El Buenos Aires que se fue

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Personajes de la infancia

MI PROFESORA DE INGLÉS

Cuando aun no había finalizado la escuela primaria, comencé a estudiar inglés con Miss Dennehy.

Era una persona mayor que vivía con dos hermanas. Su domicilio estaba ubicado a cuatro cuadras del mío, en Valentín Gómez esquina Billinghurst, en la ciudad de Buenos Aires.
Era una típica casa chorizo, en muy buen estado, colmada de macetas con plantas y flores. En el fondo se hallaba el comedor, que tenía una gran mesa oval de madera, cubierta por un paño verde, donde recibía mis clases.
No estábamos solos, porque una hermana discapacitada cuyo nombre no recuerdo, permanecía siempre sentada. Escuchaba todo el desarrollo de la clase pero jamás interrumpía.
Miss Dennehy era muy especial para dictar sus clases. Me indicó adquirir un libro básico “First steps in english” (Primeros pasos en inglés), de Mme. Cammerlynck, un libro de tapa roja con letras negras, dirigido a franceses que estudiaban inglés.
La edición era viejísima, de 1912, con ilustraciones muy antiguas. Nunca comprendí porqué eligió un libro que no tenía ninguna vinculación con los programas de la escuela secundaria, ya que los temas abordados eran completamente distintos.
Para la pronunciación, no utilizaba los signos de fonética, sino la repetición. Ella pronunciaba y yo, repetía, tantas veces hasta que quedaba conforme.
Al comenzar la clase debía rezar el Padre Nuestro y el Credo. Fue lo primero que me enseñó y jamás dejó de hacerlo. Yo repetía lo que ella decía. Una vez finalizados comenzaba la clase propiamente dicha.
Este ritual se repitió dos veces por semana y me introdujo en el conocimiento elemental del idioma inglés, en una vieja casona de ese Buenos Aires que se fue.

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EL VENDEDOR DE DIARIOS VESPERTINO

Las ediciones vespertinas y nocturnas de los diarios, se vendían en otras “paradas”.

Ubicadas en el hueco de alguna vidriera o sobre umbrales de mármol en alguna esquina, se colocaban los ejemplares de “La Razón”, “Crítica”, “Noticias Gráficas” o “La Vanguardia”, entre los más conocidos, durante unas 4 horas.

El camioncito distribuidor se detenía en la parada el tiempo mínimo indispensable para arrojar la cantidad de ejemplares acordada y saludar, arrancando el móvil de inmediato. El diariero recontaba los diarios con un hábil movimiento de los dedos, a máxima velocidad, demostrando la habilidad obtenida en su trabajo cotidiano.

Primero distribuía los diarios a los clientes fijos en sus domicilios, casi a la carrera, sin dejar de vocear su contenido y siempre acompañado por el ladrido de los perros, que esperaban su paso pacientemente. Al regresar a su “parada”, voceaba los títulos, deteniéndose en alguna noticia más llamativa, a fin de llamar más la atención.

Esta rutina sucedía con las dos ediciones vespertinas, la 5ª y la 6ª edición. Cuando era pibe, Valentín era el responsable de esta tarea en mi barrio. Era un individuo de mayor edad, que durante mucho tiempo, ocupó el umbral de la farmacia ubicada en la esquina sudeste de las calles Rivadavia y Liniers, en el barrio de Almagro.

Se integraba a los equipos de fútbol, mezclándose con la joven muchachada barrial, que hacía del fútbol su entretenimiento favorito.

Los días de fútbol dominguero, mientras la 5ª mencionaba que partidos de fútbol se estaban desarrollando, la 6ª traía los resultados finales con grandes fotos, siempre en blanco y negro, más los comentarios de los periodistas deportivos. El diariero vespertino, fue un personaje importante y querido, en ese Buenos Aires que se fue.

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MI ABUELO, EL ANIMADOR

Mi abuelo adoraba los naipes españoles.

No sólo conocía la mayoría de los juegos, que había jugado infinidad de veces, sino que desarrollaba con ellos pruebas de ingenio, adivinazas y destreza.

Poseía la habilidad de presentar cada prueba con una atmósfera de suspenso e intriga. Alternando las barajas con fósforos o porotos, animaba una reunión durante horas. Experto en el manejo de los tiempos, mantenía a la audiencia en vilo, procurando no develar la clave que conducía a la solución de cada juego.

Todo se desarrollaba en forma pausada, en voz baja, salvo las exclamaciones de los presentes al finalizar cada prueba. La atención y el interés se mantenía sin el auxilio de la Play Station, la computadora, los anteojos para 3D o el teléfono celular con sus múltiples aplicaciones.

Las reuniones con mi abuelo, se caracterizaron por un despliegue de ingenio y humor logrando atrapar nuestra curiosidad e interés, en aquél Buenos Aires que se fue.

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EL MANDOLÍN DE MI ABUELO

Como a buen napolitano, a mi abuelo le gustaban los juegos carteados y la música.
Fuí un afortunado al poder disfrutar, desde niño, sus ejecuciones en mandolín, instrumento que dominaba a la perfección. Al caer la tarde, se acomodaba en un sillón del vestíbulo de la casa chorizo donde vivíamos, desenfundaba el mandolín, situación que yo esperaba para jugar con el estuche que simulaba a un enorme pescado con la boca abierta.
Él acomodaba el mandolín sobre la panza, y luego de algunas escalas previas, comenzaba la ejecución de típicas canzonetas napolitanas, que me inducían a pensar que aspecto tendrían los sitios de Italia que evocaban, según el canto de mi madre.
Veo su rostro sereno, con sus ojos azules, su bigote bien recortado, sus anteojos de marco grueso, color marrón y su cabello escaso, color gris, bien peinado. Sus ágiles manos recorrían el diapasón con naturalidad, logrando producir sonidos claros y bien definidos, que resumían el sabor nostálgico de esas canciones.
Escuchaba a mi madre cantarlas frecuentemente, aprendiendo yo una fonética cuyo significado, no conocía. Estas vivencias han quedado fijadas a mi memoria con precisión. ¡ Qué sonidos los de ese mandolín tan bien ejecutado, en ese Buenos Aires que se fue!

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Los pibes nacían en París y los traía la cigüeña.
También se afirmaba que nacían en un repollo, pero la llegada de la cigüeña, era indudablemente, la más aceptada. Esta versión era el principio y fin del tema relacionado con el nacimiento de los niños.

No se hablaba de educación sexual, no se contestaban con sinceridad todas aquellas preguntas que surgían espontáneamente en la mentalidad infantil. A la cigüeña la veíamos en el Jardín Zoológico y asociábamos su aspecto con la clásica imagen del bebé sostenido por el pañal, en pleno vuelo, mientras buscaba la casa donde sería depositado.
Los dibujos que mostraban a la cigüeña volando con el bebé colgando de su pico, contrastaba con las fotografías que mostraban a las cigüeñas en sus nidos, armados sobre un techo o en el hueco de una chimenea, en países de Europa.
La leyenda europea según la cual la cigüeña es el ave responsable de entregar los bebés a sus padres, se popularizó con el cuento “Las cigüeñas”, de Hans Christian Andersen, publicado en el Siglo XIX. El vínculo tradicional con el recién nacido, continuó con su uso en la publicidad de pañales y tarjetas de nacimiento. La cigüeña volaba a veces, con una gorra similar a la de los carteros.
Esta leyenda ha estado ligada a una necesidad psicológica, al evitar hablar del sexo y la procreación de los hijos.
Hasta que un día surgió la versión de que papito le ponía a mamita una semillita, que crecía y crecía, hasta que un día nacía el hermanito, pero ésta, no es la versión que se contaba en aquél Buenos Aires que se fue.

Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/ciconia_ciconia

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EL REPARADOR DE PELOTAS DE FÚTBOL

El reparador de pelotas de fútbol de cuero, es un antiguo trabajo que ha desaparecido definitivamente.
Las pelotas de fútbol de cuero, tenían un costo no accesible a la mayoría de los aficionados. Existían dos modelos: el más antiguo, la pelota con tiento, reemplazada posteriormente por la sin tiento. Las diferencias eran notables.
La primera, fabricada con cuero grueso, encerraba una cámara de goma color rojo, rematada en un tubo flexible por donde se inflaba. Luego el tubo se ataba fuertemente con un trozo de piolín, se doblaba y se ubicaba por debajo del tiento de cuero, que cerraba la pelota.
El tiento constituía una zona rugosa que podía provocar molestias al cabecear. Estas pelotas fueron reemplazadas por las sin tiento, de 12 gajos, marca “Superbal”, o la de 16 gajos, marca “Criolla”, más livianas y más lisas.
Se inflaban con un adaptador, “el pico”, que se colocaba en un pequeño orificio correspondiente a la entrada de la válvula. Con el inflador, se introducía aire hasta lograr la dureza deseada.
Los gajos estaban cosidos con piolín encerado. Eran los sitios que se rompían favoreciendo la desunión de uno o más gajos, situación que obligaba a la reparación inmediata, para evitar la pinchadura de la cámara de goma.
El reparador de las pelotas de fútbol era un conocido personaje del barrio, experto en tareas de talabartería. La reparación de los gajos de cuero, dejaban a la pelota como mueva, lista para alegrar a los no tan pibes, quienes tenían la posibilidad de adquirir una.
Las pelotas eran de larga duración y se las cuidaba, engrasando el cuero con frecuencia, mediante un trozo de grasa de vacuno, obtenido gratuitamente en la carnicería del barrio. Inclusive, se le daba tratamiento de zapato, colocándole pomada y lustrándola. Pero un partido en día de lluvia o con la cancha mojada, dejaba a la pelota en malas condiciones.
El reparador de pelotas fue el salvador, que al devolver la salud al cuero lastimado, posibilitó alargar la vida útil de las pelotas de fútbol, en ese Buenos Aires que se fue.

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JOSÉ, EL ALUMNO DEL ÚLTIMO BANCO

Cuando cursaba el tercer año del colegio secundario, José fue el último alumno que se incorporó.

Lo hizo una semana posterior al comienzo de las clases, ocupando un asiento de la última fila, en una división de 40 alumnos. Siempre se expresaba en voz alta, discutiendo vivamente distintos temas con el profesor de turno.

Sin embargo, eran muy frecuentes sus errores de apreciación con los temas escritos en el pizarrón. Cuando era llamado al frente para hablar sobre el tema correspondiente, se destacaba por su preparación, que le permitía mantener respuestas prolongadas, con el beneplácito de todos los compañeros.

Sus respuestas eran entretenidas y motivaban que su permanencia en el frente permitiera zafar a más de uno que no tenía posibilidades en ese momento. Una mañana, al regresar de un recreo, le ocuparon el asiento, ubicándose entonces en la primera fila. Al comenzar la clase, era hora de matemáticas, se hicieron muchas preguntas y cuando le correspondió responder, lo hizo con total certeza.

José actuaba extrañamente. Se acercó a su asiento, regresó a la primera fila e hizo una exclamación insólita. Largando una sonora carcajada dijo: “es la primera vez que me siento en la primera fila, siempre lo hice en las últimas. Soy corto de vista, desde atrás no distingo nada”.

José había cursado toda la escuela primaria y dos años de la secundaria sin saber su condición ocular. En tercer año descubrió que sufría una importante miopía. Un par de anteojos de gruesos cristales fueron el comienzo del camino que lo condujo a la normalidad para leer. José fue, en muchas oportunidades, el salvador de muchos compañeros en la clase, en ese Buenos Aires que se fue.

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LA SAETA RUBIA

Al comienzo de su carrera futbolística, Alfredo Di Stéfano fue llamado “La Saeta Rubia”.

Sucedió en el año 1947, durante su período en el club River Plate. Di Stéfano había nacido en Barracas, el 4 de julio de 1926. A los 17 años se probó en River siendo aceptado. Jugó en las divisiones inferiores, ocupando varios puestos como delantero.

En 1945 debutó en Primera División jugando sólo un partido. En 1946 jugó a préstamo en el club Huracán regresando a River en 1947. Ese fue el año de su consagración. Le tocó reemplazar al Maestro Adolfo Pedernera, un habilidoso jugador con el manejo de ambas piernas y muy potente en los remates.

Pero Di Stéfano cambió la fisonomía de esa delantera inolvidable integrada por Reyes, llegado del club Racing en reemplazo de Juan Carlos Muñoz; Moreno, Di Stéfano, Labruna y Loustau. La velocidad de Di Stéfano llevando la pelota, lo transformó en “La Saeta Rubia”. El arquero Grisetti pasaba la pelota con las manos al back izquierdo Luis Ferreira, quién rápidamente la cedía al número 6, José Ramos. Di Stéfano recibía el pase ubicado en el círculo central y entonces, comenzaba el otro espectáculo, su show exclusivo.

