La gente y su sombra

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Macro matrimonios

¿Se enteraron que en la Argentina se ha aprobado la nueva ley de matrimonios gay? Básicamente, en el texto, se reemplazan las palabras “hombre y mujer” por “contrayentes”. Esto para dar una explicación básica, pero en la esencia parece que este giro legal libera, rompiendo, todas las barreras residuales de géneros proyectándose hacia una nueva sociedad con nuevos valores. Imagino que en el futuro, si escuchamos a un niño llamando a su papa o a su mamá, no implicará que sea hombre o mujer a quien se refiere.

Y esa es la idea que me resulta más difícil de concebir, además de todas las consecuencias que en mi mala cabecita puedo imaginar. En fin, tengo confianza en lograr adaptarme como corresponde y que sea para bien; no tengo prejuicios contra homosexuales, mientras podamos vivir libremente y en paz.

De todas formas, ahora se me ha ocurrido que con éstas nuevas fronteras podrían venir otras, con las mismas filosofías en lo que a derecho se refiere y por lo tanto que impliquen el mejoramiento y la mejor evolución de nuestras sociedades. Concretamente, se me ha ocurrido buscar la manera de plantear la legalización de la poligamia. Quizás éste sea un momento oportuno para ello.

Así, ¿porqué una mujer no puede formar una familia con varios hombres?, ¿o un hombre con varias mujeres?, ¿o varios hombres entre sí, o varias mujeres entre sí, o varios hombres y mujeres entre sí?

Pero, fundamentalmente por un suceso personal por el que pasé y que es mucho más común que la homosexualidad y tiene que ver con la niñez y sus derechos fundamentales, el que les describo brevemente.

Mi hija nació un 20 de enero, en plena feria judicial. El juez había decretado mi divorcio a fines del diciembre anterior y aún no se había publicado la sentencia y por ley, hasta que la sentencia no fuese publicada –eso luego de la feria judicial- no es aplicable, por lo que no podía darle mi apellido a la niña. O sea, por estar casado con otra persona que no era la madre, no podía reconocerla como hija natural. ¡No saben el lío que tuve que armar!

En fin, eso que les cuento es un hecho particular, pero, ¿cuántos niños hay que legalmente no son reconocidos (pero generalmente sí socialmente), nacidos de relaciones extramatrimoniales?, ¿acaso no tienen los mismos derechos?…los niños guachos que le dicen.

Mayormente ocultos, envergonzantes, ilegales.

Uff, me pregunto, ¿dónde está el verdadero circo de la vida?

¡Se dan cuenta qué familia linda y grande!  “Todos por todos”, sería el precepto.

Se los podría llamar macro-matrimonios, o micro-sociedades-familiares.

¿Se imaginan la expansión en el fortalecimiento de los compromisos sociales naturales que se podría lograr así?

La cantidad de niños que podrían llamar a sus padres como padres sin necesidad de esconderse, desaparecer o avergonzarse; y de padres a sus hijos, hijos, todos con los mismos derechos, hoy no me parece un sueño descabellado.

Despojándome de todo prejuicio, lo veo como la mejor solución a una gran cantidad de injusticias.

Hoy matrimonios gay, mañana macro matrimonios, luego… ¿cómo podrían evolucionar nuestras sociedades para mejor, luego? ¿Masoquismo, tal vez? ¿Por qué no? Si alguien nació con la necesidad de sentir dolor, tiene su derecho, ¿porqué no otorgárselo, más aún si se populariza?, en el ser humano es natural un cierto grado de ello.

Los matrimonios azules ya existen. ¿Matrimonios pedófilos, quizás? No, eso nunca, no sería jamás moral ni culturalmente aceptable, aunque luego se solucione con un divorcio y posterior cambio de vida.

Esperemos verlo. Lo importante por ahora, al menos me parece, es madurar en ello.

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La señora y la ventana

¿Cuando fue que nos dimos cuenta que las historias comienzan y terminan de la misma manera para todos nosotros, estemos donde estemos, seamos quienes seamos, vivamos lo que vivamos?

Todo nace, todo muere y en el medio se vive tantas cosas hermosas… Solo cuando nos hacemos aquella pregunta es cuando sabemos, cuando llegamos a comprender, que las vivencias más dolorosas son también dignas de ser llamadas hermosas. Están dentro del paréntesis.

Pero, ¿qué pasa cuando nos imaginamos a nosotros mismos? ¿qué pasa cuando nos vemos reflejados en otra imagen? ¿qué pasa cuando nos descubrimos en un fin?

 

La señora y la ventana

Al salir de la oficina se sienta a una de las mesas de la vereda, casi sobre la esquina de la callecita empedrada y angosta que lleva hasta la balconada del mar y ordena un café al mozo de siempre.

De una mirada se asegura que todo esté en su lugar; la farmacia, la boutique con sus disparatados maniquíes en su escaparate, el banco de más allá, las casas de otro siglo pintadas con colores pasteles, las enormes farolas de las esquinas que aún no se encienden, las masetas, las flores.

Todo está allí, como todas las tardes, con su ambiente húmedo y el lejano tránsito de gaviotas y barcos que se alcanzan a divisar al final de la calle y que parecen estar en otro lugar. En un lugar que no es éste, donde se encuentra. Como si lo viera en una pantalla sin sonidos.

Eligió este café -quién sabe cuándo-, porque la seduce el aire colonial y emancipador del lugar, con atardeceres cálidos y brisas refrescantes que la distraen.

A modo de entretenimiento, está acostumbrada a pasarle revista a todo el entorno, compararlo con días anteriores y luego conjeturar sobre las diferencias. Por ejemplo, sin saber quiénes son los que viven en la casa verde, les conoce sus rutinas. Son personas dedicadas a sus plantas y las adoran. Continuamente remueven la tierra de las masetas largas de los ventanales que dan a la callecita y pinzan los rosales con esmero. Cuando entran por el pasillo rozan la ruda o la acarician a propósito y siempre tienen unas macetitas de perejil y albahaca en la ventanita de la cocina que da al patio del frente que parece un vivero florido.

Pero hoy descubre por sobre el toldo del pequeño quiosco, un poco hacia la derecha, enmarcada en un ventanal abierto, a una mujer con una pose singularmente estática. Una imagen con textura y  aroma de cuadro al óleo del que no se había percatado. Su cabello atado, su rostro de roble, las paredes despintadas, la ventana de madera casi destartalada, los reflejos de los vidrios, todo parecen tener la estructura de pinceladas maestras sobre el lienzo.

Apenas apoya su hombro en la ventana. Su leve sonrisa parece dibujada perfecta recreando alguna pasión; su mirada está anclada muy detrás de la farola de la esquina. Sus pupilas brillan como gotas de rocío que parecen proyectar sus pensamientos.

Quizás se encuentran en un cine o preparándose a una cita o remembrando una caricia o un beso. Es posible que manos, risas, besos, primaveras, veranos pasen y pasen suaves, desordenados; se deslicen y giren y giren en su carrusel de visiones.

Habrá amores eternos enredados en sus cabellos plateados. Habrá sonidos inolvidables en sus oídos que resuenan, crujen, rítmicos, adulando la risa, la mirada.

Una niña, una escuela, un novio, un vestido, un casamiento. Viajes, hijos, nietos, domingos. Luego una muerte y otra vida. Una escalera al sótano, una oscuridad, una regresión y cosas que se fueron y cosas que quedaron y el timbre oxidado. Habrá soledad y mucho tiempo para esperar en esos pensamientos. Muchos porqués y muchos donde. Quizás también algún cuando y una larga bufanda para el invierno que posiblemente llegue.

Fluyen enmarañadas imágenes que salen de ese cuadro magnífico cuando, de repente, se quiebra la magia con el aletear de un palomo que llega zureando y se posa cerca de su ventana. Su sonrisa se borra mientras una de sus arrugas del rostro se acomoda en una nebulosa gris sobre su ceja que se eleva imperceptiblemente. Su mirada se regresa a este lado de la farola, sobre su tejido, en puntadas inseguras que parece no lograr acertar.

En un  instante todo ha cambiado, ahora se puede percibir en ella una profunda nostalgia, tan profunda que se combina entre arrugas y cabellos plateados en una inesperada forma de esperanza que no parece suya, como una esperanza designada para ella sin mayores alternativas. De todo aquello que siempre buscó, es seguro que algunas cosas ha disfrutado y otras ya no llegarán; parece resignada. Se acomoda levemente en su ventana dando la sensación de estar tejiendo algo que sí le es posible esperar, que ella conoce y que inexplicablemente desea, puntada a puntada.

La señora de la ventana, por un momento pareció compartir su luz junto a su café  y ahora parece poder ser el propio espejo de sus profundos temores.

Llega el aroma de la ruda por lo que descifra que la han rozado. De inmediato se escucha el cerrojo que cierra el portón y se encienden las farolas, el café se enfrió y ya es tiempo de irse.

Antes de doblar en la esquina se da vuelta para llevarse la última imagen de ella, pero no encuentra ventana ni señora. Se detiene perturbada; sí, no hay.

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El muro de los enamorados

Todo principio, un fin. Todo fin, un principio

Lo cierto es que todo se inició en algún lugar. Lo cierto es que todo tiene un motivo para ser. Lo cierto es que todo tiene un fin en algún lugar y por algún motivo.

Podemos comparar esta afirmación con muchas cosas a nuestro alrededor. Un rio, una plaza, un escritorio, una golondrina, un libro.

En el caso de un libro no necesitamos ser demasiado observadores para saber que comienza por su tapa y termina con su contratapa.

Pero no es así realmente, ya lo saben. Se necesitan que sucedan cosas antes de que exista esa tapa y que alguien la abra, se necesitan cosas que sucedan luego de cerrar la contratapa. También habrá cosas, por su contenido, que conmutarán determinadas incomprensibles llavecitas en la energía de nuestros pensamientos y provocará cambios en nosotros.

Y podríamos ir mucho más allá y conversar durante horas tratando de comprender qué fue antes, si el huevo o la gallina.

Para contarles una pequeña historia comencé por abrir el archivo Word que uso en el escritorio de mi computadora y donde escribo todo lo que me pasa por la cabeza, encontré lo siguiente:

“Padre: Cada vez que veo tanta gente culpando a sus padres por lo que está mal en ellos, quiero darte gracias por todo aquello que está bien en mí… Te amo, padre.”

Me di de lleno con estos renglones y me sorprendí. No creí haberlo escrito, aunque en muchos casos ando de madrugada o de apurada escribiendo cosas que se me ocurren al pasar y luego las olvido. Pero este texto entre comillas no tiene mi estilo y no es cosa de olvidar, comencé a averiguar quién podía haber sido. Pregunté y luego presumí y luego decidí introducir el texto en este escrito.

El muro de los enamorados

El mar bravo, hombre, violento, gigante arrogante sin compasiones, se estrella desquiciado sobre el risco del continente. Produce sonidos bravíos, espuma rabiosa, temblores y estruendos en cada golpe que arremeten incansables, inagotables, sobre cada roca. Se retira y regresa con  enojo en intervalos imperfectos a destrozar todo lo que encuentre a su paso sin benevolencias ni justicias.

Solo la energía indómita de su razón de ser que se descarga intermitentemente con toda su furia. No conoce de cansancios ni fracasos. Golpea, golpea, golpea.

Al otro lado, desde el otro bando, las piedras soportan estoicamente las embestidas del gigante, una tras otra. Con cada golpe cimbra el continente; la piedra aguanta hasta que en algún momento se parte en cansancios, se divide y sigue peleando esa batalla por la que está allí. No se doblega y combate hasta lo último. Al fin, se convierte en un granito de arena que se volverá cómplice de las rugientes olas del mismo mar que la venció para seguir sus andanadas contra la próxima piedra del risco del continente.

Por siglos ha sido así. Por siglos ha seducido esta pelea, aparentemente equilibrada, con la magia de su contemplación, con los sonidos nunca iguales y con sus aromas.  Brama y golpea. Brama y golpea y escupe espumas. Brama y golpea y escupe espumas y produce estruendos. Brama y golpea y escupe espumas y produce estruendos y tiembla en nuestro pecho.

La ola nos ha dado y ahora el miedo es nuestro.

Tan arrogante es el gigante, que no posee compasiones cuando se encuentra en las playas sin resistencia y se adentra furioso a pelear su batalla. Desgarra trozos del continente blando indefenso y se lo traga hasta encontrarse, con sorpresa, que su enemigo lo ha seducido con su insólita arma. La entrada furiosa se va convirtiendo, por carisias suaves de playas blancas seductoras y tibias, en un niño-mar que juega en la orilla.

Ni en el risco, ni en la playa del continente, ni en el mar hay resentimientos para nominar. No hay culpas, no hay rencores, la naturaleza hace lo suyo en cada uno.

Habían estado construyendo una pequeña cerca. Pequeña por lo baja, pero extensa ya que recorría todo el contorno de su propiedad.

Enamorados, se besaban y acariciaban durante la construcción que les llevó algunas decenas de años y otro poco más. En principio, serviría para delimitar su reino de amor que sería cultivado minuto a minuto hasta que diera sus frutos, para luego disfrutarlos.

Casi un proyecto arquitectónico. Bajita, de apenas unas pocas hileras de ladrillos como delimitando su propio mundo encantado y a la vez ostentarlo como predicando “aquí nos queremos”.

Las cosas se sucedieron, quien sabe cuándo, quien sabe cómo, en qué momento comenzó.

Discusiones, desacuerdos, descontentos, engaños, desengaños, llegaron primero y -de un día para el otro- uno de ellos alzó el muro un poco más, quien sabe cuál de ellos. Esa fue la primera declaración de atención que se urdieron. La primera mancha que fue vaciando uno a uno los besos y las caricias. Derivaron el amor, lo lastimaron y lo complementaron con la sombra de un pequeño rencor que fue creciendo como creció también el muro, de a poco, inadvertidamente.

Sin darse cuenta, llegó el momento en que ya no se pudieron mirar por sobre la pared, sus cuerpos estaban separados y se sentían fríos, solitarios, heridos. Uno sentado y pensativo, escribe y se lamenta y recorre con angustia los hechos que los llevaron allí enmarañándose a sí mismo. El otro entra y sale y habla y escucha y sus ojos parecen llorar rabia y su sueño es un llanto, y ya no sabe.

Su mundo encantado se ha llenado de rencores por culpas que se acusan y se apuntan y se lanzan. Ya no pueden vivir así, ya no.

La vida sigue arrogante, pateando senderos de todo tipo sin compasiones. Van y vienen. Encuentran y aprovechan. Prueban y no encuentran lo que sienten.

Hasta que en una arremetida violenta en el continente se reencuentran. La furia se estremece por sus marcas en su piel, por el color de sus cabellos, por sus manos, por otros tonos en la voz. Se hablan dulcemente casi ajenos, inseguros. Se recuerdan.

Aplacan la rabia que aún contienen y se enredan en los sueños que soñaron separados, y los que soñaron juntos también llegan. Se los cuentan suavemente. Y viene el perdón, y no viene el perdón. Y viene el amor pleno incondicional primario, y no llega.  Está manchado, está dolido, está quebrado.

Es otro amor que llega que ya tiene muro, el mismo muro ahora viejo, con líquenes y musgos, medio derrumbado. Sobre ese muro hay colgado pequeños recortes amarillentos que contienen crónicas propias, crónicas que recuerdan los dolores que no desean repetir, ni en especial olvidar. Descolgarlos sería ignorar lo que los colgó, y eso sería dejar de considerar lo pasado bajo la posibilidad de que se sucedan las mismas cosas, volver a sufrir el mismo sufrimiento en otro tiempo; y ya no quieren eso.

Sus colgajos son su protección, su escudo para defenderse de lo que sucedió que deberá ser irrepetible. El recordatorio de su rencor, de su dolor, de su herida que permanecerá abierta por orgullo, por debilidad, por pura rabia atesorada. Para que el mar arrogante no regrese hiriente, destructor, a su continente.

Pero es el mismo mar que en el acantilado es agresivo e inagotable por el acantilado mismo, y que en la playa es dócil por la misma playa en donde comprende, al fin, que lo suaviza y se adentra perdiendo fuerzas en la extensión en busca de las tierna caricias dulces de ella.

Es el momento en el que ambos, playa y mar, se comprenden cansados y  descubren una visión sublime, un espectro de ellos mismos sobre la arena de la playa a orillas del mar, cuando las olas sumisas avanzan acariciando los pies de otros enamorados que anidan ese momento, especial, inolvidable, escribiendo así sus propias proclamas de corazones enlazados para su propio cerco.

“Hijo, ese amor es mutuo e indiscutible. Podrá pasar por los terrenos más escarpados y hacernos las más profunda de las heridas, pero los rencores y los errores no podrán desolarlo: Tu Padre.”

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La penumbra de José

Retado, pero bien retado.

De esos retos que no se gritan, sólo se dicen suavemente, pero que te hacen agachar la cabeza y sonrojarte. Inapelable. Indiscutible.

Claro, entonces me regreso por aquí y me pongo a escribir junto a Ustedes, con las orejas dolidas pero con el orgullo inflado porque fue un reto de esos que te tiran de las orejas pero que terminan fortaleciendo el propio ego por la forma del reclamo. Así es mi hermano Vancho.

No me permitiría dejar de hacer referencia a Violeta, su Violeta y, ¿por qué no también, nuestra Violeta?, si, nuestra Violeta sin saberlo, siendo “nuestra” una expresión de cariño y no cuestión de propiedad.

Surgió de repente con su propia luminosidad. Madura, centrada, respetuosa, inocente, como no sabiendo que      -desde hace tiempo- la conocemos y aprendimos a quererla especialísimamente. A verla en una nube que la mece, en su estrella que la nombra sin nombre, en un temblor, detrás de alguna charla de las nuestras, en el lápiz que dibuja letras con las resonancias de sus huellas, detrás de quien maneja ese lápiz. Detrás de ese quien, iluminando.

Así asomó y está aquí. Gracias Violeta por todo,…por todo!

 

Entretanto…

¡Pero mire Don José! ¿¡Cómo alguien va a andar arrastrando una penumbra!? Solo a usted se le ocurren esas cosas. Fíjese  -y usted debe saberlo, Don José- una penumbra es una sombra débil entre la luz y la sombra. No es ni una ni otra y no son personales ya que solo existen si hay sombra y por lo tanto luz.

O sea, a ver si podemos coincidir, usted puede proyectar una sombra la que se puede extender por cualquier lugar de su cuerpo y más allá también. Para que usted pueda proyectarla debe haber alguna fuente de luz que produzca la proyección. Para poder llevar esa sombra siempre en el mismo lugar es necesario, estrictamente, que el ángulo de proyección se respete inalterablemente. Usted, que es una persona sumamente inteligente, deberá haber deducido a estas alturas que para que su sombra ande siempre por el mismo lugar –o más o menos por el mismo lugar- la fuente de luz deberá estar fijada en un punto relativo específico que implicaría que, digamos por ejemplo y ya que habló de bombillas fluorescentes, usted anda con una lámpara de bajo consumo encendida soportada sobre una extensión de su oreja derecha.

Eso haría verlo casi como un extraterrestre, pero procuremos aceptar además que una deformación de ese tipo no es ningún defecto, por el contrario, si sirve para que usted pueda llevar la lámpara montada para que le proyecte su sombra en la parte exacta que usted desea poseerla, será entonces una cosa muy útil. Así, siendo su luz suya también lo será su sombra y su penumbra.

La lámpara deberá tener una fuente de energía inagotable –supongo, para que la sombra no se diluya- por lo que necesitará andar con una batería colgando, suceso que acentuará el tedio. O bien puede ser que la lleve enchufada en algún lugar, ahí no me meto ya que espero que haga usted con lo suyo lo que usted quiera.

Todo esto me ha hecho acordar que en una oportunidad –la recuerdo muy bien por lo especial- encontré un broche en una penumbra, una fantástica joya. Estaba allí, entre luz y sombra. Era hermosa, brillaba a pesar que la luz no le daba de lleno. Dorado como el más bello dorado que usted pueda imaginarse. Con diamantes enceguecedores que me sonreían. Me miraba desde allí como que me estaba diciendo: “¡tómame! ¡quiero ser tuya!”. ¡Por supuesto que la recogí y la llevé conmigo!, imposible negarme porque ya había nacido entre nosotros ese “feeling” especial que a uno lo hace sentirse como complementado. Amor a primera vista, podría decirse.

En ese primer instante, luego de recogerla, noté que la sombra y la luz que producían la penumbra donde la encontré no se generaban por mí. En realidad no lo noté, solo que sentí esa sensación que luego, mucho tiempo después pude descifrar, lo que quizás le cuente algún día.

Bueno, le decía Don José, la llevé conmigo.

La hice mi reina y por eso me sentía yo un rey. Era un sentimiento tan noble como la nobleza de esa misma jerarquía. Parecíamos estar a tono a pesar de las diferencias que existen entre un objeto y una persona. Como si fuéramos hechos el uno para el otro. Me enamoré de esa joya. Me di cuenta que la amaba porque parecía ser la otra parte de mí que jamás encontré.

Disfrutamos juntos de tantas cosas…cosas como música, situaciones, charlas, en fin, cosas… ¡momentos!, esa es la palabra, momentos especiales y únicos, nuestros, de ambos y de cada uno en un mismo escenario íntimo en cualquier lugar.

Un día me pidió que le escribiera una carta y allí –en esa carta- fue cuando cometí un error que muy luego –tarde- caí en cuenta. La escribí con muchísimo cariño y deseo. Ese fue el error, hablada del deseo que ella me inspiraba e imaginé las cosas que juntos podríamos hacer y lo estampé así en el papel. Mientras la escribía pensaba que le estaba reflejando en mis anhelos todos mis sentimientos. Pero no, hablar de los sentimientos que inspira un deseo no es lo mismo que hablar de los deseos que inspira un sentimiento y yo –entonces- solo hablé de deseo. Quizás fue lo que sentí realmente y aún estoy confundido por mi propio orgullo. Quizás, de esa forma fue mejor.

La cosa es que mi joya, al lee la carta que creé con tanto amor, fue tomando una cierta opaques a medida que la asimilaba.

Pero fue por un solo instante, luego todo volvió a la normalidad y hasta cumplió con algunos de los deseos con los que yo soñaba. Así el tiempo pasó y seguimos disfrutando de nuestros momentos hasta que un día (otro)       –¿vio Don José, cuando uno se acostumbra a usar esos zapatos comodísimos y solo los usa y de repente se da cuenta que están descoloridos y hasta está por abrírseles un agujero debajo?- alguien comentó de lo desprolijo que era con ella.

Y la mire. La mire en detalle y –a esa altura de nuestra relación- con otros ojos. O sea, la analicé con la madurez de todo lo vivido juntos y tuve que aceptarlo, la había descuidado o –peor aún- quizás había caído inconscientemente en una ambigüedad terrible.

Todo lo que se pudo hacer después fue en vano y –claro- no vale la pena que le cuente todos los detalles…, en definitiva perdí a mi joya, y no porque la haya dejado olvidada en un cajón, sino porque simplemente no era mía y se fue, solo se fue.

Es como esa lámpara de bajo consumo que usted puede llegar a tener soportada en una extensión de su oreja derecha que a usted lo ilumina y que produce sus sombras y penumbras y que también ilumina a alguien produciendo en la otra persona otra sombra y otra penumbra que ya no es suya porque suya sea la luz que la produce. Pero ¡claro!, nadie anda con una lámpara de bajo consumo siempre encendida soportada por alguna extensión del cuerpo para que proyecte permanentemente su sombra y su penumbra.

A veces paso por el lugar donde la supe encontrar y disimuladamente miro de reojo a ver si la veo, pero, las penumbras que encuentro ya no son las de ella, la joya.

Ahora prefiero no recoger objetos que permanecen en alguna penumbra, mucho menos dejar ser elegido por ellos, los prefiero luminosos en sí mismo que proyecten mis sombras.

Y eso me gusta mucho de usted, Don José, habló de penumbra pero con luz, como siempre.

Que tenga un buen día y gracias por ayudarme en algunas reflexiones. Perdone que no lo tutee hoy, es que esta penumbra me impone respeto.

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Cielo de cometas

                         A Doña Carmen, la mamá de Jorgito; y a la vida, su madre.

Al igual que todas las mañanas al levantarse, retira el brazo que la abraza por encima de ella. Lo hace con cautela y lentitud para no despertarlo, aunque ella sabe que se despertará igual pero él hará que piense que sigue dormido.

Doña Carmen es una anciana fresca e  inquieta. Su jardín es vivo y colorido, el césped mantiene durante todos los días del año un olor a recién cortado como si fuera aroma mágico que nace por sí solo. En la casa, todo posee el aspecto de pulcritud y prolijidad usual en las personas de su edad, con flores frescas en los centros de mesas, puertas abiertas por las que el aire atraviesa la casa acompañando el corretear de su pequeño nieto, ventanas luminosas con cortinas de hilo de algodón tejidas en crochet, muebles que crujen siempre, nidos en la galería con los pichones de las ratoneras piando incansables y el radio a válvulas encendida durante todo el día sintonizando una estación en especial, por pura costumbre.

Enviudó hace más de treinta años y desde entonces vivió solita hasta hace tres años, cuando el destino quiso que encontrara a un ser especialísimo con el que se casó a pesar de todas las opiniones adversas que recibiera de parte de sus parientes y amistades sinceras.

Casi podría decirse que posee una salud inquebrantable que parece nacer de la energía que emana de ella. Es algo raro verla quieta. En su andar se bambolea como cualquier otra anciana con la diferencia que parece ir bailando una danza que disfruta. Va acariciando paredes, columnas y arboles como si aún fuera un juego de niños, pero no lo es; son sus manos que van atrapando las texturas de las cosas para su disfrutar íntimo y secreto. Quién sabe qué sensaciones recrea en ese placer. Su voz es agudísima y duelen los oídos al ser escuchada. Habla mucho, muchísimo, como si todo el día estuviese concentrado en ese sólo momento de conversación, obligada a contarlo todo. Nada la detiene y todo lo cuenta sin importar consecuencia ni opinión.

Se jacta orgullosamente de sus hijos y de su primer marido al que jamás deja de nombrar, que se encuentra permanentemente en sus recuerdos; aquel período de su vida es su referente inolvidable.

Sus nietos ya son grandes con excepción de Julián, está por cumplir los siete años y le dedican toda su atención junto a Don Tito, su actual esposo. Lo consienten sin medida a pesar de las rabietas de sus padres que, como es normal, se quejan que lo malcrían demasiado con tanto cariño.

Carmen y Tito se divierten paseando de las manos a Julián por las veredas. Pega saltos con lo que ellos se esfuerzan para que se eleve hasta donde puedan hacerlo elevar, y gritan con él, y lo incentivan al próximo. Les retuerce las manos con sus piruetas. Juntos, le enseñaron a andar en bicicleta y a atarse los cordones. A usar diestramente los cubiertos y a limpiarse la boca antes de tomar del vaso. A lavarse los dientes, a sumar, a restar, a saludarlos en las noches y mañanas que se queda a dormir con ellos.

Tito, que es poco mayor que Carmen, juega a la pelota con él  mientras ella prepara el almuerzo. A veces la pelota rompe una maseta y ambos se agarran la cabeza, se tapan la cara, hacen una mueca de grito en silencio tapándose las bocas con las manos para luego acordar en complicidad qué hacer para que la abuela no se enoje.

-¡Rompimos una maseta, nos van a retar!- Dice Tito en voz baja sabiendo para sí que Carmen no lo hará.

-¡La abuela se va a enojar, Tito!- Le susurra Julián casi al oído.

-¿Y ahora qué hacemos?

-No sé, la podemos poner dentro de una bolsa y la tiramos.

-¿Te parece?…

-Mejor la escondemos detrás del ligustrino.

-Creo que Carmen se va a dar cuenta, ¿tú qué crees?

-¡Ay, sí! Entonces mejor le decimos aunque se enoje.

-Sí, creo que mejor es no mentirle… Pero ¿qué podemos hacer para que no se enoje?

-¡Le regalamos unas flores y le damos muchos besos!

-Puede ser, pero la planta se puede morir si la dejamos ahí, y además la tierra desparramada…

-¡La plantamos contra el muro!

-¡Ah! ¿Sabes? Creo que hay otra maseta en el galponcito.

-¡Vamos!

Carmen sale entonces desde la cocina. A pesar de haber observado todo lo sucedido se muestra ignorante y escucha pacientemente el relato del nieto a la vez que inspecciona la nueva maseta y el estado de la planta. Con nueva voz dulce y suave perdona a Juan mientras le tiende la mano, al tiempo que toma del brazo a Tito y los invita a almorzar.

-¡Pero no lo vuelvan a hacer, tengan más cuidado!- Sentencia, ya con su voz de siempre.

El día de cobrar las jubilaciones, los tres se fueron de paseo al centro de la ciudad a conseguir una cometa de esas de payaso que Julián quería. Había tantas y de tan variados tamaños y colores que Julián quedó encantado a tal punto que ya no sabía cual elegir. Se decidió por una octogonal con muchísimos flecos, colores y también muy cara, lo que no les importó demasiado a los ancianos.

La remontaron esa misma mañana en el parque con poco viento. Carmen la sostenía en lo alto mientras Tito le mostraba a Juan cómo debía correr a la vez que largaba piola. Corrieron juntos con risas y gritos hasta que se quedaban sin espacio, entonces Tito le mostraba cómo debía tirar de la piola y aflojarla. Lo hicieron decenas de veces pero la cometa se balanceaba hacia un lado y hacia el otro y caía pesadamente. A Juan le dolía en cada caída porque no quería que se rompiese. Le colocaron más cola y por fin la cometa comenzó a subir majestuosa. A medida que iba subiendo, el rostro de Julián y la sonrisa de Tito se parecían mimetizar encantadamente bajo la mirada de Carmen. Aplaudía y daba pequeños saltitos de alegría. Se sintió completa.

Había cientos de cometas en el cielo del parque pero para ellos era la mejor y la más alta. Se turnaban en sostenerla y en largarle un poquito más de piola hasta que se quedaron sin ella; entre tanto, los abuelos le contaban a Julián las historias más fantásticas de otras cometas no tan grandes, lindas y altas como esa.

Esa noche Julián durmió con ella entre sus brazos, sumamente cansado y satisfecho. Fue ángel y nube, tocó el cielo con las manos, estuvo cerca de los aviones que pasaban y saludó a las personas que veía por sus ventanillas. Sorteando barriletes, paseó en el carruaje conducido por Tito, sentado junto a la abuela Carmen, su princesa, y tirado por cientos de golondrinas chirriando sórdidamente. Sintiendo el vértigo placentero en su estómago arrancándole sonrisas.

Para Carmen y para Tito fue el tema del resto del día. Lo contaron en el barrio con todos los detalles exagerados, salieron especialmente a eso. Al acostarse y antes de apagar la luz y del beso habitual, lo siguieron comentando largamente, felices, conformes. Carmen soñó con su madre y Tito con un cielo de cometas, risas de niños y ecos de aplausos interminables.

Hoy he visto a Carmen y a Julián que están sentados en un banco de la plaza. Él juntó un manojo de piedritas e intenta pegarles con saña a las palomas. Carmen no lo observa.

El viernes anterior, al igual que lo hacía todas las mañanas al levantarse, retiró el brazo de Tito que la abrazaba por encima de ella. Le sintió sus rodillas frías y pensó que se había destapado. Con cautela y lentitud para no despertarlo, al taparlo con la manta descubre el color obscuro del derrame en su pecho.

Lo acomodó hacia arriba y se sentó junto a él en silencio a memorizar la sonrisa con la que ésta vez sí estaba dormido mecido en su cielo.

 

Posdata:

Agradezco de corazón a Júdith, Karla, José, Joise y Vancho por los comentarios que hiciesen en la entrada anterior. Les pido disculpas por no haber logrado espacios para responderles.

Serie de relatos de personajes

Incomprendido corazón

Ya lo he cagado a trompadas más de cien mil veces pero no aprende. Es débil y yo fuerte, es blando y yo durísimo. Siempre le gano. Es más, apenas atina a tirar algún golpe que jamás acierta. Es un pánfilo.

Y no aprende, che!!

Hasta, luego de sopapearlo bien de bien, de darle de coscorrones hasta el cansancio, lo llevo hasta el sótano y lo encierro allí durante semanas.  Lo llevo a las patadas por supuesto. Rebotando y escupiendo sangre para todos lados.

Es flor de mongólico, ¡no aprende! Ya estoy cansado de tanto pegarle duro. Ya ni ganas me da. Si no asimila!!  Para qué seguir…

Igual, de todas formas, sea como sea lo trato de malos modos. Como para que sepa que ha estado haciendo cagadas y no me las voy con ellas. Ya no puedo confiar en él.

 

¡Pero mire lo que hace!

No me deja tomar un rumbo que en un instante, con cualquier dulzura, me enlaza en cabos y luego… ¡claro! ¡el que tiene el trabajo de desatarlos soy yo! Y él ahí ¡inconsciente! …disimula, mira para otro lado y solo se lamenta de la macana que se mandó. Para colmo, después no se olvida e insiste dale que te dale con que sería bueno o con que estaría bien o con que necesito o con que es importante… ¡No! ¡No! ¡Que no! ¡Le tengo que gritar!;…parezco un desquiciado.

Salgo sin él  y es lo mismo que saliera con él. ¡Qué digo!! Mejor salir sin él, me siento más protegido!! Es decir, no me siento tan débil. Más sereno, más cabal, más sensato. Puedo mirar y calcular sin temor a equivocarme. Así ya no tengo seducciones de ningún tipo porque las intuyo y me permito medirlas,… esquivarlas.

Les aseguro que la vida así es más simple.

Las pocas veces que hace las cosas bien -digamos se porta bien y no me complica- entonces, lo acomodo en mi pecho y salgo con él, es decir: salimos juntos. Es que me da lástima y no es posible que tenga que terminar saliendo siempre solo, no es usual. Todos preguntan, todos te miran extrañados de que no lo llevo, eso es muy molesto. Actualmente son pocas esas veces que me acompaña porque hace sentirme sumamente vulnerable llevándolo.

 

¡Pero mire lo que hace ahora!

Ahora se le ha dado por otra cosa. Como me he cansado de castigarlo -ya ni me va ni me viene-  lo dejo hacer lo que se le cante mientras no me moleste; el muy incoherente en vez de rajarse, ¡se queda! en vez de buscar otro lugar donde lo consientan, ¡peor! ¡se queda aquí a mi lado! y ¡se me pega al lado! ¡Cosa que no me gusta!!¡Odio que me manosee como si fuera un gurí chico! ¡Porqué no se va de una vez por todas!

 

Al principio siempre juntos. Luego, cuando empecé a darme cuenta de lo mal que le estaba haciendo a mi vida, de a poco lo fui dejando de lado pero como insistía en venir lo amenazaba que lo iba a castigar si hacía una de las suyas. Al final tenía que cumplir las amenazas porque él no respetaba los términos. En la primera de cambio se le ocurre alguna cosa rara y ¡no lo voy a andar trompeando en la calle!, delante de la gente. Me callo y le sigo la corriente pero él sabe que me chivo y siempre todo termina mal para él,… puede que para mí también.

 

Ya ni salgo para no tener que llevarlo.

Sé que lo hace a propósito por eso se merece lo que tiene. De última, no puedo dejar de pensar en él. Si aunque sea, sirve para bombear sangre…

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Hoy por Morita

Reabro hoy este sitio para expresarme y que Ustedes -mis hermanos- también lo puedan hacer y así acompañar a Mora, nuestra Mora, por el fallecimiento de su querida Madre.

Pocas son las palabras que se pueden decir en un momento como éste. Siempre pensé que la mejor manera es estar, acompañar, al menos eso es lo que yo sé hacer.

Pero no puedo más que con mi corazón, sintiendo también su dolor. Llorando también sus lágrimas. Haciendo lo que nosotros hemos demostrado saber hacer: estar con el alma.

Morita, yo, nosotros, contigo.

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Guerras propias

Desconsolada melancolía la de aquella nostalgia de los bienes del alma extraviados en los pasillos de la memoria cuando regresan al ahora mediante una sensación cualquiera demostrando la implacable relatividad de la vida.

José supo decir antaño: “Vivimos en lo relativo que está implícito en todos nuestros pensamientos, aunque nos aferremos, por pura desesperación, a absolutos ilusorios, insustanciales, que son un equilibrio inestable, a la espera de cualquier empujón.”

Venimos de un mundo verdadero y palpable que alimenta las nostalgias del hoy, y vamos hacia un mundo de sueños donde lo más tangible es la película que se vio anoche, o aquel almanaque, o aquella historia que escuchamos. El común: el sueño, el deseo, no la fantasía del revivir.

Hasta que un día alguien, con su propio sueño, con su propio deseo, con su propia desazón, con su propia convicción, decide disparar a matar.

Aquel chamán que vivió siglos aprendiendo las particularidades de la naturaleza y del comportamiento humano de su gente, aplicando sus bondades para el bien de su pueblo, con objetivos espirituales fundados en el bien común interpretado simplemente así; ya no puede liderar cuando su mundo se expande hacia el infinito universal. Aquí ya no es suficiente lo que aprendió. Aquí ya no es suficiente lo que ofrece.

Aquí, cualquier hacedor de sueños triviales que prometa facilidades y comodidad es dueño de la próxima guerra.

Me hace muy feliz ver cómo, a pesar que no estoy pasándoles el avisito de las entradas, vienen a acompañarme. Vale mucho. Les quiero regalar hoy este poema de Pablo Neruda que se llama “La Puerta”.

 

Que siglo permanente!

 

Preguntamos:

Cuando caerá? Cuando se irá de bruces

al compacto, al vacio?

A la revolución idolatrada?

O a la definitiva

Mentira patriarcal?

Pero lo cierto

es que no lo vivimos

de tanto que queríamos vivirlo.

 

Siempre fue una agonía;

siempre estaba muriéndose;

amanecía con luz y en la noche era sangre;

llovía en la mañana, por las tardes lloraba.

 

Los novios encontraron

que la torta nupcial tenía heridas

como una operación de apendicitis.

 

Subían hombres cósmicos

por una escala de fuego

y cuando ya tocábamos

los pies de la verdad

ésta se había marchado a otro planeta.

 

Y nos miramos unos a otros con odio;

los capitalistas más severos no sabían que hacer;

se habían fatigado del dinero

porque el dinero estaba fatigado

y partían los aviones vacíos.

Aún no llegaron los nuevos pasajeros.

 

Todos estábamos esperando

como en las estaciones de las noches de invierno;

esperábamos la paz

y llegaba la guerra.

 

Nadie quería decir nada; todos

tenían miedo de comprometerse;

de un hombre a otro se agravó la distancia

y se hicieron tan diferentes los idiomas

que terminaron por callarse todos

o por hablarse todos a la vez.

 

Sólo los perros siguieron ladrando

en la noche silvestre de las naciones pobres.

Y una mitad del siglo fue silencio;

la otra mitad los perros que ladraban

en la noche silvestre.

 

No se caía el diente amargo.

 

Siguió crucificándonos.

 

Nos abría una puerta, nos seguía

con una cola de cometa de oro,

nos cerraba una puerta, nos pegaba

en el vientre con una culata,

nos libertaba un preso y cuando

lo levantábamos sobre los hombros

se tragaba un millón el calabozo,

otro millón salía desterrado,

luego un millón entraba por un horno

y se convertía en ceniza.

 

Yo estoy en la puerta partiendo

y recibiendo a los que llegan.

 

Cuando cayó la Bomba

(hombre, insectos, peces calcinados)

pensamos irnos con el atadito,

cambiar de astro y de raza.

Quisimos ser caballos, inocentes caballos.

Queríamos irnos de aquí.

Lejos de aquí, más lejos.

 

No sólo por el exterminio,

no sólo se trataba de morir

(fue el miedo nuestro pan de cada día)

sino que con dos pies ya no podíamos

caminar. Era grave

esta vergüenza

de ser hombres

iguales

al desintegrador y al calcinado.

 

Y otra vez, otra vez.

Hasta cuando otra vez?

 

Ya parecía limpia la aurora

con tanto olvido con que la limpiamos

cuando matando aquí matando allá,

continuaron absortos

los países

fabricando amenazas y guardándolas

en el almacén de la muerte.

 

Sí, se ha resuelto, gracias:

nos queda la esperanza.

 

Por eso, en la puerta, espero

a los que llegan a este fin de fiesta:

a este fin de mundo.

 

Entro con ellos pase lo que pase.

 

Me voy con los que parten

y regreso.

 

Mi deber es vivir, morir, vivir.

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Dónde estás

SÉ QUE PIENSO DEMASIADO,
PERO NO ME ESTÁ AYUDANDO,
SINO QUE HACE QUE TODO SE PONGA PEOR
MIENTRAS MÁS PIENSO,
MIENTRAS MÁS SÉ
MÁS SIENTO COMO ME HIERE
CON LA ÚNICA CONDICIÓN DE QUE ME VEAS COMO AMIGO
OH, ¿DÓNDE ESTÁS?
¿DÓNDE ESTÁS? ¿DÓNDE ESTÁS?
SEGURAMENTE ELLA SE SIENTA SOLA
MIRANDO HACIA LA TORMENTA,
EN FRENTE DE LA FURIOSA TORMENTA DEL MAR
ELLA SABE QUE LA DESEO
Y SABE QUE SIEMPRE ESTARÉ…
CÓMO PUEDO VIVIR CON EL AMOR QUE NO SOY CAPAZ DE VER
OH, ¿DÓNDE ESTÁS?
¿DÓNDE ESTÁS?
¿DÓNDE ESTÁS?
OHHH
SÉ QUE HAY ALGUIEN AHÍ
SIENTO SU ALIENTO
DETRÁS DEL SILENCIO DE LA OSCURIDAD,
PERO SÉ QUE NO VERÉ NADA
HASTA QUE ABRAMOS JUNTOS NUESTROS OJOS
Y ELLA ME VERÁ A MÍ
¡Y QUÉ MOMENTO SERÁ ESE!
Y ELLA SE VE TAN LIVIANA
PODRÍA VOLAR CON ELLA POR LA NOCHE
OHHH
SÉ QUE PIENSO DEMASIADO
Y QUE ESO NO AYUDA MUCHO
SÓLO CUENTA PARA DEMOSTRAR
QUE NUNCA SE SIENTE NOSTALGIA
POR LO QUE NO CONOCES.
PERO TE HE AMADO DESDE EL MOMENTO EN QUE NOS CONOCIMOS.
OH, TE AMO,
YO TE AMO,
PERO… ¿DÓNDE ESTÁS?

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Mario y Pablo

Hacia el fin del mundo, entre preguntas al azar

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Viajo como los nómades

pero con una diferencia

carezco totalmente

de vocación viajera

 

sé que el mundo es espléndido

y brutal

 

viajo como la naves migratorias

pero con una diferencia

nunca puedo arrancarme

del invierno

MB

————————————————————————————

Yo pienso darles esperanzas,

dejarlos que acerquen las manos

al ataúd, hacerme el muerto,

y cuando las lagrimas salgan

se sus ojos de cocodrilo

resucitar cantando el canto,

el mismo canto que canté:

el que voy a seguir cantando

hasta que estos hijos de puta

resuelvan darse por vencidos

y acepten lo que se merecen:

un cementerio de papel.

PN

 ———————————————————————————-

La soledad

 

Cuando llega la soledad

y tú no estás acostumbrado

se destapan cosas cerradas,

baúles que creías muerto,

frascos que asumen la advertencia

de una invariable calavera,

se abren algunas cerraduras,

se destapan ollas del alma.

 

Pero no nos gusta saber,

no amamos los descubrimiento

de nuestra vieja identidad,

encontrar al irreductible

que estaba adentro, agazapado,

esperando con un espejo.

Es mucho mejor ir al cine

o conversar con las mujeres

o leer la historia de Egipto,

o estimular la complacencia,

la numismática o la iglesia.

 

Los que se dedican a Dios

de cuando en cuando, están salvados.

Llenos de ungüento medieval

regresan a sus oficinas

o se dan un soplo de invierno

o usan dentífrico divino.

 

Los que no queremos a Dios

desde que Dios no quiere a nadie,

llegamos al campo, temprano,

a Rumay, junto a Melipilla,

y nos pensamos lentamente,

nos rechazamos con fervor,

con paciencia nos desunimos

y nos juntamos otra vez

para seguir siendo los mismos.

PN

———————————————————————————–

 

Esta es mi casa

 

No cabe duda    esta es mi casa

Aquí revivo    aquí sucedo

ésta es mi casa detenida

en un capítulo del tiempo

 

llega el otoño y me defiende

la primavera y me condena

mis pobres huéspedes se ríen

copulan duermen comen juegan

 

llega el invierno y me marchita

llega el verano y me renueva

mis pobres huéspedes retozan

discuten bailan lloran tiemblan

 

junto a mi casa se detienen

los perros y los campanarios

y sin embargo las palmeras

saludan y pasan de largo

 

ésta es m casa transparente

aquí me espera la almohada

aquí me encuentro con mis señas

con mi memoria y mis alarmas

 

ésta es mi casa con mi gente

con mis pasados y mis cosas

mis garabatos y mi fuego

mis sobresaltos y mi sombra

 

no cabe duda    ésta es mi cas

la reconozco lentamente

por los sabores en el humo

y por el tacto en las paredes

 

por mi cansancio arrepentido

y mis descansos a deshoras

la ceremonia de las luces

y el comentario de las moscas

 

ésta es mi casa o mi región

o el laberinto de mi patria

pero me gusta repetir

no cabe duda    ésta es mi casa

MB

———————————————————————————- 

Hagamos un trato

 

“…pero hagamos un trato

nada definitivo

yo quiero contar con usted    es tan lindo

saber que usted existe

uno se siente vivo

 

quiero decir contar

hasta dos hasta cinco

no ya para que acuda

presurosa en mi auxilio

 

sino para saber

y así quedar tranquilo

que usted sabe que puede

contar conmigo.”

MB

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