El Buenos Aires que se fue

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Personajes de la infancia

CHARLES ATLAS

A partir de fines de  la década del 30, en las revistas de historietas era común encontrar un aviso dirigido a los varones, que anunciaba como mejorar el desarrollo muscular y el aspecto general.

El aviso se presentaba en forma de historieta en la cual, el personaje masculino era agredido viviendo un momento vergonzante. Posteriormente, luego de realizar el curso recomendado por Charles Atlas, no sólo mejoraba su aspecto y fortaleza, sino que su presencia no pasaba inadvertida, especialmente entre las mujeres.

“A los 15 años era yo un alfeñique de 45 kilos. Yo puedo hacer de usted un nuevo hombre; en sólo 15 minutos al día le enseñaré, paso a paso, como tener un pecho grande, espaldas fuertes, abdomen como una roca, piernas poderosas y bíceps de acero, con una personalidad magnética”.

¿Quién era Charles Atlas? Ángel Siciliano, conocido posteriormente como Charles Atlas, nació en Calabria, Italia, el 30 de Octubre de 1892, emigrando a Brooklyn, Nueva York, Estados Unidos, a los 11 años de edad. Era un niño delgado y débil, que cursó una adolescencia desdichada, por las agresiones físicas y psicológicas de sus compañeros, en especial, durante una “Noche de Brujas”, que fue determinante en cambiar su vida.

A fin de solucionar estos “problemas”, visitó gimnasios realizando ejercicios físicos con pesas. Como los resultados no lo convencieron, comenzó a realizar ejercicios de tensión y relajamiento muscular de su creación, con la ayuda de cuerdas, que le provocaron un impresionante desarrollo muscular y aumento de peso. En la siguiente “Noche de Brujas” se reencontró con su compañero y lo reventó a golpes.

Por su parecido con la estatua de Atlas, lo apodaron Charles Atlas. Trabajó como modelo para escultores y en 1922, fue elegido como “el hombre mejor desarrollado del mundo”. Comenzó su negocio de la venta de Cursos por Correspondencia para lograr el desarrollo muscular, mediante el empleo de la “Tensión Dinámica”, un programa completo en 12 lecciones.

Sus cursos se vendieron a más de 6 millones de hombres que aspiraban a mejorar su aspecto. El negocio creció favorablemente, y en la década del 30, abrió una oficina en Buenos Aires. Charles Atlas enriqueció y siguió posando para fotógrafos de publicidad, superados los 70 años.

“Yo era un alfeñique de 45 kilos”, nos contaba Charle Atlas en sus avisos publicitarios en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Atlas

La cuestión social, Personajes de la infancia

EL HELADERO AMBULANTE

Durante la época estival, el heladero era un personaje típico e importante de la ciudad, vestido con un saco y gorrito blancos, empujando su carrito también blanco, con forma cilíndrica o cúbica, según la marca que representaba.

Recorría la ciudad ofreciendo el refrescante helado, delicia para chicos y grandes. Los niños estábamos a la expectativa de su aparición en las calles de la ciudad, deleitándonos con su sabrosa preparación.

En los parques y plazas, ocupaban siempre el mismo sitio, donde cuando era posible, comprábamos una tacita o un vasito de papel encerado, ya que no existía el plástico, por un valor de 10 centavos. Disponía de dos o tres gustos: crema, frutilla y chocolate. No había otros, y era suficiente. Lo importante era disfrutasr el gusto de un helado.

Por esa razón, cuando en las tardes se escuchaba su pregón por las calles del barrio, rogábamos a nuestra madre nos diera la moneda para comprarlo. A esa hora, nuestro padre estaba trabajando fuera del hogar. y la destinataria de todos nuestros pedidos, era nuestra madre.

A veces, esta súplica era positiva; en esos casos no disponíamos de mucho tiempo, ya que el heladero pasaba una sola vez. Rogábamos que alguien lo hubiera detenido en su camino y así, teníamos la posibilidad de lograr nuestro objetivo. Los helados se encontraban dentro del carrito, mantenidos en buenas condiciones, mezclados con trozos de hielo seco.

El heladero buscaba lo solicitado y luego, del bolsillo superior del saco, sacaba y nos daba una cucharita plana, de madera, envuelta en papel de seda. Cuantas veces repetimos este procedimiento en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Personajes de la ciudad, Personajes de la infancia

EL CIGARRILLO CASERO

Los marineros y los soldados acostumbraban fumar los cigarrillos que armaban. Y mi Abuelo también.

El cajoncito de madera medía 25 cm de largo, por 15 cm de ancho y 10 de altura; tenía dos secciones, gracias a un tabique medial. En una se colocaba el papel de arroz y la maquinita. En la otra, el tabaco negro “La hija del Toro” y varios toscanos “Avanti”, completaban el conjunto.

El Abuelo fumaba uno o dos cigarrillos por día. Con su afilado cortaplumas, picaba un poco del “Avanti”, lo mezclaba con el tabaco “La hija del Toro”, tomaba una hojita de papelde arroz en la que volcaba el tabaco, lo acomodaba a lo largo y lo hacía girar, formando el cigarrillo. Humedecía el borde del papel con la lengua y lo pegaba. Uno de los extremos lo retorcía.

Lo encendía y cada pitada de humo era suficiente para atolondrar a cualquier insecto que osara atravesar la nube de humo. Pero el abuelo tenía un dispositivo que le permitía armar los cigarrillos mucho más rápido. Colocaba el papel sobre una superficie de cuero, agregaba la cantidad adecuada de tabaco y mediante un movimiento de presión, se deslizaba el cuero formando un cilindro, el cigarrillo.

Se lo tomaba con ambas manos, humedecía el borde libre y listo, el cigarrillo artesanal estaba elaborado. Era para fumar en el momento. No se convidaba el cigarrillo, pero sí se ofrecía al otro, armar su cigarrillo. Como lo disfrutaba. Tras cada pitada, el Abuelo callaba y pensaba. Nunca pude saber que. Ese cigarrillo era una invitación a la meditación o al recuerdo. Sus ojitos miopes, se entrecerraban aun más, cuando lanzaba el humo.

Me deslumbraba la suave textura del papel de arroz, en un talonario de 30 papeles, con un borde engomado, para cerrar el cigarrillo luego de su armado y también me atraía el aroma de la mezcla de tabacos, que parecían haber penetrado en la madera del cajoncito. Nunca observé al Abuelo, fumar un cigarrillo comercial. El prefería disfrutar todo el proceso previo hasta la última pitada.

Se fumaba menos y se disfrutaba más, en aquél Buenos Aires que se fue.

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EL CHOCOLATINERO

El chocolatinero era un personaje integrante del elenco imprescindible que trabajaba en el cine junto con el boletero, el acomodador y el encargado de la proyección.

Los programas se integraban con un mínimo de tres películas, que se proyectaban en las secciones Matinee, Vermouth y Noche. Eran épocas del uso de la contraseña para salir de la sala, para comprar alguna golosina más barata, o para entregársela a un amigo que ingresaba al cine y veía la siguiente pelicula sin pagar.

El chocolatinero estaba presente en la sala antes del comienzo de la función y en cada intervalo. Transportaba un incómodo cajón de madera, donde colocaba los chocolates, caros y medianamente baratos; caramelos, pastillas, maní con chocolate y helados. Recorría toda la sala, atendiendo casi todos los pedidos.

El mejor momento era antes de comenzar la función, aunque durante los intervalos, también era requerido, aunque con menor frecuencia. En algunos cines, alternaba sus tareas fiscalizando el ingreso a la sala en los intervalos o distribuyendo las contraseñas.

No se consumían bebidas ni pochoclo. En realidad, no se vendían. Eran modalidades existentes en los Estados Unidos, que aún no habían llegado al país. El pochoclo sólo se consumía en los parques, plazas, calesitas  y jardín Zoológico.

Cuando los programas eran más largos, como en las matinées infantiles con la proyección de alguna película completa en 12 episodios, algunos se llevaban una vianda, para consumirla en la hora de la merienda. Eran otros tiempos, tiempos de aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, Los entretenimientos, Personajes de la infancia

LINO PALACIO

Lino Palacio fue uno de los más grandes creadores del humor gráfico como dibujante y caricaturista en la Argentina.

De profesión arquitecto comenzó a dibujar desde muy joven, colaborando en los medios gráficos más prestigiosos del país. Hemos disfrutado el humor picaresco reflejado en las tapas de la revista Billiken, durante nuestra etapa en la escuela primaria.

Tampoco podemos olvidar a una de sus grandes creaciones, “Don Fulgencio, el hombre qure no tuvo infancia”, que se publicó en el diario “La Prensa” a partir de 1938. Mostraba las peripecias de un hombre serio que culminaba sus actos con una actitud infantil. Posteriormente “Don Fulgencio” se trasladó al diario “La Razón”.

Foto: La Prensa, 25 Julio de 1999.

Fueron varios los personajes surgidos del lápiz de este magnífico creador, todos basados en la vida real. Uno de los más antiguos fue “Ramona”, una mucama gallega ignorante, inocente y muy sincera. Se basó en una mucama que trabajaba en la casa de su abuelo. Se publicó en el vespertino “La Razón” a partir del año 1938.

A partir de 1946, aparece en “La Razón” su famoso “Avivato”, un porteño vividor y aprovechador, que pasó a integrar el lenguaje coloquial porteño. El cine recogió a este personaje en la interpretación que realizó Pepe Iglesias “El Zorro”.

Lino Palacios tuvo trascendencia internacional con las caricaturas publicadas con el seudónimo de Flax. Comentaba los aspectos políticos más salientes de la guerra, con la participación de las figuras de primera línea como Stalin, Hitler, Roosvelt, Churchill, Tojo, Daladier, Chamberlain, Franco y Tojo.

En un solo cuadro rematado por un texto escrito en verso, se presentaban los hechos trascendentes durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, entre los años 1943 y 1946 en caricaturas cómicas. Conformaron un libro de 4 tomos, “Historia de la guerra” con 800 caricaturas. Recuerdos de un grande en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad, Personajes de la infancia

LA VISITA AL DENTISTA

Mi visita al consultorio odontológico comenzó a edad muy temprana.

La estadía en la sala de espera se caracterizaba por el “olor a dentista”, proveniente de un producto muy empleado, el eugenol o esencia de clavo de olor, que se usaba en casi todos los pacientes para realizar obturaciones temporarias.

Recuerdo que en la sala de espera , entre las revistas para distraerse se encontraba una publicación extranjera “En Guerra”, una publicación al estilo “Life”, que mostraba detalles de la participación norteamericana en la Segunda Guerra Mundial.

Los tratamientos eran más lentos, con cambios de empastes repetidos hasta culminar con la colocación de la amalgama. El “terrorífico” torno, dependía de quien y como lo utilizara. Jamás me pareció terrorífico. Todo dependía de la mano que lo manejaba. A los efectos de no crear temor, las prestaciones dolorosas se dejaban para el final.

La amistosa cordialidad del dentista, transformaba la sesión en un encuentro agradable, donde entre broma y broma, el profesional cumplía su misión. Prestaba mucha atención a los pasos seguidos por el dentista en cada sesión de tratamiento. No existían en esa época, productos que han agilizado actualmente, los distintos procedimientos terapéuticos.

A esa temprana edad, nunca hubiera imaginado que la asistencia al dentista, era un acto dominado por el miedo, por no decir terror, en muchísima gente  que veía a los instrumentos odontológicos de rutina, como verdaderas elementos de tortura, lo que provocaba dilaciones a la hora de solicitar una consulta.

Muchos colegas me han manifestado que concurrir al odontólogo fue la experiencia más traumática que les tocó vivir, ya que el temor que los invadía no tenía alivio hasta la finalización de la sesión. Cuantas veces, a fin de calmar un dolor de muelas, se colocaban un trozo de aspirina en la caries, provocando una lesión tipo quemadura, en la encía y el carrillo.

No puedo decir lo mismo porque los profesionales que me asistieron cuando niño, supieron ganarme como paciente sin engendrar la mínima noción de miedo, en las consultas odontológicas en ese Buenos Aires que se fue.

La educación, Personajes de la infancia

LAS MUÑECAS DE PORCELANA

En cada hogar con niñas era común encontrar en la década del 30 al 40 una muñeca de porcelana. Lo destacable eran las hermosas cabezas fabricadas con caolín cocido. En cambio el cuerpo, brazos y piernas eran de distinta calidad, hechos con papel maché o tela rellena.

Recibir de regalo una muñeca de porcelana, era un anhelo de las niñas, fuera un Bebé malcriado o una nena de rostro angelical. La vestimenta solía ser de buena calidad, bien diseñada y adornada. Las muñecas de calidad eran un lujo, porque su costo era prohibitivo para la clase media.

Provenían de Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos, y debido a su valor, las niñas casi no jugaban por temor a que sufrieran una rotura. Los rostros de cerámica, si bien bonitos eran de menor costo, más accesibles. Algunas disponían de mecanismos sonoros que producían risas y llantos.

En las muñecas más económicas los cuerpos fueron elaborados con cartón piedra que posteriormente, se lo empleó en la fabricación de cabezas, brazos y piernas. Si era importante la muñeca, también lo era su vestimenta y zapatos, que podían cambiarse según la estación del año.

Cuando las muñecas sufrían roturas o rayaduras, se las llevaba al taller de reparación, las clínicas de muñecas, donde recuperaban su belleza, luego de algunos arreglos necesarios. Los cirujanos de muñecas hacían las restauraciones cambiando los ojos, el cabello, la ropa o el maquillaje de los rostros.

Fueron famosas las muñecas “Marilú”, “Pierangeli” y los “Malcriados”. Las muñecas eran arregladas por razones afectivas; eran muchos los recuerdos que evocaban, y casas como la “Antigua Clinica de las Muñecas” de la Avenida Santa Fé, producían el milagro de mantener vivos esos recuerdos en ese Buenos Aires que se fue.

Los juegos, Personajes de la infancia

LOS SUSTOS INFANTILES

Asustar a los niños fue un procedimiento muy empleado a fin de lograr la obediencia. Los miedos manejados desde el ámbito familiar han perturbado desfavorablemente el mundo infantil.

Fueron varias las generaciones asustadas con “El Cuco”, un personaje imaginario con quien se reprimía a los niños diciéndoles:” Va a venir el Cuco y te va a llevar”. No tenía una fisonomía determinada.

Se asustaba a los chicos en relación con una conducta determinada, cuando no querían dormirse, o rechazaban la comida o un remedio, o cuando visitaban lugares prohibidos o rompían las plantas jugando a la pelota. Cuantas veces hemos escuchado esas amenazas cuando debíamos beber el inmundo Aceite de Hígado de Bacalao.

“Te va a llevar El Cuco” era una expresión imperativa que se asociaba con este personaje para separarnos de nuestro entorno familiar. El Cuco era un ser con forma indefinida que se llevaba a un chico o se lo comía; se llevaba los juguetes o nos impedía disfrutar de un juego. Aparecía por las noches y dormía en el ropero.

El “Hombre de la Bolsa” era un individuo de unos 50 a 60 años, estatura normal, ropas oscuras, sucias y gastadas, retratado como un pordiosero que cargaba una bolsa de arpillera sobre el hombro, que probablemente llevaba en su interior a niños que desobedecieron a sus padres.  Se lo asociaba con los linyeras y algunos vendedores de frutas.Estas amenazas que hoy parecen anacrónicas eran moneda corriente y siempre miramos a los linyeras asociándolos con esta creencia.

Una serie de engaños se transformaron en mitos. Recuerdo algunos como cuando se ponían los ojos bizcos, se soplaba en el rostro del otro y con una expresión de asombro decíamos:”Te quedaste bizco. Te soplo otra vez y te lo saco”. Asunto concluído.

Con los chicles se decía que no había que tragarlos porque se pegoteaban los intestinos y entonces era necesario operar para sacarlos. En esa época, la palabra Operación era sinónimo de riesgo, de ahí el temor.

Si te tragás las semillas, te crece una planta en el estómago. No creí en esta amenaza porque acostumbraba a comer semillas de zapallo con mucha frecuencia, y no había una relación entre la amenaza y la realidad que vivía.

Otra decía que si un sapo te mea en los ojos, te quedás ciego. No la pude comprobar, ya que tuve la oportunidad de pasar una larga temporada en una casa quinta del Gran Buenos Aires, donde abundaban los sapos, de todo tamaño, constituyendo uno de los principales entretenimientos. Veía que orinaban siempre hacia el suelo y no encontraba significado con la amenaza.

El Cuco, El Hombre de la Bolsa, y estos mitos infantiles, formaron parte de una cultura popular elaborada a través del tiempo, a los efectos de contrarrestar o impedir una conducta desobediente infantil en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres, Personajes de la infancia

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