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Archivo de Enero, 2002

Libro de nuestras raíces

Cap. 1

El desembarco de una nación

Las olas del Plata barrían la cubierta del Weser con furia y persistencia de siglos. Atrás había quedado Montevideo y la correntada –para angustia del piloto– empujaba el barco hacia la boca del estuario. A setenta millas del Cabo Santa María y a cincuenta del San Antonio, ya no se avistaban faros en el horizonte. El capitán rogaba al Cielo que amainara la sudestada y que la luz del día los ayudara encontrar la ribera.
Los varones de tercera clase permanecían en cubierta a pesar del mal tiempo. Preferían soportar el viento en la cara y los chubascos a tener que esperar encerrados bajo las escotillas de proa, en donde el aire ya se había vuelto irrespirable y sólo se dejaba oir, entre ráfagas y truenos, el llanto de los bebés.
El Weser había viajado desde la florida primavera de Bremen hasta un no tan amable invierno en el río de la Plata, Sudamérica, “fin del mundo”. Pero ése era su trabajo, no podía quejarse.
La Hamburg-Amerika Linie, la Hamburg Sudamerikanische, el Norddeutscher Lloyd, tanto como La Veloce o la Pinillos-Izquierdo, la Fabre o la Nelson Steam, eran compañías de transporte marítimo y aquella era la auténtica edad de oro del transporte marítimo mundial. Si llegaban a Buenos Aires, la misión obligada era cargar trigo, el dorado trigo de la pampa. Más tarde –fruto de la brega del francés Charles Tellier y de la aparición de los barcos frigoríficos– también se volvió apetecible para el Viejo Mundo la carne vacuna, congelada.
Pero en el viaje de ida, tanto por razones económicas como por seguridad en la navegación, las naves debían llevar lastre: escarcha del río Hudson si partían de Nueva York; antracita si lo hacían de Liverpool o Hamburgo; granito o mármol de las canteras si salían del Mediterráneo. Y emigrantes.
La gran mayoría de los inmigrantes europeos a la Argentina del novecientos cruzó el océano en buques de pasajeros y carga y hasta en simples cargueros,
sin más comodidad que la que se prodigaba a las mercaderías. El pasaje en la entrecubierta de un vapor granelero se pagaba por pie cuadrado, es decir, por la superficie que ocupara el jergón o la colchoneta del pasajero. Un boleto de tercera clase hasta Buenos Aires, para los españoles de 1880, costaba 278 pesetas, equivalente aproximado a cien jornales peninsulares. La gran esperanza de aquellos trabajadores emigrantes –alimentada por los golondrinas que retornaban– era poder pagar su pasaje de regreso con apenas quince jornales de labor, algo imposible en Europa, en Cuba o Brasil, pero usual en la Argentina.
Allí estaban entonces los del Weser, esperando ansiosos el amanecer
en un frío invierno del río de la Plata. Como los del Pelagus; como los del Kyle Bristol, los del Pampa y el General Artigas, como los del Italia y el Regina Margherita. Habían bajado tristes la cuesta de algún pueblo perdido de los Alpes. O de los Pirineos. O de los Apeninos. Habían llegado hasta los puertos de embarque en incómodos carromatos, con familia y cacharros.
Nápoles o Génova, Burdeos o Marsella, Hamburgo o Rotterdam, Vigo o Barcelona, tanto daba. Eran puertas de salida, puertas para decir adiós. Atrás quedaba la patria, la tierra de los mayores, un esquivo lugar en el mundo que acaso les negaba la paz, el trabajo y el pan. Adelante, al otro lado del mar, temblaba la llama de una promesa: tierra para sembrar, para alimentar a la prole, para vivir y crecer en libertad. Sin ser marinos ni navegantes, súbitamente, aquellos hombres y mujeres vivieron la aventura de cruzar en velero –o en rudo vapor de carga– tempestuosos portales oceánicos como el Canal de la Mancha o el Estrecho de Gibraltar. Y se asombraron como niños al pasar la línea del Ecuador, seguramente esperando una franja demarcatoria, un mojón que pusiera alguna certeza en medio de tanta incertidumbre.
Roberto Payró, periodista y tripulante ocasional del Pelagus, contaba las peripecias a su amigo José León Pagano: “Imagínate –le decía– cuatrocientas cincuenta personas vivas amontonadas y clavadas en un solo ataúd con que se entretuviera una turba de sacrílegos gigantes jugando al fútbol… Las mujeres rezaban aterradas, los niños lloraban. De repente, nos sentimos levantados en el aire con buque y todo, a una inconcebible altura, y volvimos a caer con la respiración detenida. – Le bateau coule! –gritó un francés. –God damm –imprecó un inglés. –Madonna mia –suplicó una italiana. En la desesperación del encierro, muchos se lanzaron a golpes furiosos contra las escotillas, tratando de derribarlas para ganar otra vez aire puro. Pero las órdenes del capitán eran inflexibles: recién pasado el peligro las puertas volverían a abrirse…”
Y allí estaban, en la madrugada del 14 de agosto de 1889, los pasajeros y tripulantes del Weser, aproximándose lentamente –como quien da los últimos pasos de una larga marcha– al puerto de Buenos Aires. No llegaban solos. A medida que el vapor se internaba en las terrosas aguas del río, comenzaban a verse boyas bamboleantes, mástiles de veleros y los penachos de humo de otros vapores. Todos con el mismo destino, todos triunfantes en la travesía del Atlántico, todos cargados de hombres y mujeres, de canastos y baúles, de sueños apretados en bodegas y compartimentos de tercera.
Casi cuatro mil barcos de vapor de distintos portes y más de mil veleros arribaron al puerto de Buenos Aires en 1889, transportando 260.909 pasajeros.
Descontados los trabajadores golondrina –ésos que al cabo de la cosecha retornaron a su país de origen– quedaron asentados en los registros 220.260, lo que significaba doscientos veinte mil doscientos sesenta nuevos habitantes de la Argentina.
Aquel año marcó el fin de la tercera oleada inmigratoria, la que había comenzado en 1881 arrojando un saldo neto de 824.595 inmigrantes radicados.
Faltaban aún la cuarta y la quinta marea, previas al estallido de la Primera
Guerra Mundial. Pasado el período de entreguerras, llegarían las otras oleadas, las que terminaron de construir la Argentina del siglo veinte. Para 1914, cuando se conocieron los datos del Tercer Censo Nacional, sobre 7.885.237 habitantes estables que tenía la República Argentina, la tercera parte había nacido fuera del país.

Las puertas de la tierra

Gaviotas, camalotes y hasta gruesos tablones que había despegado la crecida salieron al encuentro del Weser al acercarse a la costa de Quilmes. Con la bajante, había aflorado la extensa Ensenada de Barragán, empleada por las tropas al mando de Lord Beresford para desembarcar en 1806, durante la primera invasión inglesa a Buenos Aires.
El piloto, acompañando sereno la línea de boyas, se disponía a colocar el vapor en el fondeadero para barcos de ultramar, a catorce millas de la costa. Tenía noticias de que el “Río Chuelo” (por Riachuelo) ya permitía buques de hasta dieciséis pies de calado. Puesto que el transatlántico Italia, fondeado en la rada, se disponía a amarrar en el muelle del Riachuelo, el Weser debió alijar la carga y desembarcar a sus pasajeros del modo tradicional.
A la altura de la chimenea de Bieckert –histórica referencia en los mapas de entonces– y manteniendo su distancia de la costa, el vapor alemán echó anclas y avisó de su llegada. Pronto se arrimó un vaporino (embarcación de río, utilizada para los trasbordos) en el que llegaron las autoridades sanitarias y el primer funcionario del Departamento de Inmigración. Más tarde, un lanchón de alije lo flanqueó por estribor, para comenzar las tareas de descarga.
El sistema tradicional de desembarco en Buenos Aires, desde los tiempos coloniales, era un arduo trámite capaz de desanimar a cualquiera. Lo describe así Alberto Sarramone, importante historiador de la inmigración: “Del vaporino debían transbordarse a un lanchón, porque el bajo calado no daba para más. Y el asombro y la inquietud crecían cuando del lanchón se debía trasbordar todavía a
a un carro tirado por caballos, ya que tenían delante de sí una playa de más de cien metros antes de llegar a lo que llamaban la punta del muelle, o sea el desembarcadero y la aduana”. Sin embargo –máxime después de haber cruzado el océano en un “ataúd”– cualquier encuentro con la playa, el barro y la tierra firme era un encuentro feliz.
El publicista genovés Fernando Resasco, tal vez exagerando un poco, dejó una apasionada pintura del puerto de Buenos Aires en 1889: “Por fin nos vemos en un paso entre dos moles gigantescas; estamos en el puerto de Madera (por Puerto Madero) y el espectáculo se transforma en espléndido, en casi fantástico. La parte por donde nosotros penetramos (se refiere a la Dársena Sur, recién inaugurada) parece la desembocadura de un escenario de ópera. Imaginen ustedes una selva espesísima de barcos, desde los más pequeños hasta los de más imponentes dimensiones. No he visto puerto que ofrezca este tan imponente conjunto de tipos y banderas…”
Otras descripciones dejadas por viajeros ingleses y franceses, lo mismo que las imágenes tomadas por los primeros fotógrafos aficionados, dejan ver un paisaje portuario diverso y sugerente, sobre el fondo de una metrópoli sudamericana orgullosa de sí misma, que junto con servicios de avanzada como el teléfono y el alumbrado eléctrico se permitía construir grandes palacios familiares y monumentales edificios públicos.
Aunque Buenos Aires era también la Boca del Riachuelo, donde las coloridas casillas de madera y chapa levantadas por inmigrantes genoveses y napolitanos, junto con el singular “bosque de mástiles” de la Vuelta de Rocha, conformaba un escenario difícil de olvidar. Junto a los muros del viejo Fuerte –ya convertido en subsuelo de la Casa Rosada– y la Aduana Taylor, en el barrio de las Catalinas, se instalaban a diario las lavanderas de la ciudad, aprovechando los piletones naturales que dejaba la bajante del río. Al atardecer, en los meses de verano, también era común ver a los porteños de la vecindad, refrescándose en las orillas.
Más allá del cuartel del Retiro, siguiendo la ribera hasta la desembocadura del arroyo Maldonado (es decir, la actual intersección de Juan B. Justo y Libertador) se extendía un inhóspito territorio de lagunas y pajonales denominado “Tierra del Fuego”, consentido refugio de matreros y contrabandistas.
El Muelle de Pasajeros que recibió a los inmigrantes del Weser se hallaba frente al Paseo de Julio (Leandro N. Alem), entre las calles Piedad y Cangallo (Bartolomé Mitre y Perón, respectivamente). En 1889, ya contaba con una vía Decauville y un tranvía tirado por caballos, utilizado para trasladar pasajeros y equipajes hasta el Hotel de Inmigrantes.
Un mediodía de invierno los estibadores y carreros del Muelle de Pasajeros, los pescadores, los malandrines y mujeres “de mal vivir” que patrullaban la ribera porteña vieron venir por la planchada a unos extraños visitantes, más extraños aún que los rubios ingleses y alemanes o los piamonteses, vascos y gallegos que a diario se sumaban a la colmena.
Quepis y gorros calados hasta las orejas, barbas jasídicas y caftanes bordados que les llegaban hasta las rodillas. Así pisaba suelo argentino el primer contingente de judíos de la Rusia meridional, dejando atrás una dolorosa memoria de destierros y pogroms en los dominios del Zar.

Hoteles de la memoria

Hotel de la Rotonda y Hotel de Inmigrantes fueron los últimos nombres dados a un imponente “cilindro” de tres pisos y 40 metros de diámetro levantado en 1887 sobre los terrenos que primitivamente ocupaba la Batería Once de Septiembre del viejo cuartel de Retiro. Lo que se veía desde lejos como un cilindro clavado en la ribera porteña era en realidad un edificio con planta poligonal de dieciséis lados, fruto del reciclaje de una sala de espectáculos originalmente denominada Panorama del Retiro, construída y explotada entre 1886 y 1887 por Mauricio Le Tellier. Los panoramas –auténticos precursores del biógrafo y el cinematógrafo– se hicieron populares en las principales capitales del mundo a fines del siglo XIX.
El de Retiro, uno de los cuatro que había en Buenos Aires, llegó a tener su locomóvil (generador) y su propio alumbrado artificial, apenas unos años después de que las lamparitas eléctricas diseñadas por Edison titilaran en la Torre Eiffel durante la Exposición Universal de París.
Habilitada en 1888 como provisorio Hotel de Inmigrantes, la rotonda de Retiro disponía de ochocientas camas y hospedaba por un término máximo de ocho días, plazo en el que se estimaba que un recién llegado podía resolver su destino en el territorio nacional o conseguir alojamiento permanente en la ciudad. Las instalaciones se completaban con una nave rectangular (en la que funcionaban cocinas, comedores, baños, lavaderos y oficinas) y un gigantesco tanque de agua de sesenta metros cúbicos de capacidad, alzado hasta los treinta metros de altura.
Ese primer “rulero” de Retiro, a pesar del maderamen grisado por la intemperie y de su aspecto de barracón, contaba con un hospital y servicios de internación y cirugía. La Sala de Guardia, lo mismo que la Farmacia, funcionaba en la planta baja, junto a los depósitos para equipajes y vituallas.
La cocina, atendida por mozos de piel cobriza e indudable ascendencia criolla, proveía un servicio nada desdeñable para aquellos viajeros de tiempos difíciles: café, leche y pan con manteca en la mañana; caldo con carne y legumbres en el almuerzo y la cena.
Digno de una representación teatral debió haber sido el día en que el rabi Aarón, –que ya había despertado la curiosidad de los otros huéspedes del hotel al exhumar de un gran baúl el samovar, los candelabros de siete velas, los Libros Santos y los Rollos de la Ley– hurgando con un tenedor en la gran sopera de lata exclamó ¡Trefá! (¡Impura!) al observar un trozo de carne de vaca hervido sin atender a las normas kosher.
La leyenda dice que al cabo de una ardua negociación en una jerigonza de yiddish, alemán y español con el jefe de cocina –y tal vez otorgando una dispensa por aquel primer día en que los estómagos no podían esperar– el rabino consiguió que se le entregaran animales vivos para sacrificarlos y limpiarlos conforme al rito.
El contingente del Weser, primero que llegó al país utilizando el Pasaje Financiado instituído por decreto del presidente Roca, partió muy pronto hacia Santa Fe, donde al cabo de no pocas tribulaciones –por promesas incumplidas de los propietarios de las tierras– logró establecerse en inmediaciones de la estación Palacios, echando la semilla de la que luego sería la floreciente colonia agrícola de Moisesville.
Hasta 1900, acompañando las progresivas oleadas, habían funcionado en Buenos Aires numerosos hoteles o asilos de inmigrantes. Los de la Capital –cuyo primer antecedente fue el de los Padres Recoletos, junto al cementerio del Norte– habían tenido sede en solares de la Chacarita de los Colegiales, Barracas, Catalinas, Retiro, Palermo, Caballito y San Fernando, sin contar los campamentos (carpas y casillas provisorias construidas por el Ejército) ni otros ambiciosos proyectos comenzados y nunca concluídos como el “definitivo” Hotel de Inmigrantes de Carlos Pellegrini y la ribera o el “definitvo” de San Telmo, previsto sobre el Paseo Colón entre las calles San Juan y El Comercio.
En el interior del país, la explosiva demanda de camas había ocasionado situaciones parecidas. Las obras más importantes –algunas, nunca terminadas– se realizaron en Rosario, Santa Fe, Bahía Blanca, Mercedes (Buenos Aires), Villa Mercedes (San Luis), San Antonio de Areco, Tandil, Goya y Tucumán. Más tarde, muchas de ellas se reciclarían como cuarteles u oficinas públicas.
Al comenzar el nuevo siglo, la “Rotonda” de Buenos Aires –con un flujo de doce mil huéspedes por mes– debió auxiliarse con galpones provisorios,
levantados sobre el Paseo Guardia Nacional (hoy avenida Antártida Argentina)
y vecinos a la primitiva Fábrica de Gas. Otro tanto ocurría en los destinos del interior.
Finalmente, en 1911, se inauguraron las instalaciones del definitivo (esa vez, sí definitivo) Hotel de Inmigrantes, un importante complejo que aún se conserva y en cuyas dependencias ha comenzado a funcionar –siguiendo los pasos marcados en Rosario, Bahía Blanca y otras ciudades del país– un necesario, plausible y definitivo Museo del Inmigrante. Ese último asilo porteño fue testigo, en los años que siguieron al Centenario y hasta muy entrado el siglo, de una de las mayores gestas de inmigración y colonización de la historia contemporánea.

