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La Novela Histórica

La participación de la Historia en la Literatura o la literatura en la historia

 
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Crítica

Astucia. El Jefe de los Hermanos de la Hoja.

La novela histórica costumbrista.

Luis G Inclán autor de esta novela histórica costumbrista, parte histórica y parte de ficción: nace el 21 de junio de 1816, en el rancho de Carrasco, perteneciente a la Hacienda de Coapa, municipio de Tlalpan. Para los que conocen la ciudad de México, se encontraba en la Avenida de Insurgentes y el Anillo Periférico, en el sur de la ciudad. En esa misma fecha se inició la publicación del “Periquillo Sarniento”, la primera novela escrita en el Nuevo Mundo, Morelos ya había muerto y el movimiento Insurgente se encontraba a la deriva.
Su madre fue una mulata llamada Rita Goicochea y su padre el Administrador de la Hacienda de Narvarte de nombre José María Inclán. Sus primeros estudios los hizo en la Escuela Real y posteriormente en el Seminario Conciliar, estudia latín y filosofía. Al no ser de su agrado los estudios, se fuga del seminario.
Después de la fuga, habla con su padre sobre sus deseos de convertirse en ranchero, este lo envía a trabajar con un enérgico y rico latifundista del valle de Quencio, en la Tierra Caliente de Michoacán. Inclán se enamora del lugar, al grado de hacerlo el escenario de su novela, en el suceden todas las aventuras de su héroe, Lorenzo Cabello; El Coronel Astucia, Jefe de los hermanos de la hoja o los Charros contrabandistas de la Rama.
Cinco años después de trabajar en la Tierra Caliente, regresa a vivir al rancho de Carrasco y se hace cargo de la administración de las haciendas de Narvarte, La teja, santa María, Chapingo y Tepentongo, así como de la plaza de toros de México y Puebla. Compra el rancho de Carrasco y se casa en 1837  A la muerte de su primera esposa, se vuelve a casar en 1842
Durante la invasión norteamericana sufre la destrucción de sus propiedades y a consecuencia de ello, se traslada a la ciudad de México, para subsistir se contrata como cobrador de alquileres. Cuando al fin logra vender lo que le queda de su rancho de Carrasco, con el producto de la venta, compra una pequeña imprenta que instala en la calle de León 5 cerca de santo Domingo 12 y un taller de litografía situado en la calle de san José del Real 7, en donde imprimía estampas religiosas.
Carlos González Peña el primer critico del jefe de los hermanos de la rama, lo describe, pero nosotros podíamos imaginarnos a Lorenzo cabello, el coronel Astucia, en esa descripción. González Peña dice: “magro y cargado de espaldas, moreno, de ojos pequeños, negros y vivos (…), de gran nariz, cejas amplias y bien diseñadas, dilatada y (…) sonrisa campechana y cazurra del ranchero, bigote y mentón afeitado y barba recortada a la usanza de los charros que” hemos visto, en los viejos grabados del siglo XIX.
En Astucia sus personajes se desplazan en caballo, mula o a pie; se hablan, se informan, espían y son fieles a su palabra. Todo esto dentro de un ambiente casi familiar, surgido de un México rural y ajeno a cualquier problema político. Para ellos, su ambición es vivir una vida simple, sin problemas cos sus vecinos y menos con la autoridad y las leyes que representan.
La necesidad de los charros de ganarse la vida comerciando hojas de tabaco, que la ley los obliga a pasar por las aduanas y en donde dejarían sus ganancias en el pago de los derechos. Los obligan a evitarlas y por tanto ponerse fuera de la ley. De esa forma, muchos otros dedicados a esta actividad, tienen también que contrabandear el producto. Pero a diferencia de otros delincuentes, los charros se rigen por un código de honor, que prefieren morir que faltar a él.
Inclán nos cuenta en su novela: las aventuras que corren los charros contrabandistas de la rama para cruzar la sierra, los valles y los ríos, para cumplir con su palabra de llevar a buen termino su promesa. Evadiendo al mismo tiempo las aduanas y a la autoridad. También nos cuenta cuales son sus legitimas ambiciones de lograr su emancipación económica y social. Ya que en esencia, lo que desean es comprar y vender el tabaco, ser dueños de sus caballos y de sus mulas, en las cuales transportan su mercancía. Y si tienen algo de suerte, tener al final de su vida un capital suficiente para comprar un pequeño rancho y pasar sus últimos años, en compañía de su familia.
No debemos de olvidar que son los primeros años después del fin de la guerra de independencia y en donde se esta decidiendo el destino de la nación: el fin de la cultura novohispana y la creación de una nueva basada en la propiedad privada, el deseo de lucro y de una industria capitalista, que arrasa a todo pequeño propietario, sumiéndolo en la miseria.
Esta lucha entre los dos sistemas de producción son ajenos para Astucia y sus compañeros, para ellos la lucha se limita a combatir la injusticia en la cual se desarrolla su vida diaria. Tampoco Inclán, entra en detalles sobre los problemas que sufre el país, y se contenta en seguir una línea argumental que lo mantiene fiel al ritmo de la naturaleza.
Inclán no es un hombre de letras, sino un simple impresor, que se pasa tiempo en su taller. De su preparación literaria podemos decir que es casi nula.     En 1889, Luis González Obregón comenta sobre la obra que nos ocupa: “aunque mucho deja que desear esta novela, es, sin embargo, interesante desde el punto de vista histórico”.
A pesar de todo esto, vale la pena leer la novela, nos narra una vida de un México pasado, por medio del cual, podemos conocer sus costumbres, sus deseos y ambiciones. Inclán nos dice, en su prologo de su obra: “es la simple relación de los acontecimientos que le fueron relatados por el coronel Astucia”, muchos años después que estos sucedieron. Cuando la pasión del vivir, se han convertido en un lejano recuerdo, en tristezas y alegrías marchitas en el corazón.
En 1865, se publica: “Astucia, Jefe de los Hermanos de la Hoja o Los Charros Contrabandistas de la Rama”, con la autorización del emperador Maximiliano, en base a los artículos 2º y 8º de la Ley de 3 de diciembre de 1846; en dos tomos, ilustrados con estampas e impresas en el taller del autor. Que disfruten su lectura, les dejara un buen sabor de boca y un conocimiento más amplio sobre la historia y las costumbres mexicanas de la primera parte del siglo xix. Costumbres que no variaron gran cosa, en la segunda parte, por lo menos hasta 1880
Bibliografía.
El comentario se hizo en base al Prólogo histórico de Felipe Garrido.
Inclán, Luis G. Astucia, El jefe de los Hermanos de la hoja o los charros contrabandistas de la Rama. Prólogo de Felipe Garrido. Promociones Editoriales Mexicanas. México 1979 Colección de Letras Mexicanas. Pág. 638 +XXVI
©Humberto Miguel Jiménez 2010
jimenez_humberto@prodigy.net.mx
Tlalnepantla de Baz. México.

Crítica

“Los últimos días de Pompeya”. Una crítica de Héctor Zabala

Nuestro colaborador de Buenos Aires, Argentina, Héctor Zabala, nos ha enviado una crítica de la obra de Edward George Earl Bulwer-Lytton. “Los últimos días de Pompeya”. Escrita en el año de 1834 . La novela de Bulwer es un ejemplo de lo que no se debe hacer cuando se escribe una novela histórica. Como ustedes se darán cuenta como se vaya desarrolla la crítica, que Bulwer se sentó a escribir sin tener toda la documentación necesaria sobre el hecho histórico, en este caso: los días anteriores a la erupción del Vesubio que sepulto bajo su lava y cenizas a Pompeya. Demos ahora paso a nuestro colaborador:
“Los últimos días de Pompeya” es una obra de género realista; entendiéndose por tal a toda creación literaria que busque respetar las leyes naturales.
“La novela intenta mostrarnos cómo era la vida de los antiguos romanos. La trama y el desarrollo son buenos, aunque por momentos el relato se torna un tanto pesado, cosa no necesariamente atribuible a la manera de escribir del siglo XIX; máxime que para 1834, época en que fue escrita, ya había literatos de pluma muy grácil como Edgar Alan Poe, sólo por dar un ejemplo.
Pero más allá del estilo del autor, que fue objeto de crítica por muchos, he hallado varias inexactitudes en esta obra de Edward George Bulwer-Lytton, cuya historia se desarrolla en Pompeya (Campania, Italia) durante el año 79 de nuestra era. El 24 de agosto de ese año la erupción del Vesubio destruiría esa ciudad junto con la de Herculano.
Estas inexactitudes deberían servirnos de alerta sobre el peligro que corre un autor que intenta una novela histórica o de trasfondo histórico sin estar suficientemente informado.
Las inexactitudes de la obra:
1) “–Apaecides –dijo, haciendo un gesto rápido con las manos, que era la señal de la cruz.” (Libro I, capítulo VIII)
El texto no expresa con claridad si… Olintho hace la señal de la cruz en dirección a Apaecides o si la hace para sí, (en ambos casos) estaría fuera de contexto histórico (los primitivos cristianos no la practicaban)… La primera referencia a la señal de la cruz data recién del año 230 y la debemos a Tertuliano. No hay constancia histórica de que los cristianos de los dos primeros siglos utilizaran ese rito, introducido tardíamente en el cristianismo… esto (ocurrió) en el siglo III, nunca tan temprano como a fines del siglo I, época en que se sitúa la novela.
2) El egipcio Arbaces, sacerdote de Isis, trata de convencer a su discípulo Apaecides de que el cristianismo es un plagio:
“–Esa fe –comenzó – es un plagio extraído de una de las muchas alegorías inventadas por nuestros sacerdotes antiguos. Observa –añadió, señalando un rollo de pergamino – en estas viejas imágenes el origen de la Trinidad cristiana. Ahí tienes representados tres dioses: Dios, el Espíritu y el Hijo.” (Libro II, capítulo IV).
La comparación con el misterio de Osiris es muy ingeniosa, pero el inconveniente estriba en la palabra Trinidad y en la idea misma. El término Trinidad no se encuentra en la Biblia, por lo que es muy improbable que los primitivos cristianos conocieran la idea. De hecho la palabra es de origen latino… Además la Trinidad no fue establecida como doctrina cristiana en el siglo I sino mucho después… la realidad histórica determina que el tema fue planteado por diferencias doctrinarias… en el siglo IV y… (Se) necesitó (de) un emperador pagano  Constantino I, el Grande, ordenara un concilio para decidir sobre la naturaleza de Dios… Fue en el Concilio de Nicea (año 325)… En el siglo I, época en que se sitúa la novela, ni siquiera se había planteado el asunto, razón por la que el egipcio Arbaces no habría podido decir lo que está entrecomillado.
3) El autor narra una reunión de cristianos a la que asiste Apaecides en calidad de observador o de curioso, conducido por Olintho:
“La puerta se abrió. Doce o catorce personas se sentaban en un semicírculo, en silencio, al parecer absortos en sus pensamientos; en la pared opuesta se veía un crucifijo toscamente tallado en madera.
Cuando Olintho entró, levantaron todo el cabeza sin pronunciar palabra. El propio nazareno, antes de aproximarse a ellos, se arrodilló súbitamente, detuvo su mirada en el crucifijo y comenzó a mover los labios, dando a entender a Apaecides que estaba orando. Realizado este rito, Olintho se dirigió a la congregación…” (Libro III, capítulo III).
El origen del crucifijo data del siglo VI y ni siquiera se conoció inmediatamente en territorio italiano, pues su creación se debe a artistas bizantinos muy posteriores a la caída del Imperio Romano de Occidente. No hay ningún objeto de este tipo de los siglos I al V hallado por los arqueólogos ni tampoco referencia bibliográfica alguna de que tal objeto se usara antes del siglo VI.
En cuanto a la cruz como símbolo (sin la representación del cuerpo de Jesús de Nazaret) data de época menos tardía (siglo III o IV), pero muy posterior al año 79 en que se sitúa la novela…
5) Un diálogo entre un viejo cristiano, Medón, y el recién bautizado Apaecides se desarrolla en parte así:
“– ¿Es cierto, como dicen, que tú viste el rostro de Cristo? [Dice Apaecides]… –En la ciudad de Naím, en la lejana Judea, vivía una viuda, pobre de espíritu y de corazón… El hilo que unía a la mujer con la vida (su hijo) quedó roto y el aceite se secó en las vasijas de la viuda. Colocaron el cadáver en el féretro y, ya cerca de las puertas de la ciudad… el silencio prevaleció sobre los lamentos funerarios, porque el Hijo de Dios pasaba por allí… el Señor se apiadó de ella, tocó con sus manos el féretro y dijo ‘Levántate y anda’. Y el muerto resucitó y vio el rostro del Señor… Me levanté y hablé. Estaba vivo y me lancé a los brazos de mi madre. Sí, yo era un muerto redivivo…” (Libro IV, capítulo IV). La narración es muy conmovedora y repite parte de lo dicho por el discípulo Lucas en el capítulo 7 de su evangelio (pero) no nombra a ningún Medón)… Naím no quedaba en Judea. La aldea de Naím  estaba en Galilea, a muy corta distancia de Nazaret. Para llegar a Judea, había que atravesar todo el distrito de Samaria… también  (es) inconcebible, es que el personaje habla de los pergaminos de los Apóstoles. Éste es un error que tampoco hubiera podido cometer un cristiano del primer siglo, versado en las escrituras. La anécdota de la viuda de Naím sólo se encuentra en el evangelio de Lucas, pero Lucas no fue apóstol de Cristo. Era un médico, discípulo cristiano como tantos, pero nunca apóstol… La aldea de Naím (o Naín o Nein) todavía subsiste. Se encuentra a unos 10 Km. escasos al sudeste de Nazaret.
Si deseas tener el ensayo completo sobre “Los últimos días de Pompeya” de nuestro colaborador, envíanos un correo-e a nuestra dirección y te lo enviaremos por la misma vía:
Jiménez.humberto@prodigy.com.mx

© Humberto Miguel Jiménez 2009

Crítica

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