Colectividades Argentinas

historia y actualidad

 

Archivo de Abril, 2007

ARMENIA revista

57d6922c304dd1f53d038dfe7ab064b8.jpg
Año 2, Nº 4. Abril de 2007.
Publicacion de la Asociación Cultural Armenia Fundado en 1931

EDITOR
Jorge R. Kazandjian
SECCION ARMENIA
Madeleine Arissian
REDACCION
Dra. Graciela Kevorkian, Carlos L. Hassassian
ESCRIBEN EN ESTE NUMERO
Arzobispo Hagop Kelendjian, Cristian Sirouyan, Dr. Juan Yahdjian, Khatchik Der Ghougassian, Garó Hekimian, Lic. Rita C. Kuyumciyan, Dr. Eduardo Bedrossian, Jack Boghossian
COLABORADORES
Leonardo Kaltakdjian, Maximiliano Delanian, Marcos Derebian
DIAGRAMACION
Ricardo Vallejos
ILUSTRACIONES
Manuel Gheridian
REDACCION Y ADMINISTRACION
Armenia 1366
1414 Ciudad de Buenos Aires
Republica Argentina.
E-MAIL redaccion@diarioarmenia.org.ar
Site: www.diarioarmenia.org.ar
TELEFAX: (5411) 4775-7595/7494

Colectividades Argentinas

El encuentro

Jonatan Gastón Nakache (Buenos Aires, 1980) es Licenciado en Comunicación Social, egresado de la Universidad Nacional de La Matanza. Actualmente se desempeña como responsable de Comunicación y Marketing del área BBS/IT de Bayer, pero cuenta con una vasta trayectoria en lo referente al campo de la comunicación. Durante 1999 y 2007 trabajó en el Departamento y Comunicación de la DAIA, representación política de la comunidad judía argentina, y en diferentes medios de comunicación. Posee además obras publicadas y premios obtenidos en certámenes literarios. Además ha sido orador en diversos paneles de temáticas relacionadas a política nacional e internacional y medios de comunicación. Su tesis de graduación estudia el rol del Estado a través de los medios de comunicación en torno al atentado a la AMIA.

El es el autor de “El encuentro”, cuento que me ha permitido incluir en la Antología Inmigrante.

En la misma mesa del bar “Las Violetas” donde habían tomado el último café quince años antes, estaba Mateo Manccini que se encontraba esperando con la angustia y la curiosidad que le causaba no saber si su amigo iba a cumplir la promesa que se habían hecho el día en que el destino los separó en el año 1912.
Mientras aguardaba, recordó el día en que Moisés Weinstein, su único amigo, le dijo que se iba a Europa. Era una mañana fría de otoño, el sol tibiamente se colaba por alguna rendija de las ventanas del bar Las Violetas, Moises lo había citado a las nueve de la mañana en ese lugar pero sin adelantarle nada de lo que tenía que decirle.
Mateo nunca olvidaría ese día: Salió de su casa, ubicada en el barrio de Caballito, a las ocho y cuarto de la mañana y mientras caminaba trataba una y otra vez de imaginarse de que podía querer hablarle Moises a quién había notado demasiado misterioso y angustiado la noche anterior. Las calles estaban aún bañadas por el rocío de la madrugada y los árboles dejaban caer sus hojas para que sirvieran de alfombra a los adoquines. Caminó hasta la avenida Rivadavia, y por ella fue hasta la calle Castro Barros donde se encontró con el bar. Aún era temprano así que se sentó pacientemente a esperar. El mozo, un español de aproximadamente setenta años, se acercó para atenderlo mientras que él con un gesto de su mano derecha le pedía un café, sin embargo, el mozo se lo negó argumentando que aún era muy chico para tomar esa bebida y a cambio le ofreció una leche chocolatada, de todas formas Mateo insistió y, luego de una pequeña discusión, logró que le sirvieran café (aunque cortado con un poco de leche). Dos minutos después llegó Moises, su cara expresaba claramente que algo no andaba bien y que no se trataba de un problema de adolescentes sino de algo mucho más grave, y en efecto era así:
-Me voy.- Le dijo Moises angustiado.
- ¿Cómo que te vas, a dónde?-. Preguntó Mateo muy preocupado.
-A Europa.
-¡Qué! Respondió Mateo, casi a punto de quebrarse en llanto.
- Lo que pasa es que a mi padre le salió una oportunidad de trabajo en Francia y bueno, nos vamos para allá mañana al mediodía. Para mí es tan difícil como para vos, pero te aseguro amigo mío que esta no será la última vez que me veas.
Mateo bajó la vista que hasta ese momento había permanecido fija en la mirada de Moisés y por fin dejó caer una lágrima. Sabía que no había nada que pudiese remediar la partida de su amigo, entonces, como para tener aunque sea un consuelo, prometieron volverse a encontrar y, entre deseos de suerte, llantos y pesares, a Moisés se le ocurrió una idea:
-Elegí un número que sea mayor a seis.
-¿Qué?- Dijo Mateo sorprendido.
-Hacé lo que te digo ya vas a entender.
-Bueno, elijo… eh… no sé… el quince.
-Perfecto, hagamos esto: nos vemos acá en esta fecha, a esta hora, pero en exactamente quince años. No importa lo que pase y aún si el bar estuviese cerrado el encuentro sería en la puerta. Prometémelo, aunque parezca una locura.- Dijo Moises casi como si se lo estuviese exigiendo.
-Te lo prometo-. Respondió Mateo, con un dejo de incredulidad y resignación.
Luego de eso Moises se dio vuelta y salió rumbo a la calle. Fue la última vez que lo vio…

