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Necesitamos una nueva ciencia, una nueva idea

Los datos del hielo en el Ártico indican que este océano se está quedando sin hielo en verano. Las empresas de petróleo ya tienen planes maravillosos para explorar los depósitos de crudo a 3000 metros de profundidad, que podrán extraerse solo unos 4 meses al año. La pena es que no hay dinero para financiar el proyecto, en este mundo en ‘crisis’.

¿Para qué dar más pruebas de la realidad? Suban a las montañas y busquen los glaciares. Vayan al Ártico, o busquen fotografías del mismo (las reales, no las de un osito blanco sobre un témpano de hielo), hablen con los viticultores acerca de las uvas, con los epidemiólogos, hablen con los habitantes de América, sometidos a inundaciones, tornados, tifones y huracanes.

Hemos vivido 200 años bajo una idea implícita, no explicitada, subyacente en nuestras mentes: Los recursos son casi gratis e ilimitados. Podemos quemar el planeta. La ciencia (¿la magia?) siempre vendrá al rescate. Y si no viene, eliminémosla y busquemos el culto a la Santa Muerte, el hada (de plástico) en un jarro de formol, o la estafa económica.

Escribo sobre la sociedad, y sobre la economía, porque no hay medidas tecnológicas para parar el cambio climático. La única forma de hacerlo es entrar en otro esquema que, adicionalmente, proporcionará mucha más riqueza a los seres humanos, y mantendrá la armonía de un planeta que no fué otorgado por los dioses para el dominio de aquellos.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII los ‘intendants’ que habían pagado por sus cargos para entrar en la alta sociedad francesa empezaron a pedir participación en el gobierno.  Pero era imposible. Las ideas subyacentes de los que controlaban la política francesa, los nobles hereditarios y sus primos (eran familia), los nobles de la iglesia francesa, no podían, sencillamente, no concebían esa posibilidad.

El rey de España, Carlos III experimentó un motín, que no pudo comprender: Era incapaz de entender que ni siquiera una persona, ni mucho menos una cierta parte del pueblo, no aceptara su reino como algo ordenado por dios.  Sencillamente, no entraba en su mente. Era como si viésemos las piedras del camino ascender hacia el cielo delante de nosotros, en un día sin viento. Sencillamente, la posibilidad de un gobierno de plebeyos, y que su posición en el mismo no fuera divina, sino la de un gestor, era imposible no solo de aceptar, sino de concebir. Hoy muchos, no reyes, pobrecitos, sino presidentes de cabildos, comunidades, ayuntamientos, estados federados, presidentes de fondos monetarios, etc.,  no pueden concebir que son meros gestores, trabajadores como otros cualesquiera, y además trabajadores con contrato temporal. Muchos se creen Carlos III. Sencillamente, ser lo mismo que otros no cabe en sus cabecitas.

Pues bien, hoy en día las ideas que se necesitan, no solo para salir del marasmo económico y social (crisis y revueltas en Inglaterra, hace unos años en Francia, guerras en oriente, revueltas en los países del Islam, …) sino para rescatar al planeta del desastre, y para aumentar la riqueza de miles de millones de seres humanos miserables que viven mirando la opulencia de unos pocos,  (los panaderos franceses viento las carrozas de Maria Antonieta?), esas ideas existen, están enunciadas, pero son tan incomprensibles por la religión actual, la teoría económica tradicional, desde el neo-liberalismo al neo-marxismo, como un gobierno del pueblo para Luis XVI, la misma Maria-Antonieta y Carlos III. ¿Entra en la cabeza de un financiero de Londres que un afro-americano de Totenham sea miembro de su club, cene en su restaurante, se mueva en Rolls-Royce?

