ESQUIZO frenia

Un invento de los laboratorios

 

Archivo de Junio, 2009

“El helado filo del bisturí”

Una incursión dolorosa al costado pútrido de Adán.

El helado filo del bisturí

Demasiado en juego.

Las funciones vitales dependen de su maestría de cirujano.

Otro equipo está listo para el transplante.

El helado filo del bisturí se abre paso entre la sorprendida carne. Sabe que su mano de sexagenario ya no tiene la firmeza de las primeras incisiones.

Sexagenario. El pensamiento dibuja las palabras delante de su mente como un holograma gramatical. “Un sexagenario fue atacado por un ladrón…”

No puede sustraerse al recuerdo de la crónica policial en la que el periodista decide que el sexagenario cede virtualmente su condición de hombre para convertirse sutilmente en la de anciano.

Demasiado en juego.

Sabe que no deberá cometer el mínimo error; que la incisión debe ser precisa, meticulosa y -si es posible- geométricamente perfecta.

El acero reverbera en el cristal de sus lentes.

La piel del niño se abre con un siseo casi imperceptible.

Observa a su asistente tratando de descubrir el discurso oculto en sus ojos.

Siente la mirada femenina con la sensación de que trepa por unos instantes a la suya.

Comienza a sudar. Se ha dado cuenta que ella ha sido tomada por la acción de la feniletilamina.

La imagina rezumando sexo por los poros.

Teme que el metejón estúpido le juegue una mala pasada.

Demasiado en juego.

Las funciones vitales dependen de su maestría de cirujano.

El coto del cuerpo humano no tiene secretos para él.

La piel del niño gime de manera apenas audible.

Observa a la anestesista. La mejor sin duda; sabe que no necesita mirar el instrumento de control.

El niño tolera con holgura la dosis suministrada.

Ella le hace un gesto con la mano.

Tal vez un día la arrincone. Sería capaz de penetrarla sólo para escuchar los potenciales quejidos que saldrían de su boca.

Vuelve a la operación. No puede equivocarse.

Sabe que en una sala contigua de la casona, los padres del niño comparten la ansiedad y los miedos.

Cree percibir en su mano un temblor imperceptible.

Demasiado en juego.

Como buen cirujano, observa con morboso placer la violación de la carne: epidermis, fuste del pelo, glándula sebácea, dermis; folículo pilífero, glándula sudorípara, estrato subcutáneo, tejido adiposo, arteria y vena; pero el cerebro sólo registra la proa del cuchillo que se abre paso en medio de un cordón de sangre, preparando el tórax para el corte profundo y escindido. Sabe que por ahora, apenas es una incisión demarcatoria en un universo celular prodigioso y temible.

Sexagenario. El pensamiento remite nuevamente al rechazo visceral de esa palabra. El holograma mental busca otros paisajes. Los senos turgentes y la piel firme de su instrumentista lucen su erotismo virtual sobre el cuerpo herido del niño.

Demasiado en juego.

Las funciones vitales dependen de su maestría de cirujano.

No ha sido fácil, claro que no.

Tres años de sufrimiento, tratando de ahogar la calentura que lo asfixiaba cada vez que la veía llegar con sus minis infartantes y los escotes generosos.

Tres años resistiendo la acción depredadora de la feniletilamina.

Un promedio de setecientas intervenciones quirúrgicas anuales -a una por día, de lunes a viernes, operando incluso en días feriados – soportando ese Chanel número 5 que tiene la virtud de raptar por las fosas nasales como un inasible sembrador de minas explosivas; tratando que la voz cascada no penetrase por los poros de su cerebro. Resistiendo. Siempre resistiendo.

De pronto la postura 37 del Kamasutra, se instala en un arcano rincón de su mente. Se putea a sí mismo. No puede distraerse.

La sangre del niño salta en pequeños borbotones.

Sabe que debe conservar la concentración absoluta.

Demasiado en juego.

Es inútil porque el recuerdo ha enfervorizando su sangre; hasta el pensamiento ha perdido su habitual cordura y rigidez.

Todavía puede afrontar dos relaciones por semana; algunas con eficacia; otras con dignidad. Es consciente que maneja como un consumado Casanova a su joven amante, 30 años menor. De alguna manera ella había lanzado la primera piedra, el explosivo plástico que demoliera virtualmente su casi inexpugnable muralla moral, antes de tomar la decisión de abandonar su casa.

El primero y único engaño después de casi tres décadas de matrimonio bendecido por la iglesia (la católica apostólica, claro), abriendo el primer boquete espiritual en una estructura que siempre había creído sólida.

Demasiado en juego.

Las funciones vitales dependen de su maestría de cirujano.

Una familia que se repartía entre devotos de principios, hipócritas que usaban estos como carta de presentación social. y también aquellos a los que no les importaba más convencionalismo que el de servir a un egoísmo feroz. Familia cuya piedra fundacional la erigiera el ancestral guerrero de la independencia, y cuyos ladrillos posteriores, fueran consolidados por profesiones tan disímiles como la política, la literaria, o la vinculada a la medicina. Obviamente, no faltaban los religiosos de diferentes jerarquías eclesiásticas, y, por supuesto, la casta de militares que seguían honrando a la nación “…pese a esos mal paridos que no hacían más que agraviar gratuitamente a los servidores de la patria”. Por alguna razón que ignora, la frase de su primo-ex Coronel del Proceso de Reorganización Nacional-, ronda asiduamente su pensamiento, siempre listo, como un boy scout gramatical.

Alguien le pasa una toalla por la frente mientras la mano sigue la línea trazada sobre el pequeño tórax.

La sangre corre a lo largo y ancho del espacio ventral del niño.

Demasiado en juego.

Casi sin darse cuenta, la hoja ha descendido a las profundidades de la carne, en medio del río celular de las arterias.

Sus ayudantes separan los elevadores de las costillas y los músculos intercostales, para que el corte no dañe la porción central fibrosa atravesada por el esófago, la cava inferior y la aorta.

Por debajo de la estructura ósea, debe deslizar el acero a través del trapecio, el dorsal ancho y los romboides, desde las vértebras hasta las costillas. Un tortuoso camino antes de llegar a los músculos que se sitúan en relación con la propia columna vertebral.

El reloj le indica que hace dos horas que está operando.

Demasiado en juego.

Las funciones vitales dependen de su maestría de cirujano.

Falta poco. El equipo de transplantes está en máxima alerta esperando su señal. Consulta el visor. La presión, irregular, amenaza convertirse en crítica; el corazón del niño enfermo se abre y cierra en forma arrítmica, en medio de un sordo resoplido. A una seña suya, el equipo paraliza sus funciones. La preocupación mayor es la de evitar que el órgano vital entre en colapso. Ve la contracción isométrica antes que la presión expulse la sangre en la aorta. Sabe que la sístole se está debilitando segundo a segundo. Su agudísimo oído capta una ligera exhalación, como el de la implosión de una frágil copa de cristal. Cree sentir y percibir la confusión de millones de células pulmonares.

No es hora de pensar en el prodigioso culo de la instrumentista ni en las interminables fellatios a las cuales lo sometía la libidinosa compulsión de la mujer. ¿Quién habrá sido el estúpido que dijo que ése era amor a la francesa?

Por primera vez siente como propia, la ansiedad del grupo. Mira atentamente. Ahora es la diástole que relaja las funciones dilatando el corazón. Los ventrículos reciben la sangre de las aurículas con creciente esfuerzo, transitando casi agónicamente un nuevo ciclo.

Demasiado en juego.

La mano se abre en señal de reanudar las tareas.

El corazón del niño donante se halla en la caja azul, custodiado por los paramédicos que esperan una señal suya.

Por fin, el bisturí ha completado su delicado recorrido. Sabe que recién ahora viene la parte más delicada de la intervención, el transplante propiamente dicho. De todos modos, ha dado un gran paso.

Ella desliza sobre él una mirada lasciva y musita un todo bien que lo siente más cerca del erotismo que del miedo y la angustia que parece dominar al resto de los operadores.

El corazón enfermo es arrojado impiadosamente en un recipiente de residuos humanos. Imagina escuchar el silente sonido de los últimos restos de aire que escapan de los enfermos pulmones. Nunca ha podido sustraerse a la idea metafísica que no sólo muere un corazón enfermo; que mueren además, miles de millones de individuos celulares refugiados en las arterias y las profundidades cavernosas, muertos todos ellos, antes de explotar, literalmente fagocitados por la muerte.

Retrocede unos pasos y se desprende el barbijo. Ahora puede tomarse un resuello, un breve descanso mientras sus ayudantes acomodan en el tórax abierto el nuevo y rozagante corazón.

Resiste su deseo de arrojarse boca arriba sobre el mullido sillón. Ve el índice de ella entre los cuerpos masculinos. Tal como se lo prometiera antes de la operación, la botella de Ballantines y el vaso de grueso cristal tallado, aguardan el trago reparador.

Momento de un pequeño repaso mental.

Sabe que es el mejor especialista en cirugía del tórax. El complejo cardiorrespiratorio no tiene secretos para él. Casi 40 años de padecimientos, en una lucha áspera y descarnada.

Un combate sin concesiones dónde muchas veces se ha visto obligado a ceder su presa a la maldita muerte. Cuarenta años de romanticismo estúpido como cirujano exclusivo de hospital, mientras sus compañeros de promoción – clase media alta y clase alta, todos ellos -se mofaban de él continuamente.

Demasiado en juego.

Claro que todo tenía y tiene un límite. Le habían prometido el Ministerio Público. Cargo hartamente merecido. Una forma de terminar dignamente su carrera asegurándose una jubilación sin contratiempos. Pero algo falló. El centenario Partido político al que las encuestas señalaban como holgado ganador en las elecciones, debió ceder la mayoría ante un movimiento nuevo que gozó de un apoyo mediático imposible de contrarrestar(Al menos le sirvió para tomar nota de que el verdadero poder, se había desplazado desde la política hacia lo económico y que en este rubro, los medios se habían convertido en los rectores y custodios de la vida pública).

Era tanta la confianza en el triunfo, que los dirigentes del partido acordaron adelantarle dinero con el objetivo de mejorar su imagen: casa nueva, auto nuevo, e incluso la renovación total de su ridícula y gastada indumentaria. ¿Resultado final? : la derrota lo obligó a devolver la casa y el auto, humillación que su mujer no pudo tolerar ; la pobre infeliz entró en una depresión tan profunda, que llevaba tres meses internada en el anexo de Salud Mental del Hospital-esquizofrenia era el diagnóstico-, bajo intensivo tratamiento psiquiátrico.

Demasiado en juego.

El padre del niño transplantado es el Ceo de una multinacional muy importante. Sueldo anual de 6 dígitos (y en dólares). Un día se apareció por el hospital. “Me han dicho que es el mejor cirujano”, le dijo balbuceando. Lo vio bajar del automóvil Mercedes Compressor, último modelo. El empresario le invitó a beber un café. “Por favor, es muy importante.” Le habló del problema de su hijo. Una grave anomalía congénita cardiorrespiratoria. Lo había registrado en lista de espera en el Incucai(*).Le confesó que había tratado de sobornar a los funcionarios pero que resultó peor el remedio que la enfermedad; ni siquiera le habían permitido insinuar que estaba dispuesto a poner el dinero que hiciere falta para salvar a su primogénito.

En aquellos momentos, sintió la mirada desesperada del empresario, como el tacto pegajoso de un ente invisible e inasible. El recuerdo del remate es minucioso. “Usted es un hombre del Partido; tiene influencias. Úselas, por favor, no tiene idea de lo que se sufre pensando que un hijo se nos muere irremediablemente. Salvo que… yo sé que a usted la plata no le interesa, pero estoy dispuesto a poner 500.000 dólares para mover lo que haga falta. Si usted quiere ofrecerla en donación para campañas políticas del Pardito es cosa suya, pero, por favor, no abandone a mi hijo. Usted es su única esperanza”.

Demasiado en juego.

Entonces, el medio palo de verdes resbaló por su cara de póquer como correspondía a un hombre de bien. “No hablemos de dinero. Veré que puedo hacer”.

Por primera vez en muchos años, ese día, tuvo la sensación de que el viaje desde el hospital hasta su casa se había triplicado en kilómetros. La cifra ofrecida por el hombre representaba casi 500 veces sus ingresos mensuales, el canon hospitalario que un idealismo al que su propia familia consideraba estúpido, casi extravagante, le impidiera negociar en forma privada a lo largo de su carrera.

Por unos segundos cerró los ojos. Otra vez la invasión de la mofa de sus amigos y los decibeles de las carcajadas que parecían filtrarse a través del parabrisas de su viejo Renó 12, mientras se filtraban también por los intersticios de los cristales y la carrocería, las repetidas palabras que su mente solía enhebrar

peroqueganasteboludoaversitecreístequeteibanadarunamedalladeoroportudedicacionnotedascuentaquevivimosenunpaíscapitalistaaversiteaviváviejotenesquecantarlosversosdediscépoloviejoaquellodequeelquenolloranomamayelquenoafanaesungil.

Sexagenario. Una vez más el detestable término contrayéndose en su mente casi como un ritual; la escalera que desemboca en el sótano.

Hasta ella ejerció presión psicológica, el mismo día que le confesara la propuesta del Ceo.” Quiero que salgamos esta noche”, le dijo, sin poder simular el temblor que agitó la comisura de sus labios.

El recuerdo comienza a mostrarse luminoso, como una pintura de Velázquez. Echada de espaldas sobre el centro de la cama, en medio de la luz azul en degrade que subía y bajaba por las paredes del hotel alejamiento, la hembra humana hacía uso y abuso del poder ancestral de su maldito sexo. Repetidas fellatios habían barrido sus mínimos vestigios de simio superior, de criatura erguida acostumbrada a ejercitar el sagrado juego del amor, por encima del bestialismo oscuro de la carne.

Como un animal viscoso, soplaba y resoplaba; jadeaba y reclamaba. De pronto, el brazo femenino que se instala a modo de cuña entre los cuerpos de ambos; luego, la voz ligeramente varonil de ella lanzando con descaro la propuesta inmoral pero irresistiblemente atractiva:Estuve pensando en la propuesta de ese hombre. No podés rechazarla José María. No estás robando a nadie; el hombre te ofrece ese dinero porque lo tiene. Así de sencillo. Con respecto al órgano, sabés muy bien como se manejan esas cosas en los hospitales. Ponés unos pesos y vas a tener cola con los ofrecimientos”

Algo debe haber visto ella en él, porque de inmediato retomó el perfil del reclamo. “No quiero que tomes a mal esto pero… ¿cuántos años de vida creés que tenés de aquí para adelante? Vos mismo me dijiste una vez que después de los 60 se vivía gratis. Ya sabés como pienso yo, José María. Después de la muerte, ni alma ni espíritu ni ninguna de esas estupideces a las que tratan de someternos los vendedores del cielo y del infierno. Se acabó José María. El final es patético; no existe compasión para la muerte. Todo lo que quieras cargarle a la maldita muerte, será poco. Para mí, toda la vida no es más que el ejercicio sutil de un refinado sadismo practicado por la muerte: te martiriza con las enfermedades, se alía con el espíritu para meter sus cuñas permanentes de angustia, y luego te arranca brutalmente de la vida sin importarle nada de tus sueños. Se acabó. De pronto, el estúpido y soberbio homo sapiens, convertido en pocas horas, en un horrendo montón de carne informe; una argamasa de huesos cuyo destino final- y escuchame bien, José María-, cuyo destino final será siempre el de mesa comestible de miles de gusanos. ¿Qué carajo valdrán tus principios morales; eso que con tanto orgullo llamás mí espiritualidad, el día que tu ser sea tomado por el silencio y la oscuridad de la maldita eternidad? ¿En qué lugar de la puta tumba vas a poner el marquito de persona de bien? Ya te dije una vez, que el bien y el mal, según nuestro abstracto pensamiento, están ligados a esa espiral genética que nos marca desde la cuna. De todos modos, el verdadero bien y el verdadero mal nada tienen que ver con esos humanos estereotipos. Nosotros somos simples conejillos de indias en un laboratorio en el cual, Dios y Satanás, pujan por controlar el corazón del hombre. ¿Y querés que te diga una cosa? En esto, el diablo la tiene clara, José María”.

Demoledor. Imposible no sentir los cimbronazos de aquellas palabras escalofriantes, cada una de las cuales era como un cartucho de dinamita que conformaba un temible paquete explosivo.

La mujer no tardó en acercar la mecha.

Estoy dispuesta a darte lo que siempre me pedís, a condición de que aceptes el ofrecimiento del empresario. Es por tu bien, José María…”

Inútil resistir. Nada pudieron la formación dogmática de la escuela católica, ni tampoco la disciplina, el ascetismo insobornable del hermano consultado, el mismo que había perdido sus dos piernas durante la guerra contra SMB por las islas Malvinas.

Tampoco habían podido hacer mucho “El hombre mediocre” ó “Hacia una moral sin dogmas”, libros rectores de su época universitaria. La fortaleza y el ideario incólume de José Ingenieros, comenzaban a hacer agua por primera vez en su vida.

Ella puso la última reflexión, segura hacia que lado se inclinaría el fiel de la balanza: “Nunca se lo di a nadie; vas a ser el primero. Por favor… dejá de lado esas zonceras de los principios, Josemari; toda basura, mi amor. Mirá como vivís…”

Con el whisky haciendo pequeñas olas en su boca, recuerda que pensó cómo, en aquellos momentos de soberana calentura, ella podía mantener la mente libre, independiente de las sanguijuelas de la sangre que devoraban su propio cerebro, convirtiendo cada retazo de su piel en un géiser ardiente y seco. Pero no lo dijo. Sólo lo pensó. En cuánto a él, las vísceras se habían impuesto a los viejos prejuicios, acallando al mismísimo Cristo.

Claro que aceptó; en parte por su enfermiza adicción a la sodomía, y en parte también porque el remate -: quinientos mil dólares libres de gastos-, terminó por infiltrarse en todos los intersticios de su ciudadela moral. Estaba cansado del viejo Renó 12; de la vieja casa de Ciudadela sur; del viejo presupuesto recortado, de las viejas falencias y sobre todo, de las también viejas burlas de la familia.

Después de todo, ¿qué había hecho de malo? En nombre de los sacrosantos valores de la moral y el sagrado juramento hipocrático, el Estado se encargó de administrar y preservar un sistema de vida muy acotado en lo material. En la década del 50, hubiera sido un cirujano pobre; hoy podía ser considerado clase media baja. Doce horas de trabajo enfermizo y rutinario, todos los días durante casi 40 años; invariablemente, de casa al trabajo y del trabajo a casa. Las visitas inter-familiares se habían reducido a las fiestas de cumpleaños o a las odiadas fiestas de Navidad y Año Nuevo, en las cuales - también invariablemente -, algún pariente hijo de puta siempre se encargaba de recordarle que todavía no había podido vacacionar en Punta, lugar dónde sí concurría todos los años el resto de la familia grande y la mayoría de sus amigos y colegas, como solía apuntarle de costumbre, cualquier otro integrante del clan.

Sexagenario. Y dale con la maldita palabreja.

La recta final. Demasiado en juego, sí, pero no el juego de vida del inocente niño al que pronto tendría que acercarse para ultimar los detalles finales de la operación. En realidad, sabe que ahora se trata de su propio juego, el de quemar los últimos cartuchos sin las malditas previsiones de siempre. Cuatrocientos setenta y cinco mil dólares. Veinticinco mil dólares ya no eran suyos. Y aunque no hubiere contrato ni pagaré, ese pago tenía la garantía de su propia vida, ni más ni menos.

Claro que no era nada fácil acomodarse a esa nueva escala de valores. Domínguez se lo dijo antes de contratarlo. “Vea, doc. Yo no sufro de prejuicios; los prejuicios pertenecen a los pobres y a los ignorantes. Sé con quién hay que hablar y dónde tengo que ir para conseguir lo que usted necesita. Allí hay de todo. Claro que hay que repartir algunas regalías, usted me entiende… De todos modos, nada fuera de lo que nosotros acordamos. Con lo que usted me da, yo me hago cargo de todo. ¿Y sabe una cosa Doc…?; una vez que me pague, nunca más sabrá de mí. Esto es sagrado y esto se cumple”.

Demasiado en juego.

Ella había logrado descorrer el velo. Después de todo, resultó más sencillo de lo imaginado el terminar por admitir que pronto llegaría el momento en que la lápida de piedra se interpondría entre su humanidad y el cochino mundo. Ana María sí que la tenía clara. Esa era la única y maldita verdad de la vida. ¿Cómo había sido tan estúpido durante tanto tiempo? ¿Cómo es que, a pesar de ser una especie de continuo partenaire de la muerte, había tardado tanto tiempo en tomar conciencia de su poder, o en comprender que toda la puerca humanidad dependía del poder corrosivo de la misma?

Mentira el amor eterno; mentira el amor filial; mentira los te amo y los te quiero; mentira el altruismo y las buenas acciones, toda una mentira infame porque la muerte y el olvido se quedarían con cada uno de esos sueños estúpidos e inocentes. Verdades duras pero verdades al fin de su amante instrumentista, la misma que había abandonado la carrera de Filosofía y Letras, después de comprender que el pensamiento humano se venía repitiendo a lo largo de los últimos siglos, y en beneficio de una casta dominante.

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Oye pasos. Es ella que viene en su busca.

Al sólo contacto de su mano, tiene la impresión de que su ego hace cabriolas en su interior. Erich Frönn, con El arte de amar, asalta súbitamente a su memoria. No, aquel hombre no sabía nada con respecto al amor. ¿Cómo se podía amar con el cerebro? ¿Acaso el amor era un acto de deber, una obligación moral ineludible? Tonterías. El amor no era un acto volitivo. Y si era volitivo, no era amor; apenas un remedo parido por las aristas del afecto o la admiración. Sí, el amor era sádico, cruel y egoísta, la muestra cabal de la conducta humana, la verdad incontrovertible de las vísceras, de la cual el orgasmo, era sólo la parte visible de un universo aterrador y desquiciado.

Casi como un autómata se deja llevar por ella.

Se acerca a la mesa de operaciones. El nuevo corazón del niño ya funciona por sí mismo. De todos modos, faltan las costuras finales que sólo sus manos expertas pueden encarar.

El padre del niño transplantado ya le ha pagado por adelantado. Domínguez lo está esperando en el Bar de la esquina. Al término de la operación le llevará la plata que ha puesto en un sobre; condición sine qua non para operar.

Demasiado en juego. Nada de exponerse gratuitamente en una actitud sin retorno.

Por suerte, los hechos se han desarrollado de manera menos traumática que la imaginada en el preciso momento de asumir la extrema decisión.

Hora de incinerar los ideales. Un giro de 180 grados. Lástima el maldito cosquilleo; la punción pegajosa y molesta que corre intermitente entre el corazón y el nacimiento de la garganta. Lástima la imagen repetida, el holograma mental que se contrae una y otra vez en su cerebro, imaginando el momento en que el padre del niño al que acaba de extirparle el corazón, se habría hecho presente en la comisaría, para denunciar la desaparición de su hijo.

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José Manuel López Gómez

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(Del libro de cuentos inédito: “Chateando: una cita de amor a ciegas y otros cuentos”)

(*)Refiere al Instituto Nacional de Transplantes de Argentina

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