Colectividades Argentinas

historia y actualidad

 

Archivo de Septiembre, 2005

El hombre frío

por Horacio Vázquez-Rial

I

A primera vista, cualquiera de los muchos filósofos que frecuentaban el café de la calle Gurruchaga podría haber acertado con su teoría biográfica a propósito de Estelmann: todas parecían probables. Ese rubiecito flaco, que seguramente vivía en el barrio, aunque nadie sabía exactamente dónde, daba para todo: para una madre represiva, posesiva, castradora, que no le permitía tener una novia como todo el mundo, o para un padre violento, de tradición prusiana. Porque lo de la tradición prusiana lo sabían: él mismo le había dicho al negro Tobías que se llamaba Estelmann, había escrito el apellido en un borde del Clarín que había sobre la mesa y había dicho:
–Así, con dos enes al final. Apellido alemán, no judío.
Se ve que no quería confusiones en ese terreno, por eso lo había dejado claro. La ascendencia alemana era lo único que había dejado claro. Sin embargo, a pesar de ser rubio, no tenía pinta de SS, ni de Gestapo; tampoco de Sonnenkind, ni de ningún experimento exitoso de eugenesia.
La teoría de la madre castradora la había soltado Bruno Rotta un día en que Estelman había pasado más de tres horas sentado con los demás en la mesa larga del fondo del local y después se había ido sin abrir la boca más que para decir hola y chau. A Rotta siempre lo pone nervioso la gente que no habla: como es un buen tipo, no quiere pensar que el otro es imbécil, porque eso sería ofensivo para alguien que a lo mejor es muy inteligente, sólo que callado; pero esa precaución lo lleva a la maldad intelectual, ya que no le deja otra salida que intuir que el otro no dice nada porque tiene algo que ocultar.
–¡Debe tener una madre terrible! –dijo, disculpando el silencio de Estelmann.
–Castradora –precisó Glaser, que se psicoanalizaba.
–Y ahora contá que la vieja se lo coge –protestó Ayala, un gordo seboso que tenía menos novias que las que se le imaginaban a Estelmann y que intervenía en las conversaciones desde su mesa, a gritos y sin ser invitado.
–En una de ésas…
La teoría del padre prusiano era del negro Tobías, que había leído todo Roberto Arlt y todo lo que se había escrito sobre Roberto Arlt, y tenía muy presente que el viejo de Arlt había sido terrible con su hijo, al que no le había quedado más remedio que ser escritor a causa de la estremecedora educación recibida.
–Seguro que de pibe, el padre le pegó un montón –anunció una noche, tras otra retirada muda del rubio–. Vos sabés cómo son esas cosas… –lo dijo mirando a Rotta.
–No, no sé –respondió Rotta–. A mí no me pegaron nunca.
Era cierto. Tal vez por eso fuera un buen tipo.
Pero no hacía falta ser bueno para considerar a Estelmann una víctima, y en eso había acuerdo general. Y sobre el carácter y las tendencias y los deseos de las víctimas se especula poco. De haber sido extrovertido y, sobre todo, de haber mostrado dinero, todos se hubieran preguntado a qué debía su éxito ese rubio escuálido, si sería un estafador, si estaría metido en negocios sucios o si la tendría como el antebrazo de un levantador de pesas , y no habrían mencionado nunca a sus padres, de los que tampoco en ese caso hubiesen sabido nada. Estelmann era de un laconismo rayano en la mudez y nunca sacaba más que las monedas justas para pagar su único café, lo que se traducía en la cabeza de los demás en que era pobre y no del todo lúcido: una víctima. Y las dudas y las averiguaciones están reservadas a quienes no lo son, de modo que ignoraban cómo se ganaba la vida aquel parroquiano marginal que se dejaba caer por ahí de vez en cuando y, puesto que no hablaba de mujeres, daban por sentado que había dado por perdida esa batalla y se conformaba con masturbarse o con arreglarse con putas tan baratas como ocasionales. No es que no pensaran nada a propósito de la subsistencia de Estelmann, sino que habían hecho lo que suele hacerse con la víctimas: imaginarle un presente y un pasado. De media docena de frases sueltas, acumuladas a lo largo de meses, Glaser había concluido que alguno de los progenitores del rubio recibía una pensión magra de alguna parte y que con eso se arreglaban porque vivían en un departamento propio, adquirido en tiempos de prosperidad.
Por otra parte, Tobías se lo había encontrado un día en el cementerio de la Chacarita. El negro había ido al entierro de un pariente lejano y se había apartado del cortejo para curiosear el lujo de algunas bóvedas. En uno de los caminos interiores se había tropezado con Estelmann, que empujaba, cubierto de sudor, una carretilla llena de flores, algunas podridas, otras frescas. Debajo de las flores había tierra.
–¿Qué hacés? –preguntó Tobías–. ¿Trabajás acá?
–No –se justificó el rubio–. Estoy ayudando a un amigo.
–¿Enterrador? El amigo, quiero decir.
–No. Florista.
–Ah… reciclado –el negro se jactaba de hablar moderno, y lo cierto es que sólo los adelantados conocían la palabra en aquel tiempo.
–Por ahí… sí, más o menos.
Y eso fue todo.
Tobías había sentido que el interrogatorio era excesivo y, casi disculpándose, se había despedido con un bueno, nos vemos en el café. Cada uno siguió su rumbo, pero el negro desvió sus pasos hacia la salida, lamentando su casual incursión en la intimidad del otro. Cuando contó el encuentro, lo hizo para dejar sentado que el rubio se defendía como podía, que debía de hacerse unos pesos en tareas circunstanciales que excedían sus capacidades físicas.
O sea que Estelmann era un muchacho débil pero esforzado, con unos padres que nadie quisiera para sí, y sin esperanzas sentimentales.
Cualquier cosa, menos un tipo duro.

II

El día en que Glaser arrojó un ejemplar de Crónica sobre la mesa del bar y puso el dedo sobre la fotografía de Estelmann que ilustraba la portada, ni Rotta ni Tobías fueron capaces de decir nada. El negro acercó la silla a la de su amigo para leer la información al mismo tiempo que él.
–¿Ya? –quiso saber Bruno antes de volver la hoja para saber más.
–Ya –confirmó el otro.
En la página interior había una imagen de la mujer. No una de las que suelen conseguir los periodistas de manos de la policía, no una de esas fotos en las que el retratado puede ser cualquiera y hay que leer bien para asegurarse de que no es de un criminal sino de un finado. Nada de eso. Una buena foto, arrancada seguramente de la entrada del cabaret en que trabajaba la dama, donde habría estado puesta como reclamo para clientes potenciales, no pocos de los cuales debían de haber picado: era una señora opulenta, de larga y rizada cabellera negra, largas y rizadas pestañas postizas, labios gordos, hombros redondos y grandes tetas. De cintura para abajo, era imposible opinar, el retrato se terminaba antes.
Su nombre público, artístico o lo que fuera, era Amira. Pero en realidad se había llamado en este valle lágrimas Silvia Poliakov.
Estelmann la había degollado.
Ella lo mantenía. Selena, una de las chicas del Granada, los había visto juntos una noche, en un restaurante. No se había acercado a saludarlos porque Amira le había contado que su hombre era más bien hosco. Pero la cara no se le había olvidado.
En el departamento en el que vivían, que Amira, o Silvia Poliakov, había puesto a nombre de él, tenían varios miles de dólares, la policía no revelaba cuántos.
Estelmann había degollado a Amira, o a Silvia, la había descuartizado y la había acomodado en el congelador. Cada noche llevaba un trozo a la Chacarita y lo enterraba en alguna tumba reciente, en la que el movimiento de tierra no llamara la atención. Iba al cementerio a última hora, esperaba al cierre, hacía su trabajo y, tal vez dormitando en algún rincón discreto, volvía a esperar, esta vez a que abrieran.
–La noche en el cementerio tiene que ser jodida –dijo Bruno Rotta.
–A lo mejor por eso lo hizo en verano –apuntó Glaser.
–Cuando yo me lo encontré en el cementerio también era verano –recordó el negro Tobías antes de pedir una ginebra doble.
–¿Vos crees? –dudó Rotta.
–Yo creo, sí –confirmó el negro.
–Entonces no es la primera vez –dedujo Glaser.
Pidieron copas y se quedaron con la botella de ginebra en la mesa.
–Habría que decírselo a alguien, ¿no? –buen tipo, Rotta.
–¿A quién? –sonrió Glaser–. ¿A la policía?
–Y, sí…
–¿Para qué?
–No, claro, para qué –se arrepintió Rotta, engullendo alcohol–. ¿A vos no te asusta? –la pregunta era para Tobías–. Sos un testigo, ¿no?
–Si me olvido del asunto, no soy nada. Nunca lo vi. Nadie lo vio.
Masticaron la cuestión durante dos copas.
–¿A cuántas… –empezó Rotta.
Se detuvo ante la mano alzada de Glaser.
–Ni se te ocurra hablar de eso –dijo.
–Está bien, no hablo, pero no podés impedirme que lo piense.
–Jodete con tus pensamientos.

