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Archivo de Octubre, 2004

UN CUENTO DE PACO ROBLES

f43933a0e6998a020bab77e0766c9a4a.jpgLas señoritas del jardín

Vivían una lánguida existencia marcada por tiempos y esquemas elaborados por ellas mismas: estructuras que las había maniatado haciéndolas creer que eran felices. Pero la realidad era otra. Se las notaba en una constante ansiedad provocada por un irresistible “no sé qué”.
Necesidad de hacerse notar, decían los hermanos; la competitividad las carcome por dentro, decían otros. La verdad es que se percibía una inquietante y constante puja de poderes entre esas dos hermanas: quien era la más llamativa, la más hacendosa, la más valiosa o graciosa a los ojos de los demás… Entre ellas había una continua y solapada lucha por demostrar quién hacía cosas mejor logradas. Una irrefrenable sed de aprobación y aplausos, pero, en lo más profundo de ellas, necesitaban saber quién era la mejor en todo. Si bien se apoyaban una a la otra para ciertas cosas, en otros momentos, eran temibles enemigas; como gatas en celo. Temibles y terribles a la vez, ya sea entre ellas mismas, como ante cualquiera que obtuviera un logro y, según ellas, les “hiciera sombra”. En tal caso, sería victima indefectible de sus aguzadas zarpas y de sus afiladísimas lenguas, a las que no daban descanso.
Todos los días estaban bien emperifolladas con sus largos vestidos prolijamente limpios, planchados, rodeadas de un suave aroma a recién lavado y atentas para recibir a quien llegara a la casa. En presencia de visitas actuaban afectadas y llenas de meneos y movimientos rápidos e impulsivos que hacían crujir hasta las entretelas de sus polleras. El coqueteo era evidente. Iban y venían simulando gran ocupación y puntillosidad en su labor dándose una importancia desmesurada. Un buen observador se preguntaría qué habría detrás de semejante despliegue de humanidad y contoneos de caderas.
Las Niñas, manera respetuosa de llamarlas, formaban parte de una familia numerosa. Por cierto, no eran las más jóvenes. Ya hacía bastante tiempo que la edad de merecer había pasado junto a ellas dejándoles un sinsabor inconsciente de juventud perdida que se deslizaba y entreveía en sus consuetudinarios desplantes y risitas nerviosas. Como así también en las arrugas de sus caras. Entre ellas, se destacaba una, la de las cinco décadas cumplidas, y algo más. En absoluto se consideraba solterona, como por detrás se le decía con cierto sarcasmo. Ella descollaba por sus mohines aristocráticos y una soberbia que la encadenaba al punto de pretender tener, si fuera posible, un cuello de jirafa para poder mirar a todos por encima del hombro y engarzarse todos los collares que quisiera y le fuera posible. Para ella lo importante era lucirse a costa de cualquier cosa, no reparaba en nada y su principio de acción era que siempre el fin justifica los medios. No le importaba nada ni nadie. El eje del mundo, el ombligo del universo era ella y sólo ella. Aparecía siempre con el rostro prolijamente maquillado, pintado y empolvada hasta los confines de su humanidad. Sus pestañas bien arqueadas y negras servían de relieve para resaltar aún más unos enormes ojos cocodriláceos. Su frívola “belleza” rozaba lo inverosímil y ridículo: semejaba a uno de esos personajes de Botero; rollizos y esponjados. En sí misma pretendía ser la presencia de la corte celestial con toda su gloria, pompa y circunstancia. Observando atentamente, uno no llegaba a discernir si tales actitudes y maneras de comportarse eran propias de la psicología femenina o de unas mentes débiles y enfermizas; ya que no es común ver esa manera de obrar ni en hombres ni en mujeres, por lo general. ¿Qué eran esos ademanes tan amanerados, ese refinamiento tan estudiado y artificial; que, hasta para tomar el pocillo de té o asir la pollera, por ejemplo, resultaba tan ridículo ese dedo meñique erecto a tal punto que podía parecer cualquier cosa o señalar para cualquier parte? ¿Qué pretendía demostrar? El gran contraste con las Niñas y el resto de la familia era la más pequeña. Ella intentaba disimular el hedor de sus axilas cubriéndolo de perfumes cuyo efecto al acercarse era nauseabundo y picante cual fermento de cebollas verdes. Considerada la oveja negra dentro del núcleo familiar se movía displicente y con torpeza. Las Niñas ni siquiera se dignaban mirarla ni dirigirle una palabra, la ignoraban abiertamente, aunque por detrás, era siempre el centro de todas las críticas y dardos habidos y por haber. Era una vergüenza, un deshonor vivir cerca de “aquello”, como le decían. Para las Niñas, convivir se reducía al magro trato que daban al resto de la familia. Y entre ellas era la guerra y la amnistía. Y ante todo el disimulo y la apariencia. Jamás fueron frontales, pero sí, cada una sabía de sus recíprocas verdades. La connivencia, era su manera de vivir o, por decirlo de otra manera, subsistir. Puesto que aquéllo era una existencia mezquina, cargada de rencores y competencias, recelos e intrigas, cada una a su manera intentaba ocultar su amargura. El exorcismo que utilizaban con enfermiza repetición era echarse las culpas mutuamente. Pero por dentro, especialmente la solterona, hervía en su propia hiel. Este clima tan cargado evidentemente lo provocaban sólo con su presencia, de lo contrario hubiera sido una familia normal y distendida como otras tantas del vecindario, si bien intentaban que de puertas para afuera no se notara nada. La apariencia era lo principal, sin embargo dentro de la casa se las comían los piojos y a la vez entre ellas, por los mutuos celos. Las Niñas del caserón barroco no venían de la aristocracia, pero estaba a las claras que eran de una familia venida a menos que no había asumido su situación, por el contrario, se esmeraban en aparentar un bien pasar ilusorio y añejo que distaba mucho de lo que eran en verdad: el hazmerreír del barrio ya que se las apodaba “las niñas del jardín”, que nunca tuvieron… y ellas, ya estaban marchitas cual viejos crisantemos de tumba dominguera.

Seleccionado como
FINALISTA
En el 2do Certamen Literario
De Poesía y Cuento de
Ediciones CLATVESA
Buenos Aires, octubre 2004

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