El Buenos Aires que se fue

Blog en Monografias.com

 

Modas y costumbres

LAS TARJETAS POSTALES

Las tarjetas postales constituyeron un medio de comunicación frecuente durante las primeras décadas del Siglo XX.

Eran rectangulares, de cartulina, con una dimensión de 9 x 14 centímetros; presentaban una ilustración, habitualmente una fotografía del lugar, en blanco y negro, o coloreada. El hecho de enviar una tarjeta postal ilustrada, constituía una referencia para informar brevemente, a un pariente o amigo, donde uno se encontraba y enviar un mensaje de salutación, generalmente optimista.

Se solían enviar sin sobre, colocando la estampilla en el dorso, aunque se compraban con un sobre adjunto. Esta modalidad, se empleaba por quienes deseaban mantener una mayor privacidad. En general, las tarjetas presentaban el reverso dividido en dos secciones: una para el texto y la otra para colocar la dirección y el franqueo.

Se las encontraba en los hoteles y en los quioscos de la zona visitada. La tarifa de franqueo era menor, cuando no se utilizaba el sobre. Las mejores tarjetas postales provenían de Europa, con una impresión perfecta.

La documentación brindada por estas excelentes fotografías, impresas por el sistema de fototipia, un procedimiento de reproducción y estampado de clisés fotográficos, presentaban temas muy variables; deportes, modas, costumbres, edificios, paisajes y parejas en actitudes románticas.

Las tarjetas impresas en Argentina, aparecieron con ilustraciones en 1896. A comienzo del Siglo XX, aparecieron las primeras imágenes coloreadas. Estuvieron de apogeo hasta 1930, dejando testimonios imperecederos de edificios, sitios de veraneo, aspectos políticos o religiosos. En muchas oportunidades, fueron el único testimonio gráfico de un sitio y momento determinado.

A comienzos del Siglo XX, fueron muy empleadas como mensajes de amor, incorporando fragmentos de poesías aluisivas. Un hecho común, era el envío de postales desde un sitio de veraneo, a los familiares y amigos. Esta modalidad perduró hasta la mitad del Siglo XX.

Las tarjetas postales se han constituido en un reflejo documental, histórico y social que evocó la nostalgia de ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social, Modas y costumbres

AQUELLAS FRASES QUE ESTUVIERON DE MODA

“¿Qué le dijo?”, era el comienzo de una serie de preguntas y respuestas que alcanzaron enorme popularidad en la década del 40.

“¿Qué le dijo el fósforo al cigarrillo? -Por vos, pierdo la cabeza”. Se publicaron en un rústico librito que contenía todo tipo de preguntas, aplicables a múltiples situaciones del diario vivir.

“Calor eh, tiempo loco y no refresca”, fue un dicho que se popularizó rápidamente. Se utilizaba pra iniciar una conversación con una persona desconocida, intentando un acercamiento. Ser “un churro bárbaro”, era aplicable a ambos sexos para referirse a la belleza de la persona, su atracción y su buena presencia. En forma nada sutil, solía agregarse cuando se trataba del sexo femenino la expresión :”Nena ¿que comés, bulones?. Eran expresiones callejeras.

Si alguien no conocía el tema del cual se hablaba, se le decía “que no estaba en la pomada”. Cuando alguien cortejaba a una chica se decía que “le arrastraba el ala”, en alusión al juego amatorio del gallo. Si la chica rechazaba esa propuesta, “le colgaba la galleta”, o se le recomendaba al varón que abandonara sus intentos diciéndole “perro, largá ese hueso”. Si en cambio aparecía un rival que era aceptado por ella, se decía que éste “le había pateado el nido”.

Las medias femeninas de calidad, eran caras. Eran habituales los enganches provocando “la corrida de un punto”. Esta dificultad originó el trabajo de reparación anunciado como :”se levantan puntos de media”, servicio al que se acudía frecuentemente. Pero en ciertas ocasiones, no se colocaba “de medias” y la expresión “se levantan puntos”, era un anuncio prostibulario, expresiones idiomáticas que originaron más de un entrevero.

Tuvo bastante vigencia la expresión “hacete hervir y tomate el caldo”, como actitud de rechazo ante una situación u opinión indecuada. Si alguien se ubicaba en un trabajo oportuno o se beneficiaba de una disposición, ésto “le venía como anillo al dedo”.

Hay expresiones y palabras que han desaparecido completamente del vocabulario porteño como “pastenaca” o “paparulo”, para llamar a alguien tonto. En cambio, otras que también se empleabn para decir lo mismo, hoy forman parte del hablar diario, ¿no es cierto bolu…?

La educación, Modas y costumbres

LA YAPA

La “yapa” era un regalo que el vendedor le hacía al comprador.

Eran épocas en las que la mayoría de los alimentos se vendían sueltos. En los almacenes, los alimentos como los fideos, las legumbres, el azúcar en terrones o molida, estaban contenidos en grandes cajones de madera que en el frente, disponían de un compatimiento estrecho, cubierto por un vidrio transparente, que permitía observar el aspecto de cada producto.

Una pala metálica construida con una lata de duraznos, era el medio empleado para cargar el producto sobre un papel blanco colocado sobre uno de los platos de la balanza, mientras el otro soportaba las pesas correspondientes a esa compra, que se equilibraba con el producto solicitado. Una vez alcanzado el peso, el almacenero agregaba un poquito más, “la yapa”. O un niño pedía “la yapa” y recibía un caramelo

Así ocurría cuando el lechero llegaba diariamente al domicilio. Una vez cargada la cantidad de leche solicitada, agregaba un chorrito adicional de leche diciendo:”y esto va de yapa”. En la carnicería, generalmente la atención era compartida con la esposa del carnicero, quien se ocupaba de la venta de verduras y frutas.

El carnicero proporcionaba como “yapa” el bofe (1) para el gato, el corazón o un hueso, para el perro. Era habitual que el comprador solicitara en calidad de “yapa” la verdurita, compuesta por perejil, puerro, cebolla de verdeo, apio, una zanahoria y un trozo de zapallo, para prepara la sopa.

El cliente, compraba la carne y luego, al comprar las verduras, conversaba con la vendedora sobre diversos temas cotidianos, estableciendo un vínculo como vecino, que se consolidaba con la famosa “yapa”, un verdadero reconocimiento a ese cliente fiel, que día tras día, recurría a los proveedores del barrio, integrando una gran familia que conocía mucho del otro, con el que interactuaba.

Y así fue hasta la mitad del Siglo XX, cuando comenzaron a aparecer los grandes locales de venta llamados supermercados, en donde todos los alimentos estaban envasados y donde hablar con el vendedor, ya no era necesario o imposible. La “yapa” fue una muestra de gentileza y reconocimiento del vendedor para su cliente, institucionalizada en almacenes, mercados y carnicerías de ese Buenos Aires que se fue.

(1).- Pulmón

El barrio, Modas y costumbres, Pequeños locales comerciales

LAS VELITAS LEPETIT

Las velitas “Lepetit” nos acompañaron diariamente en nuestra infancia.

Blancas, con una minibase metálica, se vendían en una caja de doce unidades. Se encendían por la noche, a la hora de acostarnos para el descanso nocturno. Cumplía la función de brindar una mínima iluminación que permitiera a nuestros padres, asistirnos en caso de cualquier imprevisto: sustos, temores infundados, demanda de la presencia de la madre, es decir, todos aquellas manifestaciones para solicitar apoyo o acompañamiento,para disipar los temores nocturnos.

No se encendía la luz eléctrica. La idea era no molestar a nadie en las horas de reposo. Cuando estábamos enfermos, era de gran ayuda cuando debíamos beber una cucharada de jarabe para la tos, o cubrirnos cuando nos destapábamos en las noches de frío.

Foto: Archivo del autor

No había calefacción, y no se usaban los mortíferos braseros a carbón. Nuestros padres estaban pendientes de que no estuviéramos expuestos al frío. Los enfriamientos facilitaban las temibles enfermedades respiratorias, en la época que la tuberculosis diezmaba jóvenes.

Se vivía en casa de inquilinato, era lo habitual, y la palabra “confort” casi no se pronunciaba. Mientras algunos médicos apoyaban el uso nocturno de las velitas, otros se oponían, señalando que perturbaban el crecimiento y formación del niño. El empleo de velitas a la hora de acostarse, fue una costumbre difundida en ese Buenos Aires que se fue.

La casa, Modas y costumbres

LA GOMINA BRANCATO

La “Gomina Brancato” era un fijador para el cabello.

Los peinados a la gomina eran un patrimonio masculino, que tuvo su máximo exponente en Carlos Gardel. La gomina tenía el aspecto de una gelatina espesa, ligeramente perfumada, con la quese embadurnaba la cabeza, a fin de lograr una peinada “ganadora”.

