El Buenos Aires que se fue

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Pequeños locales comerciales

LIBRERÍAS DE VIEJO

Las llamadas “Librerías de viejo”, vendían en su mayoría libros usados.

Ubicadas principalmente en la calle Corrientes, se caracterizaban por ofrecer libros usados, ediciones viejas no leídas, ediciones más económicas que ofrecían libros de buen contenido al alcance de lectores habituales, y a precios muy accesibles.

Revolver entre los libros buscando la oportunidad de hallar ese volumen recomendado, era una ceremonia repetida en cada oportunidad que se presentaba. Las librerías se caracterizaban por la temperatura elevada en su interior, como si la suma de todos esos libros acumulados, liberaran una energía incalculable. No se disponía de aire acondicionado. Si había un ventilador, apuntaba al dueño, en el mostrador de ventas, de modo que la búsqueda en verano o en invierno, se realizaba siempre a alta temperatura ambiente.

El “olor a libro” fue una sensación dominante e inolvidable. Uno se encontraba con sorpresas en cada libro: flores secas, tarjetas, señaladores con dedicatorias, anotaciones al margen que enriquecían el contenido del texto, páginas subrayadas destacando conceptos especiales o párrafos clave; una cantidad de detalles y circunstancias ausentes en un libro nuevo.

Conjuntamente con las librerías, podían hallarse oportunidades en las ferias del Parque Centenario, en la calle Lavalle frente a los Tribunales, en el Parque Rivadavia, en Primera Junta. Las librerías dedicadas a la venta de usados, podían encontrarse también en muchos barrios de Buenos Aires, aunque estaban concentradas en la Avenida de Mayo y en la Avenida Corrientes.

La tarea de revolver los usados deparaba la sorpresa de encontrar una joyita impensada, una edición antigua, un libro agotado. Sitios donde la venta y el canje, fueron moneda corriente para disfrutar el tesoro de la lectura en ese Buenos Aires que se fue.

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LA YAPA

La “yapa” era un regalo que el vendedor le hacía al comprador.

Eran épocas en las que la mayoría de los alimentos se vendían sueltos. En los almacenes, los alimentos como los fideos, las legumbres, el azúcar en terrones o molida, estaban contenidos en grandes cajones de madera que en el frente, disponían de un compatimiento estrecho, cubierto por un vidrio transparente, que permitía observar el aspecto de cada producto.

Una pala metálica construida con una lata de duraznos, era el medio empleado para cargar el producto sobre un papel blanco colocado sobre uno de los platos de la balanza, mientras el otro soportaba las pesas correspondientes a esa compra, que se equilibraba con el producto solicitado. Una vez alcanzado el peso, el almacenero agregaba un poquito más, “la yapa”. O un niño pedía “la yapa” y recibía un caramelo

Así ocurría cuando el lechero llegaba diariamente al domicilio. Una vez cargada la cantidad de leche solicitada, agregaba un chorrito adicional de leche diciendo:”y esto va de yapa”. En la carnicería, generalmente la atención era compartida con la esposa del carnicero, quien se ocupaba de la venta de verduras y frutas.

El carnicero proporcionaba como “yapa” el bofe (1) para el gato, el corazón o un hueso, para el perro. Era habitual que el comprador solicitara en calidad de “yapa” la verdurita, compuesta por perejil, puerro, cebolla de verdeo, apio, una zanahoria y un trozo de zapallo, para prepara la sopa.

El cliente, compraba la carne y luego, al comprar las verduras, conversaba con la vendedora sobre diversos temas cotidianos, estableciendo un vínculo como vecino, que se consolidaba con la famosa “yapa”, un verdadero reconocimiento a ese cliente fiel, que día tras día, recurría a los proveedores del barrio, integrando una gran familia que conocía mucho del otro, con el que interactuaba.

Y así fue hasta la mitad del Siglo XX, cuando comenzaron a aparecer los grandes locales de venta llamados supermercados, en donde todos los alimentos estaban envasados y donde hablar con el vendedor, ya no era necesario o imposible. La “yapa” fue una muestra de gentileza y reconocimiento del vendedor para su cliente, institucionalizada en almacenes, mercados y carnicerías de ese Buenos Aires que se fue.

(1).- Pulmón

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EL CHOCOLATE CON CHURROS

Uno de los legados que la inmigración española dejó en la Argentina durante la primera mitad del Siglo XX, fueron las chocolaterías.

Ubicadas en la Avenida Corrientes y en la Avenida de Mayo, estos locales se caracterizaron por la venta de chocolate con churros, desayuno típico de la gastronomía española, especialmente durante los meses fríos de invierno.

En la Avenida Corrientes se encuentran dos exponentes clásicos: “La Giralda”, un viejo local que mantiene su estructura original, con mesas de mármol,  azulejado en blanco y su barra de madera, que mantiene una elevada calidad en su clasico chocolate, bien espeso y muy caliente, acompañado de churros recién hechos, crujientes y aromáticos.

El otro local de la Avenida Corrientes es la vieja heladería y confitería “El Vesubio”, que fuera la primera heladería, fundada en 1902, que agregó servicios de confitería en donde el chocolate caliente con churros y la pastelería, comenzaron a estar vigentes a partir de 1920.

En la española Avenida de Mayo se lo puede degustar en el centenario “Café Tortoni”, clásico enclave cultural que frecuentaron famosos de las letras y las artes: Alfonsina Storni, Baldomero Fernández Moreno, Benito Quinquela Martín, por mencionar sólo algunos.

El otro sitio fue el “Hotel Castelar”, con la impronta del gran Federico García Lorca que allí vivió durante 3 meses. El chocolate muy espeso y caliente, casi a 80 grados centigrados, se sirve en una taza de porcelana. Si se lo desea, se agrega un chorro de leche fría a los fines de hacerlo menos espeso. Los churros, rectos, medianos, en cantidad de tres unidades, se presentan espolvoreados con azúcar. Esa es la presentación tradicional para los argentinos, la que hemos degustado en Buenos Aires.

Fue el clásico tentempié de los noctámbulos, caminadores de las madrugadas de Buenos Aires. También aquellos que finalizaban sus tareas en plena madrugada, a la salida de los cabarets y locales de baile. La bohemia de las décadas del 30 y 40, colmaban las mesas frente a un chocolate humeante. La variante era consumir un café con leche acompañado de churros, fuente alimenticia de los representantes de la cultura española y argentina asentada en las chocolaterías y cafés de Buenos Aires.

Otra clientela las frecuentaba los fines de semana, especialmente los domingos por la tarde, consituído por las grupos familiares que en tren de diversión, deambulaban por las calles del centro. Saborear un chocolate con churros en estos locales legendarios, nos transporta por un instante a revivir esas jornadas de un Buenos Aires que se fue.

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PHOTOMATON

“Photomaton” era una organización que explotaba cabinas automáticas para fotos de carnet de identidad.

Su origen fue en la ciudad de París, en 1912. En la década del 30 llegaba a Buenos Aires. Su indicación era la foto carnet de 4 x 4, sobre fondo blanco. Este sistema se desarrollaba en una cabina con una máquina fotográfica automática que se activaba colocando monedas o cospeles, adquiridos en las cercanías.

Disponía de un asiento o taburete giratorio, que permitía modificar la altura fácilmente. A la altura de la cabeza, un fondo blanco u oscuro, que se obtenía ubicando una cortinita, antes de comenzar las fotografías. Cada sesión constaba de 4 fotos diferentes, es decir, 4 exposiciones consecutivas, que permitía el cambio de posición y / o de expresión.

El flash se encendía a intervalos regulares, por lo que el tiempo para cada toma, era reducido. Se obtenían 4 fotos, generalmente sobreexpuestas, en blanco y negro. No podían ser retocadas ni modificadas, por la calidad muy especial del papel. Las fotos seguían un proceso de autorevelado, de 4 minutos de duración, y de secado más prolongado, antes de ser depositadas en un receptáculo adosado a una de las paredes de la cabina.

El uso habitual era para fotocarnet, y siempre, eran motivo de bromas y cargadas, por el aspecto tan desfavorecido que teníamos. Eran excepcionales las fotos favorables, salvo las que se usaban como muestras de promoción. Pero Photomaton fue el sistema salvador, a la hora de obtener fotos carnet en pocos minurtos, en ese Buenos Aires que se fue.

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CAFÉ SOROCABANA

Vestido con un saco color verde, pantalón marrón y un birrete amarillo, llevaba el café en un termo cilíndrico color verde, de acero inoxidable, sujeto al cuerpo mediante una correa de cuero.

En la parte inferior se hallaba la canilla expendedora. Tenía adosado un tubo metálico donde se colocaban los vasos. El café mantenía su temperatura gracias al aislamiento interno del termo. Se lo ingresaba por la parte superior, donde se colocaba una tapa con juntas de goma, que se ajustaba mediante el auxiliio de dos tuercas mariposa.

La altura del cilindro era de unos 50 centímetros con un diámetro de 30 centímetros. Una palanca giratoria ubicada cerca de la base y adherida a la canilla, provocaba su apertura con la consecuente salida del café. El cafetero se desplazaba junto al termo con facilidad y durante los fines de semana, vendía su mercadería en las canchas de fútbol, estadios de box o hipódromos.

Pero durante los restantes días, en esquinas muy frecuentadas, a la salida de los edificios públicos importantes, cines y teatros. Además de la venta por estos cafeteros ambulantes, aparecieron pequeños locales Sorocabana para beber café parado.

No había asientos, lo que a veces contribuía a que el cliente se retirara rápidamente. En otras oportunidades, eran dos o tres amigos los que saboreaban el café, manteniendo largas conversaciones alrededor de esos pequeños mostradores. Otros se entretenían leyendo el diario entre sorbo y sorbo. El café Sorocabana fue muy popular en la década del cuarenta, en aquel Buenos Aires que se fue.

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LA ACEITERÍA

Eran pequeños locales que vendían aceite fraccionado, suelto, de varias calidades.

Eran atendidos por inmigrantes españoles, quienes se ocupaban de transvasar el aceite solicitado de un surtidor grande, de chapa enlozada verde, conteniendo 200 litros. Mediante un sistema de bombeo se elevaba el aceite, visible en un vaso de vidrio ubicado en la parte superior con un nivel que indicaba la cantidad.

Mediante una canillita ubicada en la parte inferior y un embudo, se llenaba una botella o botellón, de acuerdo con lo solicitado. El aceite de oliva, no se vendía suelto. Llegaba al país importado de España, Italia o Francia, en latas de uno y cinco litros. Las marcas “Boccanegra”, “Ybarra”, “Cubillas” eran algunas de las que estaban a la venta en los almacenes.

Durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, el abastecimiento de aceite de oliva estuvo muy comprometido, ante las dificultades del traslado. El aceite nacional, en especial el de girasol pasó a ser empleado con frecuencia. Las combinaciones con aceite de oliva nacional y con maíz, fueron las más comunes.

Cada vez que se vendía el aceite suelto, siempre caían algunas gotas sobre el piso metálico donde se asentaban los tanques dispensadores. Ese aceite se pegoteaba a esa superficvie trasmitiendo al ambiente un olor a aceite rancio, viejo, nada agradable.

La venta de aceite suelto, no era aceptada por muchos, que preferían comprarlo envasado, de origen nacional. La aparición de nuevas marcas y la mejoría de su calidad, fueron factores determinantes de la paulatina desaparición de estos locales, característicos en ese Buenos Aires que se fue.

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