Kao Joi Lin

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Tenemos patria

Ojalá al pueblo de Argentina no les pase lo que estamos sufriendo en Venezuela

http://www.laverdad.com/opinion/23-opinion-politica/45586-tenemos-patriaa.html

Vivir la pobreza.

La soledad, y polvo, es lo que se siente y se respira en un barrio de mi tierra: Brisas del Lago, es su nombre, una ranchería donde habitan 200 familias que viven en invasiones de terrenos promovidas por los politiqueros de oficio y con la anuencia del gobierno felón en el marco del sofisma socialista que promueven como régimen y no como fórmula política para solucionar la precaria vida del marginal del municipio San Francisco en mi ciudad, Maracaibo.

Se bautizó como Brisas del Lago, pero sus desoladas calles, sus pozos sépticos improvisados, los pisos de tierra y los niños preñados de lombrices no dejan duda de que de todo el petróleo que guarda el Lago de Maracaibo (considerado una de las mayores reservas de Latinoamérica y el mundo), al barrio sólo llega eso… las brisas del Lago. Impera la carencia: la luz, el pavimento, las paredes de bloques y el agua potable son una rareza, un excepcional lujo. Para entender este drama hay que vivir en la piel de un habitante de estos lares (ser invasor) padecer sus vivencias y sentimientos medir sus avatares. La tarea no es difícil, porque así son los desposeídos: fáciles para aceptar a un nuevo miembro, son solidarios hasta el tuétano, hasta el punto de compartir, incluso, lo que no tienen. El agua la provee un camión que pasa a diario y, por dos bolívares fuertes, llena cada pipote. El gas es de cilindro para el que tiene cocina, para quien no, está el fogón y la leña. Otro camión vende hielo. Por 2,5 Bs. F dan un molde que la mayoría tritura y mete en filtros con el objeto de darse el pequeño lujo del agua fría.

Todas las  noches, principalmente los fines de semana, las disputas por droga, botines se resuelven a tiros, también se presentan enfrentamientos de la policía con atracadores que van a “enconcharse” (esconderse) al barrio. Igualmente dormir bajo las latas de zinc calentadas durante el día es una tortura. El aire del ventilador -si es que hay- se convierte en  vapor puro y los Zancudos  no hacen mejor el sueño. Los ruidos hacen la mejor compañía toda la noche. Carros, pisadas y disparos hacen el momento una verdadera pesadilla. A veces  no se sabe si los ruidos eran de verdad o producto del temor.

El desayuno (si hay) quizá es la única comida del día  y, precisamente, arepa con queso, asadas en paila es un manjar  en un ambiente que no superaría el mas mínimo examen de seguridad alimentaria, moscas rondando las pailas, pesgostes de grasa “decorando” la cocina, etc. Ya que no hay agua corriente, bañarse resulta una odisea. El método rudimentario para el aseo, causa más angustia, que el agua sucia que del baño emana, rumbo a un hueco en el frente de la casa donde  niños juegan a su alrededor y los grandes emplean el fluido para chispear  o regarel patio con la finalidad de que la tierra se humedezca y el viento no la levante el polvo fácilmente.

Los niños desobedientes y mal criados, después del baño,  ignoran las advertencias y negativas de los padres y frente a todos, dejan sus desechos orgánicos. Luego las madres resignadas, con una pala le recogen y,  aquí ¡no ha pasado nada! La imagen de los niños es una piel amarilla y la barriga grande. Se revuelcan en la tierra como unos animalitos; como los perros batallan con la tierra. Sus perros, garrapatosos y hambrientos (flacos en exceso). Los niños no reparan -tácito- en carencias, son alegres, se ríen, se abrazan e invitan a otros pequeños a ver películas clonadas, una y otra vez todos los días la misma, ej. La Sirenita. El almuerzo, si hay, peor que el desayuno; una pasta pegajosa con trozos de tomate y queso rallado se ofrece con un gusto ingenuo y de complacencia; considerando matar el hambre que es su principal objeto cotidiano, seguros de que mas adelante, posiblemente no habrá otra cosa que comer.

Una mesa de plástico, que un día debió ser blanca se prepara para empezar una rutina, algo de lo que hace una mujer en la invasión, después de los oficios de la casa;  jugar y, hablar de hombres e hijos. La camaradería se nota en un ameno y catártico juego de naipes por las tardes. La ganadora de las pequeñas cantidades que pierden otras, se dirige inmediatamente como en una promesa,  a que el bodeguero de la invasión, donde compra un muslo de pollo, que, por pequeño que sea, es la salvación de la cena, unas mechas de pollo guisado son un suculento regalo. En el barrio Todo el mundo tiene motivos para deprimirse, y las esperanzas se guardan bajo esos techos calientados por el sol desde hace cuatro años cuando comenzaron a levantarse los ranchos, ante la mirada cautelosa de los poblados vecinos y con la constante amenaza de que un camión anti motín vendría a derrumbarlos. Por otro lado muchas de esas mujeres han sido víctimas de violaciones  por lo cual se hacen desconfiadas incluso de sus maridos al tener hijas de  hombres anteriores. El temor, un padrastro borracho y perverso que haga padecer el terror que en su infancia ellas padecieron hasta liberarse y huir para quedar abandonadas o recogidas por familiares que les tratarían como esclavas y no como parientes, para luego en ultimas, caer en un concubinato y terminar su infancia como niñas criando niños.

Los hombres y las mujeres en el barrio conforman dos universos completamente distintos. Las primeras, alegres, habladoras y compartidoras. Los segundos, callados, serios y recelosos. La mayoría de las mujeres del barrio -con pocas excepciones- no tienen más oficio que el cuidado del hogar. Su único trabajo es que el hombre consiga la casa limpia y los muchachos completos. Ellas cumplen y, a cambio, sólo esperan fidelidad y “los cobres” de la comida. Los hombres pueden ser de todo, desde trabajadores artesanales hasta delincuentes, lo que importa es lo que ellas esperan todos los días.

Os ama

Joise

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Comentarios

2 respuestas a “Tenemos patria”
  1. Jose Itriago dice:

    Copio dos estrofas de “La Hilandera” de Andrés Eloy Blanco.

    Dijo el hombre a la hilandera:
    a la puerta de su casa:
    —Hilandera, estoy cansado,
    dejé la piel en las zarzas,
    tengo sangradas las manos,
    tengo sangradas las plantas,
    en cada piedra caliente
    dejé un retazo del alma,
    tengo hambre, tengo fiebre,
    tengo sed… la vida es mala…
    y contestó la hilandera:
                                          —Pasa.
    Dijo el hombre a la hilandera
    en el patio de su casa:
    —Hilandera estoy cansado,
    tengo sed, la vida es mala;
    ya no me queda una senda
    donde no encuentre una zarza.
    Hila una venda, hilandera,
    hila una venda tan larga
    que no te quede más lino;
    ponme la venda en la cara,
    cúbreme tanto los ojos
    que ya no pueda ver nada,
    que no se vea en la noche
    ni un rayo de vida mala.
    Y contestó la hilandera:
                                          —Aguarda.

    Este poema de Andrés Eloy termina cuando ve nuevamente el mundo a través de las lágrimas:

    ¡te estoy mirando a la cara!
    ¡Qué bien se ve todo el mundo
    por el cristal de las lágrimas!
    Etc.

    Esa triste realidad, la de Brisas del Lago, es nuestra América. Naturalmente, aquí destaca la contradicción entre tan bello nombre (hay un vals famoso con que se llama Brisas del Zulia, estado donde se encuentra el Lago que cita Joise) y la cotidianidad de la tragedia. Es mucho, a veces demasiado, llegar vivo a la casa en Brisas del Lago. Pero como la desgracia es tan común, parece perder trascendencia. Nos hacemos inmunes a la inseguridad, las penurias, las enfermedades. Las vemos llegar y tocar a nuestro núcleo, a nuestros maridos, mujeres, hijos, a quienes lloramos, claro, pero con la aceptación de lo irremediable. En cada piedra caliente se deja un retazo del alma. ¿cuántos retazos le quedarán a las nuestras?

  2. linda verlliui dice:

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