Cielo de cometas

                         A Doña Carmen, la mamá de Jorgito; y a la vida, su madre.

Al igual que todas las mañanas al levantarse, retira el brazo que la abraza por encima de ella. Lo hace con cautela y lentitud para no despertarlo, aunque ella sabe que se despertará igual pero él hará que piense que sigue dormido.

Doña Carmen es una anciana fresca e  inquieta. Su jardín es vivo y colorido, el césped mantiene durante todos los días del año un olor a recién cortado como si fuera aroma mágico que nace por sí solo. En la casa, todo posee el aspecto de pulcritud y prolijidad usual en las personas de su edad, con flores frescas en los centros de mesas, puertas abiertas por las que el aire atraviesa la casa acompañando el corretear de su pequeño nieto, ventanas luminosas con cortinas de hilo de algodón tejidas en crochet, muebles que crujen siempre, nidos en la galería con los pichones de las ratoneras piando incansables y el radio a válvulas encendida durante todo el día sintonizando una estación en especial, por pura costumbre.

Enviudó hace más de treinta años y desde entonces vivió solita hasta hace tres años, cuando el destino quiso que encontrara a un ser especialísimo con el que se casó a pesar de todas las opiniones adversas que recibiera de parte de sus parientes y amistades sinceras.

Casi podría decirse que posee una salud inquebrantable que parece nacer de la energía que emana de ella. Es algo raro verla quieta. En su andar se bambolea como cualquier otra anciana con la diferencia que parece ir bailando una danza que disfruta. Va acariciando paredes, columnas y arboles como si aún fuera un juego de niños, pero no lo es; son sus manos que van atrapando las texturas de las cosas para su disfrutar íntimo y secreto. Quién sabe qué sensaciones recrea en ese placer. Su voz es agudísima y duelen los oídos al ser escuchada. Habla mucho, muchísimo, como si todo el día estuviese concentrado en ese sólo momento de conversación, obligada a contarlo todo. Nada la detiene y todo lo cuenta sin importar consecuencia ni opinión.

Se jacta orgullosamente de sus hijos y de su primer marido al que jamás deja de nombrar, que se encuentra permanentemente en sus recuerdos; aquel período de su vida es su referente inolvidable.

Sus nietos ya son grandes con excepción de Julián, está por cumplir los siete años y le dedican toda su atención junto a Don Tito, su actual esposo. Lo consienten sin medida a pesar de las rabietas de sus padres que, como es normal, se quejan que lo malcrían demasiado con tanto cariño.

Carmen y Tito se divierten paseando de las manos a Julián por las veredas. Pega saltos con lo que ellos se esfuerzan para que se eleve hasta donde puedan hacerlo elevar, y gritan con él, y lo incentivan al próximo. Les retuerce las manos con sus piruetas. Juntos, le enseñaron a andar en bicicleta y a atarse los cordones. A usar diestramente los cubiertos y a limpiarse la boca antes de tomar del vaso. A lavarse los dientes, a sumar, a restar, a saludarlos en las noches y mañanas que se queda a dormir con ellos.

Tito, que es poco mayor que Carmen, juega a la pelota con él  mientras ella prepara el almuerzo. A veces la pelota rompe una maseta y ambos se agarran la cabeza, se tapan la cara, hacen una mueca de grito en silencio tapándose las bocas con las manos para luego acordar en complicidad qué hacer para que la abuela no se enoje.

-¡Rompimos una maseta, nos van a retar!- Dice Tito en voz baja sabiendo para sí que Carmen no lo hará.

-¡La abuela se va a enojar, Tito!- Le susurra Julián casi al oído.

-¿Y ahora qué hacemos?

-No sé, la podemos poner dentro de una bolsa y la tiramos.

-¿Te parece?…

-Mejor la escondemos detrás del ligustrino.

-Creo que Carmen se va a dar cuenta, ¿tú qué crees?

-¡Ay, sí! Entonces mejor le decimos aunque se enoje.

-Sí, creo que mejor es no mentirle… Pero ¿qué podemos hacer para que no se enoje?

-¡Le regalamos unas flores y le damos muchos besos!

-Puede ser, pero la planta se puede morir si la dejamos ahí, y además la tierra desparramada…

-¡La plantamos contra el muro!

-¡Ah! ¿Sabes? Creo que hay otra maseta en el galponcito.

-¡Vamos!

Carmen sale entonces desde la cocina. A pesar de haber observado todo lo sucedido se muestra ignorante y escucha pacientemente el relato del nieto a la vez que inspecciona la nueva maseta y el estado de la planta. Con nueva voz dulce y suave perdona a Juan mientras le tiende la mano, al tiempo que toma del brazo a Tito y los invita a almorzar.

-¡Pero no lo vuelvan a hacer, tengan más cuidado!- Sentencia, ya con su voz de siempre.

El día de cobrar las jubilaciones, los tres se fueron de paseo al centro de la ciudad a conseguir una cometa de esas de payaso que Julián quería. Había tantas y de tan variados tamaños y colores que Julián quedó encantado a tal punto que ya no sabía cual elegir. Se decidió por una octogonal con muchísimos flecos, colores y también muy cara, lo que no les importó demasiado a los ancianos.

La remontaron esa misma mañana en el parque con poco viento. Carmen la sostenía en lo alto mientras Tito le mostraba a Juan cómo debía correr a la vez que largaba piola. Corrieron juntos con risas y gritos hasta que se quedaban sin espacio, entonces Tito le mostraba cómo debía tirar de la piola y aflojarla. Lo hicieron decenas de veces pero la cometa se balanceaba hacia un lado y hacia el otro y caía pesadamente. A Juan le dolía en cada caída porque no quería que se rompiese. Le colocaron más cola y por fin la cometa comenzó a subir majestuosa. A medida que iba subiendo, el rostro de Julián y la sonrisa de Tito se parecían mimetizar encantadamente bajo la mirada de Carmen. Aplaudía y daba pequeños saltitos de alegría. Se sintió completa.

Había cientos de cometas en el cielo del parque pero para ellos era la mejor y la más alta. Se turnaban en sostenerla y en largarle un poquito más de piola hasta que se quedaron sin ella; entre tanto, los abuelos le contaban a Julián las historias más fantásticas de otras cometas no tan grandes, lindas y altas como esa.

Esa noche Julián durmió con ella entre sus brazos, sumamente cansado y satisfecho. Fue ángel y nube, tocó el cielo con las manos, estuvo cerca de los aviones que pasaban y saludó a las personas que veía por sus ventanillas. Sorteando barriletes, paseó en el carruaje conducido por Tito, sentado junto a la abuela Carmen, su princesa, y tirado por cientos de golondrinas chirriando sórdidamente. Sintiendo el vértigo placentero en su estómago arrancándole sonrisas.

Para Carmen y para Tito fue el tema del resto del día. Lo contaron en el barrio con todos los detalles exagerados, salieron especialmente a eso. Al acostarse y antes de apagar la luz y del beso habitual, lo siguieron comentando largamente, felices, conformes. Carmen soñó con su madre y Tito con un cielo de cometas, risas de niños y ecos de aplausos interminables.

Hoy he visto a Carmen y a Julián que están sentados en un banco de la plaza. Él juntó un manojo de piedritas e intenta pegarles con saña a las palomas. Carmen no lo observa.

El viernes anterior, al igual que lo hacía todas las mañanas al levantarse, retiró el brazo de Tito que la abrazaba por encima de ella. Le sintió sus rodillas frías y pensó que se había destapado. Con cautela y lentitud para no despertarlo, al taparlo con la manta descubre el color obscuro del derrame en su pecho.

Lo acomodó hacia arriba y se sentó junto a él en silencio a memorizar la sonrisa con la que ésta vez sí estaba dormido mecido en su cielo.

 

Posdata:

Agradezco de corazón a Júdith, Karla, José, Joise y Vancho por los comentarios que hiciesen en la entrada anterior. Les pido disculpas por no haber logrado espacios para responderles.

Serie de relatos de personajes

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Comentarios

10 respuestas a “Cielo de cometas”
  1. Karli Rodríguez dice:

    No… no puede terminar así… no es justo…

    Quisiera estar chiquita y pensar que todas las historias de gentes buenas son como los cuentos de hadas con finales felices y donde la muerte es algo tan extraño que nunca se menciona (a no ser que se pueda revocar con el dulce beso del príncipe encantado)…
    Pero no es cierto…. y aunque no sea justo, la muerte sucede. Aunque nunca me pueda acostumbrar a su presencia sempiterna…

    Hoy he llorado con tu relato y el cielo me acompaña… contra todo pronóstico, llueve en San Salvador en pleno verano. Pero, como reza una tradición de esta mi tierra de colores, no es que llueva: es que el cielo llora la muerte de un alma buena…

  2. Jose Itriago dice:

    El día se había encapotado, cediendo ante la presión de las realidades. Pesado, denso, sin una brisa, sin ganas de sonrisas, pesaroso. A lo lejos se veía la abuela en el banco, la vista perdida en playas inexistentes, en horizontes de mares de antes y de siempre y al nieto que trataba, inútilmente de volar una cometa multicolor, quizás para ponerle una fragata a ese mar de la abuela, quizás para que se lo llevara a volar como un cóndor andino. En la otra esquina de la plaza, una pareja dirimía cualquier conflicto, seguramente el mismo de siempre, una vez más. Un perro en una ventana y el otro en la acera se ladraban con ferocidad, siendo tan amigos, mientras el resto de la gente pasaba rápido, como azorados, seguramente retrasados en sus horarios, o peor, en las cuotas de la luz, o de la casa, o la tarjeta de crédito. Una llamada para que se acuerde, una promesa sin fundamento, un día más de prórroga. Es para andar rápido, viendo el piso. Sin apenas notar la ardilla que busca y busca, ni las pocas flores todavía vivas.

    Ahora el niño le pedía a la abuela que le sostuviera la cometa para arrancarse a correrla, pero ella no lo oía; oía más bien el fragor de las olas, el llamado de los pelícanos y las gaviotas y extendía su mano para alcanzar un algo que se le escapaba una y otra vez, quizás una risa o una canción, quizás un perla o un erizo de mar, quizás otra mano, una caricia, un calor, una vida, quién podrá saberlo. Quizás todo y más aun.

    Ayer estuvieron en el mismo sitio y el cielo estaba entre gris y rosado, con franjas violetas, unas franjas diáfanas, como de esperanza y ella se fijó y sintió lo que supuso sería un mensaje, por eso volvió hoy. Antier fue día de visita al cementerio: una rutina siempre nueva. Una conversa con piedras y tierra y flores. Un monólogo que acompaña, que ayuda. Un hasta luego de despedida. Nos vemos pronto y ya.

    Esta mañana el niño insistió en llevarse la cometa. ¿Para qué?, pensó ella. Pero lo dejó hacer. Ahora siempre lo dejaba hacer. Faltaba más. Desde que se fue Tito duerme con ella y ella lo agradece. La obliga a esperar hasta tarde en la noche para por fin llorar y entonces se cansa y se duerme rápido. Hay que recortar las noches. Le preparó su desayuno como siempre y sacó de una caja de metal, entre servilletas de papel, unas galletas de mantequilla que había preparado días antes, a cuya sola vista los ojos negros del niño resplandecieron y lograron sacarle una breve sonrisa.

    Ahora estaba allí, sosteniendo la cometa para volarla sin viento, atendiendo las instrucciones del niño para que no le pisara la cola, muy larga, porque la cometa era grande. Que no se te vaya a enredar abuela.

    De pronto, sin que hubiera razón aparente alguna, las nubes se abrieron para darle paso a un intenso rayo de luz que atravesó la cometa y dibujó frente a la abuela, el niño y todos, un dibujo multicolor, un vitral de catedral que cubrió la plaza. La gente que transcurría anónimamente se detuvo un instante, porque el fenómeno sólo duró un instante, una ráfaga de luz, dijeron después. La pareja que discutía se agarró de la mano y se le vio la mirada encendida y una luz interior que demostraba que todavía les quedaba fuego; el perro callejero se acercó sumiso, olfateando, mientras el que estaba en la ventana aullaba al sentirse ignorado.

    La abuela y el niño observaron como la luz los arropó un instante, sintieron un calor de afectos lejanos pero muy presentes, casi como si esa luz tuviera voz o música, como si cantara o silbara, quizás un gran órgano, quizás miles de todos los tipos de pájaros existentes. No pudieron esconder ni la sonrisa ni las lágrimas. Todos sintieron un nudo en la garganta y casi lloraron, querían hacerlo, lo necesitaban.

    Todo pasó, el cielo se cerró. El niño no insistió más en volar la cometa y el tiempo se puso lluvioso, olía a lluvia, tenían que apurarse para llegar a casa. Mientras caminaba con una energía que ya creía perdida, la abuela oía al niño que le preguntaba una y otra vez qué había ocurrido, cómo podía ocurrir eso, que si volverían al día siguiente para ver otra vez la luz, que qué bello fue todo, que la cometa quería volar, pero que él la detuvo y ella oía y oía y no contestaba, sólo sonreía.

  3. Karli Rodríguez dice:

    Ahhh! yo siempre he creído que las personas que se nos adelantan en este viaje, nos acompañan en nuestra travesía… Qué bonita su historia don José!!!!

  4. Osvaldo Bonini dice:

    Es cierto Karla, no es justo. Los momentos de felicidad, las cosas buenas y lindas, sabemos que duran muy poco y habrá que saber disfrutarlas. A la vez, de alguna u otra manera, duran para siempre.
    Como el rayo de luz o como la sonrisa de la abuela que magistralmente describe José.
    Habrá que ver qué asimila el niño que hoy no es más que un niño intrigado, desorientado y que siente una rabia que no sabe de dónde la sacó.

    Mañana me estoy yendo otra vez y regreso el domingo. Si lo logro y si hay más comentarios trataré de moderar desde el celular.
    Intentaré traerles de regalo alguna copla para que cantemos juntos.

  5. Iván Salazar Urrutia dice:

    Osvaldo, no vale que te andes corriendo porque no estarás. ¿Cuándo no estás?
    Incluso creo que José se pone de pronto en esa onda de salmón contra la corriente. La cometa -volantín por estos lados- es en el aire; y nunca el aire es más aire que cuando insufla la piel luminosa de un cometa.
    ¡Qué importa si se cortó el hilo! Ahí va siempre la cometa “cortada” danzando su viaje final de muerte hacia los horizontes transparentes del aire.
    Pero José supo fotografiar esos colores que dibujan las cosas de la tierra. Si bien todos en el pueblo se sorprendieron en la exitación de la luz, sólo los ojos de José supieron alojarla retina adentro donde se cocinan las emociones y se construyen los hilos sólidos de aquello futuros cometas que nos elevarán.
    Yo quiero estar ahí, junto junto a José, mano con mano de Osvaldo, recitando las Moradas de nuestra Mora; quiero estar ahí en el minuto justo de cortar la pluma de nuestro vuelo y compartir junto a todos la lluvia de música y acuarelas del suspiro de luz que nos lleve donde el viento acaricia a los que vivimos en el ventanal de los cometas.
    VANCHO

  6. violeta montt diaz dice:

    Precioso tu relato, pero yo no le veo un final triste, pues el final irremediablemente siempre llegará, lo importante es la actitud tan natural de ella, sabe que su amor está con ella, que la vida continua y que seguramente seguirá siendo una mujer feliz, tienes una prosa muy suelta, llena de contenido, entretenida, me encanto, te felicito, podría decir miles de cosas de la vejez pero creo que describes muy bien la vejez vital esa vejez que nunca muere porque queda en el colectivo familiar el vivo recuerdo de la persona que brindo tanto amor, Viole

  7. Karli Rodríguez dice:

    Paseando por Facebook, me he topado con esta cita en uno de los perfiles de mis amigos/as:

    “Cuando las personas que amamos nos son arrebatadas la mejor manera de mantenerlas con vida es no dejar de amarlas. Los edificios se incendian, la gente muere pero el amor verdadero es para siempre.” -El Cuervo

    ¡Cuánta verdad encerrada en estas palabras!… Me gustó, me recordé de tu historia Osvaldito y por eso la traigo…

  8. Iván Salazar Urrutia dice:

    Todos saben de esta afición mía de arrastrar las aburridas hojas secas por los parques. No sé, es como vivir levantando ya caducas existencias.
    En ocasiones veo un anciano vendiendo dulces, un enamorado buscando versos, palomas laboriosas, y a veces una mariposa titubeante en su vuelo de pétalos. Pero esta vez fue un arrugado papel de envolver, de esos amarillentos aún antes de salir del almacén. Parecía un pequeño mundo arrugado, casi confundido entre las huellas de paseantes.
    Con delicadeza fui rehaciendo su tersura de hoja y se fueron develando letras, palabras sueltas, y unas manchas que parecían lágrimas perdidas. Creo que era el lugar donde Don Tito oteaba a su nieto mientras sus dedos aprisionaban los dedos de su amada. Tal vez Osvaldo me hace ensoñar y crear fantasías con su relato de pueblo.
    No sé; ustedes podrán descifrar este misterio. Les dejo el escrito que a mi entender se dibujaba en este pergamino del sendero:

    Dejadme la tibieza nocturna del respirar.
    Dejadme el espacio de piel para mi piel.
    Permitidme, mujer, subir el amanecer
    Hasta tú sueño y ya no despertar.

    Nada es ya superior a una mano pequeña.
    Nada superior, ni el huracán, a la brisa.
    Todo viene a mí desde el hondor de tu risa
    Desde la mirada infantil de un cometa.

    Cerraré mis ojos para verte siempre.
    Bajaré mi brazo para no perderte.
    Soñaré tus sueños de oriente
    Y viviré cantando mi propia muerte

    VANCHO (transcriptor)

  9. Joise Morillo dice:

    Lo dije en el blog de Mora, nuestra común mentora, sin embargo creo oportuno repetirlo en el vuestro; Osvaldo.

    “Juventud, divino tesoro, empero no siendo la edad escasa, ni el espíritu joven solamente lo que define la verdadera juventud, si lo es: la capacidad del individuo de crear cosas buenas, beneficio, tanto peculiar como colectivo, en otras palabras la edad, no es óbice para determinar la juventud, de hecho, hay gente que siendo adolecentes son viejos de voluntad, mientras: Deng Xiaoping saco del bodrio conservador comunista chino y creó una clase media de más de 350 millones de habitantes a los 83 años, murió a los 93”.

    Por ello hago énfasis en la madurez del individuo, es evidente que Tito a pesar de ser mayor que Carmen, concebía un espíritu juvenil, de hecho se casa con Carmen por su satisfacción ventral, no prestándole la atención adecuada a su condición longeva, un viejo poco maduro, que desbordó su capacidad fisiológica con la emoción de sentirse abuelo, de hacho Julián reacciona más consciente y maduro que él, al momento de decidir: qué hacer con la maceta rota. Eso explica lo que yo afirmo: “la edad no es óbice para juzgar la inquietud juvenil ni la madurez del individuo”. Empero si, los hechos.

    Lo dije en el blog de Mora, nuestra común mentora, sin embargo creo oportuno repetirlo en el vuestro; Osvaldo.
    “Juventud, divino tesoro, empero no siendo la edad escasa, ni el espíritu joven solamente lo que define la verdadera juventud, si lo es: la capacidad del individuo de crear cosas buenas, beneficio, tanto peculiar como colectivo, en otras palabras la edad, no es óbice para determinar la juventud, de hecho, hay gente que siendo adolecentes son viejos de voluntad, mientras: Deng Xiaoping saco del bodrio conservador comunista chino y creó una clase media de más de 350 millones de habitantes a los 83 años, murió a los 93”.
    Por ello hago énfasis en la madurez del individuo, es evidente que Tito a pesar de ser mayor que Carmen, concebía un espíritu juvenil, de hecho se casa con Carmen por su satisfacción ventral, no prestándole la atención adecuada a su condición longeva, un viejo poco maduro, que desbordó su capacidad fisiológica con la emoción de sentirse abuelo, de hacho Julián reacciona más consciente y maduro que él, al momento de decidir: qué hacer con la maceta rota. Eso explica lo que yo afirmo: “la edad no es óbice para juzgar la inquietud juvenil ni la madurez del individuo”. Empero si, los hechos.

    Karli, “La gente muere, eso es tácito, pero los avatares quedan, también el amor y otros sentimiento no tan nobles, que le dan dinamismo al mundo humano.”

    Os ama
    Joise

  10. Iván Salazar Urrutia dice:

    ¿Y cuándo va a cambiar la página? No espere que la página lo cambie a usted…
    VANCHO



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