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El agua embotellada seca la sed de México

Cada mexicano bebe 234 litros de agua embotellada al año, lo que convierte al país en líder mundial, con el 13 % del consumo en todo el mundo. La falta de acceso a un servicio potable sólo explica parte de un problema que coquetea con la privatización del sistema y que deja en mal lugar a los gobernantes. Las grandes multinacionales están a la cabeza del negocio. Es un fenómeno social de insospechadas consecuencias.

 

El reportaje comienza en una taquería. “Una orden de barbacoa, y agua, por favor”. Diez minutos más tarde, el mesero deja un suculento plato de tortillas mexicanas dobladas y rellenas con diferentes tipos de carnes. Y una botella. “Disculpe, ¿puede ser del grifo?”. “Es que no nos hacemos responsables”. “Entonces, ¿cocinan y friegan también con agua embotellada?”. “La usamos para todo, no se preocupe”. La anécdota la cuenta María Luisa Torregrosa y simboliza lo difícil que es en México escapar del omnipresente mercado del agua embotellada.

 

Torregrosa es investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO): “No es rentable privatizar toda la red y por eso el negocio se ha trasladado al envase. Las botellas son el negocio”.

 

El consumo por persona alcanza en México los 234 litros al año, el mayor del mundo, por encima de los 119 litros de España y los 110 litros de Estados Unidos. Y las cifras aumentan más de un 8 % anual, según revela un reciente estudio de Beverage Marketing Corporation, que no hace sino poner números a un fenómeno visible en gran parte del país azteca. Los mexicanos parecen llevar una botella a cuestas. Es como una pulsión primitiva. Como si fuera la única manera de buscar una solución a problemas que no pueden resolver.

 

Canek Sandoval entra en la biblioteca de la Universidad. Se sienta y abre su mochila: portátil, libros, apuntes, lapicero y la pequeña botella de medio litro que siempre le acompaña. La comunidad universitaria, el punto focal donde muchas veces se mira todo un país, tampoco falta a su cita con el plástico. Casi ocho de cada diez estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) no beben agua del grifo, según revelan las encuestas internas que maneja el centro. Sólo en Ciudad Universitaria, que acoge a cerca de 130.000 estudiantes, las ventas de agua purificada superan diariamente el millón de pesos (54.000 euros).

 

 

La ‘generación botella’

 

“La humanidad vivió durante siglos llevando todo a cuestas. Pero es inconcebible que actualmente, en la segunda ciudad más grande del mundo, carguemos agua todo el día. Y hay gente que no puede vivir sin sentir el peso de su botella”, explica el psicólogo de la UNAM Javier Urbina. Los universitarios mexicanos estudian hoy con la botella bajo el brazo. La generación que nació a partir de finales de los años 80 abrazó la moda del agua embotellada, espoleada por dos fatalidades históricas.

 

La primera se remonta al 19 de septiembre de 1985 y dejó literalmente temblando a la zona centro, sur y occidente del país. Es todavía el terremoto más mortífero de la historia escrita de México, con una magnitud de 8,1 en la escala de Richter. El temblor se cobró más de 10.000 muertes y dejó el Distrito Federal entre escombros. “Se rompieron un gran número de tuberías y la ciudad estuvo desabastecida. Entonces se generó la creencia de que el agua había quedado contaminada”, recuerdan Mireya Imaz y Ana Beristain, del Programa Universitario de Medio Ambiente de la UNAM.

 

La epidemia de cólera que desde 1991 registró más de medio millón de casos en el mundo recogió el testigo de las desgracias. El continente americano fue el más afectado y aunque esta vez México no fue el epicentro de los daños la cicatriz en la sociedad todavía es visible. La investigadora del Instituto de Ecología de la UNAM, Ana Cecilia Espinosa, lo vivió como estudiante: “Hubo toda una revolución sobre cómo tenía contacto la gente con el agua, que tenía que ser embotellada o, como mal menor, tratada”.

 

Los mexicanos nacidos a rebufo de estas fatídicas fechas nunca supieron lo que es tomar agua directamente del grifo. “Hay que enseñarles a beber de nuevo”, advierte Mireya Imaz. Lo que no está tan claro es si el agua que llega hoy a los hogares es un peligro serio para la salud o basta con tratarla mediante filtros y gotas de desinfección. “La calidad se soluciona la mayoría de las veces hirviéndola. El problema entonces es el gasto energético. Y si recurres a las gotas, el sabor deja mucho que desear”, resume Torregrosa. “A mí me da pavor consumir agua de la llave, a pesar de los filtros, que terminan siendo una cosa monstruosa. Sé que es mil veces más cara y que estoy usando unos plásticos PET que no quisiera, pero me dedico a la salud y no quiero jugar con la mía”, confiesa Marisa Mazari, otra de las investigadoras del Instituto de Ecología de la UNAM.

 

Depende también de la zona. Porque hay calidades distintas y preocupaciones focales diversas. Por ejemplo, el Estado de Hidalgo presenta riesgo de metales, mientras el de México tiene problemas de cromo, y el de Guanajuato de arsénico. Un elemento común es la densidad de microorganismos que tiene el agua en México. “Somos un país tropical, con las facilidades que ello implica de reproducción para los microorganismos. Entran en juego entonces las plantas de tratamiento, que son escasas y además operan a menos de la mitad de su capacidad”, denuncia Mazari.
Cortesia Fronterad.es

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Ciencias del agua

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