ESQUIZO frenia

Un invento de los laboratorios

 

“La Navidad de Bush y la madre Teresa”

“LA NAVIDAD DE BUSH Y LA MADRE TERESA”

                                                               

 

 

 

Habría que festejar la Navidad

Más allá del marketing asfixiante

de la Coca Cola

O de las grandes tiendas que contratan

Santa Clauses como empleados

De la ilusión por unos días.

 

Festejemos la Navidad

en la universalidad del hombre:

vietnamita, escandinavo, etíope, neoyorquino del Bronx,

y también los habitantes de todas las villas de emergencia

del planeta-eufemismo elegante del sistema para ocultar bajo

La alfombra social a la marginalidad y la miseria-.

Enviemos miles de mails

a los sobrevivientes.

A los infectos moribundos

del corazón negro de África

donde el Imperio ha lanzado el virus del Sida

como piloto de prueba de las teorías malthusianas.

 

Incorporemos al festejo a los mongoles

Ancestros del Gran Khan –el Napoleón de las estepas-

cuando el guerrero feroz y refinado

los había convertido en el paradigma

predador de hombres y de tierras.

 

Levantemos las copas con los parias de Calcuta

aunque sepamos que ni por ellos -ni por otros-

jamás adherirán a ninguna revolución social.

Invitemos a Bush a la gran mesa

-qué clase de cristianos somos si no ponemos la otra mejilla.

aún a riesgo de recibir sonoras puteadas

de los unos y los otros.

 

Propongamos un brindis americano,

concediéndoles un lugar de privilegio

en la gran mesa

a todas las etnias originarias

al sur del Río Grande

-desde el rumoroso Orinoco

hasta ese mar dulce que es el Amazonas.

Desde la pobreza silenciosa y callada de la Puna

hasta la tierra helada de los Onas-.

 

Pero no hablemos de religión

ni de fundamentalismos, sentados a la mesa

(Como cruel ironía de la propia acepción de la palabra

Los caminos hacia Dios han recreado el único infierno comprobado

Y se han cargado más muertos que todas las pestes

Y todas las calamidades naturales juntas).

 

Por los siglos de los siglos. Amén.

 

Festejemos la Navidad

conscientes de que la espiritualidad que la moviliza

transciende incluso al hombre de los evangelios.

y trasciende mucho más, claro, a quienes se han apoderado

de la simbología de la Cruz(icono de los iconos)

exhibiéndola como se exhibe un gran trofeo deportivo.

 

Convoquemos a la mesa de la Raza

al Beethoven de la novena sinfonía.

Al Réquiem de Mozart.

A las cuatro estaciones de Vivaldi.

Convoquemos a Velázquez

para que nos cuente como aplicaba la física cuántica

en la luminosidad de sus pinturas.

Y también a Casals (Pablo, claro) y al samaritano de Lambarené

para que nos interpreten a dúo a Bach.

 

A la rubia Mireya del tango.

Y también la Marilyn Monroe con sus pequeños sueños fatuos

antes que la CIA y Jonh (Kennedy, claro)

La empujaran al suicidio.

 

Invitemos

a todas las hermosas prostitutas de la tierra.

A Soros.

Al hombre de la Reserva Federal.

A los que asesinan niños y jóvenes con la droga.

A los grandes codiciosos.

A los hombres de las sombras (el verdadero Imperio)

Que hacen de los reyes, presidentes y primeros ministros

los privilegiados empleados del privilegio.

 

Convoquemos a los señores de la guerra

y a los hacedores de grageas antipsicóticas

(¡Caramba! Después de todo, su obra es un acto de filantropía

para evitar que la locura colectiva se desborde…)

Y no nos olvidemos de los asesinos seriales

ni de todos los tomados por la locura

(¿Qué sería del espíritu navideño

si no entendiéramos que una diminuta partícula

nos condiciona desde la cuna hasta el ataúd?).

 

 

¡Brindemos, humanidad perversa!

Por un día-por un solo día al año-

seamos capaces de quitarnos todas las vestiduras

de nuestras execrables lacras

y ofrezcamos nuestra desnudez al amor.

(Claro que hablo del Amor con mayúsculas

No del egoísta y egotista amor de los genitales tomados).

 

 

Entonces…

 

Tal vez-movilizados por un gigantesco ruego colectivo-

podríamos lograr que la muerte libere durante unos minutos

a la madre Teresa (la de Calcuta, claro).

Y sin pedir explicaciones antropológicas;

sin el menor pase de factura al responsable

de tantos latrocinios -pese al meneado asunto del

libre albedrío

que no es más que la mayor hipocresía de la especie-

compartiríamos la oración sublime de esa mujer sublime.

 

Hincados de rodillas, desnudos de toda desnudez.

Amparados en el Alfa y el Omega a modo de oráculo

existencial,

quizás Dios se apiadaría  verdaderamente de nosotros.

Amén.

 

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Época oscura.

2008

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