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Archivo de Agosto, 2012

Chateando: una cita de amor a ciegas

Un repaso mental como parte del debe y el haber.

En el haber, cierta holgura económica que le permitía darse todo tipo de satisfacciones, incluso con el extra de los caprichos personales más insólitos. Visitas a los mejores Shoppings; artículos exóticos del tipo made in a tono con la más alta gama de la última moda; una especie de harén de las mejores marcas; en fin, generalmente, compras compulsivas a fin de conformar un ajuar variadísimo y lujoso, comprimiendo el enorme placard del vestidor.

En el haber, también debía incluir las fiestas y reuniones de todo tipo, incluso las diplomáticas (su marido, Carlos Alzamendi Navas Correa, era asesor de informática de varias embajadas radicadas en el país), o el té canasta-anacrónico, demodé casi- de los días miércoles de cada semana (siempre a beneficio de alguna institución vinculada a la pobreza de las carencias infantiles). Resumiendo: un poco de aire fresco para la conciencia, a pesar de las fastidiosa molestia de tener que desplazarse cada tanto a algún ignoto rincón de la periferia urbana. Parte del rito de repartir juguetes o ropa usada, en medio de un caos de niños gritones y ansiosos que se colgaban de su cuello y le tironeaban la pollera reclamándole que la llevaran con ella.

Claro que también formaban parte de este haber, los viajes al exterior:- Europa, EE. UU.-, o algunas exóticas excursiones al lejano Oriente .A propósito, siempre recordaba el espantoso periplo por Calcuta, con la pobreza extrema dándole cachetazos en la cara.  Tanta angustia que no tardó de explotar al preguntarle a Carlos, por qué millones de personas aceptaban sin una sola protesta, ese ancestral estado de resignación y postergación  social. Él-cáustico como siempre- se limitó a contestarle que el dogma religioso todo lo hacía posible. “No se trata de un problema social, Azu. El problema social surge cuándo existen conflictos entre sus protagonistas, pero en este caso, todo se reduce a una cuestión religiosa fundamentalista. Aquí, los pobres y los parias, no levantarán jamás carteles de protesta”.

De todos modos, sería su primera y última visita a la India. Ver a seres humanos durmiendo en la calle-y por millones- mientras una elite era capaz de construir templos al estilo del Taj Mahal, le parecía sencillamente la muestra obscena de una sociedad enferma, que no se atrevía a revisar sus códigos ancestrales.

Menos mal que las incursiones a Chapelco o Aspen borraban con creces las malditas miserias espirituales derivadas de algunos fundamentalismos religiosos.

En el Debe, la frustración de sus estudios postergados de Derecho, consecuencia directa de la llegada casi compulsiva de sus tres hijos. “Yo entiendo lo de tu vocación Azu; pero los chicos te necesitan. Sabés que hemos probado con niñeras e institutrices de todo tipo, pero ya viste que sus intervenciones han hecho del hogar  un caos. Los chicos no se adaptan. Reclaman la atención de su madre”

Debe, ciertamente, con el contrapeso-además de la detestable rutina de criar los hijos-  de los largos viajes laborales de Carlos- en tiempo y distancia- debido a sus obligadas visitas a la casa matriz de Seúl.

A modo de colofón, el sello fastidioso y rutinario de las aventuras extramatrimoniales de su marido-desmentidas a rajatabla reiteradamente-, circunstancia excluyente de que el fuego pasional ya había extendido su certificado de defunción.

Sin embargo, pese a que los engaños liberaban su conciencia como una especie de vía libre para poder pagarle con la misma moneda, nunca se había animado a hacerlo. Ni siquiera bajo el acicate de saber que todas sus amigas casadas, acuñaban varias historias de amantes furtivos y de los otros. En fin, que la infidelidad era un umbral prohibido; y no precisamente porque le faltaran ganas. Todo lo contrario. En parte-lo sabía-una simple cuestión de inseguridad; la resultante de una educación prejuiciosa y pacata en el MARÍA AUXILIADORA, el antiguo colegio religioso que cobijara a 3 generaciones de la familia.

Pero mejor no recordar aquellos claustros. Aulas de atmósfera enrarecida. Programas pedagógicos ligados casi de manera obsesiva con el no fornicarás bíblico, pero a caballo del resto de los pecados capitales. Sí, mejor no recordar los atávicos prejuicios que habían convertido al sexo en un tema excluyente. ¿Moraleja? Treinta años de matrimofobia-a contrapelo de una disimulada y dolorosa frigidez.-, durante los cuales  ninguno de los dos-la pareja,claro- se ocupara jamás de plantear las cosas con la debida franqueza.

………………………………………………………………………………………………..

Conversación de amigas.

“-¿Te acordás de mis años de psicoanálisis? Siete, querida, siete años. Todo normal, hasta que yo también terminé en la cama con mi analista; eso de que primero son profesionales y luego hombres, resulta un cuento, querida. Ya sabés…, por una cuestión de transferencia, todas terminamos por enamorarnos; lo que pasa es que los tipos priorizan la  carne sobre las neuronas. Eso es todo. Todavía me río porque en la cama me dijo que ya tenía el alta; que mi problema se reducía a una compulsión genética de la libido sexual. Recuerdo que se me había puesto filósofo el hombre mientras fumaba un cigarrillo después de acabar. Vos sos del tipo de mujeres que exudan feniletilamina por todos los poros, me dijo.

-¿Feniletinalima? ¿Y eso que es?

-Yo tampoco sabía de qué me hablaba ; por eso, cuando llegué a casa, lo primero que hice fue buscar el diccionario. Parece ser que la feniletilamina es la sustancia del amor; una droga que secreta el organismo ligada a la libido sexual; si te enamorás -o te calentás que es lo mismo- como te puedo decir… el cuerpo se pone como un radiador hirviente, a full ¿me entendés?

-Trato…

¿Sabés que me causa gracia, Azu? Eso de que algunos de los hombres con los que me acosté, se ponían a filosofar después del orgasmo. La mayoría…, ya sabés…se dan vuelta en la cama y si te he visto no me acuerdo! ¡ Dios! ¡He escuchado tantas boludeces…! Pero el curador de almas la tenía un poco más clara. Mira mujer, más allá de la educación y la influencia del entorno, cada uno de nosotros es lo que los códigos genéticos han escrito en nuestras neuronas, me dijo convencido. ¿Moraleja? Azu: a mí me gusta encamarme y no tengo problemas en hacerlo todos los días. Soy…

-¿Ninfómana?

-Algo de eso debe haber en mí, ché. Soy insaciable. Una verdadera sexópata; pero ninfómana no, ¿sabés por qué? Porque cuándo hago el amor, si la pierna es buena, me quedo tranqui; es como si me quitara varias planchas de angustias y ansiedades de encima.

Mira detenidamente a su amiga. Indumentaria costosa y exclusiva. Se revuelve cuando piensa que tiene cierto aire de puta de lujo.

Como si leyera sus pensamientos, ella acota:

-Además querida, en el fondo, todas tenemos alma de putas; sí, no te rías…Si no fuera por los convencionalismos sociales, nada nos gustaría más que dar rienda libre a lo que somos: máquinas perfectas para dar y recibir placer.

Clara Magariños Cervantes Luro, parte de una familia patricia que había dado a la patria de los argentinos, militares, terratenientes, funcionarios de rango y servidores de Dios, la ecuación social que detentaba el poder( y lo había hecho hereditario) desde 1810.

Extraña relación la que las unía; ambivalente y conflictiva. Más allá de su rechazo a la vida disipada y demasiado liberal de su amiga, envidiaba su seguridad y la capacidad para hacer todo aquello que le viniera en gana. Tan diferente de ella…

-En cambio vos, mi querida…No tenés más que mirarte al espejo. Te estás apagando lenta pero sostenidamente. ¿Y sabés por qué? Porque desde hace mucho tiempo, te morís por vivir una aventura de orgasmos compartidos. ¿Y qué hacés…? Te lo pasás masturbándote mentalmente. Y no me digas que no…

Siente un frío sudor, como si un inasible fantasma lleno de pústulas se deslizara pegajosamente por su cuerpo.

-Y sí…la verdad que tenés razón.

Le parece que la frase se descuelga de su boca como si se hubiera quitado una vieja espina clavada en el paladar.

-¡Aleluya, Azu! ¡Aleluya! Hace años que esperaba que te sinceraras conmigo. ¿Y qué esperás? Tenés 50 años, querida… Si podés inflar un poco tu autoestima, todavía tenés posibilidades de hacerle la cabeza a más de uno.

-Pero vos sabés cuál es mi problema; los prejuicios me atan. No tengo ni tu glamour ni esa libertad de conciencia, ni…Soy incapaz de filtrear como vos entre las amistades; miedo, miedo a ser descubierta.

-¡Yo tengo la solución Azu! La seguridad absoluta tiene un nombre mágico: Internet. De eso quería hablarte.

Su amiga comienza un largo y pormenorizado monólogo a propósito de ese maravilloso artilugio-enfatiza-, capaz de hacer realidad los sueños más descabellados. Le acota cómo-a instancias de una vecina del country- había sido instruida en el manejo del chateo.

-¿Chatear?

-Sí, chatear. No vas a decirme…

-Sí, sí; sé lo que es. En casa lo hace Maria Elena. Incluso, Carlos me explico algunas cosas al respecto. Sabés que él es un experto…

-¡Tenés razón! Me había olvidado del trabajo de tu esposo…

¿Entonces…?

-No, que me quedé pensando… ¡Mirá que sos loca, Clarita! ¿Cómo se te ocurrió buscar…?

-¿Una cita de amor a ciegas por Internet? Ya te dije: un desafío. Además, quería vivir algo nuevo. El caviar es bueno, pero hasta el caviar cansa cuando se repite siempre. Me cansé de los tipos atildados que huelen a perfume francés que no sería malo en sí; el problema es que generalmente suelen tener la cabeza hueca. En fin, años y años y siempre más de lo mismo: egoísmo y egotismo exasperante…No te rías. Arrogancia, pedantería y machismo abierto o encubierto, pero siempre machismo al fin. Vos tenés la sensación de que los tipos te cogen como si fueras un trofeo, ¿entendés? Pero lo peor de todo, son esos pendejos de la City, integrantes de nuestra devaluada Wall Street, que buscan a las veteranas con guita para aprender y ver que le pueden sacar, materialmente hablando, claro. Los pendex son patéticos; siempre cogen rápido como si el sexo cotizara en Bolsa. En fin, querida Azu; estoy harta de sentir permanentemente el perfil de los de mi clase. Para colmo, cuándo despegás del uniforme, te toca algún abogado de un Estudio top lleno de ínfulas, o tenés que encamarte con un insufrible hacendado que nunca caminó un surco ni jamás se subió a un tractor. Eso sí, todos cortados por la misma tijera: Rolex con brillantes, Beeme, Mercedes o Audi; country exclusivo en La Horqueta o Pilar o piso en Puerto Madero o todo al mismo tiempo…

-¡Clari…! Yo te sabía liberal pero me estás anonadando.

El mozo era una estatua frente a la mesa.

-¿Lo de siempre, Azu?

-Lo de siempre, sí…

-Ya sabes, Freddy. Pero hoy agregame una pizca de fernet.

-Bien, señora.

-Hay una cosa que no entiendo, Clari.

El comentario de su amiga había empezado a hacerle cosquillas por todo el cuerpo. Imposible no sentir las palabras de Clara como burbujas chispeantes.

-Decime.

-Si con lo que hacés, no alcanzás a llenar tu vacío espiritual, ¿por qué continúas haciéndolo?

-Buena pregunta, querida. Por ahora no tengo respuesta, salvo, claro está, la que me dio el analista. Tuve una época, vos sabés…hace ya más de veinte años, que la vida me ofrecía una respuesta a través del amor. Estuve muy enamorada de Pedro Martín…

-Sí, lo sé; nunca hablamos a fondo del tema. ¿Y que pasó?

-No lo sé muy bien; pero creo que nada es perdurable. Los sentimientos son como las hojas de los árboles: están firmes sólo hasta que sopla un fuerte viento. Entonces, me cansé de todo; me dije que tenía que mandar mi rutina a la mierda de una vez para siempre. Y así fue como apareció Internet y la magia del chateo. No sabés querida; me metí en una página genial: hombres que buscan mujeres; mujeres que buscan hombres; hombres que buscan gays, claro, aunque yo prefiero decir putos, a la vieja usanza, ¿viste?; mujeres que buscan mujeres.

La confesión de su amiga parece un vino virtual trepando a su cabeza.

-Por esa vía, desde cualquier locutorio-nunca se te ocurra hacerlo desde la computadora de tu casa- hice contacto con un hombre super-especial. Un tipo re-original Azu, no sabés…¡Un caballero español de novela! ¡Todo un personaje! Un nieto de puta encantador. Tiene página web propia. El arte de amar, se llama. ¡Ah!, perdón…me olvidaba… ¡con subtítulo y todo! Fronn estaba equivocado. No me digas que no es genial…

-¿Frönn? ¿Erich Frönn?

-El mismo, querida. El que decía que el verdadero amor es el que tiene el cerebro como eje.

-Recuerdo el libro; lo leí. ¿Pero qué hace el tipo ése? ¿Quién es? ¿A qué se dedica?

-¡A coger, Azu! ¡A coger!

Ambas comparten una larga y sonora carcajada.

De pronto, la cara de su amiga se transforma.

-Es casi la verdad, literalmente hablando. En realidad el madrileño éste-a mí me dijo que era un ex funcionario de Telefónica y que incluso había participado del equipo que negoció con Mariju la compra de la decadente telefonía que teníamos antes- se dedica a dictar clases amatorias, teóricas y prácticas, eh. Te causa gracia. Más gracia te va a causar si te digo que lo toma como una verdadera profesión.

-¿Profesión?

-Sí, sí, profesión. Parece que el tipo está armando uno de esos libros de autoayuda amorosa y quiere volcar en él todas las experiencias. El caso es que el madrileño este es un verdadero Casanovas de la informática. Doscientos dólares la hora de teoría y trescientos dólares la hora de práctica.

¡Un bon vivant…!

-Llamalo como quieras. Pero te puedo asegurar que el tipo se lo merece. Filosofía oriental, yoga, anatomía humana; y ojo… con una edición de lujo del Kamasutra, a modo de manual de sus clases prácticas. Incluso tiene un capítulo teórico cuyo título es…escuchá…no lo vas a creer: la influencia negativa del dogma religioso  en la práctica sexual.

Le parece demasiado.

-¿Sexo con religión…?

-Sí querida, sí; a mí también me pareció una locura, algo casi ridículo cuándo lo escuché. Pero tenés que ver las cosas que dice. Tengo grabado a fuego una frase: la tragedia de Occidente está relacionada con el estigma sexual del que se hace eco el antiguo testamento. Te dije, un maestro de verdad.

-¿Y todas esas cosas se las explica a cada una de las mujeres que cita?

-Te asombra, ¿no…? Lo que pasa es que esto no lo hace con cualquier mujer. Si no pasás el filtro cultural…

-¿Filtro cultural?

-Como suena. Primero te envía un mail con un cuestionario de doce preguntas: sobre historia, arte, literatura, filosofía, ciencias políticas… ¡No pongas esa cara! El hombre exige interlocutoras de amplio nivel cultural. Para él, el sexo no pasa sólo por la carne.

El entusiasmo de su amiga comenzaba a contagiarla. Parecía contener todos los colores del arcoiris.

-¿Y a vos como te fue?

-¿Con el cuestionario? Bien…fallé con dos respuestas pero igual me aceptó. En una tenía que responder con qué nombre se conocía la guerra que había acabado con el comunismo y la Unión Soviética.

-Una pregunta tramposa…No hubo guerra alguna.

-Eso mismo pensé yo y así lo escribí.

-¿Y…?

-Guerra psíquica era la respuesta.

-Guerra qué…

-Psíquica, guerra psíquica, querida. Mientras me lo explicaba mantuve la boca abierta todo el tiempo como una estúpida. Mirá…no sé cuánto habrá de verdad en ese asunto, pero que el tipo hablaba con seguridad, ni te cuento. Me dio una clase magistral sobre ese asunto de la guerra fría…; y que el arma psíquica- así lo definió- se había convertido en el elemento terminal; que ambas potencias- rusos y yanquis- estaban empeñadas en dominarse mutuamente por ese medio. Parece de locos, pero la cosa  pasa por utilizar los poderes extra-sensoriales de personas con ese don especial, para dominar la mente del adversario. Y de esa forma, claro, manejar su voluntad política poniéndola al servicio de sus ideas.

-Ciencia ficción.

-Algo así mi querida. El caso es que los americanos utilizaron a Gorbachov como una especie de caballo de Troya, y dieron vuelta la ideología comunista como un panqueque.

Sin duda la calentura hace milagros. De otra forma no se puede pensar como Clara asume semejantes idioteces. Mejor volver a lo que le interesa…La referencia a la  resistencia física del hombre se torna inevitable.

-Hidalguía, querida, condición española. El hombre hace un culto al honor. Una sola clase nada más que tres veces a la semana. Y ojo: no con cualquiera. Ya te dije que el maldito se da el lujo de seleccionar a sus alumnas. Después del test, hay que enviar una fotografía y recién entonces te dice si acepta la evaluación mutua en la primera entrevista.

-¿Cómo mutua? ¿El no es el que decide?

-No, ambos. No quiere ninguna clase de ventajas; por otra parte, suena bastante lógico… Yo te digo la verdad, el tipo me puede deslumbrar de entrada con su inteligencia pero si voy y me encuentro con un adefesio, no alcanza. No creo que el espíritu  sea capaz de generar orgasmos sin la concupiscencia de la belleza y de la carne…

-Creo que tenés razón. Y digo yo… ¿quién es el que decide el fin de la relación?

-Ambos… o cualquiera por separado si decae el interés por el otro. Eso sí, hay una regla insobornable: El madrileño no admite transar con el egoísmo ni el egotismo.

-No entiendo…

-Es clarito, Azu: el tipo dice  que cuándo uno pretende ingresar en el otro, no lo hace movido por la abnegación sino por el espíritu de posesión; que es el cochino egoísmo el que te induce a apoderarte del hombre o la mujer con la falsa idea de la entrega personal. Me dijo que el amor humano en conjunto no es más que una entelequia; que todo lo que moviliza el supuesto amor hacia el otro-puso como paradigma de esto a la madre Teresa de Calcuta-es generado por una inconfesable actitud egoísta o egotista; sólo eso.

-Pero entonces el estado de enamoramiento..?

-Química, química pura querida. A propósito, esperá…-ve que su amiga busca algo en la cartera- como yo quedé traumatizada con su postura corrosiva al respecto, me envió a mi casilla parte de su tesis. Tomá,  leéla vos misma…

Mira el papel con el sello de Yahoo.

-¿Son estos párrafos en negrita…?

-Esos, sí.

-“ Toda la historia de la llamada civilización occidental y cristiana, se apoya sobre la falsa idea del libre albedrío. A instancias de nuestros actos volitivos, la toma de conciencia respecto a la idea del bien y del mal nos convierte en hacedores de nuestro propio destino. Nada más falso y execrable; la naturaleza- o si se prefiere el mismísimo Dios- ha fijado nuestra condición en cada uno de nuestros malditos códigos genéticos. Y estos son muy claros al respecto: la especie humana ha sido concebida para la muerte y la destrucción de sus propios congéneres. Suena, lo sé, demasiado temerario; pero no hay más que recurrir a la historia para comprobarlo. Incluso el amor no escapa a esta constante. ¿Queréis un ejemplo cultural? La misma Biblia-con el antiguo y el nuevo testamento-, es sólo una gigantesca estafa de ese supuesto amor sublime que nos moviliza. En realidad, no existe tal sublimación del espíritu. La finalidad de nuestras cochinas acciones siempre estarán condicionadas por el egoísmo y la glorificación de la muerte y de la sangre”.

¡Dios…! El gallego era un monstruo…

Terminante. Presiente que la envidia ha comenzado a desenroscarse perezosamente. Sensación que se hace aún más ostensible cuándo ella le dice que ni se le ocurra pensar en compartir semejante experiencia. La filosofía perversa del madrileño no era para ella.

-Vos tenés que generar tu propio juego. Tenés que empezar a chatear con uno y con otro hasta que encuentres el tipo que pueda volarte la cabeza, el que pueda arrancarte el grito del orgasmo visceral, antes que se convierta en una pústula muda en tu garganta.

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DIEZ DÍAS DESPUÉS.

Al fin había llegado el gran día. Todo estaba preparado minuciosamente. Luego de una larga y tediosa sucesión de chateos con individuos vulgares, al estilo, vamos a cogernos todo mamita, o, yo tengo la papa para vos veterana, al fin había logrado contactarse con un hombre refinado. “Me considero un hombre diferente; un clásico para quien el Amor debe ser escrito siempre con mayúscula. Eso sí…voy a ser muy frontal: yo descreo de los escarceos espirituales previos. Son una pérdida de tiempo; por esto te propongo sin rodeos un contacto físico de entrada. Para mí, lo visceral hace al espíritu y no al revés como piensa la mayoría. Si hay algo que detesto en el amor, es aquello que sólo pasa por el apetito de la carne. En mi caso, necesito vincularme con una mujer sensible, delicada. Preferentemente casada; una mujer que desee darse una nueva oportunidad sentimental y que sea capaz de ver el sexo sin prejuicios de ningún tipo. Ya te dije: Para mí, lo sexual marca la impronta del amor. Por eso no quiero una relación con rodeos. Dejemos que hablen nuestros cuerpos”.

Textual. La propuesta estaba acompañada de una invitación para conocerse personalmente en un hotel alojamiento (una audacia inaudita), transfiriéndole a ella la elección para concretar el día y la hora de la cita.

Recuerda el doble clic con el ratón. Literalmente, saltando de la silla del locutorio. Ofuscada, apenas alcanza a cerrar la casilla de su mail antes de abandonar la sala. Ya en la calle, y luego de caminar como un autómata durante incontables cuadras, se da cuenta de la estupidez que ha cometido, producto, piensa,  de su inmadurez emocional.

Ha tomado una decisión fronteriza y no puede quedar a mitad de camino. ¿Qué pensaría Mariano? Una colegiala, ni más ni menos. Para colmo, no podía sacarse de la cabeza esa estupidez de no quiero mostrarme en público. Patético.

Tres días después, decide entrar en otro locutorio. Cuando se sienta frente a la pantalla, imagina que el corazón es una boa tratando de salir disparando por su garganta. Ansiedad. Miedo, angustia, todo parece confabularse antes de pinchar la palabra enviar. Trata de que su primera frase en el chateo resulte concisa pero contundente. Mientras le da forma en la pantalla, tiene la impresión de que cada una de las palabras, implosionan en su mente como diminutas granadas.

Antes que nada te pido perdón, Mariano. Es la primera vez que hago algo así, vos ya sabés… Acepto que nos veamos con dos condiciones: Una: Que sea en un hotel de una amiga, sobre la Panamericana. Dos: No te aseguro sexo. Necesito conocerte. Respeto tus ideas pero yo soy a la antigua. Si estás de acuerdo, contestame. Si es un rechazo, ni siquiera me escribas”.

Controló el reloj; la respuesta tardó casi dos minutos.

“Acepto feliz. Me has hecho sufrir mucho estos días. No veo la hora de conocerte. La ansiedad no me dará tregua hasta mañana a las cinco. Adelantame los detalles. Un sueño para Mariano”.

Los detalles no se hicieron esperar.

“Debo confesarte que mi amiga fue quien me dio la idea; pero estoy tranquila porque es muy discreta. Es amiga mía, no de la pareja. Yo voy a estar esperándote en la recepción. Cuando digas tu nombre, una empleada te entregará la llave de la habitación. Dame un poco de tiempo antes de subir; mientras tanto, podés tomar una ducha y esas cosas, digo, por el calor.

Al pulsar el icono envío, sabe que ya es demasiado tarde para volverse atrás. Qué era eso de que podía tomar una ducha mientras tanto. Una estúpida contradicción.

Okey. El plan tiene una buena dosis de adrenalina. Te envío un beso”

Tiene razón Mariano. Adrenalina, ésa era la conjunción de la ansiedad, los miedos y la angustia. La misma sensación que ha sentido cuándo en el primer chateo, él le había dicho que no quería utilizar la cámara para mostrarse mutuamente. “En el amor, nada hay más excitante que el misterio”, le había dicho entonces a modo de colofón.

Pues bien, al fin se había decidido a dar el gran paso, luego de largas noches de sufrimiento, “monologando” con el cielorraso en la oscuridad de su habitación. Luego de las inconstantes, gelatinosas e inorgásmicas relaciones con Carlos- incluso cuándo las excusas de los repetidos dolores de cabeza ya no podían ser excusas-; sabiendo íntimamente, que él no se privaba de sus incontables aventuras amorosas. Ya era hora de ponerle el merecido y anhelado cuerno sobre su maldita frente.

Desde el punto de vista físico, no le importa si el tal Luciano es un hombre de ascendencia nórdica-cabellera rubia y ojos intensamente azules-, o un negro zanjero. La sola idea de sentirse atrapada por los genitales de otro hombre ya ha comenzado a generar en su cerebro esa sustancia de raro nombre como parte activa de su libido sexual.

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Mira su reloj de pulsera. En pocos minutos, Carlos se marchará a su trabajo, y entonces cedería la opresión de portar como una carga, la suma de todos sus pensamientos pecaminosos.

Mientras le prepara el café, cargado como siempre, oye la voz masculina desde la suite, solicitándole que le busque la chomba blanca de hilo que ella misma le bordara con las iniciales de su nombre. “La del anagrama azul y morado, querida. Es posible que los malayos de Singapur me inviten a jugar al golf como siempre, y quiero sentirme liviano de ropa. ¡Ah!, me olvidaba: me pidieron que quieren ir a cenar a algún lugar de Puerto Madero, así que volveré tarde, Azu. Si tenés ganas, puedo enviar un remis por vos. ¿Qué decís?

Las palabras cruzan de oído a oído su cavidad craneal y se pierden en la nada. Sabe que la invitación y la pregunta, pertenecen a la patología enfermiza de guardar las apariencias; complicidad compartida, claro, aunque por razones diferentes; en su caso, el repetido stand by obedecía a cuestiones puramente materiales.

Mientras asciende por la escalera hacia la suite, se imagina conduciendo su auto por la Panamericana. Abre el sexto cajón de la izquierda del enorme placard y quita la prenda reclamada por su esposo.

Como siempre, la fragancia de sándalo, después de filtrarse entre los intersticios de la puerta del baño, impregna la habitación. Segundos después, la estampa imponente de Carlos-cuerpo espléndido, con una piel tersa bronceada por la acción del sol;  rostro ligeramente ovoide con un bigote y una mirada desfachatada a lo Clark Gable- irrumpe en la suite enfundado en un toallón blanco. Todo en él luce a pulcro y ordenado.

Cuando le alcanza la prenda, lo imagina caminando por los links en compañía del pequeño hombre de ojos rasgados.

Más allá de las diferencias matrimoniales, reconocía en él a un hombre disputado por la industria informática de punta, desde el mismo momento en que terminara de cursar una maestría en el mismísimo MIT, punta de lanza de la alta tecnología. Sabe incluso que importantes multinacionales requerían constantemente de sus servicios para desarrollar los más disímiles programas. En fin, un experto de primer nivel.

Como siempre también, siente el beso yermo y ríspido de él sobre su mejilla. Cierra los ojos. Otra vez la brisa insípida, transportando hasta sus oídos, el nos vemos, calcado y repetido como siempre.

Aborda su 4×4 minutos después de las trece horas. Desde el náutico, pronto alcanza el camino de cintura rumbo a la Panamericana. Aún faltan casi dos horas para el anhelado encuentro con Mariano.

Su amiga sale a su encuentro en el sector VIP del estacionamiento del lujoso hotel. Abrazos, besos de rigor, grititos de sorpresa típicamente femeninos y miradas cómplices que se cruzan, en medio de una atmósfera interna, condicionada por la adrenalina que no parece darle tregua.

Carolina la invita a pasar a su despacho privado, contiguo a la recepción.

-¿Acordaste todo como te había dicho?

-Sí, Carol. Como ya sabés, él quería la mejor suite; obviamente la paga él… Le dije que tenía asignada la número siete y que no se preocupara de ingresar sólo; que se tomara su tiempo para asearse y que después iría yo por la puerta de servicio. Je…parece una película de suspenso. ¡Qué locura, Carol, qué locura! Ay…estoy tan nerviosa!

Ve que su amiga extrae algo del interior de su cartera.

-Vení, vení loca. Tomate esta pastilla. Es un miorrelajante. Quedate tranquila que no te va a joder la libido. Si una se decide por coger, hay que coger en serio. ¿A qué hora lo citaste?

-A las tres…

-Bueno…, tenés casi tres cuartos de hora para relajarte. Ahora nos tomamos un whisky y vas a ver que entre el alcohol y la pastillita, vas a estar una seda. Ay Azu, todavía no lo puedo creer. Cuando me lo contaste, recuerdo que lo primero que me vino a la mente fue como había hecho la pacata y prejuiciosa de Azucena para dar semejante paso…Siempre tan moralista; tan afecta al rosario y las misas dominicales…

Le gustaría liberar la risa pero siente que no puede. Hace girar el vaso en círculos, mientras un haz de luz solar pone a brillar el líquido que se mueve entre el cristal tallado. Bebe un largo sorbo.

-Y querida…lo que no pasa en 20 años, puede suceder en un día; qué digo…en minutos de loca decisión cuando fui capaz de hilvanar la primera frase chateando.

-¡Ay, Azu…! La verdad que te envidio. ¡Es tan excitante! ¡Tan loco todo esto…! ¿Es cierto que no le conocés la cara?

-Tan cierto como que me llamo Azucena de los Ángeles Haedo Irurtia. Claro…tampoco él conoce la mía…

Su amiga suelta una risa entrecortada por alaridos cortos y chillones.

-¿Pero por qué no hiciste una cita previa? Digo…en una confitería…

-Sé que es loco pero me aterraba la idea de exponerme públicamente; ya sabés… que alguien me viera…

-¿Y no tenés miedo de encontrarte con un adefesio? No sé… un gordo con una papada insoportable….; un negro cabeza… ¡Ay, yo me muero…! Un viejo chocho…; un tipo que le falte una pierna o un brazo… ¡Vos estás loca, Azu!

-No lo creo.

-…un delincuente…; un sadomasoquista… ¡Un asesino, Azu…! ¡No sabés las cosas que ocurren en un hotel alojamiento!

- No sé porque le imaginé un tipo apuesto y profundo.

-Bueno…ojalá que no se te pinche el globo! Pero yo que vos me aseguraría…

-¿Asegurarme? ¿Cómo?

-Muy fácil, querida. Nos ponemos detrás de la empleada de recepción- ves, la salita tiene vidrios azogados-; entonces, cuándo el tipo pide la suite siete, aunque esté dentro del auto, vos ya sabés lo que te espera. Si no te gusta, ni aparecés…

-No, no; de ninguna manera Carol. Pactamos encontrarnos en la habitación y yo no voy a faltar a la palabra. Después de todo, querida…no estoy obligada a nada. Si el tipo no me mueve un pelo, mala suerte; peor aún, si lo rechazo…En fin, trataré de zafar de la manera más elegante posible y a otra cosa. Por eso te pido, por favor, que nos quedemos aquí. Ni siquiera quiero escuchar su voz.

-Está bien; pero dejame que le diga a Felisa que me avise cuando llegue.

Bebe otro largo trago, hasta que los bloques de hielo tintinean sobre la pared curva del cristal. Siente un ligero mareo, mientras Carolina vierte una vez más sobre el vaso, el líquido ligeramente ámbar. Toma conciencia que el nudo estomacal instalado en ella desde la víspera, comienza a ceder lentamente. No sabe que clase de pastilla ha ingerido, pero la gragea y el whisky, parecen haberse confabulado para aunar esa sensación de laxitud que baja desde su frente hasta los dedos de sus pies.

Pese al mareo que crece, alcanza a escuchar la voz de su amiga diciéndole que el hombre de la cita acaba de llegar.

Aspira hondo y se encamina hacia  la suite.

De pronto, siente que no está arrepentida. El temor y la angustia han desaparecido. Ahora la decisión se aclara más: fuere gordo, de papada sudorosa; flaco tísico o negro zanjero; chorro, asesino, falso, hipócrita, tullido o lo que mierda fuere, se dejaría penetrar de todos modos. Lleva más de 20 años esperando el momento de ponerle los malditos cuernos a quien la ha hecho cornuda a lo largo de esas largas y asfixiantes décadas; por nada del mundo piensa renunciar a esa venganza tan deseada.

Toma la llave de la puerta de servicio que le entrega  Carolina, y, lentamente, como si fuera la protagonista de una película de suspenso, comienza a ascender por la escalera de caracol.

Al abrir la puerta, frunce la boca rechazando el aroma que impregna la habitación. No es lo que esperaba pero a esa altura, ningún perfume desagradable se interpondrá en el camino. Piensa que Mariano no ha perdido tiempo. El vaho del agua caliente ha empañado el cristal de la cabina, filtrando su inasible vapor debajo de la puerta. Mientras se quita los zapatos, siente que el mareo amenaza su vertical. Se desliza en silencio por la pequeña y coqueta antesala. Moquete azul, sillones de cuero negro, y una enorme mesa ratona de cristal ahumado. Algunas luces de colores suben y bajan por los anaqueles.

Mira hacia el respaldo de la cama; sobre la pared, lee la frase en letras góticas: “El amor es ciego y sordo; ni lee ni escucha prohibiciones”. Se sonríe. Oye el rumor de la ducha mientras el vapor se hace denso. Vuelve a mirar la cama redonda. Somier doble. Blanca, inmaculadamente blanca. Observa la colcha primorosa. De pronto, siente que el paladar comienza a resecarse. Vuelve a mirar el borde de la cama. No puede ser. Imposible. La habitación comienza a dar vueltas delante de sus ojos. Muebles y anaqueles parecen moverse como ondas eléctricas en su cerebro. Piensa en huir pero las sinapsis de sus neuronas fijan sus piernas sobre la mullida alfombra. Intenta liberar la frase convertida en un grito silencioso pero es inútil: tiene la impresión de que la garganta es como un asfixiante bolo de algodón obstruyendo los decibeles de su voz.

El sonido de la ducha cesa repentinamente. En un supremo esfuerzo, ha tomado la prenda tendida en uno de los bordes de la cama, deslizando su mano derecha sobre las bordadas letras azules y moradas de un anagrama.


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