El Buenos Aires que se fue

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Reuniones sociales

AÑO NUEVO

La llegada del Año Nuevo se vivía en un clima de felicidad.

Era un día diferente, que motivaba el encuentro con familiares y amigos. Rodeado de una publicidad inusual, las radios, revistas y diarios centralizaban su información en la llegada del nuevo año. Las historietas mostraban a un anciano de barba blanca, el Año Viejo, que mostraba con nostalgia a un bebé, el Año Nuevo.

Ese día era regido por la euforia, los buenos deseos para con los vecinos, amigos y familiares. Se preparaban unas comilonas descomunales, con alimentos preparados y cocinados desde temprano, a los que se sumaba lo que aportaban los invitados. Las bebidas de ese día eran sidra, champan o cerveza para los adultos y gaseosas para los pibes, integrando un menú completamente distinto, donde podía degustarse el clásico pan dulce, las típicas variedades de fruta seca como nueces, avellanas y almendras, con el agregado de las almendras confitadas llamadas peladillas.

La cena comenzaba más tarde que lo habitual, de tal modo que la hora del brindis coincidiera aproximadamente con la medianoche. Todos ponían lo mejor de sí, para que transcurriera en un marco de alegría. Un cúmulo de buenas intenciones y deseos se repartían a todos, como si de un día para otro, pudieran experimentarse cambios trascendentes, por el simple hecho de vivir una noche distinta.

El teléfono estaba siempre ocupado por quienes saludaban a amigos y parientes o recibían llamadas similares. Se sintonizaba la radio para brindar a la hora exacta, a fin de despedir al Año Viejo y recibir al Año Nuevo.

Se intensificaba el estallido de cohetes, visibles por la ventana del comedor, que ya habían preanunciado el recibimiento y a veces, podía observarse una pequeña lluvia de fuegos artificiales. Siempre se observaban globos de papel que se elevaban gracias al calor de una vela encendida en su interior, con el aspecto de pálidos faroles voladores, cuya caída, causaba más de un incendio.

Buenos deseos para el año que llegaba, con optimismo y alegría, eran el corolario de los festejos de fin de año, en ese Buenos Aires que se fue.

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LA CULTURA BARRIAL

Las sociedades que se formaron en los barrios, fueron el marco principal de la conformación de una nueva cultura popular.

Estas sociedades estaban constituidas por argentinos e inmigrantes: obreros, empleados, maestros, profesionales, pequeños comerciantes y otros, sin ocupación. En su formación participaron Sociedades de Fomento, Asociaciones Mutuales, Clubes Sociales, Comités Políticos y Bibliotecas Populares.

La sociedad barrial se articuló alrededor de instituciones que cumplían un rol destacado, tales como el Café, la Esquina, el Puesto de venta de diarios, los Despachos de bebidas. los Clubes sociales y deportivos y las Bibliotecas barriales.

El desarrollo de actividades culturales requirió de la colaboración de maestros, profesores de dibujo, de inglés, de poesía, de canto, de recitación, de costura, cursos de labores, telar o música, que satisfacieron una cultura netamente femenina. En el dictado de cursos de correspondencia mercantil, contabilidad, taquigrafía o inglés, se buscaba la salida laboral como empleadas o secretarias.

La práctica de deportes, en especial fútbol y basquet, estimularon la creación de clubes deportivos. Los clubes sociales se especializaron en los juegos de cartas, dominó y ajedrez, bailes, salas de cine o de teatro. Las fiestas y bailes eran de tipo familiar. ¡Cómo olvidar los bailes en “Bomberos Voluntarios de Ramos Mejía”, donde era imprescindible “que hubiera luz” entre los cuerpos de la pareja. Para lograrlo, varios miembros de la Comisión Directiva se encargaban de asegurar ese detalle, deteniendo el baile de determinada pareja,  al tiempo que exclamaban en voz alta: “Sepárense, más luz”. Recuerdos…de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: Gutiérrez L. y Romero L.A. Sectores Populares. Cultura y Política. Ed. Sudamericana. 1995.

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LA CASA SUIZA

La Casa Suiza es un edificio perteneciente a la Sociedad Filantrópica Suiza, ubicado en la calle Rodríguez Peña 254, con una coqueta fachada Art Decó.

Fue fundada en 1861 y tenía como objetivo crear un club para asistir a los menos afortunados entre los suizos del país y estrechar vínculos entre ellos, manteniendo viva la cultura de su patria mediante fiestas, reuniones sociales y centro de beneficencia.

En su Salón Principal actuó el Trío Gardel, Razzano, Marino, compañías teatrales, musicales y de ballet, así como también a las más variadas expresiones políticas, sindicales y culturales.

Pero la Casa Suiza fue un lugar de reunión de la comunidad Afroargentina, especialmente durante los días de Carnaval. A través del “Shimmy Club”, la institución afroporteña más emblemática del Siglo XX, alquilaba las instalaciones para la realización de los 8 bailes de Carnaval, a partir del año 1928, con demostraciones de Candombe y Rumba abierta, similar a la rumba cubana.

Las reuniones se realizaban en el buffett ubicado en el subsuelo, donde cada familia tenía su mesa reservada y numerada, donde llevaban y ejecutaban sus tambores. Al finalizar cada noche de baile, las comparss candomberas salían bailando por Rodríguez Peña hasta Avenida Corrientes, y por ésta llegaban hasta el Bar Ramos, en la esquina de Montevideo, cantando candombes.

En la Casa Suiza también actuaron las orquestas de tango dirigidas por los afroargentinos Enrique Maciel y Tomás Santillán; grupos de jazz y de música tropical. Estas actividades se realizaron hasta el año 1978, cuando fueron prohibidas por el Gobierno Militar.

En época de proscripción gubernamental, la Casa Suiza acogió a políticos y militantes de todos los partidos políticos sin distinción, siendo su sótano un refugio calificado. La Casa Suiza fue el único baluarte material de la Ciudad, directamente vinculado a la Comunidad Afroargentina, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://buenosairessos.com.ar/content/casa-suiza-vs-la-piqueta-demoled…

http://www.traducirargentina.com.ar/local/casa-suiza.html

http://www.periodico desdeboedo.com.ar/2012/02/casa-suiza-amparo-demolicion/

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EL WINCOFÓN

El “Wincofón” era un reproductor eléctrico de discos aparecido en Buenos Aires a fines de la década de 1950.

Estaba dotado de un motor eléctrico que movía un plato giratorio, a una velocidad constante de 78 RPM, 45 RPM o 33 1/3 RPM. La velocidad se modificaba mediante el movimiento de una perilla exclusiva para tal fin. Para los discos de 45 RPM, era necesario agregar un cilindro que se colocaba en el vástago central, dado que el centro de esos discos era muy amplio.

Eran automáticos, es decir que se colocaban varios discos simultáneamente, no más de ocho, y con un solo movimiento de la perilla de arranque , se podían escuchar todos. Al caer el último disco, el brazo fonocaptor apagaba el motor finalizando la reproducción.

El brazo fonocaptor disponía de 2 púas: una para los discos de 78 RPM y la restante para los de 45 RPM y 33 1/3 RPM. Se la giraba manualmente mediante una perilla ubicada en el extremo frontal del brazo. El “Wincofón” podía ser monoaural, con su propio parlante o estereofónico, mediante el acople de un segundo parlante en una salida opcional. Algunos modelos, tenían incorporada una radio.

Al wincofón se lo podía hallar en la mayoría de los hogares donde habitaban adolescentes. Difundió masivamente la música de los 60 y 70, siendo el insustituible complemento en las celebraciones de fiestas, cumpleaños y asaltos, esas clásicas reuniones bailables organizadas por estudiantes, en la casa de uno de ellos.

El “Wincofón” fue el reproductor musical “de mesa” más popular, para la difusión de discos en ese Buenos Aires que se fue.

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EL MERCADO

Entrar al mercado significaba experimentar una serie de olores distintos y característicos, con predominio de las aves y el pescado. Eran épocas de carencia de heladeras a hielo, por ello la necesidad obligatoria de consumir alimentos muy frescos o recién faenados, ya que no podían conservarse mucho tiempo; no había congeladoras. Se elegía un pollo o una gallina de la jaula correspondiente y al instante era sacrificado y desplumado en un tacho de latón, conteniendo agua caliente, o en una pileta exclusiva para ese fin.

El piso del mercado estaba recubierto con aserrín de madera en toda su extensión (nunca supe por qué) y al caminar, se percibía la sensación de deslizarse. La “Orquesta del Mercado”, un trío compuesto por bandoneón, violín y batería, ejecutaba cada mañana valses, tangos, milongas, pasodobles y rancheras para los clientes. Niños y adultos, se detenían no sólo por curiosidad sino para solicitar la ejecución o la repetición del tema musical de moda.

La carne y el pescado expuestos sobre los fríos mármoles blancos, eran clásicos del mercado. El puesto de venta de pescado era muy criticado por los clientes, quienes calificaban la calidad de la mercadería, verificando su aspecto y frescura. Una jaula contenía caracoles de tierra y era difícil resistir la tentación de tocar los cuernitos, que al menor contacto, se retraían readquiriendo su tamaño normal poco tiempo después. Generalmente el puestero obsequiaba entonces, un caracol que estaría forzado a padecer todo tipo de molestias por parte nuestra.

Alrededor de las lámparas o colgando de ellas, se colocaba un papel atrapa moscas; era una cinta retorcida y pegajosa, intento optimista de reducir la población de abundantes insectos que pululaban por el mercado, especialmente en los puestos de carne y pescado. La compra de hortalizas en el puesto de verduras, finalizaba con el pedido de la “verdurita”: el verdulero seleccionaba perejil, zanahoria, apio, y puerro que obsequiaba a cada comprador.

En el puesto de frutas, se compraban por docenas las peras, duraznos, manzanas y bananas, o las ofertas de frutas muy maduras. El fin de semana era catastrófico para la mercadería no vendida. El sábado por la mañana las ofertas eran comunes.  Las frutas se ofrecían en cantidad de 30, 40 o más unidades a precios muy bajos y eran rápidamente aprovechadas por las amas de casa para preparar compotas abundantes.

En el mercado los precios eran algo menores que en los almacenes y carnicerías, pero no existía el sistema de la libreta. El pago era al contado exclusivamente y la discusión por los precios era una constante, renovada con cada artículo. La pelea por el centavo era muy dura, y en muchas ocasiones, originaba situaciones francamente cómicas.

Los gatos eran visitantes permanentes que siempre recibían algún desecho para calmar el hambre. Su presencia no pasaba inadvertida, a la hora de discriminar olores ambientales. A pesar de las discusiones, la relación con la clientela era cálida y cordial. Se concurría al mercado una vez por semana estableciéndose una casi amistad y un encuentro obligado con otros vecinos de la zona.Era una relación humana y dialogada, de intercambio.

Las distancias entre los mercados eran grandes, ya que estaban distribuidos en pocos barrios de la ciudad.  Hoy la tecnología nos proporciona los espectaculares hipermercados, donde hay de todo, excepto diálogo y contacto humano. Los mercados barriales marcaron una senda típica y exclusiva en ese Buenos Aires que se fue.

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Dr. PÍO DEL RÍO HORTEGA

La Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, motivaron la llegada al país de distinguidísimos representantes de las ciencias, el arte y la cultura que no siempre, fueron bien recibidos o aceptados para establecerse en Buenos Aires.

Un ejemplo de ello fue el doctor Pío del Río Hortega, uno de los grandes maestros de la histopatología (estudio de los tejidos enfermos) y de la neurohistología (estudio de los tejidos del sistema nervioso) del Siglo XX.

Nació en Portillo, España, el 5 de Mayo de 1882. Se recibió de médico en 1908 y se perfeccionó en Francia, Alemania e Inglaterra, en la especialidad de neurohistología. En 1925 dictó en Buenos Aires, una serie de conferencias y clases prácticas. En 1929, fue propuesto al Premio Nóbel de Medicina. En 1932 fue Director del Instituto de Oncología de Madrid. En 1934, fue nuevamente candidato al Premio Nóbel de medicina.

Iniciada la Guerra Civil salió del país, llegando primero a Francia y luego a Oxford, Inglaterra, actuando en la Sección de Neurohistología del Servicio de Neurocirugía de Hugh Cairns. En este sitio conoció a su futuro discípulo, el anatomopatólogo argentino Moisés Polak. En 1940, la Institución Cultural Española lo contrató para dictar en Buenos Aires, un curso teórico práctico de histología.

A su llegada a Buenos Aires, ningún profesor, titular o suplente, estaba para recibirlo. Se lo consideraba “un rojo republicano”. Desarrolló sus tareas durante 3 meses en el Instituto de Anatomía Patológica de la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Finalizado su contrato, sólo encontró indiferencia ante los dirigentes de la Facultad de Medicina.

Entonces, nuevamente la Institución Cultural Española comprendió lo que ganaría la ciencia de nuestro país con la permanencia del maestro español, poniendo a su disposiciónun un local y el dinero necesario para montar un laboratorio sencillo donde pudiera vivir y continuar su tarea de investigación y enseñanza.

