Sefaradíes
Aníbal Troilo: San Pichuco
Por Carlos Szwarcer
Tenía unos diez junios en mi haber. El sol intenso del verano acariciaba apenas los adoquines, ese regalo de la naturaleza se lo debíamos a los viejos plátanos que daban sombra fresca a toda la cuadra. Los vecinos del inquilinato rumoreaban que el sábado vendría el gordo Aníbal Troilo, “Pichuco” a visitar a su cuñada Dora, la hermana de Zita (1), esposa del bandoneonista. Recién comenzaba a aprender mis primeros acordes en la guitarra y la posible llegada del gran músico dio rienda suelta a mis fantásticos sueños de cantarle “La López Pereyra“, una antigua zamba que practicaba por entonces. Tanto deseaba ese encuentro que casi no pude “pegar el ojo” en las noches previas.
¡Y llegó el gran día! Recién despierto y después de remolonear un largo rato en la cama, casi al filo del mediodía, escuché los gritos de mi madre llamándonos para el almuerzo: “Fucciles con tucoro” (2) y “Refrescola” (3).
Pregunté ansioso, mientras terminaba de sacarme las lagañas de mi largo sueño sabatino: “¿sabés a qué hora llega Pichuco a lo de Dora?”.
-¿Troilo? Vino temprano. Ya se fue. ¿Por qué?, inquirió mi madre.
Casi me desmayo. Recuerdo mi imagen sombría reflejada en el espejo gastado del placard. Me di pena. Desconsolado, como si hubiese perdido la oportunidad de mi vida, hice un largo “puchero”, tragué la hiel de mi estúpida torpeza y por un momento, para que mi vieja no se diera cuenta, conseguí esconder la angustia a pesar del indomable lagrimón que se me había desbandado. Juré no dormirme para la próxima vez. Y enseguida pensé: ¿cuándo será la próxima vez…?
Lo volví a ver a Pichuco en un baile de Carnaval en el Centro Lucense. Lo miraba fijamente desde unos metros del escenario: sus mejillas inflamadas, su vaso de whisky, los cientos de gotitas de transpiración sobre su brillosa frente, los ojos cerrados, y sus dedos suaves y rítmicos acariciando el bandoneón. Un rato después, en el intervalo, junto a sus sobrinas, me encontré en los jardines del club tomado de la mano de ese inmenso artista. Enterado de mi vocación por la música - seguramente por la indiscreción de una de sus parientes- me preguntó sonriendo: “¿Así que vos tocás la guitarra y querías cantarme una canción…? “Recordámelo la próxima vez que pase por tu casa que te quiero escuchar.”
Yo le creí… Tanto le creí que a “La López Pereyra” la gasté de practicarla y practicarla, pero a Pichuco no lo volví a ver personalmente. Con el tiempo quedó en mí recuerdo ese chico y aquella noche de Carnaval…
Resuenan las notas de Aníbal Troilo todavía en mi interior, un sonido nostálgico y aterciopelado, como la cadencia de la vida que me evoca los años sesenta, un juvenil verano y el placer de haber recorrido aquellos jardines, cuando el mundo era otro, justamente, cuando yo comenzaba a buscar otros ídolos que los de mis padres y descubría, por ejemplo, entre tantos, a los cuatro de Liverpool.
Zambitas y chacareras, rítmicos fuelles rezongones y guitarras eléctricas, fueron arrimando al mismo altar, definitivamente, algunos santos de mi devoción. Y un día advertí que allí convivían Gardel con los Beatles, o que “Love me do” la tocaba “Ringo” con un bombo legüero. Además, en ese espacio intangible vuelvo a ver al gordo, San Pichuco, que con su voz ronca me dice: “me debés aquella canción, pibe…”, y que cada tanto me repite ese antológico texto de “Nocturno a mi Barrio”, que sin pudor ya lo hice mío: “Alguien dijo una vez, que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo? … Pero… ¿cuándo? ¡Si siempre estoy llegando!”.
Notas
1) Zita: Hilda Karachi. Sefaradí de la isla de Rodas. Vivió en el barrio de Villa Crespo. Su hermana Dora vivía en la calle Padilla entre Acevedo y Malabia. Buenos Aires.
2) Fideos con tuco de tomate. La salsa bien rojiza era comercializada en pequeñas latas.
3) Jarabe. Mezclado con soda se obtenía una bebida refrescante.
“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com
“Judeoespañol: Lenguaje y Canto” (Fotos de la Presentación)
Ayer se realizó la presentación del libro Judeoespañol: Lenguaje y Canto, de Eleonora Noga Alberti Kleinbort en la sede de B`nai B`rith en Juncal 2573 CABA.
Una noche de historia, recuerdos y música que despertó el interés de público y los periodistas presentes.

Mesa de Presentación del libro Judeoespañol: Lenguaje y Canto. Eleonora Noga Alberti y Carlos Szwarcer
El diálogo - entrevista entre Carlos Szwarcer y Eleonora Noga Alberti fue coronado por el cancionero popular sefaradí interpretado por la cantante Berta Guindin.
Además de los comentarios sobre el libro publicado por la prestigiosa musicóloga, se abordaron diversos temas sobre la historia y actualidad de la cultura sefaradí: los roles del hombre y la mujer en la continuidad de la tradición, la actualidad y el futuro de la identidad sefaradí en el contexto del fenómeno de la “globalización”. El rol de las instituciones en la preservación y difusión del Patrimonio Cultural, etc,.
Fotos: Gentileza de María González Rouco (Colectividades Argentinas)
http://www.facebook.com/pages/COLECTIVIDADES-ARGENTINAS/246778628960?ref=mf
“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com
Presentación del libro “Judeoespañol: Lenguaje y Canto”
Presentación del libro “Judeoespañol: Lenguaje y Canto”,
de Eleonora Noga Alberti Kleinbort
Diálogo - entrevista entre Carlos Szwarcer (Historiador y Periodista)
y Elenora Noga Alberti (Soprano y Musicóloga).
Berta Guindin (Cantante)
Institución: B`nai B`rith - 12 de septiembre, 20 hs - Juncal 2573 -CABA- (Ciudad Autónoma de Buenos Aires)
“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com
Judeoespañol:Lenguaje y Canto (Eleonora Noga Alberti)
ACERVO CULTURAL EDITORES y la SOCIEDAD HEBRAICA ARGENTINA
invitan a usted a la presentación del libro Judeoespañol: Lenguaje y Canto,
Bibliografía y documentos sefardíes de Eleonora Noga Alberti-Kleinbort, que tendrá lugar en Sarmiento 2233, Buenos Aires, el lunes 27 de junio de 2011 a las 19 hs., como parle de las actividades de la Feria del Libro Judío que organiza la SHA en celebración del 85º aniversario de su fundación.
Participarán: Gerardo Mazur, Silvia Plager y Eleonora Noga Alberti.
Liliana Benveniste cantará temas tradicionales safardíes.
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“A la estimada amiga Eleonora Noga Alberti, le auguramos éxito en la presentación de este importante libro. Conocemos desde hace años su importante labor investigativa. Este material, -acompañado por un CD- será muy bien recibido por la sociedad argentina que sigue encontrando en su orígenes la diversidad cultural.” (Carlos Szwarcer)
“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com
No es tan distinto
Liliana Benveniste, Marcelo “Rudy” Rudaeff, Ada Grinbaum, Adrián “Colo” Mirchuk en “No es tan distinto”: Teatro Gargantúa. Jorge Newbery 3563. CABA
“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/
Murió Lucha Funes, mi amiga
por Eleonora Noga Alberti-Kleinbort
Ayer, 29 de abril, fue en Buenos Aires un día gris y ventoso. Un día de otoño en el que las hojas de los árboles caían como gotas de lluvia.
Cuando recién comenzaba el recuento de las horas de ese día, a las 0:30, murió Lucha, una mujer llena de vida, de múltiples intereses, culta e inquieta, siempre dispuesta a saber más, incansable defensora de la cultura sefardí, de la cultura en general y de la libertad de las personas y los pueblos. Gran cocinera, deleitó a todos aquellos que aceptaron la invitación de compartir la mesa con ella y su esposo e inseparable compañero de vida, Alberto. Solidaria y atenta con todos aquellos que la rodearon.
Creó y crió una familia numerosa de hijos, nietos y biznietos con quienes disfrutaba el estar. Los albergó y cuidó hasta el final y ellos le devolvieron sin límite el amor recibido.
A nosotros, los que gozamos de su amistad por varias décadas, nos honró y mimó cuanto pudo.
En mi caso particular, me sostuvo con su apoyo moral y su estímulo constante en los momentos en que las fuerzas flaqueaban o los inconvenientes se multiplicaban, para seguir adelante en mi investigación sobre la música tradicional judeoespañola.
Fue –junto a su esposo- público infaltable en cuanto recital yo diera en nuestra ciudad. Amaba mi canto y lo gozaba cada vez que me escuchaba.
Ayer se fue de viaje, un viaje sin retorno. Estoy segura de que, con el humor y la fuerza que la caracterizaron, se subió a una de las hojas que volaban de aquí para allá y se fue volando para mirarnos desde donde esté.
Cada vez que un recuerdo nos la devuelva o una hoja de otoño pase cerca, ella estará con nosotros.
Sobre el mismo tema ver:
http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/2011/04/29/fallecio-lucha-funes-representante-de-la-herencia-sefaradi/
“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/
Falleció Lucha Funes: notable representante de la herencia sefaradí
por Carlos Szwarcer
La conocí un mediodía de junio de 2003 en su hermoso departamento cercano a Plaza Italia. Eran tiempos en que Lucha Funes oficiaba de anfitriona de un grupo de sefaradíes(1) que ansiaban intercambiar ideas que contribuyeran a la preservación y difusión de la cultura sefaradí.
Por entonces, Lucha me impactó por su bonhomía y fortaleza de espíritu en ese difícil camino por el que se intentaba aunar criterios. Como excelente cocinera de manjares sefaradíes, desplegó en aquella reunión su milenaria sabiduría gastronómica, convirtiendo en “más dulces” los temas de conversación y debate. Aunque esos encuentros no prosperaron, la seguí visitando y nos encontrábamos periódicamente en distintos eventos culturales.
Cuando cinco años después emprendí la compleja tarea de organizar la “Jornada Buenos Aires Sefaradí”, en el marco del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), Lucha y su esposo, Alberto, fueron los primeros que se enteraron del proyecto. Recurrir a ellos fue como una cábala. Necesitaba cargarme de energía y buenos augurios. Los visité en su departamento, les conté. Lucha me miró intensamente y me dijo:“adelante Carlos, contá conmigo, será un éxito”. Y así fue. No se conformó con el apoyo espiritual. Cuando en el armado de la Jornada se complicó la presencia de una especialista en la temática sefaradí (ninguna institución se hacía cargo del hospedaje y traslado desde Tucumán a Buenos Aires), se ofreció, solidariamente, para resolver el problema.
Aunque en la apertura de la Jornada, en agosto de 2008, realicé un justo y merecido reconocimiento a Lucha Funes -por lo que significó para mí y todos los sefaradíes en el comienzo de la organización de ese importante evento cultural-, necesito recordarlo, señalarlo, en un momento de cierta perplejidad ante la pérdida irreparable. Falleció hoy a la madrugada. Deseo evocar su respeto por las diferencias, su “buena onda”, su alegría, su dulzura, su orgullo y donaire sefaradí.
Le gustaba utilizar la palabra herencia-“erensia”, en judesmo (2) - para referirse a sus tradiciones. Lucha (3) fue una extraordinaria correntina-sefaradí que vivía en esta gran urbe. Otros, muchos, también la echarán de menos. Buenos Aires está triste. Además, llovizna sobre las azoteas.
Notas:
1) Judíos expulsados de España en el siglo XV.
2) Judeo-español, lengua materna de los sefaradíes
3) Luisa Mazza de Funes.
Sobre el mismo tema ver:
http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/2011/04/30/murio-lucha-funes-mi-amiga/
“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/
Siete Gatos
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Por Carlos Szwarcer
La tormenta había pasado como una ráfaga pero fue tan violenta que esos escasos minutos parecieron el mismísimo diluvio universal. El agua en la esquina de Camargo y Serrano llegaba a un metro de altura y otra vez se había formado un auténtico lago artificial. Desde antaño esa zona, entre otras, de Villa Crespo (1) soportaba el desborde frecuente del Maldonado. (2)
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Para colmo de males ese jueves se cumplían tres días sin que se supiera nada de Jaim. “¿Qué le habrá pasado. A ke najamú va a vinir?” (3), pensaba en voz alta Luna, su esposa. El hombre, que hacía tiempo no tenía trabajo fijo, se había ido una vez más al puerto para conseguir alguna changa (4) como estibador. Evitó hacer hasta el más mínimo ruido para que ninguno de sus cuatro hijos se despertara. Diestro en el sigilo, antes de levantarse, le murmuró al oído a su mujer: “Lunika vo a probar suerte…” - En bonora (5) - le había respondido ella, en un tono tan ambiguo que no se sabía si escondía incredulidad o esperanza. Aquel día, Jaim se dirigió a tientas hasta la palangana enlozada que yacía arrinconada en la esquina sur de la única habitación familiar, hundió los dedos para humedecerse apenas los párpados y despegarse las nocturnas lagañas acumuladas. En esa penumbra se había vestido y antes del amanecer se había marchado, en absoluto silencio, como siempre, detrás de su suerte. “No tengo de que preocuparme”, mascullaba Luna; después de todo su esposo un mes atrás se demoró cuatro días en regresar. Casi dos jornadas había deambulado hasta conseguir trabajo, en las dieciocho horas siguientes consiguió algunos pesos bajando fatigosamente fardos de un buque llegado de Montevideo, vía Bordeaux, y el cuarto día lo utilizó para gastarse en el Café la mitad de lo ganado. El rakí (6) y las bailarinas, contorneándose al son de chiftetellis y kalamantianos (7), eran su debilidad, como para otros izmirlíes. Bojor, su hijo mayor, más de una vez tuvo que ir buscarlo y llevárselo “preto candil” (8) al inquilinato. “¿Habrá pasado anoche por el Café?”, se preguntaba Luna mientras escuchaba caer la lluvia sobre el techo de chapa. Desalentada permaneció un largo rato con los ojos alertas clavados en los visillos de crochet que colgaban en la puerta de entrada de la habitación. Su ansiedad crecía a medida que pasaban las horas. No tenían siquiera un céntimo para comer. Le daba vergüenza pedirle dinero prestado, una vez más, a su vecina Victoria, la istambulí (9) del cuarto de al lado. Se calzó las chancletas, se abrochó el batón floreado y dando un largo bostezo acomodó la frazada sobre sus hijas Esther y Raquel que estaban a medio destapar; hizo un metro más y miró el colchón sobre las baldosas en el que dormían sus dos hijos varones. Davico, tenía un hilo de baba que mojaba la almohada, roncaba boca abajo con su antebrazo apoyado sobre la frente del infortunado Bojor que, recién despierto, observaba a su madre con los ojos entreabiertos y una mueca de ligera resignación. Luna no había despertado a sus hiyicos (10) para ir al colegio, qué sentido tenía. Dora, la vecina del cuarto de adelante, le había avisado temprano que con el aguacero la calle Camargo parecía Venecia. A las diez y media de la mañana el cielo gris comenzó a aclarar y por lo menos las veredas se dejaban transitar, entonces terminó de despabilar a Bojor y lo mandó a ver si su padre estaba en el Café, suponía que se había demorado una vez más allí. No obstante, le recomendó que de no encontrarlo en el “Izmir” recorriera otros cien metros sobre la calle Gurruchaga, hasta el mercadito “San Bernardo” : “Vate de Abraham”, le dijo. ” A ver si te da hígado para el gato”. El muchacho no tardó en convencer a su hermano menor para que lo acompañara. El agua ya había bajado de las veredas dejando las baldosas cubiertas por decenas de bolitas desprendidas de los plátanos y que deshechas alfombraban de verde musgo la cuadra. - Por aquí no estuvo tu padre – les respondió ásperamente uno de los mozos del Café Izmir. Los dos jóvenes se miraron inexpresivos, levantaron los hombros unos instantes y continuaron con el plan delineado por su madre; siguieron camino hasta la mitad de la siguiente cuadra donde estaba el mercadito. A Davico, desde muy pequeño, le atrajo el ajetreo de la pollería, cada vez que pasaba observaba extasiado el puesto maloliente como si gozara de una película de suspenso sentado en una destartalada butaca del viejo cine Rívoli (11), esta vez no fue la excepción. Se detuvo allí, obnubilado, justo en el momento que degollaban un pollo. El ruidoso cacareo de las gallinas le sonaba a canturreo luctuoso de un coro que redondeaba un ritual que lo excitaba; disfrutó de la “ceremonia macabra” hasta que Bojor lo sacó del trance estirándole el cuello de la camisa con el dedo índice y se lo llevó a los empujones unos metros hasta que se chocaron con la mesada de mármol del carnicero. - Hola Don Abraham – lo saludó Bojor. Restregándose las manos y tomando inmediatamente el cuchillo recién afilado preguntó el carnicero: “¿Ke vinites a bushkar?”, aunque intuyó que la compra no sería importante y que tendría que tener alguna actitud piadosa. - Y… mire… , mi mamá dice que si me puede dar un pedazo de hígado… para el gato. – le rogó el hermano mayor, con cara de angelito inocente. - Ah … hígado para el gato… A ver… cuantos gatos son? – preguntó capciosamente el puestero. - Somos… yo… mi hermano, mis hermanas… somos siete. – respondió Bojor rápido e ingenuamente, mientras se rascaba la cabeza y sonreía con cierto nerviosismo. - Ah … siete gatos – susurró Don Abraham de un modo tal que sus lánguidas palabras sonaron tan rumiadas como llegadas de un eco lejano. El carnicero hizo un dilatado silencio, miró fijamente los ojos bien abiertos de los manzebikos (12) que esperaban ansiosos una respuesta que se hizo esperar demasiado. Cuando ya comenzaban a inquietarse, el matarife abrió lentamente la heladera y sacó un hígado grande, lo apoyó delicadamente en el mármol y volvió a levantar la vista encontrándose nuevamente con los cuatro ojos bien redondos, que esta vez lo miraban sin pestañear y con las cejas enarcadas. Apretó disimuladamente sus labios para ocultar un repentino sentimiento de compasión por los dos imberbes y comenzó a cercenar el hígado fresco, exactamente por la mitad. Pasaban por su cabeza una tras otras imágenes de un pasado que quería perder para siempre pero que, cada tanto, lo sobresaltaban, angustiándolo. Sabía muy bien qué sentían esos chicos. El mismo había sobrellevado tempranamente demasiadas necesidades en su vida y tuvo que pedir también para comer más de una vez. Recordó la guerra, la invasión griega de Esmirna. la Bahía de Izmir. El Karatash (13), las