Geología, Peligros Naturales y GeoTecnología

Blog en Monografias.com

 

Los niños del tsunami

Haruka dice que cuando cierra los ojos no puede recordar cómo era su mejor amiga. Sus compañeros de refugio ya se han lanzado con avidez a recoger las pinturas y ceras esparcidas por el piso y han empezado a dibujar. “No recuerdo su rostro”, responde con frialdad la niña cuando Arisa le entrega una hoja en blanco y un lápiz. “No, no puedo dibujar, y aunque quisiera no sabría qué hacer”,  contesta con una sequedad impropia de una niña de nueve años.

       La mejor amiga de Haruka es una de las miles de personas que fueron arrastradas mar adentro por el tsunami del 11 de marzo en la costa noreste de Japón. Ambas eran compañeras de cuarto año de primaria en la escuela Yamashita de Yamamotocho, un pueblo situado en la prefectura de Miyagi, al norte de Fukushima, que antes de la tragedia tenía una población de 17.000 habitantes, 2.800 de ellos menores de edad. Según datos del ayuntamiento, el terremoto y las olas gigantes que desencadenó causaron la muerte de cerca de 650 personas, entre ellas decenas de niños. Casi cuatro meses después de la peor catástrofe vivida por Japón desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los desaparecidos todavía superan el centenar. Además, el temblor destruyó completamente 2.000 viviendas y dejó otro millar medio derruido.

       Ahora, mientras la mayoría de los medios de comunicación dirige su mirada a la central nuclear Fukushima Uno y elabora conjeturas sobre el impacto que tendrá de la tragedia en la economía japonesa, miles de niños damnificados empiezan a mostrar los efectos del desastre. No pueden dormir, se sobresaltan con el menor ruido, están irritados, van muchas veces al baño y todavía no comprenden que amigos o familiares han muerto por lo que siguen pronunciando su nombre con la esperanza de que vuelvan. Además, algunos de ellos siguen viviendo en refugios debido al retraso en la construcción de las casas prefabricadas por falta de materiales y desavenencias entre los políticos para aprobar un presupuesto suplementario.

 

Una tarde de dibujos

Los niños se han reunido en un rincón de la entrada del refugio instalado en la escuela secundaria de Yamashita. El 23 de abril, cuando visitamos la zona, en este albergue vivían unos 30 niños. Seis semanas después del desastre todavía no habían encontrado a donde ir. Peluches, consolas, mangas, bicicletas… todo se lo llevó la ola gigante. Unos pequeños recuerdos aplastados por una cicatriz imborrable. Muchos también han perdido a familiares y amigos.

       La entrada es un ir y venir. Hay evacuados que vagan por el centro con la mirada perdida. Uno de ellos, el señor Kato, un hombre de 78 años cuya complexión robusta contrasta con sus pasos desgarbados y el desaliento que transmite su figura. Después de recorrer los pasillos de la planta baja un par de veces, por fin decide tomarse la tensión. La mujer que lo atiende intenta levantarle el ánimo, pero es imposible. Los ancianos, el segmento de la población más afectado por la catástrofe, parecen aceptar con resignación lo sucedido.

       Más alegre se muestra Makoto, un voluntario de 24 años que no para de sonreír desafiando la rutina. Estudia Electrónica en la Universidad de Tohoku. La tragedia no le ha afectado directamente, pero ha querido estar aquí para ayudar durante sus vacaciones. En un respiro, Makoto se acerca y me dice que en verano se irá a Francia para seguir sus estudios en la Universidad de Grenoble. “Estudio francés desde hace seis meses… ¿Español? Solo sé decir ‘hola’  y ‘de nada’.”, me explica como disculpándose. La conversación fluye distendida, como si estuviésemos en una cafetería. “¿Conoces el Mont Blanc? Cuando esté en Francia, me gustaría subir al Mont Blanc”, me dice.

       En Yamamotocho había a finales de abril cerca de 2.000 personas viviendo en seis refugios temporales, es decir más del 10% de la población. El peso de la organización de estos albergues instalados en escuelas y centros culturales recae en las autoridades locales con la colaboración de las Fuerzas de Autodefensa japonesas y los bomberos. Sin embargo, el quehacer diario dentro de los refugios también pasa por las manos de voluntarios de la Universidad de Tohoku, como Makoto. Los estudiantes formaron un grupo de apoyo llamado Haru (“primavera” en japonés) el día después del terremoto y, desde entonces, cada día, varios autocares parten de la universidad con destino a los centros de coordinación de voluntarios desde donde se distribuyen a los diferentes refugios. Son inconfundibles por su peto azul y una sempiterna sonrisa.

       Mientras conversaba con Makoto, algunos niños ya han acabado los primeros dibujos. Kazuya, un niño de cuatro años, tira del pantalón de Arisa y le dice que ya ha terminado. “¿Qué es?”, le preguntamos. Se ríe sin contestar y empieza a pegar puñetazos al aire. “¡Es un avión!”, irrumpe en la conversación Aki, una niña de 11 años que parece haber asumido el cuidado del benjamín del grupo. En éste, como en todos los albergues temporales, los niños se ayudan y protegen como si fuesen una gran familia.

       Cuando a Arisa y a mí se nos ocurrió recorrer los 350 kilómetros que separan Tokio de Yamamotocho para pasar un día con los niños, pensamos que dibujando podrían deshacerse por unas horas de la tensión acumulada durante tantos días. Pero también teníamos miedo de su reacción. “Papá, vuelve enseguida”, podía leerse en la pared de otro refugio en el dibujo de una niña cuyo padre es uno de los miles de desaparecidos. Según Yoshiki Tominaga, profesor de la Universidad de Hyogo y especialista en Pedagogía, en situaciones como ésta la respuesta de los menores es imprevisible. Algunos se vuelven hiperactivos, otros caen en la apatía y unos pocos expresan su frustración con violencia o sadismo.

 

Cortesia Fronterad.es

Psicologia

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.


Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom