exilio en Francia
Henri Verneuil, director de cine
EFE 12/01/2002
Verneuil, nacido en Turquía en 1920, inició su carrera en el cine a finales de los años cuarenta, tras haber trabajado como periodista y estudiado ingeniería, como deseaba su padre. Su carrera de cineasta no siempre estuvo acompañada de las mejores críticas e, incluso, ingresó en la Academia de Bellas Artes en diciembre de 2000. Verneuil rodó una treintena de películas, cinco de ellas con el mítico actor Jean Gabin, seis con Jean-Paul Belmondo, tres con Alain Delon y dos con el estadounidense Anthony Quinn.
El cómico Fernando Contadin, conocido como Fernandel, protagonizó su primer largometraje, en 1950, antes de convertirse en su actor fetiche y en protagonista de célebres películas como La vache et le prisionnier y Le Mouton a cinq pattes. Entre sus filmes más populares figuran Mélodie en sous-sol y Le clan des Siciliens. Verneuil, que llegó a Francia de niño, al huir su familia del genocidio armenio, evocó sus recuerdos infantiles en dos de sus filmes: Mayrig (1991) y 588 rue Paradis (1992).-
MAYRIG
por Henri Verneuil. Buenos Aires, Atlàntida, 1986. 278 páginas.
En Mayrig -obra que escribe para honrar la memoria de su madre-, el cineasta Henri Verneuil evoca sus primeros años en Francia. La historia comienza cuando un dìa, no muy lejano en el tiempo, Verneuil asiste apesadumbrado a los ùltimos instantes de vida de la armenia, quien, ya anciana, agoniza en su hogar, bajo la solìcita mirada de un mèdico y una enfermera que nada pueden hacer por ella. Esta situaciòn angustiosa produce en el autor el afloramiento de los recuerdos compartidos con ese ser abnegado.
La protagonista del relato es mayrig -mamá, en armenio-. Muy cerca de ella encontramos a sus hermanas, Ana y Kayanè; las tres forman una alianza indisoluble, preocupadas por conseguir siempre lo mejor para el pequeño Achod, que no es otro que Verneuil. Muchas veces, a lo largo del relato, el niño las llama “las tres Marìas”; èl vive ese clima de afecto que les evita disputas, que las hace estar siempre alegres a pesar de los duros trances a los que se enfrentaban. En todo caso, la presencia materna es más una atmósfera, una tranquila seguridad, que un personaje que piensa, siente y actúa.
En la dècada del 20, la familia deja Armenia -devastada por el Genocidio de 1915- y se instala en Marsella, donde la vida no es fàcil. El primero de los problemas -y el no menos grave- es el del idioma. Ninguno de ellos sabe francès; Mayrig conoce tres palabras: “por favor”, “gracias” y “disculpe”. Con ellas piensa abrirse paso en un mundo desconocido en el que sin dudas -supone-, la cortesìa será la mejor arma.
La realidad nada tiene en comùn con lo que la humilde armenia imagina. La primera noche en Francia, se disponen a compartir la cocina con los otros inquilinos; contraviniendo las expresas disposiciones de la locadora, los franceses no les permiten hacer uso del artefacto, hecho que genera grandes discusiones, siempre, por supuesto, girando alrededor de las ùnicas tres palabras francesas que componen su idioma. Risueño fue el episodio protagonizado por el padre en la carnicerìa; sus ocurrencias provocaron la hilaridad de los presentes, pero la vianda que deseaban llegò a sus manos.
Verneuil evoca los duros tiempos vividos en Marsella y los medios de que se valieron para sobrevivir. Una noche, asombrado, observa que su mayrig arranca uno de los ocho botones de su vestido, forrados con la misma tela; al desenvolverlo, el botòn se convierte en una reluciente moneda de oro. Sucesivamente, el vestido los va perdiendo, hasta que ya no quedan màs. Para ese entonces, el padre de Achod-Henri habìa conseguido un empleo en una refinerìa de azùcar y las mujeres trabajaban como camiseras, haciendo camisas enteras cosidas a mano, porque no disponìan de una màquina de coser .
Con el tiempo, la situaciòn mejora, pero Achod crece y debe asistir a la enseñanza media. Sus padres, deseosos de brindarle lo mejor, lo inscriben en uno de los colegios màs distinguidos de la ciudad, reservados para los hijos de las familias opulentas. Es en lo referido a su educaciòn donde el ànimo de Verneuil se vuelve francamente agobiado: los niños franceses se burlaban de èl; los profesores –salvo contadas excepciones- lo marginaban; la sociedad entera dejaba de lado al pequeño inmigrante.
Entre sus recuerdos màs tristes se destaca la desubicaciòn de la familia, que no evidenciaba tanto sentido comùn como buena voluntad. El primer día de clase fue para el pequeño Achod un momento terrible. Desde que lo llevaron a la tienda a comprar su uniforme, supo que nada saldría bien. Sus familiares adquirieron ropas de excelente calidad, pero ridículamente pasadas de moda. Pensando en la frágil salud del niño, lo vestían de una manera extraña que, lógicamente, provocaba las risas de sus compañeros.
Hacia el final del relato, los dìas del adolescente se vuelven màs alegres: su padre ha abandonado la refinerìa para trabajar en el taller con su esposa y cuñadas. A partir de ese momento, la familia Malakian vuelve a recuperar su ritmo normal de vida, interrumpido por la labor nocturna del padre de Achod. Los visitantes se suceden segùn la costumbre armenia –sin avisar- y los camiseros continùan o no su tarea segùn la confianza que tengan con los paisanos.
Uno de los momentos culminantes del relato está marcado por la enfermedad del niño. Las curaciones eran sumamente dolorosas y la fiebre altísima, pero su madre, con tierna solicitud, aligeraba todos los males. En este episodio aparece un médico al que Verneuil tributa un merecido agradecimiento. El galeno, con su desinteresada labor, evitó al niño mayores sufrimientos, y a la familia, una situación económica peor aún. El autor lo recuerda con gratitud; fue uno de los pocos franceses que se preocuparon por él.
Verneuil evoca su pasado con amargura, ya sea por incomprensión de los franceses, como por inadaptación de los armenios a las costumbres del nuevo país. Cuanto rememora el autor sigue despertando en él un dolor que no se ha atenuado; los pesares y sinsabores de la infancia siguen vívidos, décadas después. Dejar la tierra de uno es una herida que no cierra.
Tradujo Nelly Belluzzi.
(La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 1986)
(portada: http://www.acam-france.org/bibliographie/auteur-asc.php?cle=verneuil-henri)
Nota de la Ed.: En la Argentina, el escritor Eduardo Bedrossian ha escrito Hayrig, obra en la que homenajea a su padre, sobreviviente del Genocidio Armenio.
