Colectividades Argentinas

historia y actualidad

 

Archivo de Marzo, 2000

A PARTIR DE CALABRIA

Por Irene B. María y Jorge Abásolo. Buenos Aires, Calabria / Cultura, 1994. 118 páginas.

Más de dos millones de argentinos llevan sangre calabresa en sus venas. Sólo con ellos bastaría para sumar una nueva Calabria. Sin embargo, dispersos en su mayor parte, contribuyen reservadamente al engrandecimiento de este país, casi siempre sin hacerse notar como calabreses, o como hijos y nietos de calabreses, quizá atrapados por cierta propiedad centrífuga del olvido.
Este libro, el primero sobre Calabria editado en la Argentina, busca participar en la construcción de una modalidad de reconocimiento intelectual necesaria, en orden a la formación de una conciencia de sí que parta de las raíces, sin duda la más compleja y elaborada de las conciencias posibles.
Dos grandes figuras calabresas en el arte, los maestros Vicente Scaramuzza y Antonio Pujía, ocupan buena parte de sus páginas, en un testimonio a veces farragoso, a veces sutil y alambicado, a veces impregnado de la engañosa sencillez de unas anécdotas. Tal vez el conjunto resulte un texto polémico. Pero así y todo, se trata de unas páginas que justifican su lectura entre quienes sientan despierto su interés por el devenir de la calabresidad.
(contratapa)

Inmigrantes y Exiliados Destacados

ALAMOS TALADOS

por Abelardo Arias. Buenos Aires, Sudamericana, 1990. Con Guía para el docente.

Abelardo Arias nació en Córdoba, aunque él hubiera preferido ver la luz en San Rafael, Mendoza, “en la finca de mi abuela materna, donde pasé casi todos los veranos de mi niñez y adolescencia, en todo caso los más memorables (…) Una criolla casona cerca del Río Diamante y del viejo fortín con foso y puente levadizo que construyó mi abuelo francés, el ingeniero astrónomo Julio Balloffet, el único injerto gringo en cientos de años de criolledad”. No hay certeza sobre su fecha de nacimiento. Algunos dicen que fue en 1908; otros, que fue en el 18.
Interrogado al respecto para la Historia de la literatura argentina (CEAL, 1980), el escritor dijo: “Sólo mis veinte libros, una comedia romántica y una parábola radioteatral, amén de cuentos y traducciones, la evolución estilística, una cierta madurez, seguridad en el oficio, me señalan el paso del tiempo. Entonces, como Alamos talados apareció en 1942, pertenezco a la llamada generación del 40. Esta es la única cronología irremediable. La única seria”.
La novela a la que alude fue distinguida en el año de su publicación con el Primer Premio de Literatura de Mendoza, el Primer Premio Municipal de Buenos Aires y el Primer Premio de la Comisión Nacional de Cultura. Marcel Bataillon –citado en La Prensa por Antonio Requeni- expresó: “Hay en ella –la novela- una intensa poesía que es a la vez la de la juventud y la de la América Colonial del fondo de las provincias, un mundo perdido para siempre y otro que espero conocer un día. Hay también un tono de relato, una mezcla de arte y naturalidad, un gusto, que no son moneda corriente en la literatura hispanoamericana”.
En Alamos talados, Arias evoca personajes de diversas clases sociales. Está la clase alta, la de los terratenientes que hicieron la conquista viviendo en un fortín hasta que pudieron doblegar a los indígenas. Así ve a su familia el adolescente: “Por momentos, abuela arreglaba parsimoniosamente los pliegues de su vestido negro, que caían sobre el almohadón de raso granate en el cual, a manera de escabel, reposaban sus botinas de fieltro negro. Desde mi escondite, la escena resultaba solemne: la galería con sus esbeltos pilares, unida a la escalinata del estrado, le daba ambiente cortesano, que destruía el abigarrado montón de campesinos esperando turno para acercarse a la señora. Ella tendía su mano de venas azuladas con tan graciosa aquiescencia, que dejaba en quienes la recibían sentimiento de gratitud por el gesto benévolo”.
En 1990, Sudamericana presentó una edición acompañada por una “Guía de trabajo para el profesor”, realizada por Marcela Grosso y Marta Baldoni, del Grupo Universitario de Investigación Literaria de la Editorial. En este opúsculo, las autoras señalan la importancia de inmigración en la novela: “El poder se ve amenazado por la presencia de lo otro, del elemento extraño: el inmigrante, figura que genera tres efectos correlativos: a) el enfrentamiento entre gringos y criollos, b) la exaltación del linaje y la hispanidad, c) el rechazo del progreso y las nuevas costumbres”.
La clase alta, representada fundamentalmente por los abuelos, se mostraba bondadosa con los criollos y los inmigrantes, en general, aunque había excepciones: “El inmigrante aparece descalificado, caricaturizado (…) o mirado con simpatía, en tanto se ciña al mandato de la abuela y no compita en el circuito de producción económica. Don Ramón Osuna sentía un “desprecio soberano por los gringos, como él llamaba a cuantos no hablaran el castellano. Desprecio que alcanzaba a toda idea que de ellos proviniera. No quiso alambrar su estancia; sembrar era cosa de gringos y nunca el arado rompió sus tierras”. “El desprecio por el progreso y las nuevas costumbres aparecen sintetizados en la abuela y don Ramón Osuna –consideran las investigadoras-. (…) En ambas actitudes está presente el conservadorismo, la resistencia al cambio”.
“Decir ‘gringo’ es un insulto –continúan- (…) El atributo ‘criollo’, en cambio, tiene connotaciones positivas (…) se convierte en una abstracción, en un símbolo de pureza racial y moral”. Los depositarios de estos valores son la abuela y don Ramón Osuna, ambos personajes en extinción (…) De la idea de extinción deriva el tono elegíaco de la novela y la figura estatuaria de la abuela, adscripta a quien muere en ademán grandioso. Frente a la aparición de los nuevos actores en el escenario social, se exalta a la elite y se reivindica al hijo del país, el criollo en desaparición. El ideal de ‘criollismo’ se proyecta en Alberto, heredero de un linaje y varón que asegura la perpetuación del apellido”.
La diferencia entre terratenientes e inmigrantes es señalada por uno de los personajes: “Doña Pancha aún no podía comprender cómo abuela había recibido, ‘con aire de visita’, a uno de esos gringos bodegueros, decía ella recalcando la palabra con retintín. Ella no podía entenderlo y menos disculparlo. Entre tener una viña y tener bodega para hacer vino había un abismo infranqueable. Eran dos castas distintas, y la Pancha se había constituido guardián insobornable de esa separación”.
Cuando las penurias económicas obligan a la anciana señora a talar los álamos, allí está un inmigrante, posibilitando que el lector saque conclusiones sobre la personal postura del autor: “Con el pie en el estribo de su auto rojo, el turco hacía anotaciones en una libreta. Uno, tras otro, caían los álamos de mi adolescencia”. Grosso y Baldoni sostienen que “La presencia invasora del inmigrante aparece metaforizada por el coche rojo del turco, que recorre el texto en varios capítulos”. Acerca del propietario del vehículo comentan: “Claras son las connotaciones demoníacas que despliega este personaje (…) Las aspiraciones comerciales del turco, que exceden a las del agricultor contratado, lo convierten en una amenaza, un peligro para el sistema. La compra de la vid y de la madera es sustituida por la idea de usurpación, de estafa: el turco no compra sino que ‘se lleva’. Caída, atropello, usurpación, tala, profanación, son los efectos del ingreso del inmigrante en el sistema, que es quebrado sin posibilidades de restauración”.
Los extranjeros –turcos, españoles, italianos, ingleses, franceses- son retratados en distinta forma. Algunos son evocados como seres altaneros; otros, son descriptos por Arias con admiración, tal es lo que sucede con el calabrés contratista de la viña: “Batista –su apellido me resultaba cómico y no pude aprenderlo nunca- había llegado de Italia cuando era muchacho, treinta años atrás. Varios cuarteles de viña se habían plantado bajo su vigilancia y la dirección de un cura, el padre Camurri, que, amén de sus misas, calzaba botas y salía a dirigir el trazado de los viñedos”. Aquí se evidencia cómo el sentimiento de la clase alta hacia los inmigrantes depende de que ellos estén o no subordinados a ella. Por otra parte, el comentario acerca del apellido del italiano trasluce cierto desdén hacia quienes provenían de países distantes.
Los criollos, que se agrupan bajo la protección de la señora y sus descendientes, ven como algo degradante el trabajo en la viña, pues nacieron para domar potros y para hacer tareas que exijan valor y destreza: “ ‘Los criollos no somos muy guapos pa’ estos menesteres, eso di’ andar cortando racimitos son cosas pa’ los gringos y las mujeres –había dicho Eulogio-. Ahora, lidiar con toros, jinetear potros, trenzar tientos de cuero crudo, marcar animales, ésas son cosas di’ hombre’ y hasta si se trataba de dar una manito para cargar las canecas, entonces se ajustaban el cinto y la faja, acomodaban el cuchillo en la cintura, ‘y no le hacían asco a juerciar un poco’ ”.
Frente a la adversidad, los criollos descreen tanto de los conocimientos de los patricios cuanto de las innovaciones de los gringos. Ante la incredulidad de uno de los señores, que la ve marcar una cruz en el suelo, “Que se ría el dotor –arguía la Pancha-, más pior le fue al gringo ‘e las Paredes, el que s’hizo una torre altaza, todita llena de palarrayos pa’espantar el granizo y, no bien la terminó, la misma tarde, la pedrera le taló las viñas… Ai tienen lo que sacó ese descreído con su torre de Davell”.
Hay, también, personajes marginales, como el ebrio Modón, cuya existencia infrahumana se describe y justifica: “Estaba descalzo, los pantalones sujetos por una faja de lana colorada y arremangados hasta la mitad de la canilla; la camisa sucia y deshilachada se perdía en la maraña de la barba grasienta, donde la tierra formaba una pasta oscura alrededor de los labios agrietados”.
Alberto, el protagonista, se siente unido a su familia por el respeto y el cariño, pero es por los criollos por quienes experimenta sus sentimientos más fuertes. Por un criollo, conoce el valor de la amistad, y es Dolores, la hermana del amigo, quien lo inicia en el camino de las sensaciones. Los inmigrantes son vistos por el adolescente como un grupo social cuyo trabajo resulta valioso, pero que también se vuelve una amenaza para la clase alta en decadencia, con cuyo ocaso se verá beneficiado.

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EL MAMUCCA

Cuando en una casa se pierde algo es por culpa de Mamucca. Su pasatiempo favorito es esconder los objetos de los que viven alli: anteojos, llaves, tijeras, chancletas, abrelatas …
Le divierte que la gente se vuelva loca buscandolos. Si vive en una granja, esconde el rastrillo o el balde de ordeñar. En las barracas de los pescadores escabulle los anzuelos. Tambien suele hacer desaparecer al gato, sin importarle si el gato esta de acuerdo.
Nadie sabe como es el Mamucca. No se deja ver. Lo que si se sabe es que vino de Sicilia. La gente de las grutas de Sicilia asegura que usa un gorro de color verde -¡casi todos los de su especie usan gorro verde!-. Sobre la otra cuestion no se han puesto de acuerdo: unos dicen que lleva dos zapatos en un solo pie, y otros que calza los dos pies en un solo zapato. Hace siglos que discuten por este asunto y han llegado a tirarse platos por la cabeza.
Con toda seguridad llego aca en un barco. Lo habra traido algun inmigrante en su bolsillo, en la bocamanga de los pantalones o en el pliegue del sombrero. Lo habra traido sin querer, sin darse cuenta. Porque uno puede mudarse de continente llevando hasta un ropero, pero a nadie se le ocurriria cargar a proposito con algo tan fastidioso como el Mamucca.
Es muy molesta esa costumbre suya de esconder cosas.
La manera de evitarlo -por poco tiempo- es dejarle un colador a mano. No puede resistir la tentacion de contar los agujeros. Como es muy malo en aritmetica, pasa muchas horas ocupado en eso. Hasta que se aburre. Y abandona el colador y las cuentas. Entonces vuelve a las andadas.
A esconder una media sucia, por ejemplo. Que despues aparece en un lugar rarisimo cuando ya todos se olvidaron de la media.
El unico modo de recuperar los objetos es olvidarse de ellos. Olvidarse de que se perdieron y hasta de que existen. Entonces el Mamucca los devuelve.
Claro, eso es mas fácil de decir que de hacer, porque cuando uno quiere olvidar algo es cuando mas lo recuerda. Es como la famosa historia del rey que queria aprender a hacer oro. Le pidió al mago que le enseñara. El mago no queria, pero el rey lo obligó. Por fin le enseñó la fórmula. Sólo que además le dijo: “Para que funcione, no debes pensar en un camello”.
El rey nunca pudo hacer oro: todas las veces se acordaba del camello.
Algo asi pasa con las cosas que esconde el Mamucca: uno no puede evitar acordarse.
Tiene predilecd6n por los tornillos y los bizcochos rellenos. Los tornillos siempre los devuelve. Los bizcochos, nunca.
Tambien hay que estar muy atento con los lapices cuando uno escribe o pinta. Le encantan. Debe ser porque los usa. A veces se encuentran en la casa dibujos hechos por el.
Es muy facil reconocerlos: hace solamente garabatos -¡horribles!-. Es su manera de dibujar a los miembros de la familia. Tambien hace puntitos, que han de ser los agujeros del colador.
Poco mas se sabe acerca del Mamucca.
Algo es seguro: cuando en una casa no se pierde nada, es porque se ha perdido el Mamucca.

Ema Wolf

Clarín, 23 de marzo de 1998

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EL GRINGO

por Fausto Burgos. Buenos Aires, Editorial Tor, 1935.

En un estudio sobre la literatura del noroeste argentino, Alejandro Fontenla se refiere a Burgos, escritor nacido en Tucumán en 1888, fallecido en 1953. “Viajero incansable y escritor prolífico –afirma-, sus cuentos aparecidos en casi todos los diarios del país constituyen un verdadero inventario del regionalismo, que abarca desde Cuyo a la Puna, incluyendo su tierra natal. Desmañado e instintivo en su escritura, sus desórdenes más evidentes, como la utilización descarnada del léxico regional, son compensados por la realidad y la fuerza emotiva que adquieren sus cuadros”.
Sobre sus libros expresa: “Su bibliografía es vastísima: La sonrisa de Puca-Puca (1926), Cuentos de la Puna (1927), Coca, chicha y alcohol (1927), Cachi Sumpi (1928) son las más prestigiosas compilaciones de los cuentos de Fausto Burgos, algunos de los cuales (“El choike blanco”, “Abejitas del monte”, “Buey viejo”) figuran en numerosas antologías del género. Caracteriza a estos textos –a criterio del ensayista- una personal forma de encarar el tema a abordar: “Abruptamente, sin concesiones a reglas de composición o a pautas de una deliberada atmósfera literaria, irrumpe el paisaje y especialmente sus seres –hombres y animales- en las narraciones”.
Jorge B. Rivera menciona a Burgos en relación con una de las principales publicaciones del siglo XX: “Una revista como Leoplán, ‘magazine popular argentino’ que se vendía en 1936 a 0,20 centavos, ofrecía por ejemplo un nutrido material literario de excelente calidad, integrado por obras de autores nacionales y extranjeros, antiguos y contemporáneos. En sus páginas, especialmente entre los años 30, 40 y comienzos del 50, aparecieron textos originales de Benito Lynch, Julio Ellena de la Sota, Bernardo Cordón, Adolfo Pérez Zelaschi, María Alicia Domínguez, Fausto Burgos, Germán Drás, Mateo Booz, Vicente Barbieri, Eduardo Mallea, Arturo Cancela, Lisa Lenson, Augusto Mario Delfino, Alfonso Ferrari Amores, W. G. Weyland, Nicolás Olivari, Héctor P. Blomberg, etc., conformando –junto con textos de Pirandello, Balzac, Eça de Queiroz, Hamsun, Alarcón, Gorki, Chesterton, Stevenson, Marc Orlan, Daudet, O’Flaherty, Hawthorne, etc- un plan de lecturas variado y singularmente económico, que contó en su época con un sólido y entusiasta respaldo popular”.
Al ocuparse de la narrativa rural, vertiente del realismo tradicional, Estela Dos Santos sostiene que “En su evolución, el regionalismo abandonó su posición nacionalista pasatista para enfocar realísticamente los temas rurales. Un viaje al país de los matreros de Fray Mocho abrió el camino que siguieron Payró, Quiroga, Fausto Burgos, Juan Carlos Dávalos, etc”. Describe un importante factor de diferenciamiento en esta literatura: “El gaucho nómade, cantor valiente, ya pertenecía a la mitología argentina. En la nueva narrativa el hombre de campo es un paisano trabajador, sojuzgado a sus patrones, afincado en límites precisos, tan falto de sentido de la propiedad como su antecesor, porque igual que él no tiene nada, pero es respetuoso de la propiedad de los otros”.
Beatriz Sarlo, por su parte, destaca que “González y Rojas, hombres del noroeste argentino, nacionalistas (nacionalistas en el plano literario) aparecen inaugurando una tradición provinciana, fundadores, al mismo tiempo, de una mitología que los escritores posteriores confirmarían y ensancharían. A esta línea –que en los dos escritores mencionados recurre a una prosa postrromántica, erizada de adjetivación y de giros castizos, difícilmente transitable hoy- se acoplarán, entre 1920 y 1940, Carlos B. Quiroga, Juan Carlos Dávalos, Fausto Burgos, Alberto Córdoba, Daniel Ovejero, entre otros narradores del centro y norte del país”. Obviamente, “existieron condiciones sociales y culturales para definir el espacio geográfico ocupado por esta literatura”. Recorre a las obras un tono de tragedia: “la muerte del arriero por la tozudez del patrón resume el carácter inevitable que, en muchos de estos relatos desde Dávalos a Burgos, tiene la muerte y la derrota”.
La obra que lleva este título fue publicada por Ediciones Tor en 1935. Era el vigésimo primer libro de Burgos que se editaba. Josefina Delgado la menciona en su “Panorama de la novela”: “Nombres como los de Mateo Booz (La tierra del agua y del sol, 1926; La vuelta de Zamba, 1927), Fausto Burgos (Kanchis Soruco, 1929; El gringo, 1935), Carlos B. Quiroga (La raza sufrida, 1929), Alberto Córdoba (Don Silenio, 1936), Ernesto L. Castro (Los isleros, 1943), Alfredo Varela (El río oscuro, 1943), Juan Goyanarte (Lago argentino, 1946), Antonio Stoll (Cuadrilla, 1948), ilustran la solidez de una obra que no depende de especificaciones geográficas”.
El gringo es José Contadini, “un viejo de mediana estatura, de buen cuerpo, tiene los ojos verdes, las mejillas sonrosadas y la cabeza blanca. Es un viejo hecho al trabajo rudo; es uno de esos viejos de morrudos dedos y de cuello rojizo y arrugado”. Italiano llegado a nuestro país cuando niño, se enorgullece de su sangre: “yo soy gringo, gringo puro, más gringo que todos lo gringo que hanno formato la colonia italiana en San Rafael”, dirá. De su casamiento con una mujer de la sociedad nacieron tres hijos. Ingenuo y permisivo, sufre el desprecio de su familia por seguir conservando sus costumbres de pobre, aún cuando posee una gran fortuna; no se trata de mezquindad, sino de su gusto por la sencillez. Habla de sí mismo como el “paganini” o el “pavo viudo”, ya que su familia derrocha el dinero en “el balneario de los ricos”, en Córdoba o en Rosario de la Frontera, mientras él se queda en la finca para poder obtener ese ingreso que les girará periódicamente: “Yo no tengo muquer… –se lamenta-. Ahora me ha decao solo. Se ha ido a Mar del Plata. Quiere que le mande tres mil pesos mensuales; tres mil, `para fundirlos con sus hicas. Yo no podré mandárselos. Este año será mal año. Andan diciendo que la uva no valdrá nada; que el gobierno la comprará para dejarla en la cepa”.
Las hijas dejan de verlo, la mujer le es infiel y el hijo lo agrede incluso físicamente, hasta que llega la hora del arrepentimiento y el gringo vislumbra una modesta felicidad, luego de que ha perdido todo: “La finquita está hecha una alhaja. Da gusto ver las viñas enmaderadas y el cuadro de alfalfa verde y fresca, y la quinta con sus damascos, con sus durazneros, con sus olivos y perales jóvenes. Da gusto ver el agua que entra en la finquita, alegre, revuelta, rumorosa, siempre apurada”.
Junto al protagonista encontramos personajes gringos y criollos. La valoración de quienes lo rodean no tiene que ver, para Contadini, con el país de origen, sino con el hecho de que sea o no trabajador. Para la familia, en cambio, ser inmigrante es una vergüenza que se debe ocultar, tratando de parecerse en lo posible a los nativos de clase alta: ‘Usted no es un gringo –afirma el yerno que vive a expensas del italiano-; usted ya puede llamarse criollo; ya tiene títulos para ello’ “.
Uno de los peones asegura también que Contadini ya es criollo, pero lo hace en otro sentido: “De esas cubas hay que sacar el orujo pa’ llevarlo a las prensas –explica el yerno. Mire vea, ¿y quién saca el orujo?, ¿quién se mete en la cuba sabiendo que dentro de ella puede parar las patas? El peón criollo, señor; el gringo tiene miedo, el gringo no se mete a descubar ni por equivocación. Mi patrón no es gringo; mi patrón ya es criollo; él es capaz de ponerse a descubar también”.
Debe ocultarse, asimismo, toda vinculación con el trabajo manual, ya que es degradante; lo deseable es estar relacionado con la clase dirigente y no tener que ocuparse de menesteres tan poco elegantes como la agricultura. El italiano está convencido de que “El Gobierno cobra lo impuesto y acusta la soga. ¿Para esto nos reventamo lo pulmone trabacando, para dar de comere e de chopar y luco a un ejército y compadrito?”
Como la otra cara de la misma moneda, Burgos presenta con mirada elogiosa a las madres que van con sus chiquillos a trabajar en las viñas: “En los patios de la casa de esas tías pobres, que trabajan a la par del hombre y que llevan a sus hijos a trabajar, bajo un sol amarillo y templado, hay montones, tamaños montones de sarmientos”.
Reitera, a lo largo de la novela, la acusación que los nativos hacen a los extranjeros: “¿No son ustedes los que nos vienen a quitar la tierra y el vino y el pan y todo?” Los peones inmigrantes miran con lástima a quien esto dice y comentan: “Povero nero”, “povero chino”, “é una bestia”.
Gringos y criollos, corte y aldea, la naturaleza y la mano del hombre, son algunos de los opuestos a partir de los cuales Burgos ha creado la trama de esta conmovedora novela, que evoca una época de nuestra historia, al tiempo que reafirma sus dotes como escritor.

