar de pueblo en pueblo abriendo sucursales, cuando llegamos a Azul –luego de haber estado en Lomas de Zamora y Lobos–quedamos altamente impresionados de que para aquellos años ya hubiese una comunidad tan adelantada, tan progresista y con tantos adelantos en todos los aspectos de la vida en el marco de una sociedad profesional, industrial, política, deportiva y cultural que nos sentimos como si hubiésemos sido parte de la misma desde hacía muchos años.
Fue muy fácil hacer nuevos amigos en la escuela. Para mi padre igualmente fue fácil el acceso a la comunidad comercial ya que en muy poco tiempo logró ingresar a los círculos económicos de la ciudad y granjearse la amistad, el respeto y el apoyo de los organismos rectores de la vida social, comercial y económica de la zona.
Una vez instalado mi padre en un primer negocio, ubicado cerca de lo que era para aquella época el hospital de la ciudad, tomó la decisión de hablar con el señor Lemos al cual le expuso sus razones para expandír el negocio como forma de allegar más clientela al agregar nuevos rubros adicionales a los ya tradicionales de los vinos que se expendían.
La idea no fue del agrado de don Manuel y entonces mi padre le propuso que rescindieran el contrato que tenía con él y que lo ataba al negocio exclusivo de la venta de vino. Llegaron a un acuerdo y desde entonces mi padre se hizo dueño absoluto del negocio.
Desde luego, una vez liberado de su vínculo con don Manuel, de inmediato convirtió lo que se conocía como una “vinería”, en un negocio de almacén donde se vendían todos aquellos productos propios de un “colmado” excepto carnes.
Antes de que mi padre convirtiera el negocio en un almacén, cuando aún era una vinería, mis hermanos y yo, junto a nuestros amiguitos, mayormente vecinos, jugábamos por las noches a los vigilantes y ladrones y utilizábamos las bordalesas (barriles donde venía el vino de los viñedos) como si fueran los caballos con los cuales hacíamos las rondas. En los veranos pasábamos largas horas, hasta bien entrada la noche jugando, siempre bajo la atenta observación y atención de nuestros padres.
Aún a estas alturas de mi vida, ya con casi 80 años de edad, tengo un recuerdo vívido de mi estancia en la hermosa, bella y encantadora ciudad de Azul. No sólo por su infraestructura, por sus bien planificadas calles y avenidas, por sus parques, sus monumentos, sino por lo más importante: su gente. No obstante que para aquella época yo era un niño de apenas siete años cuando tuvimos que abandonar Azul para dirigirnos al Km.117, entre General Las Heras y Zapiola, todavía guardo gratísimos recuerdos de aquellos años y de mis compañeros de escuela de primer y segundo grado. Pero en especial recuerdo a dos de mis maestras, la primera a quien tuve la inmensa alegría de volver a ver en los años 55 al 60 cuando yo trabajaba en el Ministerio de Educación de la Nación en la Avenida Córdoba 831 de Buenos Aires, llamada Isolina y la segunda la señorita Piazza que cuando llegó al salón de clases en 2do.grado era una jovencita de unos 22 o 23 años, acababa de egresar de la Escuela Normal.
De los amigos de mi padre recuerdo a uno muy especial porque compartían mucho en actividades de la Sociedad Gallega: él se llamaba don Aquilino González y tenía un negocio de paraguas en el centro de la ciudad. Otros amigos lo fueron los hermanos Alvaro que para aquél entonces eran los directivos del Club de Fútbol
“Cemento Armado”. Los hermanos Castaño, dueños de la Cervecería Azul y un amigo, -buen cliente del negocio de mi padre- lo fue un señor del cual no recuerdo su nombre pero que tenía su negocio al lado del puente San Benito. A ese lugar en alguna ocasión mi padre me llevó, porque en el río que discurría debajo del puente se lavaban los automóviles, cosa que yo hacía muy complacido ya que como premio obtenía unas rosquillas que expendía el cliente de mi padre y que eran solicitadas por los viandantes.
De mis compañeros de clases me recuerdo de Domingo Maríngola a quien visité en el año 1952 y tuve la suerte de encontrarlo trabajando en la ventanilla de venta de boletos del ferrocarril en la estación de Azul, pero aunque conversamos unos minutos, nunca se acordó de quien yo era, no obstante que vivíamos muy cerquita uno de otro. Es más, me dio la impresión de que sintió temor ante mi presencia, quizás pensando que yo podría ser un timador o algo así. De todos modos nos despedimos y nunca más he sabido de él. También recuerdo muy bien a un compañero de nombre Ramses que tenía fama de bravucón porque le gustaba buscar pleito con todo el mundo. De las muchachitas me acuerdo de Etelvina, Violeta y en especial de Blanca Miriskivich principalmente por el grave accidente que tuvo cuando un pesado camión la atropelló a la salida de la escuela. También me acuerdo de Caamaño.
Nunca podré olvidar las retretas que todos los domingos se daban en el gran Parque de la ciudad donde tradicionalmente se presentaba un grupo de españoles con sus gaitas, clarinetes, tambores y castañuelas y al son de jotas, muñeiras y pasodobles hacían las delicias de quienes absortos les oíamos tocar, cantar y bailar.
También se presentaba una mujer enormemente gorda, le llamaban Taimy Griff, o algo parecido y decían que trabajaba en un circo como la mujer más gorda del mundo.
Jamás olvidaré los famosos carnavales de aquellos años en los cuales mis padres solían disfrazarse para divertirse con sus amistades. Igualmente recordaré siempre con mucho orgullo las actividades patrióticas que se celebraban en las escuelas los días 25 de Mayo y 9 de Julio. Los estudiantes de todas las escuelas desfilábamos por una amplia avenida de la ciudad, donde también desfilaban los soldados del ejército con todo su armamento y los Boy Scouts. Íbamos orgullosos con nuestros guardapolvos blancos impecablemente almidonados. Desde bien temprano en la mañana comenzaban a tañír las campanas de las Iglesias como invitando al pueblo a congregarse a lo largo de aquella avenida.
Como señalé más arriba, Azul era una ciudad muy bien diseñada. Sus calles y avenidas eran amplias, algunas con isletas en su centro con prolijos y muy bien cuidados jardines de bellas flores. A una cuadra de nuestra vivienda donde mi padre tenía su negocio, estaba instalada permanentemente una feria agrícola ganadera que regenteaba la familia Piazza. En frente del negocio de mi padre estaba la curtiembre “De la Serna” y unas dos o tres cuadras por la avenida Humberto Primo, después del paso a nivel del ferrocarril, se encontraba el molino harinero Marconetti.
Un hecho que a pesar de mi corta edad me traumatizó por la violencia inusitada que caracterizó al mismo, fue cuando en la parte de atrás del negocio de mi padre donde había dos canchas de bochas, se suscitó un tiroteo a plena luz del día y en un horario en que varios paisanos se encontraban disfrutando de los juegos.
Aquella tarde, nada hacía prever que algo así sucedería. Mi padre nunca había sido un político en el sentido de que participara ni en eventos ni organismos o facciones de los muchos partidos políticos existentes para la época.
Él se encontraba al frente del negocio cuando se oyeron los primeros disparos. Los parroquianos se dispersaron prontamente, al menos los que pudieron huir y otros, los menos, se parapetaron debajo de unas mesas con la fortuna de que aquello sólo duró unos pocos segundos.
El blanco u objetivo lo era un hombre apodado “Chino Gaitán”, según algunos que le conocían, era un líder del Partido Radical y a quien la policía “buscaba” porque era un “peligro” para la sociedad.
En realidad, ahora a esta altura de mi vida, no sé si el “Chino Gaitán” era una leyenda o si realmente fue un líder que por su carisma y su popularidad era temido por las huestes conservadoras que gobernaban a la Argentina en ese tiempo.
De todas maneras, no creo que aún haya persona o personas que recuerden esta historia.
Lo cierto es que en este siglo 21 a la altura del 2009, sigo teniendo la inmensa alegría de saber que aquella espléndida y acogedora ciudad que me brindó sus calles, sus parques y lo más importante: su gente -en los años formadores de mi inocente niñez- aún se yergue majestuosa ante los embates del tiempo y trasciende como un paradigma ante el mundo, ahora declarada con justicia por la UNESCO, como la ciudad Cervantina de América Latina, para orgullo no sólo de los azuleños, sino de toda América y muy en especial y particular para la Argentina.
Rodolfo Alvarez Russó
Carolina-Puerto Rico
*** extracto del libro Un hombre Determinado a cuya reseña puede accederse en www.revistadaphne.com.ar/
Rodolfo Alvarez Russó nació en Bahia Blanca, Bs.As., Argentina, el 12 de marzo de 1929. Reside en Puerto Rico hace cuarenta y cuatro años. Es jubilado de la Universidad de Puerto Rico donde laboró por espacio de treinta y dos años como profesor de Relaciones Laborales en el Instituto de Relaciones del Trabajo de la Facultad de Ciencias Sociales. Ha escrito y publicado material didáctico relacionado con el mundo del trabajo. Su tesis de Maestría versó sobre la Educación Obrera en América Latina. Ha publicado un libro de poesías titulado Poemas de amor y lucha y una novela autobiografica titulada Un hombre determinado. Ha ejercido el periodismo durante varios años tanto en Argentina como en Puerto Rico. Compuso un sinnúmero de canciones entre las cuales hay baladas, tangos, folclore argentino, valses, boleros y musica del folclore puertorriqueño.
