Inmigración y Literatura

vida cotidiana en la Argentina (1810 - 1960)

 

Archivo de Junio, 2010

Víctor Condat Nobre

Víctor Condat Nobre, orfebre/poeta, nacido en Lisboa, Portugal en 1950, y residenciado en Argentina desde 1955. Comenzó a los 8 años tallando trozos de madera, con una cortapluma que le regaló su padre, cuchillos como los de Tarzán y Bufalo Bill. Para los 17 o 18 años hacía bolsos y cinturones en cuero. Cuando cumplió 21 comenzó a trabajar el metal (principalmente el alambre). hasta que desarrolló unas flores que llamó “rosas”, aunque entonces no se parecía a las rosas, construidas con una técnica similar a la de la antigua Diadema de Terina (encontrada en:REVUE ARCHEOLOGIQUE 1971 - Fascicules 1 et 2 P.U.F., 1971, in-4, 382 pages. 2 tomes…)Con los años y la práctica fué desarrollando otros caminos. Hasta 1976 trabajó en una feria en la ciudad de Córdoba, Argentina. Ese año,se trasladó a San Juan, Arg. y ahí se radicó con taller (atelier). Donde vive y trabaja hoy en día. Su actividad está encarada a diseñar y realizar personalmente las joyas y otros objetos que le encargan clientes particulares. Esto quiere decir que: no mantiene stock. No podría, dadas las circunstancias del país y porque la mayor parte (sino toda) de su producción, es absolutamente personalizada.Normalmente una entrevista con el cliente dura de dos a tres horas. Cuando logra captar lo que quiere (o cree que quiere) y ya tiene una idea de su personalidad, gustos, apreciación más o menos cierta, de su edad y perfil sociocultural, entonces se pone a trabajar en el diseño. Suelen ser, combinado con otros trabajos, de dos a diez días en los cuales los bocetos son innumerables, hasta que “aparece” el dibujo que le conforma:

gentileza de Luis E. Aguilera

Inmigrantes y Exiliados Destacados

Escribe Edmundo Moure

LA HISTORIA IRACUNDA

“…Aquí en la Península Ibérica, las ideas se debatían y confrontaban a la antigua usanza española: a sangre y fuego.”

Pierre Broué (julio de 1936)

A finales de la década de los 40’, siendo un niño de ocho años, me impresionaba la virulencia con que se discutía en las sobremesas de Chacra “El Olivo”, donde vivieron mis abuelos paternos. Los tíos Manuel y Pepe se enzarzaban con nuestro padre Cándido; ellos, franquistas acérrimos, éste, republicano irreductible. Las voces se iban alzando como en una arenga, acompañadas de golpes en la tabla sagrada del condumio, interjecciones y aun blasfemias de grueso calibre (pues los españoles suelen refrendar sus creencias religiosas denostando los símbolos de la divinidad; curioso estilo de profesión de fe). Cuando temíamos que la discusión pasara a mayores, aparecía la abuela Elena, gallega de pequeña estatura y férreo carácter, blandiendo improvisado garrote: -”Calen a boca, langráns, que lles parto a cachola…” El silencio caía como piedra en el pozo.

Sin duda que heredamos parte de esa vehemencia apasionada, la que solemos exhibir en debates ocasionales. Muchos contertulios imaginan lo peor, pero la sangre no llega al río y todo suele terminar en brindis amistosos o en chascarros de circunstancia. En contraste, nuestra madre Fresia y sus cercanos parientes muestran serena ponderación y “altura de miras”, en esas disputas ideológicas o religiosas que están latentes en casi todas nuestras reuniones familiares.

Entre los dos mil trescientos pasajeros españoles del Winnipeg, que arribó a Valparaíso el 7 de septiembre de 1939, venía un mozo esmirriado, de protuberante nariz y parche sobre uno de sus ojos, cuya visión había perdido en un bombardeo sobre Madrid, al comienzo de la guerra. Era Leopoldo Castedo, quien así hablaba de la traumática experiencia: “Nací en Madrid un día de septiembre de 1936, cumplidos los 21 años, en un palacete de barrio de Salamanca que habíamos convertido (…) en una fábrica de granadas de mano. La dinamita y la metralla estaban en el sótano, donde más de una vez vi a alguien fumando. La guerra había comenzado el fatídico 18 de julio: En rigor, bien pudo haber sido éste mi segundo nacimiento”, recuerda en sus memorias…

Castedo fue un apasionado de la Historia. Comenzó a trabajar en Chile como simple ayudante del historiador Francisco Antonio Encina, quien le tomó gran afecto, al punto de confiarle su voluminosa obra, que el joven madrileño compendió, eficazmente, en tres tomos, hoy texto de apoyo escolar y referencia académica. Encina asumió el estudio de la historia bajo su prisma y sesgo de conspicuo conservador, interpretando los procesos históricos bajo el quehacer de las instituciones tradicionales y de los prohombres del Poder establecido. No obstante, su discípulo seguiría otra línea de investigación interpretativa, con los modelos liberales de los grandes historiadores ingleses de la primera mitad del siglo XX, y con el apoyo textual de estudiosos hispanos de la talla de Sánchez Albornoz y Américo Castro. Por lo que Castedo contaba, mantuvo con su maestro Encina apasionadas discusiones, destacando el equilibrio y respeto del mentor por toda discrepancia honesta y bien fundamentada.