Inicaba una carrera vertiginosa hacia el arco contrario, eludiendo a la carrera a los defensores que iban apareciendo. Al llegar al borde del área, disparaba uno de sus “taponazos” inolvidables, que se transformaban en gol. Esta maniobra de como llegaba al gol, se repitió muchas veces durante ese año 1947, a tal punto, que cuando recibía la pelota en el centro de la cancha, la hinchada en la tribuna se paraba  comenzando a gritar el gol, que aún, no se había producido.

Pero la “Saeta” era imparable, y el taponazo esperado, se producía en el momento justo, provocando una gritería ensordecedotra, que hacía temblar el cemento del “Estadio Monumental”. Estas situaciones las vivimos en ese inolvidable 1947, cuando River ganó todo y el goleador fue Di Stéfano.

Al año siguiente jugó 23 partidos y 12 en 1949, cuando se desató un conflicto en el fútbol argentino que motivó el alejamiento de Di Stáfano junto con más de 50 jugadores, quienes se incorporaron , en su mayoría, al fútbol de Colombia. Di Stéfano lo hizo en el Club Los Millonarios, donde permaneció 4 años.

A partir de 1953 comenzó su período europeo en el Real Madrid. Nos dejó para siempre el 7 de julio de 2014. Su habilidad, su velocidad y su capacidad goleadora quedaron estampadas para siempre en el gran River Plate de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://deportes.elpais.com/deportes/2014/07/07/actualidad/

http://es.wikipedia.org/wiki/Alfredo_Di_Stefano

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GUY WILLIAMS, “EL ZORRO”

Armando Joseph Catalano, conocido artísticamente como Guy Williams, “El Zorro”, nació en Nueva York, Estados Unidos, el 14 de enero de 1924.

Hijo de emigrantes italianos de Sicilia, aprendió esgrima desde muy pequeño, gracias a las enseñanzas de su padre. Finalizados los estudios secundarios, ingresó a la Academia militar Peeskell, estudios que no finalizó.

Comenzó a trabajar como modelo publicitario. En 1946 trabajó en Hollywood, en la MGM, en pequeños papeles. Se casó en 1948, tuvo dos hijos, Guy Steve Catalano y Anthony Catalano. Entre 1952 y 1953 filmó pequeños papeles para los estudios Universal, en Hollywood.

En 1957, la compañía Disney lo eligió para filmar la serie de televisión “El Zorro”, debutando el 10 de octubre de 1957, logrando un éxito instantáneo. Fueron dos temporadas, hasta 1959. completándose 78 episodios y la película “La marca del Zorro”, en 1958.

En 1962 filmó dos películas en Europa. En 1964, nuevamente en Estados Unidos, filmó 5 episodios de la serie “Bonanza”. Entre 1965 y 1968, filmó la serie “Perdidos en el espacio”. Desde el comienzo de 1968, el Canal 12 de la televisión argentina emitió diariamente “El Zorro”, de 19 a 19.30, con gran éxito. Esto motivó la idea de invitar a Guy Williams a realizar un programa especial y participar en programas infantiles.

Llegó a Buenos Aires el 1º de abril de 1973. Lo esperaban en el aeropuerto de Ezeiza, más de 3 mil niños acompañados por sus padres. Guy Williams se disfrazó de Zorro en varios programas de Canal 13. Participó en “Teleshow” de Canal 13 brindando una exhibición de esgrima y en “Porcelandia”, donde Jorge Porcel tenía un sketch llamado “El Sorro”, donde recreó escenas de esgrima junto al campeón argentino Federico Lúpiz.

El éxito fue tan grande que se programó un segundo viaje, hecho que ocurrió el 14 de julio de 1973. Llegó junto con su esposa Janice y el actor Henry Calvin, que personificaba al Sargento García, encontrándose nuevamente con una nutrida multitud de niños en el aeropuerto de Ezeiza.

Actuaron en el Circo Mágico de Carlitos Balá y en el Show de Mirtha Legrand. Visitaron escuelas y hospitales públicos. En 1979, Guy Williams regresó a Buenos Aires para producir sus propios shows, junto a Fernando Lúpiz, disfrazado como el Capitán Monasterio. El show se presentó durante 2 meses en todo el país, con muy buenas críticas.

El show se repitió en varios circos. Era el número final, donde los niños veían a su héroe pelear con el Capitán Monasterio, disfrutando de la victoria de Guy, en una presentación de 15 minutos. Trabajó en el circo Real Madrid, con gran éxito en Mar del Plata. No pudo realizar una película que sería producida por Palito Ortega, lo que decidió su regreso a Estados Unidos.

Sin embargo, volvió para vivir en Buenos Aires. Un café en “La Biela”, lectura del “Buenos Aires Herald”, caminatas por las calles del barrio de Recoleta, haciendo amigos argentinos. Vivía en su departamento ubicado en Ayacucho 1964. Allí falleció el 6 de mayo de 1989 a los 65 años, víctima de la rotura de un aneurisma cerebral. Sus restos permanecieron en el panteón de la Asociación Argentina de Actores, gracias a las gestiones de Fernando lúpiz. En 1991, su hijo Steve recibió sus cenizas en California. Guy Williams, “El Zorro”, vivió la última parte de su vida en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:http://es.wikipedia.org/wiki/Guy_Williams

http://fannyriffel.blogspot.com.ar/2010/11/el-zorro-en-la-argentina.html

http://www.pagina12.com.ar/1999/99-05/99-05-07/pag25.htm

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RAMÓN COLUMBA

Ramón Columba fue un eximio dibujante autodidacta, nacido en Punilla, Córdoba, el 3 de diciembre de 1891.

De muy niño llegó a Buenos Aires. Realizó sus estudios secundarios y comenzó a trabajar en el Congreso Nacional en calidad de taquígrafo en el año 1907 donde permaneció hasta 1946. Ingresó a la Facultad de Medicina, pero abandonó para dedicarse a su innata vocación artística, el dibujo, destacándose como un hábil caricaturista.

Su labor como taquígrafo lo ocupó durante 40 años, registrando a través de sus dibujos caricaturescos los hechos más destacados ocurridos en el Congreso, que lo llevasron a publicar en 3 tomos “El congreso que yo he visto”.                                                         Foto: German Cáceres

Colaboró en revistas de primera línea como “Caras y Caretas”, “Vida Moderna”,”Mundo Argentino”, “El Hogar”; en los diarios “El Nacional”, “La Mañana”, “Crítica” y “La Razón”. Realizó exposiciones de sus dibujos en Buenos Aires y en ciudades del interior.También publicó “La Belleza en el Desnudo” en 1940 y “Album de la Primera Guerra Mundial”, que le valió felicitacionesoficiales del Gobierno de Francia.

Fundó la revista de caricaturas “Páginas de Columba” en 1922, dando cabida a la mayoría de los dibujantes de la época, hecho muy importante porque las revistas estaban dirigidas y dibujadas por maestros europeos.

En esa revista se publicaba un suplemento infantil que a partir de 1928, cuando crea la Editorial Columba, se convirtió en el semanario “El Tony”. En mi época de infancia, esperaba ávidamente cada semana su aparición, para disfrutar de “Mandrake, el mago”, “El Agente secreto X-9″ y “El Hombre Murciélago”. Posteriormente se agregaron “Intervalo” en 1945, “Fantasía” en 1950 y “D’Artagnan” en 1957. Fueron numerosos los dibujantes y guinostas nacionales que trabajaron en esa empresa.

En una visita que realizó a Estados Unidos en 1925, tuvo ocasión de entrevistar a las figuras descollantes de entonces, que quedaron registradas en sus famosos dibujos.

Durante la década del 40, mi padre me llevó a un festival artístico en el “Luna Park”. En un momento dado, Ramón Columba subió al ring y sobre un atril con grandes hojas de papel dibujó con una carbonilla caricaturas de personajes de la época. Me impresionó la velocidad en sus dibujos.

En 1948 presidió la Asociación Argentina de Editores de Revistas; filmó 2 películas de dibujos animados y colaboró desde 1939 a 1946, con el noticiero “Sucesos Argentinos”. En sus bosquejos fue un experto en captar la expresión del rostro, “en ese momento”, por lo que en Estados Unidos fue apodado “el pirata de la expresión”. Falleció en Buenos Aires el 14 de junio de 1959.

Ramón Columba brindó con sus publicaciones, momentos de sana alegría para nuestra infancia y adolescencia, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Ramón Columba. La Prensa 26-07-1998.

Aquellas inolvidables historietas. Reportaje a Don Ramón Columba. http://armando-fernandez.blogspot.com.ar/2011/05/

Cáceres, Germán: Ramón Columba. http://laduendes.blogspot.com.ar/2012/08/

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