privaciones, el hambre… - ¿Y… Don Abraham? - abruptamente lo devolvió al presente la pregunta de Bojor, que no alcanzaba a entender porqué el sefaradí se había quedado medio paralizado, con el hígado ya partido en dos y la vista perdida en algún punto lejano. Con un imperceptible movimiento de cabeza, el carnicero volvió en sí, enderezó su espalda, colocó prolijamente en la bolsa uno de los pedazos de la víscera y con un brusco ademán se la alcanzó estirando su macizo brazo sobre el mostrador. “Toma y váte a tu casa”, le dijo con gesto severo, evitando mostrar lástima o ternura. Enseguida resonó un apurado “¡Gracias Don Abraham!” de los hermanos que salían a pasos rápidos del mercado temiendo que el carnicero se arrepintiera. Ya en la calle, un mohín imperceptible y cómplice los unió y comentaron entusiasmados cómo saborearían las milanesas de hígado que les prepararía su madre, o tal vez en pedacitos saltado con cebolla. ¡Qué banquete!, imaginaron. Se les hizo agua la boca. - ¿ Le dejaremos algo al gato? - preguntaba Davico riendo exageradamente. Corrieron alegres hacia el conventillo saltando entre los charcos de la vereda. Subieron la escalera de a dos escalones y pasaron como un torbellino el primer patio. Dora, la vecina de adelante, les observaba atentamente los movimientos y con una áspera y carvernosa tos, evidentemente fingida, les advertía que no toleraría que rompiesen otra maceta de malvones. Entraron a la pieza agitados. Bojor levantó la bolsa con el hígado, lo mostraba a su madre como un trofeo ganado con astucia y sacrificio. Pero algo raro pasaba; ella estaba parada al lado de la mesa, demasiado seria, con los brazos cruzados. Sus hermanas observaban sentadas, con aire de resignación a su padre estirado en la cama matrimonial, tumbado por el cansancio, durmiendo profundamente. Varios rollos de tela yacían arrumbados a un costado, contra la pared. Bojor y Davico supieron más tarde que era el fruto final de la ganancia en la dársena, que cuando su progenitor volvía a la casa lo sorprendió el chaparrón, justo a dos metros de la entrada de “El Baratillo Misterioso”, la casa de compraventa. El dueño del famoso comercio, en el que se hacían los negocios más variados, lo había convencido para que se llevara un lote de saldo de telas, asegurándole que le haría una muy buena diferencia. Jaim llegó con “el bogo” (14) a su casa y sin un centavo, jurando que vendería los paños de algodón “sin falta, mañana”. Ese día la familia comió hígado saltado con cebolla y arroz a la turca, de almuerzo y cena, incluso “kimaklí“, el gato. Por la noche Jaim todavía trataba de convencer a Luna de que a partir del día siguiente su vida cambiaría. - ¿Adió Lunika ke es ese musho? (15) Luna permaneció en silencio, molesta. Le había recriminado a su esposo que en vez de llevar el dinero a su casa le llenara de telas baratas la habitación. El se sentía en falta y nunca soportó demasiado verla enojada; decidió esperar prudentemente unos instantes a que Luna soltara alguna palabra, algún gesto de aprobación. Estuvo un par de minutos mirándole fijamente la nuca, resoplando de tanto en tanto, como reclamándole benevolencia, pero ella seguía muy seria mirando la pared. - Lunika vo a probar suerte! - insistió Jaim - Ke Dió mos guadre…(16) - le contestó ella, con un tono que sólo denotaba escepticismo al tiempo que meneaba la cabeza como el péndulo de un reloj. - El Dió es tadrozo ma no olvidozo… kirida. (17) - sentenció Jaim, procurando convencerla de que pronto vendrían días de “leche y miel” Sabiendo que su esposo insistía con cara de carnero degollado, y que no la dejaría en paz hasta recibir una palabra de aliento, dio vuelta la cara y le dijo: “Esta bien, desha esa cara de simbil (18) y… Kolai liviano ke se te haga!” (19) Jaim no alcanzó a sonreír cuando se escucharon gritos en el patio. Luna salió a calmar a su hija Esther que lloraba desaforadamente por el golpe de balero (20) que su hermano Davico le había pegado justo en el medio de la frente, sin querer. - ¡Garón de Kampana! (21) – le gritaba Davico a Esther. - ¡Gameo grande! (22) - le aulló su madre. -¡Mira como deyaste a tu hermana!… ¿Ke le hizites? – agregó, abrazando a Esther que sollozaba. El hijo mayor observaba aturdido la escena y decidió no intervenir. Entró al cuarto para ayudar al padre a terminar de ordenar los rollos de tela en un rincón pero enseguida se escuchó: “¡El güerco me iervara a mí! (23) Jaim ven aquí, es que no escuchas que tus hiyos se están sacando los oyos!” (24), rogó con desesperación. El hombre dejó el rollo de tela que estaba acomodando y mientras salía al patio refunfuñaba: ” Amán, Amán, esto kere el Dió … Patrón del mundo… (25) Hiyos criar…fierro mashcar.” (26) Bojor se quedó en el cuarto y para evadirse de la discusión entre sus padres y del barullo del patio sacó de su rotoso portafolio de cuero gastado su libro de cabecera, en realidad era el único que tenía, un obsequio de su tía Violeta, que se lo había comprado a un cuentenik (27) a precio regalado, porque le faltaban como diez páginas: “El Martín Fierro”(28), lo comenzó a leer por enésima vez. Cada vez que se reñía en la familia lo abría en la misma parte: “los hermanos sean unidos… porque si entre hermanos se pelean los devoran los de ajuera (29)”, cuando imprevistamente entró Davico corriendo como una tromba y detrás su padre con el cinturón en la mano. Uno de los dos pisó la palangana y el agua saltó mojando a Luna que entraba implorándole al marido “…dale un shusto…no lo ajarves…!(30) Apenas encontró un hueco entre el atolladero, Bojor salió al patio con el libro en la mano. Allí todavía lloraba Esther consolada por su hermana Raquel. Se acercó inquieto Don León, el vecino: “¿Amán… (31) Bojor, qué son estos gritos?”. El muchacho levantó la cabeza y antes de contestarle miró el cielo estrellado, recordó la tormenta con la que comenzó ese largo día, el paso por el Café Izmir, la excursión al mercadito San Bernardo para mendigar el pedazo de hígado, su padre volviendo con los bolsillos vacíos y un remanente de telas pasadas de moda. Después de ese repaso tortuoso y veloz, sacó la vista de la luna plateada y menguante en la que se había detenido y atinó a responderle al vecino: “Está todo bien Don León no se preocupe… nada nuevo… vaya tranquilo.”, y haciendo una pausa le agregó una expresión de deseo, que en medio del tremendo alboroto era difícil de creer: “¡…Nochada buena!”(32) Davico pasó entre León y Bojor corriendo, con las mejillas coloradas, lo seguía pesadamente su padre, resoplando y revoleando el cinturón. En la persecución el adolescente alocado se llevó por delante la maceta de malvones de Doña Dora. Bojor ahogó un gritó pero se le escapó a media voz: “¡¡¡ Noooo…Davico, otra vez la maceta, no!!!“ Lentamente y haciendo creer que no vio nada, Don León se fue camino a su pieza en puntas de pie exclamando al viento: “¡Sí… nochada buena!” Sabía que lo mejor era, sin la menor duda, que su esposa Dora se enterara recién por la mañana lo de la maceta rota, cuando eso ocurriera él ya estaría bien lejos, en su trabajo, lidiando con los metales en los Talleres Máspero. Mejor era no oír a su muyer kafrar (33) cuando le tocaban sus plantikas. (34) Una hora después, cuando todo había vuelto a la “normalidad”, Luna se acercó a tapar a sus hiyos. Davico dormía boca abajo, tenía ardiendo las nalgas de las dos veces que lo alcanzó la hebilla del grueso cinturón de cuero de su padre. A su lado Bojor, que fingía estar dormido, apretaba sobre su pecho el Martín Fierro, su madre se lo sacó despacio y lo dejó sobre la mesa. El libro estaba abierto en la página sesenta y ocho en la que una estrofa, marcada alguna vez con lápiz por su hijo, sobresalía de las demás: “… Y recuerde cada cual / lo que cada cual sufrió / que lo que es, amigo mío yo / hago ansí (35) la cuenta mía: ya lo pasado pasó, / mañana será otro día.” Luna se acostó al lado de su marido que quebraba el silencio del cuarto roncando como un volcán en plena erupción. Todos dormían menos ella, creyó. Había sido una movida y embarazosa jornada. En la soledad de su vigilia dio un agudo y esforzado golpe de vista al cuarto, a las inmóviles siluetas recortadas que apenas se dejaban ver en el espacio semi oscuro: Jaim, otra vez en casa; en la cama chica sus dos hiyas y en el colchón del piso sus dos hiyos. Kimaklí, el gato, dormía enroscado arriba de un rollo de tela rayada. Estaban los siete, habían cenado. ¿Podía pedir algo más?. Se puso de costado, apretó sus manos entrelazando los dedos y antes de cerrar los ojos, para darse ánimo, recordó aquel viejo dicho: “El Dió manda helada asigún la muntanya.” (36) Respiró profundo, cerró los ojos y justo antes de ser vencida por el sueño escuchó la media voz casi secreta de Bojor que, despidiéndose del insomnio, le decía: “!Má… Nochada buena.” – Nochada buena hiyico… Nochada buena, le respondió con ternura y se durmieron. |
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Este cuento está se ha basado en anécdotas registradas en un extenso archivo documental del autor, producto de su investigación sobre la inmigración sefaradí.
Notas: 1) Barrio de la ciudad de Buenos Aires con gran concentración de judíos 2) Arroyo que cruza la ciudad de Bs. As. A principios de la década del 30 aún no estaba entubado. 3) Cuándo vendrá. Tarde o nunca. 4) Trabajo temporario. 5) Con buena suerte 6) Anís 7) Músicas rítmicas, turca y griega, frecuentes en el Imperio Otomano. |
Carlos Szwarcer
Publicado en “Los Muestros” Nº 59. Junio de 2005. Bruselas. Bélgica.
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“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/
Un canto de boda sefaradí de Marruecos
La canción anónima de origen sefaradí -cuyo texto reproducimos abajo- es de aquellas melodías con letras picarescas que se escuchaban en el Buenos Aires del siglo XX. Inmigración y cosmopolitismo.
Para escuchar la canción click aquí
Estaba el Pai Pero sentadito al sol,
con los calzones blancos y encima un cordón.
Viéronle las damas desde el mirador
Mamá!
- “¿Qué es esto Pai Pero, qué es esto, Señor?
qué es esto que asoma por el mirador?”
Dijeron las damas, - “Suba usted, señor!”
Mamá!
- “No puedo, señoras, no puedo por Dio´
para tantas damas no hay munición”.
Ay! Sube que no sube y arriba que subió
Mamá!
Ciento veinte damas, todas las empreñó
menos la cocinera, que para ella faltó.
Ay! no faltó, señora, que aquí lo traigo yo
Mamá!
Entre los anafes, allí la empreñó
Todas paren hija, la criada varón.
Mamá!
Ciento veinte cunas, todas enderredor,
la de la cocinera, en el terrado colgó.
la la la la la
La de la cocinera en el terrado colgó.
* Recopilación, transcripción y adaptación de música y texto:
Eleonora Noga Alberti
Datos sobre Eleonora Noga Alberti : http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/category/colaboradores/
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Leche de Cabra
Por Carlos Szwarcer
Haim no dejó muy buenos recuerdos en su descendencia. Su porte marcial acompañado de un gesto severo cimentaron una imagen fuerte y autoritaria. Espesos bigotes le ocultaban cualquier esbozo de sonrisa que acaso alguna inaudita circunstancia le pudiera provocar. Había nacido en 1876 en el Imperio Otomano y es posible que su paso por el ejército y la policía definieran esa personalidad por la que sus familiares le tuvieron más temor que respeto. A los veinticinco años se casó con Regina, de apenas quince, con quien tuvo cinco hijos. Ella aportaría la cuota de dulzura necesaria y las bases para que en su hogar se conservara muy bien la tradición sefaradí, el legado de sus ancestros judeo-españoles.
Pero la joven tenía los días contados. Eran tiempos en los que morir era muy fácil. La parca la visitó en la flor de la vida, a los escasos treinta y cinco años, en 1920, pocos días después de dar a luz a Isaac. El desconsuelo echó una sombra de tristeza sobre sus hijos. La idea de abandonar Izmir (Esmirna), la ciudad en la que habían nacido, pasó al terreno de la necesidad imperiosa. Nada volvería a ser como antes, la invasión griega, apenas finalizada la Primera Guerra, los empujó a la pobreza. La dolorosa decisión de partir, siguiendo los pasos del hermano mayor, fue tomada. Lo hicieron por etapas.
Sara, íntima amiga de Regina, era una viuda que no había tenido hijos. Frecuentó la humilde casa del barrio hebreo durante muchísimos años y allí vio crecer a cuatro de los vástagos del matrimonio. Por soledad, compasión, o tal vez amor, a tres meses de desaparecer su entrañable compañera del alma, se casó con Haim. Prontamente pasó de viuda a madre, creyendo que hacerse cargo de la prole no le traería complicaciones, pero el más pequeño, algo enfermizo, requirió de toda la atención de esta menuda señora “de gran corazón”. Criar a Isaquito exigió un esfuerzo colosal. Todos los días saldría a buscarle leche de cabra porque el niño no digería bien la de vaca.
Su llegada a Buenos Aires en 1933 - con Haim y el benjamín - cerró un ciclo que la mujer inició con la esperanza de rehacer su vida. En trece años se trasladó a América el núcleo familiar desde la antigua e intrincada judería esmirlí a la pujante capital de la República Argentina. Se desconoce si quedó algún pariente directo de esta rama sefaradí en Turquía, aunque parece poco probable.
El vértigo de la ciudad porteña desubicó el estilo de vida provinciano de Sara que se sintió rara, tanto que difícilmente salía a la calle. Se aisló en la imperturbable seguridad de su pieza; a lo sumo la convencían, muy de vez en cuando, de ir a visitar a algún pariente. Solía tejer paños con dos pequeñas agujas, sentada sobre el almohadón beige de su silla de esterillas barnizadas, cerca del ventanal que daba a la calle. Se rodeaba de decenas de papeles de diario, en un obsesivo intento por evitar que las pisadas le ensuciaran el piso encerado. Su manía por la limpieza creció en la medida que no supo qué hacer con su vida. Fueron casándose los hijos y su vejez pasó de monótona a baldía. En el otoño de 1957 murió Haim, a los ochenta y un años. El velorio fue en esa pieza del inquilinato, el mismo en el que cuatro décadas antes, a principios del siglo XX, estuviera el primer templo sefaradí del barrio de Villa Crespo, en Gurruchaga al 400.
La segunda viudez de Sara aceleró su ocaso. Una vez por mes le llevaban algo de dinero sus hijastros. Vio transcurrir desde la ventana las horas, los días, los años. Los pibes que hubiera jurado que hacía un rato jugaban a la pelota en la vereda ya se habían casado. Fue perdiendo la vista, el oído y los pocos restos de energía. Enmarañada la conciencia, amotinados sus reflejos, fue alejándose de la realidad. El presente y el pasado se le mezclaron y fueron partes de una misma dimensión.
A comienzo de los años sesenta iba con mi madre a visitar a aquella anciana enclaustrada, enferma y muy arrugada, a esa pieza que ya, por entonces, lucía muy diferente. Mientras caminábamos hacia su cama el viejo piso de madera crujía reseco a punto de quebrarse. Sólo un equilibrio casi circense podía evitar que metiéramos nuestros pies entre los gajos abiertos que dejaban algunos listones rotos. Olfateé un espeso y desagradable tufo a humedad. Inspeccioné con aprehensión los muebles, generosamente antiguos y polvorientos. Algunos recodos quedaban parcialmente ocultos por pequeñas telarañas. Ese estado de abandono extrañamente contrastaba con los blanquísimos crochetes que cubrían los vidrios de la puerta de entrada y la mesa; se me antojó pensar que alguien los hubiera colocado recientemente.
En ese cuarto de techos altísimos la luz ingresaba mezquina por algunos resquicios de los postigos del cerrado ventanal que daba a la calle; los opacos espejos de una elevada vitrina devolvían fragmentos de agazapados y sombríos perfiles. Sara tenía la cabeza apoyada en el almohadón, ligeramente caída a un costado; su rostro aceitunado y cubierto de surcos dejaba escapar tan sólo un leve rastro de vida por los ojos apenas entreabiertos. Percibió nuestra presencia. Comenzó a hablarle a mi madre, que inclinada le acariciaba suavemente la mano. Nunca supe si se dirigía a ella, en la repetición acompasada de “¿Eres tú…Regina?, o a su amiga, mi bisabuela fallecida en Izmir. Recuerdo su débil balbucear deshilando, esforzadamente, imprecisas palabras anudadas a una alegre canción que escuché de niño, cadencia que ahora sonaba sumergida en un mar de tonos acongojados. Esa triste mañana quedó grabada en mis ojos y en mi corazón.
Volvería a visitarla. Asistiría al lamentable espectáculo de un espectro hedido y abandonado que terminaría sus penosos y sumisos días en un asilo de la localidad de Burzaco, en la Provincia de Buenos Aires. Hasta allí llegué una tarde acompañando a mi tío Isaac, el mismo que de bebé salvó su vida gracias al sacrificio de aquella madrastra en la lejana Turquía. Parecía sentirse en deuda con esa mujer postrada que ocupó por mucho tiempo el lugar de buena madre.
Sin embargo, Sara tuvo destino de olvido. Su tenue luz, apagándose irremediablemente, fue estrujando recuerdos a través de los laberintos de una profunda historia, y acaso en aquellas remembranzas pudo encontrar, entre tanta fragilidad y abnegación, algunos momentos de felicidad. Por fin volvió a rozarle las mejillas la brisa tibia de la exquisita primavera en el verdor del monte Pagus, cuando divisaba desde las alturas las casitas de techos rojos que le encantaban, y las azules aguas del Golfo de Izmir llegando mansas hasta la rambla, entretanto conversaba con su eterna amiga Regina, y las risas acudieron de un lejanísimo verano cuando juntas cantaban pícaros romances sefaradíes. “¿Regina eres tú Kirida… eres tú kirida amiga?”, repetía una y otra vez. Así fue menguando su cuerpo, enmudeciendo el murmullo, extinguiéndose, sigilosa e indescifrable, su sencilla y austera humanidad. Redimido a la hora perfecta alzó vuelo su espíritu y, atravesando fugaz otro enigmático océano, consumó el postrero retorno a su primera morada.
Publicado en “Los Muestros” Nº 61. Diciembre de 2005. Bruselas. Bélgica.
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“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/









