El Buenos Aires que se fue

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EL ASCENSORISTA

Durante muchos años, la profesión de ascensorista fue común en las grandes tiendas y edificios de oficinas y departamentos.

El ascensorista vestía uniforme con chaqueta cerrada color gris, con ribetes rojos y eventualmente una gorra del mismo color. Esperaban a las personas, parados sobre la puerta del ascensor, vigilando la cantidad que ingresaba.

Una vez que se alcanzaba la cantidad oficialmente autorizada, cerraba las puertas manualmente y movilizaba el ascensor mediante una manivela con la que regulaba la velocidad y el posicionamiento correcto, a fin de evitar inconvenientes durante la entrada y salida de los pasajeros.

En las grandes tiendas complementaba su accionar anunciando las secciones ubicadas en cada piso, así como también las ofertas de cada día o de la semana.  Al llegar a cada piso, abía manualmente las puetas pronuncianddo la palabra “salida” o el número del piso.

Evitaba que los niños manipularan la manivela o pulsaran los botones del tablero, a fin de evitar inconvenientes. Siempre saludaba a las personas que ingresaban al ascensor transformándose en la primera cara amable que los empleados encontraban al llegar a su trabajo. Cuando se producía una pausa en su trabajo, la aprovechaba para acicalar el habitáculo.

Salvo en algunos hoteles y edificios tradicionales, el oficio de ascensorista ha desaparecido. El anuncio grabado del cierre y apertura automático de las puertas, anunciando la llegada a cada piso, así como el empleo de una botonera inteligente, han reemplazado a este personaje insustituible en aquel Buenos Aires que se fue.

La ciudad, La infancia, Las Grandes Tiendas, Personajes de la ciudad

MI ABUELO Y EL VESUBIO

Mi abuelo siempre recordaba al Vesubio.

El volcán se encontraba a 70 kilómetros de su pueblo en Nápoles, Italia, cuya silueta siempre observaba a la distancia. Lo escuchaba fascinado imaginando las erupciones y los ríos de lava.

Conocía los volcanes por las ilustraciones de libros y revistas. Pero cuando mi abuelo relataba que había caminado por la boca del volcán, que era muy grande y que estaba apagado, no podía elaborar una imagen que representara esos hechos.

El Vesubio, junto al Strómboli y el Etna, eran los tres volcanes clásicos italianos, que de una u otra forma, integraban los relatos que el abuelo hacía recordando su vida en Italia. En una pintura apaisada y muy bien lograda que tenía en su habitación, siempre observaba el aspecto imponente del Vesubio con la profusión de viviendas en el valle, con la predominancia de los techos rojizos.

Abuelo relataba lo que fueron en su momento las erupciones del Vesubio y sus consecuentes destrozos. Nunca omitía las referencias al Etna, que se encontraba activo, con su consiguiente riesgo para la población.

Escuchaba sus relatos una y otra vez, pero siempre como si fuera la primera audición, dispuesto a corregir alguna palabra que difiriera de su último relato. Abuelo ponía pasión y dramatismo en lo que decía, características que me atrapaban, grabándose profundamente en mi memoria de aquel Buenos Aires que se fue.

Anécdotas de mi abuelo, La infancia

EL AMANSADOR DE ZAPATOS

Un oficio muy llamativo fue el de amansador de zapatos.

Era una época en la que todos los zapatos eran de cuero, ya que aun no se conocían los materiales plásticos. Según la calidad del cuero, se disponía de zapatos blandos de muy buena calidad, o en su defecto, los de cuero más duro.

Esta circunstancia motivó la aparición de sacrificados voluntarios que, previo acuerdo económico, usaban el calzado nuevo durante una semana, a fin de lograr un ablandamiento del cuero. Mediante el uso de un calzador y un par de medias adecuado, el amansador iniciaba su penosa tarea de caminar y caminar.

El resultado era disponer de zapatos cómodos, bien ajustados al pie, que no provocaban dificultad alguna. Generalmente, eran personas que calzaban uno o dos números más del que estaban ablandando, de modo que la tarea era un verdadero sacrificio, con las correspondientes molestias que causaban a los pies, traducidas en ampollas y escoriaciones, acompañadas de un dolor intenso.

Esta situación obligaba al uso de una palangana con agua caliente y sal marina, para lograr un alivio temporario a estas dolencias. Eran verdaderos sacrificios para subsistir, ya que colocarse un par de zapatos un número menor, siempre configuraba un período de tensión, molestias y dolores que cedían al liberarse de esa tortura.

Era digno de reconocer el espíritu de resignación que acompañaba al desempeño de esta desafortunada tarea. Sin embargo, el amansador de zapatos, constituyó un oficio curioso e insustituible, en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres, Personajes de la ciudad

LUIS ZORZ, MAESTRO DEL FILETE PORTEÑO

Luis Zorz, Luisito, nació en Buenos Aires, el 17 de julio de 1932, en el pasaje Vinchina 1576, en el barrio de Flores.

Fue su maestro en el filete, el reconocido artista León Untroib, a quien conoció en la fábrica de carros “Lloyds Hermanos”, cuando tenía 12 años. Untroib le proporcionó el primer trabajo, retocar las chatas con pintura. La relación con Untroib duró hasta el fin de sus días.

El letrista Alfonso Ravena, de Villa Lugano, le trasmitió sus conocimientos, que le permitieron trabajar como oficial letrista a los 16 años. En su amplio taller de Villa Lugano, un verdadero museo del filete, Zorz elaboró la mayoría de sus trabajos, que han quedado felizmente plasmados en cafés, restaurantes, y especialmente en las calles de los distintos barrios de la Ciudad, como Boedo, Parque Patricios y Barracas.

También en  los carteles de publicidad de cines y teatros de la calle Corrientes, así como los que coronan el Bar Restaurant “Homero Manzi”, en la esquina de San Juan y Boedo,  clásicas muestras de su reconocido talento.

Pero es importante destacar las placas  recordatorias de personajes de la cultura porteña y del tango, como Mercedes Simone, Sebastián Piana, Osvaldo Pugliese, Leónidas Barletta, la “Editorial Claridad”; de la salas cinematográficas de Boedo, hoy inexistentes, ya que están reemplazadas por templos religiosos y comercios varios.

Luis Zorz sigue en actividad, ahora en Parque Patricios, fileteando y ejerciendo la docencia los días sábados en el “Foro de la memoria”, donde durante 2 horas, transmite su amplia experiencia en el arte del filete. Integrante de Nuestro Patrimonio Cultural Porteño, ha recibido múltiples distinciones y homenajes.

Luis Zorz es un artista que supo plasmar a través del filete, el recuerdo de los representantes de la cultura popular porteña de ese Buenos Aires que se fue.

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CASTAÑAS EN BUENOS AIRES

Las castañas tas comunes en Europa, tuvieron su hora de gloria en Buenos Aires.

Las vendían en la calle, calentadas en hornos pequeños con carbón encendido, y en los bares, servidas en platitos. Cuando se las pelaba, desprendían un aroma único e inconfundible, estableciéndose como acompañante recomendado de la cerveza de barril, servida en los grandes vasos de vidrio grueso con manija, los chops.

Se las podía degustar en el verano, en las calles del centro de la ciudad, en un horno colocado sobre una mesa pequeña, donde una mujer preparaba un cucurucho de papel colocando una media docena de castañas.

También se consumía en los hogares, ya que en el verano, los vendedores las ofrecían de puerta en puerta. Pero era necesario cocinarlas, apreciándose entonces su suave aroma. Mientras en Europa persiste la costumbre de comer castañas, en Buenos Aires, hace ya mucho tiempo que han desaparecido.

La garrapiñada, su versión porteña, se elaboraba con maní, especialmente en la época de otoño e invierno. En un triciclo con caja de latón, se montaba un calentador a querosene, y en un bols de cobre, se colocaba agua, azúcar, maníes pelados, unas gotas de vainilla y a revolver con una cuchara de madera.

Su aroma era atrapante, tanto para los niños como para los adultos. Se vendía recién elaborada, en bolsitas de papel celofán a un precio de 10 y 20 centavos. Eran escasos los vendedores de garrapiñada, pero se los encontraba  a la salida de los estadios de fútbol, los circos, y el jardín zoológico.

Hoy se han multiplicado y no sólo usan el maní, sino las almendras como en Europa, y otras semillas igualmente exquisitas. Pero el olor de la garrapiñada que conocemos, está ligada exclusivamente al maní. Las castañas se transformaron en un recuerdo nostálgico de aquél Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad, Personajes de la ciudad

GORI MUÑOZ

Gregorio Muñoz Montoro, Gori Muñoz, nació en Benicalap, Valencia, España, el 26 de julio de 1906.

Estudió Bellas Artes y Arquitectura en Madrid y trabajó como ilustador y decorador. Al finalizar la Guerra Civil Española, se embarcó desde Francia en el buque “Massilia” y se exilió en Buenos Aires, donde realizó la mayor parte de su obra como escenógrafo y dibujante.
Trabajó como escenógrafo en el teatro español en el exilio y en el cine argentino, integrando la escenografía con lo que sucedía en la película y diseñando el vestuario. Su habilidad para describir ambientes de todo tipo, estaba basada en minuciosos bocetos, producto de un estudio muy profundo.
Debutó como escenógrafo del cine nacional en la película “Canción de cuna”, en 1941, bajo la dirección de Gregorio Martínez Sierra, la primera de la larga serie de 194 películas en las que dejaría su sello inconfundible de creatividad y estilo, enriqueciendo el contenido de cada una de ellas.
Trabajó en “Estudios San Miguel”, a partir de la película “Juvenilla”, destacándose la reconstrucción que hizo del Colegio Nacional Buenos Aires, de sus patios y su claustro. Fue el comienzo de una colaboración inolvidable para la época de mayor esplendor del cine argentino, que lo catapultó a liderar el cine latinoamericano.
Fueron exclusivas las reconstrucciones históricas realizadas para las películas “La dama duende”, “Rosa de América” y “La barra de la esquina”. Integró una trilogía única junto a Raúl Soldi y Ralph Pappier, que revolucionó el arte de la escenografía nacional, mejorando los resultados fotográficos y sonoros.
Luego de una extensa y fructífera carrera artística, falleció en Buenos Aires, el 27 de agosto de 1978. Gori Muñoz, el gran contribuyente a la evolución de la escenografía en el cine argentino, vivió en Buenos Aires, en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuentes: Ranzani, O. Bocetos para una historia cambiante. Página 12. 26 oct. 2006.
https://es.wikipwdia.org/wiki/Gori_Muñoz

Artistas destacados, El Teatro, El cine, El exilio, Vivieron en Buenos Aires

LA SECRETARIA

El trabajo femenino de secretaria, fue una necesidad para paliar el déficit en el presupuesto familiar.
Independientemente de su orden y prolijidad, una mujer debía dominar la dactilografía y la taquigrafía, para aspirar al puesto de secretaria. Si se comparaba con el trabajo en las fábricas, la mecanografía era ventajosa porque, si bien requería alfabetización y un cierto grado de cultura, no necesitaba de un esfuerzo intelectual.
La mecanografía femenina fue un fenómeno de carácter internacional y algo similar ocurrió con la taquigrafía, tareas que no necesitaban de un esfuerzo exagerado. Vestida con prendas sencillas, pero elegantes, hacía de la discreción, un arma fundamental para lo que oía o se le comunicaba.

Después del jefe, la secretaria desplegaba funciones de poder sobre el resto de los empleados. Mantenía el orden en la oficina, tanto en lo relacionado con el papeleo como en su aspecto exterior, poniendo un toque de femineidad y delicadeza. Las tareas habituales eran atender el teléfono, ocuparse de la correspondencia, del archivo de la oficina y los asuntos de la agenda personal de su jefe.
La secretaria resolvía todos los temas y actuaba como un separador de su jefe con el mundo exterior. Obtener el cargo de secretaria era la culminación de las tareas de una buena taquidactilógrafa con buena apariencia, que lograba el trabajo femenino ideal.
El análisis de la relación sentimental secretaria-jefe, fue la base de novelas y culebrones radiales que detallaban el romance entre ambos.
La secretaria era la empleada administrativa que había llegado a la cima de su carrera laboral y, que en muchas ocasiones, se convertía en la esposa del jefe, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Queirolo G. Dactilógrafas y secretarias perfectas: el proceso de feminización de los empleos administrativos (Buenos Aires, 1910-1950)-

La cuestión social, Realidades argentinas

LA LIBRETA DE AHORROS Y LA NENA

En mi época escolar, la libreta de ahorros fue el medio mediante el cual ahorrábamos pequeñas sumas de dinero, proveniente de obsequios o cumpleaños.
Comprábamos estampillas que se pegaban en la clásica libreta de tapas amarillentas. Esta operación era realizada por la maestra de grado, dentro del aula, sumando el importe al que se tenía depositado.
Reuní 197 pesos moneda nacional pero guardé la libreta durante mucho tiempo. Un día decidí recuperar lo ahorrado pero ya, habían sucedido varias devaluaciones. La operación fue decepcionante porque me pagaron 4 pesos con 30 centavos.
Pensar que en la contratapa había varios consejos con frases muy especiales, como la que decía:” La Nación garantiza los depósitos que se efectúan en la Caja Nacional de Ahorro Postal y su devolución con intereses”.
En las estampillas, se observaba una niña sentada en actitud de depositar una moneda en la ranura de una alcancía que retenía entre sus rodillas. Fue el símbolo de la Caja Nacional de Ahorro Postal, vigente en la actualidad.
Esa niña era Aída Ferrari, de 6 años de edad, hija del escultor italiano Nicolás Antonio Ferrari. Posó para su padre durante un mes, sentada en una mesa giratoria, mientra modelaba el original en arcilla. Luego realizó la copia en yeso finalizando con la versión en bronce.
Como compensación, Aída recibía diariamente, una moneda de 20 centavos . La escultura se realizó en el taller que Ferrari tenía en su casa, ubicada en la calle Callao al 300, de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Giudici A. Un símbolo y una historia viva. El Arca/38.

La infancia, La inmigración, Realidades argentinas

MI PROFESORA DE INGLÉS

Cuando aun no había finalizado la escuela primaria, comencé a estudiar inglés con Miss Dennehy.

Era una persona mayor que vivía con dos hermanas. Su domicilio estaba ubicado a cuatro cuadras del mío, en Valentín Gómez esquina Billinghurst, en la ciudad de Buenos Aires.
Era una típica casa chorizo, en muy buen estado, colmada de macetas con plantas y flores. En el fondo se hallaba el comedor, que tenía una gran mesa oval de madera, cubierta por un paño verde, donde recibía mis clases.
No estábamos solos, porque una hermana discapacitada cuyo nombre no recuerdo, permanecía siempre sentada. Escuchaba todo el desarrollo de la clase pero jamás interrumpía.
Miss Dennehy era muy especial para dictar sus clases. Me indicó adquirir un libro básico “First steps in english” (Primeros pasos en inglés), de Mme. Cammerlynck, un libro de tapa roja con letras negras, dirigido a franceses que estudiaban inglés.
La edición era viejísima, de 1912, con ilustraciones muy antiguas. Nunca comprendí porqué eligió un libro que no tenía ninguna vinculación con los programas de la escuela secundaria, ya que los temas abordados eran completamente distintos.
Para la pronunciación, no utilizaba los signos de fonética, sino la repetición. Ella pronunciaba y yo, repetía, tantas veces hasta que quedaba conforme.
Al comenzar la clase debía rezar el Padre Nuestro y el Credo. Fue lo primero que me enseñó y jamás dejó de hacerlo. Yo repetía lo que ella decía. Una vez finalizados comenzaba la clase propiamente dicha.
Este ritual se repitió dos veces por semana y me introdujo en el conocimiento elemental del idioma inglés, en una vieja casona de ese Buenos Aires que se fue.

La educación, La infancia, Personajes de la infancia

LOS GITANOS

La llegada de gitanos a la Argentina comenzó a fines del Siglo XIX.
Provenían de distintos países europeos y muchos se ubicaron en Buenos Aires. Caracterizados por el nomadismo, se instalaban en grandes carpas, ocupando un terreno.
Recuerdo que en una esquina del barrio de Villa Real, instalaron una carpa en un terreno baldío, dentro de la cual observamos unos llamativos artefactos de bronce pero ignorando su uso.
Los colores variados de la ropa femenina era un clásico de las calles porteñas. Las gitanas caminaban en grupos pequeños, de tres o cuatro personas, con sus clásicas trenzas adornadas con monedas de oro y collares, que también mostraban monedas de oro, uno de sus métodos para ahorrar dinero.
Nos llamaba la atención que las mujeres de mayor edad, caminaban por las calles fumando, situación excepcional en esa época. Se desplazaban hablando en voz alta, en un idioma desconocido, o en un español mal pronunciado, moviendo sus amplias y coloridas polleras que ocultaban sus pies.

Desinhibidas en sus desplazamientos, interrumpían la marcha de cualquier transeúnte, ofreciendo sus servicios de adivinación del futuro, observando y “leyendo” las líneas de la mano. Las mujeres casadas usaban un pañuelo cubriendo su cabeza.
A los hombres no los reconocíamos; nada los diferenciaba en su atuendo con los demás peatones. Pasaban desapercibidos. La libertad es uno de los principios fundamentales de este pueblo. Una decisión de mucho peso fue la de enviar a sus hijos a la escuela, poderosa herramienta para el mantenimiento de su cultura, ya que no sabían leer ni escribir.
Los gitanos nómades, no invertían su ganancia en la compra de casas, Como desconfiaban de los bancos, llevaban su riqueza puesta: monedas de oro y joyas, que además los protegían de los malos espíritus.
Se han dedicado a la venta ambulante, al intercambio y a la adivinación. En general, han desarrollado una economía independiente, una red de trabajo exclusiva de la colectividad, como la compra y venta de automóviles y la herrería industrial.
Pero los cambios tecnológicos motivaron otras modalidades de comercialización, que al exigirles permanecer en un sitio fijo, eligieron edificios como sitios estables. Sin embargo, actualmente pueden encontrarse familias viviendo en carpas como lo hacían tiempo atrás, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.buenosaires.gob.ar/ares/secretaria_gral/colectividades

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