Inmigración y Literatura

vida cotidiana en la Argentina (1810 - 1960)

 

Gombrowicz

este hombre me causa problemas, por Juan Carlos Gómez. Buenos Aires, IZ Latinoamericana, 2004.

Dedicatoria

Yo no sé por qué o para qué escriben los escritores, yo no soy escritor.
Este libro lo escribí para transformar un poquito el mundo, para que los argentinos y los polacos que lo lean sean un poquito mejores después de haberlo leído.
A los polacos, a todos los polacos, a los polacos de Polonia y a los polacos de la Argentina, mi infinito reconocimiento: fueron ustedes los que alentaron y protegieron todos mis sueños del centenario, y es a ustedes a quienes dedico este libro.

PRÓLOGO

La acusación de poseur vuelve una y otra vez en Gombrowicz, en sus regresos sinuosos se hace proteica, omnipresente. Puede adoptar el disfraz de la desmentida, ya sea en boca de Gombrowicz (“soy auténtico”), ya en la de sus lectores (“es ficción”), pero la desmentida se anula en su propia enunciación, pues la única verdad del poseur es su mentira. O bien se la puede justificar por razones de estrategia: la pose es la verdad provisoria que sirve, así sea por un instante, en la guerra contra la esterilizadora autosatisfacción burguesa. Mejor aún: se la puede tematizar, de modo de volverla el motor que hace avanzar la acción de las novelas y el teatro o la reflexión de los ensayos. Como sea, la acusación de poseur enlaza la vida y obra de Gombrowicz. No hay testimonio biográfico que no la roce, ni página de sus libros que no esté magnetizada por ella.
De eso se trata la tematización, después de todo: de llevar la vida a la obra, o los contenidos a la forma, y viceversa. De darle un matiz ligeramente obsesivo a ciertos temas, no a todos, de modo de llamar la atención sobre ellos, y volverlos “ideas”. El poseur es un tema privilegiado en Gombrowicz porque funciona tanto en la forma como en el contenido, y hasta puede estar en las dos caras del discurso al mismo tiempo. La ambigüedad del poseur empieza en su propio concepto, que es tanto “idea” filosófica como formato literario.
Esta simultaneidad produce un eco que suena a maniobra defensiva, a “la mejor defensa”: mientras lo están acusando, él está montando una desmesurada ofensiva acusatoria, en otro plano, un plano que engloba en su curvatura todos los planos. ¿Quién acusa a quién? Más que un proceso de unos contra otros, es una sospecha instalada en un proceso vital.
¿De qué se trata? De una cierta falta de naturalidad, un hueco inasible que se desplaza entre el sujeto y el objeto. Es una vigilancia, relacionada con la inteligencia, o condición de la inteligencia. Está diciendo que hay que ser muy tonto para seguir creyendo, a partir de cierta edad, en una naturalidad lisa y constante.
Hay una visita, una conversación, una comida, un gesto, un crimen, un amor… ¿Son eso que parecen ser, o son su representación? ¿La vida está adherida a la vida en todos sus puntos, o hay una distancia? Y si es una representación, ¿qué representa? A esta pregunta debería responder, como a todas las demás preguntas, la inteligencia; pero la sospecha de las que nacieron las preguntas tiene que ver más bien con la locura, o con una cierta clase de locura tradicionalmente ligada a la creación artística.
Así nace un consorcio turbio de locura e inteligencia, de razón y sin razón confundidas y solapadas, sin fronteras claras, en el que prospera el poseur. La sospecha llega a su apoteosis. El artista crea despegando el mundo del mundo en ciertos puntos clave, creando representación donde sólo había, o debía haber, realidad.
Es un sistema abierto y cerrado al mismo tiempo. La locura es autosuficiente; la inteligencia se abre a la confirmación ajena. El núcleo inestable de la contradicción es la singularidad histórica, encarnada en un escritor, el escritor polaco argentino Gombrowicz en el momento en que lleva a cabo su “jueguito” filosófico-literario en un café, a fines de los años cincuenta, con un joven interlocutor.
El “jueguito” fue un juego de ideas cuyo respaldo era una obra literaria hecha adrede para desprender las ideas del consenso común.
Entre los dos que lo jugaban, haciéndolos reales y distintos, se interponía la sospecha de inautenticidad, paradójica garantía de que no se trataba de una alucinación.
La obra literaria de Gombrowicz se hace necesaria por esa vía: es la invención, irremplazable, de las fábulas en las que se pone en escena la sospecha. La sospecha es sospecha de que la realidad es literatura, y, como en una farsesca versión del argumento de la existencia de Dios (“si puede existir, tiene que existir”), la literatura “tiene que existir”.
Pues bien, si la inteligencia es un epifenómeno de la falta de naturalidad, lo que desencadena la inteligencia es la mirada del otro. La necesidad de un interlocutor es una constante en Gombrowicz; en la vida, busca un interlocutor de la conversación, de una conversación inteligente; en la obra, inventa un espía de lucidez implacable, ligado a la locura por vínculos de engendramiento mutuo.
La mirada productora: Gombrowicz la sintió propiedad intelectual registrada de Sartre, pero mientras que Sartre reifica la mirada de modo de volverla objeto filosófico sobre el cual reflexionar, en Gombrowicz la mirada sigue siendo instrumental: creadora de inteligencia, no objeto de ésta. La ventaja incomparable de Gombrowicz sobre Sartre y sobre cualquier otro filósofo es que el filósofo no puede sino manejarse con “ejemplos”, mientras que el artista lo hace con las cosas mismas.
El combustible de esta máquina es la heterogeneidad. Las distancias entre sustancias y cualidades, por pequeñas que sean (y cuanto menores y más sutiles, mejor), son objeto de una gozosa contemplación estética. La distancia no se salva nunca. Por ejemplo la distancia social de los linajes (de ahí el snobismo gombrowicziano).
La distancia es necesaria para la mirada. La mirada de la que se ocupa el filósofo, en el intercambio trivial de ejemplos, constituye el sujeto auténtico. La mirada gombrowicziana, proveniente de la necesidad esencial de la literatura, constituye el sujeto sospechoso del poseur. De pronto, el sujeto se ha vuelto representación de un sujeto.
La forma privilegiada de la heterogeneidad en Gombrowicz es la que separa la acción de la imagen. En sus ficciones, las acciones se vuelven imágenes por efecto de la mirada, y en esa transformación pierden el sentido que tenía y quedan libradas a nuevas interpretaciones. La imagen (y ésta es la condición que la hace imagen) se independiza del sentido que la produjo.
Entre la acción y la imagen, está la situación. Antes e la emergencia de la imagen, la acción debe estructurarse en una situación.
Ésta es interpersonal, doblemente cargada de sentido. Es decir, no sólo el sentido por acumulación de lo sucesivo (de A sale B, de B sale C, de C sale D… por ejemplo: la Traición engendra la Venganza, la Venganza engendra el Crimen, el Crimen engendra el Castigo) sino una sobrecarga que detiene el curso de las cosas (el Traidor, el Vengador, el Criminal, el Verdugo, se contemplan desde los vértices de una figura geométrica torcida e inestable).
La situación se plantea como coincidencia. El tiempo coincide con el espacio, y se vuelve “tiempo real”. Está pasando al mismo tiempo que pasa. Justo cuando había llegado a convencernos de que todo es representación, nos revela que no hay representación.
Para que haya coincidencia tiene que haber elementos heterogéneos que coincidan. El horizonte de la heterogeneidad en el arte es la distancia vida-obra.
Pero distancia es también articulación; lo que establece la distancia es la mirada, y la distancia hace necesaria la mirada para aprehender los objetos heterogéneos.
Ahí aparece el poseur, él mismo heterogéneo respecto de la acción, y hasta de la situación. El poseur falsea la situación, le quita su condición de genuina expresión de un estado de cosas. Introduce las interpretaciones delirantes.
El “tiempo real” se constituye en la devolución de la mirada, en lo simultáneo: la imagen también mira, el poseur mira. El poseur es el hombre-imagen, el hombre que deliberadamente, por ansia de libertad, se hace imagen, crea mirada en los otros, y con ello produce libertad, al interrumpir el sentido social establecido y previsible.
Al renunciar a su autenticidad, el sujeto se hace otro sujeto; nunca será “objeto” de nadie porque no se somete al juicio, sino apenas a la sospecha.
En la comedia teórica del poseur, la representación se pone en el trance de representarse a sí misma, y en el vertiginoso juego de espejos aparece Goma. El “fiel” Goma. El adjetivo se refiere a la calidad del reflejo, pero en su origen histórico aludía a la puntualidad de Juan Carlos Gómez a la cita cotidiana con el Maestro. La puntualidad es una forma de la simultaneidad (para ser puntual se necesitan dos), y ésta es la que establece el “tiempo real” en el que se encuentran inteligencia y locura.
La figura de Goma es la más misteriosa del mito Gombrowicz. “Goma o la Inteligencia”. Así podría titularse este drama, como esas viejas piezas tipológicas francesas. En efecto, sus personajes juega a una exacerbación de la inteligencia, a una emulación en broma que no puede hacerse si no en serio.
Extraen del pozo de la locura el agua clara de las ideas, que salen en forma de temas. Y todos los temas se resumen en el tema del Eros de la creación, y de la vida. El interlocutor heterogéneo es de rigor, porque erotizar la inteligencia significa ponerla en dos cuerpos distintos: un viejo y un joven, un extranjero y un nativo, y la final un muerto y un vivo. Antes que todo eso: un escritor y un no escritor.
El argentino y el extranjero: el poseur asciende un escalón más en lo concreto de la realidad al desterrase. Si bien suele hablarse del exilio como de un universal del que se predican angustias y productividades, no se lo puede generalizar porque es un producto biográfico de la Historia. El desterrado hace una construcción imperfecta, arma un país con los fragmentos de otro.
Es un trabajo parecido al de construir la felicidad, que se arma con fragmento de otras vidas, fragmentos cuyos bordes nunca coinciden exactamente.
El viejo y el joven: Gombrowicz lo dijo: “El hombre no quiere ser Dios. El hombre quiere ser joven”. El deseo niega lo general abstracto a favor de lo particular concreto, que es un joven. Al joven le falta experiencia histórica, no ha tenido tiempo de desterrarse, sigue en el campo familiar del sobreentendido de la inteligencia. Es un inocente que no puede sino generalizar, de ahí que a veces parezca una versión de Dios.
El muerto y el vivo son la última y no definitiva pareja en el diálogo, la más específica de la literatura. La Vida-y-Obra de un escritor es una trinidad, porque la muerte es una de sus premisas. Gombrowicz se fue de la Argentina, envejeció y se murió.
Se esfumó de la vida de Goma, y su desaparición proyectó una larga sombra retrospectiva de sospecha sobre la puntualidad que había regido la conversación. El poseur se revelaba fantasma a priori. El “jueguito” entre Maestro y Discípulo no pudo prolongarse porque había sucedido en el “tiempo real”. Por ser real, el tiempo siguió pasando, pero el diálogo persistió, porque había estado antes del tiempo, creándolo. Aquí “diálogo” es sinónimo de “amistad”, esa hermana de la inteligencia. Si la filosofía nació, como suele decirse, de la amistad, este libro de la inteligencia que ahora escribe Goma es un libro de filósofo. Se me ocurre que, en el campo de la fábula, la diferencia entre literatura y filosofía es que en la primera mueren todos salvo uno, que es el que cuenta el cuento; en la segunda sobreviven todos menos uno, que es el tema de otra especie de cuento. Ese muerto, el fantasma en cuestión, es Gombrowicz el poseur, que usó su genio para hacerse sospechoso. Y la sospecha es irreversible, ella también hace real el tiempo: no se vuelve atrás a un mundo de sentido pleno y confiable. No hay más remedio que seguir adelante, y el impulso infinito hace de Goma, que era el no escritor por excelencia, un escritor.
César Aira

Inmigrantes y Exiliados Destacados

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.


Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom