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Estampas de Buenos Aires

Blog de Carlos Szwarcer en Monografias.com

 

Ashkenazíes

Agradecimiento a David Galante

El video histórico testimonial “Del Holocausto a Buenos Aires… Un lugar en el mundo”, entrevista que le  realicé a David Galante, sobreviviente del campo de exterminio de Auschwitz, fue originalmente presentado en la Jornada “Buenos Aires Sefaradí” (agosto de 2008), en el ámbito de “La Manzana de las Luces”, y es frecuentemente utilizado como  herramienta educativa, por ejemplo, en el Museo del Holocausto de la ciudad de Buenos Aires.

Tapa del video "Del Holocausto a Buenos Aires...Un lugar en el mundo"

Con ese documental comenzó el Proyecto de Historia Oral del Colegio Babar (2009). El video original -junto a la síntesis del proyecto iniciado en la Institución educativa -  fue seleccionado para ser entregado como material didáctico para los docentes que concurrieron al Seminario “Formador de Formadores 2009. Herramientas para la transmisión del Holocausto”, en Córdoba, Argentina. La actividad fue organizada en forma conjunta por el Museo del Holocausto de Buenos Aires, la Task Force for International Cooperation on Holocaust Education Remembrance and Research (ITF), el Museo del Holocausto de Washington (USHMM) y de Yad Vashem (Museo del Holocausto de Jerusalem)

Un inmenso agradecimiento al Sr. David Galante, por su testimonio para “Del Holocausto a Buenos Aires… Un lugar en el mundo”, y por su presencia en el Colegio Babar, participando con un “nuevo testimonio” basado en las preguntas de los alumnos. El resultado fue motivador y enriquecedor para toda la comunidad educativa. La búsqueda de temáticas relacionadas con los valores universales surgieron, inevitablemente, y fueron variadas y originales las nuevas líneas de investigación.

El material aludido lo difundimos con la Representante legal del Colegio Babar, Dominique Seguin, en Bariloche, en la Universidad Fasta (octubre de 2009). El encuentro, denominado “El Holocausto: La Historia Oral como herramienta educativa”, destinado, especialmente, a los docentes, fue abierto a toda la sociedad y contó, además, con la participaron de los alumnos de la Cátedra de Derecho Internacional de la Universidad anfitriona.

Todo lo mencionado fue posible gracias al testimonio de David Galante, a quien admiro, profundamente, por ser un verdadero ejemplo de vida y quien me honra con su amistad.

Felicitaciones David por el merecido reconocimiento que le realizó recientemente la Legislatura porteña como “Peronalidad Destacada de los Derechos Humanos”.

Carlos Szwarcer

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David Galante Personalidad Destacada de los Derechos Humanos

Tras aprobar un proyecto de ley presentado por el legislador Daniel Lipovetzky, la Legislatura porteña declararó a David Galante Personalidad Destacada de los Derechos Humanos, en reconocimiento a su invalorable aporte a la memoria de la Shoá. El evento se llevó a cabo ayer, miércoles 17, a las 18 hs, en el Salón San Martín de la Legislatura porteña.

David Galante “Personalidad Destacada de los Derechos Humanos”: Mesa de presentación en el Salón San Martín de la Legislatura porteña.

Izq a der: Marcelo Benveniste, David Galante y Carlos Szwarcer, en el acto de reconocimiento

realizado en la Legislatura.

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Pesaj y las huellas de mi pasado…

por Carlos Szwarcer

 

Fragmentos de “La mesa de mis abuelos” , Carlos Szwarcer, “Los Muestros” Nº 58. Marzo de 2005. Bruselas. Bélgica.

 

 

(…) Crecí con un fuerte concepto de familia que se afirmó en las reuniones de la calle Vera 954, la casa de mis abuelos maternos Alboger - Benghiat, sefaradíes nacidos en Izmir a principios del siglo pasado y llegados a la Argentina en los años ’20. En la gran mesa de su comedor, los platos siempre desbordantes, las risas contagiosas hasta el llanto de alegría, los ruidos de las copas de cristal que en cada brindis sonaban como agudas y finas campanadas. Y el primer lejaim (1) de mi abuelo Alejandro, que repetíamos en un eco interminable como entrando en un trance colectivo. Allí estábamos todos. El vigor de la prosapia y la efervescencia de la prole discurrían como en un sueño diáfano. Hubo un tiempo en que ésto fue más o menos así aunque parezca un cuento.

 

(…)  Y de todas las fiestas celebradas en ese espacioso comedor espejado, fue Pesaj (2) la que dejó en mí la huella más profunda. Desde chico, algo simple y contundente me marcó en cada conmemoración: el significado de libertad que emanaba de su historia. Trascendió más allá de lo religioso, de la tradición o de lo simbólico, y cada año fue adquiriendo mayor dimensión.

 

(…) En la casa de mis abuelos, donde transcurrió mi infancia y parte de mi adolescencia, había una vez un comedor de mosaicos jaspeados y amplios ventanales, en el centro la enorme mesa de madera labrada y lustrosa, en torno a la cual, en Pesaj, inauguré mi reflexión sobre los vastos dominios de la libertad. Los tiempos pasaron y mis tempranos presagios sobre las inevitables ausencias de mis seres más queridos se fueron cumpliendo inexorablemente. Sin embargo, tras el dolor por los que se iban, se agigantaba en mí, como por mandato divino, el recuerdo de los jubilosos tiempos idos y la certeza de que luchando por un presente digno y en libertad ayudaría a que el mundo fuera mejor para las generaciones venideras, para nuestros hijos.

 

Tal vez una de las más bellas consecuencias de Pesaj sea que a través de sus festejos comencé a entender algo sobre el sentido de la vida. Después me dedicaría a la solitaria indagación sobre mis orígenes y a consolidar una profunda vocación por la historia. Pesaj, al fin, me dejó la libertad como principio y la responsabilidad como modo de vida. Sirva este recuerdo en honor a las familias y sus encuentros, y a ciertas festividades que ayudan a vislumbrar las complejidades de la vida y a modificar los caminos de nuestra existencia.

 

 

 

Notas:

 

1)Del hebreo: por la vida, salud.

2)Pascua judía.

 

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Moishe tango

Moishe tango.

En el viejo teatro IFT, desde el sábado 9 de abril –se trata de una sala con mucho buen teatro entre sus paredes, con gran acústica natural donde, recuerdo, vi y escuché de chico cantar a Mercedes Sosa…tangos -se pondrá en escena “Moishe Tango”, claramente con buenos ejecutantes y cantores y más claramente dirigido a poner el acento en la porteñidad musical judeoargentina, muy relacionada con el tango con intérpretes y compositores admirables. Me lo cuentan y lo cuento. Seguramente valdrá la pena.

 

Fuente: http://weblogs.clarin.com

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No es tan distinto

 

Liliana Benveniste, Marcelo “Rudy” Rudaeff, Ada Grinbaum, Adrián “Colo” Mirchuk en “No es tan distinto”: Teatro Gargantúa. Jorge Newbery 3563. CABA

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Ashkenazíes, Preservación del Patrimonio Cultural, Sefaradíes, Teatro

A 17 años del atentado contra la Embajada de Israel

Ayer, se conmemoró, con renovados reclamos de Justicia, el ataque terrorista ocurrido el 17 marzo de 1992 en la sede de la Embajada de Israel, en la calle Arroyo al 900. El acto, que tuvo lugar en la Plaza Embajada de Israel, en Retiro, organizado por el gobierno de la Ciudad y la Embajada de Israel, entre otros, recordó la tragedia que dejó más de 20 muertos y 300 heridos.

El canciller Jorge Taiana afirmó: “La Argentina continuará trabajando activamente en los ámbitos nacional, regional y multilateral, para prevenir y combatir el terrorismo”. Y agregó:“El esclarecimiento de los atentados a la embajada de Israel y a la AMIA y el castigo a los culpables es un objetivo indeclinable del Gobierno”.

Daniel Gazit, el embajador de Israel en la Argentina, dijo: “el atentado no se esclareció, los responsables permanecen libres y los culpables no están enjuiciados…no tengo palabras para aliviar el dolor. Sus seres queridos están con nosotros, con nuestra esperanza. Por su memoria, por la vida que podrian tener y ya no tienen, continuaremos la lucha por un mundo justo y libre”.

 

Fuentes: Diario “Clarín” y “La Nación”

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El plato de Latkes

Por Ricardo Feierstein

 

-

Tobías y las mellizas llegaron temprano, a eso de las cinco. Apenas tuvieron tiempo de dejar los abrigos y saludar a la bobe Ester- el abuelo Abraham dormía la siesta en la piecita del sótano y no se atrevieron a despertarlo- cuando ya las niñas subían a los gritos, con ruido y aspecto de tropilla desordenada, por las escaleras de madera que llevaban a la pieza de juegos. Conocedora de las preferencias de sus nietos, Ester había acondicionado ese salón especialmente para los siete chicos (tres de Estela, dos de Bernardo y el par de mellizas de Tobías) que todos los años, hacia el mes de setiembre, se reunían para festejar el Año Nuevo judío con sus parientes.

También se visitaban en otras ocasiones, claro, y el goloso del abuelo Abraham acostumbraba probar con la cucharita un pedazo de torta antes de encender las velitas del cumpleaños y cosas por el estilo, lo que le valía suaves reprimendas y daba pie para organizar la “búsqueda del ladrón de tortas”. Pero Rosh Hashaná era algo especial.

- ¿Dónde está Sofía?

- Llega más tarde, mamá. Tenía clase de yoga y no podía faltar.

- Yoga… Ay, Tobías, Tobías, si tu padre se enterara que precisamente el día de Rosh Hashaná

- Cambiá el disco, vieja, ya no somos nenes. No seas anticuada, te queda mal.

Los primeros alaridos llegaron desde arriba. Eliana había salido de la pieza de juegos y cerrado con llave desde afuera. Patadas y golpes retumbaban tras la puerta.

- Mi Dios, queridas, no hagan tanto ruido que el zeide se despierta. ¿Qué pasa, Elianita, qué pasa ahora?

- Tatiana agarró el scalectric y no lo quiere prestar. Entonces la encerré, así aprende.

Mientras la abuela Ester subía a gestionar un tratado de armisticio, sonó el timbre. Beatriz entró al living sonriendo y llena de paquetes, las mejillas arreboladas por el trotecito final desde la entrada de la casa de departamentos para entrar en calor. Bernardo iba detrás, llevando un chico en cada mano.

- Buenas tardes… es decir, ya casi buenas noches. Está por salir la primera estrella.

- A git iur, a git iur

La abuela volvía a correr escaleras abajo, musitando algunas palabras en idish mezcladas con bendiciones. Entre la efusión de los saludos Tobías había olvidado sobre la mesa del comedor el paquete con masas. Lo advirtió y, gesto ampuloso mediante, lo aferró con ambas manos para extenderlo hacia su madre.

