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Solos entre la muchedumbre

El individuo conoce sobradamente su derecho al individualismo, y hace uso de él dejando al margen a todos los que les circundan. Teje su bien estructurada tela sin permitir que nadie del exterior irrumpa en su terreno bien acotado y de aforo reducido.

Existen los solitarios declarados, personas que defienden una vida carente de afectividad y que huyen de toda relación interpersonal, actitud totalmente respetable.

Pero los que realmente me preocupan, o por los que verdaderamente me intereso son por ese otro sector que de forma involuntaria han de acogerse a una vida de soledad.

Enfermos que sufren en silencio el desespero de no ser visitados. Mujeres que comparten sus vidas con verdugos y que en una agónica soledad respiran la ausencia de ayuda ajena.

Seres esclavizados a las drogas que sienten impotencia y cobardía ante una problemática tan aventada.

Personas mayores que alejadas de sus familiares saborean una agria existencia carente de cariño.

Solitarios en un mundo demasiado grande para darles cabida.

El individuo que defiende su espacio vive alejado del resto, sigue promoviendo su derecho al individualismo, al yo por encima del tú, dedica su vida a la contemplación del propio ombligo para evitar ver las miserias de fuera.

Cuentan -y desconozco la veracidad de dicha información- que en las paraolimpiadas en Seattle del año 1998 nueve participantes, todos con deficiencia mental o física, se alinearon para la salida de la carrera de los cien metros lisos.

A la señal, todos partieron, no exactamente disparados, pero con deseos de dar lo mejor de si, terminar la carrera y ganar el premio. Todos, excepto un muchacho, que tropezó en el piso, cayó y rodando comenzó a llorar.

Los otros ocho escucharon el llanto, disminuyeron el paso y miraron hacia atrás. Vieron al muchacho en el suelo, se detuvieron y regresaron todos.

Una de las muchachas, con Síndrome de Down, se arrodilló, le dio un beso al muchacho y le dijo: “Listo, ahora vas a ganar” Los nueve competidores entrelazaron los brazos y caminaron juntos hasta la línea de llegada.

Valga esta escena real o ficticia para reflejar una forma de actuación digna de imitar.

Si somos capaces de ver el esfuerzo ajeno como personal, las desgracias impropias como nuestras, encontraremos sin duda razones para vivir en complicidad con el allegado. Renunciaremos a ser tan independientes dejando la puerta abierta para que otros puedan entrar.

La unidad crea vínculos de amor, lazos irrompibles y perdurables en el tiempo.

La soledad, angustia, ahoga y somete al ser humano a una cruel apatía.

Dejemos de ser meros individuos y volvámonos colectivo.

Seamos cercanos al necesitado y dejemos nuestro caparazón en casa. Con algo de esfuerzo la vida de otros puede tornarse un poco más hermosa.

Cortesia Geo Base 80

Psicologia

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