Fundó y dirigió la revista “Archivos de Histología Normal y patológica”, donde publicaba los trabajos científicos realizados en su laboratorio. En 1943 fue designado Profesor Extraordinario de Embriología e Histología, en la Facultad de Medicina de La Plata. Falleció en Buenos Aires el 1º de Junio de 1945.

Su vida errática en el exilio y la discriminación ideológica que padeció, no debilitaron la vocación de servicio de este educador, investigador y formador de discípulos, que tanto benefició a los médicos argentinos que alcanzaron un nivel de excelencia, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Panzeri de Rosell, Roxana.-”Pío del Río Hortega en Buenos Aires. A 120 años de su nacimiento”

Médicos y Medicinas en la Historia. Vol 1, Nº 4. Noviembre de 2002

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LA PELUQUERÍA FEMENINA

La peluquería femenina cumplía funciones primordiales: corte de cabello, peinados, permanentes, teñidos y manicura.

Concurrir sin turno podía significar una espera de varias horas, más aún en días sábados,  ya que ese día la hora de cierre se producía cuando se retiraba el último cliente. Domingo y Lunes no trabajaban.

La modalidad de usar el calor eléctrico para los cabellos comenzó en la segunda década del Siglo XX. La realización de la permanente tenía varias etapas para las que se necesitaban varias horas. Se arrollaban los cabellos en unos bigudíes (ruleros), armónicamente distribuidos, se sujetaban con una pinza y se conectaban a la fuente de calor.

Era riesgoso, porque el cabello podía quemarse, situación que se producía cuando la cliente se dormía durante la espera. Este accidente obligaba a raparse y esperar el crecimiento del nuevo cabello. Un procedimiento más económico y casero, era emplear una pinza “Marcel”, que se calentaba a la llama y se aplicaba a mechones de cabello, presionando medio minuto.

La otra alternativa económica y más difundida, fue usar ruleros. Después de lavada la cabeza, se embadurnaba el cabello con cerveza, se colocaban los ruleros y se cubría la cabeza con un lienzo esperando a que se secara. Esta historia solía iniciarse un día antes de la reunión social programada.

Otra ocasión para visitar la peluquería era la de actualizar el teñido o decidir un nuevo teñido de cabello, acorde con la moda del momento. Con el tiempo, las peluquerías contaron con aparatos modernos y prácticos para secar, ondular y enrular los cabellos. La peluquería más innovadora e importante fue “La Esmeralda”, con 6 sucursales en Buenos Aires y una en Mar del Plata. En ellas trabajaban 300 peinadores.

No hubo barrio que no tuviera su peluquería femenina para hacer la “croquiñol” (permanente), o teñir los cabellos, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Carretero, Andrés: “Vida cotidiana en Buenos Aires”. Tomo 3. Ed. Planeta 2001.

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EL CARNAVAL EN EL TANGO

Varios tangos ya clásicos abordaron el tema del Carnaval. Los enfoques se orientaron a describir las alegrías, las penas, las decepciones o la soledad, contrastando con el bullicio y los desbordes en esos días tan especiales.

Foto: Portada del Tango “Siga el corso”.

Un ejemplo es la angustia que trasmite el payaso en “Ríe payaso” de Emilio Falero y Virgiliio Carmona: “El payaso, con sus muecas y su risa exageradas,/ nos invita, camaradas,/ a gozar del Carnaval./ No notáis en esa risa una pena disfrazada,/ que su cara almidonada/ nos oculta una verdad?”. Pero las penas no son aisladas y a fin de compartirlas con ayuda del alcohol nos dice: “Ven payaso, yo te invito, compañero de tristezas,/ ven y acércate a mi mesa/ si te quieres embriagar./ Que si tú tienes tus penas, yo también tengo las mías/ y el champagne hace olvidar.”

Un espíritu de liberación de las normas de conducta, era factor determinante para cometer atropellos, cambios de conducta, ofensas y agresiones a terceros, como lo cuenta “Carnaval de antaño” de Manuel Romero y Sebastián Piana: “¿Te acordás de aquél festín/en aquel peringundín,/allá por Rodríguez Peña,/ que acabó con botiquín?/ ¿Y la biaba que cobró/ aquel pobre cocoliche/ que tocaba el acordeón/ en la puerta del boliche?/ ¡ Qué lindo tiempo aquél!/ ¡ Qué lindo Carnaval!/ Las farras terminaban en la puerta ‘el hospital”.

