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“Psicosis”

 

Queridas amigas y amigos:

Aquí les dejo uno de mis cuentos de terror físico. Como siempre, aprecio vuestros comentarios.

PSICOSIS”

“Dentro de mí, hay otro hombre que está contra mí”
Browne.
 

Ignoro porque volví a escribir después de tanto tiempo. ¿La tarde lluviosa? ¿Los últimos acontecimientos que hicieron mella en mi espíritu? ¿Acaso está concatenado con una serie de angustias que me acechan? Todo es posible - claro que esto es difícil de explicar-; existe un abismo entre un pasado promisorio y este presente de magra producción literaria. ¿El dilema? La falta de nexo, de un atisbo de comunión entre ambos.
A veces me pregunto por qué, seis meses atrás, yo, Alejandro Boero, estaba en camino de consagrarme como un grande escritor.
Sé que mi literatura carece de la hondura de Borges o la originalidad de aquel belga devenido en porteño cuestionado.
De todos modos, por entonces, la crítica mayor me envanecía con frases tipo “… a los 33 años, Alejandro Boero se perfila como un excepcional narrador dentro del panorama literario nacional”
De pronto, sin previo aviso, despertar una mañana con la sensación que el Alejandro Boero escritor, ha dejado de existir dentro de uno. ¿Cómo explico este hecho?
Se dice que asistir a la destrucción moral de un hombre forma parte de una impronta cruel y denigrante; observar como, día a día, un enemigo solapado e invisible va quebrando en forma corrosiva los tejidos que conforman nuestra psiquis, se convierte en un hecho muy difícil de ser explicado con palabras.
Durante un tiempo supuse que esta ambigüedad de los pensamientos, acabaría de un momento a otro. Sin embargo, pronto comprendí que en aquella oblación del alma y el espíritu, se incubaba a corto plazo una crisis silenciosa y enfermiza.
He llegado a la conclusión de que un hecho preciso y contundente de mi vida permanece neutro; algo que forma parte de mí como un eslabón perdido, arcano e inasible.
Algunas noches suelo dormir sobresaltado, conmocionado por pesadillas repetidas. Desde las sombras de mi sueño, oigo una voz desconocida y familiar -extraña paradoja-; entonces, al despertar, me digo que en ese extraño llamado, tal vez se halle la esencia de mi perdida esencia.
Claro que nunca aflora la luz para mis dudas insondables, tornando mi existencia en una impronta asfixiante y detestable.
¿Qué ha pasado en mi vida? ¿Qué acontecimiento profundo ha generado este estropicio neuronal que me impide descubrir la raíz de mi sufrimiento? ¿Qué significa este temor que crece en mí? ¿Esta angustia soberana que se filtra por mi piel?
Es inútil. Inútil. La respuesta se me niega una y otra vez.
¿Qué hago desde entonces? Soy vendedor de seguros; seguros de vida.
…………………………………………………………………………………………………………….

11 de abril.

Sería un hipócrita si en cierto sentido no reconociera mi fracaso.
Resulta intolerable aceptar el hecho de que estos últimos acontecimientos de mi vida me estén despedazando lentamente (y sin poder evitarlo), sintiéndome como un impotente niño bobo que todo lo ve sin comprender. Perseguido una y mil veces por este críptico pasado que golpea mi subconsciente, empecinado en ocultarme la verdad.
No obstante, algo me alarma aún más: desde hace aproximadamente una semana, siento que por momentos pierdo el juicio; es como sentir que el presente se ha convertido en un aterrador agujero negro que todo lo devora.

……………………………………………………………………………………………………………….

A puntes desde un Hospital Neuropsiquiátrico.

Cuándo decidí relatar esta extraña historia, pensé que sería útil adjuntar las impresiones precedentes. Tal vez ustedes piensen que hago trampa; que en realidad, sólo pretendo elaborar un escrito a efectos de atenuar esta neurosis que me ha apartado de manera temporal de la sociedad.
Pero puedo jurar que no existe tal trampa; que escribo porque creo sinceramente en que ésta es la única alternativa para reencontrarme conmigo mismo. La catarsis-dicen-suele ser nuestro psiquiatra de cabecera.
Pues bien, intuyo que los parámetros con la coherencia mental, se produjo el día que debí enfrentarme al sobrecogedor episodio de la maldita casilla de la vieja.
Me dirigía a concretar una entrevista comercial, cuándo, antes de cruzar a la acera opuesta, percibí débiles y acompasados quejidos que partían de una miserable casucha de madera, a escasos metros de dónde me encontraba.
Me acerqué al ligustro crecido en ramas y un árido silencio ganó el entorno. Confundido, recuerdo que hice nones con la cabeza y reanudé la marcha en pos de mi cita.
Concretada la operación comercial - ya de paso hacia la parada del colectivo- volví a transitar por las inmediaciones de la sórdida vivienda.
En aquellos momentos, traté de restarle importancia al episodio, pero el intento resultó inútil.
Algo- maldito sea, aún no sé qué- me impulsaba a quedarme inmóvil frente a la casilla, como si el tenebroso universo de mis dudas estuviera atado, cosido a un episodio que intuía a punto de desencadenarse.
Así pasaron varios minutos, en medio de ruidos apenas perceptibles.
Entonces me dije que aquello era absurdo; que no tenía sentido permanecer como un estúpido en medio de la vereda, mientras las dudas me torturaban a lo Rimbaud. Pero en el momento en que daba el primer paso para alejarme, volví a escuchar los quejidos, ahora con acentuada gravedad.
La sinonimia onomatopéyica deslizaba en el aire un ruido de goznes gastados y resecos.
Tuve ganas de golpear la puerta pero no me atreví; así pasaron cinco o diez minutos, en una actitud idiota, y disgustado con mi propia impotencia.
Con una expresión que imaginaba estúpida, miraba sin ver a los anónimos seres que circulaban por mi entorno, de manera casi hosca e indiferente. Todos circulaban deprisa.
Me pregunté por qué se apurarían tanto aquellas personas. Lo ignoraba. Lo cierto fue que de pronto no pude evitar contenerme y comencé a golpear la puerta.
En esos momentos, sorprendido, escuché que los quejidos se mezclaban con una tos ronca y entrecortada. Tos de enferma, pensé, sin dejar de golpear, cada vez con mayor violencia.
Esperé unos minutos más. Nada. Sólo quejidos y toses.
En aquellos instantes, mientras pedía cuentas a Dios entre dientes, tuve un horrible presentimiento.
Una mujer caminaba en dirección a mí.
- Perdón señora. ¿Sabe usted quien vive aquí?
- -No sé; no sé….
- Creo que allí dentro hay una persona que se queja. ¿No oye usted?
- No oigo nada.
- -Pero….
- -No sé nada; no sé nada. Yo voy al trueque (*)-. Y la mujer siguió su camino.
- Luego fue un hombre.
- Disculpe, señor… ¿No oye usted unos quejidos?
- ¿De qué quejidos me habla? Yo no escucho nada- el hombre reanudó la marcha-. Llego tarde al trabajo. Un minuto tarde y me echan.
No me amilané, consciente de haber escuchado los quejidos, seguro que los decibeles de los pulmones se hacían más perceptibles a mi oído.
Casi sin darme cuenta, un hombre vestido de operario fabril cruzaba la calle y avanzaba en dirección a mí.
- Señor: discúlpeme; usted….
- El pan, debo conseguir el pan; siempre el pan, carajo… - y el hombre se esfumó girando en la esquina opuesta.
De pronto, otro hombre que cruzaba la calle corriendo.
-Oiga señor: ¿no oye usted unos quejidos?
-¿De qué quejidos me habla amigo? Nos han vendido todo-hasta las ilusiones- y usted habla de unos estúpidos quejidos…
Desilusionado, volteé la cabeza y me encontré frente a un grupo de niños que me miraban fijamente.
Tuve la intención de interrogarlos pero ni siquiera alcancé a dar un paso, cuándo percibí que sus miradas tenían la dureza de la soledad y la falta de afecto.
Traté de reflexionar. Me di cuenta que la inquietud había crecido desmesuradamente a lo largo y ancho de mis paredes cerebrales.
Por momentos, tenía la impresión de que un miedo burlón e indiferente atropellaba mi humanidad a codazos.
Unos minutos después, me percaté de que los quejidos habían cesado(o al menos yo no los oía) como si el supuesto habitante de la casilla hubiera dejado de respirar repentinamente.
Falto de reservas anímicas, opté por regresar a mi casa.

……………………………………………………………………………………………………..

A las tres de la mañana, apretado de insomnio, salté de la cama.
Con el cansancio hurgando en mis huesos, recorrí varias veces los ambientes, con la sensación que mi cabeza se bamboleaba como una esfera sin control.

El episodio de la casilla se había convertido en el factor aglutinante de todos mis desvelos.
Por supuesto que regresé.
Diciembre madrugaba al sol y a las seis de la mañana, ya aguardaba inquieto el colectivo.
Al llegar al lugar, desande los últimos metros con una pastosa sensación en mi boca.
Con toda energía me abalancé sobre la puerta de la destartalada finca.
La madera, en incipiente estado de putrefacción, perdió su escasa rigidez al primer embate.
Al penetrar en el interior, tuve la sensación de que alguien raspaba con un cuchillo mi columna vertebral: sobre un catre mugriento y desvencijado, observé a una anciana que parecía agonizar. A manera de sábana, un trapo ensangrentado le cubría la mitad de su esquelético cuerpo.
Recuerdo que- instintivamente- me llevé las manos a los ojos; luego, haciendo esfuerzos por no perder la calma, volví la mirada sobre ella y no pude evitar que un aquelarre de esperpentos mellase mi confundido razonamiento.
Mientras la miraba una y otra vez, un hedor insoportable comenzó a irritar mis fosas nasales.
Medí su rostro: una extremada cáscara de melón aflautado a lo Modigliani, le conferían un aspecto tétrico y fantasmal. Más aún, cuándo en una de las comisuras de sus labios, algunas moscas se ensañaban con una pequeña lonja de carne pútrida y viscosa.
Largos y cargados chorros de humedad resbalaban perezosamente por una pared sucia y agrietada.
Cuando pude recomponer en parte mi integridad espiritual, me acerqué a la vieja tratando de comprobar si aún se quejaba.
Claro que lo hacía; sólo que desde el fondo de sus pulmones fluía un ronquido grave y sordo, como si una maldita mano deslizare una lija por aquella piel reseca y arrugada.
Cada uno de mis interrogantes interiores, carecía de respuestas concretas.
Apenas un hecho atisbaba con cierta claridad: creía en el sino de los acontecimientos, y estaba seguro de que éstos se habían confabulado con la providencia para enfrentarme con la pobre mujer agonizante.
Por lo pronto, no me pareció prudente someterla a un interrogatorio.
Preferí hurgar, revisar exhaustivamente la casilla. Necesitaba hallar un indicio, o al menos, el más insignificante detalle esclarecedor.
Miré en la cocina; en un aparador y en un viejo armario saturado de arañas y cucarachas. Nada. En el apuro, ollas, tazas, cajones y ropa maloliente y sucia, caían al piso aparatosamente. Nada. Busqué en un pequeño cuarto. Nada. En los rincones más absurdos. Nada tampoco.
Recuerdo que en aquellos momentos tenía que taparme la nariz con un pañuelo porque el olor nauseabundo resultaba intolerable.
Quedaba sólo el baño para revisar.
Al avanzar unos pasos hacia éste, me detuve bruscamente. Desde su interior, surgía un denso y extraño zumbido.
Al abrir la puerta de un puntapié, me pareció estar frente a uno de los lienzos más tenebrosos de Goya; peor aún: la representación en vivo de una alucinante pintura de Brueghel.
Sacudido por un intenso temblor, caí de rodillas en el preciso momento que un enjambre de moscones verdes, salía disparado en distintas direcciones.
El hedor a carne humana en avanzado estado de putrefacción, resultaba intenso, verdaderamente insoportable.
Sentado sobre el retrete y con la cabeza en medio de su pelvis, se hallaba el cadáver de un anciano en letal descomposición. Demasiado para mí.
Tambaleando, volví sobre mis pasos en aras de ganar la salida, pero, casi maquinalmente, al llegar nuevamente al catre dónde yacía la vieja, me quedé otra vez absorto y rígido.
¿Qué hacer? ¿Qué hacer?, me pregunté una y otra vez.
Casi llorando, volví a mirarla en busca de un indicio.
Comencé a indagar aquel esperpento, en busca de una palabra esclarecedora.
Le miré fijamente a los ojos; dije cosas estúpidas como quédese tranquila señora, yo le voy a ayudar, pero todo resultó inútil.
La vieja parecía tener sus ojos en mí, en medio del silencio bruto de una muerte anunciada.
Y nuevamente mi vista que se posa sobre su ropa ensangrentada.
En esos momentos, pensé- en realidad sentí- que su alienada mirada concentrada en un punto fijo, casi sin parpadear; el sonido cada vez más débil que emanaba de sus pulmones en agonía, y en fin, los restos de carne y piel pegados a su osamenta, eran más que signos demoledores con los cuáles la maldita muerte preparaba su escenografía final.
En busca de algún indicio a tanto horror, divisé casi oculto entre los pliegues de una raída sábana, la hoja de un cuchillo con restos de sangre coagulada y ligeramente marrón.
Entonces sí pude ver el indicio que buscaba: apretujado en su mano derecha y huesuda, asomaba un papel en forma de pergamino. Debí esforzarme para quitárselo.
El manuscrito estaba redactado en forma precaria, con rasgos ortográficos escuálidos y lisiados.
Sin embargo - aún no sé por qué -sus caracteres me resultaban familiares.
Parecía un testamento: “…como último y único deseo una vez muerta y estando en pleno uso de mis facultades mentales, lego a favor de mi Alejandro Boero…”
Qué extraño, me dije. Qué extraño, repito ahora.
¿Qué relación tendrá todo esto con mi búsqueda interior? ¿Acaso todo esto podría estar relacionado con el eslabón que yo buscaba? Aparentemente, no. Sin embargo, en el papel está mi nombre.
Aquí lo tengo aún; sí, me nombra cuándo dice…: lego todas mis pertenencias a favor de mi Alejandro Boero.
¡Maldito sea! Claro que yo soy Alejandro Boero. ¿Pero qué aporta esto? Nada, absolutamente nada.
Todo sigue como entonces. Todo sigue siendo vago y confuso en mi vida, igual que aquel horrible día en el que cumplía ocho años, cuándo ella - la puerca de mi madre - se marchó de casa con otro hombre.

______________________________________________________________________
JOSÉ MANUEL LÓPEZ GÓMEZ
(1983)
(*) Modalidad económica casera gestada a raíz de la enorme crisis social que afecta al país de los argentinos (N.del A

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