El Puente
-Crónicas de exilio-
por Iván Salazar Urrutia
Teníamos ya las visas de salida del país. Vendría un bus de Naciones Unidas con el Embajador de Honduras y algunos otros embajadores “invitados”. Era un momento de tensión: toda salida de las embajadas y llegada al aeropuerto eran riesgosas; por eso lo de los embajadores “invitados”.
Dos asilados corrían riesgos; nos informaron que los militares tenían interés en dos extremistas: supusimos que podría ser yo o bien Nelson Villagra, un tremendo actor cuyas mejores actuaciones nos las hizo en el patio de la Embajada de Honduras; amén de ser el jefe y único trabajador de la Comisión Peluquería. Se acordó que ambos iríamos al centro del grupo; siempre rodeados por la solidaridad de los demás.
Éramos alrededor de diez o doce personas, algunos –los menos- con maletas, la mayoría con algún tipo de bolso. Todos habíamos pasado por la Comisión Peluquería; Nelson había hecho maravillas con nuestro pelo. Como tales asilados con visa, habíamos tenido más tiempo en nuestro turno en el baño: cada uno tuvo al menos 25 minutos para él solo.
Todas las despedidas son tristes, es cierto; ésta también lo fue. Todos esperaban con ansias el otorgamiento de su visa; todos los que se quedaban nos envidiaban un poco, así como nosotros envidiamos a tantos que se fueron antes que nosotros. –Ya te tocará; te esperaremos con Ron centroamericano-. Bueno, ya; te dejo la manta; mi cuchara y el cuchillo lo dejé en la caja del servicio… En la bolsa que está colgando quedaron unas pilas, cuida que no se mojen… Si, si, llegando a Tegucigalpa llamaremos por teléfono a tu familia, tal vez… le diremos que estás bien. Adiós, chao, compadre, ¡nos vemos!
Santiago parecía triste; seguro era nuestra mirada. Por la ventana del bus corrían hacia atrás los edificios, los postes de la luz, los árboles. Delante un jeep con militares apuntando hacia las veredas y hacia el bus; más adelante carabineros en motos. Detrás del bus otro jeep, otras motos. Dos motos a cada lado del bus… Un transeúnte, al vernos, se sacó el sombrero y lo puso en su corazón. Santiago quedaba atrás.
En el aeropuerto caminábamos todos como un bloque, al medio Nelson y yo. Pedimos ingresar a la loza por el costado del edificio; se negaron. Pedimos entrar, entonces, por donde ingresan todos los pasajeros; se negaron. Los embajadores moviéndose por todos los costados: no querían perder ninguno de sus protegidos. De pronto se acerca un militar con una metralleta apuntando hacia el grupo: -¡Hey, usted!… sí, usted-. Todos paralogizados; Nelson y yo apretujados por los cuerpos nerviosos de nuestros compañeros, los embajadores caminando en dirección del militar. ¡Putas, que embajadores más corajudos! Eso, de seguro, no se estudia en las academias de relaciones internacionales. No recuerdo si estaba el embajador de Suecia, el capitán de los valientes, de los solidarios y fraterno, hasta ofrecer su propia vida. Comenzamos a movernos hacia un costado, donde unos pilares nos podrían servir de protección en caso de… -¡Alto!, deténganse, usted, oiga, ¡Usted!- y movía su metralleta como si fuera un puntero. Su mano derecha se dirigió hacia su cartuchera… -Usted es Nelson Villagra- Sí, yo soy. (Compadre, es con usted, no te separes…) -¿Me podría dar un autógrafo? Es un encargo de mi mujer…- De su bolsillo de atrás sacó una libreta…
El avión se elevó sobre los cielos chilenos, tan bellos como los cielos de todas las patrias. Al mirar por la ventanilla como ojo de buey, pude ver a mi padre, a mi hermano Jaime, a mi sobrino… conociendo de mi visa, mi padre pidió ir a la embajada, quería despedirse de este hijo que conocía de cárceles, de represión, de clandestinidad, de reuniones con sindicatos para organizar la resistencia; pero que no conocía de exilio. Mi viejo, más sabio, ya sabía lo que eso sería… Alonso caminaba con dificultad por una apoplejía; yo lo veía aferrado a los fierros de la verja, con los mocos colgando, con los ojos como laguna opaca de lágrimas. Sus manos no lograban sostener bien su cuerpo y se resbalaba constantemente; Jaime solícito le ayudaba a erguirse. –¿Y Ariel?- esta bien, en Concepción… -¿Y Boris?- Hermano, a Boris lo encontraron… -¿Vivo?- Sí, vivo, en una cárcel de Temuco… ¿Y Rodrigo? –Preso, parece lo enviaron al Norte, a Pisagua…
-¿Y mis hermanas?- Bien, todas están bien; te mandan saludos… van a tratar de ir al aeropuerto…
-¿Y tú, hermanito, has tenido problema?- No, flaquito, no he tenido problemas; no te preocupes.
Y Alonso hipando, como con un vómito atragantado, hijito, m´hijito, ¡Ay, Ivancito…! El avión tomaba las rutas aéreas del Pacífico. Los ojos de mi padre me miraban tras la bruma de sus ojos ya viejos.
-¿Y la Tato? ¿Cómo está la Tatito?
- Bien, hermano, bien; sólo preocupada por Boris y Rodrigo… y, bueno, Alonso, que cuando pasan los militares sale a la calle y los insulta; parece busca que lo maten… pero los milicos no han querido dispararle… Ya, hermanito, debo irme.
La Comisión Puerta con los ojos gachos me recuerda: se acabó el plazo, Iván; despídanse. La saliva de Alonso hacía resbalar mis besos. Cae de rodillas. Jaime y mi sobrino se esfuerzan en levantarlo: -Ya, papá, vámonos- Ahora soy yo el que aprieta y aprieta los fierros. –Ya, Don Iván; ya verá que pronto estará otra vez en Chile-. Gracias, mi carabinero… Fue la última vez que vi a mi padre; moriría cuando yo aún vivía el exilio.
Parece me dormí con el rostro pegado en la ventana. Desperté del todo con las notas del Himno Nacional de Chile cantado por mis compañeros: atravesábamos la frontera con Perú; abandonábamos Chile.
Para qué les cuento el recibimiento en Honduras, en el aeropuerto de Tegucigalpa. Luego de una escala de dos días en Panamá, llegamos a nuestro destino: los compañeros ya organizados en un Comité de Chilenos en Exilio, nos esperaban con pancartas, banderas chilenas y hondureñas ¡Viva Chile, mierda!
No había trabajo en Honduras. Si no tenían trabajo los hondureños, menos había para estos exiliados. La universidad –el rector Reyna- hacía mil esfuerzos para hacer cupos de horas de clases para los profesionales, horas de atención en los hospitales para lo médicos. Yo fui contratado por la Escuela Normal Francisco Morazán para hacer unos cursillos sobre Arte Infantil y escribir un texto sobre el mismo tema, poco dinero, pero algo al fin y al cabo. Paralelamente compraba cerámica en el mercado de Comayagüela (¿así se escribe? Me parece que no) y los pintaba con motivos indígenas. También compraba cuero y hacía bolsos y carteras. Vendí todos los bolsos. Aún hoy -2000 y tanto- no me pagan la docena de cerámicas pintadas. No importa, el Hospital Psiquiátrico me permitió trabajar con los internos en un estudio comparado de la expresión gráfica en enfermos mentales. Ojalá no se haya perdido; fue un buen trabajo. No alcancé a sistematizar la experiencia porque ocurrió que como el gobierno –a pesar de los acuerdos internacionales- no había aún reconocido nuestro estatus de refugiados, nos llamó de urgencia (con policías) al Ministerio del Interior para regularizar esta situación. Sospechando algo dejé una nota en casa: voy a una extraña reunión en el ministerio del interior, si no llego al mediodía, sale de casa y busca apoyo en los amigos. Más o menos.
Nos subieron a todos los chilenos exiliados en Honduras en dos buses. Tres militares armados en cada bus, dos jeep atestados de militares delante nuestro; dos, igualmente atestados tras nuestro.
Osvaldo López Arellano, general golpista por excelencia, hijo de la aristocracia hondureña y coimeado permanente de la United Brands, era el presidente de facto; además de compadre con Somoza, el dictador de Nicaragua. Este tal Somoza estaba complicado porque los sandinistas habían interrumpido una fiesta en la casa de “Chema” Castillo y había hecho rehenes a varios funcionarios de gobierno: exigían libertad para Tomás Borge y otros revolucionarios presos en las mazmorras. Entonces le pidió a su compadre general Arellano le enviara en calidad de rehenes a algunos chilenos que sirvieran como moneda de cambio para negociar con los sandinistas.
Claro, estúpidos nosotros, nos percatamos de ello cuando ya enrumbábamos hacia el sur. Atando cabos, enfrentamos al oficial a cargo de la operación: -¿Se da cuenta usted que está haciendo el trabajo sucio? ¿Tiene conciencia que Arellano le dará algunos miles de dólares, pero usted se va a llevar todo el deshonor? Comprenda que todas las convenciones internacionales protegen al refugiado. ¿Cree usted que ACNUR, bajo cuya protección viajamos a Honduras, no va a informar de esta acción a las Naciones Unidas? Es su nombre el que aparecerá… Nosotros les diremos, le gritaremos a los sandinistas que no negocien por nosotros; entonces Somoza tendrá que matar a alguno de nosotros para demostrar la fuerza de su decisión. Eso será noticia internacional: un oficial del ejército hondureño entregó a los refugiados para que Somoza…
Así estuvimos todo el viaje hasta que llegamos a la encrucijada de la carretera: a la izquierda, Nicaragua; a la derecha, El Salvador.
-Le queda una opción, capitán; expúlsenos a la frontera más cercana: El Salvador.
A una orden por radio, se detuvo la caravana. Se bajaron todos los militares de los jeep y rodearon ambos buses: -¡No se baje nadie!
-Es su última oportunidad, capitán. Piense en su familia, en sus hijos; ellos sabrán por la prensa que su padre no tuvo el coraje… que su padre mancilló el honor de soldado.
Se bajó del bus, confidenció con algunos otros oficiales y luego retornó al bus: -¡A la derecha!- Nunca pensé que me alegraría de escuchar eso de ¡a la derecha!
Así, pues, a la derecha estaba El Amatillo, un río que lo atraviesa un puente cuyo centro es la línea fronteriza entre El Salvador y Honduras. A la izquierda estaba Somoto, el pueblo fronterizo de Nicaragua, donde nos esperaba la guardia de Somoza.
Llegando a la Aduana Frontera El Amatillo, nos bajaron y nos empujaron hacia el largo puente El Amatillo, pasamos la línea demarcatoria de la frontera y se detuvieron los militares hondureños. Nosotros seguimos hasta la Aduana o Puesto Fronterizo de El Salvador.
-Deseamos hablar con el Director de Aduana o Militar de más alto rango. Somos chilenos y estamos solicitando asilo político.
Palabras más, palabras menos ese fue nuestro discurso ante cualquier funcionario que se atrevía a atendernos. Rápidamente vimos que cerraron los caminos de acceso a la Aduana desde el propio El Salvador… Alguien que parecía Jefe, nos dijo que esperáramos, que consultaría con su gobierno… Entretanto un compañero logró escabullirse entre el desorden que nosotros mismos provocábamos, tomó un bus que retornaba hacia la capital de San Salvador.
-Nuestro gobierno dice que no tienen ustedes asilo en nuestro país y que deben volver a Honduras.
Bien. No esperábamos otra cosa. Debíamos ganar tiempo.
Retornamos hacia Honduras y nos quedamos en medio del Puente El Amatillo. Abajo, correntosas y amarillentas aguas seguían su oficio hacia el mar Pacífico.
Una delegación de oficiales hondureños se acerca, ¿qué les dijeron? –Que bien; que esperemos. El gobierno salvadoreño está tomando las medidas de seguridad para nuestro traslado…- Extrañados retornan al extremo hondureño del puente. Nosotros seguimos en la mitad salvadoreña del puente. Pero luego aparece una patrulla militar desde El Salvador: -Deben abandonar el puente; nuestro gobierno ha sido claro en no recibirlos-. Sí, claro; está bien. Acabamos de hablar con los hondureños… están retornando los buses que nos transportarán hasta Tegucigalpa…
Y, claro, todos teníamos los pies bien puestos en el lado hondureño del puente.
Pasado un tiempo, se acerca una delegación de militares hondureños: -Tenemos información que ustedes no serán bien recibidos en El Salvador. Deben regresar con nosotros-. No es la información que tenemos nosotros. El gobierno salvadoreño quiere establecer internacionalmente una diferencia con el gobierno hondureño. El presidente está en consultas con el ministro del interior para adoptar la mejor figura jurídica de nuestro asilo… dado que somos expulsados por el gobierno hondureño.
Nuestros pies pisaban nerviosos el cemento del lado salvadoreño del puente.
No fuimos creídos. No cabía duda de la comunicación entre los militares y entre los gobiernos. Los tentáculos de Somoza se extendían más allá de sus propias fronteras. Reunión de emergencia, al medio del puente. Que mejor no sigamos este juego; se pone cada vez más peligroso. Que opino nos metamos en la aduana salvadoreña y que se hagan responsables de nuestra expulsión. Que mejor volvamos con los hondureños; tal vez ese oficial… parece algo más humano o más inteligente. No seamos huevones, si Somoza nos quiere y nos quiere ahora ¡Ya!
Acuerdo: seguimos en el juego de ganar tiempo. Recuerdo el mensaje que dejé a mi esposa. Recordamos al compañero que se escapó en el bus hacia el interior de San Salvador. Es cosa de tiempo para que la comunidad salvadoreña y hondureña se enteren y se movilicen. Es nuestra única salvación. Plan B: si entre ambos ejércitos nos hacen una encerrona, luchamos de sorpresa con ellos y los tiramos al río; nosotros saltamos junto con ellos. Se trata que no nos disparen desde el puente. Al salir, nadamos hacia territorio salvadoreño… ¡Y no hay más! No hay Plan C… sólo nerviosismo, sobre todo de los que no sabían nadar.
Dos o tres veces más parlamentamos con soldados de uno y otro país. Sabíamos que estaban nerviosos; sabíamos que iban a ejecutar algún movimiento. Estábamos atentos a ver en sus rostros alguna señal que delatara sus intenciones. Pedíamos a nuestros compañeros que no delataran con sus conductas los planes nuestros; algunos parecían resoplar preparándose para la acción. Tratábamos de calmarlos.
De pronto, ya cayendo la tarde se cerraron ambas cabezas de puente con barricadas y se instalaron pelotones de soldados tras ellas, con los fusiles apuntando hacia nosotros. Al principio creímos que harían una locura: que nos dispararían. Nos recostamos apegados a la baranda del puente unos, y apegados a la acera los otros: que se dispararan entre ellos; esa era la idea. Mas luego nos percatamos que no era eso; sencillamente no tenían instrucciones precisas de sus gobiernos. ¡Estaban perdiendo tiempo!
Más relajados, comenzamos a hacer una evaluación de la situación: al medio del puente El Amatillo, no habíamos comido en todo el día. Algunos lograron comprar algún jugo en la aduana salvadoreña; pero en general estábamos absolutamente faltos de líquido. Nos instruimos no gastar energía, no hablar para no gastar saliva. Un viento helado soplaba desde el continente hacia el mar; el río era una verdadera garganta para canalizar este viento; nosotros no teníamos ropa de abrigo. Había que volver a recostarnos contra la baranda para capear el viento helado.
Un alboroto nos puso a todos en tensión: era nuestro compañero que retornaba desde territorio salvadoreño ¡había convencido a la guardia que lo dejara pasar para traernos comida! Efectivamente traía unos pocos jugos y panecillos de pastel… y lo más importante: se había comunicado con las autoridades de las Universidades de ambos países y dirigentes sindicales; especialmente dirigentes del COLPROSUMA (Colegio de profesores que nos daba albergue en sus dependencias en Tegucigalpa). Era cosa de esperar.
Cayó la noche. Apretó el frío. Algunos orinaban por entre las pequeñas columnas de la baranda (aquella que daba al Pacífico, tan torpes no somos). El problema fue cuando uno dijo que quería cagar: primero, cagar en Honduras o cagar en El Salvador; y segundo, a qué distancia de nosotros. Tuvimos que perdonar al compañero; en verdad, era el primero, de seguro todos deberíamos hacer lo mismo en algún momento.
-¡Miren! ¡Miren las luces! ¡Nos hacen señas!
-¡Cuidado! ¡Apéguense a las barandas!
-¡No enciendan fósforos ni muestren el fuego de los cigarrillos!
-Pero, huevón ¡Si son los nuestros! ¡Miren para este otro lado…!
Efectivamente, luces de automóviles de ambos lados se prendían y apagaban; luego sonajera lejana de bocinas. Eran los nuestros.
Movimiento de tropas en la cabecera de ambos puentes. No lográbamos ver bien.
Prendimos encendedores, fósforos, papeles que buscábamos en los bolsillos ¡Gracias! ¡Estamos aquí!
La solidaridad puede ser una luz que guiña en la oscuridad; puede ser dos, tres, cinco, diez, veinte, una columna de luces como guirnalda de amor… Audaces periodistas que nos gritan de ambos extremos del puente: ¿¡Cómo están!? ¿¡Qué necesitan!? Y nosotros ¿¡Qué pasa en Nicaragua!? ¡Bien, estamos bien! ¡Agua… necesitamos agua!…
-Traeremos frazadas… ¡aguanten!
Nunca llegaron las frazadas; los militares de ambos países se negaron. Sólo el Rector Reyna logró autorización para conversar con nosotros. Hablamos de Nicaragua, de Honduras, de El Salvador… de táctica y estrategia; además que logró hacerse acompañar de un muchacho vendedor de dulces, bebidas, galletas y otros que hacía normalmente su negocio en la Aduana de Honduras.
Nos aprestamos a pasar una larga y fría noche en el puente El Amatillo.
Borges y otros compañeros fueron finalmente liberados en Nicaragua. El comandante Cero y la comandante Ana María… salieron victoriosos.
A mediodía del día siguiente, negociamos con la mediación del Rector, el retorno a Tegucigalpa: tendríamos tres días para abandonar el país… ¡por terroristas! En la casa de Iván Salazar U. encontraron planos, armas, bombas, nexos con los sindicatos bananeros…
Muchos compañeros salieron hacia México; otros, nos fuimos a Costa Rica (recuerdo que el primer país que nos ofreció asilo fue Yemen del Sur), mi mujer viajó a Colombia. En esos países, debíamos trabajar para reunificar nuestras desperdigadas familias; buscar trabajo, hacer nuevos amigos, reestablecer nexos con Chile, nuestra patria del Sur…
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Comentarios
16 respuestas a “El Puente”Deje su comentario
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17 de Agosto de 2009 a las 4:33 pm
Sin preámbulos para esta entrada, en sí es todo.
Él supo comentarme “…tengo asumido que estos espacios son “mis publicaciones”. No más se amplió -gratamente- mi auditorio: de mi familia carnal, a ésta de sangre azul -por lo de
la tinta… y un poquito de alcurnia-.”
¡Gracias amigo Vancho!
19 de Agosto de 2009 a las 3:59 pm
Hola a todos. No me disculpo pero es poco mi tiempo y maso mi salud. Tengo cefaleas y no puedo mirar la pantalla. Hoy pude leer de corridito El Puente.
Muero por {estos episodios de Ivan. Buen{isimo.
Sobre todo la parte de si cagar a la derecha o a la izquierda. Obviamente lo {ultimo es un chiste que no oculta que Vancho es un genio, Gracias a {el y a Osvaldo por darnos la posibilidad de acceder a estos escritos que ya se tornan de culto para mi.
abrazo a todos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
19 de Agosto de 2009 a las 4:57 pm
Cuídate Socorro, desde aquí muchos mimitos curativos.
Un beso.
19 de Agosto de 2009 a las 5:10 pm
Desafortunadamente se derrumbó la calle frente a mi casa y se rompió el cable telefónico, motivo por el cual no tengo Internet (quedamos 200 vecinos sin teléfonos y la cosa será para muy largo). Leí la entrada de nuestro genial Vancho desede un cibercafé. Veré como comentarlo en otra oportunidad, aun cuando a esas angustias y su rememoración es poco lo que los demás podemos añadir.
20 de Agosto de 2009 a las 10:58 am
He estado en el Puente Fronterizo El Amatillo como unas 4 veces en mi vida… todas debido a que estaba yendo hacia otros países de la región centroamericana o que venía de regreso de esos viajes. En uno nos bajamos del bus que nos transportaba y decidimos cruzar a pie el puente y poder contemplar parte del Golfo de Fonseca y la desembocadura del Río Goascorán, los que compartimos con Honduras y Nicaragua.
Siempre imperaba un clima festivo, con muchas ventas ambulantes por acá y por allá que ofrecían desde sorbetes artesanales hasta gorras o sombreros para aliviar un poco la inclemencia del sol, niños corriendo detrás de sus madres que trataban de ganarse la vida en ese puente.
Hasta leer el relato del Sr. Vancho he podido realizar en mi conciencia que todo (hasta un puente) tiene más de un aspecto y una historia. Que la gente puede a veces puede ser no solidaria. Que la vida humana puede ser “moneda de cambio”. Que los acuerdos internacionales se olvidan. Que hay padres que lloran por sus hijos adultos. Que dejar la patria duele. Que erguirse por los ideales cuesta, a veces, hasta la vida. Que la vida es para ser protagonista y no para ser espectador. Que luces parpadeando en la lejanía pueden ser parte del lenguaje de la esperanza. Que hay gente que toma riesgos para ayudar a otros. Que la fe no se debilita en momentos duros si no que se fortalece.
Que dan pena las acciones pasadas de los gobiernos (el mío, que no pudo ver más allá de su ceguera militarista de la época). Que el sol renace cada mañana. Que hay cielos que se pueden volver amigables. Que la vida se puede volver a recomponer. Que las lágrimas se me salen con mucha facilidad.
Todo eso entró a mi conciencia al leerle señor Vancho… Y sólo me resta decirle que si en esta época usted quiere visitar el puente del Amatillo, que me diga cuando, que yo voy, que me hago presente y le acompaño a entrar a este paísito que no le quiso abrir las puertas años atrás pero que se puede reivindicar con su historia personal. Recuerde, acá en El Salvador tiene a alguien que le puede esperar para recibirle como lo hubiesen merecido usted y sus amigos.
Un beso!
PD. Que se mejore Socorro!!!!
20 de Agosto de 2009 a las 4:15 pm
Gracias Osvaldo y Karli. Imaginemos todos que nos encontramos en El Puente. Por ejemplo en enero de 2010. Que bonito sería, no?
20 de Agosto de 2009 a las 11:01 pm
Karli:Allá, donde estas, está mi corazón. Si un oído escucha, está bien cantar. Sin embargo, tal vez, el arte está en escuchar más que en transmitir. Me siento mínimo ante la grandeza de tus sentimientos. Un abrazo fraterno para tí y tus compatriotas, VANCHO.
22 de Agosto de 2009 a las 9:57 pm
Renací en Inernet. Pusieron el cable.
El Vancho terrorista. Y si, seguramente fue un terror para más de uno. El “terrorismo” es una de las expresiones más prostituidas de estos tiempos. No quiero decir que no existan terroristas reales. Todos sabemos que existen, que son amenazas reales y por eso, porque existen, se usa el término para ablandar conciencias, para justificar barbaries. Se ve a los dictadorzuelos acusándose mutuamente de terroristas, mientras cada uno siembra el terror en su propio terruño. Digo los dictadorzuelos para diferenciarlos de los monstruos, los que pueden sembrar el terror en tierra ajena, bien lejos de sus fronteras. Nosotros seguimos como palúdicos, llenos de milicos y continuistas. Aquí no ha pasado nada.
Bello el mensaje de Karli y a pesar de la lejanía de los sucesos, es un bálsamo para Vancho y para todos los que ahora sufrimos sus narraciones en carne propia.
22 de Agosto de 2009 a las 10:45 pm
Pero es que estamos tan mal que hoy leí el siguiente artículo en la prensa:
“…..
La decisión de Miss Perú, Karen Schwarz, de presentarse en el certamen internacional de belleza vestida como una diablesa de la danza provocó el rechazo de las autoridades de Bolivia, que defienden la condición de patrimonio nacional de la Diablada, emblemática del carnaval de la ciudad de Oruro.
Por ello, el ministerio boliviano de Culturas presentó el pasado jueves ante la organización del concurso Miss Universo una impugnación formal a la presentación de la representante peruana en la categoría de traje típico y no descarta llevar la disputa ante el Tribunal Internacional de La Haya.
…..”
Y eso que para lo que somos buenos es para los concursos de Miss Universo. Habrá que esperar las sabias decisiones del ilustre tribunal.
Siempre recomiendo un libro de Paul Tabori que se llama “Historia de la estupidez humana”. Es fantástico, casi de publicar un caso semanal. Esto de la pobre diabla y el furor boliviano tiene una bien merecida mención.
23 de Agosto de 2009 a las 12:07 pm
Hola Osvaldo, hola a todos:
El cumpita Vancho se hace sentir en este relato histórico, tan ligado a mis 23 años. Su estilo único consiguió poner en marcha la rueca de mis recuerdos, este singular tropo, a mi pesar, produce una hebra dividida ya en tan pequeños fragmentos que me es difícil conseguir una continuidad aceptable.
21 de diciembre de 1974 me encontraba atascado en el aeropuerto de Panamá porque los vuelos a Nicaragua estaban detenidos. Las esperas prolongadas en los aeropuertos siempre han sido tediosas y angustiadoras, pero esta vez recuerdo que no, era una inquietud de regocijo, saber que los protagonista de la demora era el comando sandinista Juan José Quezada que le estaba dando un duro revés al tirano, puso la alegría compartida en todos los que regresábamos a la Patria y no eramos afectos al régimen, que contrastaban con dos militares de Somoza que también esperaban, nerviosos por los vivas al comando y las chifletas que les lanzabamos a ellos; solo venían a mi mente como escorzados los compañeros sandinistas de la universidad.
Recuerdo también que en la temporada de huracanes de ese año el Fifí azotó Honduras donde produjo estragos, seguro que Vancho estuvo ahí esa época; eran famosas en los pasillos de la UNAM las carteras de cuero volteado y las artesanías que hacian los chilenos exiliados en Tegucigalpa que llegaban a venderse a todas las universidades de Centroamérica por la cadena de solidaridad.
En Nicaragua habían pocos exiliados políticos y Chilenos menos, conocí a tres a un profesor Abrahan Grenberg Villaroel de unos 50 años; a un compañero de curso, de mi edad, muy estudioso Alan Gatíca me parece que se llamaba y a otro que no tuve mucha amistad con él pero que siempre lo miraba en la casa de Armando Mejia Godoy, tocando la flauta traversa -en ese tiempo Armando tenia una grupo que se hacian llamar trovadores de la insurrección -por cierto de corta duración por las razones obvias del momento.
En fin, simplemente me gusto el relato, me introdujo en él vivenciando la situación tensa e incierta del puente -que por supuesto conozco-. Ivan me lance el relato con una pacha de morir soñando a tu salud.
Mi agradecimiento por todas las muestras de afecto que son reciprocas para mis amigos virtuales pero con un corazón que se palpa.
Un intenso abrazo fraterno.
Carpe diem
Jorge
23 de Agosto de 2009 a las 5:16 pm
Jorge: Carpe diem. ¡ataraxia! Collige rosas… lo que quieras, pero eso del morir soñando… no sé; tengo tristes no recuerdos de él. Hasta hoy no recuerdo nada, sólo el mirarlo como un mirlo cautivo tras el cristal. Tal vez cantó y yo no supe…
No conocí a esos chilenos que nombras; yo entré a Nicaragua a los quince días del triunfo. Fui invitado por Cardenal al Ministerio de Cultura; me quedé hasta el día que la Chamorro asumió.
Un abrazo de hermano y compatriota, Iván.
Ah, lo del Fifí. Putas ¡esa sí fue lluvia, mi hermano!
23 de Agosto de 2009 a las 5:26 pm
José, no es primera vez. En otra, el gobierno chileno regaló un charango. En defensa de la cultura, el gobierno boliviano regaló “el verdadero charango”.
En verdad esto de defender la cultura tiene uno que otro bemol. A propósito de mi estada en Nicaragua, el ministro de la Cultura Ernesto Cardenal, proclamaba sin contrapeso que él era el primer ministro de la Poesía!! Bueno, algunos trataban de poner cordura, como el poeta Martínez.
Yo como terrorista me muero de hambre; por suerte me permitieron hacer una especie de liquidación “EXTRANJERO POR VIAJE VENDE” y en mi casa -bombas, granadas, fusiles, diseños de guerra y etcéteras- pude vender mis libros, ollas, sartenes, ropa de quema, colchones… el resto regalo para el que lo necesitara. Buenos vecinos, casi todos pusieron un tostón, dos lempiras, lo que fuera…
23 de Agosto de 2009 a las 5:28 pm
ropa de cama por ropa de quema
30 de Agosto de 2009 a las 11:34 pm
Aaaaaaaaaa qué estupendo que lo hayas publicado mi Vanchito, estaba segura que iba a encantar, te lo dije, no?… genial genial… son historias que deben ser contadas siempre, esa es la historia que no se debe olvidar, aunque en el tiempo se perdonen, pues suenan fascinantes mientras las lees, pero vivirlas es otra cosa… gracias a Dios estás contándolas, y estás entre nosotros para nuestra dicha… y Osvaldito siempre tan bello, abriendo su puerta a otros, eres un solsote Osvaldo.
Llegué mis amores, he retornado, renovada a pesar de estar fundida, que ya no estoy para estos trotes jajajaja… con un bronceado que me hace ver estupenda jajaja peeeero con un dedito fracturado jaaajajajaja, oh sisisi, es que me olvidé que Jane no salta de la liana con cremas en las manos jajaja… pero bueh!, valió igual la pena, y me veo chistosa porque tengo una férula en el dedo, plateada, así como la chica biónica jajaja, y adivinen qué? está en el dedito de la grosería jajajajaja!!!! altamente divertido jejeje…
Qué bello lo escrito por mi Karlita, y bueno, ya se dan cuenta el nivel de sentimientos de esta bella criatura, por eso la quiero tanto.
Jorge, me ENCANTA leerte de nuevo, besos por montones para tu… memento mori.
Mi Soco, espero te mejores pronto, siempre haces falta, y no es lo mismo sin tu música.
Insisto Jose, escribes de perlas… besos mi bello bello…
Osvaldito, te cuento que Parrandita no murió, que me enredaron con el cuento, pues resulta que se lo robaron, lo tienen en otra finca, dicen que está hermoso, robusto y andando por esos prados, menos mal… aunque no lo vi, jum.
Disculpa que haya usado tu sitio para mi saludo de retorno, pero es que aquí se siente siempre tan cálido…
Pronto escribiré algo en mi blog, sólo que por ahora, no puedo escribir mucho porque tengo que tener la mano alzada para no sentir los latidos en mi dedito, y duele jeje… pero ya llegué, y los quiero mucho mucho, y pensé en ustedes tremendamente y les regalé muchas estrellas, esas que se asomaban cada noche, especialmente la última semana -por Dios, qué cielos- varias fugaces, en las que aparecías colgado Osvaldo, mirando desde el Norte, al Sur, y te saludaba, y en ellas los llenaba de besos, uno a cada uno, desde mi sitio privado, mi oficina, y mi hija -que solía sentarse allí conmigo- me preguntaba: ¿en qué piensas mami? y yo sólo sonreía y le decía: en mis amigos de los Blogs, una manada de locos adorables…
Los quiero, grande y mucho… ustedes son más con demasiado… Diosito me los bendiga…
Jud.- ♥
31 de Agosto de 2009 a las 8:05 pm
Judith: Muah!! un besote. Por suerte no eres proctóloga, y por suerte no soy tu paciente.
Tómate en serio eso de “inmovilidad”; de verdad, es lo único que sana.
Nos hacías falta. Ya estaba por preguntar a Osvaldo -que todo lo sabe- que qué pasa. Recorro los pasillos y siento el taconear de mis propios pasos; llamo y nadie contesta. Sólo esta tonta zumbona mosca que se burla en su vuelo circense. ¿Qué pasó? Recuerdo 80, 90 entradas… Siempre tengo la sensación de cometer errores comunicacionales y en vez de atraer amigos, amigas, los alejamos. ¿Seremos como seriotes? ¿Alambicados? ¿Aire de presunción? Ojalá algún asiduo de antes, se apiade de mis dudas y espete su desagrado… para seguir como estamos, o cambiar.
Tal vez son los temas.
Quizás los intereses son otros.
Puede ser que nuestra Mora tenga el hilo que desate el nudo…
Bienvenida, Jud querida. Cómo me gusta que estés!
Ivancho.
1 de Septiembre de 2009 a las 6:19 pm
Gracias por la bienvenida mi Vancho, besos por montones pa’ tu… y si, es cierto, cada vez escribimos menos, no sé por qué, a veces las cosas del día lo complican a uno, pero creo que deberíamos hacer un rinconcito en el día para vernos por estos lares.
No creo que estemos alejando a nadie, ni mucho menos que seamos seriotes, alambicados o presuntuosos, al menos a mi no me parece… serán los temas? naaa, no creo… siempre hay algo interesante sobre qué comentar, y de esos comentarios, suele salir algo más… creo que debemos es ponernos las pilitas jejejeje… esta noche veo qué monto en mi blog, para sacarlos de sus huecos a todos, ratoncitos flojos que se quedan en sus madrigueras retozando en la lectura nomás, eso es trampa jajajaja
Amor y más amorrrrrrrrrrrrrrrrrr ♫
Yop ♥