Guerras propias

Desconsolada melancolía la de aquella nostalgia de los bienes del alma extraviados en los pasillos de la memoria cuando regresan al ahora mediante una sensación cualquiera demostrando la implacable relatividad de la vida.

José supo decir antaño: “Vivimos en lo relativo que está implícito en todos nuestros pensamientos, aunque nos aferremos, por pura desesperación, a absolutos ilusorios, insustanciales, que son un equilibrio inestable, a la espera de cualquier empujón.”

Venimos de un mundo verdadero y palpable que alimenta las nostalgias del hoy, y vamos hacia un mundo de sueños donde lo más tangible es la película que se vio anoche, o aquel almanaque, o aquella historia que escuchamos. El común: el sueño, el deseo, no la fantasía del revivir.

Hasta que un día alguien, con su propio sueño, con su propio deseo, con su propia desazón, con su propia convicción, decide disparar a matar.

Aquel chamán que vivió siglos aprendiendo las particularidades de la naturaleza y del comportamiento humano de su gente, aplicando sus bondades para el bien de su pueblo, con objetivos espirituales fundados en el bien común interpretado simplemente así; ya no puede liderar cuando su mundo se expande hacia el infinito universal. Aquí ya no es suficiente lo que aprendió. Aquí ya no es suficiente lo que ofrece.

Aquí, cualquier hacedor de sueños triviales que prometa facilidades y comodidad es dueño de la próxima guerra.

Me hace muy feliz ver cómo, a pesar que no estoy pasándoles el avisito de las entradas, vienen a acompañarme. Vale mucho. Les quiero regalar hoy este poema de Pablo Neruda que se llama “La Puerta”.

 

Que siglo permanente!

 

Preguntamos:

Cuando caerá? Cuando se irá de bruces

al compacto, al vacio?

A la revolución idolatrada?

O a la definitiva

Mentira patriarcal?

Pero lo cierto

es que no lo vivimos

de tanto que queríamos vivirlo.

 

Siempre fue una agonía;

siempre estaba muriéndose;

amanecía con luz y en la noche era sangre;

llovía en la mañana, por las tardes lloraba.

 

Los novios encontraron

que la torta nupcial tenía heridas

como una operación de apendicitis.

 

Subían hombres cósmicos

por una escala de fuego

y cuando ya tocábamos

los pies de la verdad

ésta se había marchado a otro planeta.

 

Y nos miramos unos a otros con odio;

los capitalistas más severos no sabían que hacer;

se habían fatigado del dinero

porque el dinero estaba fatigado

y partían los aviones vacíos.

Aún no llegaron los nuevos pasajeros.

 

Todos estábamos esperando

como en las estaciones de las noches de invierno;

esperábamos la paz

y llegaba la guerra.

 

Nadie quería decir nada; todos

tenían miedo de comprometerse;

de un hombre a otro se agravó la distancia

y se hicieron tan diferentes los idiomas

que terminaron por callarse todos

o por hablarse todos a la vez.

 

Sólo los perros siguieron ladrando

en la noche silvestre de las naciones pobres.

Y una mitad del siglo fue silencio;

la otra mitad los perros que ladraban

en la noche silvestre.

 

No se caía el diente amargo.

 

Siguió crucificándonos.

 

Nos abría una puerta, nos seguía

con una cola de cometa de oro,

nos cerraba una puerta, nos pegaba

en el vientre con una culata,

nos libertaba un preso y cuando

lo levantábamos sobre los hombros

se tragaba un millón el calabozo,

otro millón salía desterrado,

luego un millón entraba por un horno

y se convertía en ceniza.

 

Yo estoy en la puerta partiendo

y recibiendo a los que llegan.

 

Cuando cayó la Bomba

(hombre, insectos, peces calcinados)

pensamos irnos con el atadito,

cambiar de astro y de raza.

Quisimos ser caballos, inocentes caballos.

Queríamos irnos de aquí.

Lejos de aquí, más lejos.

 

No sólo por el exterminio,

no sólo se trataba de morir

(fue el miedo nuestro pan de cada día)

sino que con dos pies ya no podíamos

caminar. Era grave

esta vergüenza

de ser hombres

iguales

al desintegrador y al calcinado.

 

Y otra vez, otra vez.

Hasta cuando otra vez?

 

Ya parecía limpia la aurora

con tanto olvido con que la limpiamos

cuando matando aquí matando allá,

continuaron absortos

los países

fabricando amenazas y guardándolas

en el almacén de la muerte.

 

Sí, se ha resuelto, gracias:

nos queda la esperanza.

 

Por eso, en la puerta, espero

a los que llegan a este fin de fiesta:

a este fin de mundo.

 

Entro con ellos pase lo que pase.

 

Me voy con los que parten

y regreso.

 

Mi deber es vivir, morir, vivir.

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Dónde estás

SÉ QUE PIENSO DEMASIADO,
PERO NO ME ESTÁ AYUDANDO,
SINO QUE HACE QUE TODO SE PONGA PEOR
MIENTRAS MÁS PIENSO,
MIENTRAS MÁS SÉ
MÁS SIENTO COMO ME HIERE
CON LA ÚNICA CONDICIÓN DE QUE ME VEAS COMO AMIGO
OH, ¿DÓNDE ESTÁS?
¿DÓNDE ESTÁS? ¿DÓNDE ESTÁS?
SEGURAMENTE ELLA SE SIENTA SOLA
MIRANDO HACIA LA TORMENTA,
EN FRENTE DE LA FURIOSA TORMENTA DEL MAR
ELLA SABE QUE LA DESEO
Y SABE QUE SIEMPRE ESTARÉ…
CÓMO PUEDO VIVIR CON EL AMOR QUE NO SOY CAPAZ DE VER
OH, ¿DÓNDE ESTÁS?
¿DÓNDE ESTÁS?
¿DÓNDE ESTÁS?
OHHH
SÉ QUE HAY ALGUIEN AHÍ
SIENTO SU ALIENTO
DETRÁS DEL SILENCIO DE LA OSCURIDAD,
PERO SÉ QUE NO VERÉ NADA
HASTA QUE ABRAMOS JUNTOS NUESTROS OJOS
Y ELLA ME VERÁ A MÍ
¡Y QUÉ MOMENTO SERÁ ESE!
Y ELLA SE VE TAN LIVIANA
PODRÍA VOLAR CON ELLA POR LA NOCHE
OHHH
SÉ QUE PIENSO DEMASIADO
Y QUE ESO NO AYUDA MUCHO
SÓLO CUENTA PARA DEMOSTRAR
QUE NUNCA SE SIENTE NOSTALGIA
POR LO QUE NO CONOCES.
PERO TE HE AMADO DESDE EL MOMENTO EN QUE NOS CONOCIMOS.
OH, TE AMO,
YO TE AMO,
PERO… ¿DÓNDE ESTÁS?

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Mario y Pablo

Hacia el fin del mundo, entre preguntas al azar

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Viajo como los nómades

pero con una diferencia

carezco totalmente

de vocación viajera

 

sé que el mundo es espléndido

y brutal

 

viajo como la naves migratorias

pero con una diferencia

nunca puedo arrancarme

del invierno

MB

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Yo pienso darles esperanzas,

dejarlos que acerquen las manos

al ataúd, hacerme el muerto,

y cuando las lagrimas salgan

se sus ojos de cocodrilo

resucitar cantando el canto,

el mismo canto que canté:

el que voy a seguir cantando

hasta que estos hijos de puta

resuelvan darse por vencidos

y acepten lo que se merecen:

un cementerio de papel.

PN

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La soledad

 

Cuando llega la soledad

y tú no estás acostumbrado

se destapan cosas cerradas,

baúles que creías muerto,

frascos que asumen la advertencia

de una invariable calavera,

se abren algunas cerraduras,

se destapan ollas del alma.

 

Pero no nos gusta saber,

no amamos los descubrimiento

de nuestra vieja identidad,

encontrar al irreductible

que estaba adentro, agazapado,

esperando con un espejo.

Es mucho mejor ir al cine

o conversar con las mujeres

o leer la historia de Egipto,

o estimular la complacencia,

la numismática o la iglesia.

 

Los que se dedican a Dios

de cuando en cuando, están salvados.

Llenos de ungüento medieval

regresan a sus oficinas

o se dan un soplo de invierno

o usan dentífrico divino.

 

Los que no queremos a Dios

desde que Dios no quiere a nadie,

llegamos al campo, temprano,

a Rumay, junto a Melipilla,

y nos pensamos lentamente,

nos rechazamos con fervor,

con paciencia nos desunimos

y nos juntamos otra vez

para seguir siendo los mismos.

PN

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Esta es mi casa

 

No cabe duda    esta es mi casa

Aquí revivo    aquí sucedo

ésta es mi casa detenida

en un capítulo del tiempo

 

llega el otoño y me defiende

la primavera y me condena

mis pobres huéspedes se ríen

copulan duermen comen juegan

 

llega el invierno y me marchita

llega el verano y me renueva

mis pobres huéspedes retozan

discuten bailan lloran tiemblan

 

junto a mi casa se detienen

los perros y los campanarios

y sin embargo las palmeras

saludan y pasan de largo

 

ésta es m casa transparente

aquí me espera la almohada

aquí me encuentro con mis señas

con mi memoria y mis alarmas

 

ésta es mi casa con mi gente

con mis pasados y mis cosas

mis garabatos y mi fuego

mis sobresaltos y mi sombra

 

no cabe duda    ésta es mi cas

la reconozco lentamente

por los sabores en el humo

y por el tacto en las paredes

 

por mi cansancio arrepentido

y mis descansos a deshoras

la ceremonia de las luces

y el comentario de las moscas

 

ésta es mi casa o mi región

o el laberinto de mi patria

pero me gusta repetir

no cabe duda    ésta es mi casa

MB

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Hagamos un trato

 

“…pero hagamos un trato

nada definitivo

yo quiero contar con usted    es tan lindo

saber que usted existe

uno se siente vivo

 

quiero decir contar

hasta dos hasta cinco

no ya para que acuda

presurosa en mi auxilio

 

sino para saber

y así quedar tranquilo

que usted sabe que puede

contar conmigo.”

MB

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El Puente

-Crónicas de exilio-

por Iván Salazar Urrutia

Teníamos ya las visas de salida del país. Vendría un bus de Naciones Unidas con el Embajador de Honduras y algunos otros embajadores “invitados”. Era un momento de tensión: toda salida de las embajadas y llegada al aeropuerto eran riesgosas; por eso lo de los embajadores “invitados”.

Dos asilados corrían riesgos; nos informaron que los militares tenían interés en dos extremistas: supusimos que podría ser yo o bien Nelson Villagra, un tremendo actor cuyas mejores actuaciones nos las hizo en el patio de la Embajada de Honduras; amén de ser el jefe y único trabajador de la Comisión Peluquería. Se acordó que ambos iríamos al centro del grupo; siempre rodeados por la solidaridad de los demás.

Éramos alrededor de diez o doce personas, algunos –los menos- con maletas, la mayoría con algún tipo de bolso. Todos habíamos pasado por la Comisión Peluquería; Nelson había hecho maravillas con nuestro pelo. Como tales asilados con visa, habíamos tenido más tiempo en nuestro turno en el baño: cada uno tuvo al menos 25 minutos para él solo.

Todas las despedidas son tristes, es cierto; ésta también lo fue. Todos esperaban con ansias el otorgamiento de su visa; todos los que se quedaban nos envidiaban un poco, así como nosotros envidiamos a tantos que se fueron antes que nosotros. –Ya te tocará; te esperaremos con Ron centroamericano-. Bueno, ya; te dejo la manta; mi cuchara y el cuchillo lo dejé en la caja del servicio… En la bolsa que está colgando quedaron unas pilas, cuida que no se mojen… Si, si, llegando a Tegucigalpa llamaremos por teléfono a tu familia, tal vez… le diremos que estás bien. Adiós, chao, compadre, ¡nos vemos!

Santiago parecía triste; seguro era nuestra mirada. Por la ventana del bus corrían hacia atrás los edificios, los postes de la luz, los árboles. Delante un jeep con militares apuntando hacia las veredas y hacia el bus; más adelante carabineros en motos. Detrás del bus otro jeep, otras motos. Dos motos a cada lado del bus… Un transeúnte, al vernos, se sacó el sombrero y lo puso en su corazón. Santiago quedaba atrás.

En el aeropuerto caminábamos todos como un bloque, al medio Nelson y yo. Pedimos ingresar a la loza por el costado del edificio; se negaron. Pedimos entrar, entonces, por donde ingresan todos los pasajeros; se negaron. Los embajadores moviéndose por todos los costados: no querían perder ninguno de sus protegidos. De pronto se acerca un militar con una metralleta apuntando hacia el grupo: -¡Hey, usted!… sí, usted-. Todos paralogizados; Nelson y yo apretujados por los cuerpos nerviosos de nuestros compañeros, los embajadores caminando en dirección del militar. ¡Putas, que embajadores más corajudos! Eso, de seguro, no se estudia en las academias de relaciones internacionales. No recuerdo si estaba el embajador de Suecia, el capitán de los valientes, de los solidarios y fraterno, hasta ofrecer su propia vida. Comenzamos a movernos hacia un costado, donde unos pilares nos podrían servir de protección en caso de… -¡Alto!, deténganse, usted, oiga, ¡Usted!- y movía su metralleta como si fuera un puntero. Su mano derecha se dirigió hacia su cartuchera… -Usted es Nelson Villagra- Sí, yo soy. (Compadre, es con usted, no te separes…) -¿Me podría dar un autógrafo? Es un encargo de mi mujer…- De su bolsillo de atrás sacó una libreta…

El avión se elevó sobre los cielos chilenos, tan bellos como los cielos de todas las patrias. Al mirar por la ventanilla como ojo de buey, pude ver a mi padre, a mi hermano Jaime, a mi sobrino… conociendo de mi visa, mi padre pidió ir a la embajada, quería despedirse de este hijo que conocía de cárceles, de represión, de clandestinidad, de reuniones con sindicatos para organizar la resistencia; pero que no conocía de exilio. Mi viejo, más sabio, ya sabía lo que eso sería… Alonso caminaba con dificultad por una apoplejía; yo lo veía aferrado a los fierros de la verja, con los mocos colgando, con los ojos como laguna opaca de lágrimas. Sus manos no lograban sostener bien su cuerpo y se resbalaba constantemente; Jaime solícito le ayudaba a erguirse. –¿Y Ariel?- esta bien, en Concepción… -¿Y Boris?- Hermano, a Boris lo encontraron… -¿Vivo?- Sí, vivo, en una cárcel de Temuco… ¿Y Rodrigo? –Preso, parece lo enviaron al Norte, a Pisagua…

-¿Y mis hermanas?- Bien, todas están bien; te mandan saludos… van a tratar de ir al aeropuerto…

-¿Y tú, hermanito, has tenido problema?- No, flaquito, no he tenido problemas; no te preocupes.

Y Alonso hipando, como con un vómito atragantado, hijito, m´hijito, ¡Ay, Ivancito…! El avión tomaba las rutas aéreas del Pacífico. Los ojos de mi padre me miraban tras la bruma de sus ojos ya viejos.

-¿Y la Tato? ¿Cómo está la Tatito?

- Bien, hermano, bien; sólo preocupada por Boris y Rodrigo… y, bueno, Alonso, que cuando pasan los militares sale a la calle y los insulta; parece busca que lo maten… pero los milicos no han querido dispararle… Ya, hermanito, debo irme.

La Comisión Puerta con los ojos gachos me recuerda: se acabó el plazo, Iván; despídanse. La saliva de Alonso hacía resbalar mis besos. Cae de rodillas. Jaime y mi sobrino se esfuerzan en levantarlo: -Ya, papá, vámonos- Ahora soy yo el que aprieta y aprieta los fierros. –Ya, Don Iván; ya verá que pronto estará otra vez en Chile-. Gracias, mi carabinero… Fue la última vez que vi a mi padre; moriría cuando yo aún vivía el exilio.

Parece me dormí con el rostro pegado en la ventana. Desperté del todo con las notas del Himno Nacional de Chile cantado por mis compañeros: atravesábamos la frontera con Perú; abandonábamos Chile.

Para qué les cuento el recibimiento en Honduras, en el aeropuerto de Tegucigalpa. Luego de una escala de dos días en Panamá, llegamos a nuestro destino: los compañeros ya organizados en un Comité de Chilenos en Exilio, nos esperaban con pancartas, banderas chilenas y hondureñas ¡Viva Chile, mierda!

No había trabajo en Honduras. Si no tenían trabajo los hondureños, menos había para estos exiliados. La universidad –el rector Reyna- hacía mil esfuerzos para hacer cupos de horas de clases para los profesionales, horas de atención en los hospitales para lo médicos. Yo fui contratado por la Escuela Normal Francisco Morazán para hacer unos cursillos sobre Arte Infantil y escribir un texto sobre el mismo tema, poco dinero, pero algo al fin y al cabo. Paralelamente compraba cerámica en el mercado de Comayagüela (¿así se escribe? Me parece que no) y los pintaba con motivos indígenas. También compraba cuero y hacía bolsos y carteras. Vendí todos los bolsos. Aún hoy -2000 y tanto- no me pagan la docena de cerámicas pintadas. No importa, el Hospital Psiquiátrico me permitió trabajar con los internos en un estudio comparado de la expresión gráfica en enfermos mentales. Ojalá no se haya perdido; fue un buen trabajo. No alcancé a sistematizar la experiencia porque ocurrió que como el gobierno –a pesar de los acuerdos internacionales- no había aún reconocido nuestro estatus de refugiados, nos llamó de urgencia (con policías) al Ministerio del Interior para regularizar esta situación. Sospechando algo dejé una nota en casa: voy a una extraña reunión en el ministerio del interior, si no llego al mediodía, sale de casa y busca apoyo en los amigos. Más o menos.

Nos subieron a todos los chilenos exiliados en Honduras en dos buses. Tres militares armados en cada bus, dos jeep atestados de militares delante nuestro; dos, igualmente atestados tras nuestro.

Osvaldo López Arellano, general golpista por excelencia, hijo de la aristocracia hondureña y coimeado permanente de la United Brands, era el presidente de facto; además de compadre con Somoza, el dictador de Nicaragua. Este tal Somoza estaba complicado porque los sandinistas habían interrumpido una fiesta en la casa de “Chema” Castillo y había hecho rehenes a varios funcionarios de gobierno: exigían libertad para Tomás Borge y otros revolucionarios presos en las mazmorras. Entonces le pidió a su compadre general Arellano le enviara en calidad de rehenes a algunos chilenos que sirvieran como moneda de cambio para negociar con los sandinistas.

Claro, estúpidos nosotros, nos percatamos de ello cuando ya enrumbábamos hacia el sur. Atando cabos, enfrentamos al oficial a cargo de la operación: -¿Se da cuenta usted que está haciendo el trabajo sucio? ¿Tiene conciencia que Arellano le dará algunos miles de dólares, pero usted se va a llevar todo el deshonor? Comprenda que todas las convenciones internacionales protegen al refugiado. ¿Cree usted que ACNUR, bajo cuya protección viajamos a Honduras, no va a informar de esta acción a las Naciones Unidas? Es su nombre el que aparecerá… Nosotros les diremos, le gritaremos a los sandinistas que no negocien por nosotros; entonces Somoza tendrá que matar a alguno de nosotros para demostrar la fuerza de su decisión. Eso será noticia internacional: un oficial del ejército hondureño entregó a los refugiados para que Somoza…

Así estuvimos todo el viaje hasta que llegamos a la encrucijada de la carretera: a la izquierda, Nicaragua; a la derecha,  El Salvador.

-Le queda una opción, capitán; expúlsenos a la frontera más cercana: El Salvador.

A una orden por radio, se detuvo la caravana. Se bajaron todos los militares de los jeep y rodearon ambos buses: -¡No se baje nadie!

-Es su última oportunidad, capitán. Piense en su familia, en sus hijos; ellos sabrán por la prensa que su padre no tuvo el coraje… que su padre mancilló el honor de soldado.

Se bajó del bus, confidenció con algunos otros oficiales y luego retornó al bus: -¡A la derecha!- Nunca pensé que me alegraría de escuchar eso de ¡a la derecha!

Así, pues, a la derecha estaba El Amatillo, un río que lo atraviesa un puente cuyo centro es la línea fronteriza entre El Salvador y Honduras. A la izquierda estaba Somoto, el pueblo fronterizo de Nicaragua, donde nos esperaba la guardia de Somoza.

Llegando a la Aduana Frontera El Amatillo, nos bajaron y nos empujaron hacia el largo puente El Amatillo, pasamos la línea demarcatoria de la frontera y se detuvieron los militares hondureños. Nosotros seguimos hasta la Aduana o Puesto Fronterizo de El Salvador.

-Deseamos hablar con el Director de Aduana o Militar de más alto rango. Somos chilenos y estamos solicitando asilo político.

Palabras más, palabras menos ese fue nuestro discurso ante cualquier funcionario que se atrevía a atendernos. Rápidamente vimos que cerraron los caminos de acceso a la Aduana desde el propio El Salvador… Alguien que parecía Jefe, nos dijo que esperáramos, que consultaría con su gobierno… Entretanto un compañero logró escabullirse entre el desorden que nosotros mismos provocábamos, tomó un bus que retornaba hacia la capital de San Salvador.

-Nuestro gobierno dice que no tienen ustedes asilo en nuestro país y que deben volver a Honduras.

Bien. No esperábamos otra cosa. Debíamos ganar tiempo.

Retornamos hacia Honduras y nos quedamos en medio del Puente El Amatillo. Abajo, correntosas y amarillentas aguas seguían su oficio hacia el mar Pacífico.

Una delegación de oficiales hondureños se acerca, ¿qué les dijeron? –Que bien; que esperemos. El gobierno salvadoreño está tomando las medidas de seguridad para nuestro traslado…- Extrañados retornan al extremo hondureño del puente. Nosotros seguimos en la mitad salvadoreña del puente. Pero luego aparece una patrulla militar desde El Salvador: -Deben abandonar el puente; nuestro gobierno ha sido claro en no recibirlos-. Sí, claro; está bien. Acabamos de hablar con los hondureños… están retornando los buses que nos transportarán hasta Tegucigalpa…

Y, claro, todos teníamos los pies bien puestos en el lado hondureño del puente.

Pasado un tiempo, se acerca una delegación de militares hondureños: -Tenemos información que ustedes no serán bien recibidos en El Salvador. Deben regresar con nosotros-. No es la información que tenemos nosotros. El gobierno salvadoreño quiere establecer internacionalmente una diferencia con el gobierno hondureño. El presidente está en consultas con el ministro del interior para adoptar la mejor figura jurídica de nuestro asilo… dado que somos expulsados por el gobierno hondureño.

Nuestros pies pisaban nerviosos el cemento del lado salvadoreño del puente.

No fuimos creídos. No cabía duda de la comunicación entre los militares y entre los gobiernos. Los tentáculos de Somoza se extendían más allá de sus propias fronteras. Reunión de emergencia, al medio del puente. Que mejor no sigamos este juego; se pone cada vez más peligroso. Que opino nos metamos en la aduana salvadoreña y que se hagan responsables de nuestra expulsión. Que mejor volvamos con los hondureños; tal vez ese oficial… parece algo más humano o más inteligente. No seamos huevones, si Somoza nos quiere y nos quiere ahora ¡Ya!

Acuerdo: seguimos en el juego de ganar tiempo. Recuerdo el mensaje que dejé a mi esposa. Recordamos al compañero que se escapó en el bus hacia el interior de San Salvador. Es cosa de tiempo para que la comunidad salvadoreña y hondureña se enteren y se movilicen. Es nuestra única salvación. Plan B: si entre ambos ejércitos nos hacen una encerrona, luchamos de sorpresa con ellos y los tiramos al río; nosotros saltamos junto con ellos. Se trata que no nos disparen desde el puente. Al salir, nadamos hacia territorio salvadoreño… ¡Y no hay más! No hay Plan C… sólo nerviosismo, sobre todo de los que no sabían nadar.

Dos o tres veces más parlamentamos con soldados de uno y otro país. Sabíamos que estaban nerviosos; sabíamos que iban a ejecutar algún movimiento. Estábamos atentos a ver en sus rostros alguna señal que delatara sus intenciones. Pedíamos a nuestros compañeros que no delataran con sus conductas los planes nuestros; algunos parecían resoplar preparándose para la acción. Tratábamos de calmarlos.

De pronto, ya cayendo la tarde se cerraron ambas cabezas de puente con barricadas y se instalaron pelotones de soldados tras ellas, con los fusiles apuntando hacia nosotros. Al principio creímos que harían una locura: que nos dispararían. Nos recostamos apegados a la baranda del puente unos, y apegados a la acera los otros: que se dispararan entre ellos; esa era la idea. Mas luego nos percatamos que no era eso; sencillamente no tenían instrucciones precisas de sus gobiernos. ¡Estaban perdiendo tiempo!

Más relajados, comenzamos a hacer una evaluación de la situación: al medio del puente El Amatillo, no habíamos comido en todo el día. Algunos lograron comprar algún jugo en la aduana salvadoreña; pero en general estábamos absolutamente faltos de líquido. Nos instruimos no gastar energía, no hablar para no gastar saliva. Un viento helado soplaba desde el continente hacia el mar; el río era una verdadera garganta para canalizar este viento; nosotros no teníamos ropa de abrigo. Había que volver a recostarnos contra la baranda para capear el viento helado.

Un alboroto nos puso a todos en tensión: era nuestro compañero que retornaba desde territorio salvadoreño ¡había convencido a la guardia que lo dejara pasar para traernos comida! Efectivamente traía unos pocos jugos y panecillos de pastel… y lo más importante: se había comunicado con las autoridades de las Universidades de ambos países y dirigentes sindicales; especialmente dirigentes del COLPROSUMA (Colegio de profesores que nos daba albergue en sus dependencias en Tegucigalpa). Era cosa de esperar.

Cayó la noche. Apretó el frío. Algunos orinaban por entre las pequeñas columnas de la baranda (aquella que daba al Pacífico, tan torpes no somos). El problema fue cuando uno dijo que quería cagar: primero, cagar en Honduras o cagar en El Salvador; y segundo, a qué distancia de nosotros. Tuvimos que perdonar al compañero; en verdad, era el primero, de seguro todos deberíamos hacer lo mismo en algún momento.

-¡Miren! ¡Miren las luces! ¡Nos hacen señas!

-¡Cuidado! ¡Apéguense a las barandas!

-¡No enciendan fósforos ni muestren el fuego de los cigarrillos!

-Pero, huevón ¡Si son los nuestros! ¡Miren para este otro lado…!

Efectivamente, luces de automóviles de ambos lados se prendían y apagaban; luego sonajera lejana de bocinas. Eran los nuestros.

Movimiento de tropas en la cabecera de ambos puentes. No lográbamos ver bien.

Prendimos encendedores, fósforos, papeles que buscábamos en los bolsillos ¡Gracias! ¡Estamos aquí!

La solidaridad puede ser una luz que guiña en la oscuridad; puede ser dos, tres, cinco, diez, veinte, una columna de luces como guirnalda de amor… Audaces periodistas que nos gritan de ambos extremos del puente: ¿¡Cómo  están!? ¿¡Qué necesitan!? Y nosotros ¿¡Qué pasa en Nicaragua!? ¡Bien, estamos bien! ¡Agua… necesitamos agua!…

-Traeremos frazadas… ¡aguanten!

Nunca llegaron las frazadas; los militares de ambos países se negaron. Sólo el Rector Reyna logró autorización para conversar con nosotros. Hablamos de Nicaragua, de Honduras, de El Salvador… de táctica y estrategia; además que logró hacerse acompañar de un muchacho vendedor de dulces, bebidas, galletas y otros que hacía normalmente su negocio en la Aduana de Honduras.

Nos aprestamos a pasar una larga y fría noche en el puente El Amatillo.

Borges y otros compañeros fueron finalmente liberados en Nicaragua. El comandante Cero y la comandante Ana María… salieron victoriosos.

A mediodía del día siguiente, negociamos con la mediación del Rector, el retorno a Tegucigalpa: tendríamos tres días para abandonar el país… ¡por terroristas! En la casa de Iván Salazar U.  encontraron planos, armas, bombas, nexos con los sindicatos bananeros…

Muchos compañeros salieron hacia México; otros, nos fuimos a Costa Rica (recuerdo que el primer país que nos ofreció asilo fue Yemen del Sur), mi mujer viajó a Colombia. En esos países, debíamos trabajar para reunificar nuestras desperdigadas familias; buscar trabajo, hacer nuevos amigos, reestablecer nexos con Chile, nuestra patria del Sur…

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Estos fantasmas que me parecen

He estado pasando por todo tipo de virus. Desde en la computadora hasta en el cuerpo. Con todas las letras de abecedario incluidas. Aún no pueden conmigo.

Luego del trastorno del modem quemado, al poco tiempo la máquina comenzó a jugar desconectando Internet a cada rato. Primero pensé que era la red, luego los servidores y realicé todo tipo de reclamos. Luego el antivirus pegó un grito, y yo otro!, y a formatear. Anduve unos días angustiado por la información que podía perder, pero he tenido suerte y aquí estamos de nuevo. Les agradezco la paciencia.

 

Estos fantasmas que me parecen

 

Halle donde me halle, me encuentran.

Van conmigo. No puedo escaparles.

Siempre parezco percibirlos pasar desde un ángulo muy abierto de mi visión, a izquierda o derecha. Van tan rápido que, al tratar de mirarlos, ya se han ido y no los puedo descubrir.

Se esconden detrás de cualquier cosa. Obsesivamente intento sorprenderlos pero se esfuman antes de poderlos ver.

Quiero creer que es la imaginación la que me juega una mala pasada, que no existen, que me parece. Pero cierro los ojos y los escuchos, duermo y los sueño.

Ellos ciertamente trajinan por aquí.

Andan siempre juntos, de a dos o más, con excepción de uno del que sólo puedo descubrir su sombra; son oportunistas y despiadados, no sé lo que buscan.

Hay unos pequeños que parecen niños y pasan como en bandadas por detrás de las puertas; sus grititos se escuchan como ecos distantes y breves.

Les he prestado atención, o la que me permiten.

Puedo creer que, entre ellos, descubrí el espectro de un niño hijo. Parece llevar un listado con marcas heredadas garabateadas en los trozos de papel que tiene en sus manos. A veces parece pasar leyéndolas con expresión de no entender. Otro, puede ser el duende de un niño hermano y creo, por lo que he alcanzado a deducir, anda arrastrando un carrito con cargas pesadas. Hasta me ha parecido que pasa preguntándole a los demás si lo que lleva son suyas, o cuales. Hay otro que pasa siempre por último y es el más pequeño y olvidado que sugiere ser el espectro de un niño padre. Parece pasar resignado y siguiendo a los demás porque sí. No es más alto que los zócalos.

A uno de ellos no logro ver jamás, digo, parecerme verlo. Sé que está porque despide un penetrable aroma a mujer. En ocasiones lo descubro porque simplemente siento que me está mirando desde atrás, a mis espaldas. Hasta a veces, me descubro sintiendo la candidez de su mano sobre la mía. Y hasta me ha pasado querer sorprenderlo entre las toallas, o en el ropero o en la mesa de luz, donde creí estaba. Es traicionero e inescrupuloso. También suelo creer que aparece detrás de las imágenes de las fotos del cajón. Muchas veces parezco sentir que toma mi mano y pretende guiarme. Al principio le hacía caso. Creía que así, en algún momento, lo podría encontrar de cara. Pero le haga caso o no, es lo mismo, no se muestra. Me descubrí haciendo cosas que nunca quise, por él. Hasta en el reflejo de la pantalla parecen verse sus burlas. Hasta llegué a cuestionarme si aquellas cosas las quise o no realmente, y si ese fantasma es un deseo, una ocasión o una necesidad.

No llevan carteles ni se definen a sí mismo. Solo trasmiten estas sensaciones que pretendo comprender. Los hay de todo tipo, aunque a veces pienso que es solo uno que se disfraza y multiplica.

Hay otro que hace mucho ruido, siempre. Cuando llego ya se fue pero deja sus construcciones en hierro y madera. Construye aparatos que hacen cosas útiles y, aunque hay quienes se los atribuyen, se sabe que fue él. Es difícil defenderlo, creo que cuando ya no esté lo extrañaré. Suele dejarme comida cuando llego, taparme por las noches cuando no hace ruido y, en si, trasmite la sensación de un refugio. Creo que puedo contar con él. Da la impresión que solo quiere que se sepa que existe y que sus edificaciones sean bien tratadas; no parece tratar que se las pretendan exclusivas, sino hechas para algo. Ese parece ser su modo. Quizás crea que fabrica cosas para el futuro.

Suelo creer ver a uno muy pizpireta, que se asoma detrás de las ramas, o desde los pretiles, o detrás de los vehículos, o inclusive junto al sol. También me parece verlo detrás de las nubes, o de las columnas, o hasta dentro de la impresora y que va a salir estampado en una hoja. Creo que posee siempre una sonrisa o al menos la contagia. Éste anda generalmente delante de mí. Parece querer mostrarse, o querer que lo busque; que ande detrás de él, siguiéndolo.

Aparece cada vez menos.

Otro que hace mucho que no aparece es aquel que me inducía ciertos deseos. Me hacía creer que eran instintivos y propios, luego me dí cuenta de su incidencia. Cuando comenzó a faltar.

El que aparece cada vez más seguido es uno que aparentemente anda en el aire. Es que suelo creer verlo entre las formas que dibuja el humo del cigarrillo. O cuando pasa volando una paloma parece seguirla. Creo que va en la estela de los aviones y hasta parece viajar con los sonidos e, increíblemente, me parece verlo cuando percibo algún aroma que me transporta a ligarme con una asociación. Es agradable su sensación y realmente lo quiero. A veces lo invento y parece ser él en realidad. Creo que existirá mientras tenga conciencia.

Hay uno que transita en las sombras. Es el que más me intriga y preocupa. Parece no estar decidido en su rumbo y se mueve por medio de cada imperceptible flujo de aire, como una burbuja. Con precaución y vergüenza. A veces se cruza con los duendes niños, y creo que se separa y luego los sigue. Me sugiere un otoño incierto. Las veces que suele parecerme que toman mi mano, un instante antes sé que va a suceder porque creo verlo hacer piruetas a un lado. También me parece verle blandir armas cuando se deja sentir saliendo de lo oscuro. Tengo temor de esas armas que no descubro qué son. No estoy seguro que sean para defenderme o atacarme. Puedo contar heridas que no sé de donde salieron ni como me las hice, aunque tampoco puedo atribuírselas.

Todos son vanidosos y soberbios.

Eso me parece.

Pero como son míos y aparentemente ningún otro los percibe, tengo el temor que sea yo mismo convertido en fantasmas. Los que aparecen entre los delirios de fiebre. O las que los delirios de fiebre hacen aparecer. Esto me perturba.

Lo que más me molesta y a la ves enternece y seduce, es esa sombra de aquel fantasma que está solo. Del que arrulla y adula el silencio. Del que se lame y lame a mis demás fantasmas. Del que de alguna manera nos sana. Que proyecta sus sombras de la que no se escuchan sus llamados, pero le pertenecen. Quisiera comprenderlo.

Quisiera comprenderla.

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La historia del amigo Pistola

Cuando pienso en los amigos, en especial en los que no puedo frecuentar como quisiera, me lleno de nostalgias. A veces de culpas.

Llegan con sus voces manejando mis momentos y sentimientos. Muchas veces me emociono demasiado y, si estoy en público, eso me avergüenza.

Aunque no debería, me pasa.

Es que sucede casi siempre dentro de un escenario que nada tienen que ver con esas emociones. Son esas ventanitas del alma que se suelen abrir y cerrar cuando ellas quieren.

En otro aspecto de este tema ha venido a mí el recuerdo de mi perrita. Desde que Shaggy murió no he querido volver a tener otra mascota de compañía, pero cuando escucho historias como la que hoy les traigo, me lleno de necesidades.

Es una historia verídica de esta ciudad. Una verdadera e increíble lección de fidelidad. Una verdadera historia de amistad.

 

La historia del amigo Pistola

 

Se trata de una estación de servicio en pleno centro de la ciudad. Pocho, su dueño, adora a los perros y sabe elegirlos de tal manera que se adapten al lugar sumamente transitado. Todas las mascotas que supo tener en el comercio sabían cruzar la calle y cuidarse de los vehículos. Nunca dieron problemas con los clientes, y en general murieron de viejas.

Pero Pistola fue quien eligió esta vez, y Pocho dijo sí.

Llegó a la estación una mañana de calles abandonadas cuando una llovizna helada golpeaba duro. Totalmente tomado por la sarna, no tenía pelo y temblaba. Entre sacudidas y sacudidas se dormía parado de tan débil que se encontraba. Ningún comercio de alrededor quiso cobijarlo y lo echaban de todos lados.

Famélico, extremadamente desnutrido, anémico y con signos de maltrato, Pistola era toda una piltrafa.

José, el hijo de Pocho, junto a un empleado de la estación, le permitieron refugiarse en el fondo del garaje. Le dieron de comer algo de carne, lo que en realidad tragó, y le hicieron un cubil donde Pistola pudo guarecerse del temporal invernal.

Con la ayuda de la señora de José que es Médico Veterinario, le curaron la sarna y poco a poco comenzó a recuperar el pelaje. A las pocas semanas comenzó a ladrar y luego a caminar sin dificultades. Según las personas que dieron este testimonio, al mes y medio de su llegada “ya parecía un perro”.

Pistola, transformado, comenzó a hacerse querer en la zona.

En los comercios que antes lo habían echado, ahora lo aceptan y reconocen. También, quienes guardan sus vehículos en el garaje de la estación de servicio, aprendieron a quererlo.

Así, evolucionando lentamente, pasó a formar parte del lugar.

Por las noches suele acompañar al sereno de la cuadra a realizar sus recorridas. Éste da frecuentes rondas alrededor de la manzana que debe cuidar donde, además de otros comercios y casas particulares, hay una escuela primaria y un club. En una de sus recorridas, pasando frente a la escuela, Pistola comenzó a ladrar desaforadamente. El sereno prestó atención y descubrió a un malhechor  escondido que estaba robando en la escuela. Mientras el perro lo mantenía a raya, el sereno se comunicaba con la policía que logró detenerlo.

Pistola se convirtió así en el héroe de la zona y orgullo de Pocho y del personal de la estación.

Ahora ya no duerme en el fondo del garaje. Tiene su cama al frente, entre los extintores, desde donde domina toda la esquina.

