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El Buenos Aires que se fue

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EL BULÍN

El bulín era una habitación alquilada, de medianas dimensiones, donde un grupo de amigos, la usaban como un refugio y sitio de encuentros.

Generalmente ubicada en los altos de un edificio, disponía de una mesa para comer y jugar a los naipes, generala o dominó, los mismos juegos que en el café, a lo que se sumaba como complemento obligado, un platito con porotos que alguna vez fueron blancos.

Una cama, “la catrera”, de usos múltiples; un calentador marca “Primus”, fuente calórica primordial para entibiar el ambiente en los días invernales y calentar el agua contenida en una pava para tomar mate, infaltable junto a la azucarera y yerbera, conjunto al que se adicionaban los clásicos bizcochos con grasa, combinación insuperable.

Una ventana de doble hoja con postigos de madera, permitía distinguir el día de la noche. Un velador pequeño en la mesa de luz y una sencilla lámpara colgante, constituían las únicas fuentes lumínicas artificiales. Las paredes empapeladas con pésimo gusto y un piso de madera con listones de roble, que alguna vez fueron encerados.

Una pequeña radio permitía escuchar relatos de partidos de fútbol, resultados de lotería y programas musicales. Con motivo de un cumpleaños o una fecha especial, alguno traía un tocadiscos o una victrola a cuerda, para disfrutar un par de discos con buenos tangos interpretados por Juan D’Arienzo o Carlos Gardel.

Un cenicero muy sucio, recuerdo de alguna visita al café, estaba colmado de colillas, que en época de “malaria”, se volvían a fumar. Todos tenían la llave de la habitación; eran cuatro o cinco amigos que estaban muy bien organizados con los horarios, cuando alguno tenía una compañía femenina. Una foto de Gardel o de un equipo de fútbol, adornaba una de las paredes.

El bulín era el lugar donde un grupo de amigos, después de ir a bailar, se reunían para cenar en calzoncillos, en horas de la madrugada, o bien para jugar al póker, en una noche prolongada, hasta que alguno abría los postigos y la luz del sol en la cara, les señalaba un nuevo día.

El bulín era el sitio para combatir el hastío, la mufa del trabajo, la angustia por un rechazo sentimental, en donde se encontraba siempre la palabra que consolaba, que apoyaba, que acompañaba, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La cuestión social, Realidades argentinas

EL METRO CUADRADO

Algunas tareas para el hogar indicadas en la escuela, no podían cumplirse para el día siguiente.

Entonces pedíamos auxilio a nuestros padres, para poder  resolverlas. En la mesa del comedor, cubierta con un mantel de hule con un dibujo cuadriculado, resolvíamos a diario todas las tareas escolares. No era un sitio aislado, dado que confluían simultáneamente, otras actividades.

Una radio encendida, trasmitía una novela, mientras mi madre planchaba sobre una mesa exclusiva para esa labor. Uno de mis hermanos, estudiaba piano y sus lecciones, ocurrían siempre a la misma hora. Recibir el auxilio de mis padres no era sencillo: papá trabajaba fuera de mi casa y mamá estaba ocupada con las tareas hogareñas.

El tema asignado fue “El metro cuadrado”. Debía disponer de una hoja de papel glacé de un metro cuadrado de superficie y dividirla en 100 cuadrados de 10 centímetros de lado. El marcado del papel en 100 cuadrados iguales realizado con un lápiz, no era sencillo. No disponía de una regla superior a un metro de longitud, y el marcado de la hoja debía ser exacto para lograr la total igualdad en el plegado.

Era un trabajo para ser realizado por más de una persona, poniendo mucho esmero para que la tarea fuera exitosa. Fue mucho el tiempo que demandó el plegado correcto para obtener la uniformidad en el resultado final.

Cercana la medianoche, yo era sólo espectador, pero el cuadrado de diez por diez centímetros, estaba listo. Fue una labor realizada totalmente por ellos y yo, fui impotente para dar un paso positivo. Ese día, mis padres realizaron muy bien los deberes que me encomendaron en la escuela, de ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La educación, La infancia

AÑO NUEVO

La llegada del Año Nuevo se vivía en un clima de felicidad.

Era un día diferente, que motivaba el encuentro con familiares y amigos. Rodeado de una publicidad inusual, las radios, revistas y diarios centralizaban su información en la llegada del nuevo año. Las historietas mostraban a un anciano de barba blanca, el Año Viejo, que mostraba con nostalgia a un bebé, el Año Nuevo.

Ese día era regido por la euforia, los buenos deseos para con los vecinos, amigos y familiares. Se preparaban unas comilonas descomunales, con alimentos preparados y cocinados desde temprano, a los que se sumaba lo que aportaban los invitados. Las bebidas de ese día eran sidra, champan o cerveza para los adultos y gaseosas para los pibes, integrando un menú completamente distinto, donde podía degustarse el clásico pan dulce, las típicas variedades de fruta seca como nueces, avellanas y almendras, con el agregado de las almendras confitadas llamadas peladillas.

La cena comenzaba más tarde que lo habitual, de tal modo que la hora del brindis coincidiera aproximadamente con la medianoche. Todos ponían lo mejor de sí, para que transcurriera en un marco de alegría. Un cúmulo de buenas intenciones y deseos se repartían a todos, como si de un día para otro, pudieran experimentarse cambios trascendentes, por el simple hecho de vivir una noche distinta.

El teléfono estaba siempre ocupado por quienes saludaban a amigos y parientes o recibían llamadas similares. Se sintonizaba la radio para brindar a la hora exacta, a fin de despedir al Año Viejo y recibir al Año Nuevo.

Se intensificaba el estallido de cohetes, visibles por la ventana del comedor, que ya habían preanunciado el recibimiento y a veces, podía observarse una pequeña lluvia de fuegos artificiales. Siempre se observaban globos de papel que se elevaban gracias al calor de una vela encendida en su interior, con el aspecto de pálidos faroles voladores, cuya caída, causaba más de un incendio.

Buenos deseos para el año que llegaba, con optimismo y alegría, eran el corolario de los festejos de fin de año, en ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La ciudad, Modas y costumbres, Reuniones sociales

LOTERÍA DE NAVIDAD, AÑO NUEVO Y REYES

La llegada del nuevo año siempre constituía un acontecimiento a todo nivel.

La última semana del año era completamente distinta. La posibilidad de ganar dinero con la Lotería apostando en el “Gordo de Navidad”, creaba un clima de expectación, acentuado durante la transmisión radial del sorteo, esperando la aparición del número ganador. Salvo la quiniela clandestina, no existían otras posibilidades ya que no había “Prode”, “Quini”o “Raspadita”.

Era habitual durante la transmisión radial del sorteo, que duraba varias horas, la demora en el anuncio del premio mayor. La posibilidad de ser un nuevo rico, anidaba en cada uno de los que habían adquirido un billete de lotería. Los resultados del sorteo provocaban todo tipo de comentarios, con una extensa cobertura periodística y radial.

Siempre se consultaba el extracto completo del sorteo, a fin de verificar si se había obtenido algún premio. Los nuevos ricos eran reporteados repetidas veces, brindando historias de vida curiosas y atractivas, que se instalaban en el nutrido anecdotario de los triunfadores en los juegos de azar.

En menor escala y paralelamente al sorteo navideño, se realizaban en almacenes y panaderías, sorteos de grandes canastas conteniendo una diversidad de productos alimenticios, bombones y confitados; también juguetes, grandes muñecas “Marilú” y más raramente, electrodomésticos.

Para los muchos que vieron frustradas las posibilidades de ganar un premio. encontraban un desquite jugando en el sorteo de Año Nuevo, que con un premio menor, abría un nuevo abanico de posibilidades para “salir de pobre”. Si bien no tenía el impacto del sorteo navideño, brindaba la ocasión de beneficiarse  con una importante suma de dinero para la época.

Las entrevistas a los ganadores informaban sobre los planes elaborados previamente ante la posibiidad de ganar un premio, de como los sueños se convertían en realidad. Los beneficiados alcanzaban un inmediato grado de popularidad que después del último sorteo importante, el de Reyes, caían poco a poco en el olvido.

Eran tres sorteos en dos semanas, en los que cambiaba el destino de varias familias. Ya fuera por la adquisición de un entero, de varios billetes, o la modesta participación en uno, en el caso de ganar, todo oscilaba en una muy importante mejoría de la situación económica, hasta la posibilidad de adquirir varios billetes de la próxima jugada.

Los pasos relacionados con el cobro de los premios era rigurosamente registrado por el periodismo. Se conocían las anécdotas de quienes no apostaron al número ganador en ésa ocasión; de los que sí lo hicieron y por cuales razones. Casualidades, contrariedades y coincidencias , se balanceaban constantemente en los relatos que resultaban ser las consecuencias de todas las vivencias relacionadas con los distintos aspectos de los sorteos.

Entre la inmensa mayoría no beneficiada, las esperanzas quedaban postergadas hasta los próximos sorteos de Navidad, Año Nuevo y Reyes, en ese Buenos Aires que se fue.

La ciudad, La cuestión social, Los juegos, Realidades argentinas

DÍA DE CLÁSICO FUTBOLERO

La ansiedad se vivía desde temprano cuando se jugaba un clásico de fútbol.

La convocatopria para asistir a la cancha y compartir las emociones del partido, estaban incentivadas por la propaganda de la radio, los diarios y las revistas deportivas. Todo tipo de especulaciones surgían en las discusiones en el café, en las esquinaas donde había quioscos de venta de diarios y en el trabajo.

Una preocupación constante era conseguir las entradas para asistir al estadio. Ese día, la afluencia de público era suficiente para llenar por completo las instalaciones. Por lo tanto, se concurría lo más temprano posible, para encontrar un lugar adecuado y disfrutar del espectáculo.

Ese día, se almorzaba más temprano la clásica tallarinada de los domingos, a fin de salir con el último bocado en dirección a la cancha. El clima de excitación se vivía en todo lugar, pero era especialmente manifiesto en los medios de transporte.

Un bullicio descomunal era provocado por los cánticos, groseros o no, que los coros improvisado por los aficionados hacían oir en los tranvías, ómnibus o colectivos, ocupados al máximo tanto en el interior, donde no cabía un alfiler, como colgados de los estribos o ubicados en los techos de los tranvías.

A medida que nos acercábamos al estadio, grandes grupos de hinchas, agrupados según el equipo, caminaban a buen ritmo, gritando múltiples expresiones y agitando banderas alusivas. La gente observaba desde los balcones de sus casas, este inusual espectáculo, repetido en ocasión de cada clásico. Como alguno de ellos colocaba una bandera de uno de los equipos, siempre se escuchaba todo tipo de gritos “alusivos”, contrarios a ese club, dirigidos al responsable, que habitualmente, permanecía poco tiempo por razones obvias.

Los controles de entrada eran más estrictos, demorando el acceso al estadio y exaltando el nerviosismo ya existente. La llegada temprano permitía disfrutar el partido de tercera división, preliminar al clásico. Pero el interés estaba centrado exclusivamente en lo que estaba por venir.

Como consecuencia de la enorme cantidad de público, era posible encontrar en la tribuna, algún aficionado al equipo contrario, que denotaba su presencia al gritar un gol o quejarse a viva voz ante una jugada discutida, originando la inmediata reacción de quienes lo rodeaban, invitándolo o recomendándole que se fuera a otro lado. Ya sea en la cancha o pendiente de un aparato radiofónico, los días de clásico se vivían con una mayor expectativa en ese Buenos Aires que se fue.

Los entretenimientos, el fútbol

ANATOLE BORISOVICH SADERMAN

Anatole Borisovich Saderman fue un fotógrafo nacido en Moscú, Rusia, el 6 de mayo de 1904.

En 1918 viajó con su familia a Minsk y luego a Lodz, Polonia, donde estudió inglés y dibujo. En 1921 se estableció en Berlín, Alemania, donde retomó los estudios de bachillerato y el idioma búlgaro. Para ayudar a su familia dictó clases de ruso para alemanes y de alemán para rusos.

Comenzó a pintar carteles y la reproducción de rostros de las figuras cinematográficas de la época para un cine de barrio. La llegada de Hitler, motivó a la familia a emigrar en 1926 hacia América del Sur, viajando a bordo del “Cap Polonio”. Anatole descendió en Montevideo con 3 dólares, libros y una máquina fotográfica. Desconocía totalmente el castellano. Su familia siguió hasta Asunción, Paraguay, donde residía su hermano mayor.

Trabajó de fotógrafo callejero y estudió fotografía con el maestro ruso Nicolás Yarvoff. Obtuvo fotografías del puerto y conventillos montevideanos, empleando una vieja máquina que le había regalado su padre. En 1927 viajó a Asunción, donde instaló su primer estudio fotográfico llamado “Electra”. En 1929 viajó a Formosa y en 1932 se estableció en Buenos Aires, comenzando a trabajar en el Estudio Van Dick, ubicado en Rivadavia y Medrano.

Recorrió todos los escalones de la fotografía, desde retocar un negativo, hacer copias, trabajos en el laboratorio hasta la práctica intensiva de la fotografía. En 1934, abrió su estudio en la calle Callao 1066. Su especialidad fue el retrato y su clientela, principalmente los artistas plásticos. La calidad y cantidad de artistas que desfilaron por su estudio fue muy importante. Saderman fotografió a los más destacados representantes de las artes plásticas argentinas.

La serie comenzó con el escultor Luis Falcini. Le siguieron Raúl Soldi, Lino Eneas Spilimbergo, Antonio Berni, Benito Quinquela Martin, quienes fueron unos pocos de las muchas figuras que pagaron con su talento, el trabajo de Anatole Saderman. El pago se realizaba intercambiando un cuadro por el retrato fotográfico.

Pasado un tiempo, el fotógrafo estableció como condición para el trueque, la de recibir solamente autorretratos, hecho que lo llegó a acumular más de 100 trabajos. Con ambas modalidades, Saderman acumuló una cantidad de cuadros que provocó la envidia de más de un museo, por constituir una muestra real del desenvolvimiento del arte plástico en la Argentina.

Entre 1961 y 1962 vivió en Roma, realizando exposiciones en la Galería Nova Pesa. Su estilo se basó en el estudio del rostro, la iluminación de sus expresiones y el brillo de los ojos, capturando una imagen exclusiva e inimitable.

En 1974 se mudó a Santiago del Estero con su esposa Nina y publicó “Retratos y Autorretratos”. Fue socio fundador de la Asociación de Fotógrafos Profesionales, del Foto Club Argentino y del Foto Club Buenos Aires. Buena parte de su obra se conserva en el Fondo Nacional de las Artes. En 1982 recibió el premio Konex. En 1984 fue nombrado “Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aitres”. Anatole Saderman, el mayor retratista de la fotografía argentina, vivió en ese Buenos Aires que se fue, donde falleció el 31 de octubre de 1993.

Fuente: Chatrone Celina: Anatole Saderman, un extraño en el espejo. La Nación, ADN Cultura, 08-02-2013.

http://es.wikipedia.org/wiki/Anatole_ Saderman

Villar, Eduardo. Anatole Saderman, el fotógrafo que se muestra en cada retrato. Clarín 07-01-2013.

http://libreriaelextranjero.com/anatole-saderman-retratos-fotograficos…

El exilio, La inmigración, Sin categoría, Vivieron en Buenos Aires

EL TANGO EN EL CAFÉ

Escuchar tango en el café era un hecho cotidiano.

En sesiones vespertinas o nocturnas, los aficionados al tango tenían la oportunidad de disfrutar las ejecuciones de las orquestas de tango mientras saboreaban un café. Eran épocas donde la concurrencia era toda masculina, se usaban sombreros de fieltro, con  predominio del color gris; numerosas perchas estaban distribuidas a lo largo del café para colgarlos. Una nota destacada era la presencia de un agente de policía en un rincón del café, para garantizar el orden.

La orquesta ejecutaba sus tangos en un palco, generalmente pequeño, dispuesto a regular altura, que permitía fuera observado por todos los concurrentes, así como también por los que no entrábamos al local, y lo hacíamos desde la vereda, curioseando a través de las ventanas, por los reducidos espacios que dejaban las cortinas blanco amarillentas con argollas de madera.

El palco era de madera, al cual se accedía por una escalera pequeña. Fue el sitio donde se destacaron las grandes conjuntos, de la Guardia Vieja y de la Guardia Nueva. También el palco era el sitio del café más observado, cuando ante la ausencia de la orquesta típica, en su reemplazo estaba la victrolera pasando discos, con su ropa ajustada de color negro, cruzando sus piernas en épocas donde la moda, precisamente las cubría.

La atmósfera dentro del café estaba inundada por el humo de cigarrillos y cigarros, sumado a toda la gama de sonidos provenientes de los corrillos de los asistentes y gritos de los mozos al ordenar los pedidos. Al sonar los primeros compases de un tango, se suspendían los comentarios y los gritos de los mozos durante 3 minutos. El tango era allí el señor y dueño de las miradas y oídos de la concurrencia. Se lo escuchaba y disfrutaba con sincera pasión en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, El tango, Los entretenimientos

LOS VIAJES EN EL TANGO

En la segunda década del Siglo XX, Buenos Aires miraba a París.

Tanto la aristocracia como la juventud aventurera, tenían como objetivo visitar París, disfrutar su vida nocturna, sus placeres, sus encantos. El tango registró estos detalles de la vida mundana y sus consecuencias, que quedaron grabadas en inolvidables versiones, como testimonio de una época. Pero los viajes, no sólo a París, sino a otros sitios lejanos, fueron vertidos en las letras de muchos tangos.

Ivo Pelay, Mariano Mores y Francisco Canaro plasmaron un irrepetible testimonio de la nostalgia del terruño en “Adios Pampa mía”. El alejamiento de los sitios donde se había vivido quedaron señalados nítidamente: “Adiós Pampa mía;/me voy…/Me voy a tierras extrañas…/Adiós, caminos que he recorrido, /ríos, montes y cañadas, / tapera donde he nacido…/ Si no volvemos a vernos,/tierra querida,/ quiero que sepas / que al irme dejo la vida.”

En “Ave de paso”, Enrique Cadícamo y Charlo expresan los sentimientos encontrados cuando llega el momento de ausentarse y decir adiós, decisión complicada y desdichada: “Ha llegado el momento querida / de ausentarme quien sabe hasta cuando, / en mis labios se asoma temblando / una mueca que dice adiós / Nuestro amor fue un amor del momento, / mi cariño fue un ave de paso / y tus besos de miel y de raso / un vaso sagrado que no olvidaré”.

En “La viajera perdida”, de héctor Blomberg y Enrique Maciel, es la mujer quien se aleja hacia otro país, dejando el recuerdo de su presencia en su amado, que solo y triste, la evoca nostálgicamente: “Te amaba y te fuiste. Seguía el navío / por mares de brumas y puertos de sol. / Tu sombra lejana quedó al lado mío: / un sueño de Francia y un verso español. / Pasajera rubia, viajera perdida, / que un día en un puerto lejano se fue / dejando una extraña nostalgia en mi vida: / acaso ni sabes que yo te lloré”.

Enrique Cadícamo y Guillermo Barbieri expresaron en “Anclado en París”, los sentimientos que vivieron muchos de los que dejaron el país en busca de un sueño no concretado: “¡Lejano Buenos Aires, que linda has de estar…! / Ya van para diez años / que me viste zarpar. / Aquí, en este Montmartre / faubourg sentimental, / yo siento que el recuerdo / me clava su puñal…”.

En “Cafetin”, de Homero Expósito y Argentino Galván, se presentan las tribulaciones que padece el emigrante, que sufre pensando en el regreso que no puede concretar por razones políticas, soñando con sus seres queridos, que quedaron muy lejos: “Cafetín / y esa pena que amarga / mirando los barcos / volver a sus lares…/// ¡Cafetín / yo no tengo esperanzas / ni sueño, ni aldea / para regresar…!”.

El trabajo del hombre de mar está absolutamente ligado a los barcos y sus destinos, los puertos. Cada arribo significa un potencial reencuentro con un amigo, un familiar, un amor. Suelen ser estadías cortas, lo que demore el barco en sus tareas de carga y descarga. Los destinos pueden repetirse o se llega por única vez. La incertidumbre, las relaciones fugaces, la tristeza, son todas situaciones que Homero Manziy Lucio DeMare, supieron plasmar en “Mañana zarpa un barco”: “Dos meses en un barco viajó mi corazón; / dos meses añorando la voz del bandoneón. / El tango es puerto amigo donde ancla la ilusión; / al ritmo de su danza, se hamaca la emoción. / De noche con la luna sonando sobre el mar, / el ritmo de las olas me miente su compás. / Bailemos este tango, no quiero recordar, / mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más”. La tristeza de la despedida, la nostalgia de la distancia, la alegría del retorno, sentimientos expresados como pinturas de ese Buenos Aires que se fue.

El tango

LOIS BLUE

Lucía Bolognini Míguez nació el 23 de agosto de 1912 y fue una destacada cantante argentina de jazz, conocida artísticamente como Lois Blue.

Fue maestra normal y estudiante de piano. Comenzó a cantar en 1935 en el Alvear Palace Hotel y en la audición “Astros y estrellas del jazz”, por “Radio Belgrano”. Encontrándose en la confítería del Torreón, en Mar del Plata, fue invitada a cantar con la orquesta de Rudi Ayala. Posteriormente, lo hizo como solista en “Radio Belgrano” y “Radio Splendid”, acompañándose al piano.

En 1937 actuó con Raúl Sánchez Reynoso y La Santa Paula Serenaders, grabando su primer disco, “Rockin Chair”, para el sello “Odeón”. Fue la primera cantante femenina que actuó en la orquesta “Héctor y su jazz”, a partir de 1944, grabando 23 temas.

Rubia, de ojos azules y silueta espigada, cultivó un amplio repertorio que oscilaba entre los clásicos del jazz y la música melódica moderna, en una época en la que el jazz se oía en las radios y confiterías céntricas de Buenos Aires. Se desempeñó como actriz en el cine nacional, participando en las películas “El cielo en las manos”, “Suegra último modelo”, “Días de odio”, “La patrulla chiflada” y “La voz de la ciudad”.

También actuó en teatro y televisión. Compuso música tropical para las películas donde actuaron Blanquita Amaro, Amelita Vargas y Alfredo Barbieri. Durante la actuación de Cab Calloway en Montevideo, actuó como cantante solista, haciendo dúos con el Director. Sus modelos en el canto fueron Ethel Waters, Billie Holiday y Ella Fitzgerald, no imitados pero si adecuados a un estilo absolutamente personal para su voz de mezzosoprano.

De las grabaciones realizadas, fue notable el registro logrado en la década del 70 con un pequeño conjunto integrado por Jorge Anders en saxo tenor, Santiago Giacobbe en piano y Néstor Astarita en batería. Lois Blue frecuentaba el bolicha de Astarita “Jazz & Pop”, alternando con “Bar Sur”, donde actuaba su admirador Enrique Villegas, con quien estuvo ligada sentimentalmente.

En 1980, antes de radicarse en Estados Unidos, cantó pot “Radio El Mundo” con las orquestas de Eduardo Armani y Roger Santander. Esta auténtica cantante de jazz, capaz de frasear cualquier melodía, falleció en Nueva York, en el mes de febrero de 1999, y lo mas importante para Lois Blue fue cantar, algo que hizo muy bien en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/128495-lois-blue-el-alma-del-jazz

http://www.jazzar.unlugar.com/ladycrooners1.htm

Pujol, Sergio:Mujer con swing y sin pudor. Clarín 14-02-1999

Artistas destacados, La radio

HEDY CRILLA

Hedwig Schlichter, conocida entre nosotros como Hedy Crilla, nació en Viena, Austria, en 1898.

Estudió teatro en el Conservatorio de Viena y en 1920 inició su carrera teatral en Alemania, junto a figuras de renombre como Bertolt Brecht, Max Reinhardt, Gustaf Gründgen y Carl Zuckenagen. Trabajó en Alemania, Austria, Polonia, Inglaterra y Francia. Se casó con el actor polaco Anton Krilla.

El nazismo la alejó en 1933, huyendo a Viena y luego en 1936, a Francia, donde permaneció hasta la llegada de los alemanes en 1940. Esta situación fue determinante para abandonar Europa y radicarse en Argentina, lo que consideró “un amor a primera vista”.

Trabajó en el teatro alemán independiente, como actriz y directora, representando “La llama sagrada” de Somerset Maugham (1941); “Alerta en el Rhin”, de Lillian Hdlman (1942); “Madre”, de karel Capek en 1943 y “Espectros” de Enrique Ibsen (1946).

Comenzó a trabajar en el cine argentino en 1942 con “Ceniza al viento”. Filmó en 1948 “Tierra del Fuego” y “La Hostería del Caballito Blanco”, siendo su última participación en “El pibe Cabeza”, en 1975, totalizando 13 películas.

Fue contratada como actriz característica por los elencos franceses varados en Buenos Aires por la Segunda Guerra Mundial. Hizo giras por Latino América con la Comedie Francaise, la compañía de Dulcina Odelon, de Rachel Berendt, Jean Tavera, etc. También dictó clases y cursos de perfeccionamiento para actores franceses y de habla germana.

En 1945, impuso el Género Teatral Infantil, montando “Puntito y Antón”, de Erich Kaitner. En distintas temporadas representó “La princesa y el pastor”, de Andersen y obras de su autoría como “Mi teatrito”, “Las aventuras de Andresito” y “Rosa, Rosita y Rosalinda”.

En 1947 fundó la “Escuela de Arte Escénico de la Sociedad Hebraica Argentina”, donde surgieron Sergio Renán y Dante Stivel. En 1958 fue convocada por el Teatro Independiente “La Máscara”, para trabajar de acuerdo con los lineamientos de K. Stanislavsky. A raíz de ello dirigió “Cándida”, de G. Bernard Shaw que le valió el premio a la mejor puesta en escena, Premio de Críticos Teatrales de 1959;”Una ardiente noche de verano”, de Ted Willis en 1960 y “Espectros” de E. Ibsen en 1961.

La llegada a la Argentina del gran director norteamericano Lee Strasberg, creador del “Actor’s Studio”, provocó la sorpresa de intérpretes y directores argentinos, quienes coincidieron que esas enseñanzas las habían aprendido varios años atrás con Hedy Crilla. Entre sus alumnos se encontraban Agustín Alezzo, Augusto Fernandes, Carlos Gandolfo entre los directores. Entre los actores Federico Luppi, Elsa Berenguer, Norma Aleandro, Lito Cruz, Jorge Luz, Maurice Jouvet y Eduardo Bergara leumann.

Hedy Crilla procuraba que sus alumnos lograran un decir teatral profundo, verdadero y creible. En 1968 fue contratada por la Dirección General de Enseñanza Artística, como Profesora de Práctica Escénica en la Escuela de Teatro de la ciudad de La Plata. En 1960 adoptó la ciudadanía argentina.

Regresó a la actuación teatral en 1968 representando “La mentira”, de Nathalie Servante; “Romance de Lobos”, de Ramón del Valle Inclán en 1970 y en 1977 “Solo 80″, de Colin Higgins. Sus últimos trabajos como Directora fueron en “Despertar de primavera” en 1976 y “Mary Barns”, de David Edgard, en 1982.

Protagonizó en el ciclo televisivo “Alta Comedia”, la obra de Jacobo Langsner “Esperando la carroza”. La dictadura militar argentina consideró que “Hedy Crilla, directora de obras de teatro, poseía antecedentes ideológicos desfavorables”. Su alumna y amiga Cora Roca, escribió su biografía titulada “Días de teatro”. Falleció en Buenos Aires, el 31 de marzo de 1984. Hedy Crilla, actriz y maestra de actores que cambió radicalmente la historia del teatro nacional, vivió 44 años en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:http://cianacionaldeteatro-juareznaranjo.blogspot.com.ar/2007/07/teatro

Bubatti, Jorge: El alma en escena. Clarín 11-03-2001

Todo comenzó con Hedy Crilla. La Nación 02-09-1998

Biografías: Hedy Crilla 1898-1984. Asociación Argentina de Actores. 29-07-2011

http://es.wikipedia.org/wiki/Hedy_Crilla

Artistas destacados, El Teatro, El exilio, Vivieron en Buenos Aires

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