Colectividades Argentinas

historia y actualidad

 

Archivo de Julio, 2010

UN CUENTO DE SUSANA AGUAD

GIOVANNI

Cientos de ciudadanos corrieron al Parque de Artillería a pedir armas. Muchos de los nuevos soldados –los que pelearían contra el General Levalle- aprenderían allí mismo el manejo de sus carabinas. Como no tenían uniformes, para reconocerlos les dieron boinas blancas. (*) No habían llegado a un puerto de mar sino de río, a la ensenada de un río que era como el mar, solo que más oscuro, de color terroso pero infinitamente ancho y con pequeñas olas que el sol empenachaba de rojo.
En el frío glacial de ese julio del sur, estaban a la intemperie, amontonados sobre la cubierta, dándose calor con sus cuerpos pero sin poder conciliar el sueño ya que si todo terminaba y finalmente les permitían desembarcar, los que no se hubieran mantenido atentos vigilando sus bultos los perderían.
Desde el primer puente sobre el que se alineaban los camarotes de la tripulación, se veían los silos y galpones de la dársena contra una aterciopelada luz amarilla. Pero la ciudad y los soldados que recorrían el puerto tratando de contener a sus caballos excitados por el fogueo de la pólvora y las voces de mando, permanecían invisibles como hundidos en un pozo que debía parecerse al infierno.
A Bruno lo amedrentan los hombres armados. Teme que en cualquier momento suban a bordo y se ensañen con esa manada de extranjeros malolientes entre los cuales él es un miserable más que ni siquiera puede ser identificado por un número.
Al mirar el cielo brillante, de un azul móvil y transparente, recuerda su pueblo de Oleggio que festeja ese mismo día la fiesta del verano. Su hermana tenía razón. Nada podía salirle bien. Nunca nada le saldría bien. Y esa llegada a Buenos Aires en medio de una guerra que se decidía a pocos metros, en plena ciudad, era un mal augurio. Los usarían de carne de cañón. O continuarían viaje al sur, todavía más al sur. Todo es posible, piensa, hasta podía ocurrir que los fletaran de vuelta a Italia y que se murieran de hambre en el trayecto.
Ahora, después de dos días de espera, Bruno solo quiere sobrevivir para desafiar cualquier imposición de su terco destino. Se mantiene alejado de los enfermos para preservarse del contagio de la disentería y de la gripe. No prueba bocado, sólo las sobras del pan que lleva en su bolso. Y piensa con preocupación que cuando los médicos lo revisen le abrirán la boca y descubrirán sus encías desdentadas. Todo esto lo preocupa. Y algo más fuerte, además, algo tan fuerte que le oprime el pecho hasta impedirle respirar. ¿Qué sería de Giovanni? ¿Lo encontraría en el Hotel de los Inmigrantes como había prometido?
Los soldados de la guardia nacional han subido a bordo. Recios, severos, mirando hacia ninguna parte, cierran filas a proa, junto al mástil. Ni siquiera el viento huracanado logra hacerlos pestañear. Un viento que puede arriar con todo, con el mástil y las banderas, y hasta con ellos mismos si llega a moverse el barco y toda la escoria almacenada en las bodegas se desparrama por la cubierta. Son tan irreales como ese escenario de tormenta, como la guerra que está en alguna parte pero no en ese lugar de bandera extranjera donde han llegado en misión de paz para darles la bienvenida a los blancos pobres, a la masa indeseada pero blanca y no negra ni amarilla, e infundirles la sensación de un país poderoso, que puede imponer orden y brindarles protección. El rugido del viento se impone a la voz de los parlantes. Se escuchan sólo palabras sueltas obviamente incomprensibles para los recién llegados que permanecen sin ser vistos, arracimados, formando montones oscuros como ropa sucia. La ceremonia ha terminado sin que pudieran escucharse los himnos y la tropa, arengada por jefes invisibles, comienza a despejar la cubierta en filas apretadas pero prolijas. Ahora los superhombres bajan a la ciénaga. Desaparecen en el agua marrón.
En el rincón donde Bruno ha juntado sus bultos que recuenta cada tanto, algunos han comenzado a desentumecerse y juegan a los naipes en silencio. Un grupo de calabreses lo mira hostilmente. No había querido repartir comida. Tampoco lo hicieron ellos cuando esa mañana el cocinero siciliano les dio todas las sobras, verduras crudas que devoraron como verdaderos cerdos. Y como no tiene más que costra de pan, Bruno se sienta a comerlo a la vista de todos sin despertar envidia.
¿Sei? Non ti pentirei mai de venire in Argentina, c’è lavoro, si mangia bene, c’è pace… Aquella carta de Giovanni lo había terminado de convencer. Pero ahora todo pinta distinto, basta escuchar los cañones de los barcos vecinos y el fuego cruzado que enciende a esa ciudad a la que ya no quiere, de la que nada quiere saber. Y si alguna vez se imaginó las pampas, la paz de la abundancia, de los estómagos llenos, ya no cree, no puede creer, duda de aquel sueño y hasta duda de Giovanni que tal vez quería traerlo junto a sí sólo para mitigar su soledad. ¿Lo esperaría? ¿Cómo haría para llegar al puerto? Bruno quiere imaginar un encuentro feliz. Los abrazos, los brindis, la primera noche en vela recordando los amigos. Hablarían de la gente y de la tierra, la pequeña tierra de Oleggio que habían trabajado juntos y que no daba para nada. Eran tiempos duros, diría Giovanni como si hubieran pasado siglos, y le preguntaría insistentemente por su hermana de la que siempre estuvo enamorado.
Cuando subieron los agentes del Commisariato dell’ Emigrazione, Bruno estaba en su rincón junto a tres de sus amigos piamonteses. Sujetaban sus bultos y se arrebujaban con una manta que no alcanzaba a cubrirles las piernas. En un extraño italiano monosilábico les dijeron que había estallado una “rivoluzione” contra el gobierno, pero que pronto acabaría y que entonces podrían desembarcar sin peligro alguno. Presentarían sus papeles y se someterían a un examen médico. En el Hotel de los Inmigrantes se encontrarían con sus parientes y amigos y se ofrendaría una misa en la iglesia Mater Misericordiae para rogar por su suerte ya que lo primero era encomendarse a Dios, Dios proveería de todo a este generoso país que se había prestado a recibirlos con los brazos abiertos.
Pero cuando al fin desembarcaron y los condujeron a los empujones hacia las oficinas, Bruno ardía de fiebre y se sentía muy enfermo. Ni siquiera se alegró por pisar tierra firme después de tres meses de penurias insoportables. Sus paesános besaban la tierra a riesgo de ser golpeados por los agentes del puerto, besaban el suelo sucio que todos pisaban. La besaban como si fuera la imagen de Dios o como si vieran en ella la fuente de prodigios futuros. Pero Bruno estaba enfermo y le parecía odioso humillarse, contaminarse con ese lodo. Caminó como un sonámbulo hasta llegar a una casilla donde funcionaba un retrete nauseabundo del que salió haciendo arcadas. Sólo a él se le había ocurrido entrar, los otros ya sabían o presumían que era un pozo en el barro. Se tapó la boca con un pañuelo y trato de respirar profundamente el aire frío de un galpón a la entrada del hotel donde se amontonaron rápidamente como hormiguitas desconcertadas que no encuentran su camino.
Transcurrió el día sin que hiciera otra cosa más que sufrir los dolores del cuerpo y del alma. Se había sentado sobre las baldosas del piso entre sus compatriotas, y nuevamente formaban el montón de carne indiferente y triste perdida en las distancias interiores de recuerdos todavía nítidos.
Ráfagas aisladas de ametralladoras indicaban que se seguía peleando en el centro de la ciudad pero a ellos ya no les importaba en la medida en que los soldados, que inspeccionaban permanentemente el puerto, no los molestaran. Habían abandonado el barco definitivamente y pisado tierra y nadie los movería de allí. Finalmente Bruno logró dormirse tranquilizado por ese pensamiento, y la cabeza se le cayó sobre el pecho como un fruto que se descuelga del árbol. Soñó con su hermana que lo golpeaba con los puños cerrados.”¡Vai, vai e non torni più!” le gritaba, y de pronto se abrían sus cabellos formando una cortina negra, espesa, en la que se enredaba y que le impedía liberarse.
¿Dónde estaba? El médico lo observaba con una sonrisa irónica. ¿Era tan joven? ¿Tenía sólo veinte años? ¡Ah….la boca! No podía entender que fuera un hueco su boca. La enfermera le dio unas pastillas y lo hizo salir por una puerta lateral que conducía a un comedor. Hizo cola con un tarro de hojalata para recibir un cucharón de sopa, pero más allá había una mesa de pan blanco, de buen pan blanco que alcanzaba para todos.
Ahora puede pensar. Ahora sabe que pasó lo peor y que al fin se reunirá con Giovanni. La gente, ¿por qué no la sentirá como suya? se arremolina mirando en todas direcciones. Todos buscan reconocer en algún momento, cuando se permita la entrada de los que esperan del otro lado, el rostro de quien les prometió ayuda, aquel de la foto o de la carta milagrosa que cambió sus vidas. Y aunque nadie sabe si será escuchado, si gritará lo suficiente para ser escuchado, lo cierto es que todos hablan y gritan al mismo tiempo, se suben a los bancos, a las mesas, los pequeños sobre los hombros de sus padres, y nadie puede imponer orden, ni osaría intentarlo. En el oscuro galpón de cemento los gritos se desparraman como lava. Nombres, multitudes de nombres, los parlantes no se callan para dejar escuchar esos nombres, nadie de los de afuera ha entrado aún, permanecen en el frío, estarán allí toda la noche, como ellos que dormirán de pie, uno contra el otro y tal vez para nada, para que no resulte nada y tengan que resignarse a que nadie los busque, o a que quien tuvo que aguantarse la espera, deba volver con las manos vacías, el nombre en la boca, pero las manos vacías. Había muerto gente en el viaje, y algunos, sencillamente, se habían quedado en su tierra.
Al fondo se apilan las literas donde ya duermen los que no esperan a nadie. Duermen en medio del tumulto, confiadamente, sabiendo que no les faltará techo ni comida. Para ellos no existe el pasado, nada los une a su vida anterior. Han nacido huérfanos, son apenas niños, criaturas desvalidas, y no tienen conciencia del mundo al que han llegado.
Recién al amanecer abrieron las puertas y los que aguardaban bajo improvisados toldos de arpillera comenzaron a entrar precipitadamente hasta que nuevamente intervino la policía del puerto. Formaron una larga fila de caras mustias, céreas, ocultas por pañuelos y bufandas. Los empleados, junto a una mesa, registraban las identidades. Pero al cabo de pocos minutos todo devino confusión y la mesa fue desbordada. Los que tenían carteles encontraron enseguida al que buscaban. Fue más lento el encuentro de los que sólo dependían de su voz, de las preguntas. Muchos se abrazaban en medio de risas que terminaban en explosiones de llanto.
Bruno se abre paso entre los grupos. Nadie lo busca, nadie grita su nombre. No ve a Giovanni por ninguna parte. No ha venido, tal vez no esté en la ciudad, y él no sabe cómo llegar hasta su casa, no tiene siquiera su dirección ya que se ha mudado hace varios meses. Su soledad, en la multitud, es una marca en la frente, lo avergüenza, lo humilla. Y de nuevo escucha el discurso de un jefe por los parlantes. Una voz metálica, enfervorizada. Un saludo para todos los genoveses, le traduce el calabrés con el que tanto había reñido en el barco y que ahora, junto a sus primos, lo mira con aire de ganador y lo palmea alegremente.
Los piamonteses forman un círculo cerrado. Hablan en dialecto y ríen y lloran abrazándose. Bruno se aproxima tratando de integrarse, de pedirles ayuda, pero no le sale una palabra. Tartamudea el nombre de Giovanni, Giovanni Guidi. No lo conocen, ¿cómo podrían conocerlo? pero seguro que vendrá, le dicen. Y mientras sigue buscando a su paesáno un llanto convulsivo, infantil, le sacude el cuerpo. Ya no quiere ver, no puede hacerlo. Sus ojos se han empequeñecido y arden como heridas. Busca un rincón para apartarse de esos seres fugaces que pronto lo abandonarán. Y piensa, piensa en Oleggio y en su hermana, pero no en sus padres ya que sería demasiado doloroso. No se perdonaba haber dejado a sus padres.
Anochece y las voces se ausentan, dejan un espacio vacío, un enorme espacio mudo. Bruno dormita sobre una litera pegada a la pared, cerca de la puerta de acceso al comedor. Quiere estar atento a la llegada de Giovanni. Esperará, puede esperar eternamente. Vendrá el verano y lo encontrarán sentado allí, sin hablar ni moverse.
Alguien lo llama o supone que es su nombre el que ha escuchado sonando nítido en el silencio. No puede haber otro que se llame así, con su nombre y apellido. Pero debe contenerse y no ceder a la tentación de creer en lo imposible. Ya sabe que no tendrá suerte, que no le pasará nada bueno. Se levanta pesadamente. Ha soñado que venía su hermana con un enorme cartel. Ha soñado que gritaba su nombre. Le pica el cuerpo y se rasca con furia. Su vecino de cama le pide que se aleje para no contagiarle los piojos. ¿Bruno Moroni? Vuelve a escuchar la voz, una fuerte voz femenina. ¡Qui, qui, sono io…! su ronca respuesta llena todo el recinto como aumentada por un amplificador y cuando corre al encuentro de la mujer, ha dejado todo atrás menos su cuerpo casi desnudo.
La esposa de Giovanni es una muchacha de Luca y cuando le habla entre las sombras de enormes nichos inertes caminando a largos pasos para alejarse del puerto, él no se esfuerza por comprender. Se limita a seguirla arrastrando sus bultos sin preguntarle nada, tranquilo ahora, casi feliz.
Descansan lejos de los galpones, apoyados contra un paredón y viendo la calle adoquinada que sube y desaparece en la distancia. Seguirán por esa calle hasta el final. No deben pasar por el centro, allí los soldados barren con sus balas a cualquiera que se cruce. Todavía se pelea, hay muchos muertos y heridos y no dejan que nadie se acerque ni siquiera las mujeres, que solo quieren identificarlos y llevárselos.
El la escucha sin preocuparse, como si no la entendiera. Tampoco se preocupa cuando le dice que de Giovanni no sabe nada, que salió a pelear con los del Parque y no volvió a casa. Por eso ella vino a buscarlo, lo tenía pensado y lo hizo para no dejarlo solo.
- Avevo tánta paura – se atreve a decir Bruno caminando sin esfuerzo y con la turbadora sensación de su cuerpo joven y fuerte- e invece oggi sono felice.

(*) Alem, una vida atormentada. Bernardo González Arrili

publicado en Extraña Europa

Inmigración y Literatura

Venancio Blanco Andrés

Venancio Blanco Andrés nació en La Riera (pueblo del concejo o municipio de Cangas de Onís) en 1927.
Presidente del Club Tinetense de Buenos Aires, la trayectoria vital de este asturiano afincado en América desde hace medio siglo se caracteriza por la dedicación, entrega e implicación en la búsqueda de soluciones para los colectivos más desprotegidos. Desde su llegada a Argentina en 1958, Blanco Andrés se volcó especialmente en la defensa de los intereses de los emigrantes asturianos. Uno de sus grandes logros fue la puesta en marcha en Buenos Aires de una residencia para ancianos de origen español y asturiano, que se ha convertido en ejemplo de labor solidaria para todos los colectivos asistenciales de la República Argentina. El club bonaerense, impulsado y presidido por Blanco Andrés, cuenta con el respaldo económico del Gobierno del Principado y mantiene desde 1983 esta residencia con cien plazas.
La decisión del Gobierno del Principado de Asturias de concederle la Medalla de Plata —una de las más altas distinciones que otorga el Ejecutivo autonómico— en 2008 contó con el apoyo prácticamente unánime de todos los Centros Asturianos de América y Europa, así como de otras organizaciones sociales. Este galardón le fue entregado en septiembre de dicho año, coincidiendo con las celebraciones del Día de Asturias (8 de septiembre, festividad de la Virgen Covadonga, patrona de los asturianos). También recibió en su tierra el título de Vaqueiro de Honor.

FUENTES: Gobierno del Principado de Asturias - www.VivirAsturias.com.

Inmigrantes y Exiliados Destacados

Laureano López Lois

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http://laureanolopezlois.com.ar/biografia.html

