Kao Joi Lin

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Archivo de Junio, 2009

Un paréntesis filosófico, progreso vs. dogma

En la América Latina, es difícil para la investigación, seguir un curso independiente de las circunstan­cias históricas que han dado lugar al desarrollo de una filosofía propia, debido, principalmente, a las fuertes presiones ideológicas que se han venido presentando en su evolución, dado también, a divergencias de métodos que se sugieren para un exacto encuentro con su concepción originaria. Es pues, esta divergencia producto de la visión culturista versus otra universalista.

Leopoldo Zea y Risieri Frondia, son los iniciadores de la inquietud de buscar una verdadera y exacta concepción de la existencia de una filosofía propia del pensamiento latinoamericano.

Para ellos la producción filosófica en la región en momentos pretéritos parecía justificar, e incluso requerir, una meditación en torno a su naturaleza, temas y límites. Por ese motivo una controversia se man­tiene hasta nuestros días causada por la proliferación de revistas especializadas, la institución de departamentos universitarios y la creación de asociaciones internacionales que hicieron posible coordi­nar “la actividad filosófica”,  aparte de las posturas antes nombradas, aparece también una mas tendiente a lo neutral, señalada como postura crítica.

El primer pensador latinoamericano que se preo­cupa específicamente por el carácter y el futuro de la filosofía latinoamericana es el argentino Juan Bautista Alberdi (1810-1884). Como miembro de un amplio movimiento liberal en la región, Alberdi expresó sus ideas bajo la influencia de un liberalismo estrechamen­te unido al racionalismo filosófico, el anticlericalismo y el optimismo en torno a la industrialización, que resultan característicos del siglo XIX en América La­tina. En Alberdi hay un grado elevado de conciencia y explicitación respecto a las relaciones entre filosofía e identidad cultural que, no sin justifi­cación, ha llamado la atención de los filósofos que se han preocupado por la temática de la filosofía latino­americana en épocas posteriores.

Para Alberdi, una filo­sofía latinoamericana debía tener un carácter político y social íntimamente relacionado con las necesidades más vitales del continente. La filosofía, para este pen­sador, es un instrumento para adquirir conciencia de las necesidades sociales, políticas y económicas de los países latinoamericanos. De allí que condene categóri­camente a la metafísica y otras ramas filosóficas “pu­ras y abstractas”, pues ve en ellas un elemento ajeno a las urgentes necesidades nacionales. Ganándose una crítica negativa del universalista, quienes lo tildan de po­lítico-práctico, antes que afecto a la filosofía. Mientras los seguidores de la perspectiva culturalista, por el con­trario, ven en Alberdi al fundador de la filosofía latinoamericana, puesto que el pensador argentino urge a sus contemporáneos el ajustar el pen­samiento filosófico a las necesidades del suelo ameri­cano. Desde este punto de vista, según ellos, Alberdi prepara el terreno para una reflexión genuinamente la­tinoamericana.

No obstante aambas perspectivas, ignoran el funda­mento histórico en el cual se origina el pensamiento de Alberdi. En tal sentido la pers­pectiva universalista, pierde de vista el “hecho de que el objetivo fundamental de Alberdi con­siste en tomar la realidad social, política, económica y religiosa del continente como objeto del pensar filosó­fico”. Donde no hay distinción tajante entre filosofía y política, sino más bien complementariedad y objetivos comunes. Sin embargo, la postura universalista enfatiza el aspecto político del pensamiento de Alberdi, queriendo enmendar su error, pero a la vez disociándolo de la filosofía entendida académicamente. Fracasando más aun.

La perspectiva culturalista, no concibe que Alberdi no manifieste in­terés por realzar lo “americano” a través de la filo­sofía, sino, por el contrario, a través de ella argumen­tar sobre la necesidad de eliminar ciertos modelos eco­nómicos y culturales basados en el catolicismo y el “caciquismo” imperantes en la sociedad latinoameri­cana del siglo XIX. Para esto, Alberdi propone implementar una sociedad industrial basada en una or­ganización política de rasgos democrático-liberales al estilo norteamericano. Para este efecto, Alberdi creía necesario eliminar el bagaje cultural legado por España y el componente racial argentino. Al igual que Domingo Faustino Sar­miento y José Victorino Lastama, Alberdi veía en estas instituciones culturales la razón del atraso econó­mico del continente en relación con Europa y los Estados Unidos. Para eliminarlas, Alberdi proponía la industrialización del atea, la importación del capital europeo y norteamericano, y el trasplante masivo de la población anglosajona, en la, cual veía ciertas vir­tudes de trabajo ausentes en la población nativa.

Por primera vez en el pensamiento latinoamericano, Alberdi puso frente a frente tecnología e identidad cultural. La industrialización del continente, para Alberdi, habría de eliminar rasgos culturales retrógra­dos en el seno mismo de la sociedad latinoamericana. De esta manera, Alberdi no se planteaba precisamen­te como un defensor de lo “americano” y su cultura, tal como se encontraban dados en su época, sino como un abierto enemigo de un bagaje cultural que consi­deraba negativo en términos del desarrollo industrial del continente. La filosofía, así, tenía un doble pro­pósito: oponerse, por una parte, a las manifestaciones del legado cultural del pasado, y, por otra, orientar el desarrollo económico, político y social del continente. En este último sentido, el pensar de Alberdi concuer­da con los planteamientos básicos del positivismo, que comienza a popularizarse en América Latina a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

El positivismo, significativamente, hace una defensa de la ciencia y la tecnología, un rechazo de la religión y la metafísica, a la par que ve en el elemento indí­gena de la población latinoamericana la causa última del atraso económico del continente.

Al mismo tiem­po, pues, que libra una batalla en pro de la ciencia a nivel educativo, y defiende la industrialización en el área, el positivismo elabora una serie de teorías ra­ciales con las cuales intenta explicar la “inferioridad” de los elementos nativos latinoamericanos. La razón de este énfasis en lo racial está íntimamente ligada con la identificación que durante la época se hace entre industrialización y raza anglo-sajona.

Para muchos positivistas, e incluso, cómo hemos visto, para mu­chos liberales, el gran obstáculo para la industrialización del continente radicaba en la resistencia indígena res­pecto a la tecnología y al modelo cultural implicado en ella.

El modeló positivista de desarrollo económico y so­cial, que afecta también al pensar filosófico en América Latina, y de cuya prevalencia han dado cuenta numerosos historiadores, ¡ recibe uno de los primeros ataques de parte de José Enrique Rodó (1871-1917).

El pensador uruguayo redefinió la oposición entre industrialización y cultura en términos de la distinción Ariel-Calibán que había sido trasladada a Io social durante el siglo XIX por el filosofo francés Renán! En Rodó se encuentra la contra partida del optimismo alberdiano respecto a la industrialización. Para él, la tecnología no sólo representaba los groseros rasgos del Caliban. Sino que se identificaba también con la democracia utilitarista de los Estados Unidos. Rodó es­cribe su Ariel, interpretando la industrialización, la masificación y la expansión norteamericana en terri­torio latinoamericano como una manifestación del avance de las triunfantes fuerzas de Calibán. Mientras que Alberdi veía de manera positiva la eliminación de los rasgos constitutivos de la cultura latinoamericana por la industrialización y el desarrollo tecnológico, Rodó se opone a éstos, procede a exacerbar los rasgos positivos de la raza latina, a la que entiende como poseedora de una espiritualidad capaz de oponerse efectivamente a los rasgos utilitaristas de la industrialización traída por los sajones.

El pensador uruguayo trasladó los términos de la confrontación tecnología y cultura a un plano espiri­tual, en donde Ariel, representante del valore de la raza latina acepta la presencia de Calibán, pero la restringía a un plano económico in­ferior, mientras que él se encargaba de las tareas más altas del espíritu. Rodó representa, en este sentido, un rechazo del modelo social y político importado con la industrialización concibiéndolo como una amenaza a las aspiraciones espirituales y es­téticas con las cuales se identificaba. El rechazo de la industrialización y sus implicaciones culturales, sin embargo, de ninguna manera llevan a Rodó a defen­der o identificarse con el elemento indígena de la po­blación.

Extraido parcialmente de: Garcia, J., 1983, “Filosofia e identidad de America latina”,


Os ama

Joise


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