El Buenos Aires que se fue

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Modas y costumbres

EL VASO SONRIENTE

Durante mi niñez, los fines de semana iba con mis padres a visitar a mis abuelos paternos.

Ancianos mayores de 80 años, vivían en compañía de tres hijos solteros, que los acompañaron hasta el final de sus días. El varón, fumador de cigarritos negros, realizaba las cobranzas de los asociados del Hospital Español.

De las dos tías restantes, la mayor había pasado la mayor parte de su vida criando hijos ajenos, poniendo de manifiesto su gran bondad y una rígida disciplina. La menor, había padecido de muy pequeña una otoesclerosis, que la privó de la audición transformándola en sordomuda. Una rigurosa educación en una institución espcializada, le permitió leer los labios a gran velocidad, y hablar con un sonido gutural, sin variaciones, que le permitieron comunicarse perfectamente con todos.

Yo tendría 6 años cuando una tarde, mientras mis abuelos dormían la siesta, me llamó la atención que en cada mesa de luz, había un vaso con agua, conteniendo dos dentaduras completas, superior e inferior. No conocía las dentaduras postizas, eran las viejas dentaduras de caucho, que mis dos abuelos usaban desde mucho tiempo atrás.

Quedé impresionado por el aspecto que presentaban dentro del vaso, por lo que solicité una explicación a mi tía, la mayor. Siempre recuerdo la respuesta en medio de una carcajada, señalándome que era un vaso que reía, donde colocaban las dentaduras por razones de higiene. Así conocí las viejas dentaduras de caucho, en ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La infancia, Modas y costumbres

HORACE LANNES, DISEÑADOR DE VESTUARIO

Cuando cursaba el 4º año en el colegio nacional, uno de mis compañeros era Horace Lannes.

Delgado y rubio, era un alumno discreto pero con una gran habilidad para el dibujo específico de figurines de la moda. Era muy llamativo ver con que seguridad y velocidad los realizaba. Habitualmente en un cuaderno pero también sobre el pizarrón extendido de pared a pared.

Casi a diario, podíamos observar como al comienzo de una clase, se acercaba al pizarrón y vertiginosamente dibujaba alguna de sus creaciones. Solía dividirlo en varios rectángulos verticales y llenaba cada uno de ellos, con una creación diferente.

Su habilidad sobre el tema fue aumentando día tras día. Cuando cursamos el 5º año, era habitual llegar al aula después de un recreo, y encontrar todo el pizarrón lleno de dibujos, en esos rectángulos previamente marcados. La naturalidad y espontaneidad de sus dibujos creativos orientaban a pensar en cual sería su futuro.

Cuando en una oportunidad algun profesor preguntó a cada uno que carrera seguiríamos, el manifestó “diseño de vestuario”. En una ocasión recuerdo que dibujó un par de creaciones. Fue en la hora de Literatura y cuando llegó la profesora le dijo:”¿Que le parece? ¿Le gusta? Son para Ud”. La reacción de la Profesora fue lamentable.

Le dijo que borrara todo de inmediato, que eso era un insulto, que lo iba a sancionar por su falta de respeto. La respuesta de Lannes fue de asombro y pena;”Pero Ud no entiende nada. Son creaciones originales para Ud. y me obligó a borrarlas”. Asistimos a estas escenas totalmente identificados con nuestro compañero, ante la insólita y estúpida respuesta de la Sr. Profesora de Literatura, que demostró en un instante, una carencia de comprensión y agradecimiento.

Finalizado el último año del bachillerato, orientados en nuestras respectivas carreras, Horace Lannes dedicó su vida al diseño de vestuarios para actrices de cine, llegando a ser el modisto más importante en el cine argentino, durante décadas, en aquel Buenos Aires que se fue..

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AÑO NUEVO

La llegada del Año Nuevo se vivía en un clima de felicidad.

Era un día diferente, que motivaba el encuentro con familiares y amigos. Rodeado de una publicidad inusual, las radios, revistas y diarios centralizaban su información en la llegada del nuevo año. Las historietas mostraban a un anciano de barba blanca, el Año Viejo, que mostraba con nostalgia a un bebé, el Año Nuevo.

Ese día era regido por la euforia, los buenos deseos para con los vecinos, amigos y familiares. Se preparaban unas comilonas descomunales, con alimentos preparados y cocinados desde temprano, a los que se sumaba lo que aportaban los invitados. Las bebidas de ese día eran sidra, champan o cerveza para los adultos y gaseosas para los pibes, integrando un menú completamente distinto, donde podía degustarse el clásico pan dulce, las típicas variedades de fruta seca como nueces, avellanas y almendras, con el agregado de las almendras confitadas llamadas peladillas.

La cena comenzaba más tarde que lo habitual, de tal modo que la hora del brindis coincidiera aproximadamente con la medianoche. Todos ponían lo mejor de sí, para que transcurriera en un marco de alegría. Un cúmulo de buenas intenciones y deseos se repartían a todos, como si de un día para otro, pudieran experimentarse cambios trascendentes, por el simple hecho de vivir una noche distinta.

El teléfono estaba siempre ocupado por quienes saludaban a amigos y parientes o recibían llamadas similares. Se sintonizaba la radio para brindar a la hora exacta, a fin de despedir al Año Viejo y recibir al Año Nuevo.

Se intensificaba el estallido de cohetes, visibles por la ventana del comedor, que ya habían preanunciado el recibimiento y a veces, podía observarse una pequeña lluvia de fuegos artificiales. Siempre se observaban globos de papel que se elevaban gracias al calor de una vela encendida en su interior, con el aspecto de pálidos faroles voladores, cuya caída, causaba más de un incendio.

Buenos deseos para el año que llegaba, con optimismo y alegría, eran el corolario de los festejos de fin de año, en ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La ciudad, Modas y costumbres, Reuniones sociales

LAS PANTALLAS ABANICO

Durante la época veraniega, el empleo de una pantalla abanico era el medio habitual para combatir el calor.

Era tradicional que en las panaderías, almacenes, mercado, estaciones de servicio, etc. se obsequiaran pantallas muy rústicas, consistentes en un rectángulo de cartón delgado con un mango de madera. Eran útiles pero de vida corta.

Un diseño completamente distinto era el de las pantallas obsequiadas durante los bailes de Carnaval. Eran de cartón, con tres secciones, configurando una especie de botellón con las secciones superpuestas. Presionando los bordes inferiores, se desplazaban a lo ancho, desarrollando una pantalla que ocupaba muy poco espacio cuando estaba plegada, contribuyendo a superar la elevada temperatura ambiente.

La existencia de aire acondicionado era excepcional. La lucha contra el calor se realizaba con la ayuda de ventiladores, ya fueran de techo, con aspas muy grandes, comunes en cafés y bares, o los portátiles, que se podían encontrar en los locales públicos, cines, teatros y algunos domicilios.

Los mimbreros vendían unas pantallas muy sólidas, fabricadas con hojas de palmera; eran prácticas y durables. Dada su consistencia, podían lavarse prolongando su uso. Pero las pantallas abanico más delicadas, verdaderas obras de artesanía, eran las de tipo oriental.

Las regalaban en las tintorerías y en las casas de té. Con motivos orientales, se construían con una caña de bambú, que seccionada en delgadas tiras, constituían el armazón, tapizado con un papel de arroz donde se apreciaba la imagen acompañada con letras japonesas. Eran muy buenas, pero requerían cuidados para usarlas porque se dañaban fácilmente.

En las reuniones sociales, las damas empleaban un abanico, el producto más sofisticado para apantallarse. Las variedades eran múltiples y los costos en relación directa con la calidad de su fabricación y los adornos que portaban. El manejio del abanico se transformaba al abrirlo y cerrarlo en una prueba de destreza en manos ágiles.

Las pantallas abanico constituyeron una ayuda fundamental para combatir el calor a nivel social y doméstico en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres

LAS COSAS QUE SE FUERON Y EL TANGO (1)

El tango de la Guardia Vieja y el de la Guardia Nueva contaron historias que se nutrieron de temas y situaciones que han desaparecido.

Los poetas basaron sus argumentos en hechos de la vida cotidiana de esas épocas que hoy, ya no están vigentes. Una recorrida por los tangos nos remite al hallazgo de términos, costumbres, edificios y formas de vida que se nos antojan extraños pero que en su momento, fueron moneda corriente.

En “Corrientes y Esmeralda”, de Celedonio Flores y Francisco Pracánico dice:”El Odeón se manda la Real Academia,/ rebotando en tangos el viejo Pigalle, / y se juega el resto la doliente anemia / que espera el tranvía para su arrabal”.  El Odeón, fue un hermoso teatro ubicado en Esmeralda y Corrientes, demolido en 1991 y transformado en Playa de Estacionamiento. El tranvía, el popular y económico medio de locomoción desapareció en 1962.

En “El bulín de la calle Ayacucho”, de Celedonio flores y José y Luis Servidio, dice:” El Primus no me faltaba / con su carga de aguardiente / y habiendo agua caliente / el mate era allí señor.” El Primus fue un calentador de bronce, de origen sueco, alimentado a querosene y muy popular que sirvió de cocina y estufa en hogares de clase media y baja, durante casi medio siglo.

En “Leguisamo solo”, de Modesto Papávero dice:” Alzan las cintas…Parten los tungos / como saetas al viento veloz”. Eran tiempos donde los caballos no se colocaban en gateras para comenzar la carrera, sino detrás de unas cintas que, en el momento oportuno, se alzaban iniciando la carrera.

En “A media luz”, de Carlos Lenzi y Edgardo Donato dice:” No hay porteros ni vecinos;/ adentro cocktail y amor / Pisito que puso Maple, / piano, estera y velador”. La Casa Maple, era una mueblería lujosa ubicada en la calle Suipacha 658. Era famosa por la calidad de sus cortinados, alfombras, cristalería y muebles.

En “Mi noche triste”, de Pascual Contursi y Samuel Castriota dice:” Cuando voy a mi cotorro / y lo veo desarreglado, / todo triste, abandonado, / me dan ganas de llorar…”. Se llamaba cotorro a la habitación del individuo soltero, el lugar donde uno vive, Hoy el término ya no se emplea.

En “Ventanita de arrabal”, de Pascual Contursi y Antonio Scatasso, dice:”En el barrio Cafferata, / en un viejo conventillo,/ con los pisos de ladrillo, / minga de puerta cancel”. El barrio Cafferata fue el primer barrio de casas unifamiliares de 2 plantas, construido por la Comisión Nacional de Casas Baratas en 1921. Estaba ubicado en Parque Chacabuco y fue destinado para empleadios públicos, gracias a un crédito a 20 años, otorgado por el Banco Hipotecario.

En “Mala suerte” de Francisco Gorrindo y Francisco Lomuto dice:” Yo no puedo prometerte cambiar la vida que llevo,/ porque nací calavera y así me habré de morir”. Se llamaba calavera al individuo trasnochador de vida libertina, que vivía la noche con intensidad. Un tipo no confiable.

Enrique Cadícamo y Roberto E. Goyeneche escribieron “Pompas de jabón” que nos dice:” Hoy tus pocas primaveras / te hacen soñar en la vida, / y en la ronda pervertida / del nocturno jarangón“. El nocturno jarangón, era una diversión bulliciosa donde se toleraban actitudes inmorales.

Costumbres, hábitos, palabras de moda y elementos cotidianos registrados en los tangos que marcaron a una generación, en aquél Buenos Aires que se fue.

El tango, Modas y costumbres

COSTUMBRES Y SUPERSTICIONES DE LOS INMIGRANTES

La inmigración no solo trajo gente al país, sino también sus hábitos, costumbres y supersticiones.

Las primeras décadas del siglo XX se poblaron de creencias que sorprendieron nuestra infancia. La crianza de los hijos de inmigrantes se realizó dentro de estas características, absorbiendo todas las costumbres inherentes a cada grupo inmigratorio, muchas de las cuales han perdurado a través del tiempo y su evocación, siguen causando curiosidad.

Fue muy difundida la “protección” brindada por una pastilla de alcanfor, colocada dentro de una bolsita de género, que colgaba del cuello. Se le atribuían propiedades preventivas de las enfermedades respiratorias. Durante todo el invierno, vivíamos con esa bolsita con el alcanfor consumiéndose lentamente. Niños y adultos, “se beneficiaban” de sus propiedades exclusivas.

Las amenazas de padres y abuelos se centraban sobre la “víctima infantil” cuando se jugaba con astillas de madera encendidas porque se afirmaba que durante la noche, el niño se orinaba en la cama. Si algo así ocurría, con o sin fuego de por medio, un castigo corporal era el colofón.

El sarampión “brotaba” mejor, si se envolvía al niño con telas de color rojo, y se cubrían las ventanas con papel rojo. Los niños nacían en un repollo, o los traía una cigueña desde París. Pero los adultos también sucumbían a tradicionales costumbres para protegerse, como el hecho de evitar la mala suerte que sucedía cuando se barría la cocina de noche.

Las supersticiones referidas a la mala suerte impedían a muchas personas pasar por debajo de una escalera o embarcarse en día martes 13. En la búsqueda de la buena suerte, esas personas tocaban madera. Entre todas las creencias supersticiosas que hemos heredado preponderan las destinadas a protegernos del mal.

La herradura está considerada el más universal de los amuletos de la suerte, especialmente colgados sobre la puerta de entrada a la casa, ubicada con los extremos hacia arriba. Una de las supersticiones más extendidas sobre la mala suerte, es la rotura de un espejo, lo que anunciaba 7 años de mala suerte.

También sobre la mala suerte es el número 13, número de mal agüero, a tal punto que en los hoteles, no figura el piso 13; se pasa del 12 al 14 y algo similar ocurre en las líneas aéreas, donde esa fila no existe. Sentar 13 personas en una mesa era una aberración, porque uno de ellos moriría ese año.

Se señalaba que tener plumas de caburé en la casa, aumentaba el poder de seducción. Estas creencias y supersticiones, tuvieron fuerte vigencia en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://usuaris.tinet.cat/vue/supersticiones_1.htm

La inmigración, Modas y costumbres

LAS TARJETAS POSTALES

Las tarjetas postales constituyeron un medio de comunicación frecuente durante las primeras décadas del Siglo XX.

Eran rectangulares, de cartulina, con una dimensión de 9 x 14 centímetros; presentaban una ilustración, habitualmente una fotografía del lugar, en blanco y negro, o coloreada. El hecho de enviar una tarjeta postal ilustrada, constituía una referencia para informar brevemente, a un pariente o amigo, donde uno se encontraba y enviar un mensaje de salutación, generalmente optimista.

Se solían enviar sin sobre, colocando la estampilla en el dorso, aunque se compraban con un sobre adjunto. Esta modalidad, se empleaba por quienes deseaban mantener una mayor privacidad. En general, las tarjetas presentaban el reverso dividido en dos secciones: una para el texto y la otra para colocar la dirección y el franqueo.

Se las encontraba en los hoteles y en los quioscos de la zona visitada. La tarifa de franqueo era menor, cuando no se utilizaba el sobre. Las mejores tarjetas postales provenían de Europa, con una impresión perfecta.

La documentación brindada por estas excelentes fotografías, impresas por el sistema de fototipia, un procedimiento de reproducción y estampado de clisés fotográficos, presentaban temas muy variables; deportes, modas, costumbres, edificios, paisajes y parejas en actitudes románticas.

Las tarjetas impresas en Argentina, aparecieron con ilustraciones en 1896. A comienzo del Siglo XX, aparecieron las primeras imágenes coloreadas. Estuvieron de apogeo hasta 1930, dejando testimonios imperecederos de edificios, sitios de veraneo, aspectos políticos o religiosos. En muchas oportunidades, fueron el único testimonio gráfico de un sitio y momento determinado.

A comienzos del Siglo XX, fueron muy empleadas como mensajes de amor, incorporando fragmentos de poesías aluisivas. Un hecho común, era el envío de postales desde un sitio de veraneo, a los familiares y amigos. Esta modalidad perduró hasta la mitad del Siglo XX.

Las tarjetas postales se han constituido en un reflejo documental, histórico y social que evocó la nostalgia de ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social, Modas y costumbres

AQUELLAS FRASES QUE ESTUVIERON DE MODA

“¿Qué le dijo?”, era el comienzo de una serie de preguntas y respuestas que alcanzaron enorme popularidad en la década del 40.

“¿Qué le dijo el fósforo al cigarrillo? -Por vos, pierdo la cabeza”. Se publicaron en un rústico librito que contenía todo tipo de preguntas, aplicables a múltiples situaciones del diario vivir.

“Calor eh, tiempo loco y no refresca”, fue un dicho que se popularizó rápidamente. Se utilizaba pra iniciar una conversación con una persona desconocida, intentando un acercamiento. Ser “un churro bárbaro”, era aplicable a ambos sexos para referirse a la belleza de la persona, su atracción y su buena presencia. En forma nada sutil, solía agregarse cuando se trataba del sexo femenino la expresión :”Nena ¿que comés, bulones?. Eran expresiones callejeras.

Si alguien no conocía el tema del cual se hablaba, se le decía “que no estaba en la pomada”. Cuando alguien cortejaba a una chica se decía que “le arrastraba el ala”, en alusión al juego amatorio del gallo. Si la chica rechazaba esa propuesta, “le colgaba la galleta”, o se le recomendaba al varón que abandonara sus intentos diciéndole “perro, largá ese hueso”. Si en cambio aparecía un rival que era aceptado por ella, se decía que éste “le había pateado el nido”.

Las medias femeninas de calidad, eran caras. Eran habituales los enganches provocando “la corrida de un punto”. Esta dificultad originó el trabajo de reparación anunciado como :”se levantan puntos de media”, servicio al que se acudía frecuentemente. Pero en ciertas ocasiones, no se colocaba “de medias” y la expresión “se levantan puntos”, era un anuncio prostibulario, expresiones idiomáticas que originaron más de un entrevero.

Tuvo bastante vigencia la expresión “hacete hervir y tomate el caldo”, como actitud de rechazo ante una situación u opinión indecuada. Si alguien se ubicaba en un trabajo oportuno o se beneficiaba de una disposición, ésto “le venía como anillo al dedo”.

Hay expresiones y palabras que han desaparecido completamente del vocabulario porteño como “pastenaca” o “paparulo”, para llamar a alguien tonto. En cambio, otras que también se empleabn para decir lo mismo, hoy forman parte del hablar diario, ¿no es cierto bolu…?

La educación, Modas y costumbres

LA YAPA

La “yapa” era un regalo que el vendedor le hacía al comprador.

Eran épocas en las que la mayoría de los alimentos se vendían sueltos. En los almacenes, los alimentos como los fideos, las legumbres, el azúcar en terrones o molida, estaban contenidos en grandes cajones de madera que en el frente, disponían de un compatimiento estrecho, cubierto por un vidrio transparente, que permitía observar el aspecto de cada producto.

Una pala metálica construida con una lata de duraznos, era el medio empleado para cargar el producto sobre un papel blanco colocado sobre uno de los platos de la balanza, mientras el otro soportaba las pesas correspondientes a esa compra, que se equilibraba con el producto solicitado. Una vez alcanzado el peso, el almacenero agregaba un poquito más, “la yapa”. O un niño pedía “la yapa” y recibía un caramelo

Así ocurría cuando el lechero llegaba diariamente al domicilio. Una vez cargada la cantidad de leche solicitada, agregaba un chorrito adicional de leche diciendo:”y esto va de yapa”. En la carnicería, generalmente la atención era compartida con la esposa del carnicero, quien se ocupaba de la venta de verduras y frutas.

El carnicero proporcionaba como “yapa” el bofe (1) para el gato, el corazón o un hueso, para el perro. Era habitual que el comprador solicitara en calidad de “yapa” la verdurita, compuesta por perejil, puerro, cebolla de verdeo, apio, una zanahoria y un trozo de zapallo, para prepara la sopa.

El cliente, compraba la carne y luego, al comprar las verduras, conversaba con la vendedora sobre diversos temas cotidianos, estableciendo un vínculo como vecino, que se consolidaba con la famosa “yapa”, un verdadero reconocimiento a ese cliente fiel, que día tras día, recurría a los proveedores del barrio, integrando una gran familia que conocía mucho del otro, con el que interactuaba.

Y así fue hasta la mitad del Siglo XX, cuando comenzaron a aparecer los grandes locales de venta llamados supermercados, en donde todos los alimentos estaban envasados y donde hablar con el vendedor, ya no era necesario o imposible. La “yapa” fue una muestra de gentileza y reconocimiento del vendedor para su cliente, institucionalizada en almacenes, mercados y carnicerías de ese Buenos Aires que se fue.

(1).- Pulmón

El barrio, Modas y costumbres, Pequeños locales comerciales

LAS VELITAS LEPETIT

Las velitas “Lepetit” nos acompañaron diariamente en nuestra infancia.

Blancas, con una minibase metálica, se vendían en una caja de doce unidades. Se encendían por la noche, a la hora de acostarnos para el descanso nocturno. Cumplía la función de brindar una mínima iluminación que permitiera a nuestros padres, asistirnos en caso de cualquier imprevisto: sustos, temores infundados, demanda de la presencia de la madre, es decir, todos aquellas manifestaciones para solicitar apoyo o acompañamiento,para disipar los temores nocturnos.

No se encendía la luz eléctrica. La idea era no molestar a nadie en las horas de reposo. Cuando estábamos enfermos, era de gran ayuda cuando debíamos beber una cucharada de jarabe para la tos, o cubrirnos cuando nos destapábamos en las noches de frío.

Foto: Archivo del autor

No había calefacción, y no se usaban los mortíferos braseros a carbón. Nuestros padres estaban pendientes de que no estuviéramos expuestos al frío. Los enfriamientos facilitaban las temibles enfermedades respiratorias, en la época que la tuberculosis diezmaba jóvenes.

Se vivía en casa de inquilinato, era lo habitual, y la palabra “confort” casi no se pronunciaba. Mientras algunos médicos apoyaban el uso nocturno de las velitas, otros se oponían, señalando que perturbaban el crecimiento y formación del niño. El empleo de velitas a la hora de acostarse, fue una costumbre difundida en ese Buenos Aires que se fue.

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