MIS RECUERDOS DE GARDEL
Cada 11 de diciembre cuando se celebra un año más del nacimiento en Toulouse-Francia de Charles Romuald Gardés,conocido en el mundo entero como Carlos Gardel,de momento se agolpan en mi mente recuerdos que quiero compartír con mis amigos.
Fue en el año 1890 que nació este genio de la canción popular de todos los tiempos.Los primeros trinos vocales de quien fuera el zorzal criollo comenzaron a llenar el aire de los patios perfumados de glicinas cuando apenas era un pequeño gorrión y se criaba junto a otros niños correteando por las calles de su barrio,serpenteando chatas,carros y caballos y aún los pocos camiones y automóviles que había en Buenos Aires para aquella época y que inundaban las cercanías del Mercado de Abasto en pleno corazón de la ciudad porteña.
Su madre,doña Berta Gardés,joven planchadora y madre soltera,quizá para ocultar la vergüenza ante las críticas de la sociedad parisina,decidió buscar y comenzar una nueva vida en un país distante al de su amada Francia.
Es así como emigra hacia Sur América y llega a la Argentina que para ese entonces iniciaba una gran apertura étnica al abrir el vientre de su tierra para dar oportunidad a todo extranjero de buena voluntad que quisiera aportar con su trabajo al progreso y al futuro de aquella nación.
Durante estos ciento diecinueve años han sido muchos los historiadores,estudiosos y biógrafos que han escrito sobre Gardel. No nos equivocamos cuando decimos que no hay nada que no se haya dicho de él,sin embargo,es casi imposible no seguír escribiendo y hablando de Gardel aún después de haber transcurrido setenta y cuatro años de su trágica muerte.
Esto es así porque aún parece estar vivo y cada vez cantando mejor,al menos en la mente y el corazón de millones de seres de diferentes partes del mundo,ya por que le conocieron,porque lo vieron en películas o le han escuchado a través del disco,la televisión o la radio.
Por eso no es extraño que aún después de ciento diecinueve años de su nacimiento y setenta y cuatro de su desaparición,continúe teniendo admiradores en todo el mundo,e inclusive en muchos rincones de la tierra se hayan constituído organizaciones gardelianas o gardelistas que tienen como punto cardinal el mantener viva la imagen del gran morocho del abasto como un eterno homenaje de admiración y respeto hacia la figura cimera del inmortal cantante.
Yo no conocí a Gardel personalmente,pero al igual que millones de seres en el mundo lloré su muerte y la sentí en carne propia como si hubiese sido la muerte de un familiar cercano.
Aún recuerdo aquel aciago día 24 de junio de 1935 cuando la radio argentina inundó el eter con la infausta noticia del trágico accidente de aviación que truncó la vida no solo del afamado cantante sino de parte de su prestiosos acompañantes.
Mis padres, nuestros vecinos, el pueblo y el país todo enmudeció en aquél soleado día a pesar del invierno recién comenzado,y el silencio fue el ocasional responso que acompaño las oraciones y los rezos en aquella triste y apesadumbrada noche.
Sin embargo ,sí conocí a doña Berta.Si se puede decír que la conocí por sólo haberla visto y contemplado en el momento quizá,mas penoso de su vida.Era una viejecita,de cuerpo menudo,enjuto,sus cabellos eran blancos y vestía de negro en riguroso luto.
Vivía en la calle Jean Jaures (Juan Jaures) en una casa con un zaguán cerrado con una puerta de hierro pintada de negro.Mi abuelo paterno( de Ourense-Galicia) vivía en la casa contigua donde un pariente ( gallego )tenía un negocio de venta de productos lácteos.
Cuando la ví,fue allá para fines del 1935,yo apenas tenía 6 años de edad y recuerdo como ella con un pañuelito blanco enjugaba sus lágrimas mientras pasaba sus manos acariciando un mueble (baúl) en el que había llegado la ropa que su hijo envió desde Medellín-Colombia,antes del fatal desenlace.
Cuando al fín repatriaron las cenizas del zorzal criollo,la avenida Corrientes se convirtió en un mar de gente que en un cortejo fúnebre de dolientes sin distingos de raza,color o edades acompañaban,el antiguo carruaje azabache tirado por caballos de pelo oscuro y brilloso en el trayecto hacia su última morada en el Cementerio de la Chacarita.
Tomado de la mano de mi abuelo,apenas pude alcanzar a divisar la cruz que adornaba la cúpula del carruaje,pero pude sin embargo, a pesar de mi corta edad,percibír el sentimiento y la congoja que el pueblo exteriorizaba ante el dolor por la irreparable pérdida del ídolo abatido en las trágicas circunstancias de aquél triste día 24 de junio de 1935.
Rodolfo Alvarez Russó
Carolina,Puerto Rico
Foto tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel
