El Buenos Aires que se fue

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LAS TRABAJADORAS DE CUELLO BLANCO

Durate las décadas del 30 y del 40, se registró un crecimiento importante del trabajo femenino en tareas administrativas.
Las empleadas de escritorio, dominaban técnicas comerciales como la mecanografía y la taquigrafía, que se realizaban en las oficinas. Vestidas con esmero, cuidaban su apariencia externa y su veatimenta incluía una camisa o blusa con cuello blanco.
Si bien estas tareas eran de poca jerarquía, con salarios menores a los que percibían los hombres para tareas similares, fueron en muchas oportunidades una etapa que finalizó camino del altar, contrayendo matrimonio con un compañero del trabajo.
Las mejores posiciones alcanzadas en su trabjo fueron como secretaria, del jefe o del gerente. Las décadas del 40 y 50, se caracterizaron por una gran demanda de trabajadoras de escritorio, consecuencia de la expansión estatal a nivel de las actividades comerciales, productivas y financieras.
La habilidad en el manejo de la máquina de escribir, fue la clave responsable del aumento de la productividad. Tener la habilidad de escribir al tacto con los 10 dedos sin mirar el papel, fue sinónimo de eficacia y agilidad.
Habitualmente, estas empleadas habían completado su educación primaria en una escuela estatal. Posteriormente ingresaron a una institución privada para aprender mecanografía y taquigrafía, siendo la “Academia Pitman”, la más frecuentada, como consecuencia de su propuesta de cursos con salida laboral incluida.
Para ingresar a estos trabajos, las mujeres debían tener la autorización del padre, si eran menores de edad, o del marido, si eran casadas. En este último caso, además del trabajo debían cumplir con todas las tareas domésticas.
Las trabajadoras femeninas de cuello blanco, constituyeron una etapa trascendente en el ámbito laboral de aquel Buenos Aires que se fue.

La cuestión social, La educación

MI ABUELO, EL ANIMADOR

Mi abuelo adoraba los naipes españoles.

No sólo conocía la mayoría de los juegos, que había jugado infinidad de veces, sino que desarrollaba con ellos pruebas de ingenio, adivinazas y destreza.

Poseía la habilidad de presentar cada prueba con una atmósfera de suspenso e intriga. Alternando las barajas con fósforos o porotos, animaba una reunión durante horas. Experto en el manejo de los tiempos, mantenía a la audiencia en vilo, procurando no develar la clave que conducía a la solución de cada juego.

Todo se desarrollaba en forma pausada, en voz baja, salvo las exclamaciones de los presentes al finalizar cada prueba. La atención y el interés se mantenía sin el auxilio de la Play Station, la computadora, los anteojos para 3D o el teléfono celular con sus múltiples aplicaciones.

Las reuniones con mi abuelo, se caracterizaron por un despliegue de ingenio y humor logrando atrapar nuestra curiosidad e interés, en aquél Buenos Aires que se fue.

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EL MANDOLÍN DE MI ABUELO

Como a buen napolitano, a mi abuelo le gustaban los juegos carteados y la música.
Fuí un afortunado al poder disfrutar, desde niño, sus ejecuciones en mandolín, instrumento que dominaba a la perfección. Al caer la tarde, se acomodaba en un sillón del vestíbulo de la casa chorizo donde vivíamos, desenfundaba el mandolín, situación que yo esperaba para jugar con el estuche que simulaba a un enorme pescado con la boca abierta.
Él acomodaba el mandolín sobre la panza, y luego de algunas escalas previas, comenzaba la ejecución de típicas canzonetas napolitanas, que me inducían a pensar que aspecto tendrían los sitios de Italia que evocaban, según el canto de mi madre.
Veo su rostro sereno, con sus ojos azules, su bigote bien recortado, sus anteojos de marco grueso, color marrón y su cabello escaso, color gris, bien peinado. Sus ágiles manos recorrían el diapasón con naturalidad, logrando producir sonidos claros y bien definidos, que resumían el sabor nostálgico de esas canciones.
Escuchaba a mi madre cantarlas frecuentemente, aprendiendo yo una fonética cuyo significado, no conocía. Estas vivencias han quedado fijadas a mi memoria con precisión. ¡ Qué sonidos los de ese mandolín tan bien ejecutado, en ese Buenos Aires que se fue!

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LA ROTISERÍA

La rotisería se caracterizaba por mostrar en una de sus vidrieras, el asador de pollos y tiras de carne para asado, girando ininterrumpidamente.
Era su principal atractivo, que sólo conocíamos por verlo a diario, cada vez que pasábamos delante del negocio. La rotisería y fiambrería, disponía de un stock reducido de mercaderías, pero a un costo más elevado .
No era un sitio frecuentado por la clase media o popular. El pollo rotisado, era un artículo de lujo que teníamos opción de degustar en ocasiones muy especiales: la cena de fin de año, o por un acontecimiento familiar muy importante.
Además del pollo y el asado, en la rotisería se podían adquirir quesos duros y blandos, fiambres y embutidos. Pero la diferencia de costo con el almacén del barrio, era lo suficientemente importante para no visitarlo.
El olor de la rotisería era característico e inconfundible., predominando el del pollo, una verdadera penuria cuando al regresar del colegio secundario, pasábamos frente al asador en movimiento. El apetito que nos acompañaba a esas horas, se multiplicaba varias veces.
La rotisería fue durante mucho tiempo, un sitio para exquisitos, cuando el pollo era un artículo de lujo. No se nos ocurría comer algo de ese sitio. La prohibición surgía espontáneamente en nuestros pensamientos, porque económicamente, no estaba a nuestro alcance.
Debimos esperar varios años para disfrutar se ese bocado añorado durante tanto tiempo, porque el consumo del pollo se abarató tanto, que se convirtió en alimento habitual dentro de nuestra dieta, superando una etapa de ansias reprimidas en aquel Buenos Aires que se fue.

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Los pibes nacían en París y los traía la cigüeña.
También se afirmaba que nacían en un repollo, pero la llegada de la cigüeña, era indudablemente, la más aceptada. Esta versión era el principio y fin del tema relacionado con el nacimiento de los niños.

No se hablaba de educación sexual, no se contestaban con sinceridad todas aquellas preguntas que surgían espontáneamente en la mentalidad infantil. A la cigüeña la veíamos en el Jardín Zoológico y asociábamos su aspecto con la clásica imagen del bebé sostenido por el pañal, en pleno vuelo, mientras buscaba la casa donde sería depositado.
Los dibujos que mostraban a la cigüeña volando con el bebé colgando de su pico, contrastaba con las fotografías que mostraban a las cigüeñas en sus nidos, armados sobre un techo o en el hueco de una chimenea, en países de Europa.
La leyenda europea según la cual la cigüeña es el ave responsable de entregar los bebés a sus padres, se popularizó con el cuento “Las cigüeñas”, de Hans Christian Andersen, publicado en el Siglo XIX. El vínculo tradicional con el recién nacido, continuó con su uso en la publicidad de pañales y tarjetas de nacimiento. La cigüeña volaba a veces, con una gorra similar a la de los carteros.
Esta leyenda ha estado ligada a una necesidad psicológica, al evitar hablar del sexo y la procreación de los hijos.
Hasta que un día surgió la versión de que papito le ponía a mamita una semillita, que crecía y crecía, hasta que un día nacía el hermanito, pero ésta, no es la versión que se contaba en aquél Buenos Aires que se fue.

Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/ciconia_ciconia

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LA REVISTA FEMENINA ROSALINDA

