El Buenos Aires que se fue

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Modas y costumbres

LAS PANTALLAS ABANICO

Durante la época veraniega, el empleo de una pantalla abanico era el medio habitual para combatir el calor.

Era tradicional que en las panaderías, almacenes, mercado, estaciones de servicio, etc. se obsequiaran pantallas muy rústicas, consistentes en un rectángulo de cartón delgado con un mango de madera. Eran útiles pero de vida corta.

Un diseño completamente distinto era el de las pantallas obsequiadas durante los bailes de Carnaval. Eran de cartón, con tres secciones, configurando una especie de botellón con las secciones superpuestas. Presionando los bordes inferiores, se desplazaban a lo ancho, desarrollando una pantalla que ocupaba muy poco espacio cuando estaba plegada, contribuyendo a superar la elevada temperatura ambiente.

La existencia de aire acondicionado era excepcional. La lucha contra el calor se realizaba con la ayuda de ventiladores, ya fueran de techo, con aspas muy grandes, comunes en cafés y bares, o los portátiles, que se podían encontrar en los locales públicos, cines, teatros y algunos domicilios.

Los mimbreros vendían unas pantallas muy sólidas, fabricadas con hojas de palmera; eran prácticas y durables. Dada su consistencia, podían lavarse prolongando su uso. Pero las pantallas abanico más delicadas, verdaderas obras de artesanía, eran las de tipo oriental.

Las regalaban en las tintorerías y en las casas de té. Con motivos orientales, se construían con una caña de bambú, que seccionada en delgadas tiras, constituían el armazón, tapizado con un papel de arroz donde se apreciaba la imagen acompañada con letras japonesas. Eran muy buenas, pero requerían cuidados para usarlas porque se dañaban fácilmente.

En las reuniones sociales, las damas empleaban un abanico, el producto más sofisticado para apantallarse. Las variedades eran múltiples y los costos en relación directa con la calidad de su fabricación y los adornos que portaban. El manejio del abanico se transformaba al abrirlo y cerrarlo en una prueba de destreza en manos ágiles.

Las pantallas abanico constituyeron una ayuda fundamental para combatir el calor a nivel social y doméstico en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres

LAS COSAS QUE SE FUERON Y EL TANGO (1)

El tango de la Guardia Vieja y el de la Guardia Nueva contaron historias que se nutrieron de temas y situaciones que han desaparecido.

Los poetas basaron sus argumentos en hechos de la vida cotidiana de esas épocas que hoy, ya no están vigentes. Una recorrida por los tangos nos remite al hallazgo de términos, costumbres, edificios y formas de vida que se nos antojan extraños pero que en su momento, fueron moneda corriente.

En “Corrientes y Esmeralda”, de Celedonio Flores y Francisco Pracánico dice:”El Odeón se manda la Real Academia,/ rebotando en tangos el viejo Pigalle, / y se juega el resto la doliente anemia / que espera el tranvía para su arrabal”.  El Odeón, fue un hermoso teatro ubicado en Esmeralda y Corrientes, demolido en 1991 y transformado en Playa de Estacionamiento. El tranvía, el popular y económico medio de locomoción desapareció en 1962.

En “El bulín de la calle Ayacucho”, de Celedonio flores y José y Luis Servidio, dice:” El Primus no me faltaba / con su carga de aguardiente / y habiendo agua caliente / el mate era allí señor.” El Primus fue un calentador de bronce, de origen sueco, alimentado a querosene y muy popular que sirvió de cocina y estufa en hogares de clase media y baja, durante casi medio siglo.

En “Leguisamo solo”, de Modesto Papávero dice:” Alzan las cintas…Parten los tungos / como saetas al viento veloz”. Eran tiempos donde los caballos no se colocaban en gateras para comenzar la carrera, sino detrás de unas cintas que, en el momento oportuno, se alzaban iniciando la carrera.

En “A media luz”, de Carlos Lenzi y Edgardo Donato dice:” No hay porteros ni vecinos;/ adentro cocktail y amor / Pisito que puso Maple, / piano, estera y velador”. La Casa Maple, era una mueblería lujosa ubicada en la calle Suipacha 658. Era famosa por la calidad de sus cortinados, alfombras, cristalería y muebles.

En “Mi noche triste”, de Pascual Contursi y Samuel Castriota dice:” Cuando voy a mi cotorro / y lo veo desarreglado, / todo triste, abandonado, / me dan ganas de llorar…”. Se llamaba cotorro a la habitación del individuo soltero, el lugar donde uno vive, Hoy el término ya no se emplea.

En “Ventanita de arrabal”, de Pascual Contursi y Antonio Scatasso, dice:”En el barrio Cafferata, / en un viejo conventillo,/ con los pisos de ladrillo, / minga de puerta cancel”. El barrio Cafferata fue el primer barrio de casas unifamiliares de 2 plantas, construido por la Comisión Nacional de Casas Baratas en 1921. Estaba ubicado en Parque Chacabuco y fue destinado para empleadios públicos, gracias a un crédito a 20 años, otorgado por el Banco Hipotecario.

En “Mala suerte” de Francisco Gorrindo y Francisco Lomuto dice:” Yo no puedo prometerte cambiar la vida que llevo,/ porque nací calavera y así me habré de morir”. Se llamaba calavera al individuo trasnochador de vida libertina, que vivía la noche con intensidad. Un tipo no confiable.

Enrique Cadícamo y Roberto E. Goyeneche escribieron “Pompas de jabón” que nos dice:” Hoy tus pocas primaveras / te hacen soñar en la vida, / y en la ronda pervertida / del nocturno jarangón“. El nocturno jarangón, era una diversión bulliciosa donde se toleraban actitudes inmorales.

Costumbres, hábitos, palabras de moda y elementos cotidianos registrados en los tangos que marcaron a una generación, en aquél Buenos Aires que se fue.

El tango, Modas y costumbres

COSTUMBRES Y SUPERSTICIONES DE LOS INMIGRANTES

La inmigración no solo trajo gente al país, sino también sus hábitos, costumbres y supersticiones.

Las primeras décadas del siglo XX se poblaron de creencias que sorprendieron nuestra infancia. La crianza de los hijos de inmigrantes se realizó dentro de estas características, absorbiendo todas las costumbres inherentes a cada grupo inmigratorio, muchas de las cuales han perdurado a través del tiempo y su evocación, siguen causando curiosidad.

Fue muy difundida la “protección” brindada por una pastilla de alcanfor, colocada dentro de una bolsita de género, que colgaba del cuello. Se le atribuían propiedades preventivas de las enfermedades respiratorias. Durante todo el invierno, vivíamos con esa bolsita con el alcanfor consumiéndose lentamente. Niños y adultos, “se beneficiaban” de sus propiedades exclusivas.

Las amenazas de padres y abuelos se centraban sobre la “víctima infantil” cuando se jugaba con astillas de madera encendidas porque se afirmaba que durante la noche, el niño se orinaba en la cama. Si algo así ocurría, con o sin fuego de por medio, un castigo corporal era el colofón.

El sarampión “brotaba” mejor, si se envolvía al niño con telas de color rojo, y se cubrían las ventanas con papel rojo. Los niños nacían en un repollo, o los traía una cigueña desde París. Pero los adultos también sucumbían a tradicionales costumbres para protegerse, como el hecho de evitar la mala suerte que sucedía cuando se barría la cocina de noche.

Las supersticiones referidas a la mala suerte impedían a muchas personas pasar por debajo de una escalera o embarcarse en día martes 13. En la búsqueda de la buena suerte, esas personas tocaban madera. Entre todas las creencias supersticiosas que hemos heredado preponderan las destinadas a protegernos del mal.

La herradura está considerada el más universal de los amuletos de la suerte, especialmente colgados sobre la puerta de entrada a la casa, ubicada con los extremos hacia arriba. Una de las supersticiones más extendidas sobre la mala suerte, es la rotura de un espejo, lo que anunciaba 7 años de mala suerte.

También sobre la mala suerte es el número 13, número de mal agüero, a tal punto que en los hoteles, no figura el piso 13; se pasa del 12 al 14 y algo similar ocurre en las líneas aéreas, donde esa fila no existe. Sentar 13 personas en una mesa era una aberración, porque uno de ellos moriría ese año.

Se señalaba que tener plumas de caburé en la casa, aumentaba el poder de seducción. Estas creencias y supersticiones, tuvieron fuerte vigencia en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://usuaris.tinet.cat/vue/supersticiones_1.htm

La inmigración, Modas y costumbres

LAS TARJETAS POSTALES

Las tarjetas postales constituyeron un medio de comunicación frecuente durante las primeras décadas del Siglo XX.

Eran rectangulares, de cartulina, con una dimensión de 9 x 14 centímetros; presentaban una ilustración, habitualmente una fotografía del lugar, en blanco y negro, o coloreada. El hecho de enviar una tarjeta postal ilustrada, constituía una referencia para informar brevemente, a un pariente o amigo, donde uno se encontraba y enviar un mensaje de salutación, generalmente optimista.

Se solían enviar sin sobre, colocando la estampilla en el dorso, aunque se compraban con un sobre adjunto. Esta modalidad, se empleaba por quienes deseaban mantener una mayor privacidad. En general, las tarjetas presentaban el reverso dividido en dos secciones: una para el texto y la otra para colocar la dirección y el franqueo.

Se las encontraba en los hoteles y en los quioscos de la zona visitada. La tarifa de franqueo era menor, cuando no se utilizaba el sobre. Las mejores tarjetas postales provenían de Europa, con una impresión perfecta.

La documentación brindada por estas excelentes fotografías, impresas por el sistema de fototipia, un procedimiento de reproducción y estampado de clisés fotográficos, presentaban temas muy variables; deportes, modas, costumbres, edificios, paisajes y parejas en actitudes románticas.

Las tarjetas impresas en Argentina, aparecieron con ilustraciones en 1896. A comienzo del Siglo XX, aparecieron las primeras imágenes coloreadas. Estuvieron de apogeo hasta 1930, dejando testimonios imperecederos de edificios, sitios de veraneo, aspectos políticos o religiosos. En muchas oportunidades, fueron el único testimonio gráfico de un sitio y momento determinado.

A comienzos del Siglo XX, fueron muy empleadas como mensajes de amor, incorporando fragmentos de poesías aluisivas. Un hecho común, era el envío de postales desde un sitio de veraneo, a los familiares y amigos. Esta modalidad perduró hasta la mitad del Siglo XX.

Las tarjetas postales se han constituido en un reflejo documental, histórico y social que evocó la nostalgia de ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social, Modas y costumbres

AQUELLAS FRASES QUE ESTUVIERON DE MODA

“¿Qué le dijo?”, era el comienzo de una serie de preguntas y respuestas que alcanzaron enorme popularidad en la década del 40.

“¿Qué le dijo el fósforo al cigarrillo? -Por vos, pierdo la cabeza”. Se publicaron en un rústico librito que contenía todo tipo de preguntas, aplicables a múltiples situaciones del diario vivir.

“Calor eh, tiempo loco y no refresca”, fue un dicho que se popularizó rápidamente. Se utilizaba pra iniciar una conversación con una persona desconocida, intentando un acercamiento. Ser “un churro bárbaro”, era aplicable a ambos sexos para referirse a la belleza de la persona, su atracción y su buena presencia. En forma nada sutil, solía agregarse cuando se trataba del sexo femenino la expresión :”Nena ¿que comés, bulones?. Eran expresiones callejeras.

Si alguien no conocía el tema del cual se hablaba, se le decía “que no estaba en la pomada”. Cuando alguien cortejaba a una chica se decía que “le arrastraba el ala”, en alusión al juego amatorio del gallo. Si la chica rechazaba esa propuesta, “le colgaba la galleta”, o se le recomendaba al varón que abandonara sus intentos diciéndole “perro, largá ese hueso”. Si en cambio aparecía un rival que era aceptado por ella, se decía que éste “le había pateado el nido”.

Las medias femeninas de calidad, eran caras. Eran habituales los enganches provocando “la corrida de un punto”. Esta dificultad originó el trabajo de reparación anunciado como :”se levantan puntos de media”, servicio al que se acudía frecuentemente. Pero en ciertas ocasiones, no se colocaba “de medias” y la expresión “se levantan puntos”, era un anuncio prostibulario, expresiones idiomáticas que originaron más de un entrevero.

Tuvo bastante vigencia la expresión “hacete hervir y tomate el caldo”, como actitud de rechazo ante una situación u opinión indecuada. Si alguien se ubicaba en un trabajo oportuno o se beneficiaba de una disposición, ésto “le venía como anillo al dedo”.

Hay expresiones y palabras que han desaparecido completamente del vocabulario porteño como “pastenaca” o “paparulo”, para llamar a alguien tonto. En cambio, otras que también se empleabn para decir lo mismo, hoy forman parte del hablar diario, ¿no es cierto bolu…?

La educación, Modas y costumbres

LA YAPA

La “yapa” era un regalo que el vendedor le hacía al comprador.

Eran épocas en las que la mayoría de los alimentos se vendían sueltos. En los almacenes, los alimentos como los fideos, las legumbres, el azúcar en terrones o molida, estaban contenidos en grandes cajones de madera que en el frente, disponían de un compatimiento estrecho, cubierto por un vidrio transparente, que permitía observar el aspecto de cada producto.

Una pala metálica construida con una lata de duraznos, era el medio empleado para cargar el producto sobre un papel blanco colocado sobre uno de los platos de la balanza, mientras el otro soportaba las pesas correspondientes a esa compra, que se equilibraba con el producto solicitado. Una vez alcanzado el peso, el almacenero agregaba un poquito más, “la yapa”. O un niño pedía “la yapa” y recibía un caramelo

Así ocurría cuando el lechero llegaba diariamente al domicilio. Una vez cargada la cantidad de leche solicitada, agregaba un chorrito adicional de leche diciendo:”y esto va de yapa”. En la carnicería, generalmente la atención era compartida con la esposa del carnicero, quien se ocupaba de la venta de verduras y frutas.

El carnicero proporcionaba como “yapa” el bofe (1) para el gato, el corazón o un hueso, para el perro. Era habitual que el comprador solicitara en calidad de “yapa” la verdurita, compuesta por perejil, puerro, cebolla de verdeo, apio, una zanahoria y un trozo de zapallo, para prepara la sopa.

El cliente, compraba la carne y luego, al comprar las verduras, conversaba con la vendedora sobre diversos temas cotidianos, estableciendo un vínculo como vecino, que se consolidaba con la famosa “yapa”, un verdadero reconocimiento a ese cliente fiel, que día tras día, recurría a los proveedores del barrio, integrando una gran familia que conocía mucho del otro, con el que interactuaba.

Y así fue hasta la mitad del Siglo XX, cuando comenzaron a aparecer los grandes locales de venta llamados supermercados, en donde todos los alimentos estaban envasados y donde hablar con el vendedor, ya no era necesario o imposible. La “yapa” fue una muestra de gentileza y reconocimiento del vendedor para su cliente, institucionalizada en almacenes, mercados y carnicerías de ese Buenos Aires que se fue.

(1).- Pulmón

El barrio, Modas y costumbres, Pequeños locales comerciales

LAS VELITAS LEPETIT

Las velitas “Lepetit” nos acompañaron diariamente en nuestra infancia.

Blancas, con una minibase metálica, se vendían en una caja de doce unidades. Se encendían por la noche, a la hora de acostarnos para el descanso nocturno. Cumplía la función de brindar una mínima iluminación que permitiera a nuestros padres, asistirnos en caso de cualquier imprevisto: sustos, temores infundados, demanda de la presencia de la madre, es decir, todos aquellas manifestaciones para solicitar apoyo o acompañamiento,para disipar los temores nocturnos.

No se encendía la luz eléctrica. La idea era no molestar a nadie en las horas de reposo. Cuando estábamos enfermos, era de gran ayuda cuando debíamos beber una cucharada de jarabe para la tos, o cubrirnos cuando nos destapábamos en las noches de frío.

Foto: Archivo del autor

No había calefacción, y no se usaban los mortíferos braseros a carbón. Nuestros padres estaban pendientes de que no estuviéramos expuestos al frío. Los enfriamientos facilitaban las temibles enfermedades respiratorias, en la época que la tuberculosis diezmaba jóvenes.

Se vivía en casa de inquilinato, era lo habitual, y la palabra “confort” casi no se pronunciaba. Mientras algunos médicos apoyaban el uso nocturno de las velitas, otros se oponían, señalando que perturbaban el crecimiento y formación del niño. El empleo de velitas a la hora de acostarse, fue una costumbre difundida en ese Buenos Aires que se fue.

La casa, Modas y costumbres

LA GOMINA BRANCATO

La “Gomina Brancato” era un fijador para el cabello.

Los peinados a la gomina eran un patrimonio masculino, que tuvo su máximo exponente en Carlos Gardel. La gomina tenía el aspecto de una gelatina espesa, ligeramente perfumada, con la quese embadurnaba la cabeza, a fin de lograr una peinada “ganadora”.

El cabello quedaba endurecido, pero una vez que se secaba completamente, se cubría de una capa de polvo blanquecino, similar a la caspa. No era estético. La peinada “a la gomina”, estaba presente en todas las milongas, donde el tango era rey y señor.

La “Gomina Brancato” se presentaba en un envase de vidrio, pequeño, el de uso habitual, a un costo de 30 centavos; y uno muy grande, que usaba el peluquero. Lo veíamos en la peluqiuería, cuando el peluquero introducía el peine y extraía una cantidad suficiente para peinar a dos clientes.

Foto: Sentir el tango. Ed. Altaya, Nº 31. 1998

Cuando no se disponía de los 30 centavos, por 10 centavos comprábamos en la farmacia un sobre de goma tragacanto, que disolvíamos en una cantidad suficiente de agua para obtener un preparado similar a la Gomina Brancato, pero incoloro, ya que la gomina tenía color rosado y sin perfume. Todo para lograr un mismo resultado, pero más barato.

La “Gomina Brancato” fue elaborada y comercializada por el farmacéutico José Antonio Brancato en el año 1914. Reemplazó al uso de aceite o jabón para lograr peinadas impecables, en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres

LA VÍBORA JUANITA

Una valija marrón, un caballete, una tabla y una víbora dentro de una valija.

El vendedor decía que por excedente de stock, la casa xx tenía en promoción el extraordinario pela papas por la módica suma de 50 centavos.

Se formaba una ronda de curiosos alrededor de la valija, cuando el vendedor tomaba a la víbora, una culebra inofensiva, que veía así interrumpido su descanso. El charlatan le hablaba a Juanita y le explicaba lo que iba a realizar ante la concurrencia. Se la colocaba alrededor del cuello, le rascaba la cabeza cariñosamente, la besaba, se paraba delante los curiosos y finalmente le decía: “Bueno Juanita, ahora tengo que trabajar. Te dejo en la valija así, mientras descansás, yo hablo con la gente.

Y acto seguido, colocaba a Juanita en la valija, que dejaba abierta en el suelo, delante de la mesa en donde  haría la demostración de las virtudes del producto de ese momento. “Futis, latis, viboratis, que estas en la valijatis”. Con estas palabras en un seudo latin, el charlatan iniciaba el operativo embrollo.

Convencer sobre las virtudes del nuevo y sensacional pelapapas. Pero ¿ de que se trataba?. Era un trozo de alambre , enroscado en los dos extremos. Se colocaba sobre el filo del cuchillo y permitía, a veces, cortar rodajas de papa, similares entre sí. Todo este operativo, se realizaba a la vista del público, sin olvidar las continuas advertencias referidas a la víbora, que reposaba dentro de la valija.

Por cortesía de la casa XX, y ante un excedente de producción, tengo el agrado de ofrecerles en esta ocasión, el famoso pela papas de rápida instalación y fácil uso, con el que podrá elaborar las más exquisitas papas fritas o para coctel. Una vez promovido, se acercaba a los mirones y les mostraba el pelapapas, pero no lo entregaba.

La entrega ocurría posteriormente, contra el pago de los 50 centavos solicitados. Compramos el artículo; era un trozo de alambre que al ser usado en 2 o 3 oportunidades se oxidaba rápidamente y se desechaba. Como la gente se acercaba a la valija para ver a la culebra más de cerca, era común que el charlatán dijera: “¡Por favor señores, no me pisen la víbora!”.  Eran víboras y charlatanes de ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad, Modas y costumbres, Personajes de la ciudad

Dr. PÍO DEL RÍO HORTEGA

La Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, motivaron la llegada al país de distinguidísimos representantes de las ciencias, el arte y la cultura que no siempre, fueron bien recibidos o aceptados para establecerse en Buenos Aires.

Un ejemplo de ello fue el doctor Pío del Río Hortega, uno de los grandes maestros de la histopatología (estudio de los tejidos enfermos) y de la neurohistología (estudio de los tejidos del sistema nervioso) del Siglo XX.

Nació en Portillo, España, el 5 de Mayo de 1882. Se recibió de médico en 1908 y se perfeccionó en Francia, Alemania e Inglaterra, en la especialidad de neurohistología. En 1925 dictó en Buenos Aires, una serie de conferencias y clases prácticas. En 1929, fue propuesto al Premio Nóbel de Medicina. En 1932 fue Director del Instituto de Oncología de Madrid. En 1934, fue nuevamente candidato al Premio Nóbel de medicina.

Iniciada la Guerra Civil salió del país, llegando primero a Francia y luego a Oxford, Inglaterra, actuando en la Sección de Neurohistología del Servicio de Neurocirugía de Hugh Cairns. En este sitio conoció a su futuro discípulo, el anatomopatólogo argentino Moisés Polak. En 1940, la Institución Cultural Española lo contrató para dictar en Buenos Aires, un curso teórico práctico de histología.

A su llegada a Buenos Aires, ningún profesor, titular o suplente, estaba para recibirlo. Se lo consideraba “un rojo republicano”. Desarrolló sus tareas durante 3 meses en el Instituto de Anatomía Patológica de la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Finalizado su contrato, sólo encontró indiferencia ante los dirigentes de la Facultad de Medicina.

Entonces, nuevamente la Institución Cultural Española comprendió lo que ganaría la ciencia de nuestro país con la permanencia del maestro español, poniendo a su disposiciónun un local y el dinero necesario para montar un laboratorio sencillo donde pudiera vivir y continuar su tarea de investigación y enseñanza.

Fundó y dirigió la revista “Archivos de Histología Normal y patológica”, donde publicaba los trabajos científicos realizados en su laboratorio. En 1943 fue designado Profesor Extraordinario de Embriología e Histología, en la Facultad de Medicina de La Plata. Falleció en Buenos Aires el 1º de Junio de 1945.

Su vida errática en el exilio y la discriminación ideológica que padeció, no debilitaron la vocación de servicio de este educador, investigador y formador de discípulos, que tanto benefició a los médicos argentinos que alcanzaron un nivel de excelencia, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Panzeri de Rosell, Roxana.-”Pío del Río Hortega en Buenos Aires. A 120 años de su nacimiento”

Médicos y Medicinas en la Historia. Vol 1, Nº 4. Noviembre de 2002

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