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Cartografía

Mapas de la generosidad

Tradicionalmente la representación del territorio ha dependido de instancias ligadas al poder, de tal forma que desde un punto de vista cartográfico el mundo podía dividirse entre los que mapeaban y los que eran mapeados. A partir de la década de los 80 del pasado siglo, la comercialización de los SIG (Sistemas de Información Geográfica) abrió el control y uso de estos datos, pero sólo a ciertas élites profesionales. Hoy, gracias a un mayor acceso a las nuevas tecnologías, describir el entorno está empezando a ser una práctica cotidiana del individuo conectado, que ya no se conforma con consumir información sino que busca también elaborarla y compartirla como ingrediente esencial de una nueva idea de ciudadanía.

       Desde un punto de vista social, uno de los grandes logros de Internet y de las comunicaciones móviles es haber propiciado la globalización de una cultura de la participación tradicionalmente reservada al ámbito de las pequeñas comunidades. Narrar y compartir nuestra experiencia sobre lo que nos rodea es una manifestación clara de esa inclinación a colaborar y a producir información útil para los demás.

       En enero de 2008 Kenia sufrió una fuerte oleada de violencia tras unas elecciones presidenciales irregulares y muy reñidas. La censura impuesta a los medios de comunicación hacía imposible obtener información fiable de lo que estaba ocurriendo en el país y conocer cual era la distribución geográfica de los graves disturbios. Una abogada de Nairobi, Ory Okolloh, que mantenía por aquél entonces un blog sobre la actualidad política del país, pidió a sus lectores que compartieran cualquier dato que tuvieran sobre la crisis. La respuesta fue tan abrumadora que, ante la imposibilidad de manejar personalmente toda esa información, Okolloh y dos programadores informáticos pusieron en funcionamiento -en tan sólo 72 horas- un sistema para representarla de forma automática e inteligible.

       El resultado fue una aplicación llamada Ushahidi -testimonio, en swahili-, que permitía visualizar rápidamente sobre un mapa la información que la gente iba enviando -por SMS, email o web- sobre los incidentes. El éxito del proyecto -con cerca de 45.000 participantes- llevó a sus creadores, cuatro meses más tarde, a compartir el código informático con un grupo sudafricano que lo usó para mapear incidentes de violencia xenófoba. En agosto de 2008, una donación les permitió rehacer el programa desde cero, resolver los fallos y convertir lo que había surgido como una aplicación de urgencia en una nueva plataforma de código abierto mucho más sólida y estable. Desde entonces Ushahidi ha sido utilizado en numerosos proyectos sociales, tanto de carácter crítico -auxilio tras catástrofes- como en general en situaciones donde la monitorización ciudadana era necesaria -elecciones, epidemias, incendios forestales-. En el caso del terremoto de Haití de enero de 2010, los mapas realizados con esta aplicación a través de teléfonos móviles de voluntarios fueron decisivos para las operaciones de rescate, hasta el punto de que muchas de esas cartografías luego se convirtieron en oficiales. Afortunadamente, no es un caso aislado. Desde octubre de 2009, la Crisis Mappers Net reúne a un amplio y eficaz colectivo de cartógrafos de crisis y expertos en el uso humanitario de las nuevas tecnologías.

       La organización californiana Survivors Connect las utiliza para luchar contra el tráfico de seres humanos. En su ideario, del que está sacada la cita que encabeza este artículo, apuestan claramente por el potencial de redes sociales, telefonía móvil y web como herramientas de mejora social. Acaban de poner en marcha el proyecto Freedom Geomap, que utiliza Ushahidi para visualizar el estado actual de la esclavitud en el mundo, permitiendo tanto denunciar situaciones y casos concretos de trata de personas, como informar sobre eventos, propuestas o acciones relacionadas con el tema.

       La sociedad civil está descubriendo rápidamente el inmenso valor de las tecnologías móviles como herramienta de organización y lucha por un mundo más justo. Es un fenómeno global e imparable, que se extiende veloz. Clay Shirky lo llama “cultura de la generosidad” y lo asocia a un uso eficaz y solidario del “excedente cognitivo”, que no es sino la capacidad de pensamiento que nos sobra después de trabajar. ¿Sabían que el tiempo que emplean al año los ciudadanos de Estados Unidos en ver televisión serviría para hacer 2.000 Wikipedias?

 

Cortesía Fronterad.es

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