III

A Estelmann lo condenaron a quince años. Todo esto sucedió a finales de los sesenta, antes de la dictadura, y antes de que empezara la represión que fue creciendo hasta ser dictadura, aunque ya hubiera desaparecidos, y torturados, y despedazados.
Todavía no había expropiados, y tardó en haberlos. Me refiero a los tipos a los que se hacía desaparecer con toda su familia, con todos sus herederos potenciales, para que alguien pudiera quedarse con su casa, con sus cuadros, con sus libros, con su heladera, con su estufa, con su piano, con su televisor. Las cuentas bancarias también: el prisionero firmaba cheques antes de que lo mataran, y el dinero daba vueltas por unos cuantos bancos, unos cuantos nombres, ciertos o falsos, hasta detenerse donde correspondiera. Las cajas de seguridad eran más fáciles, no había contabilidad, bastaba con hablar con las personas que estuvieran a cargo, explicarles la situación, confiando, por su bien, en que comprendieran. Porque si no comprendían, había que poner a otros en su lugar. El que comprendía, en cambio, hasta tenía premio, se le daban unos pesos y se lo mantenía en reserva por si mañana o pasado daba la casualidad de que justo en ese banco caía otra caja.
En el setenta y tres, cuando todavía no había pasado ni la tercera parte de los quince años de la sentencia, Glaser tuvo una visión. Nocturna.
Caminando por el Bajo, creyó reconocer la figura de Estelmann, con dos enes, alemán, no judío. A lo lejos. Sin rostro, casi de espaldas. Pero Glaser lo había visto muchas veces sentarse en el café, en la mesa del fondo, dando la espalda a los demás para leer el diario sin que nadie lo interrumpiera con un saludo. Hacía una pirueta rara antes de acomodarse, como si una pierna no le obedeciera del todo. Y lo que entrevió, sin poder decir que lo había visto realmente, fue ese movimiento, coronado por una cabeza rubia, entrando en un local mal iluminado, a media cuadra.
No fue a comprobarlo. La imagen le había dado frío. Paró un taxi y volvió al barrio. En el café sólo estaba Bruno Rotta, pegado a un ejemplar del Quijote. Bruno leía el Quijote siempre, y a veces se echaba a reír como un loco por cosas que ya conocía pero reencontraba encantado. Decía que era un libro cómico, pero Glaser había hecho el esfuerzo de leer más de cien páginas y había abandonado porque no le encontraba la gracia. Un día lo vas a descubrir, ruso, le había asegurado Bruno, pero él seguía dudando.
Se sentó delante del amigo y pidió una copa de ginebra.
Rotta cerró el libro y lo miró.
–¿Pasa algo? –quiso saber.
–Tengo frío –dijo Glaser.
–No hace frío, ruso. Y vos nunca pedís ginebra.
–Entonces sí, pasa algo.
–Contame.
–Me parece que lo vi a Estelmann. Por la calle.
–¿Y?
–Que tendría que estar en cana, ¿no?
–Hay mucha gente que tendría que estar en cana y no está. Cuando abrieron la puerta de Devoto salieron los presos políticos, pero también otros que no estaban ahí por política. A los que hay que sumarles los que hicieron cualquier cosa sin que nadie se enterara, y los que estaban esperando afuera a los presos políticos para pegarles cuatro tiros, y…
–Estelmann estaba en Sierra Chica, no en Devoto. Eso dijeron los diarios.
–Se habrá escapado… ¿Estás seguro de que era él?
–No podría jurarlo. Me pareció. Y sentí una cosa rara, ese frío, lo que se siente al ver a un asesino –bebió la ginebra de un trago.
–Eso es una pelotudez, ruso. Si sintieras frío cada vez que ves un asesino, te pasarías la vida temblando.
–Sí, en eso tenés razón.
–¿Dónde lo viste?
–En el Bajo, en 25 de Mayo. Entró en un sitio. Me fui. Me escapé. Me dio miedo. No estoy acostumbrado…
–¿A andar por el Bajo?
–A tener encuentros raros, así…
–Mejor que te vayas acostumbrando, ya sos grande… ¿Sabés? El Granada, el lugar donde laburaba la mina, la degollada, estaba por ahí, en 25 de Mayo.
–Todos esos piringundines están por ahí.
–Sí, es verdad. Casi todos.
Se quedaron callados, observándose, tratando de adivinar cada uno el temor y la curiosidad del otro.
–¿No querés saber más? –arriesgó Bruno.
–¿De qué?
–De lo que viste.
–¿Y cómo?
–Yendo a ver.
–Ahora no, es muy tarde. Mañana.
–Mañana es la mentira piadosa con que se engañan las voluntades moribundas. José Ingenieros –citó Bruno, con una sonrisa–. Más solemne no puedo ser. Ni puedo decir nada más cierto.
–Mañana. Te lo prometo.

IV

Fueron al día siguiente, antes de que cayera la noche, cuando todavía había mucho tráfico en la zona y abundaban los individuos de traje raído que se buscaban la vida en los alrededores de los bancos y las casas de cambio. Poco después, sólo quedarían despistados, malandrines y clientes de putas.
–Acá lo vi –declaró Glaser–. Y el local era aquél –señaló.
Se acercaron. Nadie había encendido aún el letrero luminoso: Granada.
La foto de Selena era la más destacada del escaparate y la única en color: sonrisa gorda, melena platino y enormes tetas maquilladas. La chica parecía simpática. Por si alguien dudaba de su identidad, encima del retrato estaba el nombre, pintado en rojo y rebozado con purpurina.
–Era él –concluyó Bruno.
Glaser se había puesto pálido.
–¿Habrá venido a matarla? –alcanzó a preguntar antes de atragantarse.
–O a cogérsela, andá a saber. La gente es muy rara, a lo mejor a ella la calienta el riesgo.
–Se la cogerá, pero al final la va a matar. Y la va a ir enterrando a cachitos, como hizo con las otras.
–Sólo nos consta una.
–Hubo más, seguro. El negro Tobías lo vio en el cementerio antes de que pasara lo de Amira, ¿no?
–Sí, creo que sí. Lo que no sé es qué hacemos acá parados. ¿Lo esperamos?
–No. Prefiero no verlo.
No vieron a Estelmann. Aquel día, no.

V

La segunda aparición de Estelmann fue después de Ezeiza. Si nos atenemos a los hechos, en Ezeiza mismo, aunque ni Glaser ni Bruno lo vieron en el momento.
La gente, mucha gente, esperaba a Perón. Estaban ahí, cerca del aeropuerto, desde hacía dos días por lo menos. Los primeros. Pero desde hacía por lo menos dos días que no paraban de llegar más, de a docenas, de a cientos, de a miles, a lo mejor pasaban del millón.
Cada uno esperaba a un Perón distinto. El propio, el que había ido creando de acuerdo con su necesidades, con su desconsuelo, con su orfandad. Iba a llegar un Perón que lo único que tenía en mente era regalarle una casa al gordo que tomaba mate a cuatrocientos metros del palco porque más no se había podido acercar: no le importaba, estaba seguro de que Perón lo iba a ver, se iba a acercar a él, le iba a sonreír con sonrisa de Perón, y él le iba a dar las gracias y se iba a ir a casa, seguro de que al volver encontraría una casa. Iba a llegar un Perón con barba y boina, para satisfacción de unos cuantos, e iba a mandar a parar, aunque no hubiera sido el Che, sino el comandante el que había mandado a parar. Iba a llegar el Perón del Gran Permiso. Iba a venir un Perón tonante a vengarse de todos los que lo habían traicionado. Iba a venir un Perón viudo de Evita, sin Isabel, sin nadie, un Perón del Pueblo, purificado por los años de exilio, a hacerlo todo de nuevo.
Pero también iba a llegar el Perón de López Rega. A ése lo estaban esperando los que rodeaban el palco donde el General iba a pronunciar su primer discurso, donde iba a agradecer a los que habían hecho posible su retorno definitivo a la patria. Lo estaban esperando pero sabían que no iba a llegar.
Y también iba a llegar el Perón montonero, el líder de la patria socialista, Perón o muerte, la violencia desde abajo contra la violencia desde arriba, para dar vuelta el mundo y poner arriba lo que estaba abajo y, sobre todo, abajo lo que estaba arriba. A ése lo esperaban más lejos, mirando con malos ojos a los que rodeaban el palco, viéndolos como lo que eran: un muro, un impedimento, una interrupción histórica, un obstáculo entre los brazos del General, abiertos para los suyos, y la gente.
A Ezeiza no llegó ningún Perón. El de carne y hueso aterrizó en otra parte.
Y el grupo del palco, desde debajo del palco, desde detrás del palco, desde delante del palco, tal vez inesperadamente, tal vez cumpliendo un designio que todos conocían y que habían decidido enfrentar o asumir como un martirio, como un precio místico del porvenir, materializó ex nihilo ametralladoras y pistolas y empezó a tirar contra la muchedumbre. Fue un espanto, una masacre. Pero no voy a entrar en detalles que ya fueron contados muchas veces.
El negro Tobías esperaba con su cámara en la zona de los muertos probables, de los que iban a morir ahí por boludos, aunque fueran boludos fotógrafos, como diría después Rotta ante el silencio confesional del negro, porque no había nada más que esperar que eso, porque Perón venía del pasado, y del pasado sólo muerte se puede traer.
Pero no murió. Se había ido alejando, estaba tal vez a quinientos metros de donde se mataba. Alguien, en la estampida, lo derribó. Quedó maltrecho porque le pasaron unos cuantos por encima. Cubrió con su cuerpo la cámara con la que había estado tomando fotos desde el amanecer, que no hacía demasiado bulto: era de marca, fiel y pequeña, y él sentía, entre un pisotón en la cintura y un puntapié en la mejilla, que era su única posesión valiosa en el mundo. Cuando consiguió levantarse, corrió como los demás, hasta más allá del límite que le había impuesto el tabaco, como si no tuviera corazón ni pulmones, hasta que oyó el ruido de un motor a su espalda y se volvió y vio un camión y se colgó de él como pudo y colgado respiró, sujetándose con una mano y metiendo con la otra la cámara en el bolsillo del pantalón, sujetándose con las dos cuando pudo: el camión no iba muy rápido, el que llevaba el volante no quería atropellar a nadie, a ningún compañero, y Tobías se dejó caer antes de que hubiera recorrido un kilómetro, cuando vio que de frente venía la policía, se dejó caer y rodó entre los pies de otros desesperados hasta el borde del camino, hasta la cuneta, que estaba llena de barro pero le pareció el hogar porque ahí estaba lejos de todas partes.
Pasó horas en el barro. Todas las que hicieron falta para que el ruido se apagara. Cuando sintió en la piel que sólo lo rodeaba la soledad, se movió. Muy despacio, para asomarse apenas al camino por el que no pasaba nadie. Andá a saber dónde carajo está Buenos Aires, pensó, antes de decidirse a seguir el rumbo que había tomado hacía mucho, años a lo mejor, el camión del que se había colgado. Tenía un poco de plata en el bolsillo. Estaba mojada pero era plata todavía. Eso sí, no tenía en qué gastarla: no se veían coches. No se veía más que alguna luz a lo lejos. En alguna parte habría un colectivo, pero no podía subirse a un colectivo como estaba, cubierto de barro.
El negro Tobías echó a andar, acosado por los peores pensamientos. A lo mejor, Buenos Aires no está más, se decía, recordando a los tipos que había visto y las películas de gangsters en las que un grupo mafioso ametrallaba un local de otro grupo mafioso, o un bar en el que tomaban café los federales, hasta reducir el sitio a nada: se preguntaba si se podía hacer lo mismo con toda una ciudad, ametrallarla hasta borrarla de la faz de la tierra, dejar sólo un montón de vidrios rotos, ladrillos molidos y sangre.
Ésas eran las cosas que le daban vueltas en la cabeza cuando vio la estación de servicio.
Tampoco ahí había nadie. Pero había un teléfono. Y él, precisamente en el estuche de la cámara, tenía monedas. Empezó a creer en la salvación cuando le pareció que el teléfono funcionaba, pero no se confió hasta que, al otro lado de la línea, oyó la voz de Rotta.
–Bruno –preguntó
–Sí.
–Soy Tobías. Decime, ¿Buenos Aires está ahí?
–A mi alrededor, casi toda. Y vos, ¿estás?
–Sí.
–¿Dónde?
–No sé, pero buscá un coche y vení a buscarme. Es una estación de servicio, cerca de Ezeiza, o en Ezeiza, no puedo decirte más.
–¿No hay ningún cartel?
El negro miró por primera vez el edificio desierto.
–Sí. YPF. Ardizzone, con doble zeta. Debe ser el nombre del dueño.
–¿Nada más?
–Un número de teléfono.
–Decímelo.
Lo dijo.
–Esperame ahí.
No cortaron. Cayó la última moneda y la comunicación se interrumpió.
Rotta llamó a Glaser
–Decime, ruso, ¿vos no tenías una amiga en la telefónica?
–Sí. ¿Necesitás algo?
–Averiguar la dirección de un número.
–¿Quién se perdió?
–El negro Tobías. Averiguá eso y vení con el coche.
Al final lo encontraron.
En el viaje de vuelta, el negro sonreía y miraba la cámara.
–Acá está todo –decía–. Van a ver cuando revele.