“Rosalinda” fue una de las revistas femeninas que guiaron el conocimiento que las mujeres tenían del país, de América y del mundo durante las décadas del 30, 40 y 50.
Apareció en octubre de 1931, lanzada por la Editorial Bell. “La Revista Mensual para la Mujer y el Hogar”, fue dirigida durante 9 años por la famosa periodista Elsie de Rivero Haedo, más conocida por Verónica Carreño.
Sus temas habituales eran labores de tejidos, bordados y costura; recetas de cocina, consejos prácticos para el hogar y soluciones a los problemas de la casa. Limpieza y conservación de los enseres domésticos. Consejos para la conservación de la belleza. La decoración del hogar, las modas y los horóscopos. “Rosalinda” estaba dirigida fundamentalmente a gente de la ciudad.
Sus temas se resumían en 5 capítulos: 1) Cuentos y Novelas: “Amor prohibido”, “La casa vacía”. 2) Artículos y Notas: “Calor de hogar”, “El despertar de la mujer”, “Jardines en la terraza”. 3) Secciones: “Decoración”, “El Club de la Cigüeña”, “Lecciones de Corte y Confección”, “Rosalinda y sus amigos”, “Para ver y oir”, “Cartas a la redacción”. 4) Labores: “La caja de los regalos”, “Adornos para las toallas”, “Monogramas en la ropa de cama”, “Almohadones”. 5) Modas. Se incluía a veces, una novela corta, romántica y un capítulo especial para los Correos Sentimentales.
Las revistas femeninas argentinas como “Rosalinda” se ocuparon poco de los grandes sucesos bélicos como la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Alejadas del momento histórico, se pensaba en el bienestar de la casa y en el mantenimiento de la elegancia, situación que contrastaba con el activo papel que en esa época, desempeñaba la mujer de Europa y Estados Unidos en la industria de guerra, reemplazando a los hombres que se encontraban en el frente.
Se destacaba netamente el papel que la mujer debía desempeñar como madre y esposa dirigiendo el hogar, permaneciendo en él, siendo amable con su marido e hijos, constituyendo el pilar de su educación moral.
Establecía un diálogo con las lectoras, aconsejando a través del “Correo de Lectores”. Se destacaban los inconvenientes para el hogar, provocado por la mujer que trabajaba fuera de la casa, cosechando amarguras. La mujer, antes que obrera, costurera u otra cosa, debía ser madre, cuidando y educando a sus hijos.
Este mensaje era el “lei motiv” de esta revista femenina en una época de grandes cambios, especialmente en la década del 40, cuando la irrupción de las mujeres en la esfera pública argentina, se materializó en el mercado del trabajo y en la acción política.
Las trabajadoras en las fábricas y las empleadas, vivieron la aceptación oficial de sus labores, apoyadas en la sanción de leyes que garantizaban sus derechos. La Revista llegaba al hogar modelando gustos, generando necesidades y sugiriendo un rumbo a seguir.
“Rosalinda”, como tantas otras revistas femeninas de los años 40 y 50, nos han dejado el conocimiento de como se orientaba la educación de las mujeres en ese Buenos Aires que se fue.

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EL REPARADOR DE PELOTAS DE FÚTBOL

El reparador de pelotas de fútbol de cuero, es un antiguo trabajo que ha desaparecido definitivamente.
Las pelotas de fútbol de cuero, tenían un costo no accesible a la mayoría de los aficionados. Existían dos modelos: el más antiguo, la pelota con tiento, reemplazada posteriormente por la sin tiento. Las diferencias eran notables.
La primera, fabricada con cuero grueso, encerraba una cámara de goma color rojo, rematada en un tubo flexible por donde se inflaba. Luego el tubo se ataba fuertemente con un trozo de piolín, se doblaba y se ubicaba por debajo del tiento de cuero, que cerraba la pelota.
El tiento constituía una zona rugosa que podía provocar molestias al cabecear. Estas pelotas fueron reemplazadas por las sin tiento, de 12 gajos, marca “Superbal”, o la de 16 gajos, marca “Criolla”, más livianas y más lisas.
Se inflaban con un adaptador, “el pico”, que se colocaba en un pequeño orificio correspondiente a la entrada de la válvula. Con el inflador, se introducía aire hasta lograr la dureza deseada.
Los gajos estaban cosidos con piolín encerado. Eran los sitios que se rompían favoreciendo la desunión de uno o más gajos, situación que obligaba a la reparación inmediata, para evitar la pinchadura de la cámara de goma.
El reparador de las pelotas de fútbol era un conocido personaje del barrio, experto en tareas de talabartería. La reparación de los gajos de cuero, dejaban a la pelota como mueva, lista para alegrar a los no tan pibes, quienes tenían la posibilidad de adquirir una.
Las pelotas eran de larga duración y se las cuidaba, engrasando el cuero con frecuencia, mediante un trozo de grasa de vacuno, obtenido gratuitamente en la carnicería del barrio. Inclusive, se le daba tratamiento de zapato, colocándole pomada y lustrándola. Pero un partido en día de lluvia o con la cancha mojada, dejaba a la pelota en malas condiciones.
El reparador de pelotas fue el salvador, que al devolver la salud al cuero lastimado, posibilitó alargar la vida útil de las pelotas de fútbol, en ese Buenos Aires que se fue.

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LA MÁQUINA FOTOGRÁFICA DE CAJÓN

La máquina fotográfica de cajón fua la más simple y popular durante la primera mitad del Siglo XX.

Tenía la forma de una caja fabricada con bakelita o metal, según las marcas, con el objetivo ubicado en una de las caras de menor tamaño. Era de escasa luminosidad, de foco fijo. No se jugaba con la escala de grises. No había matices.

Era importante obtener las fotos en días de mucho sol, a fin de registrar detalles. Mediante una hábil propaganda, la firma “Kodak” regalaba una máquina con la compra de varios rollos de papel fotográfico 120, la principal producción de “Kodak”, que brindaba 8 fotos de 6 x 9, en blanco y negro.

Era muy frecuente obtener fotos oscuras, fuera de foco o movidas. Poseía dos visores para fotos, horizontales o verticales, según se sostuviera la cámara en una de esas posiciones.

Siempre recuerdo a mi padre sacándole fotos a toda la familia. Fotos que registraron nuestro crecimiento, en las distintas etapas del camino a la adolescencia. La documentación lograda con la cámara de cajón, la más humilde y económica existente en el mercado, fue un baluarte fundamental para registrar escenas claves de nuestra vida, en ese Buenos Aires que se fue.

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LA PLACITA BULNES

La plaza Almagro apareció en 1928.

Para nosotros fue la “placita Bulnes”, nombre de una de las calles de la manzana, completada por Sarmiento, Salguero y Cangallo (hoy Presidente Perón), en pleno barrio de Almagro.

Tenía diversos juegos infantiles: hamacas, sube y baja, tobogán, calesita manual, pasamanos y una pileta fuente, construida en cemento armado, sin revestimientos, que llena de agua, tenía una profundidad menor de 1 metro. Permitía a la mayoría de los pibes, disfrutar de un baño en agua muy fría. Pero por las noches, arrojaban cualquier tipo de basuras, circunstancia que limitó sensiblemente su funcionamiento.

Entonces su uso cambió en forma radical, ya que fue sitio propicio para jugar a la pelota. En el pasto estaba absolutamente prohibido hacerlo. Así lo decían los carteles “Prohibido pisar el cesped”, sumándose la actitud vigilante y severa del guardián, figura emblemática en las plazas porteñas de aquella época.

Mientras disfrutábamos de los juegos, imprevistamente se escuchaba música proveniente de instrumentos de viento: trompeta, clarinete y trombón. Era el anuncio de la presencia en la placita del Ejército de Salvación.

Vestidos con uniforme y gorra azul marino con ribetes rojos, un grupo reducido de hombres y mujeres, generalmente 8 personas, formaban una circunferencia, preparándose para una de las reuniones públicas tan frecuentes en las décadas del 30 y del 40, donde predicaban el evangelio, acompañado de cánticos rituales, y en ocasiones, de confesiones públicas, convocando al público a participar activamente.

Estas reuniones también se realizaban en las esquinas de la ciudad, sin previo aviso. Su característica era la espontaneidad y sonoridad, lo que motivaba al piberío que, ajeno a los objetivos propuestos de ese grupo, gritaban y corrían desenfrenadamente profiriendo groseras risotadas que alteraban el orden y sentido de esas reuniones, en ese Buenos Aires que se fue.

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LA FOTO FAMILIAR

La foto familiar era un recuerdo habitual en la mayoría de las familias.
En una época en la que disponer de una cámara fotográfica no era fácil, las etapas familiares se documentaban a través de las fotografías de estudio.
En general, no se disponía de cámaras fotográficas de calidad. La tradicional cámara de cajón de foco fijo, para 8 fotos de 6 x 9 era lo conocido, para obtener fotos modestas, que integraban los recuerdos de familia: una fiesta de cumpleaños, un picnic, tiempo de vacaciones, la foto de la mascota o una reunión de amigos.
Pero la foto seria, profesional, se realizaba en un estudio fotográfico. El fotógrafo, de acuerdo con la situación emergente, preparaba un escenario colocando determinado moblaje, de acuerdo con las circunstancias.
Si se trataba de un grupo familiar, el jefe de familia posaba sentado; al lado, su esposa parada y los hijos, sentados en el suelo o sobre almohadones. Las poses eran organizadas por el fotógrafo, cambiando de posición según se obtuviera una o más exposiciones.
Todo ocurría en un pequeño escenario, que se iluminaba adecuadamente con poderosas lámparas que elevaban la temperatura ambiental, molestando en buena medida a los hombres, vestidos con ropa pesada, cuello duro y corbata.
Esta etapa no era a veces definitiva, porque el fotógrafo avisaba que las fotos no eran buenas y que era necesario repetir alguna toma. Nuevamente, el grupo familiar concurría ataviado como la primera vez a fin de obtener la foto correcta.
Antes de disponer de las fotos definitivas, el fotógrafo entregaba una copia en color zepia del material obtenido. Se elegían las más logradas y al cabo de una o dos semanas, entregaba las fotos coloreadas manualmente, en colores muy suaves o simplemente, en blanco y negro.
Eran las fotos definitivas. Disponer de ellas había llevado más de dos semanas. Esas fotos han sido en general, de excelente calidad y han perdurado a través del tiempo, constituyendo un valioso testimonio de ese Buenos Aires que se fue.

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