Inmigración y Literatura

vida cotidiana en la Argentina (1810 - 1960)

 

Recuerdos de guerra

Estábamos en guerra. La segunda guerra mundial de 1939. De 1940 para Italia. Tenía once años. Mi padre era médico (1) en una pequeña ciudad de Le Marche y de cuando en cuando recibía un regalo a cambio del pago de la visita: una caja de tabaco turco rubio y perfumado, una botella de coñac, una de champagne. Todas cosas inhallables en tiempo de guerra, para los simples mortales y por lo tanto preciosas. En aquellos tiempos, se usaba beber un vasito de coñac después de almorzar en los días de fiesta. Sólo en el fin de la guerra, con la llegada de las tropas americanas, el whisky se hizo popular. El champagne se bebía en las grandes fiestas; en Navidad, Pascuas y en ocasión de los cumpleaños. A mí me entregaron una botella de champagne que nos habían regalado.
Poco tiempo después, un avión de caza enemigo, destruyó las vías del tren y todos comenzamos a tener miedo. No pasó mucho tiempo cuando una escuadra de cuadrimotores sobrevoló la ciudad. Eran cincuenta aviones, en formación triangular que volaban muy alto. Pero la tierra temblaba bajo los pies, cuando se acercaban. Dejaron caer su carga de bombas sobre la ciudad e hicieron un desastre. Fuimos tomados todos de sorpresa y sin preparación. Era la primera vez, no había ninguna duda. Era necesario abandonar la ciudad y refugiarse en el campo; y esto hicimos. Yo no había olvidado la botella de champagne, era demasiado preciosa y cuando nos mudamos a una casona ubicada a 15-20 Kilómetros de distancia, la metí entre las cosas a llevar con nosotros, bien embalada con diarios, en una caja de cartón.Cuando yo le pedía a mi padre abrir la botella, él decía siempre de esperar al fin de aquel horrible período. La abriríamos en otra ocasión.
Pero la guerra, los bombardeos, el hambre, nos acompañaron durante largo tiempo.
Soñábamos la paz, la casa en la ciudad, una vida normal. La normalidad era un sueño que parecía inalcanzable. Pero yo seguía a conservando el champagne. Seguramente habríamos podido beberlo al final del conflicto.
Y desde el sur se acercó el frente de guerra. Cuando estuvo bastante cerca, mi padre decidió llevarnos con el al hospital donde trabajaba. Allí estaba la cruz roja pintada sobre el techo. El paisaje de frente era demasiado peligroso e imprevisible y él disponía de una habitación suficientemente grande para todos nosotros. Ahí podríamos esperar la finalización de los días más peligrosos. La decisión de la huída fue tomada con rapidez y furia. No llevábamos casi nada con nosotros. Los últimos en partir, fuimos mi padre y yo, quien había abierto la caja de cartón y tenía en el puño, por el cuello, la botella de champagne. Mi padre se impacientó porque yo estaba perdiendo tiempo en aquella tontería.
Nosotros caminábamos rápido. Yo caminaba lentamente, con precaución, sólo cuando un pozo o una pequeña colina se escondían en el horizonte. Al norte y al sur de la zona donde estábamos, se habían ubicado los dos frentes, no muy lejos. No había movimiento, no se veía nadie; se oían sólo los silbidos de los proyectiles de los cañones que pasaban sobre nuestras cabezas y se detenían más lejos. Nosotros habíamos elegido un recorrido en línea recta, entre la casona y el hospital, en medio de los campos. Eran tal vez 10 Km. que debíamos hacer a pie sin ningún camino. Pero esto no importaba mucho, teníamos miedo. Pero había un arroyito que atravesaba el camino, no era grande, pero era profundo o seguramente yo no era muy alto en esa edad. El agua estaba fría, lo atravesé teniendo la botella sobre mi cabeza. Mi papá me dijo algo acerca de mí testarudez y a propósito de aquella botella. Pero la suerte estaba con nosotros. Llegamos al hospital y nos refugiamos en la habitación que nos habían reservado. Yo estaba empapado, por haber atravesado el río. Puse la botella sobre una mesita baja y me alejé un poco para secarme y cubrirme como podía.
Después se oyó una explosión y cuando me di vuelta a mirar, vi un pedazo de vidrio de la botella y el líquido amarillo del champagne todavía espumante sobre el piso.
Mi hermano más pequeño corriendo por la habitación, había hecho caer la mesita que sostenía la preciosa botella.

(1) Muchos, muchos años después, cuando la guerra se había ya transformado en un recuerdo, pusieron su nombre en una calle de la ciudad, en recuerdo de la humanidad con la cual había ejercitado su profesión en aquellos años feroces.

Marcelo Fagioli

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