Cuando uno lee los hechos: Falta de dinero, falta de iniciativa, y las respuestas: Deuda pública, déficit, crédito, fiscalidad, bonos europeos, eliminación del papel del gobierno en la economía, derechos sociales, interés( 2%, 1%, …) de los bancos centrales, etc., etc., uno recuerda la insistencia en las medidas tradicionales de la Europa de entre, digamos 1749 y 1789, que permitieron un déficit tan monstruoso como el actual: La idea era gastar sin producir.

Ninguna de las medidas políticas tomadas en ese siglo, en la Europa continental, sirvieron más que para aumentar el déficit, hasta que se cambió radicalmente de mentalidad, para lo que fue necesaria una revolución sangrienta, y una guerra europea de millones de muertos (la guerra napoleónica de Francia contra todos).

Podemos pensar que lo que impedía el cambio necesario en el siglo XVIII era la idea subyacente del ‘Derecho Divino de los Reyes’. Ese ‘derecho divino’ había sido eliminado en Inglaterra un siglo y medio antes en una serie de guerras civiles y revoluciones menos sangrientas. Tanto en Francia como en Inglaterra la eliminación de ese pensamiento profundo y subyacente implicó la ejecución del rey de turno.

Hoy estamos dentro de un pensamiento similar al del derecho divino de los reyes, similar en su aspecto de pensamiento no explicitado, no puesto en cuestión, no rechazado.

Cualquier reforma actual naufraga de la misma manera que lo hicieron todas las reformas en Francia antes de la revolución francesa. La idea de Rousseau de que todos los hombres son iguales era realmente revolucionaria, y la única que podía cambiar el sistema hacia otro nuevo.  Hasta entonces todo lo escrito defendía (desde la China, hasta el cabo Finisterre, hasta California, marchando desde el Este hacia el Oeste) que los hombres nacían en estratos diferentes que no podían ni  debían ser cruzados.

Hoy los dogmas económicos son tan fuertes como los religiosos de hace 200 años. El crédito, el capital (privado en el liberalismo, publico en el socialismo), los sindicatos, los ‘logros sociales’, etc., etc., son ‘verdades’ tales que se quema en efigie a quien hoy las pone en cuestión (habiendo avanzado en civilización lo suficiente como para que, al menos en una mayoría de países, la quema sea solo en efigie y no en persona).

Se asume la doctrina económica como una ciencia con el mismo valor que la mecánica newtoniana, con el añadido de la cuántica para interacciones atómicas y relativista para velocidades muy elevadas.Con el mismo valor que el electromagnetismo.

Al asumirla como ciencia positiva (aunque sus modelos no han podido ser verificados en la realidad)  cualquier rechazo aparece como un rechazo a la verdad intelectual, un rechazo a un dogma, similar al rechazo al dogma de la Trinidad, mantenido por dos de las ramas del dogma cristiano, católicos y calvinistas, rechazo por el cual Miguel Servet fue quemado en Ginebra en 1553. Hoy no hay quema física, pero si expulsión y ridículo a quienes intentan comunicar que las ideas económicas actuales en todas sus denominaciones o herejías diversas, son como la del derecho divino de los reyes, en la Europa continental del siglo XVIII, o la de la trinidad en la Europa cristiana del  siglo XVI.

¿Qué ideas nuevas necesitamos? Es difícil saberlo, pero es claro que necesitamos ideas distintas de las actuales. El primer esfuerzo, como el rechazo al derecho divino de los reyes, debe ser un rechazo al ‘mercado’ y a la economía financiera como centro de la vida social.Y un rechazo a la idea de los sindicatos.

Este blog se leerá poco,  pero si se leyera, el rechazo al mercado (privado, de Wall Street; o público, de Beijing o de la Habana), el rechazo a los sindicatos, promovería una quema (espero que simbólica) en la plaza, no se si de Ginebra, o de Alcalá de Henares.

El ser humano vive dentro de burbujas de ilusión. Cuando alguien las pincha, el rechazo es universal.

Pero las burbujas acaban desinfladas.

Cortesia elmundo.es

Ciencia

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