El misterio del encanto oculto tras el antifaz, que duraba una noche plena de emociones, promesas y desengaños, contribuían a crear un clima irreal, de ensoñación: “Siga el corso” de Francisco García Jiménez y Anselmo Aieta: “Te quiero conocer, saber adonde vas,/ alegre mascarita que me gritas al pasar:/ -Adios, adios, adios…¿Quién sos, a donde vas…?/ -Yo soy la misteriosa mujercita de tu afán…/ No finjas más la voz, abajo el antifaz,/ tus ojos por el corso van buscando mi ansiedad../ Descúbrete, por fin; tu risa me hace mal…/ ¡ Detrás de tus desvíos todo el año es Carnaval!”.

Durante el Carnaval se corría el gran telón, dejando ver a los tímidos animarse a lo impensado, durante esos días mágicos. Las mujeres de la vida se mostraban en esas noches detrás de un antifaz y luciendo sus mejores galas, única ocasión del año para vivir la ilusión de otra vida. Así, nos dice “Papel picado” de José González Castillo y Cátulo Castillo: “Pasaste en el turbión del Carnaval/ Como un detalle más de su tropel/ y me arrojaste, riéndote al pasar,/ un montón de trozos de papel…/ Nevaba. Estaba viejo mi gabán/ y yo sentí llegar al corazón,/ como otra nieve cruel,/ tus trozos de papel/ que fueron pedacitos de ilusión”.

Las noches de Carnaval, cargadas de erotismo y la expectativa del romance impensado con la mascarita imprevista, integraban una constante que se repetía día a día. La conquista fácil y curiosa, con mezcla de simulación y ansiedad, queda bien descripta en “Siempre es carnaval” de Osvaldo y Emilio Fresedo: “Y siempre es Carnaval…/ van cayendo serpentinas/ unas gruesas, otras finas/ que nos hacen tambalear./ Y cuando en tu disfraz/ la careta queda ausente/ En tu cara de inocente/ todo el año es Carnaval”.

En los juegos con agua, generalmente por las tardes, participaban integrantes del barrio, e invariablemente surgía alguna cita, que se cumplia en el baile de esa noche. La sugestión de la noche carnavalesca poseía su duración hasta la aparición de los rayos del sol. No era difícil encontrarse con un antiguo amor, pero completamente cambiado: “Carnaval” de Francisco García Jiménez y Anselmo Aieta: “¿Donde vas con mantón de Manila?/ ¿ Dónde vas con tan lindo disfraz?/ ¡ Nada menos que a un baile lujoso/ donde cuesta la entrada un platal!/ ¡Qué progresos has hecho pebeta,/ que cambiaste por seda el percal!/ ¡ Disfrazada de rica estás papa / lo mejor que yo vi en Carnaval!”.

También el Carnaval era motivo de alegres y felices reencuentros que daban origen a un nuevo camino, sembrado de dicha: “Cascabelito” de Juan Caruso y José Böhr: ” Entre la loca alegría/ volvamos a darnos cita/ misteriosa mascarita/ de aquel loco Carnaval. / Donde estás Cascabelito,/ mascarita pizpireta/ tan bonita y tan coqueta/ con tu risa de cristal.”

Foto: “Cascabelito”. Letra de Tango. Tomo I, pac 61.  Centro Edit. Sol 1997

Pero otras veces, la tristeza era sentimiento dominante cuando el abandono y el engaño del ser querido, provocaba una crisis de lamentos y desdichas. La aparición de “la otra”, condicionaba un desarrollo triste, a veces trágico: “Pobre Colombina” de Emilio Falero y Virgilio Carmona: “La colombina está triste y da pena,/ ¡ pobrecita nena,/ tan linda y tan buena!/ La que antes fue reina de la alegría,/ sus gracias lucía/ y siempre reía…/….Es que Pierrot la ha engañado/ se fue con su mandolina/ siguiendo el paso de otra colombina,/ de líneas más finas,/ de pelo ondulado”.

Carnavales con destellos, bullicio, corsos animados, bailes inolvidables, pitos, serpentinas, matracas y papel picado en ese Buenos Aires que se fue.

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LA ORQUESTA TIPICA VÍCTOR

Foto: Todo tango.com

La llamaban “la orquesta invisible”, porque el público jamás pudo verla actuar. No se presentó en cafés, ni cabarets, ni en boites, ni teatros, ni bailes en los clubes, ni presentaciones de radio. La orquesta se creó sólo para grabar discos.

El pianista Adolfo Carabelli, de formación clásica, fue director artístico de la Casa Víctor, donde le encomendaron la formación de una orquesta de tango, lo que originó la “Orquesta Típica Víctor”. Carabelli convocó a músicos selectos como Elvino Vardaro, Pedro Láurenz, Luis Pertrucelli, Ciriaco Ortiz, Federico Scorticati, Manlio Francia, Vicente Gorrese, Agesilao Ferrazano y tantos otros.

Comenzó su actuación grabando el 9 de Noviembre de 1925 los tangos “Olvido” de Angel D’Agostino y “Sarandí”, de Juan Bauer. No tenía un elenco estable, ya que los músicos faltaban cuando debían cumplir con sus compromisos. Sus discos eran infaltables en las casas de familia, con los que se amenizaban las reuniones familiares bailables.

El estudio de grabación estaba ubicado en la calle Suipacha 74. Carabelli trabajó hasta 1934, dedicándose posteriormente a la enseñanza en su conservatorio. Fueron muy importantes los integrantes que se sucedieron en esta orquesta: Carlos Marcucci, Aníbal Troilo, Cayetano Puglisi, Eduardo Armani, Eugenio Nóbile, los dos últimos luego se dedicaron al jazz.

El significativo éxito logrado, motivó a la Casa Víctor a la formación de otras orquestas como la “Orquesta Víctor Popular”, la “Orquesta Típica Los Provincianos” con Ciriaco Ortiz; la “Orquesta Radio Víctor Argentina” dirigida por Mario Maurano. El “Cuarteto Víctor” integrado por Cayetano Puglisi, Antonio Rossi, Ciriaco Ortiz y Francisco Pracánico y el siempre recordado “Trío Víctor”, formado por Elvino Vardaro, Oscar Alemán y Gastón Bueno Lobo.

Fue dirigida en 1936 por el bandoneonista Federico Scorticati y en 1943 por el pianista Mario Maurano. La última grabación se realizó el 9 de Mayo de 1944. Fueron muchos y buenos los vocalistas que desfilaron por la orquesta en sus 19 años de existencia entre los que mencionamos a Antonio Buglione, Roberto Díaz, Alberto Gómez, Ernesto Famá, Teófilo Ibañez, Charlo. También colaboraron Angel Vargas, Fiorentino, Héctor Palacios, Dorita Davis. Completó 444 grabaciones.

Fue una de las mejores orquestas en la historia del tango. La excelencia y calidad de los valores que la componían, determinaron a uno de los conjuntos típicos más completos de ese Buenos Aires que se fue.

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LA ORQUESTA CARACTERÍSTICA

La orquesta característica fue una creación del pianista y acordeonista Feliciano Brunelli. Fue el primer director de un conjunto integrado por acordeones, saxos, trombones, clarinetes, guitarra, flauta, contrabajo, piano, batería y cantantes, que alcanzó gran popularidad y que actuó junto a Francisco Canaro en los tradicionales bailes de Carnaval realizados en el Luna Park.

La orquesta característica completaba el rubro que actuaba en los bailes de los clubes brindando música bailable en distintos ritmos, excepto el tango, a cargo exclusivo de la orquesta típica. Pasodobles, marchas, valses, foxtrots, tarantelas, rancheras y ritmos tropicales integraban una variedad de ritmos, bailados por muchos aficionados que no se animaban con el tango.

La oferta de sitios bailables era muy amplia durante todo el año, bailes que se realizaban los días sábados en las pistas de los clubes Vélez Sarsfield, San Lorenzo, Estudiantes de Buenos Aires, Sol de América, Defensores de Santos Lugares, Haedo Norte, etc., desde las 22 horas a las 3 de la mañana.

Estas orquestas recorrieron el país llevando alegría y baile, interpretando canciones italianas, españolas y criollas. Iniciaban o cerraban cualquier baile en la Sociedad de Folmento, elclub o salón social. Se las podía encontrar en los avisos publicados en la página central del diario “El Mundo”, compartiendo el cartel con las mejores orquestas típicas.

Por las tardes, actuaban en confiterías de la ciudad de Buenos Aires, pero también por las emisoras radiales más polulares, en la década del 40 y del 50. Alrededor del acordeón, el instrumento conductor, se integraron otras orquestas características como la Orquesta Característica Continental, un desprendimiento numeroso de la orquesta de Feliciano Brunelli, la orquesta de Juan Carlos Barbará, la orquesta Característica de Carlos de Palma, entre las más conocidas, que animaron todo tipo de reuniones bailables en aquel Buenos Aires que se fue.

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