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La gente y su sombra

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Estos fantasmas que me parecen

He estado pasando por todo tipo de virus. Desde en la computadora hasta en el cuerpo. Con todas las letras de abecedario incluidas. Aún no pueden conmigo.

Luego del trastorno del modem quemado, al poco tiempo la máquina comenzó a jugar desconectando Internet a cada rato. Primero pensé que era la red, luego los servidores y realicé todo tipo de reclamos. Luego el antivirus pegó un grito, y yo otro!, y a formatear. Anduve unos días angustiado por la información que podía perder, pero he tenido suerte y aquí estamos de nuevo. Les agradezco la paciencia.

 

Estos fantasmas que me parecen

 

Halle donde me halle, me encuentran.

Van conmigo. No puedo escaparles.

Siempre parezco percibirlos pasar desde un ángulo muy abierto de mi visión, a izquierda o derecha. Van tan rápido que, al tratar de mirarlos, ya se han ido y no los puedo descubrir.

Se esconden detrás de cualquier cosa. Obsesivamente intento sorprenderlos pero se esfuman antes de poderlos ver.

Quiero creer que es la imaginación la que me juega una mala pasada, que no existen, que me parece. Pero cierro los ojos y los escuchos, duermo y los sueño.

Ellos ciertamente trajinan por aquí.

Andan siempre juntos, de a dos o más, con excepción de uno del que sólo puedo descubrir su sombra; son oportunistas y despiadados, no sé lo que buscan.

Hay unos pequeños que parecen niños y pasan como en bandadas por detrás de las puertas; sus grititos se escuchan como ecos distantes y breves.

Les he prestado atención, o la que me permiten.

Puedo creer que, entre ellos, descubrí el espectro de un niño hijo. Parece llevar un listado con marcas heredadas garabateadas en los trozos de papel que tiene en sus manos. A veces parece pasar leyéndolas con expresión de no entender. Otro, puede ser el duende de un niño hermano y creo, por lo que he alcanzado a deducir, anda arrastrando un carrito con cargas pesadas. Hasta me ha parecido que pasa preguntándole a los demás si lo que lleva son suyas, o cuales. Hay otro que pasa siempre por último y es el más pequeño y olvidado que sugiere ser el espectro de un niño padre. Parece pasar resignado y siguiendo a los demás porque sí. No es más alto que los zócalos.

A uno de ellos no logro ver jamás, digo, parecerme verlo. Sé que está porque despide un penetrable aroma a mujer. En ocasiones lo descubro porque simplemente siento que me está mirando desde atrás, a mis espaldas. Hasta a veces, me descubro sintiendo la candidez de su mano sobre la mía. Y hasta me ha pasado querer sorprenderlo entre las toallas, o en el ropero o en la mesa de luz, donde creí estaba. Es traicionero e inescrupuloso. También suelo creer que aparece detrás de las imágenes de las fotos del cajón. Muchas veces parezco sentir que toma mi mano y pretende guiarme. Al principio le hacía caso. Creía que así, en algún momento, lo podría encontrar de cara. Pero le haga caso o no, es lo mismo, no se muestra. Me descubrí haciendo cosas que nunca quise, por él. Hasta en el reflejo de la pantalla parecen verse sus burlas. Hasta llegué a cuestionarme si aquellas cosas las quise o no realmente, y si ese fantasma es un deseo, una ocasión o una necesidad.

No llevan carteles ni se definen a sí mismo. Solo trasmiten estas sensaciones que pretendo comprender. Los hay de todo tipo, aunque a veces pienso que es solo uno que se disfraza y multiplica.

Hay otro que hace mucho ruido, siempre. Cuando llego ya se fue pero deja sus construcciones en hierro y madera. Construye aparatos que hacen cosas útiles y, aunque hay quienes se los atribuyen, se sabe que fue él. Es difícil defenderlo, creo que cuando ya no esté lo extrañaré. Suele dejarme comida cuando llego, taparme por las noches cuando no hace ruido y, en si, trasmite la sensación de un refugio. Creo que puedo contar con él. Da la impresión que solo quiere que se sepa que existe y que sus edificaciones sean bien tratadas; no parece tratar que se las pretendan exclusivas, sino hechas para algo. Ese parece ser su modo. Quizás crea que fabrica cosas para el futuro.

Suelo creer ver a uno muy pizpireta, que se asoma detrás de las ramas, o desde los pretiles, o detrás de los vehículos, o inclusive junto al sol. También me parece verlo detrás de las nubes, o de las columnas, o hasta dentro de la impresora y que va a salir estampado en una hoja. Creo que posee siempre una sonrisa o al menos la contagia. Éste anda generalmente delante de mí. Parece querer mostrarse, o querer que lo busque; que ande detrás de él, siguiéndolo.

Aparece cada vez menos.

Otro que hace mucho que no aparece es aquel que me inducía ciertos deseos. Me hacía creer que eran instintivos y propios, luego me dí cuenta de su incidencia. Cuando comenzó a faltar.

El que aparece cada vez más seguido es uno que aparentemente anda en el aire. Es que suelo creer verlo entre las formas que dibuja el humo del cigarrillo. O cuando pasa volando una paloma parece seguirla. Creo que va en la estela de los aviones y hasta parece viajar con los sonidos e, increíblemente, me parece verlo cuando percibo algún aroma que me transporta a ligarme con una asociación. Es agradable su sensación y realmente lo quiero. A veces lo invento y parece ser él en realidad. Creo que existirá mientras tenga conciencia.

Hay uno que transita en las sombras. Es el que más me intriga y preocupa. Parece no estar decidido en su rumbo y se mueve por medio de cada imperceptible flujo de aire, como una burbuja. Con precaución y vergüenza. A veces se cruza con los duendes niños, y creo que se separa y luego los sigue. Me sugiere un otoño incierto. Las veces que suele parecerme que toman mi mano, un instante antes sé que va a suceder porque creo verlo hacer piruetas a un lado. También me parece verle blandir armas cuando se deja sentir saliendo de lo oscuro. Tengo temor de esas armas que no descubro qué son. No estoy seguro que sean para defenderme o atacarme. Puedo contar heridas que no sé de donde salieron ni como me las hice, aunque tampoco puedo atribuírselas.

Todos son vanidosos y soberbios.

Eso me parece.

Pero como son míos y aparentemente ningún otro los percibe, tengo el temor que sea yo mismo convertido en fantasmas. Los que aparecen entre los delirios de fiebre. O las que los delirios de fiebre hacen aparecer. Esto me perturba.

Lo que más me molesta y a la ves enternece y seduce, es esa sombra de aquel fantasma que está solo. Del que arrulla y adula el silencio. Del que se lame y lame a mis demás fantasmas. Del que de alguna manera nos sana. Que proyecta sus sombras de la que no se escuchan sus llamados, pero le pertenecen. Quisiera comprenderlo.

Quisiera comprenderla.

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Dos maneras de apearse

Una semana provechosa. Me encantó.

Germán que nos regala una historia, parte de su corazón y sus sentimientos. ¡Claro!, todos la leímos y la percibimos, pero él sigue ahí, escondidito detrás de su escrito. Calladito, vergonzoso.

Vancho que se nos enferma y ¡todos a preocuparse!, afortunadamente, en fin: un susto y a cuidarse.

Luego vinieron las misivas, ¡fantásticas!, ¡maravillosas!

Hoy, luego de estar ausente durante el fin de semana, abro el correo y encuentro al amigo; ¡al amigo Vancho y su mensaje con archivos adjuntos!

Entre líneas y en el mensaje, grita amistad, comprensión y amor, entre otras cosas algo más ocultas que se condicen con su estilo y personalidad.

Ésta semana será de él y ésta entrega uno de sus relatos. Sombras anecdóticas de un tiempo suyo, apropiadas al nombre de este blog, que por cierto y como dice Socorro, se percibe el calorcito.

Gracias Hermano.

 

DOS MANERAS DE APEARSE

-Historias de asilo-

por IVAN SALAZAR URRUTIA

Dedicado al compañero y amigo V. y F.

 

Existen muchas maneras de asilarse en una Embajada; ninguna es cien por ciento segura. Los golpistas encuentran especial deleite en tirar sus redes en los alrededores para cazar incautos, nerviosos, temerosos, audaces…

 

Mirando la calle desde el segundo piso de la Embajada de Honduras en Chile veíamos pasar gente y las clasificábamos: este es un curioso; éste, un familiar de asilado; este es un detective; éste, un carabinero de civil; este se quiere asilar. Cuando concluíamos que era un potencial asilado, pasábamos la información a la Comisión Puerta para que vieran qué podían hacer.

Desde esa ventana podíamos saber incluso el grado de desesperación con que andaba el compañero. Uno de ellos nos contó que dado el toque de queda –a las siete u ocho de la tarde, ya no recuerdo bien- él se encaminaba a un Parque o una Plaza y se paseaba hasta el límite de la hora. Al filo del toque de queda él y otros paseantes, se subían a un  árbol, cortaban ramas y las ponían apuntando hacia debajo de modo que su cuerpo quedara oculto. A las nueve o diez de la noche pasaban las primeras rondas con perros y linternas; más luego pasarían intermitentemente hasta el amanecer. A veces eran carabineros, a veces militares; alumbraban los rincones, los arbustos, los árboles, los escaños… de vez en cuando un disparo, o un ¡Bájate, mierda! Al día siguiente, entre las siete y las ocho de la mañana caían desde los árboles estos frutos humanos que se saludaban con un leve gesto y enrumbaban por la ciudad de Santiago…

Aquel día los que miraban los espacios de la calle y las aceras gritaron excitados: ¡Éste se quiere asilar! ¡Avisen a la Puerta! Al escuchar asomé mi mirada por sobre las cabezas y vi a mi compañero y amigo V. Bajé corriendo entre los compañeros que conversaban, o no más descansaban, sentados en las escalas; debía avisarle que no lo hiciera, que esperara a que encontráramos la forma de hacerlo. Me asomo al antejardín y veo a mi compañero girar bruscamente hacia nosotros y emprender una frenética carrera ¡hacia la casa del lado! Ocurre que era una construcción con techo de dos aguas; pero eran dos casas. Una, de la Embajada de Honduras; la otra, una casa particular. Mi amigo V. vio el portón entreabierto y pensó que era el portón de la Embajada. Salí al antejardín y le grité ¡Acá! ¡Es por acá! ¡V…! Me miró en la carrera, entendió, volvió a girar, ya en el antejardín vecino y corre hacia nosotros. Claro, había una separación de rejas de fierro en forma de lanzas de aproximadamente dos metros de alto. Los carabineros gritando ¡Alto! ¡Alto, mierda! V. se tira sobre los fierros como un gran salto a una piscina. Fue impresionante; pasó la cabeza, el pecho, el abdomen, y ¡Zas! Cae sobre los fierros y se ensarta en las puntas de las lanzas. Gritaba como chancho en la batea. Un carabinero pone rodilla en tierra, apunta, pasa la bala; el otro de pie contra las rejas apunta y amenaza: ¡Alto… o disparo! Corro hacia mi amigo y le sostengo por los hombros. ¡No dispare! ¡No dispare! ¡Hermanito, por favor, no dispare! Alguien más, de la Comisión Puerta le grita ¡No ve que está herido! Y yo: ¡Ayúdame a  sostenerlo! ¡Se está ensartando en los fierros…! Los policías no querían entrar al antejardín vecino porque era propiedad privada; ante los gritos desgarrados de V. uno de ellos se atrevió a entrar y sostuvo a V. desde las piernas. Pero lo tiraba hacia él, como para sacarlo del asilo. ¡No jales! ¡¿No ve que está ensartado en los fierros?! Pero nada, él tiraba y tiraba; hasta que no sé quién le grita:-¡Para, hombre, no ve que la mayor parte del cuerpo ya está asilado! El carabinero deja de halar, lo suelta y mira como de perfil y sentencia: -Es verdad, está asilado.- y luego nos ayuda a levantar el cuerpo y pasarlo por sobre la reja hasta nosotros. Cada pierna ensartada en sus respectivas lanzas, a dos centímetros de sus testículos. Posteriormente testimonió que la próxima vez se asilaría con dos cebollas para completar un anticucho o fierrito…

 

Siempre pensé que el Golpe de Estado no duraría más de dos años. De ahí concluí no asilarme. Todo septiembre y octubre lo pasé clandestino. Me corté el pelo y la barba (especie de uniforme que usábamos); la piel blanca bajo la barba la disimulábamos con jugo de naranja. Muchas veces me salvé de los militares por minutos, ¡hasta por segundos! Pero yo no hacía caso de esos avisos y seguía en mi determinación: ya pasaría la oleada más dura de la represión, luego actuaríamos nosotros. Mis compañeros insistían que mi ocultamiento costaba muy caro, en dinero y en riesgo, no sólo para mí, también para mis compañeros.

Finalmente, en noviembre, decidimos que había que asilarse. Pero cuando se recorrieron las Embajadas, todas estaban con custodia de carabineros y militares, más algunos detectives de civil que recorrían los alrededores; salvo las más pequeñas que sólo tenían carabineros. Imposible asilarse; ya era muy tarde. Habría que buscar algunos pasos cordilleranos. Sin embargo llegó una noticia alentadora: la Embajada de Honduras tenía sólo una pareja de carabineros; éstos se estacionaban frente a la Embajada, ubicada al medio de una cuadra, o bien se paseaban a no más de veinte metros para cada lado. Se tomó la decisión de asilarse ahí. Se estudió las casas vecinas, las casas que colindaban por el patio trasero. Se desechó actuar en la noche, bajo toque de queda. Lo más importante: entre los asilados había un compañero muy querido. La idea era aprovechar cuando llegara el bus con carabineros para hacer el cambio de guardia; si el cambio se hacía desde la esquina –es decir, el bus no doblaba-, los carabineros que terminaban la guardia debían caminar desde la media cuadra hasta la esquina y cruzarse con la pareja de reemplazo a treinta metros de la Embajada. Ese era el lapso de tiempo que requeríamos para asilarse. El problema era que la puerta de reja estaba siempre con llave: debía estar abierta. Me ofrecí para ir a hablar con mi amigo ya asilado para decirle que asegurara la puerta sin llave para cuando se produjera los próximos cambios de guardia.

Caminé hacia la Embajada, directamente donde estaban los Carabineros:

-Disculpe, mi carabinero, buenos días. ¿Esta es la Embajada de Honduras?

-Sí, esta es ¿Qué desea?

-Trabajo en una oficina jurídica y en esta Embajada se asiló un señor que tiene juicios pendientes por problemas de cheques sin respaldo. ¿Podría Ud. llamar a ese Señor para que me firme algunos documentos legales y no se vaya del país sin pagar con su peculio las deudas?

-Pero aquí están asilados por razones políticas…

-¡Qué va! Este tío no tiene nada de político; es un gran sinvergüenza. Pero si Ud. no puede hacer nada mi jefe, el abogado Larraín deberá presentar una queja ante el Alto Mando para que no le den visa de salida…

-No. Espere un poco.

El carabinero se acercó donde unas personas que estaban tras la reja del antejardín y éstos gritaron para adentro el nombre de mi amigo. Al instante salió éste con cara de temor y de extrañeza; antes que dijera nada le espeté con voz dura: - ¿Ud. es el Sr. Fulano de Tal?- Sí, me respondió y yo inmediatamente le regañé: -¿Cómo es posible que pretenda huir del país sin dejar documentada su deuda? Yo vengo del estudio del abogado Larraín y Asociados y espero llegar a un acuerdo con usted.

Abrí el maletín y se lo fui a mostrar a los carabineros: -Vea Ud. mi cabo; para seguridad…- El carabinero miró, levantó algunas hojas, miró los bolsillos interiores y dio su conformidad. –Mire señor, para empezar ¿Reconoce Ud. esta deuda?-  Y le muestro un escrito a máquina previamente preparado. Sí, claro, la reconozco. –Entonces podrá Ud. firmar este documento… Mi carabinero, disculpe ¿no tendrá Ud. un lápiz pasta que me facilite?- Claro, como no… tome. –Aquí, firme aquí, por favor- mientra extraigo de dentro del puño de la camisa un pequeño documento con mi solicitud. Mi amigo firma a través de las rejas y lee mi pequeño mensaje. Creo se puso más pálido de lo que estaba. 

Sus ojos me decían no; los míos decían sí. –Bien señor,  voy donde el Sr. Larraín y vuelvo para finiquitar. Le recuerdo que si no deja todas sus deudas en regla, no podrá abandonar el país. Se lo digo en serio.

-Gracias, mi carabinero; tome su lápiz. Muy agradecido. Permiso.

El primer intento fue fallido: el bus dobló la esquina y se detuvo frente a la Embajada; bajaron dos carabineros y subieron los otros dos que estaban de guardia. Nosotros, parados en la esquina opuesta, dispuesto yo a caminar hacia la Embajada si los carabineros caminaban hacia el bus en la esquina opuesta. Pero eso no ocurrió. En el próximo cambio de guardia tampoco ocurrió.

En el tercer intento asomó la trompa del bus en la esquina y nosotros ya estábamos en posición en la esquina opuesta. El bus lentamente comenzó a girar hacia la Embajada; entonces yo simplemente les dije adiós a mis compañeros y enrumbé a paso rápido hacia el centro de la cuadra. Un paso largo y rápido; pero ahora no, un paso no tan rápido; los árboles hacen que el bus no se acerque mucho a la acera; ahora algo más rápido, no, más lento; así, así… Llegué frente a la puerta de reja justo cuando la guardia que abandonaba su turno pasaba por detrás del bus y por la puerta delantera comenzaban a bajarse los carabineros de reemplazo. Por las ventanas se observaba lleno el bus de carabinero y fusiles como juncos apuntando al cielo. Corrí al pasaporte, abrí ¡se abrió! Y caminé por la entrada de automóvil hacia una gran tela que ocultaba el patio de la Embajada. Sentí un grito impresionante:

-¡Se está asilando un huevón!

-¡Alto, conch´e tu madre!

-¡Alto, mierda o disparo!- y sentí como se corrían los vidrios de las ventanas y no uno sino varios clicks típicos del pasar la bala…

Mi espalda se aprestaba a recibir los tiros, pero mi mente siguió impávidamente las instrucciones: caminé sin apresuramiento hasta llegar a la pared de lona la que se abrió y muchos brazos se estiraron para tomarme y arrojarme en medio de abrazos y besos al interior de la Embajada: estaba asilado.

Imagino el diálogo en el bus: Se te asiló un huevón. No, mi capitán, a mí no. ¿No ve que yo estaba entregando la guardia? –Estás más huevón, ¿acaso se nos asiló a nosotros? No ves que aún no tomábamos la guardia…

El hecho es que ese día estuvo la Embajada de Honduras más de tres horas sin guardia; nadie bajó de ese bus en plena discusión. Por lo menos seis compañeros más pudieron asilarse por la puerta principal…

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Oda a las mejillas

Sigo agradeciéndoles a todos. No es para menos cuando cada uno con sus reflejos ilumina así, como ustedes lo hacen.

Habrán notado que esta semana mis comentarios no estuvieron. He faltado al diálogo que hubiese querido. No me justificaré porque sé que entenderán.

Algunos están preocupados por mis posibles estados de ánimo, -¡más para agradecer!- pues sucede que mis historias y relatos no necesariamente tienen que ser de ahora. Ellos (no todos) pretenden escarbar sobre aquellos temas que me parecen útiles replantear. Quizás deba decir ‘replantearme’.

Por eso quiero decirles que es posible, en la mayoría de los casos, que las entregas no reflejen mi estado de ánimo del momento. Podría afirmarles, casi con certeza, que son ‘aquellas sombras’.

Como saben, la comprensión de nuestros sentimientos no se mantiene uniforme en el tiempo, o sea que no se puede incluir en una estructura definitiva. Se fija en los recuerdos, pero su revivir en otras épocas hace a esas comprensiones modificables y adaptables a la nueva situación. Todo cambia. Hasta nuestra forma de sentir.

Esa es una sazón para madurar, al menos a mí me parece así. De evolucionar, me refiero a hablar de la evolución que implica, les dejo a ustedes ya que creo que es un asunto personal. En mi caso, no dejo de reflejarlo.

Por eso les traigo unas líneas que hablan, de alguna manera, de la maduración de un instinto. De uno de los tantos, el más hermoso; el del sentimiento de amor.

 

Oda a las mejillas

Rozas mi mejilla, madre.

En abrupta explosión

instintiva

busco tu pezón. Aferro tu pecho

succiono febrilmente.

Me alimento de ti, de paz, de amor.

Así, adormezco en el más apasionado

sueño de ángel

donde tu ternura es sol

y tus brazos me marean.

 

Recorro tus aristas, amor.

Suaves y redondeadas.

Tus planicies dúctiles,

en tersas caricias,

memorizo.

Quizás desconozcas,

la inspiración que causa,

el aroma que tus cabellos

provocan.

Me hundo en ellos aspirando.

Vivo en su efecto inolvidable

cada instante apasionado del deseo.

Me enredo en ellos.

Mis manos. Las más íntimas sensaciones.

El mayor sueño.

Les susurro. No son palabras

las que digo. Son suspiros

desenfrenados.

A cada hebra le suspiro

de mi amor.

Cada hebra recibe atenta

el aliento calido del rumor

entrelazado de dichas.

Les hablo de lunas llenas.

Llenas de nosotros ahora.

De caricias plateadas

de brisas erizando cada hilo dorado

de tu pelo.

Acompasando la plata

del brillo de tu cuerpo.

Cada décima musitada de olvidos

hace a un tiempo que falta,

cual manecillas del reloj

cuyo último segundo se prolonga

en la estática espera infinita de su detención.

Les hablo y de rebato,

las maltrato

por propósito

como hojas de otoño empuñadas

que trizo.

En la provocación del sutil dolor

te insitas y te excitas. Se colma el tope y rebasas.

Y ellos cuelgan y bambolean titiritando

su baile especial de seducción,

sobre mi pecho.

Les digo sobre ti.

Les digo sobre donde estás

en mí.

Les cuento de mis manos

en tu piel.

Les cuento cómo en su recorrido

te dibujan en caricias lentas.

Les digo cómo me apodero

del momento. Les hablo

del ensueño que vendrá.

Las miradas febriles se cruzan y se fijan.

Empuño aún tus rizos.

La suplica en tus ojos pretende soltarlos y al fondo,

la fiera de los besos más deseados

se apresta.

Pero no los suelto.

Acerco la nariz a tus labios

de espinas,

que ahora sumisos y húmedos

acaricio, recorro.

Aspiro el aliento arrítmico y furioso de tu apetito.

Las yemas de mis dedos en tu mejilla te alimentan.

En el dulce líquido de tu bromelia

en flor me confundo.

Enmudecemos, los dos; de instinto.

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Dentro de Camelot

 

A veces creo, José, que me asimilo a ti. Algo de ese yo contra ese yo.

No puedo dejar de decir del orgulloso de haber tenido el privilegio, Iván, en éste sitio, por la publicación de tu “Cuento en construcción”.

A ambos, y también a Judith, les agradezco sus presencias sosteniendo mis faltas.

Estos días de respiro fueron, aunque breves, las vacaciones que me debía. Logré olvidarme de todo y a eso le llamo verdadero descanso. Por supuesto que de los amigos nunca olvido, van conmigo. Y los extrañé.

En esta oportunidad no traigo relatos. Vengo sobre ese ‘algo’ que le comento a José.

Tiene que ver con esa búsqueda que todos hacemos. De ese sopesar de producciones que nos tienen como protagonistas principales de nuestro propio escenario con escenografía ajena. Donde el encontrarse no está en la lejanía de lo inalcanzable. Que está muy cerca. Adentro, diría. A lo que nos aferramos luego.

Elegí una canción que siempre me paseó por lugares ensoñados, sustrayendo un poquito del estilo de Socorro.

Se llama “Tribulaciones, lamento y ocaso de un triste rey imaginario, o no” y es de Sui Géneris. Al pié les paso un video para quien no la conozca.

 

Dentro de Camelot

 

“…Yo era el Rey de este lugar, tenía cien capas de seda fina…”

 

Regalaba instantes a los instantes.

Mi risa anidaba en corazones.

Mis manitas acariciaban ternuras. Despertaban emociones. Esperanzas.

Caí de la cuna, de mis ropitas con olor a bebe y salí andando. Enredé momentos con otros hacia alguna transformación. Y me transformé, o no.

Como lienzo del telar que entrama, en dócil progresión, colores de todo el espectro; que recorre desde lo nuevo y tierno hasta lo ajado y ardido. Cambiando tonos suavemente, con tiempo. Haciendo del fin un principio, y en ellos la obligada comparación impactante de la diferencia. Sabiendo que en el fin o en el principio soy el mismo, en esencia.

En mi mano izquierda sostengo unos escarpines de lana celeste. Siguiendo en sentido horario, en la derecha, una mano dura, callosa y osca, vacía.

Pero llena. Llena de cosas que ya no son, que fueron. Colgando de sus dedos, el deseo de repetir sus sensaciones. Momentos que disfruté. Realizaciones. Recuerdos.

Supe ser el rey, o me lo hicieron creer. Reiné magistralmente sin pensar en mí, con visión de futuro, con convicción. Elegí los senderos y las semillas con decisión y seguridad. Gané todas las batallas sin excepción manteniéndome al frente. Con el pecho y la frente al descubierto. Asigné propiedades y poderes. Ejecuté matrimonios y todo otro tipo de sentencias. Dicté como un dictador y tirano. Como tirano hijo, o padre, o hermano, o esposo, o amigo; contra sí, en la verdadera batalla que no se ve luchar, en los mismos campos, con las mismas armas, con la misma voz que era mía y dicté asignar.

Ganar es una condición primaria y luego hay una cierta inseguridad en ello.

Insatisfecho, yendo a más, guié mi ejército hacia la búsqueda de la puerta sagrada. De la respuesta mística. De la verdad que no se encuentra en el reino. Salí a buscar algo. A buscar por buscar, como buscan quienes salen a andar con la necesidad de encontrar.

Solía imaginarlo en alguna forma, o una melodía o una brisa que se convirtiera en lo verdaderamente sublime. El mayor placer, el mejor estado. Quizás una caricia, quizás una sonrisa, quizás un algo diferente a lo que se conocía en mi dominio. Sabía que existía en alguna parte, así lo habían dicho los Dioses. Un vellocino, un hacha, un grial, una espada, una piedra solían ser las formas en los sueños de los deseos maravillosos para mi gente y así para mí, en producto.

Usé mis manos como espadas sagradas sosteniendo el poder legítimo de la labor, aquella labor de construir la igualdad y la paz. La hermandad, la humildad.

Como rey primero usé mis manos de ejemplo, entre iguales, entre todos. Sobre la mesa redonda convencí, y parecieron convencidos.

Tan absorto estaba en la búsqueda que no percate la traición. Un arma oculta. Una intensión desligada de la intensión noble. Pestes de envidia, de codicia y pasiones incontenibles. Contra todo lo dictado, contra toda la labor, contra toda lealtad.

No viví por vivir, no hice por hacer, no reiné por reinar, no envejecí por envejecer.

Sé por saber.

Regresé a mi fortaleza. Cerré las puertas. Los cuervos aún merodean. El aroma de la soledad repugna, se escuchan ecos de antiguas risas en los rincones que pretenden regresar y ahora parecen convertidos en aullidos de lobos hambrientos. Los Dioses quisieron que no encontrara nada que no fuera dentro del poder de mi reino. Con los cuervos, con el pegajoso hedor, en los vértices, en las resonancias.

Sigo girando en sentido horario, matemáticamente, y me reencuentro con los mismos escarpines de lana celeste. Aquella magia no alcanza ya. Mi único reino está en mí, cerrado, lo encuentro, lo tengo. Escondido, protegido, inaccesible; esperando.

Sin saber qué, si el hechizo de una ninfa o la mano de Mordred. O simplemente estas reverberaciones dentro del castillo, que me olvidan.

Hay una paz que me transita.

Las armas se mantienen cargadas para defender la fortaleza.

 

“…estoy desnudo, si quieren verme, bailando a través de las colinas…”

 

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A orillas del río

Los domingos de ramos tengo una costumbre un tanto extraña. Todos los años, siempre y cuando me acuerde que es domingo de ramos, me siento en algún lugar estratégico a esperar que pase alguien con su manojo de olivo bendecido. Así, le pido que me regale una ramita.

Es que no voy a la iglesia, es que no creo en la iglesia y me produce algo así como urticaria. Pero, aunque es más por tradición, me gusta tener ese ramito regalado adornando un rincón. Siendo ‘adornando’, una manera de decir.

Creo que representa un símil al respeto hacia algunas memorias que me rondan. Además se corresponde a la insinuación de la representación de un deseo de no se de qué.

Quizás sea una cuestión sicológica, pero está el ramito aquí.

 

Esta semana, de una manera o de otra, es una semana de fiesta. La ciudad se ha llenado de gente que gasta dinero y energías en diversión, que son los más. Son días que hay alegría en las personas. La razón no parece ser fundamentalmente religiosa como debería ya que la concurrencia a las iglesias no es proporcional.

Hay otra cosa que ronda en el aire. Puede que tenga que ver con alguna inyección financiera, o quizás se semeje a la razón de mi ramita de olivo.

 

Cada uno de nosotros tendrá sus propias vivencias para esta semana, en todos los casos les deseo fervientemente que la disfruten ampliamente junto a sus amores y la conviertan en todo belleza.

De regalo no van chocolates sino este breve relato que tiene algo de mi ramita de olivo bendecida.

 

A orillas del río

 

Caminaba por el pedregal de la orilla en el que deseaba pasear sin prisa su cansancio. Avanzaba lentamente vagabundeando hacia ningún lugar.

Sus pies descalzos ensayaban la textura de las piedras antes de apoyar su peso en ellas. Podía elegir qué piedras pisar.

Logró ser él, sus pies, el pedregal y la única ocupación de pisar donde menos le doliera. Arrastraba con deleite la frescura húmeda de la brisa y los sonidos mansos de las breves olas que rompían a su lado. Se fue llenando de un pequeño y propio universo de descanso a cada lánguido paso.

Se detuvo en un paréntesis de arena disfrutando las sensaciones. Miró el entorno con la visión del momento y respiró hondo un poco más de vida.

A lo lejos divisó la figura de otra persona. Su paso era firme. Las olas doradas de sus cabellos cantaban melodías que llegaron abruptas, moduladas en el ritmo de su andar. Venía, inconfundible, hacia él.

Se alteró al descubrirla. Sus emociones resonaron como truenos en el día gris de tormenta. Golpearon las orillas con ecos íntimos.

Miró el pedregal que seguía en su rumbo y continuó depositando sus pies al dolor de sus plantas. Perturbado, intentó indiferencia y control.

Quiso no volver a detenerse y no levantar nuevamente la vista. Presentía el encuentro. Lo sabía próximo e irremediable.

Escuchó en el susurrar de sus recuerdos el sonar de llamados de socorros y auxilios, se atemorizó. Trompetas de peligro vibraron en sus sienes punzando desgarros de esperanzas enérgicas convertidas en cenizas del color del día.

Una nube se apartó de otra y junto a él, un rayito de sol cruzó rebotando en el río hasta convertirse en sensación cálida y acogedora.

Cerró las fronteras de su mediterráneo y se subió embelesado al haz a entretener la impaciente expectativa que lo sacudía.

Su tibieza trajo momentos en los que comenzó a derivar. Su caricia se hizo manos fragantes que lo tocaron con la suavidad justa hasta estremecerlo.

Sonó la voz de ella invitándolo a abrir su sitio a la vez que invadió, colonizadora, el territorio inhóspito que lo hostilizaba. Sacudió risas en las cortinas de sus ventanas. Se subió al tren de la dicha de la luz, del calor y la ternura.

Brillante, cegador su mundo de fantasías lo amalgamó. Degustó el elíxir dulcísimo y embriagador con el que se durmió entre sus pechos.

Se acercaba. Definitivamente venía hacia él.

Caviló en claudicar cuando el sol brilló con mayor energía. Sintió el deseo de sus manos carne. Necesitó mirar detrás de sus ojos tristes y ser mirado.

Casi estaba junto a él, entrando en la luminosidad que lo abarcaba.

Ya la compartían y así se presentó en imagen de armonía, el reencuentro.

Las nubes se cerraron a su vuelo y descendió a sus pasos grises de cenizas sin sombras sobre el pedregal.

Ya estaba ahí, a su lado. Él se detuvo abierto y expectante.

Ella pasó junto a él confundida entre las piedras dejando remolinos de brisas polares danzando en su existencia.

Se convirtió en casi piedra, ya no sintió dolores al pisarlas. Luego de otro estruendo, comenzó a llover en silencio.

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Días de pesadilla

Me quedé pensando…

 

Y fui pequeño,

tan pequeño que casi

me aplastó la hormiga

gigante que aplasté ayer.

La tierra temblaba

a cada instante

y me mareé.

Cerré los ojos intentando

recuperarme

del vértigo,

y escuché.

Así me aturdí.

Con mis manos

tapé mis oídos,

sentí miedo.

Los ojos cerrados,

los oídos tapados,

diminuto,

todo se mueve…

Quise gritar muy fuerte,

me ahogué,

lloré.

Lloré mucho,

acurrucado en la esquina,

entre la baldosa y el zócalo rascacielos.

Me dormí llorando,

cansado y asustado.

Desperté triste,

obligado.

Normal.

 

Mareado y aturdido, me siento en la cama y analizo por un instante la pesadilla. Intento sacarme de encima esa angustia, a la vez que trato de recordar en qué pensaba cuando me dormí.

Estoy como afiebrado. Enciendo la luz pálida de la veladora. Las paredes sangran el reflejo reverberante de la moquette. También reverberan en el cuarto los sonidos de la mañana. Mis manos hinchadas friegan mis ojos entreabiertos.

Me incorporo despacio, destrabando las coyunturas que duelen.

Al abrir la ventana me abraza un fresco olor a tierra húmeda. Respiro hondo y arranco hacia la rutina. Rehincho el pecho de valor y arremeto.

 

Aún trato de recordar qué pensaba cuando me dormí, qué vivencias generaron aquella pesadilla.

Ya no importa, el día comienza.

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Aroma a hechizo.

Iniciar. 

Es la primera entrega de este espacio donde puedo suponer que debería iniciarlo perfilándome en lo que podrá ser, pero ni siquiera lo sé exactamente.

O sea, empiezo al revés. Ni profesional, ni académico será. Tampoco investigativo ni monográfico. Ni político, religioso o romántico. No habrá propuestas francas.

Será sí expresivo. A mi modo, lo que no aprendí a hacer a voz oída. Lo que he aprendido a hacer con mis manos y mis pensamientos, en silencio de garganta; con estruendos de labranzas de huellas, marcas y rumbos. Acertados o equivocados o divagantes, pero esencialmente, desde mis sentimientos y mis ópticas.

 

Iniciado.

 

Llevo sombras conmigo. Sombras provocadas por personas que me iluminan, iluminaron e iluminarán; no oscuras, llenas de luz. Que abarcan en mí, secciones finamente ordenadas como los mismos días y horas e instantes de mis vivencias. Por eso debería decir que llevo luces conmigo, es lo acertado.

Y no son pocas. Tampoco muchas, y comienzo este período bajo el recuerdo especialísimo de una persona especialísima, honrando con humildad y enorme agradecimiento a Hugo Mandón, un gran amigo, gran educador y casi padre para mí.

Extraordinaria persona que supo llevarme de la mano en la niñez y adolescencia.

Poseía un programa radial denominado “La gente y su sombra” en LT10 Radio de la Universidad Nacional del Litoral de Santa Fe, donde era periodista y libretista.

Abrí el libro de mi vida y entre páginas encontré su hoja seca. Por eso éste blog lleva el mismo nombre de su programa, y es por él, por su magnífico y hondo recuerdo. 

Murió tres años después de que emigrara a mis sendas. Pero como cita Horacio Rossi: “…habita cada hermano. Está aquí. Aquí está. Podemos sonreír y decir: gracias.”

Sonará eternamente su voz y desde su mano, como vuelo de ave, no dejará de acariciarme con cosas como esta:

 

La hoja seca

 

No arrojes al viento la hoja seca que tienes en la mano
pues ella es extraña a los vuelos
tampoco al fuego porque ella
jamás pecadora
es impurificable
guarda, deposita la hoja seca entre las páginas de un libro
para que allí
como un sello de sangre muerta
se adose a un poema tan tibio como la mano de quien lo
escribió alguna vez
o a una sentencia de importancia relativa
o a un grabado de ángeles y brujas medievales
o a la imagen de un lago de cristal simétrico
o a una ecuación parecida a la mano de un esqueleto
o al nombre de una mujer citado azarosamente
o a un espléndido duque de memoria desconocida en
absoluto
yacer la hoja seca entre cosas muertas entre el olvido
y lo escondido, entre la amnesia horizontal
y el sepulcro resonante de antiguos ecos
ella será otro poco de olvido
otro poco de historia humana
pues por tu mano viva habrá sido tenida
antes de llegar a su destino quieto.

 

Renaciendo.

 

El brillo que me ilumina es el de Mora Torres, sin su luz no me vería.

Ella es quien enciende las luces del túnel que lleva a todos los lados. Desde donde salen elevadas hacia ella, millones de burbujas de todos los tamaños con la palabra “gracias” adentro, con los más variados colores y tornasoles imaginables.

Estoy convencido que lo especial y honorable que me saca de lo común, es el contacto con personas especiales y honorables como Hugo y como Morita; quien a propósito, supo cobijarse con privilegios bajo el paraguas de aquel.

Con la que renazco casi a los cincuenta, repasando los pasos con otros tonos.

 

Otros millones de burbujas, en cuyo revés se podrá leer “te adoro” también.

 

 

 

 

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