El cabello quedaba endurecido, pero una vez que se secaba completamente, se cubría de una capa de polvo blanquecino, similar a la caspa. No era estético. La peinada “a la gomina”, estaba presente en todas las milongas, donde el tango era rey y señor.

La “Gomina Brancato” se presentaba en un envase de vidrio, pequeño, el de uso habitual, a un costo de 30 centavos; y uno muy grande, que usaba el peluquero. Lo veíamos en la peluqiuería, cuando el peluquero introducía el peine y extraía una cantidad suficiente para peinar a dos clientes.

Foto: Sentir el tango. Ed. Altaya, Nº 31. 1998

Cuando no se disponía de los 30 centavos, por 10 centavos comprábamos en la farmacia un sobre de goma tragacanto, que disolvíamos en una cantidad suficiente de agua para obtener un preparado similar a la Gomina Brancato, pero incoloro, ya que la gomina tenía color rosado y sin perfume. Todo para lograr un mismo resultado, pero más barato.

La “Gomina Brancato” fue elaborada y comercializada por el farmacéutico José Antonio Brancato en el año 1914. Reemplazó al uso de aceite o jabón para lograr peinadas impecables, en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres

LA VÍBORA JUANITA

Una valija marrón, un caballete, una tabla y una víbora dentro de una valija.

El vendedor decía que por excedente de stock, la casa xx tenía en promoción el extraordinario pela papas por la módica suma de 50 centavos.

Se formaba una ronda de curiosos alrededor de la valija, cuando el vendedor tomaba a la víbora, una culebra inofensiva, que veía así interrumpido su descanso. El charlatan le hablaba a Juanita y le explicaba lo que iba a realizar ante la concurrencia. Se la colocaba alrededor del cuello, le rascaba la cabeza cariñosamente, la besaba, se paraba delante los curiosos y finalmente le decía: “Bueno Juanita, ahora tengo que trabajar. Te dejo en la valija así, mientras descansás, yo hablo con la gente.

Y acto seguido, colocaba a Juanita en la valija, que dejaba abierta en el suelo, delante de la mesa en donde  haría la demostración de las virtudes del producto de ese momento. “Futis, latis, viboratis, que estas en la valijatis”. Con estas palabras en un seudo latin, el charlatan iniciaba el operativo embrollo.

Convencer sobre las virtudes del nuevo y sensacional pelapapas. Pero ¿ de que se trataba?. Era un trozo de alambre , enroscado en los dos extremos. Se colocaba sobre el filo del cuchillo y permitía, a veces, cortar rodajas de papa, similares entre sí. Todo este operativo, se realizaba a la vista del público, sin olvidar las continuas advertencias referidas a la víbora, que reposaba dentro de la valija.

Por cortesía de la casa XX, y ante un excedente de producción, tengo el agrado de ofrecerles en esta ocasión, el famoso pela papas de rápida instalación y fácil uso, con el que podrá elaborar las más exquisitas papas fritas o para coctel. Una vez promovido, se acercaba a los mirones y les mostraba el pelapapas, pero no lo entregaba.

La entrega ocurría posteriormente, contra el pago de los 50 centavos solicitados. Compramos el artículo; era un trozo de alambre que al ser usado en 2 o 3 oportunidades se oxidaba rápidamente y se desechaba. Como la gente se acercaba a la valija para ver a la culebra más de cerca, era común que el charlatán dijera: “¡Por favor señores, no me pisen la víbora!”.  Eran víboras y charlatanes de ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad, Modas y costumbres, Personajes de la ciudad

Dr. PÍO DEL RÍO HORTEGA

La Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, motivaron la llegada al país de distinguidísimos representantes de las ciencias, el arte y la cultura que no siempre, fueron bien recibidos o aceptados para establecerse en Buenos Aires.

Un ejemplo de ello fue el doctor Pío del Río Hortega, uno de los grandes maestros de la histopatología (estudio de los tejidos enfermos) y de la neurohistología (estudio de los tejidos del sistema nervioso) del Siglo XX.

Nació en Portillo, España, el 5 de Mayo de 1882. Se recibió de médico en 1908 y se perfeccionó en Francia, Alemania e Inglaterra, en la especialidad de neurohistología. En 1925 dictó en Buenos Aires, una serie de conferencias y clases prácticas. En 1929, fue propuesto al Premio Nóbel de Medicina. En 1932 fue Director del Instituto de Oncología de Madrid. En 1934, fue nuevamente candidato al Premio Nóbel de medicina.

