Inmigración y Literatura

vida cotidiana en la Argentina (1810 - 1960)

 

León Felipe

León Felipe, nacido en Zamora en 1884, se dedicó desde muy joven al teatro, ocupación que le permitió recorrer toda España. En 1938, se exilia en México, donde muere treinta años mas tarde.
“En marzo de 1938, cuando los bombardeos arrecian sobre Barcelona, escribe su poema Oferta, leído también públicamente. Lo completa con otras partes –escritas ya de camino a México- hasta formar El payaso de las bofetadas y el pescador de caña, del cual brinda una lectura en La Habana y otra en la capital mexicana, antes de aparecer el libro. Se incorpora a la casa de España, creación del presidente Cárdenas, junto con otros intelectuales españoles exiliados. Y en México hace entonces la posada màs larga de su vida andariega: siete años. A lo largo de ellos León Felipe se ahínca en sí mismo, recoge las congojas del éxodo y vuelve a encontrar más cercana que nunca la España esencial, de la que jamás había desertado” (1).
Guillermo de Torre, autor de numerosos trabajos críticos sobre el poeta, lo define como “nunista”. La poesía nunista es una poesía íntimamente vinculada a la propia circunstancia vital y a sus infortunios. En Leòn Felipe –creemos- el motivo fundamental y recurrente es el del desarraigo, idea que se vincula a su particular condición de desterrado, de exiliado en América.
La experiencia personales tan útil para el arte como las más abstractas condiciones metafísicas; así nos lo dice en su “Poética”: “Y todo lo que hay en el mundo es mío y valedero para entrar en un poema, para alimentar una fogata”. Este fuego supremo de la creación, esta hoguera prometeica y sublime tiene un propósito: el de lograr que el poeta –que el hombre, en fin- no muera del todo, no desaparezca definitivamente. “La poesía no es más que un sistema luminoso de señales –afirma-, de luces que atraerán la mirada de Dios hacia nuestra desprotegida existencia”.
Los trágicos momentos vividos por un hombre obligado a ser espectador de luchas fratricidas lo llevan a la convicción de que lo único importante –y a veces, la única salida posible- es caminar, aunque también el camino deje amargas huellas en el cuerpo y en el alma: “Hay saín en la cinta de mi sombrero, / mi bastón se ha doblado/ y en la suela de mis zapatos llevo sangre,/ llanto y tierra de muchos cementerios” (2).

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