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MAFALDA INEDITA

por Quino. Ediciones de la Flor. Buenos Aires, 1988.

En 1989 Mafalda cumplirá veinticinco años, y los festeja con este libro en el que se recogen tiras que no fueron publicadas por diferentes motivos. Algunos originales desaparecieron; otras tiras fueron dejadas de lado por el humorista, quien no las consideró buenas, o no fueron publicadas por referirse en modo muy especial a situaciones del momento. Hoy las reúne, y nos permite apreciar la evolución de un personaje al que Umberto Eco definió como una “heroína iracunda que rechaza al mundo tal cual es… reivindicando su derecho a seguir siendo una niña que no quiere hacerse cargo de un universo adulterado por los padres”.
El personaje nació como consecuencia de una necesidad publicitaria, en un principio. El escritor Miguel Brascó, amigo personal de Quino, cuenta que le pidieron una tira cómica que se publicaría para promocionar los electrodomésticos Mansfield, producidos por Siam Di Tella; en seguida piensa en Joaquín Lavado quien, en su opinión, “era y sigue siendo no sólo un gran dibujante, sino un genial argumentista”. El humorista idea una familia y, llegado el momento de elegir el nombre de la protagonista, recuerda un personaje de la novela “Dar la cara”, de David Viñas. Así es como surge el nombre de la pequeña.
El 29 de setiembre de 1964, Mafalda empieza a aparecer en “Primera Plana”, donde se publica hasta el 9 de marzo de 1965; la campaña de Mansfield no había sido posible, por advertirse la publicidad encubierta. Las tiras de esta epoca reflejan los acontecimientos que conmovían a la opinión pública tanto en el orden nacional como en el internacional; esta característica tenia que ver con el medio en que aparecían, un semanario de actualidad. El 15 de marzo del 65, Mafaida es publicada en el diario “El Mundo”, hasta el 22 de diciembre de 1967, fecha en que el diario cierra definitivamente. La tira, que hasta el momento era semanal, pasa a ser diaria y, lógicamcnte, podría tocar temas de último momento.
El 2 de junio de 1968, Mafalda aparece en “Siete Días Ilustrados”, donde se seguirá publicando hasta el 25 de junio de 1973; tiempo antes de esta fecha el humorista “se había dado cuenta de que se encontraba agotado y que no podía insistir sin repetirse”. A partir de 1973, aparece ocasionalmente en las campañas en defensa de la niñez de instituciones como el Hospital de Niños o UNICEF, como así también en la publicación realizada para la Liga Argentina para la Salud Bucal.
Los temas que Quino aborda en estas tiras inéditas son los mismos que encontramos en sus libros: la situación política de Argentina y el mundo, el status y las ansias de figurar, las manías, la condición de la mujer, a mitad de camino entre sus propias autolimitaciones y las que le imponen los hombres.
Si bien, en 1964, la tira presentaba a la niña y sus padres, con el tiempo se fueron agregando otros personajes, formando un pequeño mundo al que el lector podría acceder mediante el humor y la complicidad. Susanita, Manolito, Guille, Libertad y Felipe nos muestran nuestra realidad de todos los días, con sus absurdos y sus mistificaciones, y nos hacen sonreír, mientras captamos el amargo mensaje que esa sonrisa conlleva.
Es de destacar, en el volumen que comentamos, el minucioso trabajo de Sylvina Walger, quien redactó los textos y tuvo a su cargo la investigación periodística que acompaña a las tiras, permitiendo así captar el sentido de las mismas al conocer los hechos históricos a los que se referían. Muchos años de nuestro pasado han sido registrados por Quino en este libro inteligente y cálido, que nos brinda otra faceta de un personaje a quien todos queremos. Recopilaron Alicia y Julieta Colombo; diseñó la tapa y diagramó Juan Miguel Castillo.

(EL TIEMPO, 12 de marzo de 1989)

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