Kao Joi Lin

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Archivo de Marzo, 2013

La Mujer ¡para mí! Y su detracción por Cicerón en carta a Ático

No ha y elogio suficiente y especifico, ni necesario para ponderar la esencia de la mujer,  pues la naturaleza de su ser es suficiente para auto-vindicarse y presentarse ante el mundo como parte universal y necesaria para la vida del individuo humano. Es pues para mi hermoso que tratando de demostrar un reconocimiento; el mundo civilizado le dedique un día a la mujer. No obstante, aunque tácito su valor, no creo que algún ser humano tenga la suficiente autoridad para bendecirla y elogiarla, mucho menos entronizarla, sino Dios, el creador.

Un valor no mensurable se podría señalar, como elogio. Empero la palabra no debería ser suficiente, sino aunado el acto y la consecuencia siempre benévola y considerada en función de solventar el mínimo esfuerzo de ese ser, la mujer, para mantenerse sana y fuerte, tanto sicológica y fisiológicamente “solo por el hecho” de potencial madre.

Pues bien, la mujer, la verdad profunda, la potencial madre, en comunión de género, considérese –más  que elogiada con  cualquier sujeto estético como adjetivo- la verdad absoluta respecto a la concepción en comunión de pareja, para mantener en el Universo la vida humana. Una verdad absoluta y necesaria en el Universo llamado Tierra.

La detracción

Carta de Cicerón a Ático  en Grecia 45 A.C

Extraído de: Los Idus de Marzo de Thorton Wilde

“Un matrimonio entre ciento es feliz, amigo mío. Ésa es una de las cosas que todos saben y que nadie dice. No hay que asombrarse, por tanto, de que el matrimonio feliz sea ampliamente celebrado, porque lo excepcional es lo que hace las noticias. Mas es parte de la locura de nuestro género humano que siempre nos sintamos tentados a elevar excepción a la categoría de norma. Nos atrae la excepción, porque todo hombre piensa que él es excepcional; y nuestros jóvenes, varones y mujeres, se lanzan al matrimonio convencidos de que de cada ciento, noventa y nueve son felices y uno infeliz o de que ellos están destinados a la felicidad excepcional.”

Dada la naturaleza de las mujeres y la naturaleza, de la pasión que impulsa a juntarse a hombres y mujeres, ¿qué probabilidad tiene el matrimonio de ser más feliz que los tormentos combinados de Sísifo y Tántalo?

Mediante el matrimonio, ponemos en manos de las mujeres el gobierno de nuestro hogar, gobierno que ellas prontamente extienden, hasta donde son capaces, a un interés en todos nuestros bienes. Crían a nuestros hijos y, por consiguiente, adquieren una parte en la disposición de los asuntos de los niños cuando ya han adquirido ellos la madurez. En todas estas materias persiguen fines totalmente opuestos a los que un hombre se propone. La mujer no desea más que el calor del hogar y el amparo de un techo. Viven en el temor de la catástrofe y ninguna seguridad es bastante segura para ellas y a sus ojos el porvenir es no sólo inseguro sino catastrófico. Para luchar por adelantado contra esos males desconocidos, no hay engaño al que no recurran, no hay rapacidad de la que no se sirvan, y no hay ningún placer ni ilustración que no combatan. Si la civilización hubiera estado en manos de las mujeres, seguiríamos viviendo en las cuevas de los montes, y la inventiva del hombre habría cesado con la conquista del fuego. Todo lo que le piden a una caverna, más allá del abrigo, es que sea un grado más ostentosa que la de la mujer del vecino; todo lo que piden para la felicidad de sus hijos es que estén seguros en una cueva semejante a la suya.

Hablar del matrimonio nos compromete a dar abundantes ejemplos de la conversación de nuestras mujeres. Y la conversación de las mujeres dentro de la relación marital —no hablo ahora de esa otra crucifixión, su conversación en reuniones sociales—, detrás de todos sus disfraces de artificio e incoherencia, trata únicamente de estos dos asuntos: conservación y ostentación.

Comparte una característica de la conversación de los esclavos, y es lógico que sea así porque la situación de las mujeres nuestro mundo tiene mucho en común con la de los esclavos. Esto acaso pueda ser lamentable, pero yo no estaría entre los que se quieren dedicar a cambiarla. La conversación de los esclavos y de las mujeres está dirigida por la astucia. El engaño y la violencia son los únicos recursos que tienen los desposeídos. Y los esclavos sólo pueden recurrir a la violencia mediante la íntima consolidación con sus compañeros de infortunio. Contra tal consolidación, el Estado mantiene con razón  mantiene vigilancia constante y el esclavo tiene que recurrir a procurar sus fines mediante el engaño.

El recurso a la violencia está igualmente cerrado para las mujeres porque son incapaces de consolidación; destronan unas de otras, como los griegos, y con mucha razón. Por lo cual, también ellas recurren a la astucia. ¡Cuan a menudo, tras visitar mis villas y conferenciar el día entero con mis capataces y trabajadores, me retiro a la casa tan exhausto como si hubiese estado luchando a brazo partido con cada uno de ellos, alerta todo el tiempo acuerpo y alma para que no me dañen ni me roben! El esclavo introduce los fines que tiene en la cabeza, utilizando todas las direcciones y todas las indirectas; no hay trampa que no emplee para lograr una concesión, no hay adulación, no hay alarde de lógica que no use, no hay presión sobre nuestro temor o nuestra avaricia a que no recurra; y todo ello para evitarse el trabajo de construir un emparrado, para eliminar a un inferior, para agrandar su casucha, para obtener un traje nuevo.

Tal es también la conversación de las mujeres; pero cuánto más diversas sus pretensiones, cuan mucho más amplios sus recursos de ataque, y cuánto más profundamente arraigada su pasión por lograr sus fines!

En su mayoría, el esclavo desea meramente comodidades, mas detrás de los deseos de una mujer hay fuerzas que son para ella la esencia de la vida misma: la conservación de la propiedad, la estimación en que la tengan las matronas a quienes conoce, desprecia y teme; el encerramiento de una hija, que quisiera ignorante, sin goces y embrutecida. Tan hondamente arraigadas están las pretensiones de una mujer que tienen para ella el carácter de verdad evidente y de inderrocable sabiduría. Por lo cual, sólo desprecio puede merecerle toda opinión que se opone a la suya. La razón es cosa innecesaria y sin importancia para criatura tan bien dotada; está sorda, por adelantado. Un hombre puede haber salvado al Estado, dirigido los negocios de un mundo, adquirido fama inmortal por su sabiduría, mas para su mujer es un tonto chiflado.

Os ama

Joise

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