Tuve la suerte de conocer a Leopoldo Castedo, por intermedio de su esposa, la poeta Carmen Orrego. Departí gratos momentos en sus casas de Avenida Lyon y de Pedro de Valdivia Norte. Era conversador incansable, derrochaba fino humor y profundo conocimiento de la cultura iberoamericana. Combinó el estudio sistemático de la Historia con el del Arte hispanoamericano, en una larga existencia dedicada por entero a su oficio de pensador cultural, como alguien le definió.

Como exiliado republicano y hombre de prestigio en la América Hispana, le estaba vedado volver a su vieja patria. Quizá una de las muestras de la peor barbarie de los autoritarismos radique en la absurda pretensión de despojar a otros de su nacionalidad, como si ésta fuese patrimonio de gobiernos espurios y no condición de nacencia y afecto entrañable. Transterrado, se llamó a sí mismo Castedo, en metáfora dolorosa y elocuente del desarraigo.

Entre 1972 y 1973 se desempeñó como Consultor Especial de Naciones Unidas, para iniciar su proyecto destinado a la creación y funcionamiento del programa para la “Protección y Difusión del Patrimonio Iberoamericano”, el cual se inició con el de los países andinos. Fue viajero incansable, recorrió América en camioneta; viajó también en calidad de investigador por la mayor parte de los países europeos, además de Marruecos, Argelia, Egipto e Israel.
En lo académico, fue catedrático de Historia de América, Historia de Chile e Historia del Arte Iberoamericano en la Universidad de Chile (Santiago) y Universidad Austral de Chile (Valdivia). Historia Cultural de América Latina e Historia del Arte Iberoamericano en la State University of New York at Stony Brook.

Volvió a España después de la muerte del dictador ferrolano, invitado por la Universidad Complutense de Madrid y pronunció allí y en el Ateneo, varias conferencias magistrales. Para graficar ese prurito español por el debate encendido, nos contó él mismo la anécdota de una de sus principales intervenciones en el Paraninfo.

“Ofrecí una conferencia cuyo espacio histórico y temporal iba desde Isabel La Católica hasta Francisco Franco. Me detuve en algunos pasajes clave de la historia de España, como la expulsión de los árabes, el Descubrimiento de América, la Reforma, la empresa de la Invencible Armada… Fueron cerca de dos horas en las que el auditorio, compuesto en su mayoría por estudiantes universitarios, permaneció atento y silencioso. Al concluir mi exposición, se ofreció la palabra a los asistentes. Hubo preguntas agudas y otras, no tanto. Los jóvenes querían conocer mi opinión personal sobre los sucesos paradigmáticos del acontecer español en esos cuatro siglos que pretendí abarcar -iluso y temerario- en dos horas de discurso. Una de las preguntas más difíciles de responder para mí, fue la de una muchacha que inquirió cuales serían, a mi juicio, los dos más grandes estadistas en la historia española que yo había reseñado aquella tarde. Medité un instante, mientras advertía una fuerte tensión en el aula… Le respondí que eran Isabel La Católica y Francisco Franco. Se produjo un murmullo generalizado y el Paraninfo recuperó poco a poco su silencio…

“Cuando nos aprestábamos a abandonar el salón, un grupo de estudiantes, bulliciosos e iracundos, coparon la salida principal. Mi mujer, Carmen estaba muy nerviosa. –Salgamos por alguna puerta lateral- me dijo, con voz temblorosa… -Nada, no pasa nada- le respondí, cogiéndola del brazo y avanzando hacia los jóvenes. Uno de ellos, alto y fornido, de largos cabellos sueltos, se paró frente a mí y me dijo, más o menos textual: -Mire, señor Castedo, entendemos que usted vivió muchos años en el exilio, padeciendo el extrañamiento, pero así y todo no podemos perdonarle lo que ha dicho… -¿Sobre qué?- inquirí… -Sobre su antojadiza interpretación del desastre de la Invencible Armada como una derrota militar frente a los ingleses, lo que es completamente falso…”

Leopoldo Castedo falleció durante el viaje de regreso de España a Chile, luego que la Casa de las Américas le brindara un homenaje por su gran aporte a la cultura iberoamericana. Su inquieto corazón se detuvo en las alturas, ya en el espacio aéreo del largo país austral que le acogiera y donde el transterrado volvió a hundir sus raíces de enamorado de la historia, de la cultura y de la intransable libertad de pensamiento.

Inmigrantes y Exiliados Destacados

Como papas para varenikes

Como papas para varenikes no es un libro para mezquinos ni para reprimidos. En él todo es desborde, entrega; la propuesta es tirar la casa por la ventana, tal como se hace en las bodas y en los festejos. Y aunque uno tenga poco o nada para tirar, lo que vale es la actitud. ¿Quién no tuvo en su familia o en su barrio de infancia a una madre que lo convidaba a comer como si le abriera las puertas del cielo? La casa y la comida solían ser humildes, pero los olores y sabores que se ofrecían guardaban el elixir de la vida…
Y para no quedar pálida, la narradora le ofrece en un solo volumen y a un mismo precio, una novela erótica, una selección de recetas de comidas que le cambiarán el paladar más un imperdible Kama Sutra para golosos. Además, va de regalo El manual sexual para sibaritas.
Como papas para varenikes no es un libro pendenciero, sino generoso, que le dice al licenciado y al doctor «Venga, hágase amigo y aprenda». Y a usted: «Acérquese al fogón de la lectura y caliéntese». Porque el que no vive el amor y los placeres de la buena mesa, después no tiene de qué alegrarse ni de qué arrepentirse.

novela de Silvia Plager relanzada recientemente por Planeta

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