El tiempo pasó volando, Mateo no podía creer que la fecha del encuentro ya hubiese llegado. Esa mañana se levanto a las seis, eligió uno de sus mejores trajes y se fue rumbo a la vieja casa de Caballito, donde aún estaba su madre (él, hacía tres años que vivía con su esposa y su hijo en Palermo). En el camino compró una docena de medialunas para desayunar con ella, se hicieron las ocho y cuarto cuando decidió salir rumbo a Las Violetas, el clima que había esa mañana era muy similar al que hubo el día que se separaron. Mateo se preguntaba una y otra vez -¿vendrá?- hasta que llegó a la conclusión de que era imposible siquiera que Moises recuerde la promesa, más allá de sí la cumplía o no. Pero a él no le costaba nada ir hasta allá y sacarse la duda.

Cuando llegó al bar vio que estaba prácticamente vació, trató de recordar en que mesa se habían sentado el día de la despedida. La gente que atendía en Las Violetas ya no era la misma que estuvo aquella vez, seguramente ni el gusto del café sería el mismo. Mateo se sentó y clavó la mirada en el centro de la mesa, y lentamente se fue sumergiendo en un estado de introspección que lo sacó del entorno, eran solo él y sus pensamientos que pasaron por tres estados diferentes. Primero en positivo: Mateo imaginaba el momento en que se encontraran, que decirle, como mirarlo, que preguntarle. Luego cayó en un estado de pensamiento neutral, quizá algo más realista, en el cual pensaba: “si viene, bien. Y si no, también. Total a mí me sirvió, aunque sea, para visitar a mi vieja. No perdí la mañana”. Y el tercer estado de pensamiento, que fue el que se produjo cuando miró el reloj y se percató de que ya eran nueve y veinte, fue completamente negativo. Entonces, se decía para a sí mismo: “Mateo sos un tonto, este no va a venir ni a cañonazos, vos té pensás que se debe acordar de vos. Andá a trabajar y dejá esta tontería”. Probablemente hubiese caído en un cuarto nivel de pensamiento si no hubiese sentido que frente a él había alguien parado, enseguida, creyendo que era el mozo, y sin quitar la vista del centro de la mesa le dijo:
-Un capuchino, por favor-. Entonces una voz gruesa pero que reconocía de algún lado le respondió.
-Hace quince años hiciste un berrinche bárbaro para que te sirvieran café, ahora que tenés edad para tomarlo, pedís capuchino… -
Lentamente levantó la vista recorriendo el cuerpo que tenía adelante, y luego de mirar unos segundos sin entender, se dio cuenta de que detrás de esa abundante barba estaba Moisés, entonces se paró y luego de abrazarlo comenzó a reír al grito de –¡Hijo de puta, viniste!. ¡Sabía que no me ibas a fallar!-. La emoción era incontenible.

Moisés no era ni la sombra del chico que se había ido en 1912, su cara denotaba un cansancio espiritual y su ropa estaba desgastada y vieja; era extraño verlo tan desalineado, su pelo se veía demasiado largo y muy desprolijo como si la estética se hubiese convertido en algo sin importancia para él. Seguramente la vida de su amigo en el viejo mundo no había sido fácil, pensó Mateo.

Cuando se sentaron comenzaron a hablar del pasado. Pero antes de que empezara la charla Mateo le pidió al mozo dos cafés, después le preguntó por qué le había hecho elegir un número superior a seis. Se había preguntado eso los últimos quince años. Moises le explicó que en esa época tenía quince años de edad y que para poder volver por su cuenta debía esperar hasta cumplir los veintiuno, es decir que debía esperar seis años. El primer recuerdo que afloró fue el barmitzvá de Moises en el año 1910, luego la conversación pasó a ser sobre mujeres, fútbol y así se fueron sucediendo los temas. Hasta que en un momento Mateo le preguntó como le había ido en Europa y entonces el diálogo se convirtió en un monologo de Moises:
-Bueno amigo mío, prepárate para escuchar lo que me pasó en estos quince particulares años de vida:
Cuando me fui de acá en 1912 no estaba muy seguro de lo que me esperaba en el viejo continente, al llegar a Francia tuve que comenzar a trabajar. Era una época de crisis en la zona de los Balcanes, y la guerra entre Rusia y Japón hacía que en Europa ya se temiese por la inminencia de una guerra mundial, es que la pelea entre las potencias, sobretodo de Alemania e Inglaterra hacía peligrar lo que por entonces se conocía como la “paz armada”, vos sabés de que te hablo. Yo y mi madre trabajábamos en una mina de carbón al sur de París, todos vivíamos en una situación muy precaria, mi padre y mi hermana, Rebeca, trabajaban en el ferrocarril. Esa situación se mantuvo hasta 1914 cuando estalló la guerra, en ese momento fui reclutado por el gobierno francés para combatir en el frente Franco-Alemán que era el más bravo de todos. En mi pelotón conocí a un ruso llamado Iván Camravsky quién me enseñó a pelear, me explicó como reconocer un campo minado, me describió como operaban los submarinos Alemanes, me enseñó a usar el fusil y me transmitió los principios fundamentales del marxismo, en los que él creía profundamente. Nos hicimos muy amigos.
Estuve en el frente un año; la guerra fue muy cruel, nadie pensaba que iba a persistir todo el tiempo que finalmente duró. Afortunadamente, en 1915 Iván consiguió, por medio de algunos contactos en el gobierno de Rusia, que nos sacaran del frente y nos envíen a Moscú. Pensé que mi vida cerca de las armas había terminado, así que, al llegar, decidí ponerme a trabajar en el campo, los años de guerra habían hecho que faltara mucha mano de obra masculina por lo que no se me hizo difícil conseguir trabajo.
Todo marchaba más o menos bien y mi única preocupación a esa altura era que no sabía que había sido de mi familia. Una tarde de agosto de 1916 Iván se apareció en el campo, pensé que se trataba de una simple visita, pero no. El ruso comenzó a hablarme de la necesidad de derrocar al Zar Nicolahievich, decía que el absolutismo, desde la guerra con Japón, había perdido credibilidad y que el pueblo de Rusia, con él incluido ya no soportaba la precariedad en que vivían, por eso se necesitaba una nueva forma de gobierno. Recuerdo que me contaba que pronto viviríamos en un régimen en el cual no existiría la propiedad privada, ni el maldito capitalismo; una forma de gobierno que garantizaría la igualdad y la libertad de los pueblos, pero que para eso el proletariado en su conjunto debía estar unido. Y, por supuesto, quería que yo me sume a la revolución. Decía que habían encontrado al hombre que los guiaría en ese proyecto maravilloso, un intelectual llamado Lenin. También dijo que se estaba formando un grupo revolucionario, el que luego fue conocido como el partido “Bolchevique”.

-Esperá un momento… ¿Vos me estas diciendo que fuiste un Bolche?-. Preguntó Mateo asombrado.

-Sí, y además llegué a tener una muy buena relación con Trotsky (la mano derecha de Lenin), quién me nombró capitán de una de las filas del partido. Recuerdo esa tarde como si fuese hoy: Estábamos en el sótano de una cantina en Moscú, ocurrió exactamente el lunes tres de octubre de 1916, dos horas antes del encuentro me había llegado un mensaje que decía que tenía que estar en el bar a las cinco de la tarde porque el señor David Davinovich Bronstein (que era el nombre verdadero de Trotsky) quería hablarme, fui y le mostré el mensaje al cantinero quién inmediatamente me hizo pasar al sótano, ahí me esperaban dos hombres. La luz era tenue así que no llegué a verles bien las caras, hacía mucho frió y el lugar era francamente horrible. Levanté la vista y vi que alguien se acercaba hasta mí, no lo podía creer, era Trotsky en persona. Me miró y me dijo que tenía informes sobre mi destacada labor durante la guerra y, luego de felicitarme y elogiarme, me confesó que no fue casualidad que me sacaran del frente, ellos sabían que les podía ser útil en la revolución.

-¡Qué bárbaro! ¿Pero cómo hacías con el idioma?-. Preguntó Mateo maravillado por la historia que estaba escuchando.

-Verás, no fue fácil. Al llegar a Francia me preocupé por aprender las palabras necesarias para poder trabajar, luego la misma interacción con la gente hizo que pudiera largarme a hablar. Pero con el idioma ruso se me complicó un poco más, Ivan hablaba un francés tan limitado como el mío, así que tuve que empezar a hablar en Ruso, las señas hicieron el resto. No te imaginás lo difícil que fue, pero con el tiempo terminé aprendiendo -.

-Bueno seguí contando-. Le pidió Mateo.
-¿Dónde estaba?- Preguntó Moises.
-Me estabas contando lo de la reunión con Trotsky.

-Ah, sí… Bueno, te imaginarás lo que significó para mí ese encuentro. Salí del bar a dar una vuelta por las calles de Moscú, mientras caminaba me preguntaba si en realidad debía participar en la revolución. Por primera vez me detuve a observar la ciudad: en las veredas solo había miseria y tristeza, la gente no tenía para comer. Muchos chicos habían quedado huérfanos por la muerte de sus padres durante la guerra. Las niñas desde muy temprana edad debían prostituirse y las mujeres estaban obligadas a ser cabeza de familia. El panorama era desolador, la ciudad destilaba tristeza y todo era por culpa del Zarismo y la guerra. Entonces lo decidí, acepté ser miembro del partido Bolchevique.
No volví a tener noticias de Trotsky hasta dos meses después, cuando recibí en mi casa una nota que decía: “Preséntese mañana a las nueve de la mañana en Pravda (el diario de Lenin). Comienza su participación en la revolución de nuestro pueblo. Contamos con usted. Firmado: León Trotsky”. Cumplí con lo que decía el mensaje y me presenté en Pravda, donde me recibió Nadezhka Konstantinova Krupskaya, la mismísima esposa de Lenin, quién acababa de llegar de París donde había permanecido los últimos años. Me dijo que mi tarea consistía escribir una columna diaria que, fundamentalmente, transmita las ideas del marxismo, los textos yo los podía escribir en español y ellos se encargarían de traducirlos. Mi seudónimo para firmar los artículos sería: “Karl”. La idea era, en principio, hacer que la gente comience a protestar contra Nicolahievich y sobre todo contra el sistema, usando como principal argumento la participación del país en la guerra mundial y en la guerra con Japón. En poco tiempo el diario se convirtió en la peor pesadilla del absolutismo. Días después de que comencé a trabajar recibí, al igual que el resto de mis compañeros, un mensaje de Lenin en el que nos vaticinaba que 1917 sería un año histórico para toda Rusia. Y vaya que lo fue…

-¿Moisés, qué significa Pravda?-Preguntó Mateo.
-Significa: “verdad”.
-Bueno seguí contando, dale…

-Paralelamente a nuestro partido, se había formado por un grupo de liberales lo que se conoció como el partido Menchevique. Casualmente el día que publiqué uno de mis artículos más fuertes contra el Zar, se produjo lo que fue la revolución de febrero de 1917 que fue la primera de las tres que derrocarían a Nicolahievich. La segunda revolución se realizó en julio. Fue después de esa segunda revolución que recibí un nuevo mensaje de Lenin en el que me pedía que suba de tono mis artículos, que no me limite a las indirectas y que me fuera preparando para tomar las armas.
Ese año, conciente de lo que iba a suceder, Nicolahievich retiró a Rusia de la guerra. Firmó un tratado por separado con Alemania y eso permitió que los alemanes no dejaran que se abastezca la Triple Entente, que era el grupo que formaban Francia, Rusia e Inglaterra; La unión entre Alemania, Hungría y Austria era conocida como la Triple Alianza. Cuando Rusia se fue de la guerra entró Estados Unidos.

-¿Cómo puede ser que Estados Unidos pudiera poner fin a la guerra en un año? -Preguntó Mateo.

-No te equivoques, Mateo. Estados Unidos entró a una guerra que ya llevaba tres años, los ejércitos estaban diezmados, mal alimentados y ellos estaban frescos. Así es fácil. Los norteamericanos lo único que hicieron fue venderle al mundo la historia de que eran ellos los héroes. Pero quedate tranquilo que los que la vivimos de adentro sabemos que no fue así.

Volviendo a lo que pasaba en Rusia, yo comencé a entrenarme para la revolución, preparé a mi gente y cuando el mes de octubre llegó recibimos la orden de Lenin de tomar el Palacio de invierno, el momento que todos habíamos estado esperando, por fin, había llegado. Mis hombres estaban muy bien preparados, durante todo el período de entrenamiento les hice sentir lo importante que era para el mundo esta revolución, no tenía dudas de que venceríamos. Y con una gran convicción y hambre de gloria fuimos a la batalla. Comenzó la pelea y cuando nos quisimos dar cuenta ya habíamos derrocado a Nicolahievich y logrado el objetivo: nacía la “Rusia comunista”.

Pero días después de la victoria presencié el hecho más triste hasta entonces, sucedió en el periódico: yo estaba esa mañana escribiendo un artículo acerca de las ventajas del nuevo sistema cuando desde las oficinas de Lenin comenzaron a escucharse gritos cada vez más fuertes. La discusión se había desencadenado a raíz de la idea de Trotsky de llevar la revolución al resto de Europa, idea que Lenin descartó de plano. Esa discusión hizo que los dos hombres más importantes de la revolución y de toda Rusia decidieran separarse.
Ni bien finalizó la guerra mundial me reuní con Trotsky, él quería que lo acompañe a sembrar el comunismo por el resto de Europa; me contó que estaba armando un grupo y que si yo aceptaba sería su mano derecha. Era una decisión difícil, por un lado estaba el orgullo que me significaba importarle tanto a él y la posibilidad de pasar a la historia como uno de los hombres más importantes en la lucha contra el capitalismo, pero por el otro estaba el hecho de saber que participaría de una revolución innecesaria, es decir, si Italia, Francia y el resto de los países europeos querían una revolución comunista, entonces ellos mismos debían hacerla, y no Rusia.
Cuando le comuniqué a Trotsky mi negativa a su propuesta, él se enojó mucho incluso me gritó cobarde y me dijo que era un error que eligiera quedarme en Pravda trabajando con Lenin porque el destino de Rusia ya estaba escrito y no había nada más que hacer ahí.
Luego de pensarlo mucho me di cuenta de que en algo Trotsky tenía razón: Moscú no era el lugar para seguir viviendo, por lo menos no para mí. Así que al día siguiente presenté mi renuncia en Pravda, me pidieron una y mil veces que me quedara pero yo solo quería ir a buscar a mi familia. Y así en 1918 volví a París.

Francia no era ni la sombra del país que dejé en 1914, la guerra había dejado heridas abiertas que quizá no sanarían jamás. Prácticamente no había hombres, los pocos que quedaban estaban inválidos o locos; las mujeres trabajaban en las minas de carbón y prostituían a sus hijos desde los doce años aproximadamente. Que pena me dio ver así a “La France”, no quedaba nada de aquel pueblo heroico que años antes peleó por la libertad, la igualdad y la fraternidad. El pueblo que hizo rodar la monarquía junto con las cabezas de Luis XVI y María Antonieta de Austria, se había convertido en polvo.
Caminé durante un buen rato por las calles de París, era francamente patético. Comencé a indagar a cerca del paradero de mi familia, no había ni rastros de ellos, hasta que dos días después me crucé Laurent Blank, un ex compañero de trabajo. Al principio no me reconoció, ya no se acordaba de mi pero de todas formas acepto hablar conmigo a cambio de unos tragos. Con el correr del tiempo y de las copas comenzó a recordar a mi familia, dijo que mi padre murió en combate y que mi madre, luego de estar secuestrada por los alemanes, volvió a América pero no sabía bien a qué parte. De la única que tenía la certeza de dónde estaba era de Rebeca, mi hermana; que se había ido en 1916 a Italia.
Realmente no le creí demasiado a Laurent, pero era la única pista que tenía. Sin embargo, no lograba decidir si ir a Italia a buscar a mi hermana o si volver a Argentina para, desde allí, rastrear a mi madre por toda América. Al día siguiente, creo que era un martes, salí a caminar y me dirigí al puerto, no me quedaba demasiado dinero por lo que no estaba seguro de lo lejos que podría viajar. Una vez en allí averigüé que para ir a Roma había un barco que salía el viernes de esa semana mientras que para ir a América salía un barco pero recién en veinte días, así que decidí ir a Italia. El pasaje lo pagué con el último dinero que me quedaba, parte de mi equipaje y un reloj de bolsillo que me había regalado Trotsky luego de la revolución.
Al llegar a Roma comencé la búsqueda sabiendo que iba a ser larga y dura. Conseguí empleo en una cantina, empecé como lavacopas, luego pasé a ser mozo, después cajero y al cabo un año ya era el encargado. Ganaba bastante dinero y me gustaba mucho ese trabajo, estuve así hasta el año 1922.

Desde 1919 Italia atravesaba lo se llamó “la crisis de la posguerra”, el pueblo Italiano estaba enfurecido por el mal reparto de territorios luego de la guerra. Querían venganza porque se sentían traicionados por el resto de los países europeos que en el Tratado de Versalles habían castigado duramente a Alemania, pero que le dieron a Italia mucho menos de lo que le habían prometido por entrar en la guerra.
En 1920 apareció Benito Musolini con un pronunciamiento a favor de vengar a Italia de todos sus enemigos, al principio no me preocupé por que no creía que los italianos se fueran a enganchar con ideas de ese tipo, a pesar de que contemplaba la posibilidad de que se desatara una ola de antisemitismo.
Y así fue, con el correr del tiempo la discriminación fue creciendo, cuando llegó 1922 tuve que empezar a esconderme porque el fascismo quería terminar con todos los judíos, incluyéndome a mí. Durante dos años estuve viviendo en el sótano de la cantina hasta que en 1924, poco después de que Musolini asumiera el poder, fui delatado por un compañero del bar y capturado por los “fachos”. Estuve preso durante mucho tiempo, la pasé mal, pero por lo menos no estaba solo; en mi celda convivíamos cuatro personas: Maurice, un inglés que había sido atrapado en Nápoles cuando intentaba escapar hacia Francia; Lina, una italiana que vivía oculta en Milán y fue descubierta; Bénjamin, un diplomático estadounidense que estaba tramitando un préstamo en Roma cuando fue atrapado; y yo. Obviamente todos éramos judíos.
Habían pasado cuatro meses de tortura y tristeza, hasta que una tarde hablando con Maurice me contó que él se había casado con una mujer argentina, al principio no le di demasiada importancia al comentario, pero con el paso del tiempo comencé a albergar la posibilidad de que fuera mi hermana, aunque sin querer ilusionarme demasiado. Empecé a preguntarle a cerca de ella y a medida que las respuestas encajaban la posibilidad crecía y en una de esas conversaciones, casi sin querer mencionó que el nombre de su esposa era Rebeca y por fin no tuve más dudas y le pregunté el apellido de ella, aunque yo ya creía conocer la respuesta y cuando me contestó Weinstein le dije con una emoción absoluta: “¡estas casado con mi hermana!”. Armamos un alboroto tan grande que vinieron a la celda cuatro guardias a pegarnos para que dejemos de reír. Fue la única vez que los golpes no me dolieron.
Simplemente no lo podía creer, todo ese sufrimiento había valido la pena, ella estaba viva y ahora tenía la posibilidad de encontrarla. Igualmente todavía tenía que lograr que Maurice y yo saliéramos para poder ir a buscar a Rebeca, pero era una misión extremadamente difícil. Sabíamos que no podíamos escaparnos mediante una fuga porque si nos atrapaban nos iban a matar ahí mismo y pedirles por favor que nos liberen era una ingenuidad. La única forma era diplomáticamente, es decir o salíamos con la ayuda de algún gobierno, o no saldríamos jamás.

Durante un tiempo estuve presionando para que me dejaran enviar una carta a Rusia, les puse de excusa que era una biografía de Máximo Gorki que yo había escrito para el periódico Pravda, al principio no me dejaban, pero después de mucho insistir, más o menos a mediados del año 1925 logre que se enviase el mensaje. En el texto, que estaba dirigido a Lenin en persona, decía: “Sr. Lenin: Soy Moises Weinstein, los fascistas me tienen atrapado. Exijo que el gobierno de Rusia, para el que peleé tanto tiempo, me ayude a salir. Espero una respuesta”. La respuesta llegó al poco tiempo, pero lo único que me decían era que Lenin había muerto hacía un año y que no tenían idea de quien era yo.

Creí que todo había terminado, que inexorablemente moriría en ese lugar, estaba muy triste por el hecho de saber que la posibilidad de encontrar a Rebeca estaba tan cerca y tan lejos a la vez. Hasta que un día uno de los guardias me informó que había alguien que quería verme. Pacientemente me senté a esperar la visita, la celda comenzó a abrirse y una figura se fue acercando hacia mí lentamente. Cuando lo tuve enfrente, mis ojos se llenaron de lagrimas y el alma me volvió al cuerpo, quien había venido era Iván que además traía un pedido expreso del gobierno de Rusia para que me liberen, ahí me di cuenta de que estaba salvado. Esa misma tarde Iván, Maurice y yo salimos de Roma y nos fuimos a Nápoles a buscar a Rebeca. En el camino, Iván me contó que luego de la revolución comenzó a trabajar en el gobierno y que tenía guardados todos los artículos que escribí en Pravda, también me dijo que el telegrama que yo había enviado al diario, fue publicado en el correo de lectores, pero que nadie lo había tomado en serio. Y que cuando lo leyó arregló todo con el gobierno para venir a buscarme.
Mi encuentro con Rebeca fue muy emotivo, estaba igual que cuando me fui de Francia, tenía el mismo peinado y la misma belleza, lo único que había cambiando eran sus manos: ya no eran ni suaves ni frágiles como antes, no tenían ese olor a limón que las caracterizaban, si no que estaban sucias y muy lastimadas aunque no necesité preguntarle por qué. Me extrañó que después de todo lo que había pasado aún conservara la sonrisa. Hablamos durante horas, me confirmó la muerte de mi padre y me dijo que mamá estaba en Colombia. Por fin todo empezaba a encarrilarse.

Al día siguiente, luego de despedirme de Iván definitivamente, salimos los tres hacia Colombia. Al principio, a Maurice no le gustó mucho la idea de venir a América pero el amor que sentía hacia mi hermana era más fuerte. Al llegar a Bogotá consultamos en el departamento de migraciones si había llegado al país la señora Tzipora Judith de Weinstein, al principio no querían darme demasiados datos, pero con el apoyo de la embajada argntina pudimos dar con mi madre. Nos quedamos viviendo en Colombia hasta el tres de junio de 1926, fecha en la que regresamos a Buenos Aires. Desde entonces vivo con mi madre en el barrio de Villa Crespo y a pocas cuadras viven Maurice y Rebeca.

-¡Qué historia, viejo. Parece una novela!- Dijo Mateo emocionado.
-Bueno… Ahora te toca a vos- Dijo Moises mientras le daba un sorbo al café que a esa altura estaba bastante frió.
-Te aclaro que mi historia no fue tan emocionante como la tuya. Yo estuve siempre acá, no tenés idea de lo lindo que fue ver crecer a este país. Vos te fuiste cuando estábamos en el tercer año de la secundaria, yo seguí estudiando hasta que terminé quinto año. Después ingresé en la universidad donde estudié Derecho hasta que me recibí. Al poco tiempo me casé y tuve un hijo: Alejandro…
-¿No le habrás puesto así por el Zar?- Preguntó Moises irónicamente.
-No, por Alejandro Magno. Respondió Mateo.
-¿En serio?
-No tonto, le puse así porque a Cristina, mi esposa, le gustaba ese nombre.
-Bueno… seguí- Dijo Moises fastidiado.
-Al año de casados mi suegro murió y nos dejó en herencia todos sus bienes entre los que se incluía su fábrica de zapatos, de la cual me hice cargo yo-.
-Ah… no solo sos capitalista, si no también burgués-. Dijo Moises socarronamente. Este último comentario le molestó un poco a Mateo quién decidió contraatacar:
-Sabés que, no solo soy Capitalista y Burgués, sino que también soy la nobleza en su máxima expresión, tengo sangre azul. Yo me visto de traje y uso gomina en el pelo. ¿Algún problema con eso?- preguntó Mateo agresivamente.
-Así que encima te hacés el vivo-
A partir de ese momento, lo que era una charla de amigos, se convirtió sorpresivamente en una batalla de la guerra fría. Con el correr de los minutos el tono de la discusión fue subiendo, lo que al principio eran ironías e indirectas se fue transformando en una pelea política. Era increíble como estaba terminando ese encuentro, los dos estaban tan enceguecidos por defender sus posturas que no se dieron cuenta del alboroto que estaban armando en Las Violetas. Moises atacaba al sistema capitalista con frases como:
-Ustedes los capitalistas se aprovechan de los obreros explotándolos por un salario miserable. ¿Qué te hace pensar que merecés obtener una plusvalía con el trabajo que hace otro? La gente como vos es basura que pronto limpiaremos.-
Mientras que Mateo ridiculizaba las ideas comunistas diciendo:
-Claro porque el comunismo es bárbaro ¿no? Sos tan estúpido que no te das cuenta de que si la propiedad es de todos, nadie se va a encargar de cuidarla, nadie es mejor que uno mismo para cuidar sus pertenencias. Decir que algo es de todos es lo mismo que decir que algo es de nadie. ¿De verdad te creíste el cuento Marxista de la época futura en que todo sería perfecto, gracias a la desaparición de la propiedad privada? Creo que tantos años en Europa afectaron tu salud mental. Y con respecto a lo de la plusvalía, lo único que te voy a decir es que mis empleados comen gracias a lo que les pago.-

El cruce de palabras ya era muy fuerte y la escena era patética. Quienes estaban en el resto de las mesas comenzaron a mirar pero ellos seguían discutiendo como si todo lo que hubiese alrededor hubiera desaparecido. Hasta que en un momento, Mateo se puso de pie y le arrojó el café en la cara a Moises quien le respondió con un golpe de puño y ahí se desató la pelea. Se pegaron con todo lo que tenían a mano. A los pocos segundos los dos estaban en el suelo golpeándose desenfrenadamente, la gente rápidamente comenzó a pararse y a alejarse del centro de la pelea, los mozos intentaban separarlos pero era prácticamente imposible, mientras tanto el cajero llamaba a la policía. Un minuto después un patrullero irrumpió en el local, de él se bajaron cuatro uniformados que se dividieron en dos grupos de dos y se dirigieron hacia los contrincantes. Mateo comenzó a gritar -¡Me quiso robar, oficial. Es un ladrón!-, mientras que Moises contraatacó diciendo: -¡No, no es cierto lo que dice. Él es un explotador, yo trabajo hace dos años en su fábrica y no me quiere pagar. Cuándo le dije que lo iba a denunciar comenzó a golpearme!-. Finalmente ambos fueron detenidos por provocar disturbios en un local público.
Al llegar a la comisaría, los dos declararon lo que había ocurrido realmente. El comisario entre risas les dijo que era más creíble lo del ladrón y el explotador que la historia de los quince años, la revolución y todo eso. A las pocas horas fueron liberados. El primero en salir de la delegación policial fue Mateo, quien cuando se estaba retirando sorpresivamente paró su marcha, dio media vuelta y luego de mirar a Moises le dijo:
-Elegí un número, pero que sea superior a dos.-
Moises enseguida entendió cual era la propuesta de Mateo, pero había algo que no le quedaba claro:
-¿Por qué superior a dos?-
-Porque creo que voy a necesitar, por lo menos, dos años para que se me vayan las ganas de romperte la cara.- Respondió Mateo sonriendo.
-Está bien, elijo el veinte-
-¿Por qué el veinte?- Preguntó Mateo sorprendido.
-Porque para entonces vas a ser un viejo decrépito.- Respondió Moises.
-Vamos a tener medio siglo cada uno.- Afirmó Mateo.
-Así es. Bueno, entonces nos vemos en esta comisaría, el veinte de abril de 1947, a esta misma hora. Ah… Espero que para entonces tengas una historia un poco más interesante para contarme-. Dijo Moises.
-Y yo espero que vos tengas una un poco más creíble. Remató Mateo.
-Así será- Concluyó Moises.

Luego de eso Mateo, se dio vuelta y caminó lentamente hacia la salida, al llegar miró el sol y luego bajó la cabeza sabiendo que los próximos veinte años de su vida los pasaría preguntándose si Moises asistiría a la cita.

Colectividades Argentinas

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda

film izle Home Design Spielaffe sesso video giochi