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De sabios es cambiar

Voy a contar hoy historias de la ciencia. Einstein era un maravilloso físico que veía cosas que los demás no vemos. Hoy quiero hablar de la ciencia en los años a caballo entre el siglol XIX y el XX, cuando se formó Einstein.

En 1864 Maxwell, el gran físico anterior a Einstein, publicó su gran obra de “Una teoría dinámica del campo electromagnético”, en la cual unifica la electricidad y el magnetismo, y demuestra que la luz no es más que una de las casi infinitas ondas de ese campo, una de las ondas electromagnéticas (EM).

Desde entonces, hasta 1905, 40 años (lo cual es una barbaridad en ciencia), la comunidad de físicos intentó, con todas sus fuerzas, resolver el problema del movimiento, de entender cómo se comportaban esas ondas cuando se movían el emisor o el receptor de las mismas.

En el siglo XIX los físicos no podían concebir ondas que no se propagaran en algún medio material, como lo hacen las ondas sonoras (en el aire, agua o en el bronce de las campanas), o las olas del mar. Aunque conocían la existencia del vacío desde los experimentos de Torricelli y Pascal en 1643 y en 1646, no podían aceptar que las ondas  EM se propagaran en él, e inventaron un fluido místico, el éter, tan sutil que lo perneaba todo, incluso nuestros cuerpos, pero inmensamente más rígido que el hierro, pues debía permitir una velocidad de 300.000 km/s para esas ondas.

El ser humano, cuando no encuentra explicaciones racionales para lo que observa, en vez de cambiar sus creencias inventa brujas. La tendencia mística es un recurso genético para la supervivencia: vemos la sombra de un árbol, y salimos corriendo, como protección ante los asesinos reales. Convertimos la ilusión en realidad en nuestras mentes y vivimos en un mundo virtual. Vivir en la realidad es el mayor esfuerzo que se le puede pedir a un ser humano. Testigo: Políticos históricos y contemporáneos, místicos y religiosos, y hoy, la inmensa masa social que vive dentro de la pantalla de la televisión.

Es tan grande ese esfuerzo que hemos dado en llamar genios a aquellos seres humanos que nos hacen ver la realidad, que soplan para quitar las nieblas, y que como niños sin malicia gritan “¡El emperador no lleva ropas!”

Pues bien, al problema del movimiento relativo de la luz cuando se mueven los sistemas de coordenadas se dedicaron dos de las mejores mentes del último tercio del siglo XIX: el físico Lorentz, y el matemático cum físico Poincaré. En 20 años publicaron al menos 30 artículos, utilizando las herramientas disponibles, sobre el problema, pero no consiguieron avanzar ni un milímetro. Intentaban aserrar un bloque de granito utilizando una sierra de madera.

El problema lo resolvió Eisntein cambiando de herramientas, cambiando de hipótesis, aceptando la realidad: Las ecuaciones de Maxwell no dicen nada del medio de propagación. No exigen hipótesis sobre el mismo. Puesto que no necesitan ese éter, no es necesario postularlo, y la respuesta surge instantáneamente: Si no hay medio material, no hay movimiento absoluto, y todos los movimientos del universo son relativos. Esto es la teoría de la relatividad. Lorentz y Poincaré se esforzaron sin éxito veinte años. Einstein lo consiguió en uno, cambiando, sencíllamente, las hipótesis de partida.

De la misma manera, en el desarrollo social solo ideas radicalmente nuevas han sido capaces de eliminar situaciones no solo de injusticia, sino de una bajísima eficiencia económica. Valgan dos ejemplos: La eliminación del ‘derecho’ a tener esclavos, una norma indiscutida desde los comienzos de la era agrícola y aprobada en la Biblia, y la idea de Rousseau de que todos los seres humanos nacen iguales. La economía esclavista de los estados del Sur americanos era de una eficiencia ínfima: Se basaba en explotar los suelos hasta dejarlos yermos y avanzar a destrozar otra zona del país, del planeta. Y la eficiencia de la Francia de los aristócratas era nula.

El mensaje, para el que lo quiera entender, es claro: La solución de problemas enquistados no pasa nunca, nunca, por la insistencia en ideas y tecnologías antiguas (pensemos en las estulticias marxistas, o las tonterías de la economía neoliberal) sino por examinar críticamente las hipótesis en que se basan los modelos que utilizamos y corregirlas adecuadamente.

Quizás para ello se precisen genios. La misión de la educación es esta: Permitir el desarrollo de estos genios, y no lanzar al mercado personas solo capaces de repetir lo aprendido e incapaces de generar cada día ideas nuevas.

Podemos cambiar o podemos insistir en el error.

Cortesia elmundo.es

Ciencia y tecnología

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