El Buenos Aires que se fue

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Modas y costumbres

LAS ALPARGATAS

La alpargata es un calzado de lona con suela de yute, basado en la sandalia egipcia.

Integró la vestimenta típica de la mayoría de los españoles que llegaron al país con los contingentes inmigratorios. Tuvieron mucha aceptación entre los paisanos, que las usaban en color blanco o negro, con la bombacha del gaucho rioplatense. Se calzaban directamente, cada vez con mayor facilidad, y eran livianas, cómodas y frescas.

En la capellada se incorporaba un triángulo de tejido elástico, que facilitaba su calzado. Fueron muy populares y las utilizaron muchos vendedores ambulantes. Integraban la vestimenta de todos los lecheros, que incluso la usaban junto con sus bombachas abrochadas sobre los tobillos. Los trabajadores rurales la usaron en sus largas jornadas.

Los canillitas y los pibes las usábamos frecuentemente, especilmente para jugar con la pelota de trapo o de goma. En los partidos de potrero, no era raro observsr una alpargata volando, cuando se pateaba un tiro libre, o usada para correr a alguien y pegarle donde fuera posible.

A medida que se avanzaba en su uso,  aparecían “bigotes” en la punta, que cortábamos con una tijera. Pero esos “bigotes” se formaban a expensas de la rotura y desaparición de la suela de la punta del pié, por lo que poco a poco, los dedos iban apoyándose en el suelo, cada vez más. La situación culminaba cuando se pisaba un charco de agua; había llegado el momento de reemplazarlas por un par nuevo. Costaba 60 centavos.

Era un calzado barato y popular, siempre promocionado en los “Almanaques Alpargatas” publicados por la Fábrica Argentina de Alpargatas, con famosas ilustraciones con escenas del campo, a cargo de Florencio Molina Campos, o de Luis J. Medrano mostrando aspectos típicos de la fauna porteña. Los carreros usaron alpargatas bordadas con vivos colores, que caracterizaron a los distintos gruipos de chatas  que pululaban por las calles de aquel Buenos Aires que se fue.

La inmigración, Modas y costumbres, Realidades argentinas

MENTIRAS DEL 900

Foto: Caras y Caretas, Nº 323. 1904

Buenos Aires, primeras décadas del Siglo XX. Una masajista facial anunciaba un tratamiento especial, científicamente aplicado para extirpar o borrar las arrugas y que aflojaba la piel.

Se combinaba con una crema de almendras señalando que “con su uso y los masajes que yo enseño gratis, personalmente y por carta a toda persona compradora de la crema, desaparecen las arrugas”. En esa publicidad, la masajista aseguraba: “Todos mis específicos están analizados y aprobada su venta por el Departamento Nacional de Higiene de Buenos Aires. Sólo se venden en mi consultorio. Las consultas no se pagan”.

En aquella época, la tuberculosis era la enfermedad dominante y se cobraba muchas vidas sin importar la edad. Eso motivó la aparición de innumerables anuncios de medicamentos tales como la Emulsión de Scott, que prometía curar “tos, catarros, resfríos, bronquitis, tisis, asma, anemia y escrófula”.

En los comienzos del invierno, se recomendaba el uso de la Solución Dufour. “Si usted nota que su tos se está volviendo crónica, que su respiración se está haciendo más corta y difícil, es prueba de que el mal se está arraigando, pudiendo con el frío y la humedad producirse luego complicaciones mucho más graves y hasta la temible tuberculosis. Para librarse rápidamente, tome un frasco o dos. Es el gran específico de todas las enfermedades pulmonares, destructor de los microbios de la pulmonía y vivificante de los órganos respiratorios”.

Otro ejemplo, eran los Polvos Antiepilépticos del Dr. Monti, que supuestamente hacían desaparecer los ataques para siempre. Para avalar el producto, se mencionaba la opinión de “renombrados especialistas internacionales”, habitualmente de Europa, como el Dr. Gino Maiorfi, del Manicomio de San Nicolás, Siena. “He usado y uso los Polvos antiepilépticos del Dr. Monti, en muchachos y adultos que sufren epilepsia, consiguiendo mejorarlos en cuanto se relaciona con la inteligencia. En varios, los ataques epilépticos cesaron por completo”, contaba el Dr. Maiorfi.

También abundaban los reconstituyentes generales “que curaban todo”. Uno de estos era el Aceite Medicinal Sasso, tónico reconstituyente sin igual para combatir anemia, convalescencia, neurastenia, desarrollo, edad crítica, clorosis, insomnio, dispepsia, gastralgia, debilidad e inapetencia. Es el mejor preventivo de las enfermedades y aumenta la resistencia del organismo. Pídase en las buenas droguerías y farmacias”.

El tratamiento de la gota era uno de los desafíos de la época. El anuncio de una medicación útil era la venta segura, así se hablaba del Específico Bejean: “Ningún remedio conocido hasta hoy ha obtenido tanto éxito, en Francia ni en el extranjero, como el Específico Bejean. Es el más poderoso preventivo y curativo de la gota y de todas las afecciones reumatismales, agudas o crónicas; 48 horas bastan para apaciguar los accesos más violentos sin temor de trasladar el mal”.

Los resfríos desaparecían inhalando Vapo-Cresolene, “un remedio eficaz a base de evaporación, que al aspirarlo pasaba por los conductos respiratorios afectados aliviándolos al momento”. Estos anuncios se presentaban en las tres primeras décadas del Siglo XX, explotando la credibilidad humana, en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: Araujo, Carlos E. Profesión Salud, pag.18-19. 2000

Modas y costumbres, Realidades argentinas

ACAROÍNA, EL DESINFECTANTE POPULAR

En las primeras décadas del Siglo XX, el temor a las infecciones era muy grande y había razón justificada para ello.

En esa época, no existían los antibióticos y el control de las infecciones no era fácil, ya que la vida estaba en juego. La concientización de desinfectar todos los sitios sospechosos, favorecieron enormemente el empleo de la acaroína, a fin de “destruir” todo foco existente.

La acaroína se empleaba en solución acuosa y se transformaba en un líquido de aspecto lechoso, de olor muy penetrante, distinguible a la distancia. Si emplear un desodorante, es imponer un olor sobre otro, la acaroína era el gran triunfador. Se utilizaba en todas partes.

Lo conocí cuando los cloaquistas venían a mi casa a limpiar las rejillas y cloacas. El rociado con acaroína era el sello de calidad. Traducía un trabajo realizado y “desinfectado”. La acaroína se veía y se olía. No había dudas. Era un compuesto fenólico, de olor muy penetrante y duradero.

Los trenes que llegaban a la estación “Once”, salían barridos y “desinfectados” con chorros de acaroína. Igualmente, los tranvías que comenzaban su recorrido, llegaban impregnados de las emanaciones de la acaroína recién usada. Era como un cartel anunciando que la limpieza se había realizado, culminando con la desinfección.

Eran épocas en las que la tuberculosis era la enfermedad infecciosa dominante, y nadie olvidaba su empleo. En la visita a cualquier baño público, uno era recibido por el clásico olor. En la escuela, los salones de clase y por supuesto los baños, habían sido “desinfectados” antes de nuestra llegada. Todas las rejillas de los patios y baños, eran rociadas con acaroína mediante una botella que contenía la solución, lanzando varios chorros del líquido lechoso, como corolario de toda acción de limpieza. Era como la firma de un documento: trabajo realizado y desinfectado, en ese Buenos Aires que se fue.

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PASANDO EL INVIERNO CON NAFTALINA

La llegada de los primeros fríos exigía el uso de ropa de abrigo, que se acompañaba de un olor muy particular de un derivado del alquitrán, la naftalina.

La naftalina se usaba para evitar el daño causado por las polillas, en especial a las prendas de lana y en los abrigos de piel. Se presentaba en bolitas y escamas; las bolitas se colocaban en los bolsillos y las escamas, se esparcían por la superficie de las prendas, cuando dejaban de usarse al comenzar los calores de la primavera.

A los efectos de evitar los destrozos de la polilla, se almacenaba la ropa en los meses de verano y otoño, previamente protegida por la naftalina, que la impregnaba totalmente. Cuando los días fríos se presentaban antes de la época y no había habido tiempo para ventilarla, la ropa de abrigo se olía a la distancia, en especial en los medios de transporte como tranvías, colectivos, omnibus, subterráneos y trenes.

Era un olor perfectamente definido y con una indicación específica. También se usaba para proteger las pieles. Debido a su costo elevado, no eran muchas las mujeres que poseían tapados o sacos de piel. Sin embargo, ya sea en las casas o en las peleterías, usaban naftalina siempre.

Las peleterías incorporaron cámaras de refrigeración, hecho que motivó en primera instancia, un menor empleo de la naftalina. Pasados los años, la onda ecológica sería el motivo fundamental de la gran disminución del uso de pieles de animales.

Fue la protección de las prendas de lana, la razón fundamental de la consumición de naftalina en ese Buenos Aires que se fue.

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LA PELUQUERÍA FEMENINA

La peluquería femenina cumplía funciones primordiales: corte de cabello, peinados, permanentes, teñidos y manicura.

Concurrir sin turno podía significar una espera de varias horas, más aún en días sábados,  ya que ese día la hora de cierre se producía cuando se retiraba el último cliente. Domingo y Lunes no trabajaban.

La modalidad de usar el calor eléctrico para los cabellos comenzó en la segunda década del Siglo XX. La realización de la permanente tenía varias etapas para las que se necesitaban varias horas. Se arrollaban los cabellos en unos bigudíes (ruleros), armónicamente distribuidos, se sujetaban con una pinza y se conectaban a la fuente de calor.

Era riesgoso, porque el cabello podía quemarse, situación que se producía cuando la cliente se dormía durante la espera. Este accidente obligaba a raparse y esperar el crecimiento del nuevo cabello. Un procedimiento más económico y casero, era emplear una pinza “Marcel”, que se calentaba a la llama y se aplicaba a mechones de cabello, presionando medio minuto.

La otra alternativa económica y más difundida, fue usar ruleros. Después de lavada la cabeza, se embadurnaba el cabello con cerveza, se colocaban los ruleros y se cubría la cabeza con un lienzo esperando a que se secara. Esta historia solía iniciarse un día antes de la reunión social programada.

Otra ocasión para visitar la peluquería era la de actualizar el teñido o decidir un nuevo teñido de cabello, acorde con la moda del momento. Con el tiempo, las peluquerías contaron con aparatos modernos y prácticos para secar, ondular y enrular los cabellos. La peluquería más innovadora e importante fue “La Esmeralda”, con 6 sucursales en Buenos Aires y una en Mar del Plata. En ellas trabajaban 300 peinadores.

No hubo barrio que no tuviera su peluquería femenina para hacer la “croquiñol” (permanente), o teñir los cabellos, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Carretero, Andrés: “Vida cotidiana en Buenos Aires”. Tomo 3. Ed. Planeta 2001.

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LA LIBRETA NEGRA

Revisando una caja de zapatos que contenía viejas fotos de familia, encontré una vieja libreta de tapa negra, la “Libreta del Almacén”.

Cuántos recuerdos, vivencias, e imágenes ya desteñidas me produjo el hallazgo. La Libreta era un crédito a 15 o 30 días, según se cobrara en el trabajo en quincenas o cada mes. Eran épocas en las cuales se confiaba en los clientes. Se trataba de un fiado establecido a través de la Libreta.

Después de cada compra, el almacenero anotaba con un rústico lápiz al que le mojaba la punta con la lengua y que sostenía en la oreja. Al finalizar la quincena o el mes, se abonaba la deuda o parte de ella. El sistema funcionaba a la perfección y estaba incluido en todos los almacenes barriales.

En caso de enfermedad, pérdida de trabajo o por el nacimineto de algún hijo, el crédito se alargaba unas semanas más, pero de una u otra manera, siempre se cumplía. De otra forma, no funcionaba. Y no existían documentos firmados. Sólo la palabra era el mejor testimonio de compromiso y se cumplía a raja tabla.

La compra al fiado no era exclusiva de la Libreta. Ante la visita hogareña del médico, si no había dinero se postergaba el pago o se pagaba con una yunta de pollos. Cuando se requerían remediosy no se disponía de dinero en ese momento, la farmacia los entregaba contra la promesa del pronto pago, al cobrar la quincena. Y así sucedía; la palabra empeñada se cumplía de cualquier manera en ese Buenos Aires que se fue.

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LA COMPRA POR CATÁLOGOS

Las grandes tiendas acostumbraban enviar sus catálogos, donde presentaban las novedades en materia de vestimenta, recientemente llegada de Europa; París para las damas y Londres para los caballeros.

También se ofrecía ropa de cama, vajilla y demás. Los clientes lo solicitaban enviando un cupón aparecido en diarios y revistas, y a vuelta de correo, recibían el catálogo de temporada, verano o invierno. Estos envíos llegaban a todo el país y fueron comunes a partir de la década del 20.

Este sistema de venta, revolucionario para la época, fue impulsado por las tiendas de mayoreo. Consistía en un catálogo con fotos ilustrativas de los productos a vender. Este sistema permitía tener mayor llegada a las personas, ya que no había necesidad de traer los clientes hasta los locales de venta.

Los métodos de envío eran el correo ordinario o las agencias de transporte. “Harrod’s”, “Gath & Chaves”, “Las Filipinas”, o “La Piedad”, eran algunas de las grandes tiendas que manejaban las ventas a través de sus detallados catálogos: las medidas, colores y detalles de las prendas, perfumes y cosméticos, que permitían que se viviera a la moda.

Los envíos llegaban en grandes cajas que despertaban la curiosidad y admiración de los interesados. Se compraba sin ver, sólo a través de las reproducciones del catálogo, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Los catálogos. El Heraldo de Concordia. 22-10-2011

http://es.wikipedia.org/wiki/Venta_por_cat%C3%A1logo

Las Grandes Tiendas, Modas y costumbres

MENSAJES EN VERSO

En las primeras décadas del Siglo XX, era muy frecuente el uso de tarjetas postales brillosas, coloreadas, mostrando una pareja que se miraba lánguidamente a los ojos, junto al tronco de un árbol donde estaba grabado un corazón con sus iniciales.

Los textos eran sensiblerías muy recargadas: “Entre flores he nacido, entre espinas moriré, pero a usted, querida amiga, yo jamás olvidaré”. Otra por el estilo decía: “Esta postal representa, el símbolo de la bondad, yo te la mando, en emblema de cariño y amistad.”

En los boliches, en las clásicas partidas de truco, se intercalaban versos como el siguiente: “Por el río Paraná, baja nadando un piojo, con un hachazo en un ojo, y una Flor en el ojal”. Eran épocas en la que los almaceneros anotaban en la libreta de tapas negras la deuda del comprador y al no cobrar, colgaban un cartel que decía: “Si Cristo murió en la cruz con tres clavos solamente, ¿Como voy a fiar yo, si me clava tanta gente? “.

Pero se podía tropezar con mensajes más elaborados: “Si doy, pierdo la ganancia de hoy. Si fío, pierdo lo que es mío. Si presto, cuando cobro me hacen gesto. Y para evitar todo esto, no doy, ni fío, ni presto”. Había uno muy sencillo que decía :” Hoy no se fía, mañana sí”.

En esa época comenzaron a aparecer las leyendas en carros y camiones, tan características del porteño: “Yo soy como el picaflor: llego, pico y me voy” . Otra ingeniosa decía :” Qué milonga ni que tango, con este carro me gano el mango”. También :” Andá que te cure Hortensia, que Lola está con licencia”. Otras simulando un refrán:” Es inútil tironear, cuando la cobija es corta”. Y siempre la fanfarronería:” La mina que no me mira, no sabe lo que se pierde”.

Se acostumbraba elaborar ensayos poéticos para los difuntos, y en algunas tumbas podían encontrarse algunos mensajes jocosos; la viuda de un almacenero hizo grabar en la lápida lo siguiente: “Reposa tranquilo debajo de la losa; tu viuda amorosa se acuerda de ti; y en tanto duermes un sueño profundo, se queda en el mundo llorándote así”.

Pero pasado un tiempo prudencial, la viuda reemplazó la lápida por otra que decía: ” Yace aquí Don Juan Quirós, el honrado almacenero del almacén de Salguero mil quinientos ventidos. La muerte con mano ruda, llevóse a este hombre de bien, mas continúa la viuda, al frente del almacén…”. Mensajes en postales y en verso, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:Araujo C.E: Tango y Cultura Porteña. Emisión Nº 108, 21 Mayo de 2001. Radio Cultura

Modas y costumbres

LOS PIROPOS

Foto: (A. G. N.)

Los piropos son versos o dichos callejeros que solían escucharse en las veredas de la ciudad de Buenos Aires.

Los más comunes eran dirigidos a las mujeres, buscando producir una sonrisa, una palabra de agradecimiento o la carcajada espontánea. El piropo fue parte fundamental de la identidad porteña. Hoy ha sido reemplazado por una tanda de groserías ofensivas que no halagan a nadie.

Se alababa la belleza femenina: “Señorita, ¿tiene permiso para llevar esos ojos? “. Muchos piropos se referían a distintas partes del cuerpo femenino: “Tantas curvas y yo sin frenos” o sino “Tu cuerpo es tan perfecto que sólo le falta un error humano”. Eran comunes los piropos referidos a los ojos. “¿ Me dejás encender un cigarrillo con el fuego de tus ojos? “; “Mirame un poco que me estoy muriendo de frío”.

Se comparaba  a la mujer con una flor, una estrella, una paloma. El piropo callejero, corto y espontáneo podía alabar desde los ojos hasta los pies. Era una expresión de admiración, de un sentimiento. El verdadero piropo era grato al oído. Alabando los rasgos o atributos de la mujer, el varón intentaba trasponer las fronteras de su privacidad.

El piropo debía reunir varias condiciones para lograr éxito: ser público, bonito, ingenioso, fragmentario, oportuno y causar sonrojo. Hacía falta tener coraje, ser teatral, acompañarse de un silbido, y sobre todo, que hubiera público: “Si la belleza es pecado, vos no tenés perdón de Dios”. Era una lisonja que el hombre le decía a una mujer cuando pasaba a su lado, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Miranda Poza, José. Usos coloquiales del español, 2º ed. Edic. colegio de España, Salamanca

Calvo Carilla, José. La palabra inflamada. Historia y metafísica del piropo literario en el siglo XX. Barcelona, Edic. Península S.A., 2000.

Himitian Evangelina. Los piropos, esa poesía en extinción. La Nación, 26 Marzo de 2011.

Modas y costumbres

LOS PETITEROS

Saco corto con dos tajitos, 3 botones, solapas pequeñas, tela de gabardina color beige, camisa con cuello redondo con trabas; puños para gemelos y zapatos mocasín. La moda que apasionó a la sociedad femenina apareció a comienzo de la década del 50.

Las sastrerías elegidas eran “Rhoder’s” y “Giesso”. La vestimenta era similar en todos; frecuentaban los mismos sitios de reunión y eran invitados a las fiestas más representativas. Imitaban a las familias distinguidas, aparentando un nivel de vida que no tenían, practicando determinados deportes, como el rugby o el polo, visitando lugares característicos y exclusivos de la aristocracia.

Su área de desplazamiento se centralizaba en Callao y Santa Fe, y la “sede oficial”, el “Petit Café”, un refugio contrario al gobierno ubicado en la calle Santa Fe, lo que les valió el nombre de “petiteros”. Caminaban distinto, levantando ligeramente los tacos y balanceando los hombros. Eran opositores al gobierno peronista y estaban alineados con los grupos de poder opositores.

La moda era tomar sol en las playas de Olivos, que no estaban tan contaminadas pero no fueron exclusivos. Otros centros “petiteros” se formaron en “La Biela 05″ y en “Las Delicias”, ubicada en Guido y Callao. La moda “a lo petitero” se extendió comercialmente, contribuyendo a la desaparición de la tendencia.

Con la caída del peronismo, el “petiterismo” entró en crisis provocándose actos vandálicos, proezas estúpidas y agresiones fatales, que culminaron cuando el “Petit Café” cerró sus puertas en el año 1973. “Los petiteros” conformaron una moda y un estilo de vida transitorio en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Juárez Francisco. “Vida y pasión de los petiteros porteños. La Nación 1999.

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