- En tu honor, mamá, para festejar el nuevo año.

- No te hubieras molestado- dijo, poco conmovida.

- Tu cultura gastronómica anda algo floja, hermano- chanceó Bernardo. - ¿Cómo traés masitas de panadería en Roshe Shune? Estás hecho un asimilado cualquiera. Entre vos y un goi (gentil) no hay diferencia, hablando mal y pronto.

Tobías se limitó a sonreír.

- Mirá, Bernardo, yo también conozco esas historias de Polonia donde se enterraban las ollas que mezclaban leche y carne por accidente, con ceremonia y rabino incluidos. Pero acá estamos en Argentina, che. Y esas masitas son deliciosas, ya vas a probarlas con el café.

Mientras hacían tiempo para la cena hablaron de negocios y de política (¿se irían realmente los militares del poder el próximo año, luego del fracaso de Malvinas?). Bernardo, contador público, administraba media docena de empresas y eludía los impuestos hasta el límite de lo permisible. Tobías tenía una fábrica de ropa para bebé y durante el verano atendía a los clientes de la zona balnearia, lo que permitía a su mujer veranear corrido desde diciembre hasta marzo en Miramar.

Otro timbrazo interrumpió los pronósticos sobre cifras de inflación y préstamos en dólares. Era Sofía que venía de la clase de yoga. Tras los saludos de práctica se recluyó en la cocina junto a las otras mujeres, mientras pequeños cubos de madera que rodaban por las escaleras indicaban que la convivencia entre las mellizas y sus primos distaba de ser pacífica. Gabriel se asomó para anunciar a los gritos que estaban haciendo un concurso para adivinar quien sabía más palabras en idish, incluyendo las “malas”. Tatiana apareció detrás para decir que ella hablaba idish pero no alemán, nunca, porque los alemanes cuando hablan parece que escupen, es un idioma muy difícil. Hubo una especie de remolino de cabezas y manos y todos se metieron de vuelta en la pieza de juegos.

Suspirando, Tobías subió con cuatro saltos la escalera que llevaba arriba y desarmó el paquete que tenía pensado ocultar hasta la medianoche: un pequeño televisor- computadora traído desde Miami en el último viaje por sólo un par de cientos de dólares, que engolosinaba a los pibes con la posibilidad de cuarenta juegos diferentes.

- Tuve que abrir el regalo antes de tiempo- se justificó Tobías. - Pero a estos salvajes no hay otra forma de calmarlos.

Volvieron al living y Bernardo sirvió un par de whiskies. Beatriz asomó la cabeza desde la cocina.

- ¿El viejo todavía duerme?

- Creo que sí. ¿Por qué?

- Voy a prepararle una sorpresa.

Hacia las ocho llegaron Estela, Luis y los tres chicos. Hubo algún alboroto en la pieza de juegos por la interrupción, con gritos de asombro y encuentro, aunque la computadora televisiva obraba como silencioso anestésico.

- Hasta mañana por la tarde- dictaminó Sofía con tono amargo. - Después se cansarán y habrá que buscarles otro juego. Niños ricos.

Los hombres se juntaron con cuchicheos tribales en un rincón del living y también Estela ingresó en la cocina, de la cual emergían aromas prometedores. El crepúsculo había caído algo bruscamente, apenas tamizado su paso por las bordadas cortinas de voile. Fue necesario encender un par de luces.

Tobías retomó los detalles de su viaje a Miami: charlas en castellano con los cubanos, juego del sordomudo para hacer entender su muy precario inglés (del curso de 500 palabras, seguido apresuradamente antes de las vacaciones, no recordaba más que cincuenta).

- Felizmente, Sofía tiene buen oído y es caradura, de modo que nos arreglamos. Escuchen ésto: una vez, decidimos salir de noche para visitar uno de esos pornoshops

- Eso es en Dinamarca- interrumpió Luis. Uno de sus amigos había viajado dos años atrás.

- Bueno, es un decir. Un lugar de esos donde hay streap tease y está lleno de curves

Curiosamente, las contadas palabras en idish que los dos hermanos y su cuñado manejaban estaban referidas a las partes pudendas y suplían la incomodidad de usar expresiones soeces o adjetivos “fuertes”. Salvo en el caso de Sofía, claro, que como se psicoanalizaba, al decir de la familia, había liberado su lenguaje y era una “boca sucia” que llamaba a cada cosa por su nombre.

Mientras Bernardo y Tobías se perdían en devaneos eróticos y Luis miraba aburrido a través de la ventana, las mujeres de la cocina tenían el trabajo perfectamente repartido.  La abuela Ester abría la puerta del horno cada par de minutos para controlar la evolución del pescado, que se doraba lentamente en su interior. Beatriz se afanaba en busca de diversos ingredientes como harina de matze, papas y huevos, conseguidos los cuales apartó de un manotón los objetos que ocupaban la mesada de mármol y comenzó a trabajar. Estela volvía a limpiar las copas de cristal con un repasador de colores y Sofía, apoyada en el borde de la alacena, comenzó a contar.

- Ustedes no se imaginan qué pasó hoy al mediodía. Fuimos con Tobías y su socio a un restorán que estaba repleto, tiene un cocinero especialista en comida suizo- francesa. Cosa de locos.

- ¿Es cusher (puro, según la ley dietética judía)?- preguntó Estela, tapándose con la mano la sonrisa que acompañaba al interrogante para que su madre no advirtiera el tono burlón, aunque Ester siguiera ocupada con el horno y no prestara ninguna atención a lo que se decía.

- En una mesa cercana- prosiguió Sofía, haciendo a un lado la interrupción con un gesto de la mano, como quien espanta una mosca- se sentaron tres viejitas que eran todo un espectáculo. Tenían más de ochenta años cada una, muy delgadas y con… sombreros. Sí, señor: un sombrero tirolés con plumas, uno verde con una especie de cepillito arriba y una boina negra con pompón. Un chiche, digno de ver. Además se movían con verdadera “clase”, manejaban los tenedores con la punta de los dedos y todo eso.

- ¿Qué pidieron para comer?

- Esperá, falta lo mejor. Las viejas engulleron como lima nueva: dos platos, enorme copa helada de postre cada una y… ¡dos litros de vino tinto puro! Y todavía, al terminar, piden tres cafés así: “Mozo, bien caliente, que queme la lengua…”

- ¡Qué divinas!

- Parecía que se desarmaban en cualquier momento y, sin embargo, comían y tomaban como muchachos hambrientos… Sin alterarse, claro, finas y delicadas. Las había traído un chofer, que esperó afuera. Después bromeaban entre ellas, dos se fueron y la tercera no encontraba la salida. Clamaba que sus hermanas la abandonaron, hasta que entró el chofer a buscarla.

- ¡Amorosas!

- El mozo las llama “las tres niñas”. Nos contó que vienen a comer los martes y sábados para pedir un plato especial que las vuelve locas, se llama “bife a la café París”.

- ¿Pero entonces es cierto que fuiste a un restorán treif (impuro) el día de Rosh Hashaná?

Sofía dirigió a Estela una mirada helada que eximía de toda contestación y a modo de respuesta prosiguió, mirando a las otras:

- Lo más curioso es que las tres viejas sólo hablaban en francés, entre ellas y con el maitre. Es un idioma precioso, viste, con mis dos años de Alianza Francesa yo sólo entendía palabras sueltas, pero es tan musical, tan…

Hizo un gesto para unir ambas manos y luego las lanzó hacia arriba, como expresión de lo sublime.

- Eso es lo que me gusta de los franceses- terció Estela-, no tienen vergüenza de hablar su lengua frente a extraños.

- ¿Y los armenios?- añadió Beatriz, levantando la cabeza de la mezcla que estaba terminando de preparar. - Ellos sí tienen orgullo nacional: tengo un amigo que, cuando llega un pariente a su negocio, se pone a hablar con él en armenio y ni se preocupa de traducir. Yo estoy ahí parada sin entender ni jota y ellos en lo suyo, ningún problema. En cambio nosotros, con el idish…

- Nosotros no sabemos idish- dijo Estela, mirando de reojo a su madre, que no parecía escuchar y, ausente, seguía trajinando con el horno.

- Es distinto- dijo Sofía.

- ¿Por qué es distinto?

- Por favor, Estela. ¿O me vas a decir que cuando viajás en colectivo y una vieja se pone a conversar a los gritos con su marido en idish no te morís de vergüenza y estás rogando que se baje en la primera parada?

Hubo un breve silencio.

- Lo que sucede es que sos una asimilada- dijo, al fin, Beatriz. - Mucho yoga y todo eso, pero tus hijas no saben lo que es ir a una escuela judía.

- ¿Qué tiene que ver? ¿Acaso a vos te ponen contenta las viejas que hablan en idish en el colectivo mientras todo el mundo las observa?

Estela quiso aplacar los ánimos.

- ¿Qué estás preparando, Beatriz?

- Un plato de latkes. Es la comida preferida de tu papá, le daré una sorpresa.

- A propósito- recordó Estela- ¿no sería hora que se levante? Son más de las ocho y sigue durmiendo.

- El viejo Abraham Dat casi no duerme de noche, con sus pesadillas de campo de concentración y todo eso- explicó Sofía, con aire de suficiencia. - Es lógico que se recupere con largas siestas, sobre todo desde que descubrió esa piecita del sótano donde no llegan los ruidos de la casa.

Miró a su suegra, pero como ésta persistía en su mudez y seguía ocupada (ahora con los pollos) concluyó:

- Lo despertaremos para la cena. Mientras tanto, llevemos un aperitivo a los hombres que deben estar hambrientos.

En efecto, ellos habían terminado sus bebidas y recibieron con alborozo los platitos de ingredientes. Sofía preguntó por los chicos pero, antes que nadie pudiera responder, un grito clamoroso que llegó desde la pieza de arriba- varias gargantas festejando al unísono- desmostró las virtudes del telematch para mantener el barullo infantil alejado de la severa conversación de los mayores.

- Mientras no echen pegamento dentro del aparato- rogó Beatriz.

Tobías palmeó el abdomen prominente de Bernardo.

- ¿Vos también vas a comer, che?

El otro sonrió, acariciando la misma zona.

- Sí, estoy más gordo. Que querés, todo el día sentado detrás de un escritorio.

- Eso no tiene nada que ver- interrumpió agriamente Luis. -Yo también estoy todo el día en el negocio y peso 67 kilos. Deporte, cuñado, mucho deporte. Aunque, a tu edad…

Luis se había recibido de abogado, pero decidió era más provechoso ingresar al negocio de artículos de importación de su padre. Eso le había otorgado seguridad económica y una mueca de tristeza que oscilaba de continuo en sus labios. Bernardo se sintió generoso cuando eludió estas referencias y contestó de manera oblicua.

- A mí me gusta el tenis pero no puedo practicarlo seguido. Todos los fines de semana vamos al country, es cierto, sin faltar uno. Pero hay cuatro canchas para ciento cincuenta personas. ¿Piensan que es fácil conseguir una? Por si eso fuera poco, mi señora no puede salir si antes no se pasa tres horas dando vueltas, al final nunca llegamos antes del mediodía…

Sofía, que había comenzado a preparar la mesa, se volvió con brusquedad, un enojo disfrazado de sonrisa en el rostro.

- ¿Qué tenés que decir de tu mujer?

- Que es una perfecta ama de casa- sentenció Luis, sin perder el tono amargo de la voz.

- ¿Qué estarán haciendo los chicos ahí arriba?- volvió a preguntar Estela, para desviar la conversación.

Desde la pieza de juegos, ahora, no llegaban ruidos. Insistió.

- Cuando están así, silenciosos, una nunca sabe en qué andarán. A veces parecen extraños, viven un mundo tan distinto…

- Los míos no tienen problemas- aclaró Sofía. -El psicólogo me dijo que son normales, aunque no lleguen a sobresalir. Y te digo, después de diez años de psicoanálisis que cargo conmigo, que prefiero a los que se mezclan naturalmente con la multitud que a genios locos y perturbados.

- El psicoanálisis es un invento judío- intervino Luis. -¿Qué de bueno se puede esperar de él? Mi amigo Juancho le cambió a su mujer el análisis por la instalación de una boutique. Dice que, ahora, ella está más horas fuera de casa, conversa con gente y hace relaciones sociales, lo que la tranquiliza mucho. “¡No me hincha más las bolas!”, me grita Juancho. Y encima conviene: las pérdidas del negocio son menores que el costo del psicoanalista. Tudo bem.

- Ay, no seas bestia. Y menos en la noche de Rosh Hashaná.

- No es bestia- dijo Estela, en defensa de su marido. -El dice lo que muchos piensan y nadie se atreve a declarar. Vos misma señalaste hace un rato, en la cocina, que no es ningún orgullo llevar esa marca de “diferente” en la piel.

- Pero no es lo mismo.

- ¿Por qué no es lo mismo?

Bernardo se levantó de su sillón, con gesto ofendido.

- No estoy dispuesto a soportar estas sandeces en casa de mis padres y en una fecha tan importante. El judío que se avergüenza de sí mismo es un ser despreciable.

- ¿Desde cuándo vos sos tan judío?- ironizó Luis. -Durante treinta años sólo te dedicaste a hacer dinero y conseguir relaciones de negocios. Recién ahora se te dio por visitar la sinagoga y entrar en la Comisión de Padres de la escuela judía, para conseguir un poco de cuved, figuración entre tus iguales. ¿A eso lo llamás judaísmo? No, viejo, eso es una hipocresía.

- Pero ya viajé dos veces a Israel.

- ¿Y con eso qué? Yo fui el año pasado a Sudáfrica y eso no quiere decir que me disgusten los negros.

La discusión amenazaba subir de tono pero fue felizmente interrumpida por la entrada de Beatriz, que vino desde la cocina llevando un plato repleto de humeantes latkes, todavía ronroneando en su fritura.

- Especialidad de la casa- dijo. -Pueden comerse solos o con azúcar.

- ¿Latkes en Rosh Hashaná? ¿Qué es eso?- inquirió Bernardo.

- El plato preferido de tu papá.

- ¿Qué tiene que ver? Hoy se come pollo y guefilte fish (pescado relleno), los latkes sólo se sirven en Pésaj (Pascua).

Luis rió entre dientes.

- ¿Así que sólo en Pésaj? Su formación gastronómica, mi querido futuro dirigente comunitario, es muy escasa. Los latkes se comen en Sucot.

- ¿Sucot es Sukesen idish? ¿Es la fiesta de las primicias?- trató de adivinar Sofía, algo confundida. Beatriz, siempre con el plato en la mano, no salía de su asombro.

- ¿Qué importancia tiene? A don Abraham le gustan los latkes y estamos en una fiesta judía. ¿Qué más da comer una u otra cosa?

Bernardo negó con la cabeza.

- Es una cuestión de principios. Los latkes se hacen con harina de matze, que a su vez recuerda la matzá, ese maná que Dios les envió a los judíos desde el cielo cuando salieron de Egipto- pontificó Bernardo. - Es la comida de Pésaj.

- Matzá es simplemente pan sin levadura, una galleta que los judíos hicieron en el desierto porque no tenían otra cosa a mano- dijo Luis. ¿Qué tiene que ver Dios con todo esto?

- Yo juraría- reiteró Sofía- que cuando festejamos Sukkes en la escuela de los chicos, este año, sirvieron latkes. Eso creo.

- Qué confusión- bromeó Luis, como si el asunto no importara demasiado.

- El que está confundido es mi hermano- intervino Tobías, que había guardado hasta el momento un prudente silencio. - Yo recuerdo que hace muchos años, en el partido sionista al que pertenecía, hicimos un séder (orden) de Pésajal estilo tradicional: se mojaban verduritas y huevos en agua salada y los chicos hacían las cuatro preguntas y todo eso. Pero ni sombra de latkes.

- Todo eso es una discusión formal- señaló Beatriz- y me parece hasta caricaturesco. Los latkes son una comida judía y punto. No demostremos más ignorancia. El asunto en cuestión es si pueden servirse hoy.

- Aunque eso no les guste a los judíos asimilados- agregó Bernardo- que preferirían festejar con un almuerzo francés o italiano las festividades hebreas. Del mismo modo, aunque Israel esté en peligro a ellos jamás se les cruzará por la cabeza la idea de emigrar allí. Están en otra cosa.

La salida resultó algo intempestiva. Luis ironizó.

- ¿Vos pensás ir a Israel? Los hijos del relojero, el del negocio vecino al mío, viajaron hace seis meses y ya escribieron que no aguantan y quieren volverse. Frustrados, eso son, y se escapan a Israel para disimular.

- No podés generalizar así, Luis. En realidad, lo único que hacés es defenderte.

- Nuestros hijos reciben educación en escuelas judías- agregó Bernardo, como argumento de emergencia.

- En definitiva- interrumpió Beatriz, que seguía blandiendo en alto el plato con la comida recién cocinada- todas estas discusiones ideológicas y culturales son muy interesantes, pero los latkes se enfrían. ¿Los comemos o no?

- ¿No serán para Jánuca?- aventuró Estela, que había quedado pensativa. - Esa fiesta con candelabros, donde se encienden las siete velas por los macabeos. Yo recuerdo, cuando era chica, que jugábamos a la perinola y había cosas dulces, quizás eran latkes con azúcar. ¿De la bobe, se acuerdan?

- A mí me parece una irreverencia- remató Tobías. -Una falta de respeto.

Se abrió la puerta de la cocina y la abuela Ester atravesó velozmente el living, cargando una pila de platos. Se cruzaron algunas miradas entre los invitados pero, ante el persistente silencio de la dueña de casa- que, muda desde hacía un buen rato, sólo parecía preocupada por el incesante trajinar que suponía preparar una correcta cena para quince personas- no se atrevieron a interrumpirla. Sobre todo con una consulta burda, que revelaba tanta confusión. Cuando volvió a entrar a la cocina, Sofía giró la cabeza hacia el resto de sus familiares.

- ¿Y si les preguntamos a los chicos?

- Los míos ni saben qué estamos festejando hoy- dijo Luis-, salvo que se trata de una comilona. Yo soy un padre moderno, no vivo en un pasado inexistente como ustedes, que tienen todavía el espíritu anclado en Europa oriental.

Bernardo cruzó una mirada de inteligencia con su mujer y, con breve sonrisa, movió la cabeza en dirección al piso alto. Beatriz se acercó al borde de la escalera y llamó.

- ¡Gabriel! ¡Adriana! ¡Vengan rápido que papá quiere preguntarles algo!

De la pieza de los niños llegaban ahora, luego de un silencio de varios minutos, ruido de pisadas y exclamaciones alrededor del juego. Nadie contestó al llamado.

- Están concentrados con su telematch y no van a molestarse en interrumpirlo- dijo Tobías.

- La esperanza del mañana, nuestra nueva generación judía- chanceó Luis, burlón pero sin alegría.

- Por lo menos no serán ignorantes como algunos- replicó Bernardo. - Ya saben cantar el Hatikva en hebreo y conocen toda la historia.

Luis iba a contestar pero, de improviso, llegaron algunos ruidos desde el sótano. Todos quedaron un instante sin hablar, conteniendo el aliento.

- Parece que papá se está levantando- insinuó Estela.

Esperaron, pero no se escuchó movimiento alguno.

- ¿Se sentirá bien?- dijo Beatriz, haciendo una mueca. - Quizá nos estaba llamando.

Volvieron a callar, pero en el silencio de la sala sólo se oía el trajinar de la abuela Esther en la cocina. Ruido de platos y ollas, matizados cada tanto por algún suspiro.

- Bueno, ¿qué hacemos con los latkes?- preguntó Luis, realista. - Ya deben estar fríos.

Por un instante, todos dudaron.

- Llevárselos al viejo- decidió Estela, dirigiéndose a su cuñada. - Y, como quien no quiere la cosa, preguntarle si es una comida adecuada para Rosh Hashaná. El debe saber, sin duda. Mamó su judaísmo en el jéider, allá en Europa, no las tiene prendidas con alfileres como nosotros.

Hubo como un correr de muebles, sordo y contenido, en el sótano. Todos asintieron y Beatriz, decidida, se dirigió a la puerta que llevaba a la pieza de don Abraham, seguida por las miradas del resto.

- Dale, andá de una vez- apuró Bernardo, nervioso.

- Don Abraham- dijo Beatriz en voz alta, comenzando a bajar las escaleras con el plato de latkes en alto- quiero preguntarle algo. ¿Se siente bien?

El estrépito que hacían los chicos, arriba, de pronto creció bruscamente de volumen, un traqueteo como de indios preparando un malón.

 

 

GLOSARIO

A git iur, a git iur (idish): “(Que tengan) un buen año”.

Bobe (idish): abuela.

Cusher (idish), Casher (hebreo): “puro”, apto para el consumo de acuerdo a las leyes dietéticas de la tradición judía. Se lo puede generalizar como adjetivo que garantiza lo judío.

Curves (idish): prostitutas, gente de bajo nivel.

Guefilte Fish (idish): pescado relleno. Comida típica de los judíos de Europa oriental.

Hatikva (hebreo): literalmente, “la esperanza”. Himno del Estado de Israel.

Jánuca (hebreo): fiesta de las luminarias. Su motivo histórico se remonta a los tiempos del dominio griego en Oriente medio, siglo II a.e.c. La rebelión de los macabeos expulsó al invasor heleno del Templo de Jerusalén y un pequeño recipiente de aceite mantuvo encendido el candelabro judío de siete brazos durante ocho días, milagro que se celebra, cada año, en esta fecha.

Latkes (idish): buñuelos de harina de matzá o de papa cruda, que se fríen con huevo y aceite y se presentan solos o espolvoreados con azúcar.

Matze (idish), Matzá (hebreo): galleta sin levadura, que sirvió de alimento a los judíos durante su travesía por el desierto, luego de partir de Egipto.

Pésaj (hebreo), Peísej (idish): equivale a unas Pascuas judías. Rememoran la salida de los esclavos judíos de Egipto, liderados por Moisés, en su marcha hacia la libertad. Dura siete días en Israel y ocho en la diáspora. Es el comienzo, propiamente dicho, de la historia judía.

Rosh Hashaná (hebreo): literalmente, “cabeza de año”. Equivale al Año Nuevo judío.

Séder (hebreo): literalmente, “orden”. Indica los pasos de la celebración de la fiesta de Pésaj, que dura una semana. Habitualmente se festejan el primer, el segundo y el último “seder” de modo comunitario.

Sucot (hebreo),Sukkes (idish): es la “fiesta de las cabañas”. Tiempo de reflexión- se lee el Eclesiastés- que rememora la endeble morada de los hebreos al salir de Egipto, en simples cabañas bajo el cielo, mientras deambulaban hacia la tierra de Canaán. El símbolo fundamental, entonces, es la sucá (cabaña), de construcción muy elemental y que permite ver las estrellas en la noche.

Treif (hebreo): “impuro”, no apto para el consumo de acuerdo a las leyes dietéticas judías. Se lo generaliza para calificar algo “no judío” en su esencia.

Zeide (idish): abuelo.

 

* (Fuente: “La logia del umbral”. Novela de Ricardo Feierstein. Editorial Galerna, Buenos Aires, 2001, págs. 73-83) - Autorizada su publicación en “Estampas de Buenos Aires” por el autor.

Datos sobre el autor: http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/category/colaboradores/

 

“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com

http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/

Ashkenazíes, Colectividades, Narrativa-Cuentos-Relatos

La casa eterna

Por Carlos Szwarcer

 

Había esperado ese momento toda la noche, ansioso y desvelado. Aquella mañana sería diferente a todas las demás. Los peones sudorosos, con los canastos sobre sus espaldas, atravesaban meticulosamente el angosto zaguán y el enorme patio repleto de coloridas macetas; al trote cubrían la distancia que los separaba del corredor; y en el primer departamentito iban descargando nuestras pertenencias. Pobre mi bobe, se había ido al cielo sin despedirse de mí; eso sí nos había dejado la pieza y el comedor para que nos mudáramos de un tercer piso por escaleras al inquilinato.

Ya no tendría que subir tantos escalones cada vez que volvía del cole, ahora para mí todo sería distinto, pensaba, mientras encaramado a la base cuadrada del soporte de la heladera jugaba a que tenía un poderoso monopatín, sus rueditas y mi desbocada energía me llevaban de un lado al otro del patio común ante la mirada desorbitada de algunos vecinos.

Me conocían, claro, cada tanto íbamos por un rato de visita, pero ahora “el roiter” (el colorado) (1) llegaba para quedarse, y ya se sabe como son los pelirrojos: traviesos, malos, dañinos, aseguraba Esther, la de la primera piecita.

- Nene, ten cuidado con los malvones - me gritó Dora -. Y agregó, de entrada, para que no quedaran dudas de que el patio era su exclusivo territorio: - me rompes una plantika y “te ajarvo”. (2)

- Tranquilo íngale (3), tranquilo. Susurraba Don Simón, el de la tercera pieza, dibujando una falsa sonrisa- Sin dudas, presentía que nuestra llegada le complicaría sus monótonas y soporíferas siestas.

La verededa de la Calle Padilla al 600

 

Y fueron años felices. Mis viejos, mis hermanas, los vecinos, un gran menjunje. Afuera la calle, lo nuevo, el inicio de un largo camino. Siempre me esperaba la barra de amigos, los juegos, “la feria”, el cole, en fin,… mi infancia, la vida en sus comienzos, tan pura y transparente. “Después… que importa el después”, dice el tango. Qué sentido tiene ahora observar dónde estoy, dónde llegué, qué fue, qué pudo ser. Más allá de todo, allí, en ese lugar, están los primeros momentos sublimes de mi existencia, inalterables por siempre, tan ciertos y monolíticos que resisten cualquier intento de olvido, aunque, a veces, casi sin darnos cuenta, agreguemos algún detalle nimio a lo acontecido, para tapar algún hueco de la memoria, o para embellecer innecesariamente lo que es bello de por sí, todavía un poco más.

Hace tanto calor; el local de la calle Warnes, al que llegué por un trámite, tiene aire acondicionado, después de unos minutos salgo y, otra vez, me sumerjo en el fuego del mediodía. Apurado, con tantas cosas por hacer, con el día que no alcanza. ¡No…no puedo dejar de pasar por allí! Estoy apenas a unas cuadras de mi vieja casa, siempre que estoy cerca paso, me atrae, no sé, es como un canto de sirenas. Seco la transpiración de mi cuello con el pañuelo. ¡Qué día complicado, la próxima vez paso! ¿Qué hago?, me pregunto ¡No! Tomo el teléfono celular y llamo a Marta. “Sabés donde estoy… en Villa Crespo”. Ese comentario es un guiño, ella sabe que indefectiblemente pasaré a cargar las pilas. “Ok…. Un beso”, me dice sonriendo.

Cada tanto me llego, necesito percibir los viejos aromas, recorrer la cuadra, los árboles, los umbrales que me conectan directamente con el origen, los frentes de las casas que todavía permanecen en pie, pararme frente a esa puerta de madera, con los brazos cruzados, como diciendo acá estoy todavía y vos también, buen roble, indestructible al paso del tiempo, como mi niñez.

El zaguán que llevaba al gran patio

 

Entonces… bajo por Malabia, doblo en mi calle Padilla, paso por el añoso árbol al que le sacábamos las ramas para hacer las populares y divertidas fogatas en aquellos inviernos tan fríos, y me voy acercando, de a poquito, como siempre, para ir saboreando el momento de los recuerdos. Camino casi pegado al frente de mármol negro de la casa en la que jugábamos a las figuritas, y de pronto me siento extraño, desubicado, como si me hubiera “chupado” un plato volador y me dejara en otro sitio, en otro lugar absolutamente desconocido. Miro hacia atrás, por las dudas, para saber si estoy loco o qué… Sin embargo, todo está igual, faltan, por supuesto, conjurados en algún rincón del pasado, los pibes de la barra, los puestos de la feria, mi vieja con su bolsa volviendo del almacén, el turco Liazer, el tano Tomás, el gallego Manuel, Moishe, el “shlepper” (4), pero, por los demás, todo, o casi todo, está en su sitio como algunas décadas atrás. Dicen que las piedras sobreviven a los mortales. ¿Y mi casa? Vuelvo a mirar y no caben dudas, no estoy soñando, estoy donde tengo que estar, pero donde estaba y tiene que estar la casa de mi niñez hay un edificio de nueve pisos, riéndose desde las alturas. Ni puerta, ni zaguán, ni patio, ni las baldosas de la calle quedaron.

Duro como una estatua de sal, frío como un témpano, desorientado, como a quien le mueven el piso o le quitan las estrellas del firmamento para siempre, atiné a decir solamente, con la voz temblorosa: ¡¡¡Qué lo parió!!!

- ¿Señor?, me pregunta un obrero con acento paraguayo.

Entro a la obra en construcción y me explican que estaban terminando los detalles, que finalizan en dos meses. Habían comenzado en marzo, casi un año atrás. ¿Tanto hacía que yo no pasaba? El zaguán no existe, donde estuvo el patio y el resto del inquilinato estará el garaje del moderno edificio. Me permiten recorrer la planta baja. Donde estuvo mi cuarto, por el momento, apenas unos ladrillos tirados, una bolsa con desperdicios y una pequeña hoguera quemando vaya a saber qué. Miro y miro, y no lo puedo creer. Ni patio ni Universo. Delante de mí un espacio inconmensurable, sin vida. Levanto la vista y el cielo es otro cielo.

Donde había estado mi casa

 

Salgo del edificio, saludo a los albañiles y me voy yendo, abatido, metido en mis pensamientos. Me pregunto por la chapa de la puerta de entrada, por el número. Me doy vuelta, desando el camino y cuando voy a preguntarle a uno de ellos, observo que la chapa enlozada está allí, envejecida, con el “644” todavía estampado, negándose a que el óxido alcance a corromper ese número cabalístico, lo único que queda. Nadie me mira. Levanto mi mano derecha y compruebo que no está atornillada sino puesta a presión, entre la carpintería metálica y el vidrio. Intento despegarla. -¡Dale!, me digo. Es solo una travesura, como antes, como cuando tocábamos timbre y salíamos corriendo, como cuando hacíamos pendejadas. ¡Dale!, repito, llevátela, como recuerdo. Suave, muy suave la voy desacomodando, la estoy haciendo mía…

La chapa oxidada de la calle

- Señor, me dice el capataz de la obra, mientras con cara de perro bulldog abre la puerta y me pregunta con aspereza - ¿Qué hace?

Tengo ganas de decirle tantas cosas, pero no me entendería. Le sonrío y miro la chapa por última vez. No me había topado con ningún plato volador, no me habían llevado a otra galaxia, simplemente mi casa de infancia ya no existía y nadie me había avisado. Tengo un nudo en la garganta, pero no más que eso. Decido no angustiarme, ni rasgarme las vestiduras, no tiene sentido, porque pensándolo bien… ¡qué me importa…, pero qué carajo me importa, si está en mi corazón, dentro de mi ser, para siempre conmigo!

Notas

1)Roiter: Colorado, rojo. En este caso “pelirrojo”. Del Idish, judeo-alemán, o habla de los ashkenazíes, judíos llegados a la Argentina, principalmente desde Europa Central y Oriental.
2)Ajarvar: dañar, lastimar. (del djudezmo: habla de los sefaradíes. Denominada indistintamente djudezmo, ladino, judeoespañol, castellano antiguo, espanyol, españolit, etc. Idioma de los judeo-españoles del siglo XV y que sus descendientes mantuvieron, con ligeras variantes, según la región, en cada aldea en la que se afincaron luego de la expulsión.
3)Íngale: niño, nene, joven. (del idish)
4)Shlepper: vagabundo, harapiento, mal vestido (del idish)

 

Carlos Szwarcer © 2007.
Buenos Aires, enero de 2007.

Publicado en:

Cronos Cultural Argentino: http://cronoscultural-arg.galeon.com/aficiones1672448.html (2007)
Letras Uruguay: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/szwarcer/la_casa_eterna.htm (2007)
Imágenes Archivo CS. Derechos Reservados.

Ver texto relacionado: “Del Patio al Universo”  http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/category/narrativa-cuentos-relatos/ 

Estampas de Buenos Aires. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com

http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires

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