VI

Cuando reveló, en su casa, vieron.
Una familia entera, gente del interior, aindiada, tres hijos a la vista. Muy flacos todos, ella con un termo para el mate, él con el mate en la mano, ofreciéndoselo al fotógrafo, los chicos sentados en el suelo.
Los muchachos que estaban debajo del cartel improvisado con media sábana: Perón vuelve. Perón cumple. Y el nombre del sitio desde el que habían viajado, un sitio improbable que le hizo pensar a Rotta que la geografía del peronismo era distinta de la otra, la que estaba en los libros. Aunque quizá no fuera la geografía del peronismo sino la de los pobres, que viven en lugares cuyos nombres no se escriben casi nunca.
Los otros muchachos, con otro cartel. Éste, más trabajado: con los perfiles del Che y de Perón pintados sobre una matriz. La fecha. Si Evita viviera, sería montonera.
Dejaron de leer y empezaron a atender a las caras. A los ojos que se desviaban siempre hacia arriba, esperando del cielo. ¿De dónde, si no? Todas las edades, todas las razas. Rostros deteriorados, algunos por las privaciones, otros por puro afán, un afán que alguno calificaría de revolucionario y que a lo mejor lo era: demasiados años esperando al líder.
Unas veinte fotos así, de todos. Fotos populares, para el álbum político popular.
Y después, las fotos de los tipos de alrededor del palco.
Gabardinas. Trajes. Corbatas oscuras. Zapatos negros. Anteojos oscuros. Walkie- talkies. No todos. Había también personajes con aspecto normal, con ropa como la de todo el mundo, camisas sin corbata, zapatillas, pero el tono lo daban los otros. Las imágenes estaban tomadas desde lejos, no se distinguían las caras, ahora inmóviles.
–Esto es un documento –admiró Glaser.
–Peligroso –señaló Bruno.
–Nadie sabe que lo tengo –se defendió Tobías.
–Pueden enterarse, vos sos un estómago resfriado –acusó Bruno.
–¿No podés ampliarlas? –desvió el ruso–. Me gustaría verles las caras.
–Voy a tardar un rato –advirtió el negro, metiéndose en el cuarto oscuro–. Hagan café, mientras.
Glaser y Bruno siguieron conversando en la cocina.
–¿Te acordás de Blow Up? –preguntó Glaser.
–Claro que me acuerdo. Y del cuento de Cortázar del que salió la idea, Las babas del diablo. Me acuerdo pero no quiero pensar en eso. De las ampliaciones puede salir cualquier cosa.
–En la película, sale la verdad.
–Sí, pero una verdad que nadie se puede creer.
–Es lo que pasa con la verdad, ¿no?
–Sí, casi siempre. Es difícil de creer.
Cuando el negro Tobías entró en la cocina, ya estaban en Fellini, rumbo a Spinoza.
–Nos van a matar a todos –dijo, arrojando sobre la mesa una ampliación en la que los rasgos de Estelmann destacaban en primer plano.
Glaser y Rotta lo miraron. No le habían contado al negro el encuentro del Bajo, ni el descubrimiento del Granada. Se lo dijeron en ese momento.
–Entonces lleva un rato en circulación –se asombró Tobías.
–Sí –confirmó Rotta–. Quién sabe cuánto.
–¿Habrá salido para esto? –se interrogó el negro–. De amateur a profesional.
–Sí, y está justo donde tiene que estar –dijo Glaser–. ¿Tenés una palangana?
–¿Para qué?
–Para quemar todo esto. Empezando por los negativos.
–¿Te parece? –Tobías defendía su obra, pero sin convicción.
–Nos parece –se solidarizó Bruno.
Las cenizas del celuloide y el papel terminaron en el inodoro.
El negro Tobías se duchó y se fue a dormir.
–El día menos pensado, el rubio se presenta en el café como si nada hubiera pasado –advirtió Glaser, ya en la calle–. Hay que prepararse para poner cara de boludo.
–A vos no te hace falta entrenamiento para eso –desafió Bruno.
–Sí, es lo que me dice mi analista.
–Decime, ruso, ya sé que vos le tenés confianza porque a él le tenés que decir que no se te para y esas cosas, pero…
–Ya veo a dónde querés ir a parar…
–¿Esto se lo vas a contar a tu analista?
–Esto me va a obligar a dejar de analizarme.
–Lástima…
–No, la parte más importante ya está hecha, tengo el Edipo superado, mi viejo me hizo el favor de morirse de muerte natural… ¡La puta que lo parió al rubio!
–No protestes tanto, reservate para lo que viene, que va a ser peor. Todos los que tienen la formación del rubio están en libertad y trabajando.
Tenía razón. Era inteligente Rotta.

VII

Perón se murió, o lo murieron, por abandono, por soledad, por cautiverio, cuando dejaron de necesitarlo, cuando dejaron de necesitar justificación porque se habían impuesto y los discursos ya no servían para nada. Poco después, su viuda pasó a retiro y los hombres de uniforme, que ya habían desplazado al terrible y amenazante López Rega, se instalaron en el gobierno formal. Rotta sentenciaría mucho más tarde que, si la guerra es la continuación de la política por otros medios, y la política es la continuación de los negocios por otros medios, basta con abolir la política para hacer evidente la realidad de la guerra como escenario ideal para los negocios, y de los negocios como guerra. Y si no hay un enemigo disponible, se lo inventa. No me refiero, claro, a los grandes negocios, el petróleo, el oro, esas cosas, sino a los cotidianos, pequeños, mezquinos, los negocios de la mayoría, los trapicheos menudos: ésos son los que prosperan en las guerras.
Hacía mucho, años, que iba desapareciendo gente. Si uno se quedaba en el café y tenía la suerte de que nadie lo fuera a buscar, podía comprobarlo con el correr de los días. Había quienes pasaban junto a la ventana todas las tardes. A la misma hora, por cronómetro: en situaciones desesperadas, la rutina salva, la regularidad temporal se convierte en una forma de mimetismo animal, el especimen adquiere el color de la superficie del momento, la textura del minuto, y a veces consigue pasar desapercibido. A veces, no siempre. De modo que si uno se quedaba en el café, junto a la ventana, y miraba con atención, de tanto en tanto advertía la ausencia de uno de los habituales. Apostado en el mismo punto en la jornada siguiente, podía ratificarlo o desmentirlo, asegurarse de que el que había faltado lo había hecho por lo que fuera, por una razón cualquiera, pero volvía a pasar, o constatar que volvía a no pasar, dos, tres, cuatro veces, definitivamente.
Y en ciertos casos, como le sucedió a Rotta para su eterna pena, uno alcanzaba a ver el momento del escamoteo. Junto a la ventana de la casa, ya no la del café, con las luces apagadas y la persiana bajada, atisbando por entre los listones, por ejemplo, como le pasó a él cuando se llevaron a la chica de Paley, la Myriam. Cuando lo contó, años después, recordaba que el viejo Paley se había arrastado detrás de ellos, y dijo Rotta que pedía a gritos que no se la llevaran, hasta que uno le dio con algo al viejo, no sé, un palo o una culata, en la cabeza le dio y lo dejó sangrando tirado en la vereda y cerraron con tres portazos, porque el chofer no se había movido y salieron rajando con la piba a cuestas. Cuando vino el chico, que algún alma buena lo habría llamado, el pibe, Isaac, dijo Rotta, el hermano de la Myriam, que ya estaba casado, se encontró a la madre arrodillada en el suelo, mirando a su marido, que seguía como muerto. Estaba vivo, pero como muerto, él lo había visto.
Iba desapareciendo gente, pero en el momento en que la guerra, aquella mísera guerra, sin un solo resquicio de heroísmo, se juntó con los negocios sin ambages, empezó a desaparecer mucha más.
Y un mediodía, de los pocos mediodías en que iba a comer a su casa, Glaser encontró un montoncito de cartas y hojas de propaganda que el portero había pasado por debajo de la puerta. Facturas y una postal de su sobrina, la hija de su hermana mayor, que vivía en Estados Unidos y se acordaba de que él estaba a punto de cumplir los treinta y cinco, todo bien, como si. La publicidad iría a la basura sin compasión, no pensaba comprar nada, pero no pudo evitar que sus ojos cayeran sobre la de más arriba, un papelito gris, sin gracia, de fotocopiadora y con un sello: Inmobiliaria Estelmann. Así, con dos enes, alemán, no judío.
Llamó por teléfono a Rotta, que estaba en su trabajo, y al negro Tobías, que se acababa de levantar porque la noche anterior había ido a sacar fotos a una boda: nada se había suspendido, los novios se casaban, les tiraban arroz y esas cosas, y querían un recuerdo de eso, no de lo otro, de lo que nadie quería saber que existía. Los citó a los dos en el centro, para ir a cenar a una parrilla. Había plata, era el año setenta y ocho.
Lo anunció después de la primera copa de vino, con el asado sobre la mesa, desde el rincón:
–Volvió –dijo–. Esta vez volvió. No es que ande por ahí, sino que se instaló en el barrio.
–Con una inmobiliaria –completó Rotta.
–¿Cómo lo sabías?
–Me llegó una propaganda hace unos días y fui a ver.
–¿Y?
–Miré la vidriera, tienen papelitos colgados con los datos de las casas que venden. Él no estaba. Había una mina. Linda mina. Hubiera jurado que era la de la foto de aquel boliche…
–Selena –propuso Glaser.
–Ésa.
El negro Tobías no había abierto la boca.
–No quiero ni pensar en lo que estoy oyendo. ¿Volvió el que a mí me parece?
–Sí. Y en cualquier momento se presenta en el café, o en la casa de cualquiera de nosotros –advirtió Glaser.
–¿Y entonces qué hacemos? –era retórica la pregunta del negro, pero Rotta la contestó:
–Nada. Lo saludamos. Qué tal, cómo estás, tanto tiempo, qué es de tu vida, en el barrio qué bien, yo lo de siempre…
–¿Tan fácil te parece? –dudó Tobías.
–Miren –inició Bruno, en un susurro–. Hasta ahora no nos pasó nada. Estamos comiendo, estamos vivos, pero esto se puede acabar. Para que no nos pase nada en el futuro, tenemos que estar dispuestos a humillarnos, a mentir, a tratar como un amigo al peor enemigo, a sobornar, a abrazar con una sonrisa a todos los Estelmann que se nos pongan en el camino, para que ellos también sonrían y nos abracen y no tengan malos pensamientos para nosotros. Si queremos conservar entero el cuerpo, habrá que dejar de lado una parte del alma. No queda otra. Un día se acabará todo esto. O no. O nos moriremos sin saberlo, pero de muerte natural.
–También podemos irnos –sugirió Tobías–. Un viaje a Europa, con pasaje de ida y vuelta, pero para no volver. ¿Se acuerdan de Jaime? Se fue hace mucho, así, como de vacaciones, y ahora vive en Suecia…
–Demasiado para mí –renunció Glaser.
Bruno no dijo nada.

VIII

Pasó una semana sin novedades. Y de pronto, Rotta y Glaser tuvieron noticias de Tobías por canales distintos.
A Glaser le llegaron por teléfono, a primera hora de la mañana.
–Ruso –dijo el negro.
–¡Negrito! –se alegró Glaser.
–¿Me oís bien?
–Claro. Decime qué puedo hacer por vos…
–Convencerte, nada más.
–¿De qué?
–De que estoy en Madrid, boludo. Es una ciudad increíble, llena de minas y de monumentos.
A Glaser se le cerró el estómago.
–¡Qué lindo! –se obligó a decir–. ¿Y hasta cuándo vas a estar allá?
–Hasta que se acabe, ruso, ya sabés. Ahora estoy en una ciudad sin miedo, y no pienso moverme…
–Tenés suerte, negrito, me alegro…
Después de colgar, miró el teléfono como si estuviera mirando la Puerta de Alcalá y se echó a llorar.
Llamó a Bruno varias veces a lo largo del día. No había ido a trabajar y no estaba en casa. Lo encontró a la noche. Bruno le pidió que fuera a verlo a su casa.
Su amigo Campbell, el médico, había reparado todo lo reparable, pero tardaría en recuperarse completamente. Tenía el brazo izquierdo enyesado, con dos fracturas, y los párpados negros y redondos como ciruelas. Además de lo que no se veía.
–Parecés un chino –dijo Glaser, señalándole los ojos–. ¿Te agarró un camión?
–Algo así, aunque los camiones no dan descargas eléctricas.
–¿Te…?
–Si, pero que no te dé pena. Está todo bien, sobreviví. Tuve la suerte de que me torturara un amigo, y no un verdugo cualquiera, que me hubiera tratado sin piedad.
–¡Mamma mía! ¿Estelmann? ¿Te dijo eso?
–Exactamente eso. Cuando terminó, me dio la mano, la derecha, claro, y me felicitó. Le pregunté por qué me felicitaba y me dijo que por no saber nada y por no haber mentido. Así podíamos seguir siendo amigos, me dijo. ¿Y si te hubiera mentido? Ya no seríamos amigos. Gracias, me alegro de que sigamos siéndolo, le dije. Yo estaba tirado en el suelo. Les dijo a los ayudantes que me metieran en el coche, el mismo en el que me habían llevado, y me trajeran a casa.
–¿De dónde te llevaron?
–Del café. El señor Estelmann quiere verlo, me dijeron. Y no les iba a decir que no, fui con ellos.
–¿Adónde?
–A la inmobiliaria. Bueno, al garaje que está pegado, es de la misma casa… Lo tienen bien preparado. Caben el coche y la mesa. Grande, como de cirugía.
–¿Te ataron?
–Sí. Vení, vamos a la cocina. ¿No querés un vaso de vino?
–¿No tenés algo más fuerte?
–Whisky, del barato.
–Lo prefiero, sí.
Bruno Rotta se entretuvo en hacerlo todo con una sola mano. No se dejó ayudar con los vasos ni con el hielo.
–¿Sabés? –confió–. Lo de la picana es jodido de verdad.
Glaser esperó en silencio.
–Pensé que no iba a salir vivo, y que si salía no iba a poder coger más, pero parece que no es así. Lo primero que hice cuando vino Campbell y me remendó fue mirarme la pija. Le pregunté qué me iba a pasar y me dijo que nada, que se me iban a curar las escoriaciones, ésa fue la palabra que usó, y la iba a poder usar como siempre. Poco, habrá querido decir… ¿Ves? –completó, sonriendo a la sonrisa de Glaser–. No perdí el humor y hasta recobré un amigo de otros tiempos.
–¿Cómo te hicieron lo del brazo?
–No me hicieron, me hizo. Él. Lo hace todo él, los otros te atan y se quedan mirando. El rubio es un vocacional. Ya había acabado con la picana, pero quería asegurarse. Me habían atado fuerte los brazos, con las palmas de las manos hacia arriba –acompañó las palabras con una exhibición del antebrazo derecho, la cara interna hacia adelante–, completamente expuesto…
–¿Y?
–Me dio dos martillazos. No seguidos, no. Esperó a que la adrenalina bajara, a que me doliera de verdad el primero, y entonces me dio el segundo. Estoy convencido de que me lo hizo en el izquierdo para poder despedirse dándome la mano. Es un auténtico caballero.
–Eso parece –confirmó Glaser–. ¿Y qué quería saber?
–Dónde está el negro Tobías… No, te estoy mintiendo. Lo que quería saber era si yo sabía dónde estaba el negro.
–En Madrid.
–Sí, al final me lo dijo él. Pero no le creí. ¿Es verdad?
–Mirá, yo ya no sé lo que es verdad ni lo que es mentira, pero esta mañana me llamó el negro y me dijo que estaba en Madrid. La voz era la de él, de eso sí que estoy seguro, y sonaba bien, tanto que me parece que podemos descartar que lo tengan en alguna parte y le hagan decir cualquier cosa.
–Y no hay manera de confirmarlo, ¿no?
–No me dio ningún número, si es eso lo que preguntás.
–Sí, eso.
–¿Y por qué le interesaba tanto el negro? ¿Vos lo sabés? Porque parece que el que confesó con la tortura fue Estelmann…
–No hagas bromas. Hoy no, por favor. Y sí, sé por qué le interesaba. El negro rajó a tiempo. Con el negativo de aquella foto.
–¡Hijo de puta, negro de mierda! ¡Se lo guardó! ¡Nos engrupió! ¡Nos tomó por boludos!
–No, no nos tomó por boludos, demostró que lo éramos, no te equivoques. Ni vos ni yo controlamos nada, creímos que en la palangana estaba todo. ¿Y sabés qué? Me parece que yo hubiera hecho lo mismo. Se había jugado por esas fotos. La única razón que tenía para quemarlas era nuestro miedo. Razonable, si se mira lo que acaba de pasar, pero injusto para él.
–¿Y cómo se enteró el rubio de que esa foto existía?
–El negro se lo dijo a alguien, a lo mejor quiso venderla, qué se yo… La cosa es que lo supo, y vino a preguntar.
–¿Y por qué a vos y no a mí?
–Podías haber sido vos. Pero me tocó a mí. Y ahora el negro te llamó, te dijo que estaba en Madrid, te sorprendió con la noticia, todo eso debe de estar grabado en alguna parte, seguro que ya lo escucharon.
–¿Y ahora? ¿Qué hacemos?
–Nada. Seguir viviendo. Saludar al señor Estelmann cuando vaya al café.
–¿Nada más?
–¿Te parece poco?
Era mucho, pero fue lo que se hizo.

IX

Estelmann rara vez se sentaba con nadie en el café, sólo saludaba y se tomaba su copa en la barra, como había hecho siempre, aunque ahora nadie pensara en su madre castradora ni en su padre prusiano, ni en ningún otro aspecto de su historia clínica. Pero un día, en plena guerra de las Malvinas, cuando faltaba poco para que aquello acabara, al menos en términos de gobierno, se sentó con Bruno Rotta y le explicó por qué había puesto una inmobiliaria.
–Para vender casas de nadie –le dijo.
–¿Cómo de nadie?
–Sí, casas que fueron de gente que ya no va a volver.
–Ausentes para siempre –abundó Bruno, evocando la expresión del general Videla.
–Justo. Veo que entendés.
–¿Y cómo sabés vos que es para siempre?
–Porque me lo dicen los que lo saben, que son los que ponen las casas en venta.
–Militares.
–No todos, Bruno. En el fondo, sos un ingenuo. En el negocio, no todos son militares. Yo no lo soy, por ejemplo. Y hay otros más arriba, mucho más arriba, yo no les llego ni a la suela de los zapatos, que tampoco son militares. Son gente normal, como vos y como yo, pero con más talento o más voluntad, que han hecho carrera.
–A vos no te faltan ni voluntad ni talento para lo tuyo –dijo Bruno. Lo lamentó en el mismo momento, pero el rubio no pareció percibir la ironía.
–No me elogies, yo conozco mis limitaciones.
Bruno se bebió el cortado que había pedido.
–¿Seguís con esa chica? –preguntó, asumiendo de pronto un derecho a la intimidad que Estelmann no le había dado. Un par de años después, recordando aquella conversación, Bruno llegó a la conclusión de que había sido así porque la dictadura se estaba derrumbando y ellos veían las grietas mientras hablaban, aunque no supieran que eran grietas.
–¿Con Selena? Claro. La heredé.
–¿De quién?
–De mi otra mujer. Eran muy amigas.
Rotta lo miró a los ojos.
–¿Qué otra mujer? –dijo–. Yo no te conocí otra.
–Ah, que vos no la hayas conocido no quiere decir que no haya existido. Se llamaba Amira. Trabajaba en un cabaret, como Selena. En el mismo, las conocí juntas. ¿Sabés? A mí me gustan putas, qué voy a hacer, seguro que es por algún trauma de infancia, que le dicen. Linda mujer, Amira. Muy ambiciosa.
–¿Y por qué la dejaste? Linda y ambiciosa, suena a mujer ideal.
–No la dejé, Bruno. La maté. Me extraña que no lo sepas, vos, que lees tanto. Salió en todos los diarios. ¿No se comentó en el barrio?
–No. Yo, al menos, no me enteré.
–Si querés que te diga la verdad, me desilusiona. La maté, la corté a cachitos y la fui enterrando a plazos. Tuve muchas razones para hacerlo, la mina me dio pie. Pero después, cuando me descubrieron y me vi en los diarios, me di cuenta de que en el fondo lo había hecho para eso, para que se supiera, para dar miedo. Para que vos, y Glaser, y ese negro de mierda que se me escapó, se cagaran de miedo al pensar en mí. Para que dijeran te acordás del rubiecito que no mataba una mosca, mirá lo que hizo, suerte que no eligió a mi hermana ni a mi novia…
–Mirá, Estelmann, yo no me enteré de todo eso. Pero si me hubiera enterado, no me hubiera dado miedo, sino respeto –mintió Bruno–. Un hombre que es capaz de hacer algo que los demás desean pero no se atreven a hacer.
–¿Te acordás de lo que te hice a vos?
–A veces.
–Me perdonaste, ¿no? Comprendiste que tenía que hacerlo para averiguar la verdad, que si no la averiguaba no iba a poder dormir tranquilo…
–Claro, estaba seguro de que después de hacerlo ibas a dormir mucho más tranquilo.
–¿Y no te asustaste?
–No.
Y no mentía al decir que no se había asustado, no había sentido miedo. En aquel momento no lo había sentido. Después sí, constantemente, la idea de que aquello pudiera repetirse lo asaltaba a menudo, y unas veces temblaba sin poder controlarse y otras se echaba a llorar sin fin. Pero no lo dijo, porque si lo decía iba a tener que decir también que estaba convencido de que esa pesadilla terminaría el día en que acabara con Estelmann, el día en que lo viera muerto, en que se convenciera de que nunca más iba a formar parte de su vida.
–Sos un tipo raro, Rotta –resumió el rubio, dándole una palmada en la espalda.
Para que le fuera concedida la paz, Bruno tuvo que esperar la llegada del futuro, que pasó fugazmente por Buenos Aires en algún momento que se podría proponer entre 1983 y 1986. Contra lo que se suele creer, el futuro no es una dimensión situada invariablemente delante, sino una dimensión móvil que en ocasiones aparece a nuestras espaldas, como las oportunidades perdidas y los enemigos sigilosos. Y en ocasiones aparece ante nosotros durante apenas unos instantes, sólo para alejarse hasta perderse de vista. En Buenos Aires, las dos cosas son frecuentes. La historia de la ciudad revela a quien tenga ojos para ver y oídos para oír que el pasado y el futuro se suceden en desorden, que sus habitantes descubren con sorpresa que el futuro que se prometían ha pasado, que la vida que faltaba vivir ya fue, y que lo que viene es el tiempo que se pretendía olvidar. Después de la dictadura, ocurrieron cosas deseadas, se realizó un pedazo del futuro en el lugar correspondiente, pero el pasado no tardó en regresar.
El negro Tobías volvió precisamente cuando se vivía en pleno futuro, y con tal intensidad que casi todo el mundo creía estar en el presente, que, como se sabe, es una dimensión temporal que no existe. En el ochenta y cuatro.
Llamó a Bruno Rotta, que no había cambiado de teléfono, y lo citó en La Paz, en Montevideo y Corrientes.
–Me gusta este sitio. Me gusta porque está igual. Hasta los mozos son los mismos, un poco más viejos.
–Sí. Está igual –reconoció Bruno–. Vos no.
–¿No? ¿Me ves muy mayor?
–No. Te veo distinto. Más fuerte. Un poco distante. Como si estuvieras de visita.
–Estoy de visita. Vine por unos días, a hacer unas cosas.
–¿Te puedo ayudar en algo?
–Si querés, sí. O yo a vos, no estoy seguro. ¿Sabés algo de Estelmann?
–Hace un tiempo que desapareció.
–Te torturó –dijo Tobías.
–¿Cómo lo sabés?
–Dediqué los últimos años a saber esas cosas.
–Eso no es una respuesta. Lo que pasó, pasó en privado. No estuve detenido, ni secuestrado, ni se pidió habeas corpus, ni nada de nada. Lo que Estelmann me hizo no consta en ninguna parte, fuera de su memoria y de la mía. Con Glaser sé que no hablaste porque se lo pregunté antes de venir para acá. A Campbell no lo conocés. Me quedan la mujer de Estelmann, que no sé si sabe algo, y los dos tipos que me llevaron, que me cuesta imaginar como amigos tuyos.
–No son mis amigos, pero uno de ellos habló.
–¿Con quién?
–Con alguien, no importa.
–¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?
–Lejos de acá. Hace un par de años. Por que si no hablaba, no tenía impunidad.
–¿Impunidad? ¿Y quién se la podía garantizar? ¿Vos? No me hagas reír, negro. Todos tienen impunidad. Obediencia debida, con eso basta. Del rey abajo, ninguno. Y es lo que van a hacer.
–Me refiero a que no salía vivo de donde estaba.
–¿Y habló? ¿Y lo perdonaste?
–Habló. Pero no fue perdonado. No fue cosa mía. Yo no estaba ahí, decidieron sin mí.
–Me consuela enterarme de que hay vengadores en alguna parte. Lo que es acá, no se asoma ni uno.
–Allá tampoco. Hubiera estado bien. Era un grupo interesante, pero cuando se iniciaron los juicios se disolvió. Pensaron que no había por qué hacer como cosa privada lo que ya iba a hacer el Estado.
–¿Y cómo cayeron sobre ese tipo?
–Por casualidad. Había rajado de su propia gente. Había visto demasiado y no era importante. Ellos mismos borraron a unos cuantos así. Uno de los muchachos lo reconoció en un aeropuerto.
–Lo que me sorprende es que haya aparecido lo mío.
–Nombró a Estelmann, dijo que había trabajado para él. Ese día, cuando lo dijo, yo estaba. No sabía que me había estado buscando a mí.
–O sea que te enteraste personalmente, de primera mano.
–Sí. Los otros no lo hubieran desculado nunca, no conocían la historia.
–¿Y sigue todo entre nosotros? –empezó a comprender Bruno.
–Todo. Y yo no tengo nada que ver, estoy de paso, vine a ver a la familia.
–¿Qué familia?
–Un primo que tengo en Tandil.
–Ah, sí, tu primo.
–¿Podés localizarlo?
–¿A tu primo?
–No, al rubio.
–No sé. A lo mejor.

X

Rotta tenía un amigo que trabajaba en la Biblioteca del Congreso.
–¿Ahí se guardan todos los diarios? –le preguntó.
–Sí.
Le pidió que buscara toda la información policial disponible sobre el asesinato de Amira. Le dio las fechas. El hombre se reunió con él en un café y le entregó una pila de fotocopias. Se tomó un cognac y aceptó encantado la botella que Bruno le había comprado. Dijo dos frases sobre su ex mujer y se retiró con una sonrisa al ver que no suscitaba el menor interés.
En uno de los artículos aparecía “el departamento que compartía con la occisa, en la calle Sarmiento”. Y el número. Justo en la esquina había un bar. Desde la última mesa de la ventana se podía controlar el movimiento del edificio.
En las primeras horas de guardia, Bruno supo dos cosas: que no había portero y que el movimiento era infernal en el horario de comercio pero se extinguía a partir de las ocho. El bar cerraba a las diez, y en la última hora fue el único cliente. A las diez y media se reunió con Tobías.
Cenaron en una parrilla de la calle Corrientes y después fueron a visitar a Estelmann. El negro era hábil con las cerraduras, y la que guardaba aquel edifico era de una endeblez patética. Casi todos los departamentos se empleaban como oficinas y tenían carteles o placas. Subieron por la escalera hasta el piso más alto, el único con una puerta anónima.
Tobías llevaba un arma con silenciador. Si Estelmann estaba en casa, lo mataría antes de que pudiera sorprenderse, cuando pusiera el ojo en la mirilla.
–¿Y si es ella la que pone el ojo? –le había preguntado Rotta.
–Tocamos el timbre, o golpeamos, lo que haya que hacer. Cuando oigamos que alguien se acerca, vos decís bien fuerte su nombre, para que se identifique, para asegurarnos. ¡Estelmann! Soy Bruno. Tu amigo Bruno. Y él algo dirá, ¿no?
–Un sistema un poco primitivo, pero está bien, no se me ocurre nada mejor.
Ahora estaban ahí. Había timbre, y sonaba alto y claro. Bruno lo apretó dos veces. Nadie respondió y no se oyó movimiento alguno dentro del departamento. Llamó otra vez. Nada, una gotera en algún rincón y una bocina lejana.
No hacía falta anunciarse. Tobías abrió sin dificultad. Entraron. Olía a encierro, a colillas fósiles, a ropa sucia, pero no había nada de eso a la vista, ni en el ropero, un armatoste excesivo para ese lugar, ni debajo de la cama pelada, sin sábanas ni colcha, ni en el baño, que no ocultaba ni un mal peine roto. Como si ahí no viviera ni hubiera vivido nadie durante mucho tiempo. Sin embargo, no podía hacer tanto, el sitio estaba deshabitado y vacío, pero no abandonado. No había telarañas, y la capa de polvo sobre los muebles no era más gruesa que la que cubría los de la casa de Bruno. En una esquina del baño, entre el inodoro y la bañera, había un lavarropas de los antiguos, con rodillos para quitar el agua de las prendas. El cable estaba en el suelo, como una víbora cabezona.
Bruno se quedó mirando el enchufe inútil, esperando algo, no sabía qué. En uno de esos silencios urbanos de dos de la mañana que duran segundos, los rumores de la calle remota se suspendieron y la terca gotera se contuvo. Fue entonces cuando lo oyó. Apartó los ojos del cable y los clavó en los de Tobías: él también lo había oído. El motor de la heladera, discreto pero presente.
–La heladera –dio un paso Tobías.
–El freezer. Esperá –Bruno le puso una mano en el hombro.
–¿A qué voy a esperar?
–A lo mejor no es agradable. Si querés, miro yo primero.
–No, miro yo. Vos la conocías a la chica, y eso es peor…
Ninguno de los dos hubiese podido decir quién había abierto la puerta, pero sí que lo que había adentro lo vieron a la vez.
No era lo que habían esperado.
La cabeza congelada de Estelmann los miraba con asombro. Seguramente no entendía por qué esta vez el muerto era él y no cualquier otro, Bruno, por ejemplo, que para eso era un amigo.
–¡Qué lo parió! –fue el comentario del negro.
–La –apuntó Bruno–. ¡Qué la parió!
–Sí, debe ser… ¡Qué la parió! Fuerte la compañera, ¿no?
–¿Compañera?
–Y, sí, con esto se convierte en compañera, es una militante de primera, hizo lo que muchos boludos politizados no se atrevieron a hacer…
–Ella no lo hizo por política.
–La rebelión siempre es política, Rotta.
–Decime, negro, ¿desde cuándo decís esas cosas, vos?
–¿La verdad?
–La verdad.
–Desde que me casé.
–El matrimonio no enseña ese lenguaje. ¿O te casaste con Trotsky?
–Con una troskista.
–Ah, entonces sí. ¿Sos feliz?
–Sí, pero porque me separé. ¿Pensás pasarte toda la noche mirándole la cara a este hijo de puta?
–No, claro –y cerró de un golpe la puerta del aparato.

XI

No había casi nadie en el Granada.
–Hoy no hay show –les avisó el gorila de la entrada.
–Lástima –dijo Bruno.
–¿Y Selena no está? –completó Tobías.
–No, pero hay otras, más jóvenes.
Se les echaron encima. El negro avanzó hacia la barra apartándolas con una sonrisa, como si aquello fuera la bienvenida de una jauría demasiado cariñosa. Una de ellas se quedó atrás, junto a Bruno, esperando una señal, una caricia, una confesión. Y observándolo, intentando leer su deseo.
–Ustedes no vinieron a buscar chicas –sentenció al final.
–Vos tampoco estás buscando hombres.
–Sí, yo sí –protestó ella.
–No. Vos venís acá a buscar guita. Y yo tengo.
–Vos no querés coger.
–No.
–Vos querés saber.
–Justo.
–¿Y tu amigo?
–A lo mejor, él quiere más cosas. O está aprendiendo algo, o enterándose de algo por tus compañeras.
–Vamos a tomar algo.
Lo llevó de la mano a un extremo de la barra, el menos iluminado. Le convenía: la luz podía ponerla en entredicho. Un barman fantasmal les acercó dos copas, a saber de qué.
Bruno puso un billete grande en la mano de la mujer. Ella se lo metió en el escote sin mirarlo.
–¿Qué pasó con Selena? –preguntó Bruno.
–¿Sólo eso querías saber? Se casó y se fue. A veces hay suerte.
–Ella ya había tenido suerte.
–Sí, pero había vuelto.
–¿Lo conociste al anterior?
–No. Pero si me vas a preguntar por el de ahora, poné otro billete.
–Dos –anunció Bruno, y cumplió.
–A éste sí lo conozco. Era cliente.
–¿Tuyo?
–No, del local. Yo hablé con él una noche y nunca más me le acerqué –lo dijo y se persignó.
–¿Qué pasa? ¿Es Drácula el tipo?
–Más o menos. Es enterrador.
–Ah –exhaló Bruno, a falta de un salida mejor–. ¿En Chacarita? –articuló cuando se repuso.
–Sí, ¿cómo sabías?
–Bueno, no hay tantos cementerios en Buenos Aires.
–Podía ser de otra parte. Si querés saber cómo se llama, otro billete –y tendió la mano.
En ese momento se acercó Tobías.
–Vamos –casi ordenó–. Ya pagué todo.
–¿Sabés el nombre del tipo? –le preguntó Bruno.
–Sí.
–En ese caso, piba, no hay billete –comunicó a la dama–. No vamos a pagar dos veces por lo mismo.
Se despidieron sin efusiones. No sabían qué esperar de aquellas señoritas.

XII

–¿Qué hacemos ahora?
–No sé. Nada, me parece.
–Podemos ir a buscarla y proponerla para el comité central del partido, ¿no? –sugirió Bruno–. Tu ex mujer lo aprobaría. La mina es un as de la praxis. Ejecuta sin que le tiemble la mano y, a la vez, hace política de alianzas. Con ella, tenemos asegurada la mitad de la revolución.
–¿Y la otra mitad?
–Las masas, boludo, las masas, ¿no te acordás?
–Creo que no.
–En ese caso, dejémoslo así. ¿Cuándo te vas?
–Dentro de unos días.
–Avisá.
–¿Para qué? No me gustan las despedidas.
El negro paró el primer taxi que vio venir de frente.
–Nos vemos –dijo desde el asiento.
Pero Bruno no volvió a saber de él.
Durante un par de meses, estuvo atento a las páginas de policiales, pero no encontró nada, ningún descuartizado, ningún entierro clandestino. ¡Habría tantos!
Un día, llamó a Glaser, lo invitó a comer a su casa y se lo contó.
–Bendito sea el nombre del Señor –dijo el ruso.
Después llegó el pasado.

Inmigración y Literatura

La Golem

por Horacio Vázquez-Rial

Cuando encontró a Raquel Grein, Severo Arrieta ya era santo, y tenía la cara y el cuerpo cubiertos de cicatrices: había en su pasado más peleas de las que hubiera sido capaz de recordar, en caso de haber querido evocarlas. Pero no quería. Aquellas cosas le habían pasado a otro hombre, que no era el que estaba convencido de ser ahora.
A él, las persecuciones sin término, y los fríos y calores extremos de la llanura, le habían llevado a la mística. Una mística inconsciente, ingenua, sin asombro. Había levitado alguna vez, sin saber que levitaba, en un aire indiferente y sin testigos. La elevación a los cielos del hambre hizo creer a más de uno que su ligereza era la merced de Dios, pero a Arrieta, de puro ignorante, las cosas le parecían al revés y concluyó que la mano de Dios, que le alzaba como un espíritu en mitad del campo infinito, era un derivado del hambre.
También había curado, sin saber que curaba. Había visto enfermos en los pueblos, y les había mirado con piedad. Pero su piedad, hija de un cansancio que ya tenía instalado en los huesos y que ni siquiera noches y días de sueño continuado iban a disipar, era tan grande que, más allá de su propósito, milagreaba sin darse cuenta y, cuando reemprendía su fuga interminable, dejaba atrás devotos que agrandaban su fama de manosanta, aunque fuera involuntario y desconocedor de sus dones.
Al final, tuvo que enterarse por otros de quién era o había llegado a ser. No estaba acostumbrado a los espejos. Ya como proscripto, su nombre se había hecho en bocas ajenas. Él sabía cuánto se habían exagerado sus méritos: hazañas o malandanzas, según quién las contara. Pero era por aquellas desmedidas atribuciones que se le conocía, y en esos actos, heroicos o criminales, aun cuando jamás hubiesen tenido lugar, debía reconocerse. También el nombre nuevo, lavado de excesos de mal pero cargado con excesos de bien, se lo habían hecho los demás.
Supo quién era en un poblado al sur del Río Negro, donde le salió al paso una partida de la ley, pero no para matarle, como antaño hubiese sido de esperar, sino para llevarle con la mayor premura junto al lecho de una mujer al borde de la muerte.
La yacente se espantó ante la fealdad del bandido, pero no podía rechazarle, ni de palabra ni de obra, porque si desperdiciaba su poco aliento, caía hacia el lado oscuro. Entre Arrieta y la muerte, el primero parecía más fácil de llevar.
El hombre, que había sido arrastrado hasta la habitación sin tener claro qué se esperaba de su presencia allí, se quedó parado junto a la enferma, mirándola, oliendo el sudor de la parca, que sólo él veía a su lado. Le dio pena aquella inminencia, tanta que se le cerró la garganta. Los deudos, que venían sintiendo menos que él, recibieron su dolor como un reproche y bajaron unos ojos llenos de culpa.
–Pobrecita –se lamentó Arrieta, acariciando la frente de la mujer, antes de echarse a llorar sin consuelo.
La parca bajó entonces el brazo amenazante y cerró el perverso sobaco. Si se le pedía con tanta entrega que se retirara, ella, que no era mala sino inevitable, se retiraba. Claro que volvería, no podía no volver, pero en otro momento, después, más tarde, mañana, al año siguiente: tiempo tenía. El tiempo se realizaba en ella. El tiempo y ella dependían el uno del otro, cada uno era voluntad del otro.
–Está bien –aceptó y se fue.
La que se había estado yendo, la pobrecita, en cambio, regresó. Arrieta se persignó y todos empezaron a moverse como debían de haberse movido siempre, hasta la llegada de la enfermedad.
Un viejo se acercó al salvador y le puso una mano en el hombro.
–Gracias por llorármela –le dijo.
Arrieta, que desde el instante de su encuentro con la partida se había visto condenado, y que ahora se veía a la vez libre y respetado, dudaba. Si alguien le hubiera contado aquello acerca de un tercero, no lo hubiese creído, de modo que no se creía a sí mismo y hasta se desmentía como testigo.
–¿Qué dice que hice? –preguntó.
–Llorármela –insistió el viejo.
–Ahá…
Aún tenía las mejillas húmedas. Dos mujeres fueron hasta él, pasaron los dedos por lo que quedaba de sus lágrimas, como lo hubieran hecho por el fondo de una pila de agua bendita a punto de secarse, rebañando el plato del Señor, y se santiguaron. Una tercera, muy joven, fue a arrodillarse delante de él. Arrieta se asustó más que en cualquier situación anterior de su vida.
–¡No, m’hija! –protestó, sujetando a la creyente por el brazo para que no llegara al suelo–. ¡No seas bruta! Yo no soy nadie para que hagás eso…
–Perdone, don Arrieta –rogó la muchacha.
–¿Cómo sabés mi nombre? –desconfió él.
–¿Cómo no iba a saberlo? Todo el mundo lo sabe…
–Bueno, pero no hagás más una cosa así. Dios es Dios y los mortales… no somos nada.
Esa frase, la primera con un cierto sentido que se le oía pronunciar tras una curación, fue su sermón inicial. Era una pelotudez, resumiría posteriormente el inglés Grove, que fue quien organizó la historia al contarla: juicio valorativo que no negaba el carácter que, mal que a él le pesara, había adquirido la sentencia en el criterio popular, en el cual suelen confundirse pelotudeces y sermones. Muchas de las cosas que iría diciendo a lo largo de lo que le quedaba de vida, igualmente obvias, igualmente indiscutibles, acabarían por formar un cuerpo de doctrina y ser una herramienta de acuerdo.
Arrieta comprendió en aquella ceremonia que había empezado a ser alguien distinto, pero no hizo más preguntas por miedo a que la tortilla se diera vuelta. Deseaba con toda su alma llevarse aparte a la joven devota y pedirle que le contara su vida: la de él, claro, porque estaba seguro de que su pasado había cambiado y no sabía de qué modo ni en qué dirección, y porque la de ella no debía de tener el menor interés. Pero no se atrevió. ¿Cómo lo iba a hacer? ¿Le iba a decir “vení, contame mi vida sin que nadie se entere”? A saber cómo reaccionaría, si estaba claro que era un loca, capaz de ponerse de rodillas para pedirle quién sabe qué a un gaucho de mierda, sólo por cosas que había oído decir.
Con el tiempo, fue aprendiendo qué se esperaba de él, quién le correspondía ser.
La mayor parte del personaje la incorporó por sus propios medios, adivinándola en ojos y palabras, pero completó y perfeccionó el oficio gracias a Raquel Grein, mucho más tarde y mucho más al sur, en la Patagonia, cerca del mar.
Alrededor de mil novecientos diez, Raquel Grein había puesto ahí su propia casa de putas, junto a un poblado transitoriamente próspero cuyo nombre es preferible olvidar, tan helado como la miserable aldea judía del este de Chequia en la que ella había visto su primera luz, una luz espesa y perturbadora, de lámpara de aceite, que en nada se parecía a la del sol
Raquel, huérfana de madre al nacer, había sido también, poco más tarde, huérfana de un rabino que la había concebido en edad provecta y que la había abandonado a las corrientes del mundo con las escasas fórmulas para la supervivencia que su dañada memoria de místico y cabalista activo retenía con dificultad, y con una herencia escrita que no había deseado dejarle.
Decía él, en sus desvaríos, temibles por ser los de un hombre inteligente, que entre los pocos papeles que le habían acompañado desde Praga hasta aquel moridero rural, había uno en el que constaba la letra de la creación que había permitido a su colega Loew insuflar la vida en una figura de arena. Ya en sus últimas horas, el rabino Grein ordenó a su hija quemar todos sus textos, por no estar seguro de cuál guardaba el terrible secreto.
Raquel, formalmente obediente en su afán de no perturbar al agonizante, llevó los papeles al fondo de la casa, que se abría al campo, encendió un fuego con hojas secas y ramas, e hizo arder en él las páginas de un par de libros desmadejados que nadie echaría de menos. Pero guardó los auténticos bienes de su padre, el legado al cual se sentía con un derecho que nadie parecía dispuesto a reconocerle. Algún día lo descifraría.
Cuando supo o creyó que su último deseo había sido realizado, el rabino entregó su alma.
En los comienzos de su adolescencia, con una carga de leña en la espalda y los pies enterrados en la nieve, Raquel comprendió que cualquier otro lugar en el mundo sería mejor que aquél. Se dejó llevar por el primer tratante de carne humana que pasó por el pueblo y fue embarcada en Marsella, rumbo a Buenos Aires, sin haber visto de Europa más que dos o tres ventanillas con distintos paisajes,. Tampoco vio de los mares más que un ojo de buey. Entre sus pocas ropas, guardaba lo que el rabino había escrito. Y así lo guardaría siempre.
Severo Arrieta la encontró agotada por el esfuerzo de veinte años de servicio a un rufián que le había hecho pagar un precio demasiado alto por su libertad, con una cara y un cuerpo perjudicados por un trabajo casi sobrehumano, pero aún bella para los cánones de aquel helado confín, al que él había llegado únicamente porque no sabía detenerse.
Ella le enseñó a detenerse. A decir verdad, fue la primera mujer a la que él vio en su vida. A todas las anteriores las había sentido pasar, o había pasado por ellas, por encima de ellas, sin fijarse. ¿Para qué mirar o intentar recordar a quien no se va a volver a encontrar jamás? Y ni las desesperadas de los pueblos que le pedían unas lágrimas, ni las pupilas de los burdeles en los que nunca viviría más de una noche o una tarde, iban a regresar a él después de su efímero contacto. Las desesperadas querían su don, no a él. Las otras, el dinero que pudiera darles. Por lo demás, Arrieta era una sombra.
El don le inquietaba. Crecía, se hacía diverso. Con el tiempo, supo que no sólo sus lágrimas hacían retroceder a la muerte, sino que también sus manos llamaban a la vida y limpiaban desgracias del cuerpo y del alma. Y que sus ojos distinguían lo que otros no: el mal aposentado en los sufrientes, el dolor, el amor torcido, los embarazos aún invisibles, la codicia, el odio contenido, los pensamientos generosos y los propósitos criminales. Hacía lo que podía, que no era mucho pero lo parecía, para remediar, borrar, componer. Trataba de reparar o de alentar lo que veía.
Veía. Veía cosas. No veía a la gente, pero veía lo que la gente no veía. Por eso decidió leer. No aprender a leer, algo para lo que se consideraba ya demasiado viejo, sino leer, sin más. Tampoco leer los periódicos que el destino le pusiera por delante, que eso sabía hacerlo mucha gente y estaba visto que no servía de nada, sino leer lo que otros no fueran capaces de leer.
Con ese propósito en su alma de anacoreta montado y lanzado por el camino de la perfección, llegó a la casa de Raquel Grein, donde no pensaba quedarse ni hacer experiencia alguna: el cuerpo le urgía a sobrevolar a una hembra sin rostro y marcharse más ligero para sus empeños espirituales. Pero Raquel, quien, así como Arrieta no veía a las mujeres y por parecidos motivos, no veía a los hombres, le vio a él. Podía haberle preguntado cómo se llamaba, pero no:
–¿Quién sos vos? –fue lo que dijo.
–Severo Arrieta –se identificó él, ahora habituado a la fama entre los pobres, con cierta esperanza de conmoverla.
–No, no me interesa saber tu nombre. Quiero saber quién sos.
–Vas a tener que ir a preguntar por ahí, porque yo, de eso, no estoy seguro…
–¿No sabés?
–Un poco, sí. Pero no todo.
–Contame lo que sepas –pidió y sirvió dos vasos de hospitalaria ginebra.
–Arreglo cosas, dicen. Cosas de la salud, de la pena, del pensamiento. Y veo otras. No las entiendo muy bien, no, las cosas que veo. Por eso, si no hay confianza, no las digo.
–¿Cómo qué son las cosas que ves?
–Como nada, no se parecen a nada, son raras, pasan a oscuras.
–¿A mí me ves algo?
–Sí.
–Decime qué. Hay confianza, ¿no? Si querés, dormimos juntos.
–No, si no es eso…
–¿Y entonces? Me mentís, no ves nada, no me ves.
–Sí que te veo. Y hasta creo que me voy a acordar de vos cuando me vaya.
–Si me ves, decime.
–Bueno, pero si me prometés que no te vas a enojar.
–Yo no me enojo nunca. Si me enojara, habría reventado. ¿No ves que no soy nadie? ¿Que no soy nada? ¿Que nadie me ve? Paso como un fantasma entre fantasmas: me usan de palangana, de escupidera, pero no me ven. Por eso no me enojo.
–Yo te veo. Te veo bien. Te veo demasiado. Sos dos.
Raquel se rió al oír aquello. Se rió mal, por falta de costumbre, y lo que iba a ser una carcajada se quedó en dos o tres graznidos. Pero Arrieta percibió la risa.
–Te lo digo en serio –se quejó.
–¿Y dónde está la otra, que yo no la conozco?
–Ahí mismo, al lado tuyo. Lo que pasa es que está desalmada. Igualita a vos, pero desalmada. Por eso no la ves. Es como si todavía no hubiera nacido.
–Yo también estoy desalmada.
–No. Vos tenés alma. No usás, pero tenés. Ella no.
–¿Y vos sabés dar el alma? –casi se burló Raquel.
–Yo no. No es cosa de saber, es cosa de poder. Yo no puedo, pero vos sí.
–¿Eso también lo ves?
–Sí.
–Estás loco, Severo, o como te llamés. ¿De veras te llamás así?
–Sí.
–Nombre jodido…
–Sí. Pero no estoy loco. Vos podés dar el alma. A la otra vos o a quien quieras… Tu padre también podía, pero se quedó sin hacerlo porque tenía miedo.
–¿Qué sabés vos de mi padre?
–Te mandó a quemar unos papeles y vos no los quemaste…
–Sí, eso es cierto.
–Está en los papeles.
–¿Qué está?
–Tu poder. Ahí dice.
–Si sabés eso, sabés dónde tengo ahora los papeles –desafió ella.
–Acá nomás, en esta mesa, atados a la tabla de abajo –señaló él, como con cansancio.
Y después dijo, mirándola:
–Sacalos.
No estaba habituado a dar órdenes, de modo que la palabra sonó suave, inofensiva.
Raquel le hizo caso. Se agachó con un cuchillo en la mano, cortó el cordel que sujetaba su legado y puso las hojas encima de la mesa.
–No vas a saber leer… –anunció.
–Yo sé –quiso tranquilizarla él.
–¡Qué vas a saber vos leer hebreo! ¿Dónde aprendiste, eh? Decime dónde…
–No aprendí a leer. Ni eso que vos decís ni nada. Pero sé cuando hace falta saber, y ahora hace…
–Probá.
Arrieta puso la mano derecha sobre la escritura del rabino y cerró los ojos.
–Oíme –dijo al rato, sin cambiar de postura.
–Sí, te oigo.
–No, acá, acercate. Tengo que decirte al oído una letra.
–¿Y por qué al oído, si estamos solos? No hay nadie en leguas…
–No importa. Tiene que ser al oído.
Raquel pegó la oreja a los labios del gaucho y escuchó.
–¿Te vas a acordar? –quiso asegurarse él.
–Claro.
–Bueno –abrió los ojos y usó la mano para tomar su ginebra.
–¿Y ahora? –se propuso continuar Raquel.
–Ahora podés hacer lo que quieras. Podés olvidar lo que te dije, obedecer de una vez a tu padre y quemar esto. O podés decirle a la otra lo que yo te dije.
–¿Y si se lo digo, qué pasa?
–Que la vas a ver, que va a ser tuya, que va a tener alma, que te va a servir…
–¿Y? ¿Qué más?
–Que Dios te va a castigar. O no. A lo mejor te premia. Porque lo que vos hagas, si lo hacés, es cosa de él. Él es el que inventa a la gente y le pone un alma. Sólo él.
–Yo hice cosas peores que inventar gente.
–Peores, sí, pero tuyas.
–No importa. Peores.
Lo que Raquel vio entonces fue la posibilidad de un descanso. Con una desmedida ambición y una asombrosa cortedad de miras, decidió emular la obra de su dios, o diosa, y crear una mujer a su imagen y semejanza para que desempeñara en su lugar las más penosas de cuantas tareas le demandaba su oficio. Para que atendiera, pensó la demiurga aficionada, al menos a los clientes más perversos y a los más brutales, condiciones que en no pocos casos coincidían en el mismo varón. Hizo lo que todo el mundo: desear lo inalcanzable en la medida de su ignorancia. El deseo y la necesidad, a veces, son la misma cosa.
–Quiero –anunció Raquel–. Debe de ser mi destino hacerlo, porque si no, vos no estarías acá.
–No –discutió Arrieta–. Vos tenés un solo destino, el mismo que tenemos todos, y no es hacer esto o aquello.
–¿No?
–No. El destino es elegir. Si elegís bien, tenés premio. Si elegís mal, te jodés. Para siempre, para toda la eternidad. Toda.
–Bueno, si elijo hacerlo…
–Te vas a joder –vaticinó el hombre.
–¿Más? No.
–Yo te avisé. Ahora, es cosa tuya.
–¿Qué hay que hacer? ¿Cómo le digo a ella lo que tengo que decirle, si no la veo?
–Abrazala –dijo Arrieta.
–¡Pero si no la veo!
–No importa –se levantó y se acercó a Raquel–. ¿Nunca abrazaste a nadie?
–A medio mundo.
–Bueno, hacé como que abrazás… No, del otro lado.
Él mismo le acomodó los brazos en torno de la invisible, rodeando la cintura con el izquierdo, pasando el derecho por encima del hombro, juntando una cabeza con la otra de modo que la boca de Raquel quedara junto al oído de su doble.
Después se alejó un poco y contempló su arreglo, como un coreógrafo inseguro.
–¿Así? –susurró la mujer, al ver que él aprobaba.
–Sí, está bien. Ahora, decile lo que le tengás que decir, bajito, como yo a vos.
No hubo grandes anuncios, no se ocultó el sol ni se fundió la nieve de las montañas, no tembló la tierra ni un viento inesperado se llevó la casa: simplemente, Raquel se encontró de pronto con otra mujer entre los brazos. Una mujer idéntica a ella, con sus mismas arrugas y sus mismas pérdidas. Con su misma edad, pero no su misma experiencia. Qué raro, pensó Arrieta al verla con alma, es igual de vieja pero es joven. Y sintió que, aunque Raquel no le daba miedo y la recién llegada aún no era nadie, juntas le asustaban hasta ponerle todos los pelos de punta, como a un gato se los pone la cercanía del diablo. Aquello debía de ser el mal verdadero, pensó, porque no lo era la muerte, con la que ya tenía una confianza, ni lo era el dolor, que tenía un límite después del cual advenía la bendición de la inconsciencia. Por primera vez en su ya larga existencia, se dio cuenta de que había cometido un error, conoció la culpa. Porque no estaba a su alcance retroceder en el tiempo, y comprendía que ni con sus lágrimas ni con sus manos iba a poder reparar un nacimiento que estaba contra la ley de Dios.
Ahí, diría Grove al contarlo, Severo Arrieta adquirió la sabiduría. Que es una cosa callada, explicó el inglés. Cuando hablaba, el gaucho decía una pelotudez tras otra, y todo el mundo se acordaba de ellas porque eran obviedades y sinsentidos, solemnidades de ignorante, y la ignorancia no se olvida: hasta cuando se llega a ser sabio, la ignorancia se queda ahí, agazapada, esperando el momento oportuno para echarlo todo a perder. Cuando dejó de hablar, Arrieta adquirió la sabiduría. Conservó su ignorancia, pero se liberó del hábito de pensar en voz alta.
La decisión de matarlas no fue al principio más que un deseo oscuro, un nudo en las tripas en el que fue a juntarse todo su miedo cuando se le retiró de los pelos. Le llevó un tiempo darle forma, convertir el deseo en propósito y discernir un modo de llevarlo a cabo sin que lo madrugaran. Tuvo que ser astuto de un modo nuevo. Hasta entonces, había tenido la astucia del proscripto, útil para despistar, para distraer, para perderse, para irse. Ahora había de desarrollar la astucia del sedentario, útil para quedarse: la astucia de la inacción y el silencio.
Dinero tenía: las alforjas llenas de donativos de curados y creyentes en general, que él no gastaba porque no tenía en qué y no sabía emborracharse. Así que se estableció en el pueblo, en una casilla llena de aires helados que le alquilaron por casi nada. De la comida no tenía que ocuparse, venían a traérsela los desgraciados para que, a cambio, les arreglara la vida. Tipos que hacían viajes increíbles por la Patagonia, con toda su familia a cuestas, porque había corrido la voz de que Arrieta ya no era un santo itinerante, de que se había quedado en un sitio. Tipos que traían niños para que él les quitara la tos y tipos con rebaños que venían a dejar ahí las garrapatas de las ovejas. Paralíticos que tenían tantas ganas de alejarse de Arrieta andando, que lo conseguían. Tuberculosos con tantas ganas de vivir que salían del pueblo asombrosamente mejorados y tardaban días en volver a toser hasta caerse del caballo para siempre.
Mientras Arrieta dejaba crecer su fama sin más esfuerzo que el de llorar un poco de vez en cuando, unas lágrimas que de todos modos hubiera soltado porque sí, por su espantosa soledad, o el de dar unas palmadas en un hombro o en el lomo de un carnero, el negocio de Raquel Grein empezó a prosperar. La otra Raquel era capaz de trabajar más de lo que ella misma había trabajado nunca, porque el alma que le había sido dada procedía de abajo, no de arriba, y gozaba apasionadamente de su miserable papel. La hija del rabino, pues, empezó a tomarse días enteros de libertad, sin recibir a nadie en su cama.
Arrieta sabía diagnosticar las enfermedades venéreas sin necesidad de ensuciarse la vista con el espectáculo. A decir verdad, se lo daban hecho. Él solía atender afuera. La gente llegaba, y él la oía llegar y salía. Tocaba, murmuraba unas palabras, lagrimeaba encima de la persona o el animal enfermos, y los despedía. Algunos, sin decir nada, se acercaban a la olla que había puesto junto a la puerta de la casilla y soltaban en ella unas monedas o unos billetes. Pero, de tanto en tanto, el visitante era un hombre, esperaba a que no hubiera nadie para acercarse y pedía ser recibido en el interior. Sífilis, purgaciones, porquerías. En esos casos, Arrieta miraba al individuo con los ojos más tristes del mundo, le decía que no era necesario, que a él no le hacía falta ver para saber, ni tocar para sanar. Después iba a la olla del dinero, sacaba unos billetes, una suma generosa, y mandaba al paciente al burdel.
–Yo ya hice lo que estaba en mi mano –declaraba–. Ahora, vaya y páselo bien. Esas mujeres son muy lindas –recomendaba.
–¿Voy de su parte? –se atrevía a averiguar alguno.
–Si les dice que va de mi parte, no le van a creer, así que no vale la pena.
–¿Por qué no me van a creer? ¿Usted no va nunca? –insistían los más osados.
–Yo soy un santo, ¿no se acuerda?
Y ahí se acababa la conversación.
De los de podredumbre demasiado evidente, uno que otro era despachado sin servicio. Pero no todos, porque no a todos los miraban como era debido. Raquel, porque nunca había mirado a ningún varón, salvo a Severo Arrieta. Su pupila, porque se sentía eterna. Los demás se iban encantados, cuando los atendía la vocacional, o aliviados, cuando les tocaba la otra.
No es fácil morir de sífilis. Pasan años entre los primeros estallidos del espanto en la piel y el deterioro del cerebro, un deterioro lento, que puede hacer estaciones en la filosofía, la lírica o las matemáticas paradójicas antes de llegar a la locura y al éxtasis de la implosión. Para Arrieta nunca había existido la prisa, pero ahora temía dejar este mundo sin haber alcanzado a corregir su error.
De tanto en tanto, cuando le iban a buscar para un lloro o le traían un desahuciado para que lo lagrimeara en su terreno, Arrieta se encontraba con la parca. Y de tanto en tanto, la veía pasar, ir en busca de alguien que no guardaba relación alguna con él. Entonces se saludaban de lejos, con un sereno, grave movimiento de cabeza, sin decirse nada.
Un día, según expresión de Grove, siempre tan contundente, el curandero llamó a la vieja. Imagino que levantó la mano al verla y ella se detuvo. Quizá los dos se fueran aproximando hasta reunirse, quizás Arrieta, respetuoso, haya ido hasta ella.
–Tengo que hablar con vos –debe de haber dicho el hombre.
–¿Para qué, si yo ya sé? –tendría que haber sido la respuesta.
–¿Sabés lo que hice?
–Joderme, Arrieta, eso es lo que hiciste. Darme más trabajo del que ya tenía y meterme en un problema nuevo.
–¿Qué problema?
–La mujer esa, la segunda, no está entre los nacidos. No está en mi lista.
–Ahá…
–¿Ahá? ¿No se te ocurre nada más?
–Sí, ocurrir se me ocurre, pero me parece que no sirve –angustiado, el gaucho.
–A ver, Arrieta… Y no te me pongás a llorar, que no vale la pena. Hace rato que no me llegás al corazón…
–¿Y entonces por qué me hacés caso?
–Porque me contagiaste la lástima. Los dejo un rato más por ellos, no por vos… pero yo no tengo por qué explicarte esas cosas. Contame lo que tenés pensado.
–Matarla. Sin vos. Vos aparecés después… ¿no te pasó nunca que se te adelantaran?
–No. Siempre estoy cuando alguien mata a alguien. No puedo no estar.
–Sí que podés. Lo que pasa es que no querés. Entretenete un poco, ocupate de algún nacimiento…
–No lo veo, Arrieta –dudó la parca.
–Será eterna, entonces.
–¡No digás boludeces! ¿Cómo va a ser eterna? No es Dios, ¿no?
–No, pero a lo mejor es el enemigo… ¿Y la otra? Estará enferma.
–Claro que está enferma. Si le mandaste toda la mierda que anda suelta por ahí…
–¿No podés cambiarle la cita? ¿Ir a buscarla más temprano? Así, de paso, le ahorrás sufrimientos, pobrecita…
–No empecés con eso de pobrecita. Si me la llevo, me la llevo y se acabó, porque me da la gana. Está bien… digamos que me la llevo. ¿Y después?
–No sé después. ¿La nueva no se enfermó? ¿Tan eterna es?
–Sí que se enfermó, pero no está en la lista. Los tipos que se acostaron con ella, están todos, y todos se van a morir por eso. Pero ella no. Decime una cosa, Arrieta: vos, por casualidad, ¿no te acordarás de esa puta letra?
–¿Qué letra?
–La que estaba escrita en los papeles del viejo, la que servía para enalmar lo desalmado.
–Ah, ésa.. Sí, me acuerdo.
–¿Ves que sos un pelotudo? –esto tal vez no lo haya dicho la parca, pero Grove dijo que lo había dicho y es así como se cuenta–. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
–No me lo preguntaste. ¡Mirá que nos vimos veces! Podías habérmelo preguntado…
–Tenés razón –reconoció ella–. Lo que pasa es que vos no das confianza, sos un tipo muy seco… Y al final te lo pregunté. ¿Qué más da, un poco antes o un poco después?
–Sí, mirado así…
–Lo que importa es que tenemos la solución.
–¿Qué solución? No se va a morir nadie porque yo me acuerde de una letra…
–¡Qué animal que sos, Arrieta! Siempre a caballo, nunca leíste nada.
–No sé leer.
–No sabés, pero bien que lees cuando te sale de las pelotas. Lees lo que te parece. ¿Sabés lo que es un golem?
–¿Un qué?
–¿Ves? Y eso que estaba en esas hojas que leíste. Mirá, no te preocupes, yo te explico: la misma letra que enalma, desalma.
–¿Y?
–Vas y se la decís a ésa al oído.
–¿Al oído? No me va a dejar.
–Si le pagás, sí, te deja todo.
–¿Y si me contagia algo?
–Ése es el precio. Yo me llevo a la otra y vos me sacás a la difícil de adelante.
–Pero me voy a morir si hago eso.
–Te vas a morir igual, Arrieta. Sólo que así te vas a morir en paz, limpito, como si nunca te hubieras mandado la cagada que te mandaste. Si la dejás a esa tipa, cuando la original se muera, no la para nadie.
–Está bien. Total, aparte de pararte a vos cuando venís con apuro, mucho que hacer no tengo. Pero dame unos días para prepararme.
Cuando la parca se hubo marchado, Arrieta sacó cien pesos de la olla y se fue a la casa de Raquel.
Puso el dinero encima de la misma mesa bajo la cual ella había vuelto a esconder los papeles de su padre.
–Quiero pasar acá toda la noche –declaró.
–¿Pero no eras santo, vos?
–A veces no.
–Pasá –le dijo Raquel, señalando su habitación.
–No. Con vos no, a vos ya te conozco. Con la otra.
–¡Raquel! –llamó Raquel–. Ponete contenta, tenés un cliente.
La mujer que él había visto en las sombras estaba más desnuda que cuando había venido al mundo. Arrieta se quitó toda la ropa y la puso sobre una silla, doblada, con el facón encima. Ella lo miraba con admiración, nadie hacía nunca nada parecido en aquel mundo. Cuando terminó con la última prenda, Arrieta estaba temblando. Se acercó a la cama y, antes de tenderse junto a ella, se persignó.
–Que Dios me perdone –dijo.
La mujer le llamó a su lado con los ojos y lo abrazó como si lo quisiera.
–Sos linda –le murmuró al oído antes de pronunciar la letra del rabino.
Cuando ella regresó a la tiniebla, a la nada, cuando se le deshizo entre los brazos, Arrieta se levantó, tomó el facón y salió para enfrentarse con Raquel Grein. Ella no esperaba morir así, pero no fue capaz de detenerle. La degolló de un solo tajo: los años de santidad no le habían hecho perder la mano. Después, se limpió con una toalla, limpió la hoja y se vistió.
La parca apareció a su lado en el camino de vuelta a su casilla.
–¿Viste que se podía? –le dijo Arrieta–. Llegaste tarde.
–No creas. Lo de Raquel era para hoy. Gracias por lo de la otra.
–De nada. ¿Y a mí, cuándo me toca?
–Ahora, si querés…
–Bueno –aceptó Arrieta, y siguió andando, pasó por el pueblo y fue más allá, apartándose del camino, perdiéndose.
Grove contó la historia después de que encontraran su cuerpo, cuando el verano disolvió la capa de nieve que lo cubría.

Inmigración y Literatura

HISTORIA DE UN AMOR EN EL PLANETA FUTBOL

 

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por Salvador Mosso
Prólogo de Osvaldo Wehbe
Río Cuarto, Provincia de Córdoba, 2005

Se presentó el viernes pasado en un local del centro de Río Cuarto el libro del periodista de FM Maradó de esa ciudad Salvador Mosso, titulado Historias de un amor en el planeta Fútbol. Se trata de una recopilación de 24 cuentos que contiene distintas historias ligadas especialmente al ámbito del fútbol. El primer trabajo literario de Mosso cuenta con prólogo de Osvaldo Whebe, quien además habló en la presentación, e ilustraciones de dibujantes riocuartenses como Jericles, Blopa y Magalú y de otros consagrados a nivel nacional como el cordobés Crist (Clarín) y Tute (La Nación). Del acto de lanzamiento participó el secretario de Interior del Cispren, Carlos Valduvino.

Córdoba, 8 de septiembre de 2005.

www.prensared.com.ar

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