Iniciada la Guerra Civil salió del país, llegando primero a Francia y luego a Oxford, Inglaterra, actuando en la Sección de Neurohistología del Servicio de Neurocirugía de Hugh Cairns. En este sitio conoció a su futuro discípulo, el anatomopatólogo argentino Moisés Polak. En 1940, la Institución Cultural Española lo contrató para dictar en Buenos Aires, un curso teórico práctico de histología.

A su llegada a Buenos Aires, ningún profesor, titular o suplente, estaba para recibirlo. Se lo consideraba “un rojo republicano”. Desarrolló sus tareas durante 3 meses en el Instituto de Anatomía Patológica de la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Finalizado su contrato, sólo encontró indiferencia ante los dirigentes de la Facultad de Medicina.

Entonces, nuevamente la Institución Cultural Española comprendió lo que ganaría la ciencia de nuestro país con la permanencia del maestro español, poniendo a su disposiciónun un local y el dinero necesario para montar un laboratorio sencillo donde pudiera vivir y continuar su tarea de investigación y enseñanza.

Fundó y dirigió la revista “Archivos de Histología Normal y patológica”, donde publicaba los trabajos científicos realizados en su laboratorio. En 1943 fue designado Profesor Extraordinario de Embriología e Histología, en la Facultad de Medicina de La Plata. Falleció en Buenos Aires el 1º de Junio de 1945.

Su vida errática en el exilio y la discriminación ideológica que padeció, no debilitaron la vocación de servicio de este educador, investigador y formador de discípulos, que tanto benefició a los médicos argentinos que alcanzaron un nivel de excelencia, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Panzeri de Rosell, Roxana.-”Pío del Río Hortega en Buenos Aires. A 120 años de su nacimiento”

Médicos y Medicinas en la Historia. Vol 1, Nº 4. Noviembre de 2002

La inmigración, Modas y costumbres, Realidades argentinas, Reuniones sociales

PHOTOMATON

“Photomaton” era una organización que explotaba cabinas automáticas para fotos de carnet de identidad.

Su origen fue en la ciudad de París, en 1912. En la década del 30 llegaba a Buenos Aires. Su indicación era la foto carnet de 4 x 4, sobre fondo blanco. Este sistema se desarrollaba en una cabina con una máquina fotográfica automática que se activaba colocando monedas o cospeles, adquiridos en las cercanías.

Disponía de un asiento o taburete giratorio, que permitía modificar la altura fácilmente. A la altura de la cabeza, un fondo blanco u oscuro, que se obtenía ubicando una cortinita, antes de comenzar las fotografías. Cada sesión constaba de 4 fotos diferentes, es decir, 4 exposiciones consecutivas, que permitía el cambio de posición y / o de expresión.

El flash se encendía a intervalos regulares, por lo que el tiempo para cada toma, era reducido. Se obtenían 4 fotos, generalmente sobreexpuestas, en blanco y negro. No podían ser retocadas ni modificadas, por la calidad muy especial del papel. Las fotos seguían un proceso de autorevelado, de 4 minutos de duración, y de secado más prolongado, antes de ser depositadas en un receptáculo adosado a una de las paredes de la cabina.

El uso habitual era para fotocarnet, y siempre, eran motivo de bromas y cargadas, por el aspecto tan desfavorecido que teníamos. Eran excepcionales las fotos favorables, salvo las que se usaban como muestras de promoción. Pero Photomaton fue el sistema salvador, a la hora de obtener fotos carnet en pocos minurtos, en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres, Pequeños locales comerciales, Realidades argentinas

LAS ALPARGATAS

La alpargata es un calzado de lona con suela de yute, basado en la sandalia egipcia.

Integró la vestimenta típica de la mayoría de los españoles que llegaron al país con los contingentes inmigratorios. Tuvieron mucha aceptación entre los paisanos, que las usaban en color blanco o negro, con la bombacha del gaucho rioplatense. Se calzaban directamente, cada vez con mayor facilidad, y eran livianas, cómodas y frescas.

En la capellada se incorporaba un triángulo de tejido elástico, que facilitaba su calzado. Fueron muy populares y las utilizaron muchos vendedores ambulantes. Integraban la vestimenta de todos los lecheros, que incluso la usaban junto con sus bombachas abrochadas sobre los tobillos. Los trabajadores rurales la usaron en sus largas jornadas.

Los canillitas y los pibes las usábamos frecuentemente, especilmente para jugar con la pelota de trapo o de goma. En los partidos de potrero, no era raro observsr una alpargata volando, cuando se pateaba un tiro libre, o usada para correr a alguien y pegarle donde fuera posible.

A medida que se avanzaba en su uso,  aparecían “bigotes” en la punta, que cortábamos con una tijera. Pero esos “bigotes” se formaban a expensas de la rotura y desaparición de la suela de la punta del pié, por lo que poco a poco, los dedos iban apoyándose en el suelo, cada vez más. La situación culminaba cuando se pisaba un charco de agua; había llegado el momento de reemplazarlas por un par nuevo. Costaba 60 centavos.

Era un calzado barato y popular, siempre promocionado en los “Almanaques Alpargatas” publicados por la Fábrica Argentina de Alpargatas, con famosas ilustraciones con escenas del campo, a cargo de Florencio Molina Campos, o de Luis J. Medrano mostrando aspectos típicos de la fauna porteña. Los carreros usaron alpargatas bordadas con vivos colores, que caracterizaron a los distintos gruipos de chatas  que pululaban por las calles de aquel Buenos Aires que se fue.

La inmigración, Modas y costumbres, Realidades argentinas

MENTIRAS DEL 900

Foto: Caras y Caretas, Nº 323. 1904

Buenos Aires, primeras décadas del Siglo XX. Una masajista facial anunciaba un tratamiento especial, científicamente aplicado para extirpar o borrar las arrugas y que aflojaba la piel.

Se combinaba con una crema de almendras señalando que “con su uso y los masajes que yo enseño gratis, personalmente y por carta a toda persona compradora de la crema, desaparecen las arrugas”. En esa publicidad, la masajista aseguraba: “Todos mis específicos están analizados y aprobada su venta por el Departamento Nacional de Higiene de Buenos Aires. Sólo se venden en mi consultorio. Las consultas no se pagan”.

En aquella época, la tuberculosis era la enfermedad dominante y se cobraba muchas vidas sin importar la edad. Eso motivó la aparición de innumerables anuncios de medicamentos tales como la Emulsión de Scott, que prometía curar “tos, catarros, resfríos, bronquitis, tisis, asma, anemia y escrófula”.

En los comienzos del invierno, se recomendaba el uso de la Solución Dufour. “Si usted nota que su tos se está volviendo crónica, que su respiración se está haciendo más corta y difícil, es prueba de que el mal se está arraigando, pudiendo con el frío y la humedad producirse luego complicaciones mucho más graves y hasta la temible tuberculosis. Para librarse rápidamente, tome un frasco o dos. Es el gran específico de todas las enfermedades pulmonares, destructor de los microbios de la pulmonía y vivificante de los órganos respiratorios”.

Otro ejemplo, eran los Polvos Antiepilépticos del Dr. Monti, que supuestamente hacían desaparecer los ataques para siempre. Para avalar el producto, se mencionaba la opinión de “renombrados especialistas internacionales”, habitualmente de Europa, como el Dr. Gino Maiorfi, del Manicomio de San Nicolás, Siena. “He usado y uso los Polvos antiepilépticos del Dr. Monti, en muchachos y adultos que sufren epilepsia, consiguiendo mejorarlos en cuanto se relaciona con la inteligencia. En varios, los ataques epilépticos cesaron por completo”, contaba el Dr. Maiorfi.

También abundaban los reconstituyentes generales “que curaban todo”. Uno de estos era el Aceite Medicinal Sasso, tónico reconstituyente sin igual para combatir anemia, convalescencia, neurastenia, desarrollo, edad crítica, clorosis, insomnio, dispepsia, gastralgia, debilidad e inapetencia. Es el mejor preventivo de las enfermedades y aumenta la resistencia del organismo. Pídase en las buenas droguerías y farmacias”.

El tratamiento de la gota era uno de los desafíos de la época. El anuncio de una medicación útil era la venta segura, así se hablaba del Específico Bejean: “Ningún remedio conocido hasta hoy ha obtenido tanto éxito, en Francia ni en el extranjero, como el Específico Bejean. Es el más poderoso preventivo y curativo de la gota y de todas las afecciones reumatismales, agudas o crónicas; 48 horas bastan para apaciguar los accesos más violentos sin temor de trasladar el mal”.

Los resfríos desaparecían inhalando Vapo-Cresolene, “un remedio eficaz a base de evaporación, que al aspirarlo pasaba por los conductos respiratorios afectados aliviándolos al momento”. Estos anuncios se presentaban en las tres primeras décadas del Siglo XX, explotando la credibilidad humana, en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: Araujo, Carlos E. Profesión Salud, pag.18-19. 2000

Modas y costumbres, Realidades argentinas

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda