Kao Joi Lin

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Calígula de Camus en América Latina

Desde temprana edad tuve la inquietud de investigar acerca de las causas de las miserias que agobiaban a la especie dominante – a la humanidad– sobre la tierra. De esto tuve al principio una sensación de: terror, indignación, angustia, desconsuelo. Dicho de otro modo, toda una gama de sentimientos que me hacían sentir la más profundas de las incertidumbres respecto a que podría haber desatado tanta maldad, representada por: guerras, hambrunas, epidemias, ignorancia. En resumidas cuentas, miseria y pobreza.

Ahora, después de haber pasado más de 40 años, el sentimiento que me afecta es tristeza total, forjada, en el marco de la impotencia y la frustración de no haber podido observar ningún cambio, en la conducta humana. Aun sabiendo, tanto el mundo como yo, que toda esa maldad es producto de la inconciencia psíquica del mundo representada por la maldad con voluntad de poder, lo dionisiaco del hombre (Nietzsche) y alimentada por la inmensa ignorancia que ostentan o padecen las masas populares –anárquicas- que no quieren ser de otra forma (Ortega y Gasset) o del populacho irreverente, sumiso y conformista (Hannah Arendt) a las cuales los profetas de la globalización han determinado como la base de su sistema para mantenerse en el poder (Socialismo).

Cuando leí Calígula, de Albert Camus, sentí una sensación de desprecio por tan malvado personaje, sin embargo, después, pasados algunos años he visto en la obra de Camus la representación del narcisismo dañino, que genera o hace aflorar en el individuo; el poder. Dicho de otro modo, ostentar y gozar del poder absoluto o despótico (dictadura del proletariado), como lo plantea erróneamente Marx en su discurso de introducción del “Manifiesto Comunista” de 1848 (Bruselas).

Eso no ha sido, de lógica, la inspiración de Kim Jon un en Corea del norte, ni de Fidel Castro en Cuba –por supuesto– como tampoco lo ha sido Platón o Aristóteles con sus planteamientos filosóficos de ética y belleza, sino la versión más macabra de un eclecticismo absurdo de la utopía socialista combinada con el absolutismo principesco de Maquiavelo, el nacionalismo cruel de la razia hitleriana y el fascismo de Mussolini. Solapados todos, con un populismo propagandístico –goebbeliano– dizque democrático (poder popular) donde, quien menos delibera o es tomado en cuenta; es el pueblo. Sin embargo, es quien, en vez, sufre: sangre, sudor y lágrimas como lacayos o ciervos de un poder Feudal.

A este género de conducta gubernamental y/o desgobierno Camus determina como “totalitarismo”. O sea, para el filósofo, es un régimen –y no sistema político– identificado con el poder absoluto al que Julio Ramón Ribeyro afirma –a favor del filósofo– como una verdad profetizada hacia estos tiempos aciagos respecto a su crítica en contra de Jean Paul Sartre, cito:

“La historia le había dado la razón, tanto en su polémica frente a Sartre como en su combate contra los totalitarismos, consciente de que la verdad es la verdad con independencia de si la defiende la derecha o la izquierda.”

Ribeyro, dice de Camus, que el origen de su hedonismo positivista –más heurística– deviene de su origen “desposeído” y la fortuna de su voluntad de crecimiento tanto espiritual como intelectual. No obstante, su innecesaria humildad bien administrada la consolida saber de su origen en si, por ello, al contrario que otros, anteponía la verdad a la tribu, tanto que afirmó que sería de derechas si creyera que la derecha estaba en lo cierto. Porque, al contrario que otros intelectuales, educados en las escuelas más elitistas de París, él era un provinciano, hijo de una madre analfabeta y de un soldado muerto durante la Primera Guerra Mundial.

“un cierto número de años vividos sin dinero bastan para crear toda una sensibilidad”. (A. Camus)

Camus consideraba a su obra Calígula, uno de sus “absurdos”. Le denominaba así porque versaba sobre el absurdo de la existencia humana. Este planteamiento filosófico estaba íntimamente vinculado al contexto político, un momento en el que Francia aún no se había liberado del yugo nazi. Para la tal situación, bastante calamitosa, favorecía la aparición de reflexiones que incidieran en la falta de sentido de la vida.
Aun cuando quería que la justicia diera sus frutos a favor del verdadero inocente y en contra del verdadero culpable, por lo tanto, no comulgaba con juicios sumarios y se pronunció a favor de la clemencia y, se oponía, simplemente porque estaba en contra de la pena de muerte. Concebía que, por grave que fuera el crimen cometido, nada justificaba un asesinato bajo el patrocinio del Estado. Por este y otros gestos, la izquierda terminaría atacándole acusándole de mostrar cierta comprensión por un resistente que había hablado bajo tortura. Así también para su enemigo intelectual, Sartre y su amante Simone de Beauvoir, no estaba claro que el bien común no justificara, en determinadas circunstancias, una medida extrema. Por eso mismo, ellos no se hubieran apiadado de Luis XVI.

“Camus, en cambio, provocaría un escándalo al criticar a la Revolución por ejecutar a un “hombre débil y bueno” (J.R. Riveyro)

Contra la demagogia Camus se interroga: ¿Acaso los políticos no acostumbran a decir una cosa en la oposición y otra en el gobierno? Ante una catástrofe de proporciones inimaginables, los seres humanos –el populacho, la masa, el soberano- acostumbran a no creer en su realidad porque no encuentran otro modo de asimilarla. En consecuencia, no toman las medidas que serían necesarias para atajar el desastre. Esto es precisamente lo que genera la ignorancia política, caso y cosa que aprovechan los totalitaristas para engañar a quienes tienen el infortunio de escuchar sus ponencias y, creerlas, de ello deviene la sumisión y el conformismo producto de la represión inminente a causa de las protestas, lo cual es el peor de los miedos que estos regímenes padecen, pensando en la pérdida del poder, por ello se arman, se convierten en los salvadores del pueblo ante un enemigo que si no existe le inventan. Su mejor arma es el terror, el hambre, y la miseria su herramienta, la propaganda, el juicioso sumario, el control alimentario, el control de cambio monetario para evitar el comercio a particulares con el exterior, y la creación de un mercado que con el concurso del elemento mediático que les proporciona una estrategia de cambio totalmente asimétrica en las transacciones y totalmente a su favor. Una receta cruel como le plantea Guaicaipuro Lameda a Giordani en el gobierno de H. Chñavez. Esto, ha sucedido en América latina, y aun, sucede actualmente. El peor ejemplo: “Venezuela”

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