Inmigrantes y Exiliados Destacados

LOS GAVILANES

El compositor

El compositor Jacinto Guerrero Torres, nació en Ajofrín (Toledo) el 16 de agosto de 1895 y murió en Madrid el 15 de septiembre de 1951. Se inició en la música en su pueblo y desde 1904 en Toledo donde fue seise en la catedral y un “todoterreno” como intérprete, pues tocó instrumentos de viento, piano, órgano y violín, hasta que la composición de un HIMNO A TOLEDO propició la concesión de una beca y su traslado a Madrid en 1914. Fue violinista de la orquesta de Teatro Apolo y esto le sirvió para adquirir experiencia teatral y relaciones. Ha sido, junto con Alonso, un músico dotado para logros más importantes pero tentado por el triunfo fácil que le hizo compartir producción de obras muy dignas con otras arrevistadas o directamente revistas, causando con ello daño a la zarzuela. Su catálogo es impresionante, solo detallaré, las zarzuelas de las que conozco que han tenido trascendencia fonográfica, así LA ALSACIANA (1921), LA MONTERÍA (1922), LOS GAVILANES (1923), EL COLLAR DE AFRODITA (de esta obra aun conservo un disco de La Voz de su Amo grabado en 1927, de 78 rpm en que Amparo Saus canta “Java faraónica” y Federico Caballé “Curva de mujer”, ambos dirigido por Guerrero) y MARÍA SOL (1925), EL HUÉSPED DEL SEVILLANO (1926), MARTIERRA (1928), LA ROSA DEL AZAFRÁN (1930), LA FAMA DEL TARTANERO (1931), EL AMA (1933) y EL CANASTILLO DE FRESAS (zarzuela póstuma terminada por amigos del compositor y estrenada en 1951). Con este simple detalle, se ve como, salvo “El Canastillo” la producción importante de Guerrero terminó en 1933, por eso digo que desaprovechó su inspiración en cosas menores que privó a la Zarzuela de otras composiciones de más calado.
http://lazarzuela.webcindario.com/RES/r_gavilanes.htm

Inmigración y Literatura

ARMENIA EN MEMORIA

“CUMPLIÓ CON SU QUERIDA ARMENIA”

EN MEMORIA DEL BENEFACTOR NACIONAL KEVORK KARAGOZLU

CARTA DE SU NIETO JORGE

http://www.ian.cc/notas/noticias_ian.php?id=2095

SALUDOS CORDIALES

Aram Barceghian
www.ian.cc

Inmigrantes y Exiliados Destacados

LOS GAVILANES

El libretista

El libretista fue José Ramos Martín (hijo del famoso Miguel Ramos Carrión) nació en Madrid el 10 de marzo de 1892 y murió en la misma ciudad el 16 de octubre de 1974. Escribió en prensa y para el teatro, destacando sus zarzuelas LA ALSACIANA, LA MONTERÍA y LOS GAVILANES de Guerrero y XUANÓN de Moreno Torroba.
http://lazarzuela.webcindario.com/RES/r_gavilanes.htm

Inmigración y Literatura

LOS GAVILANES

Zarzuela en tres actos, y cinco cuadros en prosa
Texto original de JOSÉ RAMOS MARTÍN
Música de JACINTO GUERRERO
Estrenada el 7 de diciembre de 1923 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid

El argumento se basa en la vuelta de Juan, un “indiano” a su pueblo de donde marchó joven y pobre sin poder casarse con Adriana; esta, ya viuda, espera que se renueve el amor, pero Juan se fija en su hija Rosaura con la oposición de la pretendida y de su novio Gustavo; a la postre hay final feliz, aunque Juan y Medio hubiera casado a Adriana y Juan. Por tanto mi opinión del libreto es paupérrima y como siempre viene en su defensa una partitura pegadiza, brillante en ocasiones y sensible o apasionada otras, con frecuente intervención de los coros tanto en números propios, así la introducción “Pescador de tu playa te alejas” como en apoyo de los solistas, por ejemplo la introducción al famoso tango milonga “El dinero que atesoro” o la marcha “Amigos siempre amigos”, en cuanto a los solistas destaca “Mi aldea”, el citado “El dinero que atesoro” y el “No importa que al amor mío” todos ellos por el barítono, la delicada romanza de Gustavo “Flor roja” tan querida de los tenores, los dúos de Adriana y Juan “Al impulso de noble ansiedad”, de Adriana y Rosaura “No merece ser feliz” y de Rosaura y Gustavo “Bien sé que nada valgo para ti”, el vibrante concertante “Guarda indiano tu riqueza” estelar para barítono y tenor, o la frase musical identificativa de Gustavo “soy mozo y enamorado” . 
http://lazarzuela.webcindario.com/RES/r_gavilanes.htm

Inmigración y Literatura

Entrevista en RAÍZ ARGENTINA - ESPAÑA

MARÍA GONZÁLEZ ROUCO - INMIGRACIÓN EN ARGENTINA

por Eduardo Aldiser

http://www.argentinaargentino.com/Maria-Gonzalez-Rouco-estudio-y-difusion-de-la-inmigracion-en-Argentina/542

acerca de MGR

Aprendiz de pájaro

Inmigración y Literatura

Desde el brocal del alma

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