Los frutos de una larga siembra

La política de Estado iniciada en 1810, cuando la Primera Junta de Gobierno invitó a residir en el Río de la Plata a los “ingleses, portugueses y demás extranjeros que no están en guerra con nosotros”, continuó sin variantes en 1812, cuando se convocó “a los individuos de todas las naciones, y a sus familias, que quisieran fijar su domicilio en territorio del Estado, asegurándoles el pleno goce de los derechos del hombre en sociedad…”
Dos importantes institutos de la joven nación del Plata dieron impulso a la radicación de colonos europeos: la Ley de Enfiteusis (facultad del Estado para prendar, congelar o enajenar la tierra pública) y la Libertad de Cultos (que abrió las puertas al cristianismo protestante).
La organización y regulación de esa política llegó en 1824, al crearse la primera Comisión de Emigración y destacarse a los primeros agentes y comisionados en el exterior. A partir de ese momento, la política de puertas abiertas a la inmigración fue tal vez la más saludable constante de la historia argentina..
Mención especial merece la Ley 817/76 sancionada durante la presidencia de
Nicolás Avellaneda. Aquel histórico instrumento permitió vender para su colonización y poblamiento cinco millones de hectáreas de tierras fiscales argentinas. Un millón más que la superficie total de los Países Bajos.
A los españoles, británicos, alemanes e italianos de la época fundacional se sumaron suecos y franceses, austríacos y suizos, en una “capa” sobre la que fueron asentándose también miles de sirios, libaneses, armenios, judíos sefaradíes, judíos ashkenazi y multitud de refugiados del centro de Europa, creando el sustrato que enriquecieron más tarde los japoneses, chinos y coreanos
de sucesivas inmigraciones.
Eso sin contar el flujo de la América criolla, que alimenta día a día el crisol (y el mosaico) nacional con aportes del Uruguay y el Paraguay, Chile, Bolivia y Perú, Brasil y América central.
Cualquier orden enunciativo traicionaría el espíritu de la República Argentina, una joven nación que comenzó definitivamente a edificarse en 1853, al prologar su primera Carta Magna invitando a “todos los hombres del mundo” 

Oscar Taffetani
Libro de nuestras raíces
Julio Moyano Editor, 2001.

Oscar Taffetani (Bahía Blanca, 1953) Periodista y escritor. Ha editado páginas y suplementos culturales en los diarios La Razón y Nuevo Sur. Dirigió el semanario cultural Las palabras y las cosas. Fue cronista itinerante de la revista dominical Nueva. Fue secretario general de redacción de la revista Quinto Poder y del diario web Nuevo Siglo Online. Se han publicado artículos suyos en E-Verba, Vuelta, Unomasuno, Casa de las Américas, Fin de Siglo, Todo es Historia, Teatro2 y Psyché, entre otras revistas y suplementos. Ha publicado en colaboración el ensayo El Menemato (LetraBuena, 1991) y es autor de San Isidro es distinto (Mompracem), La Pampa hacia el tercer milenio (Manrique Zago) y El libro de nuestras raíces (Julio Moyano). Poemas suyos se han incluído en tres antologías, la última a cargo de Ediciones Godot (2009). Su poema “XIX” ganó el segundo premio en el concurso “Poesía y Derechos Humanos” organizado por la APDH, en 1983. Actualmente, prepara la edición de su obra ensayística completa y se desempeñó como secretario de redacción en la agencia de noticias de niñez y juventud “Pelota de Trapo” (http://www.pelotadetrapo.org.ar). Actualmente es Presidente del Instituto de Artes y Ciencias de la Fundación Patagonia.

Colectividades Argentinas

La novela naturalista en Argentina (1880-1900)

Gnutzmann, Rita.
Atlanta, Rodopi, 1998, 239 páginas.

reseña de Cristian Horacio Ricci
Orbis Tertius, 2001, IV (8)
http://www.orbistertius.unlp.edu.ar/numeros/numero-8/resenas/03-gnutzmann

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