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Archivo de Octubre, 2005

MONOGRAFIAS.COM: Newsletter #237

Hola a todos!,

Bienvenidos al Newsletter #237. En esta ocasión encontrarán información sobre economías desarrolladas, frame relay, técnica estadística, gripe aviaria, medio ambiente mundial y un relato de Juan Carlos Onetti, entre otros temas.
 
Gracias por todos sus mensajes.

Hasta la próxima semana,

     Pablo Besarón.

 

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acerca de MGR

EL RETORNO DE SONDERÉGUER

UN ENCUENTRO CON LAS RAÍCES

 

CONFERENCIA FIDEL A. LEOTTAU   BELEÑO  /  CARTAGENA 2005

1.    El último misterio

En cierta ocasión, después de haber publicado dos informes acerca del escritor Pedro Sonderéguer, llegué al mercado público de Villanueva con el fin de departir unas cervezas con algunos amigos. En medio del furor, se me acercó un señor de edad avanzada, quien había nacido y vivido siempre en el pueblo. Primero tuvo unas palabras elogiosas hacia los textos: “Están bien escritos.  Usted tiene mucha imaginación”, me dijo. Pero, enseguida, se despachó con una recriminación: “Lo malo es que un villanuevero de pura cepa, como usted, no debe perder su tiempo para exaltar la memoria de alguien que abandonó el pueblo y nunca más regresó”.

No es el único que piensa así. La versión según la cual Pedro Sonderéguer jamás regresó al pueblo, ha formado parte de los misterios que rodean la mítica figura del escritor villanuevero. Según se decía, nadie en sus cabales podía entregar evidencias ni pruebas que demostraran lo contrario. Por ello, me tocaba cargar  con las recriminaciones de quienes creían merecer un homenaje antes que Sonderéguer. 

Otras voces de otros viejos villanueveros y de algunos parientes, en cambio, manifestaban que Sonderéguer no sólo mantuvo siempre en la memoria su pueblo natal sino que, además, cuando era un escritor reconocido en Latinoamérica y era receptor de muchos homenajes por parte de algunas personalidades del país, caminó de nuevo por sus calles. 

Frente a esta situación, yo tenía dos caminos: no regresar  más al pueblo para evitar las recriminaciones o buscar en algún lado las pruebas de que Sonderéguer no había olvidado su tierra. Comprometido, como lo he estado siempre, con la exaltación de la memoria de nuestro paisano, opté por lo segundo.  Con esa decisión, entré a formar parte de una lista de origen clandestino pero de circulación pública, en la que se relacionan los nombres de los locos del pueblo.

La intuición me decía que los primeros pasos debía dirigirlos hacia los parientes villanueveros y hacia su descendencia argentina.  Quizás alguno de ellos había guardado la correspondencia u algunas notas de prensa de Sonderéguer.  Incluso ciertos amigos me sugirieron que buscara en los  archivos periodísticos de la época en que, se decía, estuvo en Colombia.

2.    La red de informantes

En la construcción de los dos textos que había escrito acerca de Sonderéguer, algunas casualidades me habían llevado hacia distintas fuentes de información. Para el primer texto, el punto de partida fue el encuentro con el crítico norteamericano Raymond L. Williams durante un Seminario Internacional de Estudios del Caribe. Sin embargo, debido a que carecía de fuentes muy confiables y me había dejado conducir por las versiones de algunos viejos del pueblo, ese texto tuvo muchas imprecisiones. Eso, claro, sólo lo supe cuando ubiqué –por otra casualidad a sus hijos en Buenos Aires.  Ellos me ilustraron sobre algunos aspectos desconocidos de la vida del escritor y me aclararon otros que se presentaban confusos o erróneos.  Los detalles de la ubicación de sus hijos y de los nuevos descubrimientos, me sirvieron no sólo para desarrollar un segundo artículo, sino también para construir mi trabajo de grado en el Programa de Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena.

En ambos casos, sin embargo, no tuve evidencias del retorno de Sonderéguer a Villanueva. Éstas aparecieron pocos días después de la publicación del segundo texto en el suplemento dominical del diario El Universal de Cartagena.  La primera evidencia me vino de manos del químico y ex profesor de la Universidad de Cartagena, Jaime Villanueva, pariente, por línea materna, del escritor, e hijo de Próspero Villanueva, un primo de Pedro Sonderéguer, que se hizo famoso como psiquiatra y con quien éste siempre mantuvo un cruce de correspondencia.

Jaime, al leer el artículo acerca de la vida de su ilustre pariente, se puso en contacto conmigo a través del químico de Cabot Colombiana, empresa en la cual yo laboraba. Una vez nos encontramos, me entregó algunas cartas que Pedro Sonderéguer, su esposa y sus hijos le enviaron a Cayetana Villanueva (madre de Sonderéguer), y otras que el escritor le remitió a Próspero Villanueva. Así mismo, me entregó unos recortes de prensa de El Mercurio y del Informador, diarios de la ciudad de Cartagena de la primera mitad de siglo.

A los pocos días de mi encuentro con Jaime Villanueva, una llamada desde México a la Academia de Historia de Cartagena de Indias habría de darle una vuelta a la tuerca de mi búsqueda.  Se identificó como funcionario de la Unesco y tenía la intención de encontrar al autor de dos textos sobre la vida de Pedro Sonderéguer. La llamada la recibió el médico Carlos Gustavo Méndez, miembro de la academia, y quien había coincidido conmigo –dos cursos por delante de mí- en el Colegio de la Esperanza. El doctor Méndez le informó que, efectivamente, había leído los artículos mencionados y, además, conocía al autor. El hombre dejó, entonces, su nombre y su correo electrónico para que pudiera contactársele. Mientras, el doctor Méndez me ubicó a través de un paisano, el odontólogo Carlos Villanueva Marrugo. Cuando tuve entre mis manos el nombre y el correo, no pude disimular la mención: se trataba de Pedro Conrado Sonderéguer, el primer nieto de Pedro Sonderéguer.

Ante la posibilidad de tener a la mano nueva información sobre la vida del escritor, procedí a escribirle; en el mensaje consigné mi nombre y mi teléfono. Al día siguiente, recibí su llamada desde México era él, con una petición: que le enviara los textos que había publicado. Se los remití por el correo electrónico. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando, pocos días después, recibí un mensaje suyo, en el cual mostraba su inconformismo, incluso su desilusión, porque, según él, había algunas imprecisiones y muchas omisiones acerca de la vida de su abuelo. Y eso lo atribuía a que mi fuente había sido “la otra familia”, es decir, los  hijos del escritor que tuvo, resultado de la unión libre, con la señora C.R.. La esposa y madre de sus primeros hijos se llamó Blanca Julia Vidal Etchegaray.

Sin embargo, su desilusión le dio paso a la colaboración.  Así, al poco tiempo, me empezaron a llegar datos sobre muchos aspectos desconocidos hasta entonces. Esos datos vinieron acompañados de un paquete legajado en donde había cartas de grandes personalidades de Colombia dirigidas a Pedro Sonderéguer, entre ellas del futuro presidente, Alberto Lleras Camargo, y de quien es considerado uno de los grandes críticos literarios y de los mejores ensayistas del país, Baldomero Sanín Cano. Así mismo, había recortes de prensa, tanto de Argentina como de Colombia, en donde se hacía eco de los viajes de Sonderéguer a Colombia, los años 1928 y 1931; y otros, luctuosos, en donde se informaba y se lamentaba la muerte del escritor colombiano, en 1964. Igualmente, me hizo llegar copia de la hoja de vida de Pedro Sonderéguer y de los trabajos publicados, los cuales reposaban en los archivos del diario La Nación de Buenos Aires.

3.    El retorno a Colombia

Desde que salió de Villanueva, a los dieciséis años, y después de haber estudiado en Cartagena el bachillerato en el Colegio Martínez Olier, Pedro Sonderéguer emprendió un periplo que empezó en Jamaica, continuó Cuba, Estados Unidos y, sucesivamente, en Costa Rica (en donde publicó su primera novela, Cóndor, en 1904), Perú, Panamá, Chile (en donde publicó el texto filosófico Crítica del genio, en 1907) y Argentina, en donde se radicó en el año 1908.  En Argentina, publicó su tercera obra: Los fragmentarios, en 1909; dos años después, empezó a trabajar en el mítico diario La Nación.  Allí también publicó otras obras: El pensador (1915), Lo que las mujeres no saben (1920), Todo el amor (1921), Cátedra de seducción (1924), El miedo de amar (1924), Dichosos en el mal (1924) y Las fuerzas humanas (1926). 

Después de publicar esta última obra, Sonderéguer experimentó la necesidad de venir de nuevo a su tierra.  Sin embargo, este deseo sólo se empezó a concretar el 9 de febrero de 1928 cuando se embarcó en el vapor Teno, en Valparaíso. Según el diario La Nación (que publicó todos los detalles del viaje de Sonderéguer), el escritor partió de Buenos Aires el 2 de febrero de 1928 e hizo una escala en Chile, para recibir varios homenajes y agasajos. No se precisa la fecha del arribo a Cartagena –El periódico La Patria publicó una entrevista con el escritor el día 25 de febrero-. Lo cierto es que de Cartagena se fue para Villanueva el 29 de febrero con el fin de visitar a su mamá y a sus paisanos. Tal como consta en las palabras de Fernando A. Mendoza, quien fue el encargado de brindar las palabras de bienvenida, la última vez que Sonderéguer estuvo en Villanueva fue en 1906.  “Ilustre compatriota: hace veintidós años que te ausentaste de esta tierra de tus antepasados…”, comienza diciendo Mendoza.

La llegada de Sonderéguer, que incluyó una comitiva que lo recogió en Cartagena, fue ampliamente comentada en los periódicos de la época. Así consta en la prensa de aquellos años. El periódico El Informador del 1 de marzo de 1928, registra la llegada de Sonderéguer a Villanueva. En sus páginas recoge una crónica de Reginaldo Mendoza, firmada el 29 de marzo, en la cual relata los pormenores, del retorno del escritor. Según esta crónica de Reginaldo, quien fundó el conocido colegio Rafael Núñez, hubo gran fiesta durante la llegada: caminata por el pueblo, una fiesta amenizada por la banda de músicos, desfiles de los colegios, palabras de bienvenidas. La recepción se hizo en la casa de Isabel R. de Villanueva, en donde éste se hospedó. Isabel no sólo era tía política de Sonderéguer, sino que también fue matriarca de una estirpe villanuevera en la que destacan sus nietos Modesto, Guillermo, Luis, Olga y Cayetana Villanueva Llamas.

Quince días más tarde, el 16 de marzo, el Diario de la Costa publicó una noticia sobre el homenaje que la Asamblea Departamental de Bolívar le hizo a Sonderéguer el 13 de marzo, con motivo de su retorno a la Argentina. También  el diario La Patria, es decir, el escritor estuvo, aproximadamente un mes en la costa colombiana. Además de Villanueva, visitó Cartagena y Barranquilla. Su permanencia a esta última ciudad fue reseñada en La Nación del día 17 de marzo de 1928, en el Diario del Comercio de 18 de marzo y en el periódico La Prensa del 19 de marzo.

4.   Otra vez en Colombia: sus incursiones políticas

La segunda venida de Sonderéguer a su tierra tuvo, entre otras cosas, motivaciones políticas. Reconocido liberal, su nombre se mencionó para ocupar altas dignidades dentro del partido no sólo en el ámbito departamental, sino también nacional.

El escritor, según el diario La Nación del 21 de enero de 1931, se encontraba en Nueva York y, de aquí, se embarcó en el vapor Santa Marta, con destino a Cartagena, el 22 de abril. No hay evidencia de la llegada a Cartagena. Sin embargo, El Tiempo del jueves 12 de febrero de 1931 y el Diario Nacional de la misma fecha, registran su llegada a Bogotá la noche anterior. Entre las prioridades del escritor, se encontraba una entrevista con el presidente Enrique Olaya Herrera, quien le había ofrecido un ministerio. Además, estaba previsto encontrarse con las directivas del liberalismo, las cuales le habían pedido que se postulara como candidato a la Asamblea de Bolívar.

Sin embargo, las postulaciones políticas de Sonderéguer habían comenzado muchos años antes, en el año 1923, cuando el diario El Tiempo lanzó la idea de que en la plancha liberal de los candidatos al Senado por Cundinamarca fueran incluidos los nombres de algunos destacados colombianos que vivían en el exterior, entre ellos los de Baldomero Sanín Cano y Pedro Sonderéguer. Esta propuesta de El Tiempo fue reseñada por el diario colega El Espectador del 2 de abril de 1923.

Así mismo, aprovechando su permanencia en Bogotá, Sonderéguer fue invitado como conferencista a la Casa del Estudiante el día 16 de febrero de 1931. Al día siguiente, a las tres de la tarde, el presidente Olaya Herrera lo recibió en la casa de gobierno, con todos los honores. Ambos eventos se registran en el vespertino Mundo al Día, del 17 de febrero de 1931.

A los pocos días, el escritor se trasladó a Cali, en donde se organizó una charla sobre “sus impresiones optimistas de la capital del Valle”. Se trató de “un paseo por la ciudad y sus alrededores”. Fue una charla espontánea y confidencial, en la cual Sonderéguer señaló los deberes del liberalismo frente a las iniciativas de embellecimiento urbano de Cali. La evidencia de este hecho se encuentra en las páginas del vespertino Relator, de la ciudad de Cali, del viernes 27 de febrero de 1931.

De Cali, Sonderéguer viajó en buque hasta Barranquilla, con el fin de explorar la posibilidad de realizar un plan de navegación de Cali hasta Barranquilla, aprovechando el río Cauca. Así mismo, se señala que la llegada a Barranquilla era el inicio de una gira por la costa atlántica. La noticia, aparecida en El Tiempo del 23 de mayo de 1931, indica que el escritor villanuevero andaba empapándose de la realidad nacional, con el fin de fortalecer sus opciones políticas en Colombia.

Posiblemente a mediados de marzo, Pedro Sonderéguer regresó a Buenos Aires, a continuar su trabajo de redactor en La Nación.  Estando allí, se le notificó su designación como candidato a diputado nacional por el Partido Liberal. Y aunque, según La Nación del 22 de abril de 1931, su elección se consideraba segura, el escritor no parecía dispuesto a ocupar su curul.  Se cumplió lo primero: fue elegido; pero no lo segundo, sí ocupó su curul.

Una nueva noticia de La Nación, aparecida el 19 de julio de 1931, señalaba que Sonderéguer había sido objeto de una despedida por parte de sus compañeros de la sala redacción, ya que se vendría para Colombia a “hacerse cargo de una elevada función pública”.  En realidad ocuparía dos funciones: la de Jefe de la Comisión Especial de Comercio y la de tesorero del Partido Liberal.

Tal como lo registra La Nación, en este nuevo periplo, Sonderéguer partió de Buenos Aires hacia Chile el 26 de julio. Llegó a Santiago el 1 de agosto y, de aquí, se desplazaría hasta Valparaíso para embarcarse hacia Colombia. En una escala en Lima, el día 12 de agosto, el escritor concedió una entrevista al periódico “El Perú”, en donde afirmó: “Los años que me restan los dedicaré, con el mismo espíritu de sacrificio que he consagrado a todos los actos de mi vida, al servicio del pueblo colombiano”. 

Las intenciones de Sonderéguer eran, por supuesto, desarrollar una carrera política en Colombia.  Así que 1 de abril de 1932, regresó a Argentina para preparar su viaje  definitivo a Colombia.  El diario La Nación del 7 de marzo hace eco de los rumores según los cuales entraría a formar parte del gabinete de Olaya Herrera.

Sin embargo, eran tiempos difíciles. Perú había solicitado la revisión de los límites terrestres por Leticia, contemplados en el acuerdo de 1922 y ratificados por las Cámaras de ambos países. Ante la negativa de Colombia,  empezaron a sonar trompetas de guerra. Sonderéguer asumió, entonces, una actitud crítica frente al Gobierno de Lima. Y así, lo hizo saber en una entrevista al diario La Nación, a su regreso a Buenos Aires, el 20 de octubre de 1932. “Los tratados de frontera no se revisan. Se puede revisar un tratado comercial o uno ofensivo y defensivo, pero los convenios que fijan los límites de los otros son intocables”.

Por declaraciones de ese tipo, se insistía que Sonderéguer sería nombrado en un cargo en el cual se tratara el tema del conflicto fronterizo con Perú. Y así era. Sólo que jamás se supo cuál fue el cargo ofrecido, el cual Sonderéguer estuvo esperando hasta el final en Buenos Aires. Pero el gobierno no le notificó jamás la designación, ni siquiera le notificaron directamente que ya no sería tenido en cuenta para el cargo. La notificación de que no sería nombrado se hizo a través del gran ensayista Baldomero Sanín Cano, quien se encontraba en la Legación de Colombia en Argentina. 

En un cable fechado el 15 de septiembre de 1934, Sanín Cano le notifica que había recibido el telegrama en el cual se le encarga de manifestarle a Sonderéguer que “visto que la situación que motivó su cargo ha cambiado y partida defensa nacional esta agotada cancelósele su nombramiento. Exteriores”.  Enseguida, Sanín Cano manifiesta su pesar por haber sido escogido como conducto para notificar la noticia. Lamenta, así mismo, la cancelación del nombramiento de su colega y amigo, le expresa su admiración y respeto y, finalmente, Sanín Cano le informa a Sonderéguer que muy pronto regresará a Colombia y que está a la orden para cualquier recomendación.

Al parecer, esta noticia y algunas diferencias políticas que pusieron en peligro su integridad, obligaron a Sonderéguer a refugiarse definitivamente en la sala de redacción de La Nación, de la cual sólo habría de salir cuando fue jubilado.   

5.  A veces llegaban cartas

Durante su vida como escritor, periodista y político, Pedro Sonderéguer tuvo la oportunidad de conocer numerosas personalidades colombianas y del mundo. No era para menos. Además de sus numerosas obras, con altos índices de ventas en muchos países, trabajaba en La Nación, uno de los diarios más influyentes y leídos de América Latina. A eso se sumaba su participación en la política colombiana, en donde había ocupado altas dignidades públicas.

Una de las personalidades con las cuales Sonderéguer tuvo gran cercanía personal fue con Alberto Lleras Camargo, quien no sólo fue un gran periodistas, sino que además ocupó en dos ocasiones la presidencia de Colombia. Una, a mediados de los cuarenta cuando –en calidad de designado- reemplazó a Alfonso López Pumarejo, quien renunció a la presidencia de Colombia. Y otra, en 1958, cuando fue elegido como el primer presidente del Frente Nacional.

Lleras Camargo viajaba con cierta frecuencia a Buenos Aires[1] y allí visitó en varias ocasiones a Sonderéguer. Precisamente, en junio de 1927, el futuro presidente le envió al escritor, desde Córdoba (Argentina) una extensa misiva de seis páginas, escrita con una caligrafía preciosista y con un lenguaje informal, pero cuidadoso. En esa carta, Lleras Camargo manifiesta su desolación y aburrimiento en Concordia, a la que él llama tierra del tedio. “Aún no he muerto y estoy aquí todavía aunque parezca una paradoja.  Todos los días, el primer mes, un nuevo plan; después, el Nirvana. Ahora algo más que el Nirvana. El acabamiento definitivo. Salvo una carta quincenal (…) no hago nada”, se queja Lleras. Igualmente, se excusa ante el escritor por no haberle escrito antes, sin embargo se justifica: “Yo sé que usted ha de apreciar que las cartas se escriben con un objeto determinado, y para decirle a usted que en Concordia no pasaba nada, cosa que usted supone, no era capaz de salir de mi aislamiento”.

Lleras, reconocido lector, le manifiesta a Sonderéguer que había leído su obra Lo que las mujeres no saben y le promete que algún día hablarán acerca de ella. Eso sí, le anticipa que “Ese libro, que por su filosofía originalísima y su emoción, dividida en tres dramas, me ha gustado más que otros suyos (Esta es casi una frase de nueva sensibilidad)”. Uno de esos dramas, según Lleras, “es una anticipación más humana del tema Todo un hombre, (…) el último éxito teatral, según leo, de B. Aires”

Así mismo, Lleras se queja de la falta de oportunidades en Argentina y de las pocas posibilidades de los extranjeros en cualquier país de América, “Hay un apotegma, invertido del Jesuscristiano, que se cumple en América. Nadie es profeta fuera de su tierra. Usted negará. Pero no me negará usted que la labor suya para tener en Argentina su posición y su nombre, en Colombia, concentradas esas mismas energías lo habría llevado a usted a lo que hubiera querido y le hubiera dado lo que no le daría jamás la vergonzante posición en la cual somos colegas: dinero”.  Enseguida, manifiesta su vergüenza “de haber pisado casas donde haya linotipos” y el poco valor que se le daba a su condición de  “periodista colombiano”.  Reconoce que no puede aportar más talento y audacia a sus esfuerzos y que por ese camino no llegará a Jorge Mitre (propietario de La Nación), a quien denomina como un “diocesillo menor que rige los destinos de toda la inteligencia del Sur”. 

Acto seguido, Lleras relaciona una serie de ideas: de su fracaso en Buenos Aires y su deseo de no regresar más esa ciudad; de la hospitalidad que los diarios argentinos le negaron “a mis mal hilvanadas ideas”;  del retorno de Sanín Cano a Bogotá y del fracaso de éste en la política (“Ud. Y yo lo preveíamos. Lo sabíamos”, le recuerda Lleras a Sonderéguer sobre la falta de vocación política de Sanín Cano). Del mismo modo, Lleras habla de su retorno a Colombia para vincularse al diario de su hermano Felipe que, según le afirmaron en un cable, se encontraba en buen pie. Finalmente, Lleras le sugiere a Sonderéguer que no le responda pues “Ud. no tiene tiempo de contestarme”. Eso sí, le pide al escritor que confirme con un amigo la recepción de la carta ya que así   “esta botella de náufrago tendrá la compensación de no ignorar yo que fue leída”.  Pero, de soslayo se retracta: “Unas líneas suyas me vendrían bien. Aquí estoy como una bola hueca, dando vueltas. En cuanto me toquen por cualquier lado, disparo”.  Y una despedida afectiva del futuro presidente.

La admiración hacia el trabajo de Sonderéguer, sin embargo, superaba las relaciones partidistas. De allí que un ex presidente conservador, Carlos E. Restrepo, no tuvo ningún recato en alabar la obra del escritor villanuevero.  Restrepo, quien también se destacó como un buen escritor, le escribió a Sonderéguer una carta fechada el 22 de febrero de 1928, y publicada en La Nación el domingo 10 de junio. En la carta, Restrepo le manifiesta “El regocijo artístico, de estudio y de meditación” que le produjo la lectura de Quibdó, una de las novelas de Sonderéguer. El ex presidente se explaya en elogios hacia la obra y su autor. Destaca la verosimilitud de la narración y de la construcción de los personajes, los cuales, según él, sólo se comparan con los personajes diseñados por las pinceladas del pintor español Bartolomé Esteban Murillo y por los brochazos artísticos de Goya. Restrepo destaca, además, que en la obra es notoria la presencia de los rasgos que caracterizaban a su autor: su pensamiento filosófico, su reconocido patriotismo, su profunda imaginación y el conocimiento de la historia y la geografía colombianas. Finalmente, Restrepo erige a Sonderéguer como el gran embajador intelectual de Colombia en Argentina y se despide con la admiración y el respeto que le merecía el escritor.

6.    La muerte de Pedro Sonderéguer

El día miércoles 7 de octubre de 1964, el vespertino La Razón, de Buenos Aires,  informó en un recuadro, como noticia de última hora, la muerte del escritor colombiano Pedro Sonderéguer. La noticia, sin embargo, sólo vino a tener resonancia  internacional cuando los más importantes diarios de Latinoamérica la desplegaron en grandes titulares. El primero de ellos, obviamente, fue el diario La Nación, en el cual Sonderéguer trabajó desde su llegada a Argentina hasta su jubilación, en 1954. Allí, en la famosa publicación de la familia Mitre, Sonderéguer estuvo por cerca de cincuenta años; seis años antes, el 25 de abril de 1948, el diario argentino le había celebrado las Bodas de Oro como periodista de esa casa, es decir, la primera columna de Sonderéguer en La Nación se publicó el 25 de abril de 1908.

La Nación lamenta la muerte del escritor colombiano, al tiempo que alaba sus virtudes literarias, filosóficas, periodísticas y humanas. Igual ocurre con otros diarios argentinos, como El Mundo y La Prensa, que ese día, 8 de octubre de 1964, muestran su consternación por el deceso de Sonderéguer.

En Colombia, la noticia también produce mucha tristeza, aunque la registraron de manera tardía. Las primeras páginas que notificaron del hecho fueron las del diario cartagenero El Universal. En el Editorial del 10 de octubre, el editorialista, además de informar de la muerte, se explaya en merecidos elogios acerca de las virtudes que caracterizaron a Sonderéguer.

El diario capitalino El Tiempo, registró la noticia de manera más tardía, pues los lectores sólo se informaron de la muerte de Sonderéguer veinte días más tarde, el 28 de octubre de 1964.  Igual sucedió con el Aliado del Pueblo, un periódico de Cartagena y Montería, el cual hizo eco de la noticia el 30 de octubre. 

Desde que se jubiló, Sonderéguer llevó una discreta vida personal, al lado de sus primeros hijos y de sus nietos. Había abandonado ya sus sueños de vivir y morir en Francia, en particular en Boulogne-sur-Mer.  Pues al morir, sus restos fueron depositados en la bóveda de una familia amiga, en el cementerio de La Recoleta de Buenos Aires.  De allí fueron exhumados y cremados el 4 de mayo de 1981.

Al momento de su muerte, Sonderéguer estaba a veinte días de cumplir 80 años. Y el desafuero con que se vivió en los primeros años de los sesenta, hizo que su nombre pasara por alto entre las nuevas generaciones de la marihuana y el amor libre.

El mejor testimonio de la discreción con que Sonderéguer llevaba su vida lo dio el periódico argentino El Territorio. El día martes 13 de octubre, seis días después de su muerte, en sus páginas apareció la información sobre el suceso: “Falleció el escritor colombiano Pedro Sonderéguer, que consagró toda su vida a la literatura”. Y, enseguida, un comentario: “lo que asombra, no es saber que Sonderéguer ha muerto, es informarse que todavía vivía”.   

7.    Buscando las raíces: el regreso del apellido Sonderéguer

No hay evidencias de que Pedro Sonderéguer haya regresado a Colombia después de 1934.  Existe, eso sí, un arsenal de cartas que  él y sus hijos le enviaban a Cayetana Villanueva, su madre, que aún residía en su pueblo natal. Así mismo, fueron numerosas las cartas que le envió a su primo Próspero Villanueva. 

Sin embargo, la lejanía del escritor no rompió las relaciones entre sus descendientes y su tierra. Incluso, entre 1954 y 1957 Conrado Pedro Sonderéguer Vidal, hijo mayor del escritor y el único varón que éste tuvo con su primera esposa, se radicó en Cartagena con sus tres hijos: Pedro Conrado, Julio, y María del Socorro Sonderéguer Calveyra, quien tenía pocos meses de nacida cuando su padre se radicó en Colombia, pues había nacido el 2 de junio de 1953.

Conrado Pedro, quien fue un destacado arquitecto y urbanista, sentía un afecto especial por Colombia y no perdió la primera oportunidad que tuvo para venirse a Colombia y quedarse durante tres años. Sus hijos no sólo heredaron sus amores por la tierra de origen, sino también por la profesión. Los tres estudiaron arquitectura y urbanismo. Los varones, Pedro Conrado y Julio, se graduaron como tales y hoy, además de ejercer con éxito su profesión, se desempeñan como docentes universitarios.  María, por su parte, no terminó esta profesión sino que, siguiendo el ejemplo del abuelo, se inclinó por las humanidades: estudió Licenciatura en Letras y se especializó en Literatura Argentina.  Luego hizo un posgrado en la Universidad de la Sorbona de París y se especializó en Estudios Sociales Latinoamericanos con orientación en Lingüística y Literatura,  en París entre 1987 y 1990.

María tiene un espíritu peregrino como el de su abuelo. Y precisamente, haciendo gala de ello, estuvo en Cartagena a comienzos del año 2004.  Desde uno de los hoteles de la ciudad, en donde se alojó con su esposo, el abogado Jorge Peluffo, me contactó y concertamos una cita. Al día siguiente, estábamos hablando sobre lo que más nos apasiona: la vida y obra de su abuelo.  También hablamos, obviamente, acerca de ella.

 

Con su esposo Jorge, María ha compartido muchas cosas, entre ellas su aprecio por las letras, Y aunque no tienen hijos en común, Jorge aportó uno de su primer matrimonio. Hoy, el muchacho tiene 19 años y estudia derecho en Argentina. 

María, como su abuelo, también escribe. Ha trabajado, también en proyectos editoriales. Su tesis o proyecto de doctorado está en relación con la revista cultural argentina Crisis, que se publicó entre 1973 y 1976 y fue muy representativa del clima cultural de los años setenta en la Buenos Aires, Argentina. María también publicó textos sobre escritores populares como “Fray Mocho” o José S. Álvarez, un escritor de 1900 en Argentina y fue director de “Caras y caretas” el primer magazine argentino.

De otro lado, ella tiene una línea de trabajo, ajena a la literatura, pero que, igualmente, defiende con fervor: los Derechos Humanos. En esto acompaña al premio Nobel de Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel. Es decir, María, además de ser profesora titular de literatura, es profesora adjunta de Pérez Esquivel en de la Universidad de Buenos Aires, en donde enseña Derechos Humanos.

María, debería firmar todos sus textos como María Sonderegger, un apellido de origen suizo – alemán, el cual trajo su bisabuelo, Conrado, y con el que su abuelo Pedro firmó su primer libro, Cóndor. Pero fue precisamente su propio abuelo quien decidió españolizar la grafía: suprimió una g, agregó una u y colocó la tilde a la e de la penúltima sílaba. Así, con esta nueva grafía el escritor firmó su segundo libro. Este cambio se originó en las posiciones ideológicas y filosóficas del abuelo, quien fue un caracterizado americanista.  María, claro, comparte el gesto fundacional del abuelo y firma con orgullo como Sonderéguer.

Y es que, en realidad ella no puede sustraerse de la enorme influencia de un hombre como su abuelo.  Los primeros once años de su existencia los pasó a su lado, y él los ponía a escribir.  María tiene un recuerdo especial: el abuelo rodeado de la parentela de las nuevas generaciones; entonces, al azar, elegían una palabra del diccionario y todos debían escribir una poesía con la palabra elegida. Ese ejercicio marcó el rumbo literario de muchos miembros del clan.

Igualmente, María recuerda a su abuelo en el trance de escribir. Y el término trance está utilizado literalmente, pues en un estado similar era en el que  entraba Sonderéguer cuando escribía. Se recluía en su cuarto - estudio y se concentraba de tal manera que era difícil que algo lo desconcentrara, incluso ni la algarabía de los nietos que entraban en pleno desorden al lugar lograba distraerlo. Así que jamás, el abuelo los regañó por las interrupciones, pues cuando escribía el mundo exterior no existía para él.

Acerca de la producción literaria de Sonderéguer, María señala que él escribió mucha narrativa popular, independiente de su obra filosófica. Y afirma que algunas de sus obras merecieron un reconocimiento especial de la crítica, especialmente, La mujer imposible. Precisamente esta novela es citada por la investigadora norteamericana Kathleen Newman en su tesis doctoral. Esta mención, en opinión de María, es muy interesante porque Newman es una figura femenina que está desafiando en realidad todas las normas, las costumbres de orden moral, que desafía la figura femenina de su tiempo.

Sin embargo, la novela Quibdó fue la que más le gustó por la forma como narra los acontecimientos de aquella ciudad colombiana. También tiene un recuerdo, aunque un poco borroso, de un texto filosófico, Límite y contenido de la metafísica, donde plantea su posición acerca del yo, de un presupuesto, de una perspectiva centrada en el ego, pero perspectiva de construcción voluntaria, como un eje motor para una percepción vitalista de la existencia. En esta obra, su abuelo acuña una palabra específicamente, egofilia, el amor a sí mismo. Pero que era distinto del egoísmo porque era un amor que permitía la construcción egocéntrica, como motor de la vida como impulso vitalista, como el centro de constitución del ser en el mundo del hombre.

Los acercamientos de María Sonderéguer con la literatura colombiana se dan a través del autor más obvio: García Márquez. Pero también ha leído a los nadaístas y al escritor y periodista Daniel Samper Pizano. No obstante, el que más le encanta es el poeta cartagenero Luis Carlos López. Precisamente, los poemas de López formaban parte obligada de la tertulia familiar que se organizaba en la casa.  Conrado Pedro, su padre, recitaba esas poesías con mucha devoción y María recuerda, de ese inmenso arsenal poético, “Tarde de verano”, el cual recita de memoria y con voz nostálgica, incluyendo el epígrafe:  

 

Tarde de verano

                                                             “El rico es un bandido”

San Juan Crisóstomo

 

La sombra, que hace un remanso

Sobre la plaza rural,

Convida para el descanso

Sedante, dominical…

 

Canijo, cuello de ganso,

Cruza leyendo un misal,

Dueño absoluto del manso

Pueblo intonso, pueblo asnal,

 

Ciñendo rica sotana

De paño, le importa un higo

La miseria del redil,

 

Y yo, desde mi ventana,

Limpiando un fusil, me digo:

-¿Qué hago con este fusil?

 

Acerca de la literatura argentina, María piensa que hay muy buena producción en los últimos años. Primero señala a los grande míticos como Borges y Juan José Saer. Ella cree que Borges sigue siendo el escritor faro en la Argentina; se escribe desde Borges y contra Borges, pero no se puede eludir, es el vértice. Así mismo opina que existe una enorme producción literaria de muy buen nivel y autores nuevos, y menciona a narradores como Matilde Sánchez y Juan Forn, y a poetas como Daniel Freindemberg, Delfina Muschietti. 

Ella omite decirlo, pero es consciente de que su abuelo jugó un papel fundamental en el desarrollo de la literatura de su país, no sólo como autor, sino también como crítico y como difusor desde las páginas literarias de La Nación. Igualmente, fueron muchos los lazos afectivos que unieron a Sonderéguer con otros escritores argentinos, especialmente con el gran escritor Leopoldo Lugones, quien, además, era su compañero en La Nación. Igualmente, María recuerda la nostalgia de su abuelo cada vez que hablaba de otros de sus grandes amigos: el poeta Manuel Ugarte. Ella no necesita decirlo. Se intuye toda la admiración que le despierta el recuerdo del escritor villanuevero.

Tampoco lo dice, pero es claro que su retorno tiene algo que ver con el retorno a las raíces. Una forma de reconocer que el apellido Sonderéguer está indisolublemente unido a esta tierra, a Cartagena, a Villanueva. Por eso, al despedirme de ella, sentí en su voz la nostalgia de quien se despide de los suyos.

F.A.L.B.

 

[1] De hecho, la casa de Sonderéguer fue visitada por otras personalidades colombianas, como el caudillo liberal Rafael Uribe Uribe y el escritor Eduardo Caballero Calderón

 

Fidel Alejandro Leottau Beleño, nació en la ciudad de Cartagena de Indias, Colombia, el 10 de agosto de 1994.  A los  tres años sus padres se lo llevaron para Villanueva,  Departamento de Bolívar, la tierra de la familia paterna.

Su infancia y parte de su juventud, transcurrió en su añorado pueblo al lado de sus abuelos Claudio y Arcadia, al punto que es más conocido como villanuevero. Allí inició los estudios hasta culminar la primaria, luego pasó al Colegio de La Esperanza, en Cartagena, de donde egresó como bachiller en 1965. Muchos años después, en 1998 graduó como Profesional en Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena.

Trabajó durante treinta y siete años en la Zona Industrial de Mamonal. Sin embargo, nunca perdió contacto con los libros ni con la consagración a los estudios humanísticos. A comienzo de los noventa, realizó los ciclos de formación humanística en la facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena.

Se ha desempeñado como investigador cultural, en donde ha indagado y publicado acerca de la vida y obra del escritor colombiano (villanuevero como él) Pedro Sonderéguer, quien desempeñó su labor literaria y periodística en Argentina. El Secretario de Educación y Cultura del Departamento de Bolívar, Jabid Benavides Aguas, le concedió en el 2006 una placa por contribuir al rescate de la memoria cultural de la provincia.

Textos suyos han sido publicados en los magacines de los diarios El Universal y El Periódico de Cartagena. Ha participado de igual manera, como ponente en conferencias y encuentros culturales. Su primera obra, Apodología de mi pueblo, en la que exalta la picaresca de sus paisanos para renominar a las personas, se publicó en 1995.

También se ha desempeñado con algún éxito como compositor vallenato. Por ello, una de sus canciones, Mi corralito, fue antalogada en el libro Cancionero, de Carmencita Delgado de Rizo. Así mismo, por esta canción obtuvo una distinción del alcalde de Cartagena, Nicolás Curi Vergara, en 1992.

A finales de 2007 publicó, Villanueva mía, Cartagena de nosotros, una obra que recoge una serie de crónicas y reportajes acerca de los personajes y situaciones que lo han marcado en su deambular en sus dos espacios vitales: Villanueva y Cartagena. Un texto íntimo, construido con una prosa fluida, una alta sensibilidad y buen sentido del humor. Características que, más que al libro, se le pueden atribuir a su autor.

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