Cuando hace mucho frío los muchachos lo dejan quedarse adentro. “Coco”, del bar de enfrente, le calienta la comida y le ha acomodado un lugarcito para su siesta. Es muy amigo de él, hasta tal punto que cuando enciende su jeep Pistola es el primero en subirse aprestándose al paseo.

Entre los muchachos de la estación está Eduardo, un conocido integrante de la murga “Falta la Papa” la que hace sus ensayos en el Club River, a pocas cuadras de allí. Un poco más allá, frente al Cementerio, se encuentra el Parque Harriague donde anualmente se llevan a cabo las finales de las murgas, las que antes y después van de tablado en tablado llevando su música y cantos.

En varias oportunidades Pistola solía aparecer en los ensayos de la murga en el Club.

La primera vez fue toda una sorpresa para Eduardo ya que hacía cerca de un mes que no concurría al trabajo y no podía explicarse como lo había encontrado. Luego se convirtió en casi otro integrante; llegaba y se echaba al frente del ensayo hasta el final. Al terminar, Eduardo lo subía al coche y lo regresaba a la estación.

El día de las finales en el Parque, casi sobre la medianoche, cuando ya todos estaban vertidos y pintados y a punto de subirse al ómnibus que los llevaría, aparece Pistola acomodándose raudamente entre ellos. Por temor a perderlo, lo bajaron. No obstante, apareció en el Parque de todas formas; no se perdió de estar con sus amigos.

Luego de la actuación, de regreso en el Club, ya Pistola los esperaba de festejo y los acompañó hasta el amanecer. Cuando todo terminó, otra vez a subirlo al auto y dejarlo en la estación.

Un día Pocho murió.

Lo velaron en una Sala a dos cuadras del negocio. Pistola pasó el día merodeando la entrada y lloriqueando permanentemente. En la recepción, como suele ser obvio, el personal no le permitió la entrada y lo tuvieron que echar varias veces.

El cortejo fúnebre pasó por el frente del negocio donde se detuvo un instante. Pistola se paseaba nervioso y ansioso en el playón entre lloriqueos y ladridos.

Una vez en el Cementerio, cuando el hijo mayor pronunciaba palabras de despedida a su padre, llegó Pistola tímidamente. Su andar acarreaba su angustia. Pasó entre todos como un fantasma silencioso.

Las voces que ya costaban en salir, se agarrotaron finalmente en las gargantas. La respiración se contuvo y por un instante pareció detenerse todo.

De pronto apoyó sus manos en el féretro, lo olfateó y recorrió con sus ojos tristes y llorados a sus amigos.

Nadie fue inmune a esa mirada.

Serie de relatos de personajes

Dos maneras de apearse

Una semana provechosa. Me encantó.

Germán que nos regala una historia, parte de su corazón y sus sentimientos. ¡Claro!, todos la leímos y la percibimos, pero él sigue ahí, escondidito detrás de su escrito. Calladito, vergonzoso.

Vancho que se nos enferma y ¡todos a preocuparse!, afortunadamente, en fin: un susto y a cuidarse.

Luego vinieron las misivas, ¡fantásticas!, ¡maravillosas!

Hoy, luego de estar ausente durante el fin de semana, abro el correo y encuentro al amigo; ¡al amigo Vancho y su mensaje con archivos adjuntos!

Entre líneas y en el mensaje, grita amistad, comprensión y amor, entre otras cosas algo más ocultas que se condicen con su estilo y personalidad.

Ésta semana será de él y ésta entrega uno de sus relatos. Sombras anecdóticas de un tiempo suyo, apropiadas al nombre de este blog, que por cierto y como dice Socorro, se percibe el calorcito.

Gracias Hermano.

 

DOS MANERAS DE APEARSE

-Historias de asilo-

por IVAN SALAZAR URRUTIA

Dedicado al compañero y amigo V. y F.

 

Existen muchas maneras de asilarse en una Embajada; ninguna es cien por ciento segura. Los golpistas encuentran especial deleite en tirar sus redes en los alrededores para cazar incautos, nerviosos, temerosos, audaces…

 

Mirando la calle desde el segundo piso de la Embajada de Honduras en Chile veíamos pasar gente y las clasificábamos: este es un curioso; éste, un familiar de asilado; este es un detective; éste, un carabinero de civil; este se quiere asilar. Cuando concluíamos que era un potencial asilado, pasábamos la información a la Comisión Puerta para que vieran qué podían hacer.

Desde esa ventana podíamos saber incluso el grado de desesperación con que andaba el compañero. Uno de ellos nos contó que dado el toque de queda –a las siete u ocho de la tarde, ya no recuerdo bien- él se encaminaba a un Parque o una Plaza y se paseaba hasta el límite de la hora. Al filo del toque de queda él y otros paseantes, se subían a un  árbol, cortaban ramas y las ponían apuntando hacia debajo de modo que su cuerpo quedara oculto. A las nueve o diez de la noche pasaban las primeras rondas con perros y linternas; más luego pasarían intermitentemente hasta el amanecer. A veces eran carabineros, a veces militares; alumbraban los rincones, los arbustos, los árboles, los escaños… de vez en cuando un disparo, o un ¡Bájate, mierda! Al día siguiente, entre las siete y las ocho de la mañana caían desde los árboles estos frutos humanos que se saludaban con un leve gesto y enrumbaban por la ciudad de Santiago…

Aquel día los que miraban los espacios de la calle y las aceras gritaron excitados: ¡Éste se quiere asilar! ¡Avisen a la Puerta! Al escuchar asomé mi mirada por sobre las cabezas y vi a mi compañero y amigo V. Bajé corriendo entre los compañeros que conversaban, o no más descansaban, sentados en las escalas; debía avisarle que no lo hiciera, que esperara a que encontráramos la forma de hacerlo. Me asomo al antejardín y veo a mi compañero girar bruscamente hacia nosotros y emprender una frenética carrera ¡hacia la casa del lado! Ocurre que era una construcción con techo de dos aguas; pero eran dos casas. Una, de la Embajada de Honduras; la otra, una casa particular. Mi amigo V. vio el portón entreabierto y pensó que era el portón de la Embajada. Salí al antejardín y le grité ¡Acá! ¡Es por acá! ¡V…! Me miró en la carrera, entendió, volvió a girar, ya en el antejardín vecino y corre hacia nosotros. Claro, había una separación de rejas de fierro en forma de lanzas de aproximadamente dos metros de alto. Los carabineros gritando ¡Alto! ¡Alto, mierda! V. se tira sobre los fierros como un gran salto a una piscina. Fue impresionante; pasó la cabeza, el pecho, el abdomen, y ¡Zas! Cae sobre los fierros y se ensarta en las puntas de las lanzas. Gritaba como chancho en la batea. Un carabinero pone rodilla en tierra, apunta, pasa la bala; el otro de pie contra las rejas apunta y amenaza: ¡Alto… o disparo! Corro hacia mi amigo y le sostengo por los hombros. ¡No dispare! ¡No dispare! ¡Hermanito, por favor, no dispare! Alguien más, de la Comisión Puerta le grita ¡No ve que está herido! Y yo: ¡Ayúdame a  sostenerlo! ¡Se está ensartando en los fierros…! Los policías no querían entrar al antejardín vecino porque era propiedad privada; ante los gritos desgarrados de V. uno de ellos se atrevió a entrar y sostuvo a V. desde las piernas. Pero lo tiraba hacia él, como para sacarlo del asilo. ¡No jales! ¡¿No ve que está ensartado en los fierros?! Pero nada, él tiraba y tiraba; hasta que no sé quién le grita:-¡Para, hombre, no ve que la mayor parte del cuerpo ya está asilado! El carabinero deja de halar, lo suelta y mira como de perfil y sentencia: -Es verdad, está asilado.- y luego nos ayuda a levantar el cuerpo y pasarlo por sobre la reja hasta nosotros. Cada pierna ensartada en sus respectivas lanzas, a dos centímetros de sus testículos. Posteriormente testimonió que la próxima vez se asilaría con dos cebollas para completar un anticucho o fierrito…

 

Siempre pensé que el Golpe de Estado no duraría más de dos años. De ahí concluí no asilarme. Todo septiembre y octubre lo pasé clandestino. Me corté el pelo y la barba (especie de uniforme que usábamos); la piel blanca bajo la barba la disimulábamos con jugo de naranja. Muchas veces me salvé de los militares por minutos, ¡hasta por segundos! Pero yo no hacía caso de esos avisos y seguía en mi determinación: ya pasaría la oleada más dura de la represión, luego actuaríamos nosotros. Mis compañeros insistían que mi ocultamiento costaba muy caro, en dinero y en riesgo, no sólo para mí, también para mis compañeros.

Finalmente, en noviembre, decidimos que había que asilarse. Pero cuando se recorrieron las Embajadas, todas estaban con custodia de carabineros y militares, más algunos detectives de civil que recorrían los alrededores; salvo las más pequeñas que sólo tenían carabineros. Imposible asilarse; ya era muy tarde. Habría que buscar algunos pasos cordilleranos. Sin embargo llegó una noticia alentadora: la Embajada de Honduras tenía sólo una pareja de carabineros; éstos se estacionaban frente a la Embajada, ubicada al medio de una cuadra, o bien se paseaban a no más de veinte metros para cada lado. Se tomó la decisión de asilarse ahí. Se estudió las casas vecinas, las casas que colindaban por el patio trasero. Se desechó actuar en la noche, bajo toque de queda. Lo más importante: entre los asilados había un compañero muy querido. La idea era aprovechar cuando llegara el bus con carabineros para hacer el cambio de guardia; si el cambio se hacía desde la esquina –es decir, el bus no doblaba-, los carabineros que terminaban la guardia debían caminar desde la media cuadra hasta la esquina y cruzarse con la pareja de reemplazo a treinta metros de la Embajada. Ese era el lapso de tiempo que requeríamos para asilarse. El problema era que la puerta de reja estaba siempre con llave: debía estar abierta. Me ofrecí para ir a hablar con mi amigo ya asilado para decirle que asegurara la puerta sin llave para cuando se produjera los próximos cambios de guardia.

Caminé hacia la Embajada, directamente donde estaban los Carabineros:

-Disculpe, mi carabinero, buenos días. ¿Esta es la Embajada de Honduras?

-Sí, esta es ¿Qué desea?

-Trabajo en una oficina jurídica y en esta Embajada se asiló un señor que tiene juicios pendientes por problemas de cheques sin respaldo. ¿Podría Ud. llamar a ese Señor para que me firme algunos documentos legales y no se vaya del país sin pagar con su peculio las deudas?

-Pero aquí están asilados por razones políticas…

-¡Qué va! Este tío no tiene nada de político; es un gran sinvergüenza. Pero si Ud. no puede hacer nada mi jefe, el abogado Larraín deberá presentar una queja ante el Alto Mando para que no le den visa de salida…

-No. Espere un poco.

El carabinero se acercó donde unas personas que estaban tras la reja del antejardín y éstos gritaron para adentro el nombre de mi amigo. Al instante salió éste con cara de temor y de extrañeza; antes que dijera nada le espeté con voz dura: - ¿Ud. es el Sr. Fulano de Tal?- Sí, me respondió y yo inmediatamente le regañé: -¿Cómo es posible que pretenda huir del país sin dejar documentada su deuda? Yo vengo del estudio del abogado Larraín y Asociados y espero llegar a un acuerdo con usted.

Abrí el maletín y se lo fui a mostrar a los carabineros: -Vea Ud. mi cabo; para seguridad…- El carabinero miró, levantó algunas hojas, miró los bolsillos interiores y dio su conformidad. –Mire señor, para empezar ¿Reconoce Ud. esta deuda?-  Y le muestro un escrito a máquina previamente preparado. Sí, claro, la reconozco. –Entonces podrá Ud. firmar este documento… Mi carabinero, disculpe ¿no tendrá Ud. un lápiz pasta que me facilite?- Claro, como no… tome. –Aquí, firme aquí, por favor- mientra extraigo de dentro del puño de la camisa un pequeño documento con mi solicitud. Mi amigo firma a través de las rejas y lee mi pequeño mensaje. Creo se puso más pálido de lo que estaba. 

Sus ojos me decían no; los míos decían sí. –Bien señor,  voy donde el Sr. Larraín y vuelvo para finiquitar. Le recuerdo que si no deja todas sus deudas en regla, no podrá abandonar el país. Se lo digo en serio.

-Gracias, mi carabinero; tome su lápiz. Muy agradecido. Permiso.

El primer intento fue fallido: el bus dobló la esquina y se detuvo frente a la Embajada; bajaron dos carabineros y subieron los otros dos que estaban de guardia. Nosotros, parados en la esquina opuesta, dispuesto yo a caminar hacia la Embajada si los carabineros caminaban hacia el bus en la esquina opuesta. Pero eso no ocurrió. En el próximo cambio de guardia tampoco ocurrió.

En el tercer intento asomó la trompa del bus en la esquina y nosotros ya estábamos en posición en la esquina opuesta. El bus lentamente comenzó a girar hacia la Embajada; entonces yo simplemente les dije adiós a mis compañeros y enrumbé a paso rápido hacia el centro de la cuadra. Un paso largo y rápido; pero ahora no, un paso no tan rápido; los árboles hacen que el bus no se acerque mucho a la acera; ahora algo más rápido, no, más lento; así, así… Llegué frente a la puerta de reja justo cuando la guardia que abandonaba su turno pasaba por detrás del bus y por la puerta delantera comenzaban a bajarse los carabineros de reemplazo. Por las ventanas se observaba lleno el bus de carabinero y fusiles como juncos apuntando al cielo. Corrí al pasaporte, abrí ¡se abrió! Y caminé por la entrada de automóvil hacia una gran tela que ocultaba el patio de la Embajada. Sentí un grito impresionante:

-¡Se está asilando un huevón!

-¡Alto, conch´e tu madre!

-¡Alto, mierda o disparo!- y sentí como se corrían los vidrios de las ventanas y no uno sino varios clicks típicos del pasar la bala…

Mi espalda se aprestaba a recibir los tiros, pero mi mente siguió impávidamente las instrucciones: caminé sin apresuramiento hasta llegar a la pared de lona la que se abrió y muchos brazos se estiraron para tomarme y arrojarme en medio de abrazos y besos al interior de la Embajada: estaba asilado.

Imagino el diálogo en el bus: Se te asiló un huevón. No, mi capitán, a mí no. ¿No ve que yo estaba entregando la guardia? –Estás más huevón, ¿acaso se nos asiló a nosotros? No ves que aún no tomábamos la guardia…

El hecho es que ese día estuvo la Embajada de Honduras más de tres horas sin guardia; nadie bajó de ese bus en plena discusión. Por lo menos seis compañeros más pudieron asilarse por la puerta principal…

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Luna de seis cuerdas

Antes que nada, me obligo a disculparme con ustedes una vez más.

Aún no he podido ponerme al día para editar semanalmente el blog como quisiera. Estos saltitos entre semanas se imponen en mis tiempos.

Desde el sábado anterior a las elecciones en el Uruguay, tanto la telefonía como el servicio  de Banda Ancha se saturaron y hasta, ese domingo, colapsaron. Ese mismo día, con la tormenta, se quemó mi módem y tardaron cuatro días para cambiarlo. Y hasta protagonicé un accidente ¡frente a mi casa!, que por suerte no pasó de unas latas abolladas y acrílicos rotos.

Esta entrega, en realidad, no me pertenece.

Esta entrega es de Germán, que pinta rayitos de luna y le agrega cuerdas de guitarra en su, seguramente, atormentador desarraigo. Así espero, lo ayudamos un poquito a que se sienta más cerca aunque no menos melancólico.

Gracias Germán.

 

LUNA DE SEIS CUERDAS    

(en memoria de Don César “Camello” Venturini)

 

Será noche de trajín y la tarde se arrastra con ambiente de tensión y ansiedad.

Alguien, ahora lejos, en una carpintería junto a un arroyo, entre aserrín y virutas templa las cuerdas de una guitarra compañera. Acaricia su silueta de mujer con dulce melancolía y delicada destreza. Las notas quejosas y tristes al principio, van elevando su diapasón hacia los alegres agudos que despertaran pasiones al caer la noche.

Punteos y notas que se hacen del viento.

Luego de una hora de viaje, ya en la pasada de Benítez, el sol se esconde tras el monte remarcando su silueta que pronto se vestirá de luto. Se escucha al astro preguntarnos, despidiéndose con pena.

-¡Osvaldo Y Germán! Veteranos amigos de mi amiga luna, ¿por que han decidido que el viejo jabalí no vea mi luz por la mañana, cuando vuelva a salir tras el Chapicuy? ¿Por qué en esta tibia noche quieren verter su sangre en la tierra generosa que besan a sus propios pies?

La respuesta de Osvaldo fue inmediata y emotiva.

-Amigo sol, compañero de nuestra amiga luna. ¡No preguntes lo que no tiene respuesta! Solo te pido comprensión sin entendimiento, pasión sin raciocinio, contrasentido de un amor con sangre, que nos llama de lo mas hondo del monte.

-Descansa tranquilo hasta la mañana, y deja que nosotros mientras tanto, cumplamos el encargo que nos pusieron en nuestros genes aquellos que nos precedieron -agrego espontáneamente.

Guardando silencio, casi sin darnos cuenta, sus brazos se pierden detrás del monte de la vecina orilla dejándonos un pequeño escalofrío de dudas.

Caminando por la picada con las primeras sombras de la noche llegamos al fin al recodo de la cañada del siete. Allí la tierra blanda hozada por los dueños del monte nos confirma que es el lugar indicado para la espera de nuestra presa. Nos guarecemos en un improvisado puesto donde asecharemos y nos invade, penetrante, el aroma a Marcela a la vez que se acentúan los lejanos sonidos deslizados en el silencio.

Entretanto, la caricia de una brisa trae las notas de aquella guitarra, que sin mucho ruido busca ya la oscuridad. Se hace eco provocando nuestros recuerdos. En suspenso y voz baja, revivimos así, añoranzas de amores de juventud, de noches de vino y amistad que no se pierden en el tiempo.

Recordamos al amigo que aquella noche envenenada de alcohol, recitaba versos de don Atahualpa escritos sobre su guitarra. Rebrotan sus sonidos desde el monte, desde el cerro o desde la cañada, casi olvidando por un momento el escenario en que estamos.

Una voz ronca navega entre soplos allá a lo lejos sobre el cerro. Canta una zamba con sabor a vidala.

Nos acurrucamos en el calor de unas matas mientras que detrás de los Molles, cada vez más, se percibe la claridad. Viene asomando la luna clara sobre este tablado del monte entre suspiros de guitarra con árboles color plata. Los pensamientos vuelan de nuevo a blandas amanecidas de calles vacías y emociones vividas.

Hemos perdido la noción del tiempo sin tener referencia en la que apoyarnos, cuando el gorjeo delator de un Hornero nos trae a nuestro sitio. El aire fresco choca en nuestras caras. Transporta, montado en él, la bulla del chancho con la precaución que lo caracteriza. Algo más lejos, entre contrapunteos de guitarra con tonos de suspenso, el cantor cómplice acalla su voz.

Por fin lo vemos. Es un animal viejo que soporta en su pelambre lóbrego los pasos de muchas lunas que pintan su lomo de un tinte plateado. Lo tenemos a tiro.

La prima de la guitarra vibra en ese instante con una nota aguda quedándose enganchada reverberando en la cañada.

Miro por el visor del rifle y consigo que el alza pose en su paleta. Se parece al oscuro oído de la guitarra que aún resuena. Como una liberación aprieto suavemente el gatillo. El disparo rompe el cristal de la noche mientras el bordón deja una larga y triste nota en el aire que se extiende como bruma jugueteando por la quebrada.

Después de unos segundos de silencio, desde su lejanía, vuelve a sonar la voz del cantor, que triste, entona una baguala con reflejos de luna y vahos a bebidas destiladas.

Nuestra amiga, conmovida de culpabilidad por apoyarnos con su luz secuaz, se esconde avergonzada detrás de una sombría nube que pone frío en el corazón. La noche se esta nublando. El chancho se desangra entre puñales de luna y rasgueos de guitarra.

Respiramos profundo y emprendemos el regreso. La guitarra se ha dormido. Un perro muy lejos ladra. El día quiere despuntar mientras la luna se marcha.

Noches de lunas y guitarra. De esperas. De montes verdinegros y rondas de calles empedradas. Escenario plateado de pasiones de un monte hermano, donde se vive el eterno drama de la muerte de algún valiente jabalí, mientras contrapuntea una guitarra en brazos de alguien, ahora para siempre lejos, que nos acompaña.

 

Germán Del Pino Venturini.

Julio 2009.

Serie de relatos del monte

Otra de duendes

Es tarde ya para ser mediodía. Acabamos de almorzar. Hice unos tallarines caseros con salsa boloñesa que terminamos chupándonos los dedos. Riquísimos.

No es noticia lo de los tallarines caseros, la verdadera noticia es que fueron hechos en pleno campamento, cosa inusual y bastante extraña. A orillas del Río Uruguay, muy cerca de la isla Chapicuy, en el medio del monte, con leña y olla negra.

En la salsa encontramos algunas hojitas de Pitanga y de Ñandubay que cayeron sin percatarme, pero, lejos de ser malo, resultaron el condimento de la situación.

Quedé con la barriga tan llena que si me acuesto a dormir una siesta seguramente se hará de noche cuando despierte, y eso no me gusta.

Mejor me visto, calzo las botas, el gorro y el cuchillo, alisto la carabina y me voy a dar una vuelta por el monte a ver si me doy con algún bicho.

Si, mejor será dar un paseo para caminar. Aunque tenemos toda la comida necesaria en el campamento para los próximos días, si un bicho se me cruza será cosa de él.

Las vacas dejan un sendero bien marcado que acompaña al río cerca de su orilla. Camino por él, río abajo, sin preocuparme mucho de nada, solo por la molestia causada por mi gula.

El monte es alto y casi no necesito agacharme. Levanto la vista de vez en cuando por instinto y piso tratando de no hacer ruido por costumbre.

Casi sin darme cuenta, llego a la picada que da a la punta donde se terminan las pajas mansas que orillan el monte. Son unos mil doscientos metros que he recorrido. Al otro lado, el río está tan bajo que puedo ver cómo la orilla se junta a la isla. Se puede pasar caminando sobre un banco de pedregullo. Pero no voy a cruzar, aunque lo deseo. La isla es impenetrable de Amarillos y Uñas de gato y sólo no me animo. Además el río puede crecer de golpe por la represa y quedarme varado del otro lado, y solo salí a caminar. No necesito arriesgarme.

Sigo entonces dentro del monte hasta acercarme a un claro donde han crecido una buena cantidad de Sauces. Sé que allí puede haber alguna presa. Sé que el viento está a mi espalda y me olerá desde lejos. Sé que puedo sorprenderla haciendo un rodeo si tomo la picada que cruza por detrás.

Pero mi ambición no es cazar. Solo deseo caminar y a la vez distraerme reconociendo cada palmo de este territorio que me enseñaron a disfrutar. Atravieso el claro de los sauces hasta el sangrador que se encuentra seco por la bajante del río, lo cruzo y llego al antiguo campamento de verano del que mi amigo se refiere siempre por una Morera que nunca encuentro. Revoleo las patas hacia el campo vecino y continúo caminando hasta que me canso.

Veo un viejo Tala inclinado. Su grueso tronco se posa sobre la tierra como descansando su peso de años. Esa visión me llama a acompañarlo y, dejando el arma entre las piernas, me siento en el suelo apoyando la espalda en él.

De frente el río, más allá la isla. A los lados, árboles y más árboles de todo tipo y alguna Ratonera y una que otra Torcacita curiosa. A la izquierda, el campamento del vecino está muy cerca. A la derecha, de donde vengo, una picada apenas marcada que no me dí cuenta haberla cruzado.

La tarde se está yendo. Es invierno y estamos a cuatro días de la noche más larga del año. Me doy cuenta que no he traído la linterna y el arma está sin faro. Tendré que descansar por un rato breve y regresar. De nada me sirve andar vagando dentro del monte sin luz.

 

Lo que les voy a contar no estoy seguro de haberlo vivido o soñado. Quizás me quedé dormido o quizás sucedió realmente. Sé que existen mitos regionales que le pueden dar veracidad a mi relato. Les puedo decir que no tuve miedo y que no me sentí solo.

 

Recuesto la cabeza en el Tala y recuerdo aquella leyenda sobre él. Cuenta de una niña indígena que se perdió toda una noche, alejándose de sus padres e internándose en el monte sin darse cuenta. La niña fue encontrada al otro día, por gracia de Nandéruvusu que la perdonara por su curiosidad, protegida por el Tala que la alimentara con sus frutos.

Ahora el árbol está sin fruto ni flores, pero de todas formas recorro sus ramas con avidez de poder observar los preparativos de alguna ave para la noche. Dada su gran cantidad de espinas es elegido por ellas para hacer sus nidos.

Mientras lo recorro con la vista, el sonido del quiebre de una rama me llama la atención a mi derecha. Por la picada que está cerca, viene caminando lentamente un cervatillo. Apenas lo veo en la penumbra del monte. No parece que fije en algo en especial sus enormes ojos. Parece no haberse dado cuenta de mi presencia. Posee una expresión inocente y tierna.

Muy despacio, deteniéndose de a ratos y alertado seguramente por el olfato, levanta su cabeza y se dirige al río. Pasa a unos pocos metros de donde estoy recostado, toma agua y se aleja río arriba, contra el viento, con soltura.

-¿Porqué no le tiraste?

-¿Para qué? ¿No ves que es pequeña? Además, la verdad, me olvidé que llevaba el arma. –contesto sin darme cuenta que estoy solo a la vez que me sorprendo de estar acompañado.

Siento un desconcierto parecido al miedo. La voz venía desde mi izquierda, desde arriba del Tala. Está sentado sobre el tronco con sus brazos colgados en sus rodillas. Es un ser pequeño pero muy robusto, barbado y de tez blanca. Está vestido de saco verde con un cinturón con hebilla similar a la se su sombrero de paja puntiagudo. Su sonrisa es agradable y sus manos son muy grandes y sus brazos desproporcionadamente largos. Cara redonda y orejas puntiagudas. Extrañamente, no está apoyando sus talones en el árbol sino los dedos de los pies, ya que los posee mirando hacia atrás y enormes.

No atino a nada, profundamente confundido lo quedo mirando a sus ojos enormes y brillantes.

-¿Tenés un cigarrillo? –me pregunta sonriente estirando su manaza.

Inmediatamente vino a mi memoria los mitos de duendes del monte que tanto había escuchado contar.

-Si, tomá. –le contesto alcanzándole un cigarrillo. Mientras se lo encendía, lo repasé con la mirada reconociéndolo, ¡estoy ante un Pombero!

Según supe escuchar, el Pombero es un duende asustador que cuida del monte y de los animales salvajes. Suelen decir que cuando se enoja puede propiciar una paliza hasta al más fuerte de los hombres, inclusive a varios juntos. Pero no se enoja porque sí, solo con aquellos que realizan excesos. Puede llegara a ser amigo o enemigo según la conducta del hombre. Me contaron que si cortas más árboles que los que necesitas, o cazas más presas o pescas más peces que los que podes consumir, se enfurece y se convierte en tu enemigo. Enojado, puede pegarte, o hacer que te pierdas en el monte, o que tengas alguna desgracia allí dentro.

Pero dicen, que si agarra para quererte se hace amigo y te puede guiar a que cases la mejor presa, o que encuentres el rumbo dentro del monte si te pierdes.

Como les dije me encuentro sereno, confío en poder hacerme amigo de él. El tener cigarrillos para convidarle fue un buen comienzo. El haber dejado pasar el cervatillo, debe haberle caído bien.

El mito del Pomberito es muy conocido, su nombre en guaraní es Cuarahí Yara que quiere decir Dueño del Sol y no sé porqué ya que aparece de noche, pero no le voy a preguntar por las dudas se enoje.

-¿De donde saliste? –le pregunto como para comenzar una conversación, pero ya no está. Silenciosamente desapareció.

Me apresuro a retornar al campamento sin pensarlo demasiado. Ya está de noche y los reflejos de las luces de la otra orilla me ayudan a encontrar el sendero.

En varias oportunidades me parece ver sombras que cruzan cerca de mí. También escucho algún ruido de tanto en tanto sobre la copa de los árboles. Deseo convencerme que es mi imaginación o alguna paloma que se acomoda.

Cuando llego a la punta del pajonal, tomo por éste pensando en ahorrar camino, pero escucho un chistido desde atrás. Me detengo, me doy vuelta y allí veo al Pomberito que se baja de un árbol y se dirige hacia mí con un andar sumamente tosco.

 -El pajar está muy denso, mejor seguí por el monte- me dice mientras se pierde detrás de una mata.

-Gracias- contesto y le hago caso.

 

-¿Dónde te metiste? –pregunta Hugo cuando voy llegando al campamento.

Le cuento lo que me pasó y no me cree. Piensa que fue un sueño o que estoy enloqueciendo.

 

Siempre creí que estos mitos que se trasladan entre generaciones sirven para disciplinar, de alguna manera, las acciones de las personas para que sientan determinados temores que las lleve a regular o adecuar sus acciones. Al menos así parece que me lo enseñaron. Algo así como prejuicios saludables.

De todas formas, esa y el resto de las noches que pasé allí, le dejé al Pomberito sobre una mesa alejada, un par de cigarrillos y un trozo de dulce de membrillo.

De mañana encontraba el nylon del dulce debajo de tres piedritas, siempre tres.

Serie de relatos del monte

Rumbos y sombras. La Tierra-sin-Mal

Prometí contarles sobre la Tierra-sin-mal de las culturas indígenas de estas regiones; es algo así como el paraíso cristiano. Evitaré hacer hincapié en el concepto en sí, ya que todos sabemos de qué se trata, sino que apuntaré a referirles cómo los indígenas de estas regiones lo concebían.

La cultura Charrúa tuvo importantes influencias del pueblo guaraní; del original y milenario pueblo tupí guaraní que poblaron las riberas de los ríos que desembocan en el Atlántico.

En aquella época, miles años antes de la llegada de Colón, los tupí guaraníes se extendían desde el Caribe hasta el Amazonas y el Paraná. Su lengua era conocida y utilizada por todos los demás pueblos de esa región como intercambio cultural, comercial y ritual.

Para ellos, existía un lugar donde aspiraban llegar de forma concluyente y como objetivo de vida. Un lugar privilegiado, indescriptible, donde la tierra produce por sí misma sus frutos y donde no hay muerte.

Ese lugar es la Tierra-sin-males o Yvy Marâ Eý; el acceso a la inmortalidad, atributo supremo de los dioses y los elegidos. La perfección eterna, donde el hombre se equipara a los dioses y que suponen, existe en algún lugar de esta tierra. Sostenían firmemente que después de la muerte de los cuerpos, las almas de aquellos que han vivido virtuosamente, se van detrás de las montañas donde danzan en bellos jardines en compañía de sus abuelos.

Sin embargo, era posible llegar a la Tierra-sin-Mal en cuerpo y alma sin haber bebido el trago de la muerte en el camino. Para ello era necesario alcanzar el estado de perfección al que denominaban aguyé; cuando se llega a él, el daño (lo malo) “no lo alcanza”.

Para la búsqueda del aguyé, la persona o grupo deben obtener, de alguna manera, la acumulación de energía necesaria. Esta búsqueda guiaba, y aún en la actualidad guía, la vida cotidiana de los guaraníes. Hay muchos caminos para lograrlo y uno de ellos es sin dudas, arrebatárselo a quien ya lo tiene. Los grandes guerreros acumulan gran cantidad de energía fruto de sus hazañas, y por lógica es posible tomarla de ellos a través de la astucia y la fuerza, indistintamente. El ciclo de guerras entre guaraníes antiguos, demuestra que ellos jugaban un juego para obtener poder con el fin de cruzar el umbral hacia la Tierra-sin-Mal. La energía se acumulaba en las dos almas de la persona (el ser espiritual –la palabra- y el alma animal) y por supuesto también en su cuerpo perceptible.  Comerse la carne de un guerrero no era más que el fin de un festín energético que comienza mucho antes del acto físico de comer; comienza, por ejemplo, hablando, invocando, cantando, festejando la próxima ingesta del poder acumulado en la personalidad del otro.

De hecho, cuando capturaban un guerrero, este no escapaba, vivía libre en la aldea de los captores donde debía engendrar un hijo con alguna mujer de sus futuros devoradores. Le cambiaban el nombre y pasaba a llamarse “futura comida”, y en definitiva se paseaba libre por la aldea. Un año después moría en combate, él, sólo, atado a un pié, contra todos los guerreros que lo habían capturado. No huía, porque al aceptar su destino seguía en su lucha por conservar poder hasta el final. Jugaba su carta a traspasar el umbral luchando, llevándose su poder o tal vez “llevado por su poder”; conseguía el aguyé (o no) en un juego de paciencia y entrenamiento físico. Si perdía, sus captores se llevaban su energía y él podía retornar en su hijo -ya que creían en la reencarnación- y seguir buscando el aguyé a través de ese juego, ahora emparentado con sus devoradores. Si ganaba, llegaba a la Tierra-sin-Mal.

Luego de la llegada de los “extraños” con sus espadas y cruces, estas prácticas caníbales se abandonaron.

Para aquellos guaraníes antiguos, dentro del ordenamiento jerárquico se encontraban los caciques de las tribus y los consejos de ancianos. Los líderes necesariamente, debían poseer las siguientes propiedades: 1- El jefe es un “hacedor de paz”; es la instancia moderadora del grupo. 2- Debe ser generoso de sus bienes, está al servicio de los “administrados”, y no al revés. 3- Sólo un buen orador puede acceder al liderazgo.

Pero tenían a personas mucho más especiales, los que llamaban Karaí, actualmente regenerada a chamán o payé. La palabra Karaí fue regenerada con la llegada de los conquistadores a los que les sonaba muy mal. Además representaba a un sujeto con grandes poderes mágicos y muy venerado por todos, cosa que se oponía al poder que impusieron y pasó a significar Don o Señor. Como anécdota histórica les cuento que José Gervasio Artigas, durante el éxodo, fue denominado por el pueblo guaraní como Karaí-Guasú (Gran Señor), reconocido por los indígenas como “Padre de los Indios”.

Como decía, el Karaí era un ser muy especial. Su influencia espiritual superaba los límites de la comunidad. En tiempos de guerra era el único que podía circular por el territorio enemigo sin ir a parar al asador. Llevaba una vida errante. Era recibido en cada lugar con todos los honores, y, en un momento dado, con suma elocuencia, dirigía la palabra a los que le daban un sitio aislado para permanecer entre ellos unos días. Se le atribuían poderes extraordinarios como resucitar a los muertos, hacerse invisible, acelerar el crecimiento del maíz y las plantas en general, y devolver la juventud a las mujeres arrugadas por el peso de los años. Mediante su gran poder entraba en comunicación con los espíritus buenos y los malignos, defendiendo a la comunidad de esos últimos. Él intermediaba entre el hombre y Ñamandú (el primero, el origen y principio). También era adivino, hechicero, médico, sabio, jefe espiritual y director de danzas y ceremonias. Experto conocedor de las propiedades de las plantas.

Eran los Karaí, profetas y hombres-dioses.

Al amanecer hablaban de la Tierra-sin-Mal. Mantenían viva la esperanza de que sea posible llegar a ella, y conocían las reglas para acceder a su territorio. Sus recomendaciones apuntaban a lo ético, sin insistir mucho en el camino físico que los llevaría a la meta final. (Como “Itaca” ¿se acuerdan?)

Fueron los Karaí responsables de muchas migraciones. Con sus discursos elocuentes arengaban a todos para que abandonaran aldeas y cultivos, y siguieran el camino que les había sido indicado. Muchos de estos éxodos eran penosos y trágicos, por zonas boscosas y ríos desconocidos. Debían rodear saltos de agua, improvisar puentes con troncos y lianas, enfrentar grupos enemigos y padecer enfermedades.

Para llegar a la Tierra-sin-Mal era necesario tener perseverancia, coraje y fuerza espiritual. Esta última se renovaba cada noche de la peregrinación, cuando el Karaí precedía danzas especiales vinculadas con los mitos y con la esperanza de una nueva tierra. La música, los cantos religiosos, las oraciones y los bailes buscaban aligerar los cuerpos y liberar a los hombres de sus imperfecciones, elevándolos y facilitándoles el camino. A veces la búsqueda terminaba a orillas del mar grande, última etapa terrestre del viaje. Así, el Karaí con sus ritos, provoca que el cuerpo vaya perdiendo paulatinamente su peso hasta volverse imponderable y el postulante, sin sufrir la prueba de la muerte, ingresaba en el Yvy Marâ Eý, para luego cruzar el mar que separa la tierra del paraíso.

 

Esta historia que hoy les traigo es una recopilación resumida de textos de autores como Heléne Clastres, Rubén Bareiro Saguier, Alfred Métraux, entre otros. Los Incas y los Mayas y muchas otras –o todas- civilizaciones sudamericanas tuvieron creencias similares. Dioses como Hunab Kú, Inti, etc., no dejan de representar en esencia, los mismos objetivos que parecemos buscar ahora, con otras formas.

Por último, aprovechando que se abrió sólo el libro de Abella en un texto resaltado por mí, se los copio:

“Perder identidad es perder la memoria y los vínculos con nuestras raíces. Perder los vínculos con nuestras raíces es ignorar que somos parte de una realidad regional rioplatense y latinoamericana, y que una red de brazos fraternos nos une a todos los pueblos del mundo, no a los estados o países en su actual configuración. Perder memoria e identidad es además buen negocio para los laboratorios extranjeros que obtienen información sobre nuestras plantas y animales, patentan silenciosamente sus características, sus propiedades y sus secuencias genéticas y usan para su exclusivo beneficio nuestra Biodiversidad.

Si un pueblo pierde identidad puede ser saqueado en sus recursos naturales y no reaccionará ante la destrucción del Ecosistema del que forma parte. Terminará así sometido a la cruel dictadura de las leyes del mercado de los ricos.

Sin embargo hemos aprendido (a pesar de los neoliberales) que pensar en uruguayo es pensar en latinoamericano y hemos aprendido también (por legado artiguista) que pensar en uruguayo es pensar desde abajo y desde el derecho a la diferencia (…) no podemos defender nuestro patrimonio de Naturaleza ni nuestro patrimonio cultural si perdemos la memoria.”

 

Demás está decirles que hago míos estos conceptos.

Los quiero montón.

Sobre nuestros indígenas

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