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La gente y su sombra

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Serie de relatos de personajes

Cielo de cometas

                         A Doña Carmen, la mamá de Jorgito; y a la vida, su madre.

Al igual que todas las mañanas al levantarse, retira el brazo que la abraza por encima de ella. Lo hace con cautela y lentitud para no despertarlo, aunque ella sabe que se despertará igual pero él hará que piense que sigue dormido.

Doña Carmen es una anciana fresca e  inquieta. Su jardín es vivo y colorido, el césped mantiene durante todos los días del año un olor a recién cortado como si fuera aroma mágico que nace por sí solo. En la casa, todo posee el aspecto de pulcritud y prolijidad usual en las personas de su edad, con flores frescas en los centros de mesas, puertas abiertas por las que el aire atraviesa la casa acompañando el corretear de su pequeño nieto, ventanas luminosas con cortinas de hilo de algodón tejidas en crochet, muebles que crujen siempre, nidos en la galería con los pichones de las ratoneras piando incansables y el radio a válvulas encendida durante todo el día sintonizando una estación en especial, por pura costumbre.

Enviudó hace más de treinta años y desde entonces vivió solita hasta hace tres años, cuando el destino quiso que encontrara a un ser especialísimo con el que se casó a pesar de todas las opiniones adversas que recibiera de parte de sus parientes y amistades sinceras.

Casi podría decirse que posee una salud inquebrantable que parece nacer de la energía que emana de ella. Es algo raro verla quieta. En su andar se bambolea como cualquier otra anciana con la diferencia que parece ir bailando una danza que disfruta. Va acariciando paredes, columnas y arboles como si aún fuera un juego de niños, pero no lo es; son sus manos que van atrapando las texturas de las cosas para su disfrutar íntimo y secreto. Quién sabe qué sensaciones recrea en ese placer. Su voz es agudísima y duelen los oídos al ser escuchada. Habla mucho, muchísimo, como si todo el día estuviese concentrado en ese sólo momento de conversación, obligada a contarlo todo. Nada la detiene y todo lo cuenta sin importar consecuencia ni opinión.

Se jacta orgullosamente de sus hijos y de su primer marido al que jamás deja de nombrar, que se encuentra permanentemente en sus recuerdos; aquel período de su vida es su referente inolvidable.

Sus nietos ya son grandes con excepción de Julián, está por cumplir los siete años y le dedican toda su atención junto a Don Tito, su actual esposo. Lo consienten sin medida a pesar de las rabietas de sus padres que, como es normal, se quejan que lo malcrían demasiado con tanto cariño.

Carmen y Tito se divierten paseando de las manos a Julián por las veredas. Pega saltos con lo que ellos se esfuerzan para que se eleve hasta donde puedan hacerlo elevar, y gritan con él, y lo incentivan al próximo. Les retuerce las manos con sus piruetas. Juntos, le enseñaron a andar en bicicleta y a atarse los cordones. A usar diestramente los cubiertos y a limpiarse la boca antes de tomar del vaso. A lavarse los dientes, a sumar, a restar, a saludarlos en las noches y mañanas que se queda a dormir con ellos.

Tito, que es poco mayor que Carmen, juega a la pelota con él  mientras ella prepara el almuerzo. A veces la pelota rompe una maseta y ambos se agarran la cabeza, se tapan la cara, hacen una mueca de grito en silencio tapándose las bocas con las manos para luego acordar en complicidad qué hacer para que la abuela no se enoje.

-¡Rompimos una maseta, nos van a retar!- Dice Tito en voz baja sabiendo para sí que Carmen no lo hará.

-¡La abuela se va a enojar, Tito!- Le susurra Julián casi al oído.

-¿Y ahora qué hacemos?

-No sé, la podemos poner dentro de una bolsa y la tiramos.

-¿Te parece?…

-Mejor la escondemos detrás del ligustrino.

-Creo que Carmen se va a dar cuenta, ¿tú qué crees?

-¡Ay, sí! Entonces mejor le decimos aunque se enoje.

-Sí, creo que mejor es no mentirle… Pero ¿qué podemos hacer para que no se enoje?

-¡Le regalamos unas flores y le damos muchos besos!

-Puede ser, pero la planta se puede morir si la dejamos ahí, y además la tierra desparramada…

-¡La plantamos contra el muro!

-¡Ah! ¿Sabes? Creo que hay otra maseta en el galponcito.

-¡Vamos!

Carmen sale entonces desde la cocina. A pesar de haber observado todo lo sucedido se muestra ignorante y escucha pacientemente el relato del nieto a la vez que inspecciona la nueva maseta y el estado de la planta. Con nueva voz dulce y suave perdona a Juan mientras le tiende la mano, al tiempo que toma del brazo a Tito y los invita a almorzar.

-¡Pero no lo vuelvan a hacer, tengan más cuidado!- Sentencia, ya con su voz de siempre.

El día de cobrar las jubilaciones, los tres se fueron de paseo al centro de la ciudad a conseguir una cometa de esas de payaso que Julián quería. Había tantas y de tan variados tamaños y colores que Julián quedó encantado a tal punto que ya no sabía cual elegir. Se decidió por una octogonal con muchísimos flecos, colores y también muy cara, lo que no les importó demasiado a los ancianos.

La remontaron esa misma mañana en el parque con poco viento. Carmen la sostenía en lo alto mientras Tito le mostraba a Juan cómo debía correr a la vez que largaba piola. Corrieron juntos con risas y gritos hasta que se quedaban sin espacio, entonces Tito le mostraba cómo debía tirar de la piola y aflojarla. Lo hicieron decenas de veces pero la cometa se balanceaba hacia un lado y hacia el otro y caía pesadamente. A Juan le dolía en cada caída porque no quería que se rompiese. Le colocaron más cola y por fin la cometa comenzó a subir majestuosa. A medida que iba subiendo, el rostro de Julián y la sonrisa de Tito se parecían mimetizar encantadamente bajo la mirada de Carmen. Aplaudía y daba pequeños saltitos de alegría. Se sintió completa.

Había cientos de cometas en el cielo del parque pero para ellos era la mejor y la más alta. Se turnaban en sostenerla y en largarle un poquito más de piola hasta que se quedaron sin ella; entre tanto, los abuelos le contaban a Julián las historias más fantásticas de otras cometas no tan grandes, lindas y altas como esa.

Esa noche Julián durmió con ella entre sus brazos, sumamente cansado y satisfecho. Fue ángel y nube, tocó el cielo con las manos, estuvo cerca de los aviones que pasaban y saludó a las personas que veía por sus ventanillas. Sorteando barriletes, paseó en el carruaje conducido por Tito, sentado junto a la abuela Carmen, su princesa, y tirado por cientos de golondrinas chirriando sórdidamente. Sintiendo el vértigo placentero en su estómago arrancándole sonrisas.

Para Carmen y para Tito fue el tema del resto del día. Lo contaron en el barrio con todos los detalles exagerados, salieron especialmente a eso. Al acostarse y antes de apagar la luz y del beso habitual, lo siguieron comentando largamente, felices, conformes. Carmen soñó con su madre y Tito con un cielo de cometas, risas de niños y ecos de aplausos interminables.

Hoy he visto a Carmen y a Julián que están sentados en un banco de la plaza. Él juntó un manojo de piedritas e intenta pegarles con saña a las palomas. Carmen no lo observa.

El viernes anterior, al igual que lo hacía todas las mañanas al levantarse, retiró el brazo de Tito que la abrazaba por encima de ella. Le sintió sus rodillas frías y pensó que se había destapado. Con cautela y lentitud para no despertarlo, al taparlo con la manta descubre el color obscuro del derrame en su pecho.

Lo acomodó hacia arriba y se sentó junto a él en silencio a memorizar la sonrisa con la que ésta vez sí estaba dormido mecido en su cielo.

 

Posdata:

Agradezco de corazón a Júdith, Karla, José, Joise y Vancho por los comentarios que hiciesen en la entrada anterior. Les pido disculpas por no haber logrado espacios para responderles.

Serie de relatos de personajes

La historia del amigo Pistola

Cuando pienso en los amigos, en especial en los que no puedo frecuentar como quisiera, me lleno de nostalgias. A veces de culpas.

Llegan con sus voces manejando mis momentos y sentimientos. Muchas veces me emociono demasiado y, si estoy en público, eso me avergüenza.

Aunque no debería, me pasa.

Es que sucede casi siempre dentro de un escenario que nada tienen que ver con esas emociones. Son esas ventanitas del alma que se suelen abrir y cerrar cuando ellas quieren.

En otro aspecto de este tema ha venido a mí el recuerdo de mi perrita. Desde que Shaggy murió no he querido volver a tener otra mascota de compañía, pero cuando escucho historias como la que hoy les traigo, me lleno de necesidades.

Es una historia verídica de esta ciudad. Una verdadera e increíble lección de fidelidad. Una verdadera historia de amistad.

 

La historia del amigo Pistola

 

Se trata de una estación de servicio en pleno centro de la ciudad. Pocho, su dueño, adora a los perros y sabe elegirlos de tal manera que se adapten al lugar sumamente transitado. Todas las mascotas que supo tener en el comercio sabían cruzar la calle y cuidarse de los vehículos. Nunca dieron problemas con los clientes, y en general murieron de viejas.

Pero Pistola fue quien eligió esta vez, y Pocho dijo sí.

Llegó a la estación una mañana de calles abandonadas cuando una llovizna helada golpeaba duro. Totalmente tomado por la sarna, no tenía pelo y temblaba. Entre sacudidas y sacudidas se dormía parado de tan débil que se encontraba. Ningún comercio de alrededor quiso cobijarlo y lo echaban de todos lados.

Famélico, extremadamente desnutrido, anémico y con signos de maltrato, Pistola era toda una piltrafa.

José, el hijo de Pocho, junto a un empleado de la estación, le permitieron refugiarse en el fondo del garaje. Le dieron de comer algo de carne, lo que en realidad tragó, y le hicieron un cubil donde Pistola pudo guarecerse del temporal invernal.

Con la ayuda de la señora de José que es Médico Veterinario, le curaron la sarna y poco a poco comenzó a recuperar el pelaje. A las pocas semanas comenzó a ladrar y luego a caminar sin dificultades. Según las personas que dieron este testimonio, al mes y medio de su llegada “ya parecía un perro”.

Pistola, transformado, comenzó a hacerse querer en la zona.

En los comercios que antes lo habían echado, ahora lo aceptan y reconocen. También, quienes guardan sus vehículos en el garaje de la estación de servicio, aprendieron a quererlo.

Así, evolucionando lentamente, pasó a formar parte del lugar.

Por las noches suele acompañar al sereno de la cuadra a realizar sus recorridas. Éste da frecuentes rondas alrededor de la manzana que debe cuidar donde, además de otros comercios y casas particulares, hay una escuela primaria y un club. En una de sus recorridas, pasando frente a la escuela, Pistola comenzó a ladrar desaforadamente. El sereno prestó atención y descubrió a un malhechor  escondido que estaba robando en la escuela. Mientras el perro lo mantenía a raya, el sereno se comunicaba con la policía que logró detenerlo.

Pistola se convirtió así en el héroe de la zona y orgullo de Pocho y del personal de la estación.

Ahora ya no duerme en el fondo del garaje. Tiene su cama al frente, entre los extintores, desde donde domina toda la esquina.

Cuando hace mucho frío los muchachos lo dejan quedarse adentro. “Coco”, del bar de enfrente, le calienta la comida y le ha acomodado un lugarcito para su siesta. Es muy amigo de él, hasta tal punto que cuando enciende su jeep Pistola es el primero en subirse aprestándose al paseo.

Entre los muchachos de la estación está Eduardo, un conocido integrante de la murga “Falta la Papa” la que hace sus ensayos en el Club River, a pocas cuadras de allí. Un poco más allá, frente al Cementerio, se encuentra el Parque Harriague donde anualmente se llevan a cabo las finales de las murgas, las que antes y después van de tablado en tablado llevando su música y cantos.

En varias oportunidades Pistola solía aparecer en los ensayos de la murga en el Club.

La primera vez fue toda una sorpresa para Eduardo ya que hacía cerca de un mes que no concurría al trabajo y no podía explicarse como lo había encontrado. Luego se convirtió en casi otro integrante; llegaba y se echaba al frente del ensayo hasta el final. Al terminar, Eduardo lo subía al coche y lo regresaba a la estación.

El día de las finales en el Parque, casi sobre la medianoche, cuando ya todos estaban vertidos y pintados y a punto de subirse al ómnibus que los llevaría, aparece Pistola acomodándose raudamente entre ellos. Por temor a perderlo, lo bajaron. No obstante, apareció en el Parque de todas formas; no se perdió de estar con sus amigos.

Luego de la actuación, de regreso en el Club, ya Pistola los esperaba de festejo y los acompañó hasta el amanecer. Cuando todo terminó, otra vez a subirlo al auto y dejarlo en la estación.

Un día Pocho murió.

Lo velaron en una Sala a dos cuadras del negocio. Pistola pasó el día merodeando la entrada y lloriqueando permanentemente. En la recepción, como suele ser obvio, el personal no le permitió la entrada y lo tuvieron que echar varias veces.

El cortejo fúnebre pasó por el frente del negocio donde se detuvo un instante. Pistola se paseaba nervioso y ansioso en el playón entre lloriqueos y ladridos.

Una vez en el Cementerio, cuando el hijo mayor pronunciaba palabras de despedida a su padre, llegó Pistola tímidamente. Su andar acarreaba su angustia. Pasó entre todos como un fantasma silencioso.

Las voces que ya costaban en salir, se agarrotaron finalmente en las gargantas. La respiración se contuvo y por un instante pareció detenerse todo.

De pronto apoyó sus manos en el féretro, lo olfateó y recorrió con sus ojos tristes y llorados a sus amigos.

Nadie fue inmune a esa mirada.

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Los niños fleteros

Se escucha a la distancia el golpe de cascos herrados de caballo sobre el cemento. Esto llama mi atención y busco con la mirada de que se trata.

 

Frente a casa, en la panadería, hace poco instalaron unos hornos a leña. La electricidad y el gas son realmente muy caros y la leña abunda, en especial de eucaliptos. Estos hornos nuevos, según me supo comentar el dueño, son tan económicos que con unos pocos kilos es suficiente para la producción; ellos trabajan por convección. También son muy limpios por ser de acero inoxidable similares a los eléctricos.

 

Se detiene frente a la panadería un carro tirado por una yegua que parece preñada o está realmente gorda y bien cuidada. Además de leña, vienen cuatro niños todos varones. El mayor debe tener unos diez u once años, el menor no más de dos y viene sentado sobre la falda del más flaquito quien lo tiene abrazado.

De forma increíble, el mayor que conduce el carro, lo aparea a un vehículo estacionado y lo acomoda marcha atrás con maestría destacable, de la misma manera que se estaciona un automóvil con dirección hidráulica, y de una sola vez muy natural.

Llegan a las carcajadas, jocosos, y se bajan. Algunos saltando por el frente del carruaje y otros por sobre la leña que supera los cincuenta centímetros de la baranda. Todos parecen saber muy bien lo que están haciendo ya que se muestran desenvueltos y organizados.

El mayor envía al más chico a decir algo al dueño de la panadería. Seguramente a avisar que descargarían la leña. Debe haber sido muy original su manera, ya que todos allí se rieron y con curiosidad y admiración salen a mirarlos. A los niños no parece desvariarlos de lo habitual.

Comienzan a bajar la leña de forma prolija y cuidadosa. Uno de ellos las saca del carro y las va colocando sobre los brazos de los demás, sabiendo de las astillas peligrosas y teniendo conciencia del peso que deposita en cada uno; lo hace en cantidades acordes al tamaño de los físicos.

 

Decido seguir observando su trabajo y mientras tanto, para identificarlos y entretenerme, les asigno un nombre imaginario. Al mayor, evidente líder, lo llamo con el nombre de Juan; al más chico, José; el que es muy flaquito y despistado, Ernesto; al más sucio y atolondrado, Antonio.

 

Ernesto es quien saca los leños del carro y los reparte. Se distrae con cualquier cosa, hasta quedó mirando largo rato un perrito en un balcón y la estela de un avión que pasó. De tanto en tanto deben avisarle que están esperando por él.

Juan pide que lo carguen con mucho. Camina mirando apenas por sobre los leños, cuidando cada paso, haciendo equilibrio. Se lo ve muy concentrado.

José copia.  A pesar de ser muy chico le dan para llevar uno o dos tronquitos. Causa cualquier estrago, pero ayuda.

Antonio también pide más carga, pero Ernesto no se la da. Parece tener mucha ansiedad por bajarla, tanta que hasta casi se lleva por delante a una niña de túnica que va hacia la escuela, y por esquivarla desparramó toda su carga. Lleva puesto un gorro descolorido que se le desacomoda frecuentemente, por acomodarlo se distrae y se le suele caer algunos leños.

Se nota que Ernesto sabe lo que hace.

 

Durante una espera que bien podría ser un descanso decidido por ellos y que no percibí, Ernesto le quita el gorro a Antonio y lo tira al aire con tanta casualidad que va a dar sobre el alero de lona de la carnicería. Antonio se pone serio pero con más expresión de sorpresa y descontento. La mirada que le dio a Ernesto gritó ¡¿y ahora?!

Juan aparece y pregunta sobre qué está pasando que se han detenido. Le explican. Mira hacia arriba, y le hace unos gestos a Ernesto para que suba. Se junta a una columna próxima al alero, entrecruza los dedos de ambas manos que a modo de escalón utiliza Ernesto para subir abrazando el poste. No llega y pone su otro pié sobre un hombro de Juan, y otro sobre la cabeza y al fin, con las puntitas de los dedos, logra alcanzar el gorro que devuelve a Antonio. Me descubrí con sonrisas y gestos acompañando los de ellos, estirándome para ayudar a llegar al gorro.

Retornaron todas las sonrisas y así siguen el juego de su trabajo.

 

Tuve que descuidar por algunos momentos mi observación y cuando regresé ya habían terminado la descarga.

 

Están subidos al carro pasando frente a mí, cada uno con una factura en la mano de premio, y con la misma algarabía con que llegaron. Otra vez el sonido de las herraduras en el cemento, ahora alejándose.

El carro, en su parte posterior tiene una inscripción que pregona: “ce asen flete 098342730”.

Serie de relatos de personajes

Cuando no se habla de amor

Dedico esta entrada a una mujer extraordinaria, que no se llama Dilcia, que sí es luminosa.

 

“Una aventura es un soplido

que en el aire se escabulle,

que se guarda escondida

donde la ilusión la arrulle”

 

¿Regalas una sonrisa?

 

Cuando no se habla de amor

 

Se acerca al ritmo de los acordes de sus caderas, con su carterita al hombro y sus grandes lentes de sol. Su pollera floreada flamea con gracia; flores por aquí, flores por allá. Armonía de movimientos de hilo al son de un cuerpo joven, ávido, generoso; sin esfuerzos en la interpretación, espontánea, natural.

Él se prepara a disfrutar esa fiesta de colores y movimientos que lo incitan. Trata de mirarla a los ojos a través de aquellas lentes que no consigue penetrar. Sabe quien es, vive cerca; hoy en especial, se la ve irradiando energías poderosas y refrescantes. Parece traer consigo una primavera contagiosa dispuesta a regalar a su paso.

 

Piensa en saludarla, pero en un repentino e imprevisto cambio de dirección, Dilcia entra por el espacio del portoncito. Su corazón se detiene.

La sonrisa de ella captura toda la atención en medio de su sorpresa. El nerviosismo fue evidente en sus manos, acomodando su cartera y sus lentes sobre sus cabellos. Se para de frente, decidida; un último y delicado revoleo de caderas enrolla la pollera en sus piernas.

Él, sin lograr respirar aún, se abstrae en los efluvios de aquella sonrisa especial. Sorprendido, rempujando sus latidos, por reflejo, apoya la mano en su brazo y la besa en la mejilla. La saluda. Se saludan.

 

Flotan es una tensión que lentamente se afloja con la charla. Dilcia sabe que él está solo; él se entera que Dilcia está en conflicto, separada de su pareja. Intenta descubrir en sus ojos negrísimos algún rasgo que lo oriente, quiere saber qué la decidió a buscarlo; solo logra perderse en su profundidad. Cuando entra en ellos, siente haberse lanzado a un abismo. Mira a los lados y todo está pasando rápido. Mira hacia el fondo y parece no haber, parece que siempre estará perdido dentro de ellos; agudiza su mirada, busca alguna respuesta a ese sentimiento extraño que lo atiborra.

Encuentra sí, vitalidad, energía, a la vez que se inunda de una sensación incómoda por la falta de luces. Se siente estar en el fondo más profundo del océano, rodeado de seres que no puede ver, pero que sabe están allí. Siente la sensación de que esos ojos negros ocultan algo.

Su brillante sonrisa tan personal, puede más; ilumina el abismo, el fondo y el océano en el que le parece estar navegando.

 

La conversación es amena y disfrutable, con sabores a sublime y a extraño, sabores que él no logra conjugar y lo perturban. Dilcia tiene una hija con cuyo padre no se casó, trabaja como maestra jardinera y además anima fiestas de niños. Tiene veintiséis años, veintidós menos que él, casi la edad de su hijo mayor.

Es posible que sea esa diferencia de edad que lo esté inquietando. Es posible que sea la iniciativa de ella de entrar en su vida con propuesta de amistad. Estas incertidumbres lo trastocan, no comprende muy bien si son propias de la situación o están dentro de él. No logra descifrar qué pensamientos están pasando por la mente de ella. No está muy seguro de nada; confundido, se deja llevar.

Es sumamente atractiva, simpática y muestra una inteligencia y madurez que le sientan bien.

 

Se suceden otras citas. Él sigue tratando de descubrir rastros dentro de esos ojos grandes, hermosos y negros. No se opone a nada, pero se ocupa de hacerle comprender que no desea una relación formal, que su amistad le agrada y no le gustaría destruirla con compromisos. Así reprime sus deseos de carne que le provoca esa vigorosa juventud, tratando de ahuyentarla para no provocar heridas, al tiempo que la somete a una prueba.

Dilcia no se perturba.

Que no se perturbe le aporta otro dilema. Debe tener mejores relaciones en su ámbito que las que puede obtener con él. Pero ella, con su especial manera, se ocupa de no ahondar en ninguna de aquellas inseguridades. Sin apuros, sin ansiedades, lo fue abarcando y logró inundarlo de sus aromas y sonidos. Lo llevó a su fiesta, donde lo arrulló hasta hacerlo sentir dentro de un mundo de ellos; único.

 

Cuando las incógnitas dejaron de centrar su atención, cuando ya nada parecía existir fuera de ellos, cuando la imagen de ella se enredó en las de él convirtiéndose en la única, Dilcia le dio a beber de su sal y lo introdujo en su mundo de humedades y caricias.

Desde ese entonces, en cada encuentro, el saluda pidiéndole simplemente, de regalo, una sonrisa, para luego alejarse raudo.

Serie de relatos de personajes

Un Don en calzoncillos por las calles de Santa Fe

La calle San Jerónimo se interrumpe donde el lomo de la vía del tren la atraviesa, a pocos metros de la diagonal que la une a la avenida, formando así, un triángulo de espacio abierto donde los domingos se instala una gran feria de frutas y verduras.

Don Néstor y su familia vivían en la casa cuyo frente daba a aquella calle, y su fondo a ese espacio triangular, con la vía a media cuadra. Fue construida por ellos, como ampliación de dos antiguas piezas y una galería. Ubicada al frente del terreno donde antes existiera el jardín de rosas de Manuela. Supo tener senderos rodeados de margaritas y dalias donde sus hijos, de niños, jugaban a las escondidas.

El aljibe, ya seco, fue rellenado y ese espacio se ocupó con un patio interior. Su esposa lo llenó de plantas en masetas, en el piso y colgadas.

El patio de atrás, el que daba a la feria de los domingos, se tupió de jazmineros. Tantos jazmineros se plantaron que llegaban a insinuar alguna obsesión, lo que podría llamarse una obsesión santafesina, Santa Fe huele a jazmines.

Don Néstor, de raíces de campo, se crió entre vacas y tambos. Su venida a la ciudad lo convirtió poco a poco en todo un señor. Luego de muchos años tratando de acomodarse a ella, logró encontrar un trabajo como comisionista junto a Juan Carlos, quien era abogado además de su cuñado. Ocupaba medio día en los Tribunales, y el otro medio día entre expedientes. Así se relacionó con escribanos, abogados, jueces, gestores, etc., con lo que evidentemente se sentía realizado.

Una vez por mes solía salir a comer con su familia a un restaurante frecuentado por esas amistades. Cuando entraba a Carluchi, obviamente de traje y corbata, lo hacía con la prestancia de un honorable señor. Buenas noches Doctor. Buenas noches Escribano. Buenas noches señor Juez. Y así, poniendo el acento en cada título de sus saludos, disfrutaba de la cena en un ambiente de suprema jerarquía.

 

Pero Don Néstor ya se iba poniendo viejo. Jubilados él y su esposa, sus hijos independizados, y su esposa con una enfermedad incurable a afrontar.

Nunca fue de sentarse en una mecedora. Por el contrario. Esa inquietud innata hizo que se fuera convirtiendo, poco a poco, en una persona con taras; algunas hasta insoportables, las más resultaban originales.

Curiosamente, y creo que por acostumbramiento, el paso del tren a pocos metros no le resultaba molesto. Sentíase orgulloso de verificar que la construcción resultó tan fuerte como para resistir las vibraciones del suelo.

Peleaba descaradamente con las hormigas y también con los clientes del negocio de enfrente, que fabricaba ventiladores de techo, y estacionaban sus autos frente a su garaje, aunque él no tenía auto.

Los domingos se lo podía prever casi desquiciado.

Comenzaba en la mañana con los feriantes que, por no tener baños, hacían sus necesidades contra el muro de la casa. Pasaba la mañana yendo y viniendo al patio y mirando por encima del muro. Cuando encontraba a alguien que orinaba o defecaba al otro lado, le pegaba un reto peor que el que pude pegar un comisario de pueblo. A veces, volaban tomates o papas machucadas que daban en las veredas o jazmineros o muros del patio. El limpiar eso parecía descomprimirlo.

¡Y amén de que a alguien se le ocurriera asomarse al muro! Toda aquella actitud se convertía en furia huracanada.

Por la tarde tomaba su posición en su cuarto, acostado y con su radio a transistores en la oreja; y a todo volumen. Escuchar el relato del partido de fútbol de Colón le resultaba sagrado. No se lo podía molestar. Si Colón perdía, se convertía en un sonámbulo despeinado que pasaba mudo, serio e inmutable y regresaba al encierro de su habitación. Si Colón no perdía, adoptaba un aire como el de estar entrando al restaurante Carluchi.

 

Los gatos nunca le sentaron bien. No como mascotas, ya que estos animalitos le resultaban sumamente tiernos y mimosos. De alguna manera poseía una cierta aversión hacia ellos debido a sus independencias, pero más que nada a sus actividades nocturnas.

Un día, que no era domingo, se lo vio muy nervioso, recorría la vereda desde su casa hasta la esquina de la diagonal, miraba hacia los muros de los fondos de las casas que daban a la feria de los domingos y se regresaba. Entraba a la casa, se dirigía al fondo por el pasillo provocando turbulencias, y se asomaba por encima del muro inspeccionando el espacio de la feria. Su esposa, con mayúscula curiosidad, le preguntó qué estaba pasando. Él le contó encontrar a una señora que le dejaba de comer a los gatos en montoncitos, la había retado y pedido que si quería hacerlo se fuera más lejos, donde no los amontonara cerca de su casa. La señora accedió y se corrió hacia la puerta de la bodega, a media cuadra más allá. Él seguía cuidando de que así fuera, por eso ¡tanto nerviosismo!

Esa noche comenzó su obsesión contra los gatos, encontró una vieja gomera y con ella los apedreaba cuando los sentía correr y maullar sobre el techo de zinc. Casi no dormía afirmando que eran ellos quienes no lo dejaban con sus molestas actividades, y salía a acometerlos a las pedradas limpias. A veces se escondía en la oscuridad a esperarlos.

Su esposa y varios vecinos solían contar haberlo visto por las madrugadas correteando por la calle, en la feria o al frente de la bodega, con su gomera y sus piedras, en calzoncillos.

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Sendas paternas

Tomé el amuleto y cumplí la promesa, la que hiciese ante el Padre Pío en su pequeño altar un día nefasto. El día que anunciaron la muerte de mi hijo.

Aquel amuleto no era gran cosa; una imagen del santo que colgué en mi cuello. Un objeto pequeño y común que encerraba muchísima fe y muchísima más esperanza. Hoy, como ofrenda, está depositado a los pies de su imagen en esa capillita en su gruta.

 

La gruta del Padre Pío se encuentra dentro de la Estancia La Aurora, sobre un cerrito que domina un pequeño valle, mirando al sur. La Aurora es famosa, además, por avistamientos de ovnis. Incluso, hay testimonios de sus dueños sobre encuentros cercanos con seres de otro mundo. Por esto, la visitan periódicamente personajes famosos; hasta se dice que la frecuenta Neil Armstrong, el primer hombre que puso un pie sobre la luna.

 

Acabo de dejar la ofrenda y ahora descanso antes de emprender el regreso. La mitad de la promesa estaba cumplida. Aún estoy emocionado y las lágrimas caen solas.

Me recuesto en una piedra, detrás del altar, sentado en la gramilla. Me quito el calzado; doblando las rodillas pongo mis pies descalzos apoyados sobre las pantorrillas. Esa posición me descansa las piernas y la cintura; entretanto, masajeo las plantas de los pies que tienen visible posibilidad de ampollarse por la larga caminata. Llegaría, de regreso, con ellos en carne viva.

Tengo la cabeza muy agachada, no quiero mostrar mis sollozos a nadie. Es el desahogo de todas las tensiones que he pasado en estos tiempos. Pienso en que, si mi padre estuviera aquí me exigiría valentía, no mostrar debilidad. Lo vi así cuando murió su madre, cuando murió su hermano, cuando murió mi madre. Jamás, al menos ante mí, se le ha escapado alguna lágrima; siempre imperturbable y enérgico.

Entre su recuerdo y los masajes, de pronto, entre el sol y yo, por encima de las cejas, me parece divisar una figura a pocos metros de distancia. Está de frente a mí; creí estar solo. Sus pies se confunden con sus piernas larguísimas, así como su cuerpo y sus brazos de una longitud anormal que cuelgan inmóviles. Creo que si quisiera, podría alzar uno de ellos y tocarme de lejos.

 

-¿Estas bien?-. Pregunta amablemente el extraño ser, con voz con eco de galaxias.

-Si, gracias, solo un poco emocionado-. Contesto sin despegar el mentón del pecho y sorprendido.

-Estas efectuando una promesa. ¿Se cumplió lo que deseabas?

-Si, muy por encima de lo que pedía; gracias.

Me siento molestado, allanado en mi intimidad, interrogado por alguien extrañísimo ¡que salió de la nada!

-Pediste por tu hijo-. Afirmó.

Por ese comentario creo que me conoce; menos aún le mostraría el rostro. Siento vergüenza, como si hubiera hecho algo mal y estaba siendo reprendido.

-Por uno en especial, hoy también por los demás.

-Pediste que el Padre Pío los ayude a cuidarse y los guíe por donde no se dejan guiar.

-Así es- Respondo.

-Que no los deje sufrir innecesariamente.

-Y, si.

-Que los ayude a defenderse solos y construir sus futuros con solides. Que les ayude a ver a tiempo lo trivial que son los sueños inalcanzables. Que los ayude a descubrir cómo se cumplen los sueños alcanzables. Que sean más que tú, ¡mucho más!, y además siempre felices- Resuena su voz de lata.

-Si- Contesto dolido y ya alterado. Hace verme una persona muy común al predecir mis pensamientos.

-También has pedido por sus suertes –prosigue sin darme tiempo- y recurres a la fe y esperanza divina porque ya no tienes influencias sobre ellos. Ves que ahora manejan sus vidas lejos de ti, a sus gustos. Ves que se alejan de lo que deseas para ellos. Ves que no los puedes alcanzar.

No contesto, solo hago un gesto imperceptible con la cabeza. Ya todo esto comienza a ser demasiado.

-Por ti ¿has pedido?

-No.

-Piénsalo mejor, piensa en las razones de tus ruegos. ¿Cuándo pides por ellos, no estas pidiendo para ti?

Casi enfurecido me decido a mirarlo preparado a contestar con aspereza. Recorro la proyección de esa sombra. Sin prisa; respirando. Llego a sus zapatos lustrosos, subo mi mirada por su cuerpo, por sus pantalones alineados y su camisa dedicadamente planchada.

El sol, oculto detrás de su cabeza brillante, apenas me deja identificar, antes de desvanecerse, el rostro osco de mi padre.

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Cena de fin de año acompañando a Fermín

Unos días antes

 

Recibió en su Yahoo dos correos de amigos. Se sorprendió al abrirlos ya que lo estaban invitando ¡ellos! a participar de una cadena social donde se describían cada uno. Leyó ligeramente las descripciones y se sintió incongruente con las razones y necesidades de ello. Les contestó algo así como lo que sigue:

 

“Con respecto a la referencias de sus “yo”:

Eternamente desvariado, no quiero ser conocido por responder una serie de preguntas que puedan dar lástima o que pueden no ser. Prefiero la tibieza de la carne, su aroma, el sonido de tu sonrisa y el brillo de tus ojos. Los momentos. Sabes quien soy. Si llegas a mí y pides mis manos, te las daré hasta que tu necesidad deje de ser sincera. Entretanto, navego por otras dimensiones en mi nave…”

 

Le pareció algo áspero pero lo envió de todos modos, de última así era sincero, aunque esto le había traído siempre algunos inconvenientes.

 

La cena de fin de año

 

Regresó del centro de compras con dos botellas de “blanc des blancs”, algunas aceitunas -que se había olvidado antes-, y un mantel para la mesa redonda.

Mientras limpiaba la mesa de mármol, pensó que su frescura era adecuada para estos días de calor; su frialdad le recordó que ya tenía con él cerca de treinta años. En ese trayecto, las sillas del juego se habían roto y las supo reemplazar provisoriamente por otras de plástico azul. El mantel haría juego y posiblemente pasaría desapercibida la improvisación.

Esperaba que sus visitas no vinieran a cenar, sino que pasarían a saludarlo e indudablemente debería servir lo que sería una ligera y variada picada para las charlas. Cortó el arrollado de pollo en finas rodajas y lo colocó en una fuente con un piso de lechugas.

Lo mismo hizo con el carré de cerdo que poseía un hermoso colorido entre las pasas de uva y las tiritas de morrón verde y rojo. Para mejorar su apariencia, colocó a su alrededor bastante ensalada rusa. También fuentecillas con aceitunas, otra con daditos de queso, otra con palitos salados. Platillos, cubiertos y pinchos. Copas de vino y, por supuesto las “flute”, altas y delgadas, ideales para las burbujas del “blanc des blancs”.

Había terminado, se bañó y se sentó a esperar.

Mientras encendía el televisor, repasó el orden de las cosas sobre la mesa y observó que al arrollado de pollo le faltaba algo para verse más atractivo. Pensó por un momento que no deseaba ver las noticias de Gaza ni el hambre del mundo mientras adornaba el arrollado con dibujos en mayonesa. Quedó mejor, aunque todo aquello le resultaba muy ostentoso para él, pero era su cena de fin de año.

Recordó que España estaba cuatro horas adelante y buscó un canal español. Encontró, en la Plaza del Pilar de Zaragoza, la trasmisión de las imágenes de su reloj de números romano, los que se encienden progresivamente hasta llegar a las doce. En ese instante comenzó el festejo con hermosas luces que se movían y proyectaban sobre el edificio, además de los fuegos artificiales sobre la ciudad. Otro canal en Alcalá, donde son tantos y más espectaculares. Las personas, contagiando alegría, descorchaban botellas de champagne no sin antes sacudirlas un poco. Brindando, no dejando de brindar y saludarse.

También encontró, en Milán, un grupo de personas que habían hecho una parva de elementos que no distinguió bien qué eran. Le encendieron fuego y comenzaron a tiras sobre él cohetes y bengalas. Duró muchísimo la quema y se veía cómo la multitud lo disfrutaba.

Buscó en vano algún canal africano donde se comenzase a festejar. Como no encontró, sintonizó uno de Punta del Este y cambiando de tanto en tanto a otro de Buenos aires, esperó.

Debió reponer el platillo de queso y decidió descorchar un Tannat mientras se servía unas rodajitas de carré con ensalada rusa. Aireó el vino, aspiró su aroma y lo saboreó lentamente. No quiso pensar lo que se le ocurrió pensar en ese instante cuando lo asustó un estruendo al frente de la casa. Subió aún más el volumen de la televisión para confundir el ruido de los cohetes. Alternó el canal uruguayo con el argentino donde ya había comenzado la fiesta. Fue espectacular. Quiso por un momento estas allí, con los sonidos e imágenes reales.

Cuando los comentaristas comenzaron a hablar de manera extraña por efecto de la bebida, encontró el comienzo de los festejos en Valparaíso y también un canal Mexicano que los trasmitía. Nuevamente se maravilló.

Buscó el próximo que podría ser en Canadá o en Alaska, pero nada encontró.

 

Tomó una de las copas altas por su pié, golpeó su borde con una uña flotando en la reverberación del sonido hasta que se perdió. Luego otra vez, hasta doce, como el reloj de Zaragoza, sin pensar en nada.

Acomodó su almohada bajo su cabeza y la otra junto a él. Mientras apagaba la luz, un poco satisfecho, se dijo a si mismo: feliz año nuevo.

Se durmió soñando que Spinetta cantaba sobre sus manos; y que no era Fermín.

Serie de relatos de personajes

Aprendiendo de Pedrito

Comentario previo

 

Tenía un borrador para publicar hoy.

A último momento, decidí cambiar la entrega a causa de dos hechos que me sucedieron en estos días.

Una, fue la entrada de Mora en “Duelo y humor” y el comentario que despertó en mí, al hurgar en mis recuerdos.

La otra, una pps que recibiera de un amigo sobre la historia de un padre y su hijo discapacitado.

 

Aprendiendo de Pedrito

 

Concurría a la escuela “Domingo F. Sarmiento” de Santa Fe en los primeros años de primaria. Mi madre era maestra en esa escuela, o sea, era el hijo de la maestra.

Esto me proporcionaba algunos privilegios, especialmente con los compañeros, de los qué, sin mediar pugna alguna, obtenía un alto respeto previo implícito.

Diferente era con mi maestra Alba, compañera y amiga de mi madre. No dudaba en apercibirme, pellizcarme o enviarme a la dirección.

Solía ser muy inquieto y estas cosas me pasaban a menudo; tantas que ya no me quejaba con mi madre. Ella apoyaba totalmente las acciones de la señorita Alba. Tuve que afrontar mi parte quedándome quietito en el rincón, o sobar mi brazo llorisqueando en silencio, o esperar por la directora; no sin antes jugar con aquel teléfono negro y pesado de cable de algodón jaspeado de su despacho. No lo podía resistir.

Claro, de todas formas, mis privilegios no dejaban de flotar y como compensación a ellos también era un alumno aplicado. No podía ser para menos por mi condición. También me podían poner en primera fila en cualquier acto de la escuela, o en cualquier representación, especialmente en los bailes. Así llenaba de orgullo a mi madre quien decía –este es mi hijo-, mientras éramos felicitados.

La señorita Alba no podía tener esas alegrías pero se incorporaba a ese orgullo como si fuera propio.

Solíamos visitarla a diario a su casa. Vivía junto a su esposo José, que tenía una pequeña despensa al frente y hablaba con marcado acento español; y junto a su hijo Pedrito, quien era discapacitado.

El ambiente de esa casa estaba inundado de cariño y ternura por Pedrito; resultaba muy fácil contagiarse. Al principio tuve que ser guiado, ya que no eran las mismas formas de mis juegos habituales. Al poco tiempo, aprendí a hacer rodar la pelota suavemente hacia él, para que lograra tomarla con el mínimo esfuerzo, pero tomarla, y sentirlo feliz por lograrlo. Una vez a un lado, otra vez al otro, otra al centro. Pasábamos horas tirados en el piso dibujando sus garabatos. Me acostumbré a seguirlo con la toalla en la mano, previendo sus salivas antes que mojara las hojas. Hablarle suavemente. Acariciarlo y abrazarlo en sus berrinches. Tratar que repitiera bien las palabras que balbuceaba. Ayudarlo.

No había grandes avances en su evolución o en su motricidad, pero sí en su mirada ávida. Parecía darse cuenta, cada vez más, de las cosas que sucedían a su alrededor. Devolvía con su felicidad aquellas con las que se sentía bien. Esa felicidad llegaba a mí en forma de placer. Sentía placer al verlo feliz. Así me gustaba; aunque las caminatas que hacíamos juntos no prosperaran como hubiese deseado, y me hacían sentir algo frustrado. Pero su alegría al verme llegar, luego de esperarme, compensaba todo. Quedaba triste cuando nos íbamos, y en mí una sensación de tranquilidad de pausa y mucha ternura.

 

Luego de unos años, al final de la primaria, dejamos de frecuentarlo y me olvidé de él.

 

Solíamos salir con mis padres y hermana a pasear por la peatonal de Santa Fe. Mi madre y yo teníamos un juego para divertirnos solo nosotros, y digo –solo nosotros-, porque a mi padre y a mi hermana no les causaba gracia alguna; aunque ese hecho también era motivo para comenzarlo.

Ella, del brazo de mi padre, se retrasaba un poco. A partir de una miradita disparadora empezaba a los alaridos a llamarla; a veces enojado, a veces como desesperado. Mi padre inmediatamente la soltaba, se agarraba a mi hermana, y con ella se desaparecían.

Cuando era yo quien me atrasaba, era ella quien empezaba a llamarme. Y en una representación que me salía muy bien, habiéndolo observado de las maneras de Pedro, me ponía chueco, doblaba las rodillas, también los antebrazos y muñecas dejando las manos sueltas, cruzaba los ojos, meneaba suavemente la cabeza, sacaba la lengua de tanto en tanto y me babeaba. Así caminaba hacia ella. No me enorgullece este humor negro. En aquel entonces tenía la suficiente inocencia como para no discernir la grosería y hacerlo igual a pesar de los llamados de atención. De ello, lo que me quedó grabado en las retinas, fue la manera de mirarme de la gente durante aquel acto; como con asco. Algunas evitaban las miradas, otras desviaban su camino. Otras volteaban hacia las vidrieras momentáneamente con disimulo evidente. Los padres, especialmente, retiraban a sus hijos hacia otro lado evitándoles todo contacto. Se abría un círculo alrededor de mí. Imaginaba, más que imaginaba experimentaba, cómo sería si fuese Pedrito, o algún otro u otra Pedrito, quien estuviera allí.

Incomprensión y sorpresa sentí, al llegar a la ciudad donde habito actualmente y enterarme que en ella existe una aldea para discapacitados donde se los interna; en ella no pareciera tenderse a su recuperación. El mayor estupor fue qué, según lo narrado, algunos familiares que internaban a sus hijos allí, de la alta sociedad de aquí, condición muy relativa por cierto, los visitaban solamente los domingos. Por la mañana. Durante la semana no hablan de ellos.

A ese lugar lo llaman “de la bondad”.

 

Varios Pedritos he vuelto a tratar desde entonces. No hacen ningún daño ni contagian nada. No pueden hablar, no se pueden diferenciar sus expresiones faciales, no se distingue cómo se comunican con el cuerpo.

Sí lo hacen con sus ojos.

También distinguen una sonrisa y el contacto de una mano cálida; de las que se aferran.

 

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