Estampas de Buenos Aires

Blog de Carlos Szwarcer en Monografias.com

 

El Rey del Pochoclo. Historias y penas

Bajo la Lupa de Aquiles

Puerto de Olivos. Buenos Aires. Exclusivo para Estampas de Buenos Aires

Por Aquiles Pastenacus

 

 

Luego de mi trágico recorrido por las calles de la “Reina del Plata”, informado con abundantes detalles para “Estampas de Buenos Aires” (“Viernes Negro”.  4 de mayo), pude  salir del letargo postraumático y, este fin de semana, recobré mi confianza en la profesión. Decidí visitar el Puerto de Olivos en un  día magnífico de sol. Ya se sabe que nada es perfecto: repentinamente, un viento cruzado me dejó las mejillas, y otros sectores, de color azul, haciéndome notar que era otoño y que había salido para verano. Tuve la necesidad de entrar en calor cuando a unos metros vi un carrito de venta de pochoclo, higos y  manzanitas, que trajo a mi mete que alguna vez fui niño y - en parecidas circunstancias - le tiraba de la pollera a mi mamá o del saco cruzado de mi papá para que me comprasen alguna golosina. Siempre, o casi siempre –coscorrones  mediante, sin ningún efecto -  me salía con el gusto. Fui muy perseverante desde chico…

 

Pero, ya no tenía cinco años, lamenté recordarlo, así que puse la mano en el bolsillo, saqué un billete de $ 10 y pedí un palito de higo acaramelado con pochoclo. El pochoclero, con aire de italiano que llegó hace medio siglo, pero no perdió el acento, me dijo “gracias”, en un castellano que por suerte  entendí  inmediatamente, aunque no soy bueno para los idiomas…

 

 

Mientras recibía los $ 2.- de vuelto del quiosquero, observé que se había formado una cola de tres personas para adquirir los exquisitos dulces. De puro curioso, no me retiré. Entonces… mientras se transformaba en mi boca el riquísimo caramelo en un verdadero elixir, un muchacho le gritó al puestero: - Antonio, cuánto tiempo che… ¡!!  Te acordás de mí….??? No puedo dejar de buscarte cada vez que paso cerca…. Dame una manzana, un higo y una bolsa de pochoclo. Antonio rió con felicidad. Una vieja clienta le comentó que ella también quería llevarles pochoclo a su hijo (de treinta añitos) y a su nieto. Que su vástago siempre le dice que no hay mejor pochoclo que el de Antonio. Y así, sorprendido por las muestras de afecto, fui demorando mi partida  escuchando los distintos comentarios de los vecinos sobre el vendedor.   

 

Me dije: este hombre representa para los vecinos del lugar el recuerdo vivo. Así que, cayéndoseme un imperceptible hilo de baba, preparé mi grabador…  Pero cada vez que me iba a acercar aparecía otro cliente, y otro: una vuelta más de tuerca al pasado… Me quedé esperando el momento oportuno para aproximarme.

 

Antonio era todo un personaje, de impecable delantal blanco, gorrito, y motoneta gris, naranja y fucsia; en su carrito tenía pegado varias certificados de habilitación, notas de reconocimiento de diputados y del Concejo Deliberante. Por fin, se produjo un breve relax y me abalancé abruptamente sobre su humanidad para conocer mejor su historia, antes de que llegara otro molesto cliente.

Antonio Tullio Capelli. El Rey del Pochoclo

Antonio Tullio Capelli había nacido en Italia en 1933. A poco de finalizar la Segunda Guerra llegó a Buenos Aires con su familia. Adolescente, de unos 15 años, trabajó en una marmolería del Barrio de Chacarita. No le era muy grato el contacto cercano con el Cementerio, pero el salario le permitía sobrevivir.  Tres años después llegó a Olivos. Asegura que se encuentra en la zona vendiendo pochoclo desde hace 60 años (¡!!) Las banderas de su carrito dicen en letras coloradas: “El Rey del Pochoclo. Antonito”. Y parece que es verdad, afirman que tiene el mejor pochoclo de la zona norte. Este laburante, que se ha convertido en un pintoresco habitante del puerto, al contarnos su historia  pasa de la sonrisa al llanto.

 

Muestra orgulloso la nota del Ejecutivo Provincial habilitándolo a trabajar allí, en reconocimiento a los años que lleva en el lugar, una esquela  de agradecimiento de una Diputada Nacional, por su buena disposición a cada pedido de colaboración. Antonio afirma  que su forma de ejercer la solidaridad ha sido siempre regalar bolsas de pochoclo,  que es lo que tiene, que es lo que sabe hacer. Señala un recuerdo clavado en el carrito, es de la provincia de Corrientes - donde tiene una hija de 17 años-, el de la escuela 351 que lo distingue con la palabra “amigo”por los cientos de bolsas de pochoclo que envía para cada  Día del Niño.

 

Pero no todo era sonrisa para el italiano. Repentinamente, cambió el semblante, mencionó su preocupación porque alguien lo desaloje, que lo corran del lugar donde ha trabajado toda su vida. Se le escapó una pena devenida en puchero… una lágrima con sabor a angustia. A mí me empezó a temblar la mano con la que sostenía el grabador, los pies me pesaban, siempre me pasa cuando me emociono…. Terminé de tragar con dificultad el último higo acaramelado y le alcancé a preguntar: ¿de quienes habla….?

 

Don Antonio, el Rey del Pochoclo, marcó con el índice hacia algún lugar distante, o no tanto… y, evidentemente, prefirió el silencio. Se recompuso, y con una nueva sonrisa, un poco forzada para despedirse, me dijo: gracias… y siguió atendiendo a su florida clientela…

 

 

 

 

“Estampas de Buenos Aires”. Blog de Carlos Szwarcer. Monografías.com http://blogs.monografias.com/estampas-de-buenos-aires/

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