El Buenos Aires que se fue

Blog en Monografias.com

 

Recuerdos del Hospital

PIOLÍN DE MACRAMÉ

“Piolín de Macramé”, fue uno de los seudónimos empleados por el Dr. Floencio Escardó, reconocido pediatra argentino.                                                               

Foto: Argentina al Mundo

Nació en Mendoza, Argentina, el 13 de agosto de 1904. Alumno de secundaria en el Colegio Nacional Buenos Aires, se graduó de médico en 1929. Ocupó cargos relevantes universitarios: Decano de la Facultad de Medicina en 1958, luego Vicerrector de la Universidad de Buenos Aires, época en la que transformó en mixtos, los regímenes de los colegios “Carlos Pellegrini” y “Nacional Buenos Aires”.

En su cátedra del Hospital de Niños “Ricardo Gutiérrez”, Sala 17, creó la Residencia en Psicología Clínica, con un Pabellón de Psicología Clínica de 8 consultorios y una sala de Terapia de Grupo. Fue responsable de una reforma revolucionaria, la internación de las madres con los pacientes, a fin de mantener el vínculo afectivo, hecho que favorecía la recuperación.

Se destacó como escritor de temas médicos y no médicos, empleando en los humorísticos el seudónimo de “Piolín de Macramé”, con el escribió las columnas de “¡Oh!”, “Cosas de Argentino” y “Cosas de porteños” en los diarios “Crírica”, “La Razón” y “La Nación”. El artículo “¡Oh! los Militares”, fue una crítica irónica que contribuyó a la cesantía de todos sus trabajos, en el año 1976.

Fue Presidente de la SADE, “Sociedad Argentina de Escritores”, y Miembro Titular de la “Academia Porteña del Lunfardo”. Con frecuencia lo veíamos en la Librería “El Ateneo”, en Avenida Córdoba y Junín, impecablemente vestido de sport, con sus mocasines al tono y su cabello blanco enmarcando su rostro bronceado.

Con él sufrimos los exámenes finales en la Cátedra de Pediatría del viejo Hospital de Clínicas, cuando se presentaba ante el alumno diciendo: -Soy el Dr. Florencio Escardó, mucho gusto- y estrechaba la mano derecha de la víctima. Dos minutos más tarde, ante la primera respuesta equivocada gritaba: -”¡Usted no tiene la menor idea de esto! ¡Váyase! ¡Tiene cero!”- y lo despedía sin contemplaciones.

Entre las publicaciones en el área de salud se destacaron “El alma de médico”, “Moral para médicos” y “Anatomía de la familia”. Entre las no médicas “Geografía de Buenos Aires”, “Nueva Geografía de Buenos Aires” y “Cosas de Argentino”. En 1984 recibió el Premio Konex de Platino y fue declarado “Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires”. Guionista de la película “La cuna vacía”, una evocación del Dr. Ricardo Gutiérrez, falleció el 31 de agosto de 1992 en Buenos Aires, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Florencio_Escardo

Escardó Florencio. ¡Oh! los Militares. En Buhrdilla de Papel Nº 3, Abril-Mayo 2006

La educación, La medicina de ayer, Recuerdos del Hospital

Y NO ERAN ARTÍCULOS DESCARTABLES

Hasta superada la primera mitad del siglo XX, las jeringas, agujas de inyección, tubuladuras y frascos de suero, no eran descartables.

Las jeringas Lüer eran de vidrio, con un émbolo esmerilado y una capacidad que oscilaba desde 1 cm3 a 100 cm3, detallada en una escala bien visible, grabada en el vidrio. Las más comunes tenían una capacidad de 5 cm3, para inyecciones intramusculares, y de 10 cm3 y 20 cm3 para inyecciones endovenosas.

Las más pequeñas, de 1 cm3 y 2 cm3, eran para inyecciones subcutáneas. Las agujas de acero inoxidable eran habitualmente 50/8 (5 cm de largo y 0.8 mm de luz) intramuscular  o 30/7 para endovenosas. Todos estos elementos eran usados hasta que no tenían más utilidad.

Se esterilizaban por calor seco en estufa, o calor húmedo en autoclave. Pero lo habitual, lo de todos los días, era colocarlos en un recipiente con agua hirviendo y dejarlas 15 minutos. Una vez utilizados, se depositaban en una bandeja con material sucio, que sería lavado con agua y jabón, para seguir con los pasos correspondientes de esterilización.

Si era necesario disponer al instante de materila estéril, se recurría a un procedimiento heroico: se rociaban los elementos con alcohol fino y se encendía fuego por un breve instante. Los riesgos más comunes eran que las jeringas, se resquebrajaran, por el calor excesivo, requiriendo su descarte inmediato.

Las agujas perdían el filo de su extremo biselado. Un sencillo método de recuperación era el de afilarlas con el émbolo de las jeringas. Aprendí la técnica durante la época de soldado, cuando hacía guardias en el Hospital Militar de Campo de Mayo.

El stock de agujas no era abundante; el uso era intenso y las consecuencias se experimentaban al realizar inyecciones intramusculares o endovenosas. Nada era descartable: las tubuladuras para sueros eran de goma. Una vez usadas, se lavaban y esterilizaban. Lo mismo con las tubuladuras para las transfusiones sanguíneas, que se lavaban con aparatos especiales. Los sueros se reenvasaban en los frascos de vidrio, previamente esterilizados, para su próximo uso.

Poco se eliminaba; casi todo se reutilizaba. En medio de esas dificultades, aprendimos a resolver situaciones imprevistas y colaborar en la mejoría o curación de los pacientes en ese Buenos Aires que se fue.

La medicina de ayer, Recuerdos del Hospital

LA PRIMERA GUARDIA

Foto: (A. G. N. )

La primera guardia hospitalaria la realicé en un hospital de la zona Oeste del Gran Buenos Aires.

Era el comienzo de la década del 50 y no existían las Residencias Hospitalarias. Se ingresaba a la guardia por recomendación de algún amigo y por tener aprobado el tercer año de estudios. Eran vivencias nuevas que provocaban ansiedad y temor, a la hora de resolver todo tipo de situaciones imprevistas.

Los restantes integrantes de la Guardia, controlaban y asesoraban cada uno de mis movimientos, recomendando el mejor procedimiento  para cada tarea. De pronto la primera sorpresa: salir para un auxilio, acompañando a un practicante experimentado. Pero la ambulancia era un ex-carro hielero, color gris, tirado por dos caballos percherones.

Llevaba el nombre del hospital y la manejaba un empleado del mismo. Disponía de una campanilla idéntica a la de los tranvías, que hacía resonar  pisándola en los cruces de calles. Los auxilios demandaban mucho tiempo, por la gran distancia y la limitada velocidad del carro.

Como resultado del auxilio, trajimos una paciente que, examinada por el Médico Interno, decidió su intervención quirúrgica. El Médico Interno, muy cordial y amable, me preguntó que experiencia tenía en realizar una anestesia general. Yo no tenía experiencia pero conocía el procedimiento por lo que me dijo:” Bueno, hoy hacés la primera”.

Se trabajaba con éter y la máscara de Ombredanne. Si bien era de fácil manejo, una cosa era la teroría y otra, usarla en la paciente, que en este caso, tenía 6 años. El éter se escapaba de la máscara y aspiré tanto como la paciente. Eran todas novedades, en vivo y en directo. La anestesia fue satisfactoria, la operación, un éxito y la consecuencia a largo plazo, ser el encargado de la mayoría de las anestesias de mis guardias, cuando no teníamos anestesista. Recuerdos inolvidables de un Buenos Aires que se fue.

Recuerdos del Hospital
chatroulette chatrandom

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda