Colectividades Argentinas

historia y actualidad

 

Archivo de Julio, 2005

POEMAS DE ANTONIO REY

Son galego

Cando te sintas só
Cando pense que estas só
e todalas portas semellen pechadas,
cando as cousas se tornen esgrevias
e comeces a pensar que non hai saída…
Cando vexas con claridade
a miseria do corpo
(xente remexendo no lixo)
e a miseria da alma
(asasinos, ladorns, maledicentes…).
Cando véxa-las persoas falar soas na rúa
e a loucura gaña-los corazóns,
cando esteas tentando a ficar paralizado
e queixarte ao ver o que fan outros.
Pensa naquel mozo, galego e imigrante,
que sen medios cruzou a mar un dia.
E se ainda non che alcanza
e arrincar é moi dificil,
mira atento aos ollos dos teus fillos
e saberas por que tes que loitar.

Preguntas dun rapaz

Avo: ¿onde naciches?
no lugar de San Xian, preto da igrexa.
¿E por que o outro dia meu pai dixoche
que “os de Torea son duros como pedras?”
Porque San Xian pertence a Parroquia de Torea
Ahhhhhh.
¿Enton ti non es de Muros?
Si, home, si.
Teu avo e de moitos lados:
do concello de Muros,
da Parroquia de Torea,
do lugar de San Xian…
E de Bos Aires.
Si, dende hai corenta años,
mais sempre lembro
ao meu corruncho de A Coruña.
¿A Coruña?

Del libro Son Galego, por Antonio José Francisco Rey.

El autor fue representante de Fillos de Galicia en Argentina.

gentileza Rubén Servia

Inmigración y Literatura

CRONICA DE MI ABUELO INMIGRANTE

Un haz de luz solar ha burlado las persianas. Penetra hacia el interior de la habitación e ilumina en un extremo un papel blanco, tamaño oficio, que está sobre mi escritorio.
Se trata de una fotocopia. Es de un pasaporte, rescatado de una valija con recuerdos de familia.
Está certificada por una firma ministerial, quien en nombre de su majestad Umberto Primo “per grazia de Dio e per volanta della nacione RED’ITALIA” extiende a nombre de Juan Caferra, hijo de Antonio Caferra y Carolina Di Fabio, nacido el 4 de septiembre del año 1869 en ITALIA - Pcia. de CHIETI.
A la derecha y en la parte superior hay un sello rectangular que dice: “Verif de Desembarco- 4 FEB. 897- INMIGRANTE.
Mi imaginación es capaz de viajar en el tiempo. Me deleita recrear situaciones ya vividas, en las que no he participado, como así también en futuros, que aún no han sucedido y tal vez nunca acontezcan.
Pero esta fotocopia del pasaporte de mi abuelo Juan me ha estremecido y cerrando los ojos viví ese momento, el del arribo al puerto de Buenos Aires.
De pronto oí miles de voces, ensordecedoras voces, sirenas de buques, el estentóreo ruido de la planchada sobre los adoquines del muelle. Vi a mis abuelos Juan y Sabina descender las escalinatas con María, su pequeña hija que estaba en brazos de su madre.
Al fin hemos llegado a esta nueva tierra, que es bendita, que nos acogerá fraternalmente, que será un poco nuestra y de los hijos que aquí nacerán. Le decía Juan a Sabina.
Su rostro estaba surcado por lágrimas. Tenía cierta euforia, pero a la vez cautela. Su mano derecha, temblorosa, se posaba sobre Sabina. La besó dos veces consecutivas y se inclinó suavemente para besar a María. Cuantos pensamientos encerraría esos besos, inaugurales, aquí en esta patria argentina.
Sabina estaba feliz. Se empezaba a cumplir el sueño de Juan, pero dudaba. Miraba a su pequeña María y rezaba en silencio. Los músculos del rostro estaban endurecidos -eran signos de angustia- temores le acompañaban.
El bullicio era incesante, caminaban lentamente entre cientos de gente, hacia una pequeña oficina. Allí tendrían que decir sus nombres, mostrar sus papeles, exhibir sus breves pertenencias y oír las primeras palabras, que no serían las acostumbradas por sus oídos: aquel dialecto familiar y cansino hablado en Monteferrante.
Juan observaba el muelle. Veía edificios de construcción muy reciente. Vio como flameaba una bandera de paños celestes y blancos. Le agradó, le pareció hermosa y majestuosa. En ese instante sintió que alguien le daba su bienvenida a esta patria.
Vio chatas largas impulsadas por caballos, estibas de cueros puestos a la vera del muelle, cilindros metálicos de verde y amarillo, que después supo que era combustible llegado de Estados Unidos. Se detuvo por un instante, en contemplar las gaviotas, muy blancas, que sobrevolaban las agua del puerto. Vio las primeras palomas picoteando cereales dispersos. Oyó el ruido de grúas. Veía como introducían sus bocas voraces en las bodegas. Tomó agua, agua con el mismo sabor al agua que conoció en Italia. Bebieron Sabina y María.
El sol estaba cayendo. Veía hileras de árboles, cada vez más oscuros, cada vez con más pájaros, que antes no había visto, anidando en sus follajes, y edificios, edificios blancos, simples, algunos pocos de tres o cuatro pisos, con ventanas amplias.
Cumplidos los trámites, les ofrecieron una merienda reconfortante y una habitación en el llamado Hotel de los inmigrantes.
De su lío sacaron ropas. Estaban arrugadas, algunas sucias por su uso en la travesía. Era más bien vestimenta para invierno. Aquí era verano pleno. Un febrero de calores intensos y húmedos. Junto con sus ropas, Juan traía una plantita, con sus raíces apretujadas por un puñado de tierra fuerte y gentil.
Era una higuera muy pequeña, que en la despedida la recibió Juan de manos de su hermano. Plántala allá en la Argentina, crecerá tanto hasta alcanzar el amor fraterno que por ti siento, le dijo. Juan le prometió cumplir con ello.
Por eso, en el viaje la protegió, la regó varias veces. Algunas hasta con lágrimas de duda.
Aquí la depositó, junto a la ventana. El aire fresco proveniente del río la vivificaba.
Esa noche no pudieron dormir, sí María , que era tan pequeña. Elaboraban planes. Tejían sueños. Mañana, mañana será otro día de prueba.
-Tenemos que tomar un tren e ir por ferrocarril hasta La Plata. Atravesaremos varios kilómetros de campo argentino, veremos algunos pequeños pueblos. Simples estaciones escalonadas de vías y vías, árboles, muchos árboles en crecimiento y farolas de gas iluminando senderos, y luego La Plata.-dijo Juan.
Tengo referencias que se trata de una ciudad muy joven -dice Juan- que tiene un trazado novedoso; que hay edificios por construir, calles, industrias por establecer.
Tiene un puerto recién habilitado, que lo han construido, paisanos nuestros a pico y pala para que puedan arribar buques de mayores calados.
Yo no tengo un oficio definido. Soy cuidador de caballos, conozco algo de carruajes, me gusta cocinar. Aprendía ayudándole a mi madre. Éramos muchos en casa.-Juan pensaba-
Tengo varias libras de oro que me obsequió el Príncipe Alberto, que allá en Monteferrante le atendía su cabaña de campo. En la Argentina valdrán mucho estas libras, me dijo.
El tren estaba lleno de paisanos. Se trataba de una inmigración italiana muy importante con predominio de abruzzos.
El vapor condensándose formaba una estela aérea y flotante, que invadía la estación de trenes. Aquí también había palomas. Se las mostró una y otra vez a María.
De pronto pitadas y pitos,rápidos,estridentes y el tren se puso en marcha.
A poco de andar, desde el tren contempló un poco de campo argentino, de la llamada llanura bonaerense.
Vio carretas, carros, gente a caballo, prolijas quintas y huertas, labriegos con sombreros de paja y fajas negras a la cintura.
El tren paraba y seguía. Los pasajeros fueron convidados con manzanas, grandes , sabrosas.
A cierta hora una voz dijo Estación La Plata. Juan se asomó por la ventanilla. Le resultó enorme la estación de varios andenes, de techo abovedado. Otra vez vio palomas y otra vez quiso que las vea María.
Tal vez Chichía, su primo hermano le esté esperando. Aquí sabían que vendría, pero sin fecha precisa.
Ahora estamos en Ensenada. Ensenada es el pueblo donde está el puerto. Ya funciona. Llega el ferrocarril con trochas para pasajeros y cargas.
Se están por habilitar silos para el almacenamiento y exportación de cereales.
Cerca del puerto circundándolo perimetralmente hay canales, el de Oeste tiene un hermoso puente levadizo. La calle se llama Italia y en la primera cuadra hay un lote en venta
Esas libras de oro que poseo.-Juan pensaba en voz alta-
Hice una pequeña casa de madera y chapa, como son todas. Las chapas de cinc se compran baratas, algunas son de rezago de buques. Los tirantes no son caros y hay un comercio especial llamado corralón, que podemos adquirir los materiales con facilidades de pago: Hay paisanos que ayudan. Son muy generosos y voluntariosos. El terreno no es grande, pero no es chico. Me dicen que hace falta habilitar un restaurante para la gente que trabaja en el puerto. Sabina amasa como los dioses.
Hay un tranvía impulsado por caballos que llega hasta el puente, a dos pasos de mi casa. El tranvía pasa por delante de un molino que hay sobre la calle 1 de La Plata. La harina la venden en sacos de 25 a 30 Kilos cada uno.
En el fondo de la casa, en una fracción del terreno que recibe el sol de la mañana, planté la higuera que me regaló mi hermano.
Cuánto deseo que crezca.
Cuando hice el pocito sentí que la mano de Francisco se extendía desde Italia para ayudarme. No pude contenerme y lloré.
Los paisanos que llegaron hace un par de años han fundado una sociedad de socorros mutuos. Todas las semanas nos reunimos.
Tendremos médicos, un hospital para la colectividad y algo legal para atender problemas de trabajo y de residencia.
Sabina está contenta. Ya tomó las riendas de la casa. Tenemos dos hijos argentinos.
El tiempo pasa en esta patria tan noble, tan hermosa. Cuantas voluntades puestas para crecer. Me sorprenden los caminos que se hacen, los edificios, algunos públicos, las industrias ya instaladas. Se habla de construir otro frigorífico. Ya se ha habilitado una base naval para reparar buques de la Armada Nacional.
La higuera crece. Se ha afirmado. Esta primavera ha dado nueva ramas. Su tronco tiende a engrosar.
Aprendimos a tomar mate en bombilla y a comer asado. Sabina está contenta con las vecinas. Las ve todos los días cuando lava la ropa en el canal y tiende en su costa en una soga comunitaria.
Cada año somos más en la casa. Nuevos hijos. Nuevas ramas en la higuera y más y más brevas cada año. Son brevas grandes, rojizas, dulces, deliciosas.
La casa también crece. Crece hacia el fondo. Esta cada vez más cerca de la higuera.
Por momentos siento que mi hermano Francisco está conmigo. Intercambiamos noticias imaginarias.
El cabalga la colina de Monteferrante, recoge castaños, cuida rebaños.
Yo que primero fui hijo, después hermano, más tarde novio ,esposo y padre ,ahora soy suegro y también abuelo. Sí ,abuelo…
Mi abuelo Juan, tenía un lugar preferente para meditar. Era debajo de la higuera. Tenía una sillita baja de paja. Se colocaba la boina, inclinaba la cabeza y soñaba.
Ni mi nona Sabina ni mis tías ni madre le interrumpían. Era una ceremonia. Abrazaba el tronco, besaba algunas hojas y luego salía a la vereda.
Fuimos muchos sus nietos. Le gustaba jugar con nosotros. Era pequeño, de estatura baja, de cabellos castaños más bien ralos. Usaba anteojos de fino armazón de carey. Su voz era muy suave. Mezclaba voces italianas y castellanas. Usaba barba ligera y bigotes blanquecinos. Sus ojos eran vivaces, ligeramente verdosos.
Le gustaba que sus hijas, aún casadas, le visitasen a diario.
Todos los días miraba su higuera y cuando había higos los distribuía proporcionalmente, quería que toda su descendencia comiera los frutos de aquella higuera allende Italia-Chieti Monteferrante.
Cumplidos los plazos inexorables hoy no están. Sólo dos tías, nonagenarias viven.
La casa se ha vendido y en parte está modificada.
Hace unos días fui hasta allí.
Llamé a la puerta y me atendió una señora. A toda prisa le pregunté si en el fondo de la casa había una higuera. Sí – me respondió- es muy añosa y en partes mutilada, pero por qué me lo pregunta.
Porque esa higuera –le dije- la trajo mi Abuelo desde Italia.
La plantó, creció junto a su familia y mi abuelo la amó, la amó porque fue el vínculo que nunca rompió con su tierra fuerte y gentil de Abruzzo.
Borges dice en un poema que nadie conoce la flor del higo porque está oculta. Sólo es visible el fruto.
Mi abuelo Juan fue una flor humana y temporal, que oculto como la flor de la higuera, aún perdura en nosotros.

Antonio A. Blanco
Ensenada, Provincia de Buenos Aires

Inmigración y Literatura

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